La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

martes, 29 de noviembre de 2011

CARTA ABIERTA A TIMOCHENKO


Cota, Cundinamarca, noviembre 29 de 2011.

Señor

Timoleón Jímenez

Alias “Timochenko”.

Comandante de las autodenominadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC – EP).

Frontera Colombo – Venezolana.


Deplorado señor:

He leído con atención la carta que usted le ha enviado al señor Presidente de la República, Juan Manuel Santos. (Lea acá la carta) En primer lugar, quiero aclararle que yo no soy seguidor del señor Presidente y que, por el contrario, me siento como uno de sus muchos contradictores. Sin embargo, comprendo que él no responda a su carta, porque como sea, él representa la legitimidad de un Gobierno y de una democracia con todo y sus defectos. Él encarna el Gobierno que han elegido las mayorías y por lo tanto respeto su investidura, aunque yo también sienta repulsión por el establecimiento que representa. Y no creo que un Estado legítimamente constituido, con todo y sus vicios y males, deba rebajarse a responder una carta tan insulsa y cínica como la que usted se ha atrevido a escribir. Por eso le respondo yo, aunque no me lea. Aunque no tenga la autoridad ni la investidura para que me escuche. Aunque sólo soy un ciudadano más, como tantos otros, que no entiende su cinismo y su crueldad, su tozudez y su desparpajo.

Yo soy de las personas que siente que en Colombia es necesaria una revolución para modificar el statu quo. De los que cree que hay que mover todas las herramientas democráticas para lograr un país más justo y equitativo. De los que piensa que las utopías son posibles con base en la solidaridad y en la identidad de clase. De los que piensa, como pensaban los revolucionarios románticos de antaño, que es posible construir un país mejor, más incluyente, menos injusto.

¿Pero sabe cuál es el principal obstáculo que los idealistas como yo encontramos Timochenko? Fíjese que no es el establecimiento que nos oprime. Fíjese que no son las élites que nos explotan. Fíjese que no es la corrupción rampante de los políticos que nos toca elegir y reelegir en todas las elecciones. Fíjese que no es la Fuerza Pública y las armas coercitivas del Estado. Contra eso nos tenemos que enfrentar sí, pero eso lo sabemos, contra eso luchamos y para eso nos formamos y nos armamos intelectualmente.

El principal obstáculo son ustedes Timochenko. La guerrilla de las Farc que usted tan soberbiamente comanda. ¿Por qué? Porque ustedes deslegitimaron la lucha revolucionaria, tiñeron de sangre los ideales de libertad e igualdad, perdieron el norte ideológico y se dedicaron a secuestrar, a robar, a extorsionar, a asesinar y a traficar. Todo en nombre de una revolución que ya nadie les cree. Y además de eso, nos estigmatizaron a nosotros que sin asesinar y sin secuestrar queremos un país más equitativo y más justo.

Ustedes lograron que todo deseo de cambio sea criminalizado. Ustedes lograron que cualquier expresión de izquierda sea mirada con temor y desconfianza. Ustedes lograron que mansamente nos pleguemos a las élites que nos oprimen porque el enemigo común de la sociedad son ustedes. Ustedes pasaron de representar a un campesinado pobre y desamparado a ser los mayores y más despiadados criminales de la historia patria.

Está bien. No son mejores los terratenientes que acaparan la tierra o los magnates empresariales que acaparan la riqueza, los monopolios y los oligopolios que tienen a más del 50% de los colombianos en la pobreza. No son mejores los malditos paramilitares que masacraron a los pocos campesinos que ustedes dejaron vivos. No son mejores las Fuerzas Militares cuando amparados en su poder atropellan al pueblo. No son mejores. Pero en ellos no teníamos ninguna esperanza. Pero en ustedes Timochenko, por allá en los años 60´s y 70´s, la sociedad entera vio una ventanita hacia la revolución, la equidad y la justicia social. Y ustedes se encargaron de ir matando esa esperanza poco a poco. Perdieron el arraigo en el pueblo y se dedicaron a delinquir como viles forajidos sólo para satisfacer sus propios intereses. Se les olvidó la gente, se les olvidaron los pobres, se les olvidó la ideología y se convirtieron en los más feroces victimarios de quienes decían defender.

¿Cuál igualdad Timochenko? Cuál igualdad si su estructura jerarquizada les da a ustedes los comandantes el vil derecho de oprimir a sus propios subalternos. Les da derecho a acostarse con las mujeres de los guerrilleros rasos como en el más odioso esquema feudal. Cuál igualdad si ustedes los comandantes duermen en camas cómodas pasando la frontera con Venezuela mientras los combatientes están echados sobre un plástico en un charco en la zona de guerra. Cuál igualdad si ustedes tienen todos los privilegios que les dan los narcodólares mientras los muchachitos que ustedes reclutan a la fuerza están con las botas rotas y comiendo lentejas todos los días. ¿Cuál igualdad Timochenko?

Y ahora ¿Qué libertad están defendiendo? ¿La de los miles de secuestrados que tienen en condiciones infrahumanas, la mayoría de ellos civiles inocentes que ni siquiera comprenden qué buscan ustedes como guerrilleros? ¿La libertad de los que ustedes llaman “prisioneros de guerra”, policías y soldados uniformados y oprimidos como ustedes a los que tratan como mercancía, que los tienen por años y años secuestrados sin la más mínima conmiseración y de los que se deshacen masacrándolos sin la más mínima consideración? ¿Esa es la libertad por la que ustedes luchan Timochenko? ¿Esos son los valores revolucionarios sobre los que se sostiene su ideología?

Qué poco tienen para ofrecerle a una sociedad como la nuestra Timochenko. Qué poco aportan y qué daño tan grande le hacen a esta sociedad de por sí jodida. Por qué no deja de escudarse detrás de un fusil y de sus cordones de seguridad para sentirse hombre, por qué no deja de esconderse entre los matorrales y viene a responderle a la sociedad como debe. Por qué no deja de mandar carticas pendejas evocando a Jesús, como si usted mismo lo fuera, cuando Jesús jamás empuñó un arma para convencer a nadie y jamás ordenó una matanza ciega para vengar su muerte como lo hace usted, y más bien afronta como un valiente, valiente de verdad, el daño que le ha hecho a esta sociedad que no lo quiere y no lo necesita.

Timochenko, por qué no comprende que los colombianos no lo apreciamos y que, por el contrario, hemos aprendido a odiarlo a usted y a todas las Farc, a pesar de que sabemos que muchos de sus miembros son muchachitos llevados a la fuerza sin saber por qué matan o por qué mueren. Por qué no deja de ser todo lo que odia y cito textualmente lo que usted dice para que se identifique: “pretender exhibirse como modelo de civilización”, “ostentar poder y mostrarse amenazante y brutal”, “sólo los ogros más malvados suelen actuar de ese modo”, “Matar salvajemente a un ser humano, con métodos notoriamente desproporcionados, para pararse sobre su cadáver y señalar a otros que les tiene reservado el mismo tratamiento”, “Sólo las mentes más enfermas y enajenadas pueden sentir alguna simpatía por Adolfo Hitler”.

Por qué no acepta Timochenko que usted es todo eso, todo lo que odia. Y si no lo cree, le tengo un dato: Nosotros los colombianos, o al menos yo, ciudadano del montón, sí lo creemos. Usted es un tipo cínico, despiadado, cruel y tremendamente loco si no se está dando cuenta de que usted es todo lo que odia.

Todos nos tenemos que morir Timochenko, todos. Y eso lo sabemos. Pero nosotros los colombianos nos queremos morir después de ver crecer a nuestros hijos y cargar a nuestros nietos. No amarrados a un palo en lo profundo de la selva secuestrados. No por una bomba miserable que no discrimina a quién asesina. No por no pagarle la extorsión para que usted mantenga sus vicios y sus bajezas más mundanas. No por atrevernos a decirle que su revolución es un asco y que usted como revolucionario es un fiasco. No queremos morir por eso Timochenko. Queremos morir como se muere en los lugares en donde hay justicia y paz. De viejos o de enfermos. O porque nos estrellamos en el carrito que con esfuerzo compramos sin que ustedes nos lo roben.

Así que, Timochenko, si sigue en su empeño de declararle la guerra a toda la sociedad, porque ya no está luchando contra un establecimiento opresivo y corrupto sino contra toda una Nación llamada Colombia, le sugiero que le cambie la sigla a su movimiento, lo que quiera que sea. Entienda que ya no son Fuerzas, porque las Fuerzas necesitan respaldo y ustedes no lo tienen. Por lo menos no de este lado de la frontera. No son Revolucionarias porque nadie más que usted y sus colegas comandantes, son los que más profundo e irreparable daño le han hecho a la revolución. La han deslegitimado. No son de Colombia porque en Colombia nadie los quiere y ocupan un espacio geográfico acá por terquedad y sometimiento, en contra del deseo de la población, de quienes en realidad merecemos llamarnos colombianos. Y muchísimo menos son el “Ejército del Pueblo”, porque el pueblo no tiene ejércitos y porque ustedes no han hecho sino maltratar a ese pueblo sometiéndolos a eternas zozobras y tristezas. Quédense sólo con la A de armadas, arrogantes, anacrónicas, altaneras, abigeas, anquilosadas, arpías y asesinas. Solo les queda la A de agonizantes. Y es mejor que deje morir a las Farc si usted quiere vivir Timochenko. Porque todos tenemos que morir Timochenko, pero nosotros no tenemos por qué aguantarnos que usted nos siga matando. No más Timochenko. Así no más. Suelte las armas y respóndale a la sociedad. O respóndame a mí si quiere. Pero le digo con convicción que yo ya no le tengo miedo. Ni respeto. Ni nada. Sólo desprecio y un inmenso pesar. Es lo que usted se ha ganado. Es lo que merece.

Entreguen las armas y devuélvanos la revolución Timochenko. Nosotros merecemos un país mejor y ese país no lo representan ustedes. Ustedes sólo representan lo que los colombianos odiamos: El cinismo de quién en nombre del pueblo nos llena de luto y tristeza. Ustedes son la misma muerte. Y si es verdad que todos tenemos que morir Timochenko, empiece matando a las Farc como organización. Porque ya no existen más que en el rechazo y la repulsión de todos los colombianos en general y el mío en particular.

Sentidamente,


Andrés Felipe Giraldo López.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El Talento de mi hijo.


Volver a escribir sobre mi hijo es recordar ese texto en el que relaté muy detalladamente toda esa sensación horrible que invadió mi ser cuando lo golpeé, estando él muy chiquito. Afortunadamente para mi impunidad él no se acuerda. Desafortunadamente para mí, no se me olvida. Pero bueno, ya ha pasado mucho más de una década y han pasado muchas otras cosas como para que ese fuera un recuerdo recurrente. Y en todo este tiempo nos hemos visto crecer.

En el proceso de crecimiento de un hijo, por lo menos en mi caso, existe una curiosidad persistente por saber qué talentos tiene. Algunos padres un poco más inquietos le están destrozando los tímpanos infradesarrollados a sus fetos con música de Mozart a todo volumen con la esperanza de que el bebé traiga consigo un Stradivarius. A esta tortura la llaman "estimulación temprana". Yo no estimulé a mi hijo. Ni temprano ni tarde. Mi estimulación temprana consistió en que no me pillara ebrio, que no me viera llorando mientras me separaba de su madre o de vez en cuando jugarle fútbol porque desde que nació yo ya me sentía viejo para andar arrastrando carritos. Tampoco le leí cuentos porque prefería hablarle sobre la vida y sus demonios en un tono tan lúgubre que le ayudaba a dormir. Sé que no fui un padre ejemplar. Aunque yo prefiero pensar que simplemente no fui un padre prototípico o convencional.

