La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

lunes, 10 de mayo de 2010

No le pegues a tu hijo


Esto pasó en agosto de 1998. Y esta catarsis sólo la puedo procesar hoy, casi 12 años después. Quizás sea un drama menor. Pero en mi alma se ha enquistado como una tragedia mayor. Un padre primerizo actuando como una madre primeriza.

Inexperiencia total. Múltiples ocasiones de poner un pañal mal puesto, lo que se hacía evidente en la carita de un bebé incómodo, un hedor fatal y una masa acuosa y marrón escurriéndole por la pantorrilla. Decidí enseñarle a “controlar los esfínteres” a mi hijo que apenas sobrepasaba los dos años ¿Y cómo se enseña eso? No lo sé… nunca aprendí a enseñarlo.

Pacientemente le expliqué que si tenía “pipí o popó” me debería avisar diciendo sólo esas palabras mágicas. De esa manera, yo lo llevaría presuroso a la bacinilla que habría llegado al baño después de algún “baby shower” y no necesitaríamos más pañales. Ahorraríamos en dinero y él ya iría aprendiendo a ser un “individuo”. Él sólo repetía divertido las palabras “pipí y popó” y sonreía, pero sólo era porque le parecía gracioso, no porque hubiese aprendido la lección. Seguía en su juego y su mundo con el carrito, el muñeco o cualquier cosa que hubiese por ahí. Un niño disfruta con la misma avidez un robot de última generación, el más costoso, que un pedazo de trapo. Usualmente siempre disfrutan más el pedazo de trapo. Hacen de él todo lo que quieren que sea: Una capa, una cobija, un avioncito, un mantel, un gusano… mientras que el robot nunca deja de ser un aburrido robot. Lo dejé jugando y me fui a lavar algunos platos. Mientras escuchaba el agua correr, desde la habitación Nicolás me gritaba “¡Popóoooooooooooooooooo!” corrí para comprobar la genialidad de mi hijo. Todos creemos que nuestros hijos son geniales, o por lo menos, más inteligentes que nosotros. Cuando llegué para verlo, efectivamente, popó. Se escurría entre el pañal y su entrepierna. Lo tomé con el asco del caso y lo limpié. Lo dejé en pelota un rato y le expliqué pacientemente que las palabras “pipí o popó” las debería pronunciar antes y no después del reguero. Me miraba atento. Cuando yo decía pipí o popó, él se reía.

Seguí haciendo algunas cosas domésticas y él se quedó dormido en nuestra cama, la que compartía con mi esposa que ya no es mi esposa desde hace nueve años. Oí que se despertó porque siempre hacía un sonido gutural particular. Como si se rascara la garganta por dentro. Lo dejé que se desperezara y gritó ahora “pipíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” corrí a su lado, como estaba enpelotica, pensé que había mojado la cama. Tragedia. No, misteriosamente no se había hecho pipí. Corrí con él a la bacinilla y lo puse en frente. Orinó la pared, el piso y luego dejó caer una mínima parte en la bacinilla. Lo abracé, lo levanté y sentí una gloria inmarcesible y un júbilo inmortal. Mi hijo era un genio que había asimilado las instrucciones a la perfección. No más pañales y quizás estaba descubriendo un futuro icono de la cultura latinoamericana que aprendió a controlar sus esfínteres con poco más de dos años.

Ya creía que las instrucciones estaban bien asimiladas y que el pañal sobraba.

Mi esposa (ex esposa hoy), llegó a eso de las siete de la noche del trabajo. Con orgullo le conté lo que había logrado en nuestro futuro Bolívar, San Martín, García Márquez o que se yo, tanto genio latino. Ella sonrío, se sirvió alguna cosa maluca que yo había preparado tratando de mezclar arroz con huevo y alguna verdura para no ser tan básico en la cocina que sólo probó. Me preguntó si yo había pagado el recibo de alguna cosa que se me olvidó y discutimos. Siempre se me olvidó todo. Mi memoria es como la memoria de las calculadoras viejas. Si la reseteaste, cagaste, nunca más te vuelve la operación. Y yo vivía reseteado. Como diría el gran filósofo de la cultura grecochibcha, Andrés López, los hombres sólo podemos hacer una cosa a la vez. Y si yo cambiaba pañales, no pagaba recibos.

Ella sabía que entonces le correspondería ahora ir a un Cade y hacer una fila infernal para enmendar mi tonto error. De la discusión pasamos a la pelea. Nicolás jugaba y paró para mirar la gritería. Ella lo notó, bajó la voz, lo alzó, le dio un beso y todo volvió a la normalidad. Relativa. Pero con el rabillo del ojo me disparaba con esa desaprobación femenina con la que uno prefiere de verdad mejor un pellizco en las pelotas. Mejor ese dolor intenso sin atenuantes pero sin ese girito socarrón de cabeza, mirada china tipo Kill Bill y posición de boca que dice sin decir: Eres taaaaaan inútil.

Yo quedé herido en mi ego de macho no sólo por ser la dama de la relación, sino porque además lo estaba haciendo mal. Sentí devaluado mi gran logro del día de haber conseguido que un bebé controlara los esfínteres cuando sabía que muchos habían desfallecido en el intento. Ella se fue a donde los vecinos para distensionar el ambiente y para conversar algunas cosas con ellos. Apenas salió, Nicolás sentado en el suelo dijo “Pipí”. Corrí con él a la bacinilla, le bajé los pantaloncitos y otra vez, mojó todo menos la bacinilla pero igual, lo había hecho de nuevo. No había sido una casualidad, era un hecho, había logrado que Nicolás en menos de un día controlara sus esfínteres como todo un individuo. Y ella no estaba para verlo. Me frustré. Pensé que quizás si lo hubiese visto mi merito podría haber hecho menos tonta mi omisión del recibo. Pero no, no estaba ya.

Acosté a Nicolás y se quedó profundo. Lo contemplé y admiré su precoz capacidad. Me extrañé porque nunca le fomenté la estimulación temprana. Sólo lo dejaba ser. La estimulación temprana que tiene a los fetos escuchando a Mozart sin saber siquiera si les gusta. Cuando es el parto ya nacen a lo Phelps, en el agua, salen nadando con gorrito y gafas y batiendo el record mundial. Yo siempre me negué a someter a mi hijo a ese suplicio de tener que ganar todo sin saber para qué se gana. Es la era de los bebés triunfadores que ya no dicen “gugú, tata” sino “down jones y wall street”. Por eso, por su crianza campirana, admiré su valioso avance al controlar los esfínteres sin que Mozart hubiese intervenido en el proceso.

Me recosté y me quedé dormido al rato de Nicolás a eso de las nueve de la noche. A las once me desperté y me di cuenta de que mi esposa (ex hoy) no estaba a mi lado. Di una vuelta por la casa y tampoco estaba. Me exasperé. Me senté y vi una caja de cigarrillos. Yo no fumaba (ni fumo) pero decidí prender un cigarrillo mientras tarareaba “fumando espero, al hombre que yo quiero…” y me reí con esa risa lacónica que ama y odia. Yo era la dama de la relación y me imaginaba buscando el molinillo en la cocina para hacer el reclamo cuando llegara él, es decir, ella, en fin. Entró a la casa sin hacer ruido y sólo me delataba el cigarro encendido. Me dijo “¿Qué haces despierto?”. Respiré profundo, profundísimo y respondí “esperándote”. Algo me dijo, no recuerdo qué y siguió a la habitación. Yo seguí fumando intrigado por qué ella no me había preguntado qué hacía yo fumando si yo no fumaba. No me lo preguntó nunca. Entré a la habitación y ella ya estaba bajo las cobijas, empijamada y durmiendo. Quise despertarla para… para… para… no sé para qué… para nada, porque nada había ya qué decir.

Nicolás durmió casi toda la noche, a las 5 de la mañana se despertó y yo le di el tetero. Se lo tomó y durmió otro ratico. Mi esposa (ex hoy) se levantó a las 6, se baño a mil, se tomó un jugo, besó a Nicolás y lo consintió un rato y me dio un pico en la boca de afán… y se fue. Quedé maluco. No sé, quería decirle algo que no le dije, no sé si bueno o malo. En la salida recogió el recibo de la mesa, giró su cabeza como diciendo “no” y se fue. Yo quedé sentado, rayado, viendo a Nicolás entre dormido y despierto con el chupo entre los dientes. Ese día tenía que llevarlo al jardín nuevo que le habíamos conseguido para que yo pudiera ir sin tanto contratiempo a la Universidad. Le preparé el desayuno, lo bañé y se hizo pipí en la ducha. Siempre lo hacía y no pasaba nada… le parecía divertido como el agua de él se mezclaba con el agua de la ducha. Lo vestí, y convencido de que no era necesario, no le puse el pañal. Saqué unos calzoncillitos de otro “baby shower” y se los puse. Encima, la mejor pinta. Pantalón nuevo, zapatos lindos, camisita de grande. Todo un dandy.

Fui a hacer el desayuno mío y gritó: “Popóooooooooooo”. Corrí para llevarlo a la bacinilla. La prueba del popó aún faltaba. El popó asomaba por la pantorrilla. Súbitamente, yo, me convertí en la persona que más he odiado en mi vida. Lo miré y lo levanté con asco e ira y le di la vuelta ¡Pam! Una palmada en la cola que sólo aplastó más lo que ya era una desgracia. No lloró, sólo me miró sorprendido ¡Pam! Otra palmada más dura. Abrió sus ojitos y sólo sollozó. ¡Pam! Más duro, cerró sus ojitos y dos lágrimitas escurrieron. Aún no dejaba escapar el llanto. Lo tiré en la cama y le quité el pantalón de un solo jalón. La camisa, los zapaticos, todo sin misericordia y con una agresividad corrosiva. Él me miraba sin comprender qué estaba pasando. Lo llevé a la ducha para bañarlo. Por equivocación abrí el agua fría y no la caliente. Pero mi perversidad sin límites convirtió una equivocación en una tortura miserable. Lo dejé bajo el chorro de agua fría y él instintivamente trató de correr. Lo impedí y me cercioré de que el chorro le diera en la cola para que lo limpiara, pero en un acto que ni Lucifer hubiera disfrutado. Él empezó a llorar profusamente y el llanto era interrumpido por el suspiro entrecortado que provoca el agua fría, más si es en tierra fría. Estamos hablando de las parcelas de Cota, plena sábana de Bogotá a 2600 metros de altura de trópico a las siete de la mañana. El frío es simplemente recalcitrante. Lloraba más duro y ¡Pam! Otra palmada acompañada de un regaño: “¡Eso es para que aprenda que el popó se hace en la bacinilla!” mientras mis dientes de arriba chasqueaban contra los dientes de abajo y me hacía tan belfo y monstruoso que sólo mi cara le daba más terror que mis palmadas.

