La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

sábado, 26 de junio de 2010

Padre, pensé en un poema...


Pensé en un poema, una canción, un texto lírico sacado de las entrañas para poder describir lo que quiero decirle a mi padre, en este, su día, un día que es especial no sólo porque a alguien se le ocurrió decir que habría un día del padre para vender cosas para hombre, sino porque es uno de los pocos días del padre que se lo celebraré desde la distancia.

Pero decidí prescindir de la belleza para poder expresar simplemente cómo recuerdo a mi viejo, para poder describir la imagen que cargo de él conmigo en cada instante que su legado me da fuerzas para vivir mi vida.

De niño, puedo decir que lo recuerdo con una pipa en la boca y un libro en la mano, sentado en un sillón grande, con sus gafas que movía levemente hacia abajo para mirar un horizonte imaginario sólo para pensar. Lo recuerdo tomando notas y volviendo su mirada al libro y su pipa a la boca en un ciclo sólo interrumpido por la hora de comer o de dormir. Casi nunca notó mi presencia mientras yo trataba de descifrarlo. Si me miraba, sólo me sonreía tenuemente y seguía en su cuento, ese cuento que a mí me intrigaba tanto.

Yo, lo sentía distante, me costaba acercarme a él y pedirle un abrazo o una caricia, porque era tan sublime lo que hacía, que era como interrumpir un ritual mágico que sólo comprendían los dioses de la sabiduría y él. Y me acostumbré a admirarlo. Así, en silencio. Me gustaba ver su ritual de libro, pipa y horizonte imaginario, y mientras tanto yo, simulaba que escribía algo, como para no perderle el ritmo.

Su presencia me infundía un respeto profundo, y cuando pasaba y me sobaba la cabeza, para mí era una señal hermosa de que era parte de su tribu y que tenía derecho a ser parte de su mundo. Era una membresía a su logia encantada de sabios de pipa, gafas y horizontes imaginarios.

Recuerdo cómo mis hermanos mayores gozaban con sus chistes malos que por malos los hacían reír y de verlos reír me reía yo. Recuerdo cómo cada accidente casero provocado por su torpeza y su terquedad doméstica era una anécdota más con la que aún disfrutamos en cada reunión familiar. Recuerdo cómo esa sencillez rompía el protocolo de su sabiduría y lo convertía en un ser humano, tierno y accesible, abierto y espontáneo, logrando un equilibrio perfecto entre el respeto al padre y el amor al papá.

En la adolescencia decidí demostrarle, sin saber por qué ni para qué, que se podían romper los esquemas sin importar cómo, sólo para revelarle que su ortodoxa forma de vivir la vida, me resultaba insípida y apacible. Hice tantas estupideces y reaccionó con tanta paciencia. A los 16, me robé el carro de mi hermano Francisco, que se había ido a vivir a Costa Rica y necesitaba venderlo para vivir allá. Borracho y sin licencia, lo estrellé contra un árbol en una madrugada. Cuando se enteró, sólo me dijo: “Afortunadamente no le pasó nada malo a usted”. Y me quitó la excursión de último año de colegio para pagar el arreglo del carro. Sin un sólo golpe me enseñó que las grandes tonterías tienen graves consecuencias.

A los 20, confundido y abatido, le confesé que había embarazado a mi novia, que sólo tenía 17 y un papá que me podría levantar 10 mil veces a pata. Lejos de dramatizar el asunto, abonó el terreno para que mi hijo llegara a un mundo colmado de amor. Un mundo que funcionaba como un barco del que él era el capitán y que daba la bienvenida a todo el que tuviese carné de familia. Sólo se sentía feliz de ser abuelo y lo demás se podía resolver, con esa calma y ese amor que se veía detrás de sus párpados que ya se le venían sobre los ojos. Y siempre estuvo allí, feliz de verme padre, feliz de ser abuelo como tantas otras veces, pero con una vocación especial por Nicolás, mi hijo.