En este sentido, creo que los talentos que desarrolló mi hijo son su mérito. Los logró solito sin ninguna guía. Sin ninguna inspiración de mi parte. Mis aportes fueron materiales. Como esos padres poco sensibles que creen que lo material lo cubre todo. Así fui yo. Le heredé una organeta vieja a la que sólo le compré las pilas. Y por supuesto, un balón, ese regalo misterioso a los pies del arbolito de navidad al cuál se le puede dar patadas incluso sin quitarle el papel.

A partir de esos dos aportes, materiales y fríos, mi hijo empezó a desarrollar sus propios talentos: El fútbol y la música. Debo alegar en mi defensa que soporté estoicamente esos conciertos eternos de notas rechinantes y la musiquita de fondo de las organetas o "ritmos" que llaman, origen de la insulsa música electrónica. También colaboré con tardes de fútbol intenso enseñándole a mi muchachito la única jugada que sabía hacer bien: La chilena. Hasta que me disloqué el codo y decidí no seguir fanfarroneando con él. De resto, él siguió haciéndose sólo. Jugaba fútbol al rebote con las paredes y trataba de imitar las notas de las canciones que escuchaba en la radio en su pequeña organeta. Así fue madurando mientras yo seguía mi vida arrastrando los lastres de mi inmadurez.

Nunca fui consciente sobre sus avances. Y nunca hubo plata para meterlo en clases particulares de algún instrumento o algún deporte para hacer de su talento una carrera. Pero él seguía dándole a la organeta y al balón. Hasta que acabó con los dos. Entonces pidió una guitarra y un balón nuevo. Y yo seguí haciendo lo más fácil. Dándole lo material. Le compré una guitarra fina para así obligarlo a que la cuidara y un balón ahora sí de fútbol, porque lo otro era una pelota de cualquier cosa que servía para darle patadas.

Poco a poco ese sonido agudo y disonante fue tomando rasgos de melodía y me demostró empírica y técnicamente que lo que yo creía que era una chilena sólo era caerse para atrás y por casualidad pegarle al balón. Poco a poco fui tomando consciencia sobre el desarrollo silencioso y vertiginoso que había tenido mi hijo.

Uno de los primeros gestos ególatras de un padre orgulloso es creer que su hijo le heredó algo relacionado con sus talentos. No fue mi caso. En mi caso fue una grata sorpresa y mayor desconcierto no saber cómo hizo mi hijo para desarrollar un talento musical y otro deportivo de los cuales carezco completamente. Pensé en los talentos de su mamá. Pero ni música ni deporte. Su madre es talentosa para el baile, la pintura y las manualidades. Pero la música o el deporte no están en el menú. Y mi talento musical no me da ni para tocar bien un timbre. El que mejor me sonaba era el del apartamento de un amigo que hacía parecer como si el edificio estuviera echando reversa al ritmo de "la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar". Y como futbolista me refugié en el arco. En ese cálido espacio debajo de los tres palos. Culpable de todos los males pero el que menos corre. Era a lo que estaba acostumbrado en mi vida.

Mi hijo iba creciendo mientras yo daba tumbos. Por cada caída mía el afinaba mejor una nota. Le llegó la adolescencia hace unos años y dejó a un ladito el balón para abrazar la guitarra con más fuerza. En ese proceso de crecer, que es ir desechando todos los sueños para aferrarse a uno, optó por la música. Y no se conformó con la guitarra sino que empezó a "darle a los tarros" como le dice a tocar batería. Y su ritmo y coordinación eran sencillamente impecables. Sus primos lo abrigaron con más melodía, con amor de hermanos y poco a poco la música se convirtió para ellos en una religión. En la mejor religión. Esa religión en la que se reza meneando la cabeza y moviendo las manos pero sin fanatismos ni falsos profetas. En la que el único mesías se llama Rock’n’ Roll que sólo pide que el devoto se ponga de rodillas para culminar el éxtasis de la interpretación. Esa religión que hace familia alrededor de una banda. En donde las estrellas no señalan ningún lugar sagrado sino que se apoderan de sus sueños, haciéndolos a ellos mismos estrellas.

La música se convirtió en el idioma de mi hijo. Su talento le ha dado un lugar privilegiado en el cosmos. Porque la tarima lo llama sin pretensiones. Sin ser el niño angustiado que se sube al escenario para someterse al escarnio de un público ávido de tragarse aspirantes. Él disfruta su música, la hace sin mirar el entorno, mientras hace temblar los tarros la melodía corre por sus venas y tiene explosiones fantásticas de adrenalina que lo vuelven sublime, majestuoso, grande.

Es una tendencia generalizada de los padres que creamos que nuestros hijos son los mejores. Y así debe ser. No sólo es nuestro derecho sino nuestra obligación. Y para mí Nicolás es el mejor. No porque no haya mejores tocando la batería o la guitarra. Sino porque elaboró sus talentos con paciencia y disciplina que no tiene para nada más. Porque encontró su vocación más allá de las tareas y los desafíos que impone el sistema. Porque ha descubierto un espacio de bondad que se traduce en notas, decibeles, armonía, coordinación, empalmes, banda y rock ‘n´roll.

No es un buen estudiante. Le cuesta trabajo concentrarse para entender qué dice la historia, en dónde quedan los lugares que señala la geografía, se enreda con las factorizaciones, la biología y la química se le complican y sus notas académicas no son tan buenas como las musicales. Pero qué importa. Para qué es la educación. Para formar eruditos o para formar seres humanos. De qué le sirve saber tanto si lo que le gusta saber, si lo que necesita saber, si lo que lo llena y lo hace feliz no lo resuelve la calculadora ni los libros sino sus "tarros" y su banda. Y mi objetivo como padre no es llenarlo de conocimientos insulsos. Mi objetivo es que sea feliz. Pero el sistema hace que la felicidad esté muy cerca del fracaso. Y mantiene al talento arrinconado por el conocimiento. Él me lo ha explicado desde su frustración y yo se lo he replicado desde el realismo que va de la puerta de la casa hacia afuera.

Ahora comprendo que él desprecie todo lo que no lo hace feliz. Porque el sistema lo está obligando sin motivarlo. Le tiran ecuaciones y millones de datos que él no sabe para qué le sirven. Que no hacen que Breaking the Law suene mejor. Y al final de cada período le tiran unas calificaciones horrorosas, para que él sienta que está haciendo las cosas mal. Sistema educativo de mierda. Está ceñido a un pensúm de fábrica fordista. De formación de seres humanos en serie. Homogéneos, grises y aburridos. Llenos de datos, fechas, fórmulas y conocimiento sin alma. La genialidad es vocacional, no académica. Y el talento es natural, no se enseña, sólo se perfecciona en la medida en la que el gusto lo vuelve disciplina y constancia.

Ahora entiendo a mi hijo. Comparto su aversión por el estudio y su vagancia. Porque entre un libro de matemáticas y una guitarra, él prefiere la guitarra. Y a mí también me suena mejor su guitarra que su libro. Pero él debe entender que si queremos derrotar el sistema tenemos que infiltrarlo. Succionar lo mejor de él y aprovecharlo para nuestro beneficio. La estrategia no es abandonarlo y luchar contra él desde la desolación del aislamiento. La estrategia es ser feliz a pesar del sistema. Aprovechar que ahí se encuentran más soñadores presos de la escuela con los que se puede volar. Y que finalmente esos reos son sus amigos de banda, sus bandoleros.

Al sistema hay que engañarlo. Hacerle creer que somos parte de él. Dejar nuestras huellas impregnadas en sus aulas que parecen jaulas y sacar de ahí los cartones que nos abren las puertas de nuevas cárceles que seguiremos infiltrando. Hacer menear las gafas, los lapiceros y las batas de laboratorio al ritmo del Rock ‘n´Roll como un grito de revolución que se va carcomiendo las bases de esta educación para abrirle paso a las alas del talento.

Entonces, hijo, no pienses que cuando vas al colegio vas a una tortura de ocho horas de aburrimiento. Piensa que es tu misión encubierta en la que estás dejando tu marca de resistencia, rebeldía, cambio y revolución. Tu música es tu arma y cada vez que le das a los tarros el sistema tiembla a tus pies. Comprende el por qué de las matemáticas. Pitágoras creó música con las matemáticas y dedujo, con base en fórmulas matemáticas, que la música es "la perfección del Universo". Que la historia te ha traído a este siglo, en el que la revolución más que un sueño es una forma de vida. Eres un privilegiado por eso. Que vale la pena saber que estás en Colombia, en un potrero de Cota haciendo sonar tus tarros. Para que cojas el mapamundi y te imagines en Papúa Nueva Guinea con tu banda, ese grupo de reos que conociste en colegio, esperando para salir al escenario. Ningún conocimiento sobra así no te haga falta.

Haz tu tarea de infiltración bien hecha. Deja tu legado en los cientos de personas que te rodean y te admiran. En los de primaria que te ven como el grande. En los mayores que te ven como lo que les hubiera gustado ser en el colegio. Aprovecha tu talento para derrotar el sistema. No dejes que el sistema derrote tu talento. Sé inteligente y date cuenta de que no es tan difícil. Y que si bien el sistema educativo es una mierda, ahora es el camino más expedito que tienes para llegar hasta donde quieras llegar. Tú eres el infiltrado, yo soy tu cómplice. Gana tu libertad entre los barrotes del sistema para demostrarle a esta fábrica de individuos que es el talento el que hace buenos seres humanos. Yo te ayudo. Pero dame la mano. Y ponte a estudiar.

domingo, 16 de octubre de 2011

La historia de la novela que no he escrito.


Siempre que considero que soy un escritor, me asalta la sensación de que miento. Y miento por una razón muy sencilla. Para ser escritor hay que escribir algo. Y yo he escrito muchas cosas, pero no he escrito nada. Porque no he escrito ninguna novela. Y un escritor sin novelas es como un árbol con flores pero sin frutos. Las novelas consagran a un escritor. Y como yo no tengo escrita una mísera novela, seré lo que siempre ha dicho mi padre de mí con mucho orgullo pero con una sinceridad que hiere: Soy un escribidor.

El primer intento que hice para escribir una novela me remonta al año de 1994. 20 años, soltero, apuesto y con un gran espíritu de escritor. Me senté al frente de un Apple con formato Macintosh. No existía aún, por lo menos para mis ojos, Microsoft y todos sus hermosos programas. Así pues, avancé 16 páginas de una historia maravillosa. Era imposible que mientras escribía no dejara de imaginarme el estrellato. Un escritor joven, soltero y apuesto publicando una novela magistral que relataba la historia de Colombia a mediados del siglo XX, la llamada “época de la violencia” a través de los ojos de un anciano que relataba su propia historia.

Era un viejo a quien los primeros brotes de violencia de los 20´s le habían arrebatado a su mamá siendo aún un niño, además, era un hijo natural, por lo tanto no tenía un padre conocido. Esto lo había obligado a crecer sin hogar, sin nombre y sin religión. Y esto lo había llevado a no tener padres sino patronos, a no tener educación pero sí formación, a no tener credo pero sí odios. Aprendió a hacer de todo en las fincas de los grandes hacendados desde muy joven. Trabajó tanto y tan duro que la gente decía de él que “trabajaba como un chucho”. Así obtuvo su primer nombre: Jesús, que fue complementado con una cédula fraudulentamente obtenida para votar en las elecciones de 1950 por Laureano Gómez, porque su patrón de turno era conservador. Así le llegó el apellido Echeverry, sin segundo apellido. Jesús Echeverry me contó su historia y yo la hice novela. Ya había relatado sus orígenes, cómo el capataz de la finca violó a su primera novia, una niña de 14 años a la que él cuidaba celosamente para que fuera su mujer toda la vida y cómo esto le generó un resentimiento perpetuo con sus superiores que desembocó en que se volviera guerrillero en 1951 uniéndose a las guerrillas liberales de la época. Y cómo en esta condición mató al patrón que lo obligó a votar por Laureano.

