La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

lunes, 26 de mayo de 2014

21 características del uribista promedio.



Fotografía tomada de Internet.

1. El uribista promedio colombiano es pintoresco y dicharachero. Engalana con su presencia todos los escenarios públicos que frecuenta. Es de hablar fuerte y contundente. Usa expresiones como "duélale a quién le duela" y "Uribe ha sido el mejor Presidente que ha tenido este país en toda su historia". No se sabe el nombre de más de tres o cuatro presidentes, entre ellos, el de Juan Manuel Santos, a quien por supuesto, detesta. 

2. El uribista promedio es católico radical, cree que la homosexualidad es una enfermedad y que si un hijo le sale gay lo echa de la casa y le quita el apellido. Pero no es raro verlo en donde las prostitutas pagando por tríos y gastándose la plata de la pensión de los hijos comprando un poquito de cariño. 

3. El uribista promedio entona vallenatos a todo pulmón. Cuando se pasa de copas, su equipo de sonido retumba con corridos norteños de madrugada que acompasa con un anillo macizo de oro formado por dos culebras entrelazadas que golpea contra una copa de aguardiente tallada en Baccarat mientras grita "¡Así se canta hijueputa!". 

4. El uribista promedio se llama John en sus siete formas de escritura y sus 200 variables, como Jonatan, Jhony, Jason, Jean y todas las combinaciones posibles. También se puede llamar William, Edwin, Edison, Walter, Alexis, Alex o Duverney como primer nombre y el segundo siempre es Andrés. William Andrés, Edison Andrés, Edwin Andrés, Walter Andrés, etc.

5. El uribista promedio se moviliza en una moto Pulsar de segunda y su prenda favorita es la camiseta de la selección Colombia que le acompaña en toda ocasión. Usa sombrero estilo aguadeño y poncho, para imitar mejor a su deidad espiritual, a quien habrán visto en algún consejo comunitario de antaño y le adoran porque les dijo "hijito". Eso nunca lo borrarán de sus memorias y será por siempre su recuerdo más preciado.

6. El uribista promedio usa tanga narizona y se limpia los dientes con palillo que puede durar una semana entera entre sus dientes, incluso cuando duerme. 

7. El uribista promedio le dice mami a la novia y mamacita a las amigas o conocidas. 

8. El uribista promedio gusta de las piscinas públicas y suele clavarse en la parte pandita no sin antes pedir que le tomen una foto en la acrobacia.

9. El uribista promedio presume de ser buen lector, habla de autores y teorías difíciles de corroborar. Pero su ortografía es pésima y hasta hace muy poco, por cuenta de una campaña presidencial de sus afectos, aprendió que "paz" se escribe con "z". Dice que Uribe ni por el putas se parece a Hitler. Pero no saben quién fue Hitler. 

10. El uribista promedio cree que en la humanidad "somos muchos" y que masacrar de vez en cuando una buena cantidad de gente contribuye al problema de la sobrepoblación. Eso sí, jamás considera que ellos pueden ser parte de esa gente y que los muertos deben ser otros. Esos otros, los que merecen morir, son "guerrillos de la far" (como dice su mentor) o mamertos hijueputas. 

11. El uribista promedio dice que odia al comunismo pero vive en una casa de interés social que le quitó a su mamá cuando murió su papá y jamás aspira a salir de allí. Ama la seguridad democrática porque "por fin se pudo volver a la finca en carro" pero no tiene ni finca ni carro. 

12. El uribista promedio se vuelve energúmeno en las redes sociales, aprendió a escribir "mamertos gorroneas" y tiene el símbolo del Uribe Centro Democrático en su avatar.

13. El uribista promedio es hincha furibundo de algún equipo de fútbol colombiano y del Real Madrid o el Barcelona. Alterna la camiseta de la Selección con la de estos equipos cuando juegan. Y arma bonche gane o pierda su equipo.

14. El uribista promedio siempre vota en las finales de "Yo me llamo" y "Protagonistas de nuestra Tele" y putea en twitter si no gana el o la de su preferencia. 

15. El uribista promedio dice que se hace matar por su país, pero nunca ha estado en una guerra ni prestó el servicio militar. Le fascina que linchen a los ladrones, excepto cuando ellos son sorprendidos robando. 

16. El uribista promedio coge los huesos de marrano con el dedo meñique levantado.

17. El uribista promedio vive en el campo y en la ciudad, se junta con otros uribistas promedio y le gusta matonear al que piensa distinto diciéndole mamerto o guerrillo. 

18. El uribista promedio habla de la Patria como la cosa más hermosa que jamás ha existido, pero escasamente conoce su pueblo y Cartagena porque se ganó unos pasajes en un bazar.

19. El uribista promedio es arribista, no importa su estrato social.

20. El uribista promedio se parece al colombiano promedio.

21. El uribista promedio nos va a devolver al gobierno absoluto de su dios, Álvaro Uribe Vélez, mientras todos los demás, que también somos del promedio porque no podemos ser mejores, lo vemos, nos sometemos y lo aceptamos sin hacer nada.





martes, 20 de mayo de 2014

El Fantasma de Antanas.