Cuando me divorcié, fue el primero que se quedó callado a mi lado sólo para verme llorar sin decir nada. Sólo para que supiera que él estaba allí, soportando conmigo el dolor, llevando la carga de una vida que me pesaba y que yo no podía cargar. Cuando las casas que acompañaron mi soledad se volvían refugios de frustración, él estaba allí para recordarme que dónde él y mi madre estaban, ese era mi hogar. Y cada vez que llegaba con maletas y dolor, había una habitación vacía esperándome, con algo que recordaba a ese niño que curioso miraba a un señor fumando pipa, acomodándose las gafas para leer. Algo que me recordaba con cariño que era miembro de su logia de sabios y pipas.

Él anduvo mucho tiempo perdido en asuntos “importantes”. En asuntos de Estado y de Academia. A medida que fue encontrando refugio en el hogar, la vida nos fue dando más espacio y más tiempo para conversar.

Me sentía orgulloso de sus logros. Por él descubrí que los méritos hacen a los grandes hombres más allá de su posición. Él hizo a sus cargos y nunca los cargos a él. A él no se le recuerda por los cargos que ocupó sino porque él estuvo allí, dándole dignidad al cargo. Siempre fue superior a su misión y cuando la misión era rebajada por los intereses políticos mezquinos, él renunciaba a la dignidad del cargo, porque el cargo ya no tenía dignidad. Su vida pública me importó poco. Sé que trataron de vapulearlo en su honor para salvar el pellejo de más de un hampón cobarde, es decir, de algún político. Y casi lo logran. Pero eso no me importa ya, porque su lucha lo sacó avante, y si me importara, guardaría rencores inútiles por seres que no merecen ningún tipo de sentimiento ni alusión.

Lo que me importa es que su círculo íntimo, los que hemos tenido el orgullo de tenerlo cerca, sabemos desde el fondo de la conciencia que él es un ícono de la rectitud pública y privada, y que a sus casi 81 años su vida no es un ejemplo para los discursos mañé de homenajes inventados, sino para la vida misma, esa que tiene principios y valores firmes e inamovibles, fincados en la bondad de un buen ser humano, esos que uno le puede trasmitir a sus hijos con toda tranquilidad para que sepan que pertenecen a una casta que desciende de un ser humano brillante, noble y bueno.

Hace poco más de tres años, a mí me sorprendió el desempleo y a mi padre, una vida reposada de pensión. Los dos nos encontramos bajo el mismo techo, en uno de mis 10 mil retornos de fracaso y maletas en la puerta. Su ocio y mi ocio se juntaron. Yo, para contarle qué desgraciado me sentía, y él, para hablarme de Metodología de la Investigación Sociojurídica. Yo lo quería matar mientras él no me quería dejar morir. Mientras yo quería recabar en mis depresiones, él insistía en hablarme con pasión profunda de John Dewey, Habermas, Wittgenstein y Weber. Mientras yo quería que llorara conmigo, él me sugería que leyera a Viktor Frankl, que había escrito toda su teoría sicológica después de sobrevivir a un campo de concentración Nazi durante la segunda guerra mundial.

Yo le huía decepcionado por su incomprensión. Cuando levantaba mi almohada para taparme la cara y llorar, ahí estaba, en mi cama, el libro de Viktor Frankl, “Ante el vacío existencial”, con el separador de hojas en el capítulo que él quería que yo leyera.

Todo mi duelo lo convirtió en una lección de vida sustentada en otras vidas que tomaron lo peor de lo que los rodeaba y lo convirtieron en lo mejor de su legado para la humanidad. Así, conocí a Frankl, Alfred Adler, Marcusse, Savater, Erich Fromm y otros cuantos que mi padre dejaba sistemáticamente cerca de mi almohada cuando sabía que yo le huía desesperado de sus terapias intelectuales, cuando yo quería simplemente que avalara que mi vida era una porquería sin salida. Yo tiraba el libro. Luego, en mi desespero, lo abría en la página señalada y me encarretaba con el cuento, hasta que salía de la habitación a buscar a mi padre para que me explicara lo que no entendía. Así, fuimos armando diálogos que oscilaban entre la mierda que era mi vida y la lucidez de los autores que mi padre dejaba en mi almohada.