Otra ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!... no sé cuántas palmadas le dí, hasta que una voz, casi divina, casi celestial, me gritó con ofuscación: “Felipe, ya, ya, ya no más salvaje, lo quiere matar o qué imbécil”. Era mi hermana, que por alguna razón, que sólo Dios hoy sabe y yo agradezco, entró en mi casa a pedirme algo que nunca supe qué era. La miré y le dije: “¿Usted quién es para cuestionar lo que yo hago con mi hijo, acaso yo le digo qué hacer con sus hijos?”. Pensé que la iba a disuadir. Vi que se creció 20 centímetros, se robusteció como un luchador y me reviró: “No es sólo es su hijo, es un bebé y antes de que usted le de otra palmada yo me hago matar”, mientras cerraba la llave del agua fría, la única que estaba abierta. Tomó a Nicolás que aún sollozaba con esos sollozos profundos que uno siente que rompen el alma y lo envolvió en una toalla. Se lo llevó a la cama, lo metió en una cobija y lo abrazó. Yo los miraba y sentía como si mi alma estuviese volviendo al cuerpo. Mi alma que me había abandonado mientras el diablo que me invadió golpeaba a lo que yo más amaba.

Me senté en el suelo y me tomé la boca, luego la cabeza y enredé mis dedos en el pelo. Empecé a llorar sin poderme contener y gritaba como un loco: “perdón, perdón, perdón, hijo, perdón…”. Mi hermana me dijo: “Quédese acá ahora vuelvo”, y salió con Nicolás y con la ropa que le iba a poner. Me quedé allí, en el suelo, miré el techo, llamé a Dios y le pregunté qué me había pasado.

Mi hermana volvió como a la hora. Cargaba a Nicolás que se había dormido. Me lo dejó en los brazos, me miró, me hizo un gesto de desaprobación, y se fue. Yo lo llevé a la cuna y lo dejé ahí, tendidito. Me quedé contemplándolo y vi cómo tenía un bultico en la cola. Mi hermana le había puesto un pañal. No era capaz de tocarlo ni para acariciarlo. Al rato se despertó y me miró. Su mirada no era la misma. Seguía extrañado, sorprendido, decepcionado. Traté de alzarlo pero no me estiró los brazos como siempre. Sólo se dejó levantar sin quitarme la mirada de los ojos como si quisiera comprobar si era yo o el diablo que me había poseído. Lo abracé y él seguía con sus bracitos inertes, inexpresivos, yertos. Lo dejé en el tapete y le busqué los juguetes. Él tomaba todo con temor con desconfianza, con extrañeza, como si nada fuera lo mismo.

Traté de hablarle. Mientras estaba sentado en el suelo me senté a su lado y le pedí perdón. No sabía si entendía mis palabras, pero hablé pausado, calmado y traté de explicarle lo inexplicable. Él me seguía mirando aterrado pero ya no aterrorizado. Cuando terminé de hablarle él se quedó mirando un carrito y trató de simular que jugaba. Le di el tetero y me lo recibió en la mano, como nunca lo hacía, siempre esperaba que yo se lo pusiera en la boquita. Se lo tomó lento y me seguía mirando.

Yo, me recosté a ver la televisión y me quedé dormido en la cama. Él, estaba en el tapete, en el suelo, jugando con un carrito que casi no movía. Profundo, soñé con él, con su sonrisa, con la cara divertida que ponía cuando le decía “pipí y popó”, en su carita emocionada cuando lo levanté la primera vez que hizo pipí en la bacinilla. Soñé con él todo el tiempo. Desperté y sentí una presión en mi pecho, en mi brazo izquierdo. Pensé que era el remordimiento, la culpa. Pero no. Gracias a Dios no era eso. Era él, Nicolás, que se me había recostado en el pecho mientras yo dormía y se había quedado dormido encima. Lo miré impávido. Lo acomodé mejor en la cuna de mi hombro. Lo abracé con el otro brazo. Y sin hacer ruido, lloré… lloré… lloré y lloré… no sé cuánto tiempo lloré mientras le sobaba la cabecita y le daba gracias a Dios y a mi hermana por haberme detenido. Abrió sus ojitos y sequé los míos. Sonrió y le sonreí. Entendí que en su infinita ternura me había perdonado aunque siguiera sin comprender por qué hice lo que hice.

Se bajó de la cama y me miró con miedo de nuevo. Su pañal estaba inflado. Con calma le cambié el pañal, con tanta suavidad que no sintiera que mi infamia se pudiese repetir. Le cambié el pañal esa vez y todas las demás que fue necesario. Nunca más le parecieron divertidas las palabras “pipí o popó”. Nunca más las volvió a decir y con el tiempo él mismo fue sólo hasta la bacinilla a hacer pipí o popó.

No recuerdo la edad exacta en la que mi hijo aprendió a controlar los esfínteres, pero si recuerdo con claridad el instante en el que cometí la peor cagada de mi vida.

martes, 27 de abril de 2010

Carta abierta a los mafiosos y las mafiosas en el preludio de las elecciones presidenciales de 2010.

Buenos Aires, abril 27 de 2010.


Repudiados y repudiadas señores y señoras mafiosos y mafiosas, clase politiquera, secuestradores de la democracia colombiana durante los últimos 200 años.

Colombia.

E. S. C. (En su conciencia).


Señores mafiosos y señoras mafiosas,

Con todo comedimiento, pero con decisión y sin ánimo de desafiarlos (porque acabaría muerto) quiero exigirles que por primera vez en nuestra historia no priven a Colombia de lograr un cambio sustancial en su forma de ejercer la política.

No les voy a pedir ilusamente que dejen de comprar votos, de intimidar campesinos y de hacer acuerdos polítiqueros para lograr sus objetivos. No, eso sería como pedirles que dejen de ser ustedes y eso no lo van a hacer. Les voy a pedir que no vayan a ser tan radicales como Pablo Escobar y Santofimio en 1989 como para matar a Antanas. Les voy a pedir que no sean tan torcidos como Samper en 1994 como para financiarse en un porcentaje descarado de sus compañeros de lucha como los narcotraficantes, los terratenientes o los paramilitares para comprar conciencias y torcer autoridades electorales. Que cuando nuestro triunfo sea inminente no vayan a robarse las elecciones como Misael Pastrana en 1970.

Les pido que omitan esos extremos y se limiten a sus prácticas tradicionales. El tamal y la cerveza en las barriadas, el billete de 50 mil el día de las elecciones y hasta que hagan que voten los muertos que ustedes mismos han matado si desean. Incluso, si quieren, nadie podrá evitar que tuerzan a más de un jurado electoral, que se roben las mesas de la provincia y finjan problemas de orden público para alterar los resultados. Todo eso sé que va a pasar, pero no nos va a detener.

No pretendo que dejen de jugar sucio cuando sé que no conocen otra forma de jugar. Cuando eso les ha representado tener el poder por años y períodos tan largos. Cuando han elegido un presidente que ha dado todo un banco nacional a los narcotraficantes para que legalicen su sucio dinero y es enterrado como el más ilustre y noble de los ciudadanos u otro que puede financiarse su campaña con dineros de la mafia y luego, como si nada, es un ilustre garante de los derechos de los secuestrados. Entiendo que no tienen otra forma de jugar cuando con esa siempre han ganado mientras los colombianos “de bien”, que no servimos para nada, sólo renegamos y aguantamos.

Ahora creemos en este tipo Mockus, que no es un mesías pero que es buena gente. Que no cree que le vaya a pasar nada de acá al 30 de mayo. Que cree que puede hacer de nosotros, colombianos acostumbrados a bajarle la cabeza a su rifle, a su Toyota o a sus guardaespaldas, ciudadanos dignos, deliberantes y combativos con los argumentos, y que además cree que esos argumentos pueden derrotar a sus rifles, a sus toyotas y a sus guardaespaldas. Es un iluso, si, como yo, pero por favor, por ser iluso, no lo vayan a matar. Dennos la oportunidad de demostrarles que no somos tan idiotas como ustedes siempre nos han creído. Dennos la oportunidad de creer y hacer para que ustedes mismos se den cuenta de que es más sabroso vivir respetando al otro que pasándole por encima y que el poder no está en sus tierras de la que han despojado a los campesinos ni en el “tote” que nos sacan en la calle sino en el respeto que puedan inspirar por ser realmente respetables.

Mockus saldrá electo con el voto de opinión de las grandes ciudades, de los muchachos pensantes que orgullosos van a salir a votar por primera vez cuando hasta hace muy poco nada les importaba y no distinguían entre apatía y política. Mockus va a ganar con el voto del que siempre pensó que era mejor hacer la fila y respetar el carril que tener una Toyota de traqueto para echársela encima al del automóvil comprado con trabajo. Mockus saldrá electo a pesar de que ustedes hagan lo que hacen siempre fingiendo que somos un país democrático cuando esto siempre ha sido una mafiocracia dominada por ustedes y controlada por sus títeres.

Si señores, Mockus va a ganar porque no representa el voto del odio o el miedo. Pastrana ganó por el odio que inspiró Samper y su proceso 8.000 en su lacayo Serpa. Uribe ganó por el odio a las Farc que se exacerbó por la idiotez de Pastrana. Y volvió a ganar porque su tarea de odio no estaba terminada. Y cada uno gana por el miedo a dejar de ser lo que somos. Porque el trabajador de la tierra tiene miedo de que el terrateniente lo eche o lo mate. Porque el de la empresa teme perder el salario mínimo si no hace lo que el dueño insinúa. Porque cada cual está cómodo en su estiércol al que ya se ha acostumbrado. Por esa simbiosis asquerosa entre el poder corrupto y el estado que se hacen favores y se retribuyen ayudas entre trago y trago de Old Parr y palmaditas majaderas mientras se reparten tierras y subsidios por votos. Mockus es el voto de los que nos cansamos de sentir miedo y odio. De los que nos cansamos de odiarlos y temerlos.

Por eso, señores mafiosos y señoras mafiosas, sólo les pido que no maten a Mockus y que no se roben las elecciones que legítimamente vamos a ganar. Del resto nos encargamos nosotros sin que ustedes dejen de hacer lo que hacen. Nosotros nos encargamos de conversar con el pobre que ustedes van a comprar y ese día no se va a querer dejar comprar, nosotros vamos a hablar con el campesino que ustedes llevan con fusil a las urnas y ese día se va a querer esconder de ustedes, nosotros vamos a ir a votar masivamente por este señor Mockus y por su amigo Fajardo a pesar de que ustedes estén regados por todo el país impidiéndolo. Hagan lo suyo, nosotros haremos lo nuestro.

Nos harían un gran favor si le chuzan el celular a Mockus y dejan filtrar una conversación con Fajardo a los medios de comunicación, para que nos sorprendamos todos de que no hablen de cómo van a repartir ministerios, direcciones, notarías y demás, y pagar favores políticos como ustedes nos tienen acostumbrados, para escuchar en esa conversación cómo le van a llegar a la gente con libros, cuadernos, esferitos, puentes y toda una estrategia pedagógica para construir ciudadanía. Les pido encarecidamente que le chucen el celular a Mockus que yo no me canso de escucharlo. Por favor, todo el DAS detrás de Mockus. Creo que más de uno se educaría por teléfono. Que lindo sería que Mockus educara a los del DAS sin querer queriendo.