Un forajido resentido relataba una época vivida por millones de forajidos resentidos. A través de sus ojos yo contaba la historia. Jesús Echeverry nació en mi mente y yo le di vida, nombre y hechos. Y esto estaba siendo una novela maravillosa, mi lanzamiento al estrellato prematuro, el inicio de una carrera brillante de escritor consagrado.

¿A alguien le han formateado el puto disco duro? ¿A alguien le formatearon el puto disco duro en 1994? En 1994 la expresión “Back up” no era ampliamente difundida entre los ingenieros de sistemas. Los diskettes, esos discos de la prehistoria informática debían guardar la información celosamente. Pero el más mínimo toque con un imán, acercarlos al calor o que los cagara una paloma, los hacía inevitablemente inservibles para siempre y su información irrecuperable. Para no hacer largo el cuento de esta desgracia, la empresa en la que yo trabajaba mandó a ampliar la memoria de todas sus unidades de computador. Y entre esas unidades estaba mi pichón de novela. Una mañana prendí mi computador y el encendido era mucho más moderno. Pero no aparecía mi archivo por ninguna parte. “Jesús Echeverry” ya no existía más. Y nadie daba razón. Sólo unas palmadas en la espalda y el reproche sutil por no haber guardado el archivo el cual había guardado en un diskette. Pero ese maldito diskette lo puse encima de un bafle de un equipo de sonido y el maldito bafle tenía en su interior un enorme imán (lo supe ese día) y me había borrado toda la información. Lloré, sí… lloré… lloré y bebí aguardiente esa noche para olvidarme de Jesús Echeverry, de su patrón conservador y de su novia violada… lloré a Chucho hasta que me emborraché… ese día, entre tragos me prometí no volver a escribir una novela… perder esa novela, aunque no lo crean, fue peor que la terminada con mi primera novia que casi me mata… mi primer gran amor literario se había ido. Ese que me había prometido la fama y la consagración como escritor joven, soltero y apuesto. Maldito Chucho hijo bastardo… no dejó la menor huella. Te habría dado un funeral de lujo después de nuestra charla… pero me abandonaste… Chucho Echeverry… mi primera decepción literaria.

Sin embargo, como en el amor, las promesas eternas sólo duran hasta que llega un nuevo amor. Hice mi segundo intento para escribir una novela en el año 2004. Menos joven, menos soltero y menos apuesto, inicié mi segunda aventura literaria. Fue la historia de un jugador. Mi propia historia disfrazada en tercera persona. En realidad saqué de mí los pensamientos y sentimientos y los metí en situaciones que viví a medias o que no viví pero pude haber vivido. Una historia de un irresponsable que pasaba del remordimiento al cinismo en un ciclo eterno. Pero esa historia no creció. Se colgó a las 35 páginas cuando el final me sorprendió. O quizás lo precipité, porque no era una historia grata. Ese cínico irresponsable remordido era yo mismo. Y yo mismo no me soportaba. Por eso terminé la historia que quiso ser novela pero quedó en estado embrionario, abortó y nunca vio la luz. Pero por ahí anda publicada en este blogcito. Esporádicamente alguien se equivoca y la lee. Pero no es una novela. En el mejor de los casos es un cuento largo. Desde ahí las novelas se desaparecieron de mi mente.

Me dediqué a escribir crónicas, mi fuerte. Ese estilo en el que sólo hay que recordar hechos que llevaron a otros hechos de cosas que realmente pasaron. Y eso hice. Recordar y escribir. Por fin mis letras conocieron los ojos de esa masa etérea llamada público. La Revista Número, por recomendación de mi gran maestro Alberto Salcedo Ramos, me dio un voto de confianza y me publicó un par de crónicas. Con una de ellas gané un premio nacional de periodismo. Es decir, de letras estaba bien, pero una novela no asomaba en mi imaginación.

Y ahí ha estado ese reto inconcluso e incumplido en mi vida, en mi pretensión para ser escritor. Cada vez soy menos joven, menos soltero y menos apuesto. Y ese escritor brillante y precoz de los 20 se quedó pasmado, aún cumpliendo su promesa de no escribir una novela jamás. Y ahora no sé cómo salir de este letargo literario para lanzarme a escribir una novela de verdad. No ubico la historia, los personajes, la trama… me falta imaginación. La tragedia de cualquier artista. Un pintor que no imagina no sale del tedioso bodegón. El músico no sale de las mismas partituras que por más hermosas que sean, son de otros. Suenan lindo, pero suenan igual. Y así… y ahora quiero imaginar una historia.

He tratado de revivir a Jesús Echeverry pero no he podido. Ya no es lo mismo. Ya no me cuenta igual su historia y cada vez resulta menos interesante su vida. Preferí dejarlo ahí, perdido, quizás muerto. Jesús Echeverry murió definitivamente en un accidente informático. El jugador ya vivió lo que tenía que vivir. No se puede alargar la historia porque la historia nunca se alarga. La historia es. Así sean las historias inventadas.

Por eso mi reto ahora no es resucitar al bastardo Chucho o alargar las aventuras del jugador. Ahora el desafío es inventar una historia. Imaginar, tan sólo imaginar. Quizás, reconstruir la historia del tío Rafa de mi padre. Un zapatero esquizofrénico del que no tengo mayor dato. Sólo que iba a matar a mi abuelo y que no lo mató porque quién trató de disuadirlo terminó muerto antes. Que Rafa terminó en Sibaté, loco. Nada más. Quizás me invente un romance entre María Franco, mi bisabuela, de la que sólo sé que era una cantante soprano italiana que murió en un accidente de tránsito poco antes de una presentación en Roma, y Ramón Burro, una leyenda de Anserma, el pueblo de mis viejos, caracterizado por ser supremamente fuerte y supremamente tosco. Pero no queda el menor rastro de la historia de mi bisabuela italiana y aún menos de Ramón Burro… pero sólo sus nombres son suficientes para inventar una historia, un romance, una novela: “Ramón Burro y María Franco”.

No sé de dónde voy a sacar esta novela. A veces me detiene pensar que va a ser mala de entrada. Un fracaso de comienzo. Una historia sonsa y aburrida. Y me abstengo de empezar, derrotado de antemano. Tan poca fe me tengo…

Pero otras veces pienso que tengo que empezarla, que no importa si es sonsa y aburrida, que quizás para ser mi primera novela, un experimento, no importa cómo salga y que el sólo hecho de que salga ya sería suficiente logro. Y me entusiasmo…

Hoy estoy en ese punto. Siento que quiero hacerla y que no me importa el resultado. Si hay resultado, será bueno, así sea mala la novela. Y me lanzo a pensar de cara al paisaje de las montañas de Villeta que se ven desde la casa de mis padres. Y me imagino las mulas de Ramón Burro atravesando el páramo mientras María Franco lo extraña en Roma, sentada al lado del Río Tíber, añorando esos brazos de Ramón después de haber tenido una aventura con él en su breve paso por los pueblitos de Colombia, con su función carnavalesca, de los años 20. Otras veces me quedo explorando la mente dañada del tío Rafael enfurecido con mi abuelo Ramón, el único comprador de sus pésimos zapatos, pensando que lo ha robado toda la vida pagando su trabajo a un precio muy malo. Con el revólver en la mano buscándolo para matarlo cuando apareció el señor Grajales para disuadirlo y terminó muerto.

Imagino todo el día. Repaso lo que imaginé en la noche. Y ahora estoy decidido a escribir esa novela. Ya no me importa el éxito prematuro del prodigio de 20 años, de lo apuesto que me podría ver con mi novela en la mano o qué tan soltero o casado pueda estar. Ahora sólo me interesa lanzarme a esta aventura literaria de escribir una historia de largo aliento. De llevar una historia por los caminos de mi creatividad. Darle tiempos y lugares mágicos, acuñarle frases que me suenen inmortales y comprometerme a terminarla. Por eso me he comprometido conmigo mismo a darme ese regalo de cumpleaños. El 11 de julio de 2012, a mis 38, quiero tener en mis manos esa novela. No tengo plata para publicarla pero ya convencí a mis hermanos de que hagan una vaquita y me publiquen unos ejemplares, para vender entre conocidos y amigos que al menos de pena me la compren.

Le pedí a Angelita, mi esposa, que me haga el mercadeo entre sus amigos para que llegue un poquito más lejos. Y así. Así se quede en las bibliotecas de los libros que nunca se lean, voy a hacer mi novelita. Le daré vida a unos personajes que hasta ahora me estoy inventando en unos escenarios que aparecen en mi cabeza. En una época que no es esta época, en un lugar que no es este lugar. Voy a escribir mi novela con la extensión de una novela. Le haré tantos “Back ups” que su título podría terminar siendo “Back Up” y ninguna modernización informática me lo va a arruinar.

Seré cada vez menos joven, más casado y menos apuesto. Pero le apuesto a este proyecto y les pido su buena energía. Esa que todos los días me mueve los dedos para seguir escribiendo. Se viene la novela. Se viene la metamorfosis del “escribidor” al “escritor” así como el gusano se convierte en mariposa.

Estoy haciendo la promoción de una novela no escrita, prometiendo una fecha de lanzamiento en un típico arranque de irresponsabilidad. Pero acá voy. Voy a hacer mi novelita ¡Y carajo!, espero que cuando la saque me la compren.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Conversación con el Dios que me inventé


Hola Dios. Esta es una conversación más contigo. Como todas las anteriores. Yo te hablo y yo no sé si Tú me escuchas. La verdad, no sé ni siquiera si en realidad existes. Pero yo he decidido inventarte, hacerte a mi imagen y semejanza, que escucho atentamente aunque parezca ausente. Ya me persigné, que es como mi forma de marcar tu número. En un dial que va de mi cabeza a mi pecho. Y tu extensión es la 2046. Supongo que estás al otro lado de la linea. Atento.

Te llamé para decirte que opté por no dudar de tu existencia porque creo que Tú pusiste en duda mi existencia. Sí, casi me muero, y como buen católico, me acordé de Ti justo cuando es innecesario. Cuando ya no le podemos hacer bien a nadie. Comprendí muchas cosas en el lecho de enfermo. Comprendí que tienes métodos un poco crueles para recordarnos quién está al mando. Está bien, lo acepto, Tú estás al mando. Y te agradezco esta nueva oportunidad en la tierra. Pero creo que debemos establecer las condiciones de nuestra relación. Porque si bien Tú me puedes llevar cuando quieras, yo puedo desinventarte cuando yo quiera. Pero como no voy a dudar más de tu existencia, esta será la última vez que haga esta amenaza.

Para empezar, quiero que nuestra relación no se llame "religión". La religión es una congregación de idiotas que no se inventan un Dios. Se inventan un dogma para hacer en nombre de un dios cualquiera lo que se les da la gana. Lavan cerebros, extorsionan conciencias, piden dinero, reúnen incautos, gritan, oran, vociferan en masa atraídos como las mariposas por el fuego y la historia nos dice que matar es una costumbre natural en quien defiende su religión. Yo no quiero una religión. No quiero más idiotas al lado mío recitando oraciones escritas como planas de escuela. No quiero vecinas mojigatas envueltas en pañoletas discretas. Putas de noche, santas de día. No quiero procesiones de multitudes siguiendo misterios, ni ritos de domingo que me interrumpan el fútbol. Quiero un contrato exclusivo. Sólo Tú y yo. Tú eres mi Dios. Yo soy tu creyente. No hay iglesia ni templos, no hay ritos ni monjes, no hay biblia ni mandamientos. No hay comunidad ni religión. Sólo Tú y yo. Yo creo en ti. Sólo yo. Nadie más. Y como no hay religión no trataremos de convencer a nadie más. Porque no hay más cupo. En nuestra relación sólo cabemos los dos.