Su ocio y mi ocio se juntaron. Su ocio y mi ocio hablaron de temas trascendentales, filosofía contemporánea y clásica, debates eternos sobre las noticias hasta el borde de la discusión. Había temas intocables e irreconciliables. Pero luego, volvíamos a lo que podíamos tratar sin apasionamientos políticos de actualidad, en lo que nunca estuvimos de acuerdo.

Su ocio y mi ocio se hicieron amigos. Compartieron mañanas y tardes enteras de charlas amenas. Si bien, su sabiduría no me contagió, porque supe gambetear la estructura del conocimiento profundo, si me llenó de profunda curiosidad por mil temas que antes ni conocía.

En esos dos últimos años y algo que compartimos, mi padre y yo nos hicimos amigos. Cambió la pipa de tabaco por la pipa de oxígeno, pero nunca desapareció su horizonte imaginario para pensar ni sus gafas para leer.

En esos dos años, decidí acercármele sin tanta prevención ni reverencia para descubrir, después de 30 años, lo que guardaban sus ojos mientras miraban ese horizonte imaginario. Y como un dique se rompió a mi amistad y me regaló un trocito de su sabiduría con toda paciencia y dedicación.

En esos dos años fui amigo de mi padre. Tomé café con él bajo el sol y la lluvia de la sabana y de Villeta y conversé sobre mil cosas con él. Y él también, poco a poco, fue cayendo en la trivialidad de mi depresión, fue aprendiendo a decir madrazos sin remordimiento, fue bajando del universo de los dioses de la sabiduría para divertirse con mi forma ramplona y básica de ver las cosas y le di sal a su vida cuando la sal le estaba prohibida.

Mi padre es mi amigo. Le preocupan mis romances y se conmueve si me duele el corazón, quedándose en el sentimiento básico y dejando en paz a Frankl. Mi padre recordó que cuando era joven le interesó la literatura y escribió cuentos, y empezó a leer lo que yo escribía sólo para admirarme tanto como yo lo admiro a él. Mi padre me dio valor. Valor de valentía para enfrentar el mundo y valor porque me hizo sentir valioso.

Mi padre pacientemente me construyó las alas de Ícaro para que yo vuele hacia el sol. Y me pintó un sol y una bandera azul y blanca para que yo me elevara hacia el sur. Y hoy, desde ese lugar en donde ondea una bandera azul y blanca con un sol en el medio, yo lo recuerdo en su día, para decirle que todo lo que hizo por mí no fue en vano, que gracias a él me siento un mejor ser humano, que su legado está tatuado en mi alma con letras de oro y que si bien no soy como él, me permitió ser como yo, para que él, se sienta orgulloso de mí, así, como yo me siento orgulloso de él.

Feliz día padre. Estoy contigo y estás conmigo, en esa conexión eterna de los amigos inseparables y con el amor filial que crece cada día que tu enseñanza me fortalece para consolidarme en este nuevo mundo al que he llegado con las alas de Ícaro que me hiciste. Te quiero padre, y tú lo sabes, como sabes tantas cosas. No en vano García Márquez te definió como “un sabio distraído”.

domingo, 20 de junio de 2010

Dolor profundo, vómito de rabia, Patria maldita.


Ayer leí un libro que escribió Andrés Caicedo. Mejor dicho, no era un libro y tampoco lo escribió para publicar. Eran cartas y escritos que hacía para purgar su alma, como quizás lo hago yo en este momento. Después de 30 años de haber muerto, sus hermanas decidieron sacar a la luz estos rezagos de intimidad de Andrés.

No se por qué me llamó tanto la atención este personaje desde que oí su nombre, desde que oí datos de cómo vivió su vida, vertiginosa, aunque nunca leí nada de él. Siempre pensé que él había querido suicidarse como algo premeditado, como un deseo propio de su excentricidad. Ayer, leyendo sus cartas y sus disertaciones sobre sí mismo descubrí que no. Andrés Caicedo no quería morir, pero tampoco supo cómo vivir.