Entonces, les solicito que hagan lo que quieran pero que no nos maten la ilusión y no porque Mockus sea un mesías. Sólo porque es un ser humano y la vida es sagrada. Sólo porque es un medio para alcanzar un fin noble. Sólo porque lo queremos vivo en la Casa de Nariño y no rindiéndole honores con dolor en el Cementerio Central para que por colmo de males, lo entierren al lado de López y Turbay. Sólo porque es un buen ciudadano que quiere construir ciudadanía para que ustedes nos respeten, para que ustedes no nos intimiden ni nos sobornen ni nos maten.

Repito que este no es un reto con ánimo camorrero para que sean “varones”, tampoco les voy a dar en la jeta maricas. Esta es una solicitud respetuosa para que nos den la posibilidad de demostrarles que están equivocados, completamente equivocados y que al retomar el rumbo de la ciudadanía ganan ustedes, ganamos nosotros, ganan sus hijos y los nuestros y gana Colombia que se revuelca y se revuelca en lustros y lustros de infamia venerando gobiernos por ustedes puestos y por nosotros criticados. Esto no es la arrogancia de los “legales y morales” que somos nosotros contra los “ilegales e inmorales” que son ustedes. No, ese no es el asunto. El asunto es que yo ya me mamé de que ustedes me maten, me intimiden, me sobornen, me echen la Toyota encima, me saquen el “tote” y yo me cague del susto. Me mamé de ustedes y no los voy a desafiar. Pero si les digo algo, no nos vamos a dejar más, vamos a ir a las urnas y los vamos a derrotar, y nunca, pero nunca más, les voy a agachar la cabeza para que ustedes me humillen como traquetos porque yo me comporto como ciudadano. Nunca más. Porque aunque estoy lejos, Colombia es mi país y quiero volver y sentirme tranquilo, rodeado por ciudadanos y no por fieras armadas que ven resultados en muertos y no en niños felices.

Cordial, pero firmemente,


Andrés Felipe Giraldo L.

jueves, 1 de abril de 2010

Oscuridad...


La oscuridad es majestuosa si sólo queremos vernos dentro. La luz es distracción. Apago la luz y una ráfaga de recuerdos me invade. Unos buenos, otros no tanto, otros duelen y otros se vuelven esperanza vana.

La introyección está permeada por el tic tac del reloj que me ratifica en varias noches de insomnio. Pero mato la angustia de las vueltas con la almohada con una nueva historia que jamás será y que hunde sus raíces en una que si fue. Esa niña atravesando el parque. Nunca le dije que su sonrisa me evocaba una mariposa al vuelo. En realidad, nunca le dije nada. Yo sólo la espiaba detrás de una cortina desde mi casa en su inocente juego con una muñeca que cada vez tenía el pelo más corto.

Yo fantaseaba con que ella era mi esposa, sin saber muy bien para qué servía una esposa en aquel tiempo, y que esa muñeca deshilachada era nuestra hija. Trataba de leer sus labios para continuar con el sermón que daba a su muñeca y me fundía en un abrazo de amor eterno rodeando su cintura.

Ella no supo mi nombre ni yo el de ella. Ella me vio varias veces cuando se me olvidaba que la estaba espiando y mis manos soltaban la cortina que me cubría. Sólo se sonrojaba, sonreía, y seguía sermoneando a su muñeca.

Creo que ese es el único amor puro que he sentido. El único real y genuino. El único desinteresado y desprevenido. Me recuerdo de 9 años, mirando a una niña de 7.

Desde entonces, desde el día en que una niña de 10, otra niña, al otro día o quizás sólo unas horas después de mi última espiada a la de 7, me retó a ponerme gomina en el pelo, el amor no fue más idílico. Ella, la de 10, era linda pero ya había besado a Rocky, el chacho del barrio de unos 13 años en 1983. Y no era cualquier beso, era un beso con lengua, el más asqueroso de todos. Ya estaba contaminada. El beso arrancaba la pureza. Eso me dijo una monja en mi colegio. Aunque ese día me le burlé, con los años supe que tenía razón. Me retó a ponerme gomina y a salir a la calle con bluyines, porque hasta ese día, sólo usaba pantalonetas y sudaderas. Me retó a cambio de nada… me retó a cambio de darme un beso en la mejilla si era capaz de hacerlo. Me daba más miedo el beso que oso el salir disfrazado. Pero acepté el reto, por una simple razón: Era un reto y yo era un niño.

Saqué unos bluyines que me habían dado la última navidad y le robé gomina a mi hermano mayor. Me la eché. Me sentí con un gargajo gigante en la cabeza que jamás se quitaría de ahí y mi pelo perdía su docilidad para volverse más tieso que mi pirulí cuando le pillé unas revistas porno a ese mismo hermano. Esas revistas cayeron una vez que me tiré en su cama y se escurrieron por entre las tablas debajo del colchón y cayeron al piso. Me agaché a ver qué se había caído y sólo vi cómo se abría la más grande de ellas en su página central. Era una Penth House y una vieja con unas tetas enormes asomaba medio doblada. La cerré apresurado y casi que con la reacción de un delincuente sorprendido. Cogí tres más que había ahí, las devolví a su lugar de origen sin mirar más. Sin embargo, esas tetas me persiguieron como una semana más, y cada vez que las recordaba, mi pirulí se ponía como mi pelo con gomina.

Me revisé en el espejo. Ese tipito de ahí no era yo. Mi pelo largo y liso ahora eran flecos mojados y puntudos. El bluyin quitaba toda naturalidad a mis piernas y me sentía como entre un par de tubos de cartón. Alcé una ceja y baje la otra y me sentí irresistible. Un ventarrón demoniaco se apoderó de mí. Me repasé de nuevo y no pude evitar señalar a ese tipín del espejo con mi dedo índice de la mano izquierda, la mía, para decirle que un nuevo ser habitaba mi cuerpo.

Caminé torpemente, con los tenis del colegio puestos, los únicos que me salían con el bluyin y cuidando de que mi mamá no me viera porque tenía prohibido ponerme esos tenis del colegio para salir a la calle: “Usted los empuerca y las notas del colegio me llegan a mí”, me decía.

La niña de 10 me estaba esperando en el parque. Yo sabía que ella me quería dar el beso entonces no era decepción para ella verme salir, pero sí le parecería chistosa mi pinta. Abrí la puerta de mi casa y me paré en la entrada. Firme, seguro. Caminé hacia el parque y mis amigos me miraban entre sorprendidos, divertidos y curiosos. Ellos jugaban fútbol y casualmente el balón fue a dar a mis pies. Acorde con mi nueva pinta y mi seguridad, quise hacer la bicicleta y devolverla magistralmente a la cancha. Los bluyines no me dejaron doblar las rodillas y fui a parar de jeta contra el pasto. Pero eso no me iba a amilanar. Sólo limpié mi boca de unas pajillas de pasto que se quedaron ahí y seguí caminando como si nada, mientras mis amigos se tapaban la boca y dejaban escapar una carcajada. Siguieron jugando y yo, seguí para donde la niña de 10.

Llegué hasta su lado y le di una vuelta para que me viera. Sólo sonrío y me dijo: “Bueno, cumpliste, ahora yo te cumplo”. Puse mi mejilla en gesto victorioso para salir de ese cuento y dejar simplemente la tarea cumplida de haber podido con el reto. Acercó sus labiecitos a mi mejilla y se quedó quieta unos segundos sin tocarme. Yo me impacienté y traté de buscar sus ojos con mis ojos para ver qué estaba pasando. Inevitablemente mi boca quedó frente a su boca. Me dio un beso. Pero no cualquier beso. Un beso con lengua, el más asqueroso de todos. No pude cerrar mis ojos y sentí como si ella me estuviera llenando de babas viscosas mi lengua y traté de apartarla suavemente para que no se notara tanto mi estupor. Sonrió. Yo agaché la cabeza y miré hacia el piso. Alcé la cara de nuevo para ubicar su cara y estaba dando una vuelta con su cabellito suelto que me golpeaba la coronilla. Era más alta que yo.

Cuando por fin su cabello me dio algo de visibilidad en un segundo plano, en el fondo, una cortina arremangada se dejaba deslizar en un apartamento de un tercer piso que tenía vista hacia el parque, hacia donde yo estaba. Con una puntica de esa cortina en la mano, la niña de 7 me miraba con la boca abierta que rápidamente tapó con su otra mano. Otra vez quitó la mano de su boca y con los ojos aún más abiertos que su boca alcancé a leer como con sus labios decía: “Ay, papayay, Turbay”. Vi cómo dejó caer su muñeca al piso, y sin más ni más soltó la cortina y salió corriendo hacia las profundidades de ese apartamento.

Sentí que la estaba traicionando, que había abandonado nuestro hogar imaginario, que había dejado sin padre a su muñeca y que jamás me iba a perdonar. Así fue. Nunca más la volví a ver. Nunca más salió al parque a jugar con su muñeca. Por lo menos no en donde yo la pudiese ver. Nunca más volví a usar gomina. Ella también me espiaba a mí y sólo lo supe ese día que la de 10 me metió su lengua en mi boca.

Al otro día vi a la de 10 con Rocky y sólo me sacó la lengua, pero no lindo, feo, para burlarse de mí. Rocky también se burló de mí. Unos meses después fui al edificio de la niña de 7 y le pregunté al portero si conocía una niña que vivía en el tercer piso. Me dijo que sí, pero que ya se habían mudado, que no sabía para dónde.

Ese día comprendí que había sacado a la calle a un tipo que no era yo y que ese tipo se había dado un beso con una vieja sólo por cumplir un reto. Ese día vi cómo el “Ay papayay Turbay” de la niña de 7 configuraba algo grave y definitivo. Yo no capté que traicioné los sueños de una niña que vivía para soñar, como yo, hasta ese día, que no fui más un soñador porque di un beso con lengua, el más asqueroso de todos.

El beso, como me dijo esa monja, me quitó la pureza y traicioné al sueño de la niña y su muñeca.

La oscuridad me trajo ese episodio acá, en esta cama doble que es gigante para mi soledad y estrecha para mi insomnio. Acá, en la oscuridad… comprendí por qué estoy sólo… y por qué no uso gomina.


Fin.

viernes, 12 de marzo de 2010

Por qué votaría por Mockus...


Cuando nací, en julio de 1974, el presidente electo era el liberal Alfonso López Michelsen. Poco supe de él. Sólo que se inventó una ventanilla siniestra para que los narcos lavaran la platica en el Banco de la República y que su primo hermano, Jaime Michelsen Uribe, desfalcó al grupo Grancolombiano en miles de millones de pesos dejando en la calle a muchos ahorradores.

Luego, cuando tuve alguito de uso de razón, en 1978, fue electo el también liberal Julio César Turbay Ayala. De él supe un poco más, pero no más alentador. Tenía una política que se conocía como el Estatuto de Seguridad que en el papel era para preservar la democracia y en la práctica era para matar a comunistas armados y desarmados. Además, el M-19 se le tomó una embajada llena de embajadores y se le fueron para Cuba muertos de la risa. Para la posteridad sólo lo recordaría como la inspiración de los mejores chistes idiotas de idiotas que hubiese podido escuchar. Ahora para contárselos a mi hijo le tengo que hacer una clase de historia de este pintoresco personaje.

