
Esto pasó en agosto de 1998. Y esta catarsis sólo la puedo procesar hoy, casi 12 años después. Quizás sea un drama menor. Pero en mi alma se ha enquistado como una tragedia mayor. Un padre primerizo actuando como una madre primeriza.
Inexperiencia total. Múltiples ocasiones de poner un pañal mal puesto, lo que se hacía evidente en la carita de un bebé incómodo, un hedor fatal y una masa acuosa y marrón escurriéndole por la pantorrilla. Decidí enseñarle a “controlar los esfínteres” a mi hijo que apenas sobrepasaba los dos años ¿Y cómo se enseña eso? No lo sé… nunca aprendí a enseñarlo.
Pacientemente le expliqué que si tenía “pipí o popó” me debería avisar diciendo sólo esas palabras mágicas. De esa manera, yo lo llevaría presuroso a la bacinilla que habría llegado al baño después de algún “baby shower” y no necesitaríamos más pañales. Ahorraríamos en dinero y él ya iría aprendiendo a ser un “individuo”. Él sólo repetía divertido las palabras “pipí y popó” y sonreía, pero sólo era porque le parecía gracioso, no porque hubiese aprendido la lección. Seguía en su juego y su mundo con el carrito, el muñeco o cualquier cosa que hubiese por ahí. Un niño disfruta con la misma avidez un robot de última generación, el más costoso, que un pedazo de trapo. Usualmente siempre disfrutan más el pedazo de trapo. Hacen de él todo lo que quieren que sea: Una capa, una cobija, un avioncito, un mantel, un gusano… mientras que el robot nunca deja de ser un aburrido robot. Lo dejé jugando y me fui a lavar algunos platos. Mientras escuchaba el agua correr, desde la habitación Nicolás me gritaba “¡Popóoooooooooooooooooo!” corrí para comprobar la genialidad de mi hijo. Todos creemos que nuestros hijos son geniales, o por lo menos, más inteligentes que nosotros. Cuando llegué para verlo, efectivamente, popó. Se escurría entre el pañal y su entrepierna. Lo tomé con el asco del caso y lo limpié. Lo dejé en pelota un rato y le expliqué pacientemente que las palabras “pipí o popó” las debería pronunciar antes y no después del reguero. Me miraba atento. Cuando yo decía pipí o popó, él se reía.
Seguí haciendo algunas cosas domésticas y él se quedó dormido en nuestra cama, la que compartía con mi esposa que ya no es mi esposa desde hace nueve años. Oí que se despertó porque siempre hacía un sonido gutural particular. Como si se rascara la garganta por dentro. Lo dejé que se desperezara y gritó ahora “pipíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” corrí a su lado, como estaba enpelotica, pensé que había mojado la cama. Tragedia. No, misteriosamente no se había hecho pipí. Corrí con él a la bacinilla y lo puse en frente. Orinó la pared, el piso y luego dejó caer una mínima parte en la bacinilla. Lo abracé, lo levanté y sentí una gloria inmarcesible y un júbilo inmortal. Mi hijo era un genio que había asimilado las instrucciones a la perfección. No más pañales y quizás estaba descubriendo un futuro icono de la cultura latinoamericana que aprendió a controlar sus esfínteres con poco más de dos años.
Ya creía que las instrucciones estaban bien asimiladas y que el pañal sobraba.
Mi esposa (ex esposa hoy), llegó a eso de las siete de la noche del trabajo. Con orgullo le conté lo que había logrado en nuestro futuro Bolívar, San Martín, García Márquez o que se yo, tanto genio latino. Ella sonrío, se sirvió alguna cosa maluca que yo había preparado tratando de mezclar arroz con huevo y alguna verdura para no ser tan básico en la cocina que sólo probó. Me preguntó si yo había pagado el recibo de alguna cosa que se me olvidó y discutimos. Siempre se me olvidó todo. Mi memoria es como la memoria de las calculadoras viejas. Si la reseteaste, cagaste, nunca más te vuelve la operación. Y yo vivía reseteado. Como diría el gran filósofo de la cultura grecochibcha, Andrés López, los hombres sólo podemos hacer una cosa a la vez. Y si yo cambiaba pañales, no pagaba recibos.