Me encanta el desparpajo con el que escribe, sentí que dialogaba con él y yo sólo asentía frente a esa angustia existencial que lo aquejaba tanto. Él mismo dice que no era bueno para hablar, pero sin duda escribía como le gustaría hablar. Tenía unas luchas internas soberbias entre lo que pretendía ser y lo que era. Odiaba sus demonios profundamente pero no podía desterrarlos de su vida, entonces vivía pendulando entre el remordimiento, el arrepentimiento y las ganas de cambiar su vida, de empezar de nuevo cada vez que salía de una de sus “torcis”, como le decía a sus trabas.

“Ahora no soy más un niño. Soy una cosa grande con la misma necesidad y peor debilidad”. Creo que en esta frase él resume todas sus angustias. Era un prodigioso ávido de reconocimiento y fama. Lo deja traslucir. Pero no sabía cómo administrar su vida. Le importaba mucho la percepción que el mundo pudiera tener de él y más lo atormentaba aún su prematura genialidad que poco a poco, con el transcurrir de los años, sentía disminuida.

Al leerlo, sentí que era una persona audaz para interpretar el mundo pero incapaz de interpretar su propio ser. Siempre miraba la muerte como una posibilidad en la derrota de la depresión, pero no como un deseo inefable. Se intentó suicidar varias veces pero sentía que no estaba bien hecho, que no era justo, que no podía angustiar así a sus padres. Esa lucha interna entre sus anhelos y sus frustraciones lo fueron menguando, debilitando… esa dependencia absoluta de su madre y del amor frente a la soledad, sus adicciones y sus ganas de afirmar una seguridad inexistente lo fueron llevando a las cuerdas de la vida… hasta que la vida misma lo noqueó.

Ahora, enfrento mis propias reflexiones, mis propias dependencias, mi propia vida. Lo hago como un simple ejercicio de análisis y catarsis. Es más, es simple catarsis. No me voy a preocupar mucho por la coherencia y el orden, sólo quiero escribir y más que escribir escupir mil sentimientos que tengo atravesados, que me hacen daño, que me disminuyen y también, que poco a poco me van llevando contra las cuerdas de la vida que es simplemente perder la emoción de vivir… que sin duda, debe ser peor que morir. Este no es el grito desesperado de un suicida, no está en mis planes rendirme y mucho menos así. Trataré simplemente de reflexionar sobre el por qué de este opacamiento paulatino de mi luz, esta resistencia frente al mundo y este escepticismo en cuanto al futuro.

La primera pregunta que me asalta es… qué siento. Acá, recostado escribiendo, siento un abandono total. Un abandono total de mí por mí mismo. Es un abandono mezclado con cinismo… como si fuera ya esa mi forma de vida y no me importara. La angustia se me volvió un motor de estupideces. El amanecer se volvió una tortura porque ya se exactamente cuántas líneas de tablas atraviesan el techo de mi cuarto y contarlas de nuevo sólo me recordaba cuánto tiempo tenía para perder el resto del día. El resto del día era un deambular por ahí escarbando en el pensamiento en qué lugar y momento fue que me perdí. Es más, pensaba si en realidad me perdí o me desaparecieron, si eran errores míos o injusticias de otros, si valía la pena sufrir o sólo era un paso necesario para algo ulterior que yo no conocía… Esa angustia fue llenando el espacio de mis pensamientos y poco a poco invadió mis sentimientos convirtiéndome en un perfecto idiota para trasmitir afecto. La confusión es inexpresiva, retraída, imbuida… y uno se vuelve todo eso.

He dado tantas vueltas tan inútiles en la vida. He luchado tanto por lo seguro y me he sentido tan vacío sin la zozobra de la inestabilidad. Podría ser feliz, si fuera más conforme. Sería más feliz, si no fuera tan insensato. Tengo mil excusas para gambetear a la vida y sus exigencias. Mis parámetros básicos llegan hasta donde empieza la curiosidad por experimentar nuevas emociones. Mil aberraciones, inofensivas, pero aberraciones. Los privilegios me aburren y cuando no los tengo me quejo de no tenerlos. Es tan raro ser tan raro...