Después, en 1982, con algo de criterio infantil, el mejor de todos, vi como un ser salido de la poesía recitaba discursos con un tono que fácilmente curaba el insomnio de cualquier esquizofrénico. Había derrotado a un pelado joven de greñas rebeldes, bigote novelero y carisma arrollador y al cuchito López que era viejito desde que yo era un bebé. Ese joven era Luis Carlos Galán Sarmiento, a quien le debo mi amor por los temas políticos y el odio por la política y su uso nacional, no por su ejemplo, sino porque esa política lo asesinó. A Belisario, con ese tono que le salía con su paquidermismo para actuar, el M–19 también, mandado por Pablo Escobar, se le tomó la Corte Suprema de Justicia y masacró el único poder público respetable en el país. Si de verdad el “M” hubiese querido hacerle un favor al país, se hubieran metido al circo del frente cruzando la Plaza de Bolívar. Con Belisario empezó el narcoterrorismo también. Antes de lo del Palacio, los narcos mataron a su Ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla y empezó la cacería de jueces, magistrados, periodistas y todo al que se les opusiera. Belisario no era un Presidente, era un poeta jugando a mandar y mandaba con poesía barata y resultados costosos a merced de quien de verdad pudiera mandar.

Un país subyugado al narcotráfico le tocó recibir a Virgilio Barco Vargas en 1986. El tipo no era malo, pero estaba enfermo. Cuando tenía lucidez sabía gobernar, cuando no, su secretario privado negociaba el país con los narcos. Ya no hablaba bien, el altzhaimer lo tenía consumido.

Después Cesar Gaviria, en 1990, asumió la presidencia por casualidad, por error, porque mataron al verdadero Presidente, Luis Carlos Galán Sarmiento. Gaviria no fue un Presidente, fue un negociante. Sabía que debía combatir el narcotráfico pero también que tenía que quedar bien con todo el mundo. Con las encuestas, con los gringos, con el Congreso, con la oposición… vendió el alma a dios y al diablo, jugó en todos los bandos, pasó por encima de la conciencia moral de sus políticas y mandó a Colombia de nuevo a la guerra narcoterrorista por apresar y dejar volar a un megaasesino como Pablo Escobar a quien después tuvo que matar.

Después llegó Samper en 1994. Él quería ser Presidente. No importaba cómo. Y fue presidente apoyado por el narcotráfico. Lo pillaron y no pudo gobernar pero se pudo salvar de la cárcel que merecía porque compró a sus investigadores, corruptos congresistas. Terminó su mandato, pero no gobernó.

En 1998 llegó Pastrana, aún más ingenuo y tonto que Belisario, con la misma “nobleza” bienintencionada que sólo le dio más poder a la guerrilla para que secuestraran al país entero.

En 2002, un hombre de hablar paisa enérgico devolvió la fe al país. Álvaro Uribe Vélez. De carrera política intachable. Desde concejal hasta presidente siempre un ejemplo de “varón”. Iba a acabar con la guerrilla, malditas cucarachas de agua puerca. En 4 años el país estaría depurado de esta lacra que el bobalicón de Pastrana dejó crecer como espuma. 4 años no fueron suficientes y se hizo reelegir en 2006. Volvió a arrasar. 4 añitos más y las cucarachas rogarían piedad ante el Baygón Uribe. Entre tanto, sus amigos los paras se iban a negociar con los Estados Unidos irrisorias penas a cambio de su silencio en Colombia y dejar gobernar al patrón. Los terratenientes legalizaron las tierras que usurparon a los campesinos y les dieron platica del Gobierno para poner a producir tierra abonada con sangre. Los ricos acapararon las riquezas y los pobres engrosaron los cinturones de miseria de las ciudades. Los ricos pudieron llegar más fácil a Anapoima y los pobres llegaron más fácil a ser más pobres. Sin embargo, hubiese ganado otra vez en 2010 para tener 4 años más para matar a esas malditas cucarachas de “la far” si la Corte Constitucional no salva la poquita dignidad nacional.

Ahora unos quieren seguir sus pasos, otros se bajaron de ese bus para coger su propio taxi y otros piensan que las cosas se pueden hacer de una forma distinta. Yo no apoyo lo que hizo Uribe porque acabar con guerrilleros no es acabar con la guerrilla, porque acabar con los pobres no es acabar con la pobreza, porque darle la plata a los ricos no es generar equidad, porque negociar con los paras no es acabar con el paramilitarismo, la terratenencia y el narcotráfico, porque ha mantenido su castillo sobre sólidos cimientos de corrupción, porque tuvo un DAS de bolsillo para hacer torcidos, porque quienes lo apoyan están en su mayoría en la cárcel por hampones, porque es un buen gobernante para los ricos dentro de un esquema rancio y corrupto, en el que las élites se mantienen como opresores de una base ignorante y torpe que se deja dominar. Eso para mí es Uribe y yo no quiero más de eso, porque él representa una cultura mafiosa que se vale de lo que sea para sostener el poder, así el poder socave las bases de una sociedad más justa. Me indigna que sus hijos se hayan enriquecido por las bondades de las influencias mientras no se puede tratar mejor a las víctimas de la violencia porque no hay platica y colapse el sistema de salud con la emergencia social porque no hay platica cuando sus hijos rebosan de rechonchos de lo millonarios que se hicieron en estos 8 años. Para mí este gobierno ha sido un asco y me ratifico, es un asco elitista, plutocrático y corrupto. Además sigue habiendo guerrilla, tanta, que ya son presidentes del país vecino. Entonces, en el fondo, no logró ni siquiera la única tarea que se le había confiado.

Ahora, yo si quiero algo distinto. Algo que rompa culturalmente con este ciclo de politiqueros que nos han venido gobernando. Turbay fue enterrado con los máximos honores. López fue enterrado con los máximos honores. En mi concepto, merecen escupitajos sobre sus tumbas, una bandera rota y tirarlos como injustamente lo hicieron con los falsos positivos, por ahí en cualquier potrero. Seré duro y no me importa porque no tengo el poder para que le importe a alguien, pero estas ratas lo único que hicieron fue arraigar una cultura mafiosa que hoy hace más valioso a un sicario rico que a un campesino pobre. Belisario y Pastrana fueron la pequeña patria boba en dos cuotas diferidas a 16 años que le permitieron a la guerrilla fortalecerse como los hampones que son. Samper es el ícono vivo del cinismo politiquero. Consultor de las causas morales cuando gobernó con total inmoralidad. Le haría un funeral con honores, si fuese necesario, si cumpliera la condición para ser beneficiario de un funeral.

Yo quiero algo distinto. Cuando en 1993 un tipo desconocido con nombre raro, rector de la Nacional, se bajó los pantalones para mostrarle el culo a unos estudiantes saboteadores pensé dos cosas: una, si fuera marica este man no me gustaría… que culo tan desagradable, y dos, este tipo es un berraco, se bajó los pantalones frente a unos manes que le pudieron haber insertado una bomba molotov por el recto. Creo que este tipo es valiente. En ese año era un adolescente de pensamientos básicos y vulgares que conservo hasta hoy un poco más retóricos. Pero si me quedó la sensación de que ese tipo iba a hacer algo importante. No creí que fuera a ser político porque el tipo no le cae bien a nadie. Habla aburridor, mueve las manos como si las palabras se le fueran a caer y es más enredado que un bulto de anzuelos. Además se peina como un meme y no tiene nada de carisma. A mi me cae bien porque creo que soy solidario con quienes solemos caer mal. Pensé que por ser inteligente la política no le iba a gustar. Pero no. Se lanzó a la alcaldía de Bogotá y por primera vez en la capital arrasó el voto de opinión. Puso mimos y gente disfrazada para que se respetara la cebra. A mi me caló porque hasta ese momento, pensé que la cebra sólo servía para que se notara mejor la sangre de los peatones atropellados. Habló de “cultura ciudadana” algo inhóspito para muchos y para muchos sólo logró que los carros no pisaran la bendita cebra.

El tipo siguió por ahí dando lora y volvió sin atenuantes a la alcaldía a seguir haciendo lo suyo. Sólo que ahora tenía puentes para mostrar, Transmilenio para moverse y muchas cositas más que dejó Peñaloza, un buen ejecutivo. Si por mí fuera, hubiese querido que Peñaloza y Mockus se hubieran sucedido en la alcaldía de Bogotá hasta que los dos se murieran. Bogotá progresó siglos que el Polo está logrando hacernos reversar de nuevo. Uno haciendo cosas y el otro enseñándolas a usar. Una chimba la verdad.

Mockus es un tipo honesto. Manejando ese monstruo de ciudad jamás se le hizo un escándalo de corrupción a él. Quizás a sus subalternos, porque es un tipo que confía aún en la gente. Grave error. Jamás actuó mal deliberadamente. Dejó tirada la alcaldía para ser presidente. Grave error. Tenía que terminar la tarea bien hecha y no lo hizo. Pero ya pidió perdón, y yo, ya lo perdoné.

El tipo sabe de cultura, habla de cultura, infunde cultura, pulula cultura y no en el sentido erudito y odioso del profesor Bustillo, la cultura de verdad, la que forma ciudadanos y ciudadanía, la que permite convivir en paz y no con las “Convivir”. Yo creo en eso y a eso le apuesto. Siempre dejamos esa tarea para mañana porque primero hay que acabar con los “narcoterroristas de la far” mientras los narcoterroristas de la far toman ron con Chávez pensando cómo es que van a invadir a este pueblo lleno de ignorantes porque la revolución bolivariana lo va a amoldar todo con su reencarnación venezolana de Bolívar. Yo quiero ciudadanos que sepan en su intelecto por qué Chávez está loco y no ciudadanos que lo reten a pelear para que “sea varón”. Varones por montones en los cementerios es lo que hay en este país. Yo quiero ciudadanos para que sean los ciudadanos concientes los que repudien a las Farc, y no un cúmulo de militares adoctrinados para dar positivos así sean falsos. Yo quiero ciudadanos para construir identidad nacional no por la carnita y los huesitos sino por el cuaderno y el esfero. Yo quiero ciudadanos que sean capaces de aborrecer la corrupción y tumbar a un presidente corrupto como Samper y no unos humildes lacayos de salario mínimo que por no perder su puestico respalden al que sea por un tamal y una cerveza.