Ella sabía que entonces le correspondería ahora ir a un Cade y hacer una fila infernal para enmendar mi tonto error. De la discusión pasamos a la pelea. Nicolás jugaba y paró para mirar la gritería. Ella lo notó, bajó la voz, lo alzó, le dio un beso y todo volvió a la normalidad. Relativa. Pero con el rabillo del ojo me disparaba con esa desaprobación femenina con la que uno prefiere de verdad mejor un pellizco en las pelotas. Mejor ese dolor intenso sin atenuantes pero sin ese girito socarrón de cabeza, mirada china tipo Kill Bill y posición de boca que dice sin decir: Eres taaaaaan inútil.
Yo quedé herido en mi ego de macho no sólo por ser la dama de la relación, sino porque además lo estaba haciendo mal. Sentí devaluado mi gran logro del día de haber conseguido que un bebé controlara los esfínteres cuando sabía que muchos habían desfallecido en el intento. Ella se fue a donde los vecinos para distensionar el ambiente y para conversar algunas cosas con ellos. Apenas salió, Nicolás sentado en el suelo dijo “Pipí”. Corrí con él a la bacinilla, le bajé los pantaloncitos y otra vez, mojó todo menos la bacinilla pero igual, lo había hecho de nuevo. No había sido una casualidad, era un hecho, había logrado que Nicolás en menos de un día controlara sus esfínteres como todo un individuo. Y ella no estaba para verlo. Me frustré. Pensé que quizás si lo hubiese visto mi merito podría haber hecho menos tonta mi omisión del recibo. Pero no, no estaba ya.
Acosté a Nicolás y se quedó profundo. Lo contemplé y admiré su precoz capacidad. Me extrañé porque nunca le fomenté la estimulación temprana. Sólo lo dejaba ser. La estimulación temprana que tiene a los fetos escuchando a Mozart sin saber siquiera si les gusta. Cuando es el parto ya nacen a lo Phelps, en el agua, salen nadando con gorrito y gafas y batiendo el record mundial. Yo siempre me negué a someter a mi hijo a ese suplicio de tener que ganar todo sin saber para qué se gana. Es la era de los bebés triunfadores que ya no dicen “gugú, tata” sino “down jones y wall street”. Por eso, por su crianza campirana, admiré su valioso avance al controlar los esfínteres sin que Mozart hubiese intervenido en el proceso.
Me recosté y me quedé dormido al rato de Nicolás a eso de las nueve de la noche. A las once me desperté y me di cuenta de que mi esposa (ex hoy) no estaba a mi lado. Di una vuelta por la casa y tampoco estaba. Me exasperé. Me senté y vi una caja de cigarrillos. Yo no fumaba (ni fumo) pero decidí prender un cigarrillo mientras tarareaba “fumando espero, al hombre que yo quiero…” y me reí con esa risa lacónica que ama y odia. Yo era la dama de la relación y me imaginaba buscando el molinillo en la cocina para hacer el reclamo cuando llegara él, es decir, ella, en fin. Entró a la casa sin hacer ruido y sólo me delataba el cigarro encendido. Me dijo “¿Qué haces despierto?”. Respiré profundo, profundísimo y respondí “esperándote”. Algo me dijo, no recuerdo qué y siguió a la habitación. Yo seguí fumando intrigado por qué ella no me había preguntado qué hacía yo fumando si yo no fumaba. No me lo preguntó nunca. Entré a la habitación y ella ya estaba bajo las cobijas, empijamada y durmiendo. Quise despertarla para… para… para… no sé para qué… para nada, porque nada había ya qué decir.