(Fotografía tomada de Internet)

Hace cuatro años por esta época, mi esperanza por un país mejor estaba renovada. Aunque estaba lejos, en Buenos Aires - Argentina, logré ubicar por vía de redes sociales a más entusiasmados como yo para sentir eso que se llama Patria y vivirlo, como si uno le hubiese arrancado un pedazo de tierra a su país para llevárselo en la maleta. Compré mi camiseta de la Ola Verde, muy estrechita para los 95 Kilos que me empezaban a pesar, y fui a un par de reuniones para escuchar sobre planes y propuestas. Las reuniones me aburrieron pronto. La política tiene una particularidad entre los anónimos y es que súbitamente los convierte en líderes espontáneos. Solo hay que darle un megáfono a un idiota con un par de ideas para que esta mezcla de popularidad haga explosión en su cabecita y se vista de héroe. Pues bien, la Ola Verde no fue la excepción en Buenos Aires y preferí volver a la comodidad de mi casa y las redes sociales.

Poco antes de la consulta del Partido Verde escribí un texto que se llamó ¿Por qué votaría por Mockus? que sin preverlo tomó una fuerza que recorrió el mundo. Pronto me llegaron respuestas a favor y en contra desde Estados Unidos, Suiza, Japón, Alemania, Argentina, Ecuador y cuatro o cinco países más que no recuerdo y por supuesto, de Colombia. Me entusiasmé, milité desde la virtualidad gratis, diciendo para mis adentros "yo apoyo porque quiero, a mí no me pagaron" y sin descanso me ubiqué en la cresta de la Ola Verde en el lugar en dónde siempre estuvo: El mundo virtual. La realidad era otra y el 30 de mayo me daría cuenta.

Recuerdo esa noche otoñal del 30 de mayo de 2010 saliendo de un espectáculo maravilloso. Era Quidam, del Circo del Sol, algo que nunca había visto y dudo volver a ver. Magia pura de humanos sobrehumanos. Acucioso busqué una conexión a internet para que el júbilo del triunfo se apoderara de mí. Suponía, como indicaban las encuestas, las malditas e imprecisas encuestas, que Mockus estaría un poco arriba o un poco por debajo de Santos para dar el zarpazo del triunfo en la segunda vuelta. Pues no. La esperanza murió de un disparo en la cabeza. Los porcentajes inclinados claramente a favor de Santos solo eran el preludio de una debacle en segunda vuelta que solo fue de trámite. La puerca realidad de la política colombiana había barrido las ilusiones virtuales. Era obvio, no se pueden repartir tamales por internet y el pragmatismo una vez más derrotó al idealismo. Pero el sabor de la ilusión quedó ahí, y el símbolo también. Mockus perdió, pero su barba color ceniza sin bigote, su peinado de meme y sus gafas clásicas se convirtieron en el faro de la esperanza.

Pero los peros llegaron. El siguiente reto electoral para Antanas vendría en 2011, en las elecciones a la Alcaldía de Bogotá. Los movimientos de Mockus fueron observados con expectativa por los rezagos de una Ola Verde que paulatinamente se fue retirando al tedio de su rutina y al baúl de la resignación. Peñalosa hizo lo previsible. Se alió con Álvaro Uribe, la antítesis de los seguidores de Mockus y la representación viva de todo lo que no se debe hacer en política. Se rindió con toda pleitesía y sin ninguna vergüenza a los pies del patrón creyendo que con su apoyo sería invencible y que por fin, después de una seguidilla de derrotas, sería otra vez Alcalde de Bogotá. Mockus, traicionado y decepcionado, empezó a dar bandazos de un lado a otro. Y aún no se detiene. Renunció al Partido Verde. Hasta ahí respondía a la lógica de un hombre íntegro y coherente. Muchos tuvimos la ilusión de que él alzaría sus propias banderas vestidas de Visionarios o simplemente de Mockusianos para alcanzar la Alcaldía, pero su viraje fue imprevisible, triste, lastimero, incomprensible y políticamente suicida. 

Mockus decidió sumarse, como un gregario más, a la campaña de Gina Parody. Sí, Gina Parody, una yupi con aires de hipster que tuvo la genial idea de descubrir que el uribismo estaba podrido cuando ya hacía parte del Partido de la U, cuando esa U era de Uribe. Renunció al Senado para, propio de su esnobismo natural, ir a estudiar Bogotá a Boston. Sí, es extraño pero ella misma lo dijo: "Me fui a Boston para estudiar a Bogotá". ¿Cómo? ¿No era más fácil estudiar a Bogotá en Bogotá? No, para ella se conoce mejor Bogotá desde Boston. Mockus le apostó a esa campaña inerte y logró reducir los más de 3 millones de la Ola Verde a un simple charquito lleno de sapos de apenas poco más de 300 mil. 300 mil votos recaudados en "Il Pomerigio", el Parque de la 93 y la comunidad de diseñadores que tiene Gina para sus gafas. Y bueno, Peñalosa y Parody fueron derrotados por Petro. Pero esa es otra historia.