Quiero ciudadanos y los quiero ahora, no mañana, no en cuatro u ocho años. Los quiero ya. Mockus encarna eso y a eso le apuesto. Un tipo que habla enredado pero entiende fácil que es la cultura la que hay que cambiar. La cultura del vivo, la cultura del mafioso, la cultura del corrupto… esa cultura hay que cambiarla. La guerrilla hay que desestimularla con ciudadanía y conciencia, no con plomocracia, para que se extingan sus causas históricas. Porque la revolución está en las mentes, no en los fusiles. Porque así matemos a todos los guerrilleros siempre habrá un terrorista que haga daño amparado en las injusticias del sistema y la opresión y dominación de una élite recalcitrante así ese terrorista sea un simple hampón. La seguridad democrática es inocua si no hay autoridad moral de quien la ejerce. Y Mockus algo si tiene. Autoridad moral, honestidad y unas ganas inmensas de cambiar una cultura que clama a gritos ser cambiada. No mañana, no en cuatro años, no en ocho años cuando acabemos con “la far”. Lo necesitamos YA, a partir de este instante para tener un punto de inicio e inflexión, para cambiar de raíz y no de hojas. Porque las hojas se van en otoño y vuelven en primavera pero el árbol torcido, torcido se queda. Es hora de cambiar la cultura y la oferta está hecha. Se llama Antanas Mockus Sivickas. Desde que mataron a Galán me prometí no apoyar a nadie. Con él mataron mis ganas de participar con ahínco en estas lides. Pero Mockus es un buen tipo, como lo era Galán. Galán era buen político. Mockus no, es malo, muy mal político, no sabe de eso, gracias a Dios. Porque como buenos políticos murieron Turbay, López, Barco y quizás lo hagan Belisario y Pastrana. Samper que se muera como quiera. Pero que nos haga el favor un día de estos. Buenos políticos pero pésimos ciudadanos. Yo prefiero a este ciudadano mal político.

Y digo que “votaría” por él porque no puedo votar. Estoy en Buenos Aires y mi cédula no está inscrita acá. Pero si logro convencer a uno, a sólo un lector o lectora para que vote por él, estaré tranquilo con mi conciencia electoral y volveré a mi Colombia tratando de ver nuevos ciudadanos, esos que respetan la cebra sin preguntar por qué hacerlo y que no se robarían el erario porque saben que esa platica es de todos.

Sí, votaría por Antanas Mockus para iniciar desde el gobierno el cambio cultural que nos permita entender que un campesino merece más atención que un mafioso y que esto quede escrito en un cuaderno y con un esfero para que no se nos olvide como sociedad. Por eso votaría por Mockus.

lunes, 8 de marzo de 2010

Carta para el Ministro de Relaciones Exteriores.


Estoy mirando un pasaporte. Ese odioso documento que nos dice que el mundo está dividido por fronteras inventadas para separar a la humanidad entre el amor y el odio. El mío dice que soy colombiano, que me llamo Andrés Felipe y que a mi papá le debo el Giraldo y a mi mamá el López. Que nací un 11 de julio de 1974 en esta fría Capital. Además dice que soy soltero y me describe como un hombre de 1,72 de estatura, ojos verdes (el anterior que venció decía azules) y que mi nariz es recta. En teoría, esto me define, me diferencia y me identifica. Increíble que en un papel que no supera los 10 por 20 centímetros esté condensado todo lo que soy. Me resisto a creerlo. Si nos van a dividir así, que por lo menos se encarguen de ser un poco más rigurosos y que se tomen siquiera unos renglones para decir que nuestros ancestros vienen de España invasora y de los nativos indígenas de las indias (visión del invasor), antes de que Vespucio recorriera este continente.

Por eso haré una propuesta a la Cancillería, para que incluya un fragmento de nuestra historia en ese infame papel. El texto de la Propuesta sería el siguiente:

Bogotá D.C., algún día entre el 2007 y el 2009.

Doctor
JAIME BERMÚDEZ
Canciller de la República de Colombia
La Ciudad.

Respetado Doctor Bermúdez:

Invocando el artículo 23 de la Constitución Nacional, como descendiente directo de un español invasor y una indígena ultrajada, filiación que no he podido establecer plenamente por la pérdida de unos documentos alusivos a este episodio en 1.538, dado el naufragio de la embarcación que transportaba los mismos con los diarios de viaje de unos frailes dominicos que estaban catequizando a mis ancestros con la espada y la Biblia, quisiera solicitarle con todo comedimiento y el mayor respeto que se me reconozca en mi pasaporte dentro de los datos que me identifican, como mitad indígena y mitad europeo… o árabe… porque aún no se establece con claridad si quién violó a mi tataratataratataratatarabuela fue un conquistador de la Corona de Aragón y Castilla o un preso liberado de la guerra entre España y los moros. Dada esta incertidumbre, exijo que se me reconozca por lo menos y sin dilaciones mi mitad indígena. Pero no en el sentido arbitrario del reconocimiento de las “Indias” por el descache de Colón, sino como indígena desde la perspectiva antropológica que define lo indígena como endógeno.

En este orden de ideas Doctor Bermúdez, quiero que se incluya un espacio en los datos generales que diga así: Origen étnico: Mitad Indígena, mitad por establecer (Español o árabe). Creo que es práctico y útil y no tienen que agrandar esa páginita de 10 por 20 cms., reduciendo un poco el espacio de las firmas que es demasiado grande. Además, podrían ahorrarles tiempo a nuestros amos del norte en el sentido de que cuando uno pida la visa al Imperio, apenas vean que por las venas de uno existe la remota posibilidad de que corra sangre árabe, será negada ipso facto sin necesidad de entrevistas y pendejadas. Además, de antemano me pueden ahorrar los casi 600 mil pesos por pedirla, suma que supera ampliamente nuestro salario mínimo mensual legal vigente. Gran favor me harían ahora que hago parte del 16% de desempleados, cifra que maneja el Dane y a la que le aplica la frase célebre del exsecretario de Estado de los Estados Unidos Henry Kissinger: “Sólo creo en las cifras que yo mismo manipulo…”.

Agradezco de antemano su amable atención Honorable Señor Canciller, seguro de que atendiendo esta solicitud seremos más conscientes a la hora de masacrar indígenas en el Nariño, desplazarlos del Cauca, cogerlos a bolillo y bala en la Panamericana, exterminarlos en Guaviare o irrespetarlos como si fuesen mendigos en nuestras grandes ciudades. Cuando abramos ese indispensable e imprescindible documento para montarnos en un avión para salir del país hacia la tierra de nuestros otros ancestros, los indefinidos, recordaremos en ese pequeño dato que le pido humildemente agregar, con algo de escozor, que somos producto de un invasor del que nos sentimos inmensamente orgullosos y de una abuela abusada de la que nos avergonzamos. Ese día quizás nos podamos identificar con lo que realmente somos, nuestras raíces Señor Ministro.


Cordialmente,


Andrés Felipe Giraldo López
C.C. No. 79.694.812 de Bogotá D.C. (Bacatá)
Mitad Indígena mitad no se no me importa.

martes, 9 de febrero de 2010

Memorias de una noche en Florencia (Caquetá)

Recostado contra una casa vieja, con una vieja pistola al cinto, sin ninguna otra defensa que un chaleco de tela y una cachucha con las siglas “C.T.I.”, pasé mi primera y única noche en Florencia. Pero no en la idílica Italia, sino en la conflictiva Caquetá.

No estaba en mis planes quedarme aquella noche. Sabía que la situación de esa ciudad no se prestaba para el turismo, menos cuando uno es foráneo y peor aún, funcionario de la Fiscalía. Pero sí estaba en los planes de la aerolínea Inter, sin temor a equivocarme, la más incumplida del país.

Había terminado mi trabajo comisionado por la Oficina de Protección de la Fiscalía a eso de las tres de la tarde. Una entrevista a una persona amenazada por declarar en un proceso de uno de los tantos homicidios del Departamento (tres para ser más exacto. Con más ya es masacre).

Después de una breve caminata por el centro de Florencia y despedirme de todos los compañeros, me fui a cumplir la cita en el aeropuerto a la hora que indicaba el tiquete aéreo. El vuelo no salió ese día. El avión se fue a cubrir una emergencia en Panamá.

Como un niño extraviado regresé y al llegar a la Oficina la expresión de todos los que me vieron fue unísona: “!No salió el avión de Inter¡”. Sólo agaché la cabeza porque ya me habían advertido sobre la impuntualidad de la aerolínea.

El director del C.T.I. en tono compasivo me preguntó: ¿Tiene plata? - ¡Claro!, respondí, mientras movía un par de billetes en mi bolsillo que no sumaban mas de 20 mil pesos. Ah, bueno, aquí hay un hotel decente que cuesta como 50 la noche. Creo que lo conmovió mi transfiguración de angustia porque replicó de inmediato: pero si quiere quédese en mi casa, hay una habitación vacía pero esta noche no voy a estar. Tenemos algo que hacer acá. No sé si me notó la cara de alivio, pero en tono burlón continuó: Si no tiene plata, diga fresco chino, eso nos pasa a todos por estos días.

La frase “tenemos algo que hacer acá” me quedó martillando en la cabeza. Mis funciones en el Programa de Protección son operativas pero sin mucha acción, más bien son actividades de inteligencia. Pero el C.T.I. rompe por lo menos una puerta por noche en allanamientos y yo quería saber cómo era esa vaina.

Salí de la Oficina del Director y me quedé dando vueltas de oficina en oficina. Pasé por criminalística e Información y análisis. Salí de allí y a mi derecha, en un cuarto pequeño y oscuro, encontré una persona robusta organizando con paciencia armas largas y cortas. Limpiaba el cañón largo de una MP5 mientras miraba con desprecio una pistola 7.65, la más pequeña de todo el arsenal.

Él era el remplazo del jefe de seguridad que había sido asesinado pocos meses atrás, por balas que nadie supo de dónde provenían. Entonces qué, le dije en tono amigable. Levantó la cabeza y siguió limpiando. En ese ambiente es difícil ser amigable. ¿Duro el operativo de esta noche? pregunté. No sabemos. Todo depende de lo que pase. En vista de la brevedad de las respuestas decidí seguir mi camino.

Como a las seis de la tarde vi que todos allí pararon su labor y empezaron a acomodarse chalecos y gorras con insignias del C.T.I. Se sentaron en las escaleras esperando a que les hablaran. Yo me hice en un rincón discreto como quien fisgonea detrás de las puertas. De hecho, cada vez que abrían la puerta de la que estaba al lado, perdía la visión de todo lo que estaba pasando.

Cuando la mayoría de la gente se acomodó salió el Director y sin mucho rodeo empezó a hablar: Ustedes saben que la situación no está nada fácil y ya estamos notificados sobre la posible toma de esta noche. Nadie se inmutó, como si fuera cosa de todos los días. Mis ojos casi se desorbitan. Por eso, continuó, tenemos un plan de contingencia en coordinación con el Ejército y la Policía, y a nosotros nos toca cubrir todas las instalaciones que pertenezcan a la Fiscalía. Entonces, nos vamos así… Empezó a leer sitios y personas a medida que se iban acomodando. Terminó y sólo sobraba una persona en ese lugar: Yo.