Nicolás durmió casi toda la noche, a las 5 de la mañana se despertó y yo le di el tetero. Se lo tomó y durmió otro ratico. Mi esposa (ex hoy) se levantó a las 6, se baño a mil, se tomó un jugo, besó a Nicolás y lo consintió un rato y me dio un pico en la boca de afán… y se fue. Quedé maluco. No sé, quería decirle algo que no le dije, no sé si bueno o malo. En la salida recogió el recibo de la mesa, giró su cabeza como diciendo “no” y se fue. Yo quedé sentado, rayado, viendo a Nicolás entre dormido y despierto con el chupo entre los dientes. Ese día tenía que llevarlo al jardín nuevo que le habíamos conseguido para que yo pudiera ir sin tanto contratiempo a la Universidad. Le preparé el desayuno, lo bañé y se hizo pipí en la ducha. Siempre lo hacía y no pasaba nada… le parecía divertido como el agua de él se mezclaba con el agua de la ducha. Lo vestí, y convencido de que no era necesario, no le puse el pañal. Saqué unos calzoncillitos de otro “baby shower” y se los puse. Encima, la mejor pinta. Pantalón nuevo, zapatos lindos, camisita de grande. Todo un dandy.
Fui a hacer el desayuno mío y gritó: “Popóooooooooooo”. Corrí para llevarlo a la bacinilla. La prueba del popó aún faltaba. El popó asomaba por la pantorrilla. Súbitamente, yo, me convertí en la persona que más he odiado en mi vida. Lo miré y lo levanté con asco e ira y le di la vuelta ¡Pam! Una palmada en la cola que sólo aplastó más lo que ya era una desgracia. No lloró, sólo me miró sorprendido ¡Pam! Otra palmada más dura. Abrió sus ojitos y sólo sollozó. ¡Pam! Más duro, cerró sus ojitos y dos lágrimitas escurrieron. Aún no dejaba escapar el llanto. Lo tiré en la cama y le quité el pantalón de un solo jalón. La camisa, los zapaticos, todo sin misericordia y con una agresividad corrosiva. Él me miraba sin comprender qué estaba pasando. Lo llevé a la ducha para bañarlo. Por equivocación abrí el agua fría y no la caliente. Pero mi perversidad sin límites convirtió una equivocación en una tortura miserable. Lo dejé bajo el chorro de agua fría y él instintivamente trató de correr. Lo impedí y me cercioré de que el chorro le diera en la cola para que lo limpiara, pero en un acto que ni Lucifer hubiera disfrutado. Él empezó a llorar profusamente y el llanto era interrumpido por el suspiro entrecortado que provoca el agua fría, más si es en tierra fría. Estamos hablando de las parcelas de Cota, plena sábana de Bogotá a 2600 metros de altura de trópico a las siete de la mañana. El frío es simplemente recalcitrante. Lloraba más duro y ¡Pam! Otra palmada acompañada de un regaño: “¡Eso es para que aprenda que el popó se hace en la bacinilla!” mientras mis dientes de arriba chasqueaban contra los dientes de abajo y me hacía tan belfo y monstruoso que sólo mi cara le daba más terror que mis palmadas.
Otra ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!... no sé cuántas palmadas le dí, hasta que una voz, casi divina, casi celestial, me gritó con ofuscación: “Felipe, ya, ya, ya no más salvaje, lo quiere matar o qué imbécil”. Era mi hermana, que por alguna razón, que sólo Dios hoy sabe y yo agradezco, entró en mi casa a pedirme algo que nunca supe qué era. La miré y le dije: “¿Usted quién es para cuestionar lo que yo hago con mi hijo, acaso yo le digo qué hacer con sus hijos?”. Pensé que la iba a disuadir. Vi que se creció 20 centímetros, se robusteció como un luchador y me reviró: “No es sólo es su hijo, es un bebé y antes de que usted le de otra palmada yo me hago matar”, mientras cerraba la llave del agua fría, la única que estaba abierta. Tomó a Nicolás que aún sollozaba con esos sollozos profundos que uno siente que rompen el alma y lo envolvió en una toalla. Se lo llevó a la cama, lo metió en una cobija y lo abrazó. Yo los miraba y sentía como si mi alma estuviese volviendo al cuerpo. Mi alma que me había abandonado mientras el diablo que me invadió golpeaba a lo que yo más amaba.