Tengo ideales de gran líder y acciones de simple gregario. Pienso tanto en cómo debo hacer lo que debo hacer, que al final, no lo hago, y si lo hago, no lo hago del todo bien. Sin embargo, he contado con suerte. Tengo un buen discurso para argumentar por qué no hago lo que debo hacer y por qué hice lo que no debía. Nunca he cometido errores insalvables o de impacto nocivo e irreversible. Algo ha pasado, algo que me salva. Soy perezoso quizás, pero si tengo que madrugar madrugo. Trabajo bajo la presión del último minuto... y hago las cosas... No sé si soy un vago compulsivo, un “outsider” en el camino del éxito, un desadaptado en busca de la perfección de una labor no exigente, no exigida...

Un disperso total, como las gallinas, que miran fijo al pasto hasta que una mosca les llama la atención, y luego una mariposa, y luego una mota que vuela, y luego el pasto que se mueve otra vez... Tengo en mi mente grandes metas... pero aún no ubico la escalera.

Quizás criticarme me haga sentir mejor, o alimente mi ego... no se, pero alivia un poco el tedio que siento aquí sentado.

Me siento tan inútil, tan amarrado, tan poco lúcido e inspirado, produciendo tan al mínimo, que no se si vale la pena que esté acá. Se me nota el paquidermismo del accionar. Es un abandono cómodo y cínico, la sociedad tiene la culpa de todo y yo sólo soy el transeúnte que se deja atropellar.

No se qué estaría sintiendo Andrés Caicedo exactamente cuando se dejó morir… pero si era un autocrítico inclemente y un autocompasivo compulsivo su final no podría ser otro.

Igual me pasa a mí… y el final no puede ser otro, es decir, no porque me suicide, no quiero, pero el tedio igual me va matando. Me acostumbré a vivir por inercia y sin escrúpulos. El cinismo es mi guía y el sufrimiento mi bastón. Prefiero no darle rostros a los nombres ni nombres a los rostros. Me aterra el mundo pero más me aterra el espejo. Y miro al mundo para dejar de mirar al espejo… y me consuelo. Siento un latir que ahora me resulta extraño y que más que prolongar mi vida prolonga mi agonía. La contradicción me nutre cada día de dudas y las dudas de certezas efímeras que mañana serán nuevas dudas. La verdad es la verdad si me conviene. Todo lo demás es mentira. Pero cada día me conviene algo distinto o nada me conviene. Todo es mentira. La pasión me motiva pero me reta. Y ya no se asumir retos. Huyo. El letargo es una cama inmensa en la que muero cada día enfermo de mi mismo.

Toqué fondo… raspé la olla de la depresión… confundo aquí lágrimas, mocos y un pulsar defectuoso en las teclas que me hace devolver una y otra vez. Busco el dolor en los errores del pasado, en el sentimiento presente y la incertidumbre del futuro. Pienso en todo lo que pudo haber sido y no fue… aquí sólo, por voluntad, como si estuviera en una cuarentena autoimpuesta para no pegarle a nadie este sentimiento tan rancio que llevo dentro.

Quiero encontrar mi cordura. Siempre creí que la locura era la esencia de mi felicidad. Pero ya no la soporto. No se si porque los años ya empiezan a entrar a mi vida con fuerza o porque ya me he hecho el daño suficiente. O las dos.

¿Y qué? Sigo pensando en el mismo país de gobierno paraco y oposición guerrillera. Sigo sufriendo por una mujer a la que le quiero entregar mis mejores años cuando ni siquiera he tenido años buenos. Además se los he empeorado a ella y a otras más. Sigo aquí sentado buscando el sentido de mi vida cuando ni siquiera se si la vida tiene sentido. Sigo buscando mi identidad y la de un país sin identidad, sin amor propio, sumiso y tonto como este que le sigue comiendo a los de arriba las migajas asquerosas que dejan caer al piso.