Desde ese momento Antanas Mockus es un fantasma. Aparece de vez en cuando a decir alguna incoherencia y se vuelve a ocultar en las ruinas de su imagen. Todo lo ve con una candidez mágica. Ve bondad hasta en Santos, a pesar de que no cumplió la mayoría de sus promesas de campaña, las que le dijo en la carota a Mockus, como que no subiría los impuestos y que lo escribiría en mármol.  

Sus declaraciones son ambiguas, débiles de argumentos, con un lenguaje que se asemeja más al de un gurú de autoayuda de la India que al de un político activo. Siempre había sido enredado y había que digerirlo para entenderlo. Pero ahora viste sus palabras de sofismas como "apoyo desde la radical independencia". Será desde la radical soledad. La soledad del poeta, el loco o el romántico. Dice que va a trabajar por la paz, pero no desde el Senado, pero no desde la política, pero no desde los partidos, pero no desde ninguna parte. Pero lo va a hacer. Cómo y cuándo, no sabemos, pero él dice que lo va a hacer. Dice que Santos lo hizo mejor de lo que él lo hubiera hecho. ¿Que qué? Uno solo se coge la cabeza y piensa: "¿Cómo es posible que Antanas diga estos disparates? ¿Qué es lo tan bueno que ha hecho Santos como para pensar que lo hubiera hecho mejor que él? ¿Iniciar un proceso débil con unos manipuladores y mentirosos que en cualquier momento lo dejan viendo un chispero como a Pastrana? ¿Arrasar el campo con TLC´s contra los que los campesinos colombianos no pueden competir y que los tiene protestando mientras la Fuerza Pública los levanta a bolillo? ¿Olvidar que es Presidente y trenzarse en una nueva campaña politiquera plagada de polarización y odio dando la talla de la suciedad de sus oponentes que antes eran sus mentores y aliados?". Esos aliados que derrotaron a Mockus. 

No está mal que Mockus sea un mal político. Finalmente su mayor mérito como político es ser un mal político. Los buenos políticos en Colombia tienen sumido al país en el caos institucional, la corrupción administrativa y la polarización violenta. Pero entonces le queda a uno la duda ¿Será que Antanas tiene razón? ¿Hubiéramos elegido un Gobierno peor que este con él? Y, tristemente, termina uno sintiendo un alivio siniestro.

Hace cuatro años Mockus era la esperanza. Sí, la esperanza hecha candidato. Por esta época la ilusión corría por las venas como un torrente de futuro. Hace cuatro años había por quién votar y uno creía que más allá de unas elecciones el liderazgo podría reconstruir una política más depurada, más incluyente, menos electorera y más ideológica. Pero Mockus se diluyó, como el espectro de un fantasma. Ahora no es más que la sombra larga del poema de José Asunción Silva. Mockus sigue siendo su esencia: Un tipo honesto, crédulo y bueno. Pero delira si cree que Santos ha sido un buen Presidente. Y deliramos todos sus seguidores si de verdad él iba a hacer un peor gobierno que el de Santos. Que poca fe se tenía Mockus. Parece que la política en Colombia aniquila hasta la fe en uno mismo. Y eso pasó con Mockus. Antanas ya no cree en Mockus. Balbucea detrás de bambalinas apoyos intrascendentes. Se esconde en escenarios vacuos y sin peso en donde sus palabras ya no son fuerza moldeadora. Quizás sirvan para manuales de conducta de monjes sin aspiraciones.

Hoy, cuando las elecciones se disputan en medio de lo más puerco de la política, en donde un Uribe desesperado fuerza a su marioneta hasta los límites de la ley para atacar con su tradicional estilo criminal y el Presidente-Candidato tiene a todo vapor a sus locomotoras clientelistas y burocráticas para aferrarse al poder, extraño al buen Antanas. Ese que ya no existe. Ese que pasó a un retiro activo que roza con lo patético. Hoy la "esperanza" se disfraza de una izquierda dividida hasta casi su extinción política y de un Peñalosa experto en derrotas que ha armado un equipo para sumar una derrota más, lejos de Uribe y lejos de Santos, porque ninguno de los dos lo quiere, porque ninguno de los dos lo necesita. No porque él no quisiera unírseles.

Hace cuatro años milité en la Ola Verde desde el exilio. Hoy milito en la absoluta desesperanza desde el exilio. Antes al sur, ahora al norte. Miro desde la distancia la realidad planeando mi nueva huida y marcando los días en el calendario que me devolverán a Colombia en poco tiempo. Para volver al mismo país iluso que se murió ese 30 de mayo de 2010 y que anheló seguir el sendero de un hombre bueno. Hoy ese hombre bueno es un fantasma en el exilio de su propia casa, de sus propios miedos, de su propia esperanza que ahora es delirio. Antanas Mockus hoy es un espectro que se diluye en el lodazal de la política colombiana. Antanas es el nuevo Gasparín, un fantasmita amistoso, inofensivo y tierno que vive en las ruinas de la democracia.