Me senté en el suelo y me tomé la boca, luego la cabeza y enredé mis dedos en el pelo. Empecé a llorar sin poderme contener y gritaba como un loco: “perdón, perdón, perdón, hijo, perdón…”. Mi hermana me dijo: “Quédese acá ahora vuelvo”, y salió con Nicolás y con la ropa que le iba a poner. Me quedé allí, en el suelo, miré el techo, llamé a Dios y le pregunté qué me había pasado.
Mi hermana volvió como a la hora. Cargaba a Nicolás que se había dormido. Me lo dejó en los brazos, me miró, me hizo un gesto de desaprobación, y se fue. Yo lo llevé a la cuna y lo dejé ahí, tendidito. Me quedé contemplándolo y vi cómo tenía un bultico en la cola. Mi hermana le había puesto un pañal. No era capaz de tocarlo ni para acariciarlo. Al rato se despertó y me miró. Su mirada no era la misma. Seguía extrañado, sorprendido, decepcionado. Traté de alzarlo pero no me estiró los brazos como siempre. Sólo se dejó levantar sin quitarme la mirada de los ojos como si quisiera comprobar si era yo o el diablo que me había poseído. Lo abracé y él seguía con sus bracitos inertes, inexpresivos, yertos. Lo dejé en el tapete y le busqué los juguetes. Él tomaba todo con temor con desconfianza, con extrañeza, como si nada fuera lo mismo.
Traté de hablarle. Mientras estaba sentado en el suelo me senté a su lado y le pedí perdón. No sabía si entendía mis palabras, pero hablé pausado, calmado y traté de explicarle lo inexplicable. Él me seguía mirando aterrado pero ya no aterrorizado. Cuando terminé de hablarle él se quedó mirando un carrito y trató de simular que jugaba. Le di el tetero y me lo recibió en la mano, como nunca lo hacía, siempre esperaba que yo se lo pusiera en la boquita. Se lo tomó lento y me seguía mirando.
Yo, me recosté a ver la televisión y me quedé dormido en la cama. Él, estaba en el tapete, en el suelo, jugando con un carrito que casi no movía. Profundo, soñé con él, con su sonrisa, con la cara divertida que ponía cuando le decía “pipí y popó”, en su carita emocionada cuando lo levanté la primera vez que hizo pipí en la bacinilla. Soñé con él todo el tiempo. Desperté y sentí una presión en mi pecho, en mi brazo izquierdo. Pensé que era el remordimiento, la culpa. Pero no. Gracias a Dios no era eso. Era él, Nicolás, que se me había recostado en el pecho mientras yo dormía y se había quedado dormido encima. Lo miré impávido. Lo acomodé mejor en la cuna de mi hombro. Lo abracé con el otro brazo. Y sin hacer ruido, lloré… lloré… lloré y lloré… no sé cuánto tiempo lloré mientras le sobaba la cabecita y le daba gracias a Dios y a mi hermana por haberme detenido. Abrió sus ojitos y sequé los míos. Sonrió y le sonreí. Entendí que en su infinita ternura me había perdonado aunque siguiera sin comprender por qué hice lo que hice.
Se bajó de la cama y me miró con miedo de nuevo. Su pañal estaba inflado. Con calma le cambié el pañal, con tanta suavidad que no sintiera que mi infamia se pudiese repetir. Le cambié el pañal esa vez y todas las demás que fue necesario. Nunca más le parecieron divertidas las palabras “pipí o popó”. Nunca más las volvió a decir y con el tiempo él mismo fue sólo hasta la bacinilla a hacer pipí o popó.
No recuerdo la edad exacta en la que mi hijo aprendió a controlar los esfínteres, pero si recuerdo con claridad el instante en el que cometí la peor cagada de mi vida.