Quise ser un guerrillero y la guerrilla se volvió narcotraficante. El narcotráfico siempre nos amargó la vida y nos buscó el quiebre como familia y odio el narcotráfico. Luego, no pude evolucionar con el “ideal” guerrillero. Quise ser líder y no me sigo ni a mi mismo encerrado en mi habitación porque el sol hiere mis ojos y la lluvia moja mis ideas. Detesto el hedor maluco de la cama que me acoge como refugio… y ahí voy, esperando a que este cuento se acabe y encuentre desenlaces en las contingencias que no manejo. No quiero manejar ¿Quién me botó a este sitio? Yo nunca lo pedí y lo peor es que nací “privilegiado”. Buena familia, buen estudio, buenas cosas… y soy “privilegiado”… pero es que yo no quiero estar acá. Porque es que acá se sufre y se hace sufrir. Soy mentiroso porque soy egoísta y quiero tener todo y no perder nada, sólo en la medida en que la pérdida no me haga sufrir. Soy egoísta por no querer sufrir pero no quiero sufrir porque yo no elegí estar acá. Y en esa huída voy dejando sufrimientos regados con mentiras descubiertas ¿Soy un mal tipo? Quizás, como el futbolista que es mal futbolista porque no le gusta y no sabe jugar. A mi no me gusta y no se vivir. Pero el futbolista puede dedicarse a otra cosa. En cambio el vivo no puede renunciar a la vida. O si puedo, como hizo Andrés, puedo, pero no podría soportar la culpa de ver sufrir desde dónde sea que vaya a los que querían verme vivo. Además he dado vida, eso me compromete.

Y entonces, en mis elucubraciones de días y noches de ocio, me imagino el destino de lo que le de sabor a mi vida. ¡Qué viva la lucha social! Pero… ¿Con cuál sociedad? ¿Una manada de idiotas útiles que no han entendido el sentido de la opresión y lo malo que es estar abajo? ¿Una horda de desadaptados buscándose el día a día cómo sea? Admiro la crudeza de Fernando Vallejo y detesto su escandalosa homosexualidad. Pero es un marica francote. Entiendo perfectamente por qué renunció a la nacionalidad colombiana y por qué ahora la quiere otra vez. Este país es una mierda. Pero es una mierda apasionante. Con todo lo que pasa yo no podría dejar de ser colombiano. Si la vida me da tedio tal cómo viene, qué haría yo en un país sin mayores sobresaltos. Acá hay tanta estupidez y sevicia juntas, incluidas las mías, que un noticiero es una ventana a lo macabro. Masoquismo lo llamó el marica Vallejo. Soy masoquista, pero le huyo al sufrimiento proveniente de otros. Paso la vida escupiendo palabras de odio contra la vida misma. Y es que no le encuentro el sabor a esto. Que hay que trabajar… bueno, bien… yo quiero trabajar, pero para eso, que en últimas es maluco porque encasilla la vida en una rutina mortificante, hay que lamber por lo menos un par de zapatos, ponerse rodilleras y agachar la cabeza para hacer algo “digno”. Y no es una elección complaciente. Hay que trabajar porque hay que producir, porque hay que vivir de algo… ¿Y por qué tengo que hacer todo eso si yo ni siquiera quiero vivir? ¿Por qué tengo que responderle a las fuerzas cósmicas que me pusieron acá sin mi consentimiento? Gracias a la vida que me ha dado tanto… es que yo no he pedido nada… y sin embargo, estoy acá, viviendo, buscándole un sentido a esto…