Bueno, me dijo, aquí ya casi salimos así que tenga estas llaves y que lo dejen allá. Pensé dos veces antes de pedirle que me dejara ir con alguno de los grupos. Sabía que esa era mi primera y única oportunidad para sentir algo de vértigo en lo que llevaba trabajando. Entonces también, sin mucho rodeo, le dije: yo quiero ir, me siento mal viendo como todos se alistan y yo que tengo el mismo carné, me voy a dormir. No hermano, después le pasa algo y me lo cobran nuevo, dijo. Fresco, repliqué, yo tengo funciones de policía judicial y esto lo puedo hacer. No era cierto, las funciones sólo son para eventos del cargo, no para tirárselas de Rambo. Igual me creyó el cuento. Bueno, pero bajo su responsabilidad, coja ese chaleco y esta gorra que es mía y vaya al armerillo para ver que le dan, terminó.

La fila era corta y la gente iba saliendo con MP5, Moltber, R-15, Galil, y las mujeres con 9 mm. Cuando llegó mi turno el hombre robusto me miró con extrañeza, y sin pensarlo un segundo me pasó la 7.65. La miré y lo miré. Él ya tenía sus ojos en otra persona y otra arma. Bueno, qué cárajo, pensé, a la hora de la verdad con cualquiera le dan a uno.

Iba caminando sin rumbo para ver que grupo me adoptaba, y el jefe de criminalística, un paisa buena gente, me invitó para irme con ellos. Venga, nosotros vamos a cuidar la plática, nos vamos para la seccional administrativa y financiera. Listo, va pa’ esa, dije. ¿Y su arma? preguntó. Le mostré el cañón que asomaba por entre mis manos. Bueno, le figuró la cauchera, pero fresco que esa también pega duro.

Empezamos a salir de las instalaciones grupo por grupo a pie. Nosotros éramos el tercero. Íbamos cuatro personas y sin mucho orden salimos. Yo sólo seguía al jefe porque no tenía ni idea para dónde caminábamos.

La gente miraba por las aberturas estrechas de las puertas o por el filo de una ventana. La mayoría se escondía. Al pasar por un billar lleno de hombres, unos dos corrieron detrás de un mostrador y los otros se quedaron impávidos. Afortunadamente ninguno se asustó lo suficiente para desenfundar algo. Pasamos de largo. Ese día no era para requisar a la gente.

Después de unos diez minutos llegamos al sitio que debíamos cuidar. Vaya hágase al lado de esa casa y escóndase bien, me dijo el jefe. Yo me ubiqué recostado contra la pared de una casa vieja, al lado de una zanja llena de pasto y maraña. No sabía si me daba más miedo lo que pudiera pasar o los bichos que podían salir de ese matorral.

Pasaba la gente y para mí todo el mundo era sospechoso. Metí el arma entre el pantalón para no hacerme tan evidente. Con la gorra y el chaleco ya era suficiente. Mi rincón era oscuro y casi nadie me veía. Debía estar alerta. Hasta las madres de la caridad podrían sacar algo debajo de su hábito. Al frente, en otra casa, estaba ubicado uno del grupo en un sitio iluminado y la gente que pasaba lo miraba con curiosidad y temor.

A lo lejos se escuchaba un rugido suave que poco a poco se iba incrementando. Pasaron por el frente unos tres tanques cascabel y a los cinco minutos dos camionetas de la policía repletas de uniformados. Nunca había sentido la guerra tan cerca. Es algo escalofriante, la zozobra no tiene descripción. Aunque no suceda nada, por las venas sólo pasa corriente.

Un grupo de supervisión pasó al lado y casi no me ve. Sólo escuché un susurro: ahí hay uno, se escondió bien ese, pero se pegó a la pared de la sede de la Administrativa, cuando la vuelen, lo vuelan a él también.

Me corrí un poco más hacia la zanja. Preferí la picadura de una araña que la detonación de una granada. Me boté al suelo y ahí me quedé un rato. A la hora se escuchó un grito: ¡Todos a la sede, se acabó el simulacro¡. ¿Cómo? ¿Un simulacro? ¿Estaba creando la úlcera más rápida de la historia por un simulacro? Sentí una mezcla de rabia y alivio. La verdad, más alivio que rabia. Bajó toda la tensión y mientras me quitaba todas las cosas que se le pegan a uno dentro de la maraña no podía dejar de reírme.

Caminé al lado del jefe y él también se reía porque sabía que yo no estaba enterado de que era un simulacro. Devolví el arma, la gorra y el chaleco, le di la mano al jefe y me despedí de él. Esa fue la última vez que lo vi. Tres meses después, en un atentado que no era un simulacro, lo mataron, también por balas que hasta ahora no se sabe de donde provenían. Esa es la guerra.


POSTCRIPTUM

Este texto fue en su momento la evocación de algo anecdótico. Mientras lo escribía, me reía recordando cómo había helado mi sangre en el calor de Florencia esperando una toma de la guerrilla que no llegaría esa noche, porque no era más que un simulacro del que yo no estaba enterado. Han pasado poco más de tres años desde aquella noche.

Después de mi relato, por casualidades un poco macabras de la vida, fui trasladado a Florencia para remplazar a una persona que habían matado. No era al paisa buena gente, era otro funcionario, el jefe de la Sección de Información y Análisis del CTI en esa ciudad.

Viví en Florencia en ese cargo un mes, 18 días y 15 horas. Ese tiempo me duró el miedo. La anécdota dejó de ser un recuerdo gracioso y se convirtió en una zozobra permanente. El chaleco ya no era prestado. Era el mío, y lamentaba cada vez que me lo ponía, que no fuera antibalas. La vieja pistola me fue remplazada por una nueva 9 mm. Era mi compañía permanente y estaba nueva porque mi antecesor no alcanzó a utilizarla. Quedó con ella en la mano inactiva.

No pude vivir así, el miedo me ganó y renuncié al C.T.I. y al empleo. Sabía que iba a ser un desempleado más en las estadísticas pero un muerto menos. Dejé mi chaleco y mi pistola a quien fue mi reemplazo. Un muchacho de Bucaramanga experto en criminalística que hacía los levantamientos de cadáver. Descansé.

Cuatro meses después de mi renuncia, las noticias justificaron mi miedo. El muchacho que me remplazó fue asesinado junto con el morfólogo. Saliendo de Puerto Rico, Caquetá, después de una quema de droga, la guerrilla los retuvo y los mató. Quemaron la camioneta en la que iban y los dejaron tirados al lado de la vía. El arma nueva que ninguno de los tres habíamos usado por fin fue detonada. Con esa misma los mataron.

La toma no llegó nunca a Florencia, pero la muerte apareció en cualquier camino. Esta experiencia me permitió entender que en Colombia los simulacros son preludio de tragedias que no siempre llegan como las hemos imaginado. Esa es la guerra.

Fin.

jueves, 4 de febrero de 2010

Un paseo por el mundo de las prostitutas


Las hay de todos los tamaños, colores, olores y sabores, grandes y pequeñas, gordas y flacas, caras y baratas. El mercado está saturado, y ellas buscan más a su cliente que los clientes a ellas. Son las prostitutas, un tema de moda, que nunca pasará de moda.

He sabido de crónicas y entrevistas que últimamente se han hecho con prostitutas, y la verdad, el tema me apasiona. No leí nada, pero quise meterme en este mundo por el que ya había pasado como novato adolescente. Pero en aquel entonces no hacía preguntas, casi ni hablaba preso de los nervios y la emoción. Su mundo me parecía interesante pero no ahondaba, me daba pena, pagaba y me iba. Pero ahora entré creyendo hacer un trabajo periodístico, con la inmunidad de conciencia que nos da el “análisis” y el “profesionalismo”.

Call Now!: A domicilio

Lo primero que hice fue buscar el periódico, porque también las hay a domicilio: “Call Now!, complacientes... etc”. – Aló - - Buenas noches habla Erica - - Hola Erica, busco compañía - - Claro que sí, llamaste al sitio indicado, ¿cómo quieres a la niña? – Linda, muy linda, rubia mejor - - Claro que sí, no te vas a arrepentir, para que sigas llamando - - ja, ja, bueno, ¿cuánto cuesta?- - El servicio te incluye masaje oral, varias posiciones (hasta ahí ninguna diferencia con una máquina para hacer abdominales o algo así) y un pequeño show de streap tease si quieres, y eso vale 150 por una hora - - ¿Una hora 150?, pero cariño, soy estudiante y no tengo toda esa plata - - Oh sí, por ser a ti, te regalo 20 minutos...- - No, yo no quiero minutos, quiero más barato...- - Bueno, te lo dejo en 120 y te regalo los 20 minutos - - No, mejor déjamelo en 100 y no me regales nada - - Ok - - Listo, gracias, ¿cuánto se demora? - - Unos 30 minutos – Vale, gracias...- - chao -.

Son las 10:20 p.m., al filo de las 11 estará llegando mi entrevistada, pensaba mi parte “profesional”. Ojalá esté bien buena esa vieja, pensaba yo. Las 11 y no aparecía, ya me impacientaba. – Hola Erica, otra vez yo, es que tu amiga no ha llegado - - tranquilo, ya va en camino - -ok, gracias... -. 11:10 p.m., suena el citófono, -joven Andrés, que lo necesita la señorita Angie en portería - - Sí, dígale que siga, gracias -. Bajo los seis pisos de mi edificio como un rayo, llego y la veo. No me siento defraudado, es rubia y linda, como la había pedido. Hola Angie, le digo, hola, me responde, mirándome por debajo de sus cejas...- Uy! mamasita... pienso, hasta acá llegó esta entrevista... - - Sigue a mi apartamento, soy soltero y está un poco desordenado. -, tranquilo, igual lo vamos a acabar de desordenar... – Agrrrr..., creo que no voy a ser capaz de empezar con la primera pregunta antes de quitarme la corbata.-

Entra, la miro, me mira, ella me analiza y yo quedo impávido. Ahora no sé cómo decirle que no se tiene que quitar la ropa, que no quiero esta o aquella posición y que no se le ocurra tocarme con la boca. Sólo atino a decirle: Siéntate en el suelo que no tengo muebles. Tranquilo, lo he hecho de peores maneras, me responde. Carajo!, de repente me da un ataque de responsabilidad y la confronto: Oye, la verdad te llamé pero no quiero acostarme contigo (pensé en decirle “hacer el amor” pero no me pareció apropiado), sólo quiero hablar. Puso cara de interrogante, y para que no se asustara pensando que yo era psicópata o algo así, le dije la verdad.

Entré por el lado sentimental, le dije que en ella veía una mujer hermosa que tenía vida y que hacía eso por alguna razón y que quería escuchar cuál era esa razón. La verdad veía una vieja buenísima que en otras circunstancias hubiera seducido sin pensarlo dos veces, pero también veía a una mujer, y bueno, ya entrado en gastos desentonaba quitarme la corbata. Cambió su semblante y su mirada gatubela, se relajó y hasta cubrió un poco su escote. Bueno, me dijo, yo hago esto para pagar mi carrera y llevo sólo dos meses acá. Los dos datos me parecieron parcialmente ciertos. Empezó a contarme y deje de ver su sensual cuerpo como una mercancía y me empecé a compenetrar con la mujer.