No hablaré contigo de rodillas ni agacharé la cabeza para buscarte. No seré sumiso. Pero seré humilde. Creeré en tu poder, pero no en mi debilidad. Seguiré cuestionando tu perfección y Tú seguirás insistiendo en ella. Tendrás todo el tiempo para escucharme y yo creeré que cada vez que te hablo me escuchas. Dejaremos de llamar a los errores pecados y no habrá confesión ni culpa. Habrá reflexión y cambio. Y por supuesto, nuevos errores. Pero no más pecados. Esa palabra no estará en nuestro diccionario.

Sobre la creación del Universo, del hombre y su destino entablaremos discusiones en las que tendrás que aceptar los argumentos científicos. El resto serán especulaciones. Tan válidas las tuyas como las mías. Pero dejemos ya el cuentico de Adán y Eva, de Caín y Abel, de la serpiente y la manzana... nadie te pudo haber ridiculizado más al inventar tanta babosada. Sobre Jesús diremos que fue un buen hombre, tan hijo tuyo como yo, con un contrato que sólo Tú y Él conocieron. Tan válido y fructífero como el nuestro. Pero su perdurabilidad en la historia y su influencia en la humanidad es su mérito. No tuyo.

Sobre tu eternidad, omnipresencia y poder, Tú tendrás el monopolio de las respuestas. A mí la verdad no me molesta. No me interesan las respuestas. Con la certeza de que existes el resto no me importa. Como no me importa si existen universos paralelos o que hay en el interior de los agujeros negros. Procuro no matarme pensando en lo que nunca voy a saber. Entonces no perdamos el tiempo en ello. No le hablaré de ti a mi hijo. Le insinuaré que trate de encontrarte pero si no te encuentra no lo desampares. Él es una buena persona. Creo que no te debe interesar nada más. Si andas pendiente de cuántos y por qué creen en ti, sumarás soberbia a tu arrogancia y te darás cierto tufillo de estrella que no sale con tu bondad.

Nuestra relación no se basará en la convicción irreflexiva llamada Fe. Se basará en la Fe que es la convicción reflexiva de tu existencia. Convicción cimentada sobre la experiencia, el diálogo, los mensajes claros y cifrados que nos hemos cruzado. Como los que sentí mientras moría y Tú no me dejabas morir. Esas experiencias nuestras, íntimas, son las que llamaremos Fe. Y esa Fe no tendrá manuales ni interpretes. Será el voto de confianza mutuo que perpetuará tu existencia en mí y mi existencia en Ti.

Por supuesto, no edificaré templos para adorarte. De hecho, no pienso adorarte. Pienso amarte, contar contigo, tenerte presente en mi vida y acudir a ti cada vez que te necesite. Pero no te voy a adorar. No voy a asistir a espacios fastuosos y casi ofensivos con las necesidades inmensas de la gente para demostrarte mi amor. Mi templo será el bolsillo en el que te cargue siempre. Cambiaré el altar por un árbol bonito, una roca extraña, un arrollo o una quebrada, el pastizal que queda detrás de mi casa o el escritorio desde el que te estoy conversando.

Tu trascendencia en la historia será eso. Historia. No alabaré a los inquisidores que en tu nombre católico masacraron a los herejes. No alabaré a los musulmanes que en nombre de Alá masacraron a los católicos. No alabaré tu versión judía que en tu nombre masacran palestinos. No alabaré tu versión evangélica que en tu nombre vacían los bolsillos de los más desesperados. Ninguna versión tuya dada por la historia será tu versión autorizada. Sólo existe una versión tuya autorizada para mí. Esta. Esta que toma forma cada día entre Tú y yo. Esta exclusiva que no tiene historia ni religión, ni templos ni curas, ni espacio ni tiempo, más allá que el que ocupa mi insoportable levedad del ser.

Y sabes que estas condiciones son tan invariables como el clima en Bogotá. Sabes que Tú tienes el poder para cambiarlas cuando quieras y que yo tengo la soberbia para hacerlo también. Que seguramente Tú las cambiarás por mi bien y que yo las cambiaré por mi mal. Pero este contrato es vivo, dinámico, mutable... como Tú, como yo.

Tú dependes de mí, porque yo te inventé. Yo dependo de Ti, porque Tú me creaste. Vivimos en una simbiosis permanente de dependencia mutua. La diferencia es que Tú puedes vivir sin mí mientras yo sólo puedo aparentar que puedo vivir sin Ti. Pero bien sabes que no puedo, que no quiero, que eres la invención más preciada de todo cuanto pude haber imaginado. Estamos atados en este lazo exclusivo que nos une de punta a punta, el Uno al otro. Eres mi Dios y por lo tanto no te impongo. Pero tampoco te presto. Construimos nuestra relación cada día y la profundizamos en momentos límite como ese cuando la muerte me rozó. Eres parte de mi filosofía, de mi Fe, de mi ser, pero nunca de mi religión, porque sabes que lo sé, la religión es para idiotas. Y no me has hecho idiota y no te seguiré como si lo fuese.

Te he inventado para convencerme de tu existencia y me has creado para algo que sólo Tú sabes. Algún día me lo dejarás ver. O no. No importa. Me conformo con que estés y que estés al otro lado de la linea cuando te marque. Ha sido un placer conversar contigo. Como siempre.

lunes, 22 de agosto de 2011

¡¡¡Oyeeeee!!! Te hablo desde el Hospital...


¡¡¡Oyeeeee!!! Te hablo desde el Hospital... muchas veces nos creemos más preparados para la muerte que para la enfermedad. Sabemos con certeza que vamos a morir, pero no sabemos si algún día nos vamos a enfermar. Y este es el verdadero reto de la vida. Porque este templo que parece inexpugnable llamado cuerpo, a veces nos recuerda que somos unos seres débiles y vulnerables, flojos y temerosos. Y las enfermedades están ahí, para recordarnos que no somos superiores a la naturaleza, que en cualquier momento estaremos sentados en la taza del inodoro con los ojos encharcados rogando por un pedo que nos alivie, lo que en otro momento no nos llenaría sino de vergüenza, en esa presunción de orgullo que sólo le sirve a la soberbia.

Ahora, me ha tocado a mí. Nunca estuve más de un día en un hospital y siempre pensé que eso sólo era cosa de gente enfermiza y paliducha, hipocondriacos eternos, cobardes de los virus. Pero no, el hospital es un lugar para recordarnos cuán tenue es el hilo que nos une a la existencia.

Buenos Aires, mañana dominguera. Todo comenzó con un dolorcito, como empieza todo mal. Dolor de panza normal de domingo en la mañana, suficiente para resolver con una sal de frutas en agua para que la vida siga su rutina. Como todo dolorcito que va encendiendo alarmas, subió y subió y subió. En la noche ya era un manojo de temblores. Los retorcijones me volvieron a formar como un feto acurrucado en el vientre del mismo infierno. Como mal bombero en gran incendio, el instinto me llevó a llenarme de analgésicos, como si ocultar el dolor acabara con el mal. Atacar el dolor sólo logra que la enfermedad se expanda mientras llenas tu cuerpo de mentiras.

En la madrugada, ya estaba como un ente deambulando buscando un hospital. Llegué al Hospital Fernández, bien reputado pero mal atendido. Estuve sentado con cara de perro hambriento durante dos horas y nadie se asomó para ver si había algún enfermo. No tuve más remedio que irme, abrazado por el intenso frío porteño de madrugada entrada la mañana. Tomé un taxi y regresé a mi casa. Me tragué un par de laxantes para que la mierda fluyera como manantial de expiación de demonios internos y tomé más analgésicos para mantener drogados a esos malditos. Otra vez me acurruqué como un feto en mi soledad, rogando por una mano que me sobara la barriga, pero sólo hallé la mía porque la incertidumbre de saber quiénes son los verdaderos amigos pasmó mis dedos para marcar a cualquier parte.

Lunes de mierda. Literalmente. Mierda por los laxantes, mierda por el dolor, mierda por la soledad, mierda por no saber qué hacer con un cuerpo cada vez más inútil y postrado. Más buscapina para lograr dormir. Los sueños fueron crueles. Parecía como si engañara a la humanidad dentro de una incoherencia en la que fingía que estaba enfermo pero lo disimulaba tan bien que nadie me creía, nadie me atendía, a nadie le importaba. Despertaba revolcándome, buscando una posición cada vez más contorsionada que me permitiera amainar el padecimiento pero sólo lograba un nuevo giro insoportable de sufrimiento. Así pasé todo el día. En la noche, ya agobiado y casi inmovilizado por las terribles punzadas de dolor, otra vez me embarqué a buscar un lugar de atención, armado de la plata que tenía y de las tarjetas de crédito para que no pensaran que era la economía lo que me llevaba a evitar una atención digna. De todas maneras volví al Hospital Fernández, por si de pronto esa imagen de insensibilidad infinita era sólo un espejismo. Pero no. Esta vez si había alguien en la recepción. Una chica desagraciada, insípida y vulgar, me miró como si fuera un contribuyente pagando un impuesto atrasado. Si al caso me escuchó que le dije que estaba enfermo desde hace dos días y que necesitaba atención. Para mi cara de perro nada mejor que una cara de perra. Me miró de soslayo y sólo rebuznó: Hay que esperar al menos tres horas para ver si alguien lo puede mirar. Sin más, tomó unos papeles y fingió como que yo no estaba allí y entendí por qué el vidrio de atención de ese lugar es blindado. Sólo provocaba escupir a esa recepcionista fría y distante, funcionaria pública promedio de la mediocridad latina. Sin pensarlo y con mucha rabia me largué a un lugar en donde al menos mi tarjeta de crédito pudiera conmover.

De nuevo tomé un taxi hacia la única clínica privada que conocía, la Sacre Coeur (Sagrado Corazón) y descubrí que su nombre hacia referencia a que sólo atendían problemas cardiovasculares. De allí salí a la Clínica Palermo, en donde me dijeron que sólo me atendían con una obra social. No entendí ¿Qué era yo? ¿Una obra civil? En ese momento me sentía como una obra de alcantarillado en mal estado, pero igual, tuve que seguir buscando.Salí caminando, con el frío y el dolor más infame hasta la Clínica San José. La bienvenida fue: La consulta cuesta 100 pesos. Sin dudarlo saqué mi identificación en ese momento: Un billete de 100 pesos argentinos. Al cabo de un rato una doctora me atendió. Desde el primer momento me disuadió para no permanecer mucho tiempo en esa clínica. Parecía más angustiada por mi billetera que por mi salud. Y me reiteraba que cualquier tratamiento o atención en aquel lugar era venenosamente caro. Pero yo no quería dar más vueltas y le pedí que los exámenes que me tuviesen que hacer los hicieran allí. 236 pesos más por una ecografía, una radiografía y exámenes de laboratorio. Recorrí el recinto de extremo a extremo con ese dolor insoportable para que cada técnico hiciera lo que tenía que hacer. Sacar sangre, tomar la muestra de orina, tomar las placas de radiografía y por supuesto, la ecografía. Un residente joven, compatriota colombiano, pasó el sensor del ecógrafo por una media hora más o menos en la que conversamos largo y tendido. De entrada me dijo que el apéndice se veía bien, que creía que era un problema de alguna obstrucción intestinal que con líquidos se resolvía.

Esperé resultados y otra vez me senté retorcido del dolor a esperar la lectura de esos papeles y láminas. La doctora se demoró una hora y media más. Los 100 pesos ya estaban en las arcas de la clínica y la lectura de los resultados no incrementaría un mango más. Después de un tiempo apareció y me dijo que aparentemente tenía "un proceso infeccioso" pero que no era apendicitis. De nuevo se angustió por mi billetera, me dijo que una internación en San José era impagable y que lo mejor era que me fuera a un hospital público. Renegué con el hígado sobre el Hospital Fernández y me dijo que el Hospital de Rivadavia era mejor. Llamó a una doctora amiga que tenía a otra doctora amiga en la guardia del Hospital de Rivadavia y me dieron una notica de presentación y sus mejores deseos para que me atendieran. Cogí mis papelitos y me fui, otro taxi, otro trayecto, más dolor.