Saque un trago de gaseosa, lo más fuerte que tenía en la casa y se lo brindé. Lo recibió y siguió hablando, ya no tenía necesidad de preguntarle nada, parecía que se estuviera desahogando. Mira, continuó, yo vivo en Fontibón y estudio, mi mamá vive con el novio y yo me siento como un estorbo, ella me insinúa que me vaya y yo no tengo a donde ir. Pagué un semestre de carrera con la liquidación de una empresa para la que trabajaba como impulsadora, pero para el segundo semestre me quedé sin plata, y una amiga me dijo cómo se pagaba ella la carrera. Era esto, y bueno, aquí estoy.

Evidentemente era una niña humilde, de 19 años (eso dijo, y los aparentaba). Le hice preguntas que siempre quise hacer, como qué sentía ella cuando le tocaba acostarse con un hombre horripilante. Su respuesta fue simpática. Pienso en algo lindo y hago de cuenta que no estoy allí, me dijo. No entiendo como una mujer se puede imaginar algo lindo con 100 kilos de cebo encima, diciéndole sandeces y gimiendo como un perro envenenado.

También le pregunté qué disculpa sacaba en su casa para ausentarse en las noches, sin que pensaran que andaba en actividades nocturnas de dudosa reputación. Me contó que en su casa creían que ella trabajaba para una empresa de beeper, y que sus turnos eran toda la noche. Además era prohibido llamar a molestar. Problema resuelto.

La charla se fue tornando amena, y la hora se fue esfumando, ella se fue relajando y acabó en mis brazos con el viejo truco de “tengo frío”. Yo no pude abstraerme de volverla a sentir buenísima, pero el tiempo ya iba concluyendo, y es implacable, ni un minuto más. Finalmente me dijo, me llamo Jennifer Paola, le creí. Traté de lograr una prorroga con Erica pero no se pudo. Mejor, no sé que hubiera pasado, quizás hubiese sido 83 kilos de cebo encima de ella gimiendo como perro envenenado, y ella, pensando en algo bonito.

Al ruedo: A la casa del ritmo

Pero la historia no concluye ahí, creó que había hecho lo fácil, que era encerrarla en mi espacio, ahora quería entrar a su espacio, o al espacio de otras como ellas, pero necesitaba un duro en el asunto, una persona que conociera el ambiente y se tuviera confianza. Siempre se necesita estrategia para todo. Y lo conseguí. Siempre en las oficinas hay alguien experto en prostitutas. Poco a poco me fui acercando a este personaje mostrando gran interés y algo de conocimiento sobre el tema. Él empezó a hablarme sobre sus sitios preferidos, precios, novedades, y bueno, la aventura estaba cuadrada, jueves después de la oficina empezábamos la correría. Calculábamos que a las nueve de la noche ya todo habría acabado.

La emoción fluía en mi lado pervertido y me daba tranquilidad al mismo tiempo porque iba en plan de trabajo. La primera parada era en un sitio conocido como “vamos al colegio”, que queda en la 47 debajo de la 13. Es una casa sin letreros. Sólo no hubiera llegado nunca pero iba con el maestro. Timbra, nos recibe un caballero con cara de nadie y nos requisa. Sigue y nos lleva a una pequeña sala. Quieren una en especial o prefieren presentación. Mi amigo ya sabe por cuál va, pero yo necesito la presentación. Yo quiero presentación digo, con aire de dominio y seguridad. Niñas, presentación. Y a mí me toca bajarme de los primeros mil pesos. Pasan todas juntas, uniformadas con faldita y blusita de colegialas. Obviamente si asistieran con esta falda al colegio ya habrían sido expulsadas. Dicen su nombre cuando llegan, una vez más al frente y una cuando se despiden. Yo escogí a Joyce, una trigueña alta con cara de mala y una piel impecable. Bueno, el rato por 20 minutos les cuesta 20 mil pesos. Listo, vamos pues. Mi amigo no perdía el tiempo, ya estaba en la habitación. No estaba haciendo ningún trabajo periodístico.

Llegamos a la habitación. No estaba tan mal por 20 mil pesos. Aquí era más difícil decirle que no quería que se quitara la ropa o tal o cual posición, el tiempo era oro y lo primero que ella hizo fue sentarse en la cama con las piernas entreabiertas que me permitía ver su ropa interior. Contener el aire y decir la verdad otra vez. Ahora quitarle la cara de interrogante era más difícil aún. Y yo de las ganas ni hablar. Pero aguantar la respiración por 20 minutos no era tan difícil. En este caso no fue tan fácil hacer preguntas. Se mostró hostil y lo primero que me dijo es que no me iba a responder todo lo que preguntara. Ok. Estudio psicología, no le voy a decir en donde y con esto me pago la carrera, tengo 19 años. Empecé a llegar a una conclusión. Todas se pagan la carrera y tienen 19 años. También le pregunté por el hombre horripilante. Me dijo algo más sensato. Aquí vienen por satisfacción y yo les doy eso, nada más, ni les miro la cara. La pregunta más tonta pero más pertinente. ¿Te gusta lo qué haces?. No, pero es un trabajo, y ya. El tiempo voló, mi imaginación también pero no pude hacer nada. Sólo admirar su bella piel canela debajo de esa faldita minúscula que la verdad, no le hubiese quitado de ser otro el plan. Sonó un celular, tiempo cumplido, ni un minuto más.

Mi amigo salió con una sonrisa inmensa, yo miraba con cara de ufff! y le empecé a contar las peripecias que hice (que en realidad no hice) y él las suyas. No podía perder el ritmo para él, la noche era de juerga y no de academia. Bueno, si quiere vamos a un sitio que se llama Solid Gold que queda en la Caracas y hay show de streap tease. Listo papá, arranque y vamos.

Cogimos un taxi en la 47 con Caracas y llegamos a Solid Gold. Una puerta angosta con portero inglés, como todos los porteros de prostíbulos. Amabilidad por todas partes. Llegamos y el ambiente oscuro, como el tradicional prostíbulo. Dos soldados esperaban a la entrada. Pensé que era una batida y casi desisto, pero mi amigo me dijo que era normal, ellos sólo estaban ahí cubriendo la guardia de los que estaban adentro.

Puerta discreta y las mesas con sillas altas, para que no se vea que hace uno al frente. Las mujeres sentadas. Era temprano y casi todas estaban disponibles. Don Andrés, saludó uno de los porteros al compañero con el que iba, definitivamente iba con el que era. ¿Hay Show?, preguntó Andrés, sí, en el segundo piso, 5 mil pesos por persona. Saqué mis 5 mil, los pasé y seguí por la única escalera que había.

Una mujer completamente desnuda se contorsionaba contra una barra de metal y hacía movimientos bruscos de cadera. Ya estaba terminando su presentación, porque en teoría, empiezan con ropa. Su cara demostraba que Darwin tenía razón, y que el hombre efectivamente viene del simio. A su cuerpo se le notaban las marcas del trajín. Se captaba que el show empezaba por lo peor e iba mejorando, eso dijo mi amigo. Pedimos cerveza para entrar en calor. La siguiente chica se alistaba, con uniforme que emulaba una tenista o algo así. Subió a la tarima y empezó a bailar, moviéndose por todos lados y mostrando sus atributos a todos los que estábamos en la barra.

Alrededor de la barra había unos diez hombres, dos de ellos acompañados por prostitutas del lugar, con ron, obviamente, los demás podíamos tomar cerveza. La barra era diversa, hombres viejos y jóvenes, gordos y flacos, decentes y harapientos. Y los soldaditos parados detrás de todos.

Cada cuál gozaba el show a su estilo. Los que iban en grupo se animaban a gritar alguna cosa, los solitarios sólo miraban callados. Ellas bailaban y poco a poco se despojaban de las prendas hasta quedar desnudas. Una vez acababan bajaban y subía la siguiente, unas feas y otras no tanto.

En un momento bajé al baño, a hacer chichí, aún no estaba tan emocionado, y al final de las escaleras unos ojos verdes se cruzaron con mi lívido vulnerable. Una prostituta preciosa, casi una mujer. Sin pensarlo le dije: ¿cuántos años tienes? Doce, me dijo, pero de estrenada, repliqué. Sonrió, y le dije que ya bajaba para que habláramos. Me dijo, no, ya me voy para la “fortynine” (otro prostíbulo, fino, que queda en la 13 con 49), el viernes vengo acá. Ok, le dije, no sin cierto halo de decepción, porque aparte de linda se veía abierta, es decir, amable.

Volví a subir a ver esos cuerpos grotescos que se contoneaban indecentes, que acercaban sus partes nobles a la cara del público y el público deliraba, bueno, nosotros delirábamos. Se acabo la tanda del show y bajamos con mi amigo, él ya sabía que quería. Sacó a la segunda stripper a una mesa, a la que no se sentaría si no pedíamos media de ron. Pedimos media de ron. Ella se sentó y nos pusimos a hablar. Mi amigo sin titubeos la abrazó, ya era de él. La niña de doce años seguía rondando. Le dije, ¿bueno, y tú qué? Me voy. No te vayas. Espera. Regresó y se sentó en mi mesa, se sirvió un trago de ron. ¿Y entonces? Le dije entre emocionado y confundido. Me quedo contigo. Ya cuadré. Sentí algo extraño, como atracción, no sé si por la prostituta o por la mujer. Nos pusimos a hablar, y a tomar obviamente. No eres de acá, le dije, mientras me miraba con esos ojazos verdes. No, soy de Rionegro Antioquia. Sólo el habladito paisa ya me estaba entusiasmando. Además dijo llamarse Nicole.

Le hablé en voz baja y le dije que venía para hacerle una entrevista, que era estudiante de periodismo. Ella me respondió con sensatez, me aterrizó. Mira, lo periodista no te quita lo hombre y lo entrevistada no me quita que necesito el cliente, hablamos, pero lo que se vaya dando, se va a ir dando. El mensaje estaba claro, podía terminar acostado con ella en cualquier momento. Traté de hacer una charla amena, le pregunté por su vida y me dijo que tenía un hijo, que con la plata que ganaba había comprado una casa para ella, no hablaba con vergüenza o desdicha por lo que estaba viviendo, tan sólo le parecía un trabajo, y ella lo hacía con propiedad. Me confesó que no tenía 12 años sino 23 y entre trago y trago fue acomodándose entre mis brazos, yo no me mostraba ajeno a la situación y la disfrutaba. Alababa mis ojos, mis cejas, mi cabello, mi cuerpo, por Dios, mi cuerpo al que no le invierto sino en comida. Tanto halago y tanto trago hacían mella, pero yo me seguía sintiendo muy profesional, sólo buscaba una justificación para ir a la cama con ella y no dejar de sentir que era parte de un ejercicio académico.