Llegué al Hospital de Rivadavia con la desesperanza adquirida en el Hospital Fernández. Pero me atendieron sin espera. Entregué la nota y fue como una orden para los doctores que allí se encontraban. Pasó la doctora amiga de la doctora de la Clínica San José, el cirujano y la Jefe de Residentes. Esta última me dijo que podría ser una gastroenteritis aguda, pero que como había pasmado mi organismo con analgésicos y antiespasmódicos, no podían hacer bien el diagnóstico. Me dijo también que me tenía que ir a casa a tomar muchos líquidos y esperar dos días para ver si mejoraba, de lo contrario, debería regresar. Me paré de la camilla. Otra vez salí a la gélida noche porteña con mi dolor a buscar un taxi que me llevara de vuelta a esa casa vacía. No soportaba ya el dolor, no soportaba ya la soledad.

Llegué al apartamento vacío y como un niño asustado llamé a mis padres en la madrugada. Cinco de la madrugada en Colombia, siete de la mañana en Buenos Aires: "Mamá, me duele mucho, por favor manden a Ángela para que me cuide, no aguanto más esto sólo, no puedo más, no puedo vivir más así, ayúdame mamá, ayúdame". Mi mamá se asustó, por primera vez perdió la compostura y el optimismo y llamó inmediatamente a Ángela, mi prometida, mi ángel, mi luz, para coordinar su viaje esa misma noche.

El dolor amainó a la espera de que llegara Ángelita. Esa noche dormí intermitentemente aguardando con ansia la llegada de mi futura esposa. A las 10 de la mañana en punto sonó el timbre y yo sentí que me llegó la vida. Comprendí que sólo el amor hace a las personas inseparables y que en ese instante estábamos ensamblando dos almas a la eternidad. Vi el resplandor de sus alas y el brillo de su sonrisa que iluminaba hasta las costas de África. La abracé, lloré, me entregué a su regazo y a sus cuidados. Inevitablemente me sentí mejor, pero no era mi cuerpo, era mi alma la que irradiaba ese bienestar. Mi cuerpo seguía decayendo sin que yo me diera cuenta.

Ya era miércoles. La dieta de Clight de manzana mejoró por cuenta de Ángela a punta de crema de calabaza, crema de espinaca, merluza al horno, pollo en caldito... cómo no me iba a mejorar... el amor estaba en mi comida y la sensación de bienestar regresaba. Pero en las noches las alarmas se encendían. Un dolor profundo y quedo me arrasaba las entrañas. Entraba al baño cada hora y no era más que una danza de nada. Un poquito de agua barrosa y nada más. Mi intestino se negaba a aliviarme y yo sentía como ese excremento me inundaba hasta la razón. Dolor, sólo dolor. Así pasó el jueves también, con leves intentos de mejoría pero nada, todo seguía atrofiado en mi interior. Yo sentía como si la mierda se estuviera estancando como si fuera llevada por mi intestino como un Transmilenio en hora pico. Un poquito salía y mucho más subía.

El viernes tomé la decisión de ir al Hospital de nuevo. La sensación de mejoría era sólo eso, una sensación, motivada más por la alegría de ver a mi amada que por una reacción real favorable del cuerpo. A punto de salir, desapareció mi DNI (Documento Nacional de Identificación) de Argentina. Traumatizado por la atención en Colombia, en donde si uno no aparece con la cédula, la declaración de renta y un fiador con finca raíz no lo atienden, decidí postergar nuevamente mi ida al Hospital. Esa noche me quedé en casa, resignado. El mismo viacrucis. Incursiones al baño para ver cómo mis intestinos no trabajaban. Pensando para dónde estaría yendo toda esa materia fecal dispersa en mi cuerpo. Me sentía literalmente como una mierda andante. El dolor era insufrible y llegó lo inevitable: El delirio. Ángela me contó que yo preguntaba en dónde estaba, que si tenía hijos, qué quién era ella y qué hacía en mi cama. Ella respondió todas mis preguntas con paciencia infinita, pero no pudo dejar de reír cuando le reproché por decirme que si me iba a casar con ella por qué no tenía anillo de compromiso. Fue un bumerán de idiotez porque he evadido ese obsequio convenientemente esperando la oportunidad económica de brindarle algo decoroso.

El sábado mejoré súbitamente. Otra vez la comida, amenizada con un poquito de arroz y pollo al horno me devolvieron la ilusión de bienestar. El fútbol de la selección sub -20 me hizo dispersar un poco. Pero con la noche llegó de nuevo el dolor, las lamentaciones, las peregrinaciones eternas a la taza para suplicar que una masita consistente abandonara mi cuerpo. Pero nada, más agua barrosa en porciones de copa aguardientera era todo lo que mi cuerpo podía excretar.

El domingo decidí regresar al Hospital, sin documento, sin nada, con mi cuerpo enfermo que creo era suficiente para llamar la atención de un Hospital. Y así fue. Al cabo de una hora de espera entré a la sala de consulta. Conté todo el cuento, casi fielmente como lo he relatado acá. El cirujano entró y me dijo algo que recordaré toda mi vida: "Te voy a hacer un tacto rectal". Mi virginidad anal desaparecería en un instante. Sacó una pomadita, me embadurnó el orto y ¡suácate! Tenía un dedo explorando mi recto y yo apenas lagrimeaba. No sabía si suplicarle un besito al doctor, que me diera su número telefónico para invitarlo a un café para hablar de este episodio con calma. Pero no, sólo me dijo que sentía que era apendicitis. Por primera vez me habían hecho el diagnóstico adecuado.

Inmediatamente me ordenaron nuevos exámenes: Laboratorio, radiografías y ecografía. Esta vez todo coincidió. El apéndice estaba como una pelota de ping pong y había que sacarlo ya. Me prepararon para el quirófano. Me empelotaron y me pusieron un gorrito ridículo, un batón que me dejaba las nalgas al aire y unos zapaticos de tela. Entré y el anestesiólogo me dijo: Te vas a dormir. Hasta ahí me acuerdo.

Cuando desperté, Ángela estaba llorando desconsolada a mi lado. Yo sólo atiné a preguntar medio dopado: "¿Todo salió bien?" Lloró aún más fuerte con lo que supe que no todo había salido bien. Entre sollozos me explicó que el apéndice se había perforado, que había hecho peritonitis y que todo estaba más complicado de lo que parecía. Que me pude haber muerto. El dolor empezó a emerger dentro de mí y pasé del letargo a la histeria. Tenía una sonda metida en mi nariz que llegaba hasta el estómago. Tres sondas gruesas salían de mi barriga cual trompas de elefante y llegaban a tres tarros que se llenaban de un líquido sanguinolento y aguado y varios catéteres entraban en mis venas. Una sonda más salía de mi uretra, un conducto del que jamás pensé que le pudiera entrar algo, cuando aveces me costaba que saliera ese fino hilo de orín. Pero allí estaba, tendido, más conectado que una consola de sonido en fiesta de 15. Supe entonces que estaba grave, que esto iba a ser largo y que todo lo que pensé iba a pasar en unos días a punta de jugos y sopas sería una larga y dolorosa convalecencia. Además, con pronóstico reservado porque mi interior estaba lleno de líquido necrótico que no sólo estaba muerto sino que me estaba matando.

Y lloré. Lloré porque siempre me creí invencible frente a las enfermedades porque eso sólo le pasa a los enfermos. Lloré por haber sido tantas veces desagradecido al despreciar mi vida y todo lo que Dios había hecho para dármela. Lloré porque sentí cuánta falta me haría el mundo y sus encantos que en mi eterno pesimismo y negatividad había vuelto opacidad. Lloré por mis padres, mis hermanos, mi familia y mis amigos. Lloré por mi hijo, porque no sabría qué sería del mundo de él sin mí, de mi cielo sin él. No sería mundo, no sería cielo. Lloré por Ángela, por el matrimonio al que no iría, por los hijos que no tendríamos, porque no tendría vida para devolverle la vida que me había dado. Lloré porque la muerte me tocó el hombro y me habló y comprendí que no debo jugar más al existencialista protanatos si no quiero que Tanatos me esté recordando la severidad de su hoz.

Ángela se fue mientras yo recobraba mi consciencia. Luego llegó Leo, mi amigo chileno. Se sentó al lado mío sólo para decirme en su particular acento que todo iba a estar bien, que me recuperaría, que ya había pasado lo peor. Sentí que un amigo estaba al lado mío, que me abrigaba con su consuelo. Eso me dio una tranquilidad infinita. Se fue y me trasladaron de la sala de recuperación a una habitación. Es una habitación de cuatro camas, cada una con su mesita de luz y una gabetica. Todo lo que necesitaba para estar mejor. Cama 20, junto a las camas 17, 18 y 19. Cama 17, un operado de una hernia que no duró ni dos días. Cama 18, un tipo con un absceso en el ano, doloroso pero de rápida recuperación. También se fue. Y cama 19, un adulto mayor, con un palmarés impresionante de títulos y logros académicos que le exponía a cada enfermero y cada médico que quería descrestar. Mientras ellos trataban de descifrar por qué tenía sangre en sus deposiciones él argumentaba que él era dueño de su cuerpo, que sólo él podría saber qué le pasaba, que sólo él era digno de descubrir sus males. Que sólo él. Era un hombre tan aferrado a su ego de antiguas glorias que sólo se había quedado. Se fue peleando con los médicos, acusándolos de ignorantes e incapaces. Se fue sólo y nunca supo qué tenía. Ni los médicos. Ni yo. Sólo se llevó un ego enorme que lo estaba rompiendo por dentro. Así me quedé en una habitación de cuatro camas para mí solito.

Las enfermeras llegaron una a una a cuidarme. Cada una me llamaba por mi nombre, el que menos me dicen pero el que más estoy queriendo por cuenta de todo el cariño que me dan acá: "Andrés, cómo seguís, te vas a mejorar, te vamos a cuidar, vas a estar bien". Y todo lo han cumplido. Han estado conmigo todo el tiempo. Los médicos son sumamente profesionales, como se ven en las series serias de televisión, en donde el paciente no es un número sino un reto frente a la vida por la que ellos mismos dan su vida. Me hacen las curaciones, me miman, me animan. Poco a poco me han ido desconectando. Me quitaron la sonda que iba de la nariz al estómago y fui feliz. Me quitaron uno de los tarros que salían de mi barriga. Antes parecía un carro de recién casados, arrastrando los tarros para que hicieran ruido contra el piso de la calle. Ahora llevo sólo dos, dignamente, colgaditos pero silenciosos. Sólo tuve un leve incidente con esa detestable sonda que salía de mi uretra. Por alguna razón se tapó. Pero las enfermeras creyeron que era que yo no estaba haciendo chichí y decidieron darme diuréticos. Así pues, el líquido empezó a salir en cascada hacia una sonda obstruida. Se colapsó la sonda y mi glande empezó a inflarse cual globo de agua. Grité en medio del desespero de pensar que mi pene quedaría como una crispeta. Llegó la enfermera y movió un poco la sonda, el glande escupió con fuerza el último centímetro de esta maldita unión y una explosión acuosa, amarillenta y turbia mojó mi rostro, el uniforme de la enfermera, la cama, el piso... más allá de la vergüenza decidieron quitar la sonda porque al parecer yo ya podría controlar mi orina. La primera sonda que me quitaron. Un somero y bochornoso indicio de que todo estaría mejor.