Igual, ya pensaba que era parte del trabajo de campo y que la sesión práctica era ineludible. Charlamos, me habló de su hijo de dos años y de su mamá, que no tiene ni idea a qué se dedica. Tampoco viven juntas. Me contó de sus aspiraciones de entrar de nuevo a la Universidad, en la que ya había hecho dos semestres de mercadotecnia. De repente se replegó en el sillón como queriéndose esconder, cubrió su rostro con el cabello y me soltó. Pensé que había dicho algo que la hubiese podido herir. Le pregunté qué le había pasado. Me señaló al frente, en donde sólo vi a un señor de barba, un poco rechoncho y encorbatado sin más señas particulares. Me pareció normal. Es un sitio lleno de señores rechonchos, barbados y encorbatados. Me dijo en voz baja que era el director del colegio en el que había estudiado. No sabía si era más vergüenza para él o para ella. Ella por ser su alumna y terminar prostituída, o él, por ser el director de un colegio y llenar su tiempo libre donde las prostitutas. Finalmente los dos seguían compartiendo el mismo mundo y llegaban de alguna manera a la misma doble vida.

Se repuso y se dio cuenta que el tipo estaba muy borracho como para reconocerla, y siguió con su juego, con el trago, y todo se perfilaba para hacer lo que hace una persona que no es periodista en un prostíbulo. Me propuso que subiéramos. No era para evitar el sonido ambiente.

Acepté, qué más hacía, estaba excitado, su manoseadera me tenía loco, y el trago ni hablar. Son veinte del cuarto y veinte para mí. Me pareció barato comparado con los 100 que había dado hace una semana. Y bueno, esta vez por lo menos los iba a usufructuar. Subimos a un cuchitril asqueroso, ahora el que tenía que pensar en algo lindo era yo. Se fue desvistiendo poco a poco, me miraba como si yo fuera una estrella porno, y yo prefería sentirme así, es más, le pedí que se dejara las botas rojas que tenía, me parecía grotesco, pero acorde con la situación. Ropa interior roja, y botas rojas, trago en mi torrente sanguíneo, y no digo más, el resto es de suponer. El trabajo de campo estaba completo, o casi completo, habría más.

Para abajo y mi compañero de travesía andaba en show privado, me acerqué y miré por una rendija, ella bailaba y se quitaba la ropa, él gozaba con el espectáculo y estiraba su mano probando la mercancía. Al final ella no le dio lo que él pidió, un masajillo oral, esto lo indignó y la sacó de la mesa, pagó los 20 del show y la abrió, es decir, la apartó, y buscó a otra.

Nicole acabó exhausta, creo que los nervios demoraron un poco mi faena, y le revolví el trago. Bajó y se echó en un sofá semiconsciente. Me acerqué a ella y no respondía. Allí un mesero apareció con su majestad. Es infalible y restablece el sentido de una. Alarga la noche y acorta la vida. Es el perico, el fua, o la coca, la misma vaina, un pase y como si nada, todo vuelve a la normalidad, relativa, por supuesto. Aún con su nariz pintada de blanco se acercó a mí. Traté de rechazarla, odio la coca y la droga en general. Me explicó con paciencia que lo hacía para soportar las largas noches de ajetreo que debía soportar. Sin esto era imposible. La comprendí, pero también comprendí que su vida iba a ser corta y desdichada, por más dinero que le representara su trajín.

Una amiga de ella se sentó al lado de los dos, concretamente al lado mío. También se deshacía en elogios. Se le veía el hambre por encima, la necesidad. Gorreó un poco de trago y se quedó un rato con mi amigo y su nueva amiga. El trato entre la mujer con la que yo estaba y ella era demasiado cordial, rozando con lo íntimo. Me estaban preparando un lesbishow o show de lesbianas, un asco en voz alta, pero la aberración más deseada por muchos hombres.

El Lesbi, toqué fondo

Bueno Andrés, me dijo, te subimos las dos pero tienes que pagar 80 mil pesos, me decía mientras llenaba mi copa de ron. El trago no lo justifica todo, pero yo si estaba muy prendo a esa altura de la correría. Además, siempre quise ver a un par de lesbianas juntas. Y ellas no eran sólo lesbianas, podían ser hasta zoofílicas por dinero. Mi amigo ya andaba por su segundo show privado, y parece que en este le iba mejor porque se estaba demorando.

Conté la plata que tenía, cada vez menos, el trago se pagaba de contado y cada amiga de mi nena me arrancaba de a dos mil o tres mil pesos. Sabía que iba a gastar, pero nunca pensé en derrochar tanto.

El dinero pierde su sentido, más cuando hacemos maldades. Lo mismo me pasaba con el juego. Encontraba alguna forma de justificar tanto despilfarro. Aquí era por el trabajo de periodismo que todo valía, pero en tono bajo decíamos con mi amigo, “todo sea por las putas”.

En fin, tampoco pude abstraerme de botar 80 mil en el show lesbi, una conjugación de gritos fingidos, besos por montón, que tócame acá, que hazme allá, en fin... yo miraba, y me excitaba claro, pero procuraba mantener mis manos lejos, ya había tocado lo suficiente. Terminaron los 25 minutos programados, otra vez abajo y otra vez más ron, más perico, fua o como se llame esa porquería. Yo tomaba y ya veía las imágenes difusas, hablaba en letra pegada y me sentía todo un semental. Severo catre decía Nicole, y yo sabía que era para subir mi autoestima. Entre sus relatos me dijo que ella hacía un espectáculo que se llama el “macho man”, que consiste en que tiene sexo en vivo con público y un voluntario de él que se mide a tener sexo con ella frente a todo el mundo. Sentí que le había comido “embolao” a media Bogotá, a más de un gordo seboso, director de colegio, malandrín fracasado, soldadito sifilítico, en fin, creí que se me iba a caer, pero que carajo, ya estaba y no había nada que hacer.

¿Las 9 dije?, eran las 2 y media de la mañana y la faena se veía larga. A las tres nos sacaron a sombrerazos. Que vamos para la Fortynine dijo Nicole, y creo que me acuerdo que dije que sí. Otro taxi, y arrancamos, mi amigo con la suya y yo con Nicole, la sentía como mi perro guía dentro de este mundo de ciegos. De hecho lo era.

La Fortynine: Lo máximo

Llegamos a la Fortynine, o la 49, para los más chibchombianos. A la entrada se veían parqueadas Toyotas burbujas, BMW, y toda suerte de carros finos y engallados, como de traquetos. Entramos por una puerta angosta y las mujeres caían de todas partes. La más linda de Solid Gold, que era Nicole, era una de las más destempladitas de la “Forty”. Mujeres preciosas, mejor, prostituas hermosas que lo veían a uno con cara de billete con patas y algo que las podía divertir un poco caían de lado y lado. No conté las veces que me cogieron la cola, pero fueron más de cuatro. Me decían, oye, zafa a esa fea y vente conmigo, mujeres con pinta de reina y cara de malvadas. Había que pedir otra media de ron para estar allí, si no consumes, te vas, así de simple. 70 mil más, sumados a los 160 que ya habíamos consumido en Solid. La concepción del dinero se pierde, se va a chorros. Mi amigo zafó de una a su fea y se levantó una paisa preciosa. Pero ya no había billete. La baciló un rato y cuando la nena vio que no había de dónde más sacarle se abrió, es decir, se fue.

Nicole me dio un tour por la Forty, un palacio de perdición. El primer piso, en el que estábamos, es el mercado, el capitalismo salvaje. Uno es el billete y ellas se te lanzan para sacarte hasta el último centavo, en trago o en la habitación. 80 la nena, 40 la habitación y 70 de la media de lo que sea, si quieres pasarla humildemente no puedes ir con menos de 200 mil pesos, para que quede alguito para el taxi.

Ahí hay una pista de baile en la que todas se contonean a tus ojos, mostrando la mercancía que vas a comprar. Ya no había billete, yo estaba por fuera del mercado. En el sótano, las habitaciones normales, para el rato barato, y para colmo, un casino, como si no fuera suficiente perder la plata en mujeres. Allí está la administración y los camerinos de las nenas, en donde se transforman de universitarias, colegialas, empresarias, profesionales y hasta madres, en prostitutas, caras sí, pero prostitutas.

Segundo piso, mesas altas, muy altas, casi cabinas separadas. Allí el trago cuesta más, y sólo suben las mejores, o las que el cliente pida. Todas con cuerpos esculturales y caras de ensueño. Igual, lo ven a uno con cara de billete. Todas son iguales. Tercer piso. Salas separadas para show individuales. Lo que mi amigo Andrés hacía por 20 mil en Solid Gold, aquí costaba 60, y no hacían más que un bailecito y ya.

Y las habitaciones más caras, sauna, jacuzzi y todos los juguetes. Esta costaba 150 sin contar lo de la nena que seguramente te iba a ver con cara de marrano y cobrar una sobretasa de finura.

Esa es la Fortynine, un emporio de prostitución. Llegar allí le cuesta a estas niñas un sacrificio enorme y hacerlo es un orgullo. Casi el estrellato dentro del mundo de la prostitución. A Nicole la aceptaron y estaba feliz. Es como si a uno lo nombraran Jefe de División o algo así. Me decía cómo pensaba coger la barra para hacer el show, y se emocionaba con lo que iba a ganar. Yo ya casi no le ponía atención, eran las cuatro de la mañana y estaba muy borracho. A mis ojos ya no le cabía tanta mujer y a mi estomago no le cabía más trago. Me senté en la mesa, y me quedé dormido en los brazos de Nicole. Me abrazó como una mujer, me sentí con una mujer. Pero era un espejismo, su siguiente cliente ya le hacía coquitos y ella miraba como levantarme para seguir en el ruedo. Me levanté, le di un beso a Nicole, no sé si en la boca, y salí con mi amigo Andrés. Él estaba más parado que yo, este mundo le es familiar. Salí y había taxis y más borrachos como yo. Quise sentir remordimiento pero todo era para un trabajo periodístico, algo profesional, mi conciencia tomó un respiro.

Se acabó, el balance.

Cogí un taxi y el taxista me miraba complacido, para él también tenía cara de billete, y qué más daba, si había gastado todo eso el me podía sacar 15 mil más, así fue, mis últimos 15 mil. Llegué a mi casa a las 5:30 a.m., borracho, ya no me preocupaba la corbata, además se me perdió. Me tiré en la cama y me sentí inevitablemente sucio, inevitablemente perverso. Pero en el fondo algo me gustaba. Era un rey por una noche y las mujeres me llovieron. Me dijeron cuán lindo era y pensé en esos gordos barbados, rechonchos y encorbatados ávidos de un piropo o una palabra bonita. Está bien, es comprada, pero se las dicen. Miré mi billetera. Sólo tenía el recibo del cajero. Gasté 350 mil pesos, sin contar los cien de la otra noche. No podrán decir que no le invertí a la investigación.

El sueño me venció, caí vestido. Al otro día, llegaría a las 10 a la oficina con alguna disculpa, no recuerdo cuál. Andrés si llegó a las 8 en punto, hecho un roble. Me miraba y se reía. No sabía que esto era para una investigación, y la verdad, yo tampoco lo veo así ahora, es un negocio y fui mercancía. Y yo no se si vuelva cuando quiera sentirme bello así tenga que pagarle a Nicole, o a otra como ella que me vea cara de billete. Todos los billetes son lindos.


Fin.