Hoy ha pasado una semana exacta desde mi operación y 15 días desde que empezó este sufrimiento y gracias a la Salud Pública de la Argentina cada vez estoy mejor. No estoy pensando en la cuenta. Sólo en la mejoría. Los contribuyentes argentinos me están salvando la vida. Esto no pasaría en Colombia porque aún habría un médico de Saludcoop gambeteando mi operación para no deteriorar la fastuosidad de las obras de Villa Valeria de Carlos Palacino, porque la salud en Colombia es una mierda costosa e ineficiente, que a un muy alto precio se presta como caridad pública de la peor ralea. En dónde el éxito no se mide por el paciente que se salva sino por la cuenta que se le cobra al Fosyga, por los sobrecostos en los medicamentos, por el tratamiento que se niega al paciente para seguir robando las arcas del Estado. Acá la salud no es un privilegio, es un derecho y como derecho me lo han brindado sin reparos ni mezquindad. Nada me ha faltado, y lo más importante, la vida, me la están devolviendo.

He aprendido a valorar el amor verdadero. El de mi Ángelita. Tantas veces posé de galán seductor para atraerla y ahora está al lado mío sin miramientos. Con decir que me sostuvo la mano cuando al fin pude cagar. Ella me miraba mientras yo pujaba suavemente, rogando para que se me abriera primero el esfínter del ano que los puntos de la cirugía. Y me vio sudar, lloriquear hasta que esa masa bendita como dulce de leche pero con olor hediondo abandonó mi cuerpo para avisarme que mis intestinos habían revivido. Siempre pensé que la mejor forma de olvidar a alguien era imaginársela cagando. Ahora con Ángela nos reímos de ese cuadro, y ella nunca podrá utilizar esa imagen para olvidarme porque ya no puede ser un producto de la mente, ahora es un recuerdo.

Ahora como cositas ligeras. La poteca de calabaza que tanto odié, es un manjar que se derrite en mi lengua. Las galletas sin sal son langosta de harina. Todo es una delicia, hasta la vida misma me sabe a más porque me ha hecho sentir su valor.

Mis hermanas vinieron. Sonrieron conmigo para llevarle sonrisas a mi padre que lloró cuando supo que estaba tan mal. Para llevarle vida a mi hijo que es mi vida. Para acompasar todas las llamadas de aliento que recibí de mi familia entera, todos los días, a cada instante, para recordarme cuánto me quieren. Hasta mi hermano mayor, con quien he tenido una relación cálida pero distante, me ha llamado todos los días para hacerme una broma y sacarme una sonrisa, para abrazarme con sus palabras, para hacerme saber que por encima de todo, es mi hermano. Luis desde Canadá, Alejo con su agenda a reventar, Oswaldo con su lucha eterna contra la tecnología, Pacho y su familia, todos han estado presentes. Mi madrecita, atenta y llena de espiritualidad para darme un poco de las bendiciones de su vocación y creencia. Mi tía, siempre atenta a mi vida, en las buenas y en las malas. Mis amigos, mi familia porteña, mis amigos de la Facultad que han venido todos los días a visitarme para recordarme que no estoy sólo. Y los mensajes de aliento, por lo menos 30 al día que son inyecciones de positivismo y aún más amor por la vida y por los humanos.

He aprendido más en estos 15 días que en toda mi vida. La cercanía a la muerte me ha hecho más humilde y más sumiso a Dios, a quién le entregué mi vida para que la repare. Ahora la vida no es un lastre inspirador de odas lúgubres. Ahora la vida para mí es una oportunidad para trascender y servir, para dejar una huella profunda de bondad en los corazones con los que me cruce, un llamado para ser un mejor ser humano sin presunciones ni resquemores. Un nuevo despertar que me lleva a gritar a todo pulmón, desde mis entrañas aporreadas ¡¡¡Oye!!! ¡¡¡Te hablo desde el Hospital!!! valora tu cuerpo y tu vida, dale aliento a tu salud y no te creas invulnerable porque las enfermedades te recordarán tu lugar en el cosmos. Sé humilde y ama. Cuando estés en una cama parecida a esta, sólo querrás estar mejor y darle las gracias a Dios y a todos los que te quieren por hacerte un ser humano, profundamente humano, devotamente humano, conmovedoramente humano... con todos los privilegios y carencias que ello tiene. Ama la vida, sólo así la vida será indulgente contigo... ¡¡¡Oye!!! ¡¡¡Escúchame!!! ¡¡¡te hablo desde el Hospital!!!

martes, 26 de julio de 2011

La nada


¿Y qué hago mientras la solución llega? Yo le llamo bloqueo y culpo a la angustia. Algunas veces. Otras veces le llamo angustia y culpo al bloqueo. No sé cuántas noches llevo divagando entre la angustia y el bloqueo. Y mientras me defino, sigo buscando culpables.

Quizás el insomnio que no es tal. Sólo que Morfeo llega borracho a la madrugada, casi en la mañana para decirme que se olvidó toda la noche de mí y que sólo viene a dormir la resaca conmigo. Quizás sea la soledad, la apatía, la insensatez, la pereza, la confusión, la tristeza, la incertidumbre, la locura... quizás el temor... quizás todo, quizás nada. Quizás sea el escepticismo que hace que no crea en nada sin pensar, o la fe, que me hace creer en todo sin pensar.

Llevo ya mucho tiempo en este estanque chico sin mucha gracia. Metiendo las patas para mojarme un poco. Para sentir que aún tengo pies y que quizás exista un camino. Conservo como un indicio de ser mis latidos y mientras los sienta y los escuche en este silencio melancólico, mantendré viva mi angustia y con ella mi bloqueo. Intento comprender el mundo para saber cuál es mi lugar en él. Y descubro tras las letras de otros que intentan explicarlo que no soy capaz ni siquiera de comprender mi existencia. Y que mi espacio está acá, reducido a estas paredes, con las persianas abajo, en donde no sea más perceptible que para mí mismo. Soy inerte así, pero inofensivo. La soledad no me permite saber si ya he enloquecido. Y eso es bueno, porque no me preocupa.

No recuerdo el momento en el que averié la brújula. En el que el norte empezó a moverse para todos lados y la aguja se quedó quieta. Sólo sé que desde ese momento la aguja y el norte nunca han coincidido. Y poco a poco la inercia de la vida me arrastra hacia el abandono. A sumergirme en las tinieblas. A fusionar la noche con esta oscuridad interna. A prescindir de ese hacer y patalear que sólo revuelve las cosas en el mismo sitio. Ah, quizás soy demasiado lúgubre. Pero entre esta niebla espesa no se nota. Ahora recuerdo aquel insecto de Kafka, patas arriba, incapaz de darse la vuelta atrapado por su caparazón. Así me siento. Pero menos lúcido.

He cambiado mis catarsis por drenajes permanentes y he hecho de la vida misma una tragedia. Y es una tragedia gestada en la mente, proyectada en el alma y enquistada en la voluntad, sin ningún soporte en lo exterior. Todo vive en mí y opaca hasta el sol. Soy alérgico a los días radiantes. Cuando alzo la mirada y no encuentro nubes, el azul del cielo me hace estornudar. Y no es una metáfora.

Tengo claro que no soy feliz, pero tampoco infeliz. No sé para qué hago lo que hago. Y aún más claro tengo que no sé si me gusta lo que hago. Quizás porque no hago nada... y no sé nada de la nada. Sé que vivo en una eterna huida que no llega a ninguna parte. Algunas veces pienso que es mi lastre. Otras que es mi esencia. Y la mayoría de las veces pienso que mi esencia es un lastre. Algunas veces creo que estas reflexiones son sólo cinismo. Y otras que son autocompasión. Y todas las veces sé que la autocompasión es por naturaleza cínica. Hasta lo que tengo claro es oscuro.

Y mientras llega la solución, ¿qué hago? Quizás fuera conveniente empezar a buscar el problema... por ahora sólo sé que llegó Morfeo, borracho otra vez, a dormir conmigo su resaca.

martes, 28 de junio de 2011

Apología de la depresión



Creo que nunca he sido más feliz que cuando he estado deprimido. Y no es masoquismo. Es simple sensibilidad. No es que disfrute ahogado en ese engrudo de lágrimas y mocos que se endurece en la almohada de los desesperados. Pero sí en el sosiego del resollar postrero. La inspiración fluye en cascada en la reflexión de la melancolía y la nostalgia. Los sentimientos galopan desbocados mientras la razón divaga en el diván de un psiquiatra desquiciado.

La depresión da la libertad del abandono. El espejo es indulgente. La locura encuentra sus formas más sublimes. Se puede llamar ansiedad o frenesí, letargo o parsimonia... siempre la depresión estará disfrazando nuestros verdaderos demonios de un sobrio luto y un toque de misterio.

Poco se puede perder ya en la tristeza. Hasta dormir es un logro. Y los sueños son hermosos porque superan de lejos la agonía de la realidad. Poco importa el aspecto, la barba de tres días, el cabello ensortijado, las ojeras profundas, la camisa mal abotonada... todo es tan armónico con el alma agobiada que no podría desentonar con el gris de la ciudad.

Las metas son chicas e imperceptibles y cualquier sonrisa es una apoteosis. Soportar el sol en los ojos ya es un signo de esperanza y siempre habrá una ostra atenta a cerrarse a nuestro paso para ser nuestro oscuro refugio. Los pensamientos logran desnudar lo más vulnerable de nuestra humanidad y nunca somos más conscientes sobre esta pírrica existencia.

El vino sabe mejor. Su aroma trae los buenos momentos de eso que ahora nos duele. Cada sorbo expía un dolor y da paso a otro que se debe calmar con un nuevo sorbo. El fuego es mágico. Nos podemos quedar siglos mirando el baile de las llamas y las formas que inventamos en recuerdos y añoranzas. La pluma escupe tinta sin miedo ni censura, en rima y en prosa, lírica o desastroza. No importa.

He sido feliz tendido en el pasto mirando las estrellas, entregándome a la gélida noche esperando que así se congele toda mi tristeza. Finalmente, derrotado, me he abrazado a una ruana mullida y he caminado a buscar el calor del techo para luchar contra el insomnio.

He sido infinitamente feliz cuando he estado infinitamente triste. He sentido el desafío de estar vivo, el reto diario por no dejarme vencer, ese encanto del olvido que no avisa cuando llega... todas las letras que le debo a esa eterna amiga llamada depresión... todo el vino que he brindado con fantasmas, todas las fotografías y cartas que al arder me han calentado...

La depresión es un colage de retazos de muerte para recordarnos que ahí está, al final del horizonte, tras un precipicio que no vemos.

lunes, 30 de mayo de 2011

Cuando la inspiración se va


Cuando la inspiración se va se borra más de lo que se escribe. Los inicios son fatales y los finales nunca llegan. Las historias no producen tristeza sino lástima. Nos volvemos lerdos, desabridos, lo sublime se vuelve ridículo y lo romántico cursi.

Cuando la inspiración se va los dedos se vuelven torpes y las ideas se tornan confusas. Sólo se sienten brillantes las palabras de un pasado que cada vez se añora con más nostalgia. Se repiten una y otra vez en la mente esas frases de antaño para recordar que ahora no serían más que el plagio de un buen momento.

Esa mítica musa que cuando ilumina parece que volara como un hada encantada zumbando misteriosa por los confines de las letras, se quita las alas y se pone las bragas. Se le ve ebria y angustiada, sentada en un rincón mientras aspira con ansia el humo de un cigarro acabado.

La inspiración se marchita cuando el alma se opaca. Se le corre el maquillaje, se le rompe el corsé. Se puede rimar cualquier cosa a lo Arjona, como patético con frenético. Se puede creer, por ejemplo, que el reggaeton es música y que su letra es poesía.

Cuando la inspiración se va la tragedia llega. Los pensamientos se agolpan en formas caóticas que no se pueden describir… porque no hay inspiración. El nudo en la garganta se enquista y las mariposas en el estómago no son más que larvas revolcándose.

Cuando la inspiración se va es mejor no buscarla, no intentar presionarla, no evocar cuando estaba… ni creer que llegó porque dos palabras hicieron el milagro. La inspiración es como el aire, perder la consciencia de la falta que nos hace, mejor nos deja respirar.

Hay que vivir en este riesgo constante de encontrarnos sin palabras, sin historias, sin pasión. Llegar a la hoja en blanco para que el desasosiego del vacío nos diga que no hay nada. Intentarlo otra vez, darle la vuelta al papel, sacudir la pluma para ver qué cae, para darle forma a esa mancha, para volver a empezar.

Cuando la inspiración se va el silencio es el mejor amigo, la contemplación la mejor terapia y la paciencia la única opción. Y ahora que no me inspiro, mejor expiro. Cualquier cosa. Como Arjona.

lunes, 25 de abril de 2011

Breve anecdotario


La vida se hace más alegre cuando lo cotidiano nos da momentos jocosos. Sin pensarlos, sin planearlos, sin esperarlos. Así, espontáneamente. Esta noche recordé cuatro anécdotas que quiero compartir, porque me hacen más llevadera la distancia, porque me llenan de sonrisas por cosas que pasaron con personas que quiero mucho. Quizás no sean historias tan hilarantes, pero mantienen vivo el recuerdo de buenos momentos que compartidos saben a más. Aquí están:


* Hace un tiempo largo ya, mi padre asistió a un funeral de un amigo muy querido que había muerto en un trágico accidente automovilístico. En medio de la velación, entablaba conversación con los asistentes a este lúgubre escenario y manifestó algo que siempre sirve de pírrico consuelo en estos tristes momentos. Con voz solemne dijo: “Es una lástima que Pachito haya fallecido, pero siquiera no tuvo que soportar el dolor y el sufrimiento de permanecer parapléjico o tetrapléjico, tirado en una cama o en una…” súbitamente fue interrumpido por su interlocutor, quien desde una silla de ruedas, con la cabeza débilmente sostenida a su espaldar y modulando con cierta dificultad le interpeló: “Si Jaimito, esto es muy duro…”.

* Cuando yo despuntaba apenas los veinte, mi novia de aquella época, una pereirana muy “pispa”, se disponía a presentarme a la familia en su terruño. –Amor- me dijo –Esta noche vamos a ir a comer con mi familia. Mi tío nos invitó a un restaurante chino muy fino que se llama “El Naranjal”-. Me pareció un nombre curioso para un restaurante chino y le pedí que verificara el nombre. Con seguridad y un poco molesta ya por mi desconfianza me confirmó, sin consultar, que el restaurante chino se llamaba “El Naranjal”. Se acercaba la hora de la cena y de acuerdo con las indicaciones no encontrábamos el dichoso restaurante chino “El Naranjal” de Pereira. Le solicité tímidamente que pidiera la dirección exacta para tratar de llegar a tiempo. Con media hora de retrazo después de tanta vuelta, llegamos presurosos. Detrás de unos imponentes dragones de yeso y unas matas de bambú, unas luces rojas gigantes de neón que simulaban letras orientales, nos anunciaban que habíamos llegado por fin al restaurante chino “El Mandarín”.

* Hace más o menos ocho años mi padre, que ya está bastante entrado en años, sufrió un ataque cardiaco en Cartagena. Fue un período muy tenso y de mucha tristeza para todos nosotros. En ese paseo estaba casi toda la familia, pero por razones de trabajo en ese momento, yo no pude ir. Después de un tiempo y ya superada la emergencia gracias a Dios, le pedí a uno de mis sobrinos que me explicara bien qué era lo que le había pasado a mi viejo. Con todo desparpajo me contó: - Estábamos en la playa sentados con el abuelo y pasaron un par de viejas buenísimas con unas tangas chiquiticas, el abuelo se quedó siguiéndolas con la mirada mientras se acercaban y se alejaban. Entonces el organismo le ordenó que se la parara algo… y se le paró el corazón -.

* Cuando llegó mi hijo a Buenos Aires, hace unos meses ya, tuvimos que ir a la oficina de migraciones para sacar su certificado de residencia. Fueron tres horas de espera en las que tuvimos oportunidad de hablar de muchas cosas. Entre todos los temas que tocamos, aparecieron los “Emos”, por quienes mi hijo profesa especial aversión. Yo, evocando al gran humorista Hasan, le dije que los únicos “emos” que conocíamos en nuestra época, eran las “hemorroides”. Mi hijo se quedó callado pensando unos segundos tras los cuales me preguntó: - ¿Papi, las hemorroides se tragan o se inyectan? -

lunes, 11 de abril de 2011

Soy leyenda.


Soy leyenda, soy lo que alguien que no me conoció dijo de mí,
Soy la hazaña de otros en un lugar que el destino eligió para mí,
Soy el disparo contra el enemigo de una guerra que sobreviví,
Soy el legado para el orgullo de un pueblo que con tesón redimí.

Soy leyenda, soy la decisión desesperada en un último intento,
Soy la identidad de un pueblo que no encontraba un sentimiento,
Soy el panfleto de la revolución que venció al opresor violento,
Soy quien izó la bandera sobre los escombros de un monumento.

Soy leyenda, soy la portada de un libro de historia, mi historia,
Soy la primera estrofa de un himno lleno de mártires y gloria,
Soy la inspiración de luchas actuales cuando me llaman memoria,
Soy la razón del poder, el fondo del discurso de nación y victoria.

Soy leyenda, soy el estandarte de quien evoca con eco mi nombre,
Soy la cara de la verdad, un destello de esperanza, fuego y lumbre,
Soy peldaños de libertad, la trinidad de caballo, espada y hombre,
Soy gritos de lucha, fortaleza espiritual, soy el faro en la cumbre.

Soy leyenda, soy lo que soy y lo que fui, soy luchas que emprendí,
Soy errores y aciertos, soy mi anhelo, mi grandeza y mi porvenir,
Soy proezas épicas mezcladas con pueblo, deseo, locura y frenesí,
Soy leyenda devenida en poder, política y ambición… resumido así.


Santiago Dum.

viernes, 8 de abril de 2011

La historia de una familia (lo que quedo de ella) en el Programa de Protección de la Fiscalía.


* Este fue un reportaje escrito a finales de 2002, cuando era funcionario del Programa de Protección de la Fiscalía y además adelantaba mi especialización en periodismo.

Era de noche en una remota vereda de Risaralda. Los gritos de Lola Martínez* no conmovieron a los asesinos. Ni siquiera los inmutó que cubriera con sus manos la cabeza de su esposo para que no lo mataran. Mano y cabeza atravesaron de un disparo. También masacraron a dos de sus hijos. El trabajador de la finca cayó boca abajo al lado de los demás, sólo porque se asomó en la penumbra para ver qué estaba pasando.

Los paramilitares acusaban a Lola y su familia de ser auxiliadores de la guerrilla. Y sí, los auxiliaron: les lavaron unos uniformes y les prepararon unas gallinas tres días antes de que llegaran a masacrarlos. No tenían opción. Si no le hacían ese “favor” a los guerrilleros, igual habrían perecido, sólo que tres días antes. Eran los últimos días de mayo del 99.

Lola vio a “La huesuda” entre los asesinos. Hasta hace poco sólo era algo más que el loco del pueblo. Pero en ese momento tenía un arma y se sentía dios. De hecho decidió que la familia de Lola muriera. Pero tuvo alma, parece, porque respetó la vida de los dos hijos menores de 13 y 9 años. Tampoco mató a Lola, aunque ella le imploró que lo hiciera. Otro de los hijos se salvó porque estaba en el baño. Oyó el alboroto y saltó por una ventana. Regresó tres horas después para ver el cuadro dantesco que dejaron los visitantes. Antes de abandonar le escena del crimen, “La huesuda” advirtió a Lola que si abría la boca para implicarlo se moría.

Al amanecer, llegaron los agentes del C.T.I. para hacer los levantamientos. Lola abrió la boca. Poco le importó la advertencia y contó todo lo que había pasado. Elaboró un retrato hablado y mencionó el alias de “La huesuda”. Al resto de los homicidas, cinco en total, no los pudo identificar. El C.T.I. sabía que lo que quedaba de familia no podía permanecer en la finca. No sólo porque el dolor y el miedo no los dejaría vivir en paz allí, sino porque los “paras” volverían a rematarlos. Se los llevaron rápido para Pereira y desde allí llamaron al Programa de Protección de la Fiscalía General de la Nación para que se hiciera cargo de Lola y sus hijos.

Un investigador del Programa se desplazó desde la regional de Medellín para estudiar el caso de Lola. Esta es la regional más cercana a Pereira. También están las regionales de Barranquilla, Cúcuta y Cali.

El comisionado del Programa tenía que valorar si la colaboración de Lola haría avanzar la investigación para judicializar a los homicidas. En ese momento el C.T.I. ya andaba con un retrato hablado buscando a “La huesuda” en algún municipio del eje cafetero. Esto ya daba uno de los requisitos para que el Programa interviniera: que la colaboración fuera eficaz. El segundo requisito era incontrovertible. Lola corría un riesgo real. Dos hijos, el esposo y el trabajador de la finca muertos, más la amenaza para Lola si abría la boca, eran prueba suficiente. El tercer requisito era que Lola quisiera ingresar al Programa. Ella, una campesina no muy letrada de 43 años, aceptó. No tenía muchas opciones. El siguiente paso era sacar a Lola y su familia de la zona de riesgo y el lugar que ofrecía más garantías era Bogotá, donde queda el centro administrativo de la Oficina de Protección.

Una mujer con el rostro demacrado por la tristeza y pálido por el miedo del vuelo, y una venda en la mano derecha, bajó del avión con un niño pelirrojo aferrado a su otra mano. Atrás de ellos, una niña adolescente y un joven con gorra descendieron. Una camioneta blindada los esperaba en la pista con un grupo de personas armadas. Llegaba al Programa uno de los 136 casos (testigos con sus familiares) protegidos en 1999, que constituyen 485 personas.

En el camino del aeropuerto al Búnker de la Fiscalía, donde funciona la Oficina, el agente a cargo de este caso le explicaba en qué consistía el Programa: "Deben permanecer en una sede del Programa. Si van a salir me deben informar y yo los autorizo. Cuando se vayan a desplazar en trayectos largos yo vengo por ustedes con escoltas. El Programa se encarga de su alimentación con mercados que les damos. No pueden tomar bebidas alcohólicas ni consumir alucinógenos mientras estén incorporados...". Lola oía pero no escuchaba. En su cabeza aún retumbaban los disparos. Necesitaba asistencia psicológica.

El Programa tiene tres niveles de seguridad dependiendo del riesgo que se le genere al testigo. Un esquema máximo intramural, para aquellas personas que declaran dentro de procesos de trascendencia a nivel nacional. Los protegidos permanecen en una sede del Programa con un agente de seguridad las 24 horas del día sin poder salir a ninguna parte. Un esquema mediano, en el que se ubicó a Lola, y un esquema supervisado, cuando la persona ya se encuentra reubicada fuera de la zona que le representa un riesgo inminente. Se le prestan rondas periódicas para constatar que su situación de seguridad ya se encuentra controlada.

Si bien han pasado casi tres mil personas protegidas por el Programa, el balance no se podría considerar malo. Pero asegura Jenny Fonseca, actual coordinadora operativa del Programa: "Este no es un Programa en el que haya porcentaje de éxito. Es 100% efectivo o es un fracaso, con un sólo testigo muerto toda la credibilidad se va al suelo como pasó una vez".

El escalonamiento del conflicto también se ve reflejado en el incremento de los casos protegidos. Mientras en 1992 se incorporó un sólo caso, se ha ido incrementando el número cada año. En el 2001 más de 500 personas (155 casos) fueron protegidas.

Los fiscales que instruyen los procesos lo han convertido en una herramienta útil para garantizar el buen desarrollo de sus procesos. "Muchas veces, a pesar de qué todo el mundo sabe quién cometió un delito, nadie habla por miedo y por eso se caen los procesos, pero cuando el testigo se siente respaldado, protegido, dice hasta misa", dice Mariela Santos, fiscal de la Unidad Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

Lola y su familia llegaron a la Oficina con la ropa que alcanzaron a sacar de su casa. Una de las psicólogas adscritas al Programa los esperaba para tratar el trauma que provoca cambiar así la vida en cuestión de una noche. Además debían hablar en varias sesiones del plan de reubicación.

Este plan se diseña para una región que esté por fuera de la zona de riesgo. Una vez se tiene claridad en cuanto a la proyección de la actividad del testigo, se le implementa un proyecto productivo con la ayuda de una administradora de empresas. "El éxito del proyecto depende mucho de la voluntad del testigo. Por ejemplo, mientras en Barranquilla se montó una fotocopiadora cerca de una Universidad que ya es una papelería y deja casi tres millones de pesos en utilidades mensuales, ha habido negocios que no duran dos meses y ya están quebrados por la pereza de los reubicados o por problemas del negocio", dice Alina Goenaga, la encargada de esta área dentro de la Oficina.

En cuestión de tres meses el plan ya estaba en marcha y en cuestión de otros tres ya había fracasado. El negocio era producir arepas en un municipio de tierra caliente de Cundinamarca. Esto no prosperó y la situación económica se fue a pique. El Programa los ayudaba con algunas asistencias económicas pero no eran suficientes. Los zapatos de los niños ya se veían rotos. La niña dejó de estudiar para tratar de vender las arepas. La gente del pueblo prefería avena helada. Así pasaron un buen tiempo.

Las reubicaciones en el exterior no corren por cuenta del Programa. No se tienen convenios internacionales que permitan sacar testigos. Simplemente se presentan los casos ante las embajadas para que ellos estudien el caso. Dada la precaria situación de Lola y su familia el Programa decidió presentar el caso a la Embajada del Canadá, el único país que ha abierto sus puertas de manera generosa. Tramitaron los documentos y el primer secretario de la embajada los entrevistó. Al recibirlos lo hizo con una gran sonrisa. Al despedirse su cara de compungido lo decía todo. La historia le tocó las entrañas. Autorizó las visas de inmediato. Sólo en el 2000 Canadá recibió a más de 60 personas protegidas , entre ellos a Lola y su familia.

Durante los diez años de funcionamiento del Programa (1992 – 2002) sólo un testigo ha sido asesinado. Una noche de mayo del 2001, llamaron del C.T.I. por radio a la entonces directora del Programa. El cuerpo de uno de los testigos más importantes a cargo del Programa yacía sin vida con varios impactos de bala en el suelo de una cancha de básquet al sur de Bogotá. Quien fuera piloto de Carlos Castaño, y uno de las principales testigos que lo podría implicar con narcotráfico, ya no hablaría más. El resto pueden decir, como uno de los protegidos que afirmó: si pudiera poner el epitafio de mi tumba, pondría “me salve”.

Lola y sus hijos hablan ahora un francés apaisado. Nunca podrán borrar de su memoria la pesadilla que vivieron pero tienen una esperanza para seguir adelante. Por lo menos saben que donde están no hay guerrilleros o paramilitares. Los homicidas fueron capturados y judicializados. Su historia no fue fácil. Ella permanece con el dolor de haberla padecido pero con la tranquilidad de poder “vivir para contarla”.
* El nombre ha sido cambiado por razones de reserva legal.

jueves, 24 de marzo de 2011

Miradas asesinas


Las miradas de los asesinos no son iguales. Vi varias de ellas y todas eran distintas. Recuerdo con claridad al que no me miraba. También al que me miraba fijo e inmutable. Y recuerdo al que se reía jocoso mientras me miraba.

Yo hacía preguntas, ellos me respondían. Nunca supe si decían la verdad y creo que tampoco era relevante. Porque con su mirada decían algo más profundo. El que me evadía, pedía perdón, el que me miraba fijo, me amenazaba, y el que se reía, se reía también de mí. No con las palabras, las palabras sobraban. Con su mirada.

En lo más profundo de su ser, algo justificaba su crimen. Después de mirar al techo como implorando a Dios y al suelo, como buscando al muerto, el de la mirada nerviosa me dijo, después de muchas vueltas, que lo había hecho porque no tenía otra opción. El de mirada penetrante apretaba los dientes mientras me contaba cómo rajaban al medio los cuerpos para echarlos al río y que no flotaran. El que se reía contaba cada asesinato como una anécdota más, como si fuera un juego en el que había ganado con alguna picardía sin comprender muy bien que los perdedores no se volverían a levantar.

Y las manos… las manos parecían bailar perfectamente con los ojos. El que no me miraba juntaba sus manos atrás como llevando unas esposas que él mismo se había puesto para convencerme de su arrepentimiento. El frenesí del que no me quitaba la mirada de encima era evidente en sus manos. Cada vez que hablaba simulaba un dedo en el gatillo, el movimiento de un cuchillo clavándose en la carne o las unía con fuerza para que una mano matara a la otra. El otro sólo jugaba con sus manos. Movía un papel, un bolígrafo, se las frotaba y entre tanto, no paraba de sonreír.

Esas miradas y esas manos se quedaron indelebles en mi memoria. Algo, muy poco, me quedó de sus palabras, de sus historias, de sus razones.

Los vi porque nuestro tiempo y nuestro espacio coincidieron. Yo trabajaba para la Fiscalía General de la Nación de Colombia. Ellos para alguien más. Yo representaba a la justicia. Ellos también. Yo a esa justicia aparente que se trepa en la majestad de las instituciones y la pulcritud del Estado. Ellos a la justicia del la ley del talión, de la revolución, de la barriga o el falo.

Percibí que para ellos la muerte era una forma de vida. Porque les abrumaba la misma muerte, se les venía encima y sólo se la podían quitar del hombro matando. Porque si no mataban no comían. Porque si no mataban no tendrían más poder que su miserable vida. La muerte se les convirtió en una razón para vivir. No comprendían muy bien de ideologías, más allá de que pudiesen recitar unos panfletos mal escritos. Pero tenían claro qué era plata y madre y, por las dos, sin duda matarían y morirían.

También noté que para ellos matar no había sido una elección, si no más bien una necesidad, una imposición, una cuestión de vida o muerte. El de la mirada esquiva mataba por miedo. Le daba miedo de que lo mataran por no matar. Le daba miedo ser tachado de cobarde. Le daba miedo de que lo mataran por matar y seguía matando. El de la mirada fija mataba por poder. El único poder que tenía era el que le daba su arma. La única forma de sentirse superior a otro ser humano era poder someterlo y sentirse dueño de su vida, vida de la que se apropiaba extinguiéndola. Así saciaba su deseo de poder. Así aplacaba la miseria de no encontrar otro medio para ser respetado o temido. El risueño mataba por ignorancia. No sabía por qué mataba. Para él un “porque sí” era una respuesta. Y se reía después de decirla, movía sus manos y me miraba. Y se reía otra vez. Le parecía divertido. Además, matar le daba plata y la plata, todo lo demás.

No estaban enfermos ni eran sicóticos, las pruebas de las sicólogas lo corroboraban. Eran personas normales para los cuales matar era tan normal como su normalidad. Tampoco enarbolaban una causa mística detrás de sus acciones, un trauma social o una turbia historia personal. Eran normales.

Los tres trabajaban para alguien más. Para la guerrilla, para los paramilitares o para algún cartel de la droga. Ya no recuerdo cada quién para cuál. Pero no era extraño que hubiesen pasado por todas. No eran militantes, eran mercenarios.

A pesar de que esas miradas eran diferentes entre sí, no eran distintas de la de cualquier mirada que uno viera por la calle. Y no eran miradas distintas porque con otras similares me había encontrado y me seguí encontrando después miles de veces caminando por la acera, en el supermercado, en los salones, en cualquier parte de mi país. Miradas nerviosas e inseguras, fijas y desafiantes o risueñas y desprevenidas. Miradas normales.

Comprendí entonces, que entre una mirada normal y la mirada de un asesino la única diferencia es el desprecio por la vida y el culto a la muerte, que esto no es evidente en sí mismo, que se va construyendo en la sociedad, mientras la sociedad se va destruyendo. Que las miradas van mutando y se van confundiendo con la indiferencia, con la incapacidad para diferenciar la mirada de un asesino de la mirada de un ciudadano. Porque en cualquier momento un ciudadano se convierte en un asesino y un asesino posa de ciudadano. Que entre uno y otro sólo basta un arma para hacer la diferencia. Que mientras haya miedo, poder, diversión y dinero, y que éstos sean medio y fin para infundir miedo, ostentar poder, gozar de diversión y tener dinero, a pesar de que haya mil ropajes para disfrazar la ambición, siempre habrá razones para matar y personas que maten por miedo, poder, diversión o dinero. Que mientras la sociedad siga enferma, la normalidad será extraña y lo extraño será normal.

La mirada de los asesinos no es igual. Pero el llanto que rodea la muerte es homogéneo, quedo, profundo, doloroso y lúgubre. Las lágrimas son espesas, el resentimiento profundo, el deseo de justicia clamoroso. La Justicia, la de verdad, esa que no era ni la de ellos ni la mía, inexistente. Así, las miradas asesinas, se renuevan.

lunes, 28 de febrero de 2011

Escribir...

Acto reflejo del alma. No importa si lo escrito suena mal, si no es agradable, si los ojos que ven las palabras plasmadas se abren al límite de las órbitas por el terror, se cierran con fuerza de compasión o se tuercen en giros de confusión.

Las palabras son danzarinas incontrolables. Traducen sentimientos, moderan pensamientos, catalizan impulsos, dicen bien o mal algo que atraviesa los confines del cuerpo para hacerse tropel en la garganta. Sí, la escritura habla en todos los tonos.

Escribir es un desahogo furtivo de sensaciones y emociones en donde la sangre, las lágrimas y el sudor se confunden en una hermosa mezcla llamada tinta. Tomar el riesgo de volver letras el contorno y el interior, bien merece la pena por el arrojo de escribir, más allá de lo que quede en el papel.

La imaginación encuentra su mejor carruaje cuando se conectan sueños y pluma. Esos unicornios se desbocan hacia planetas que van más allá de los límites del infinito y súbitamente recorren torrentes de magia en donde la belleza no tiene más parámetro que la locura.

Qué importa la coherencia si se ha logrado un verso sonoro. Qué importa si se entiende o no cuando el corazón que lee es caprichoso y acomoda cada palabra a sus anhelos. Qué importa la hortografia si después de soltar una frase extasiada en la hoja se decide también soltar la carga de amargura.

Escribir es un tránsito entre el alma y el puño que hace una aduana espuria en la cabeza para que la mente diga con una sonrisa cómplice que todo puede seguir. La palabra que queda impresa asume con hidalguía sus logros y sus estragos a perpetuidad.

Escribir puede hacer que el grito de ira se convierta en elocuencia, que el insulto se vuelva sarcasmo, que la incertidumbre se vuelva ironía, que el odio se convierta en silencio. Benditos esos garabatos inventados para que los mensajes viajen, perduren, interpreten, imaginen, cuenten… vivan.

Cuando se sostiene la pluma, la mano no sirve para nada más. No se puede jalar del gatillo ni cerrar el puño. No se puede apuntar para acusar, no se puede abrir la palma para rechazar. La pluma atrapada en la mano es el cosmos que se concentra en la palabra que viene.