Al diablo Choprá, Rizo, Cohelo y todos esos enmielados de la vida bella. A mi la vida me parece una porquería por más que digan que todo puede estar mejor y que todo pasa por la mente. Pues mi mente está podrida y no veo nada que me haga cambiarla. Que el día soleado. A la mierda el día soleado cuándo nos estamos achicharrando por cuenta del calentamiento global. Que la reflexión que producen las gotas de lluvia. A la mierda las gotas de lluvia y qué reflexión ni qué nada cuando ve uno en las noticias la gente durmiendo en camas que flotan sobre las inundaciones que arrasaron sus cultivos y que los tiene aguantando hambre. La vida es una mierda y todo lo que contiene. Los que viven bien son pocos y viven sobre la miseria y la vida de asco de la gran mayoría. Que confiemos en Dios que estos son pruebas de Él. Qué confianza y qué pruebas. Si ese man existe debería dejar de ser tan sádico con sus criaturas. O es que uno se inventa una cosa para hacer sufrir a todo el mundo y no le da ni un poquito de remordimiento. “Hay no, que eso es el libre albedrío…” qué libre albedrío ni qué maricadas, cuando el pobre empleado público se tiene que aguantar las humillaciones de un jefe déspota para no perder el ingreso paupérrimo que recibe cada mes ¿Qué libre albedrío hay ahí?… Dejémonos de falsedades y vanas ilusiones. Los que viven bien lo hacen encima de la miseria de la mayoría. A los miserables no les alcanza para leer a Choprá, Cohelo o Rizo. Pero sí les alcanza para ir donde un pastor evangélico a que les diga que todo son pruebas de ese Dios mercantilista que enriquece a los vivos y empobrece a los bobos. Se cogen de las manos y gritan y hacen alabanzas en su más inocente ignorancia y todo está mejor porque Dios los escucha. No, Dios tiene secretarios que se quedan con la plata y le esconden los informes mientras a él le rozan los pies las olas en la playa del cosmos con un coctelito de piña celestial.

Que soy un resentido. Sí, lo soy. Me resiente estar en un sitio tan asqueroso como el mundo, en un país tan asqueroso como Colombia, rodeado de gente tan asquerosa como los colombianos y ser tan asqueroso como todo lo que me rodea. Ay, que soy un apátrida. A la mierda la patria cuando el gobernante es un paramilitar descarnado que tiene amigos paramilitares descarnados que hacen política paramilitar y están recluidos esperando a que les limpien todas sus culpas por cuenta de una ley paramilitar que expidió un congreso paramilitar. Y la gente, el pueblo, esa manada de idiotas útiles y horda de desadaptados escarba en la tierra para encontrar sus muertos y se desmayan cada vez que oyen lo evidente. Que un paramilitar torturó, mató y descuartizó a un familiar cercano y en poco tiempo va a estar tomando licor en la cantina de donde sacaron al finadito pocos minutos antes de que fuera finadito. Salvajes en el poder e idiotas en el pueblo. Oposición de cafres narcotraficantes que mancillaron las banderas de la revolución, mal llamados guerrilleros. Porque la guerrilla es otra cosa. Y donde aparezca alguna real, allá me voy. Pero estoy tranquilo porque esos no van a aparecer. Que los colombianos somos unos berracos. Algunos sí, pero pocos acá y muchos se van. ¿Por qué? Pues porque este país es una mierda. Porque no le da oportunidades reales a la gente buena a no ser que coincida la capacidad con la oportunidad. Yo trabajé en la “mejor” entidad del Estado. Qué porquería. Contratos sin prestaciones ni seguridad ni nada en una ficción laboral para ahorrarse lo legal. Y eso es el Estado y su “mejor” entidad. Farsantes mentirosos. Y un discursito cursi de que todo está bien y que trabajamos para superar la pobreza cuando no son capaces ni siquiera de corregir lo básico, la honestidad con los propios trabajadores. Y llevan a otra entidad, semiprivada y semiservil a que les diga que todos los papelitos están bonitos y que están “certificados”. Certifican lo malo para que parezca bueno y así se genera un manto de impunidad propio de las dinámicas estatales de este país de mierda regido por un gobierno de paramilitares disfrazados a medias de pueblo. Ese pueblo, esa manada de idiotas útiles y horda de desadaptados.

Y no digo todo esto porque me sienta superior, no. Me siento del montón, igual de idiota y desadaptado. Igual de colombiano. Y como ser humano… bueno, no puedo negar que me gustan las cosas buenas. Soy esencialmente hedonista. Busco el placer, evito el dolor. Pero he descubierto que el hedonismo es una paradoja. No alcanzaremos el placer sin dolor y viceversa. Por ejemplo. El sexo es placentero pero el amor es doloroso. Y en mi caso, el sexo sin amor es doloroso. Y el sexo con amor… no sé qué es. He desperdiciado tantas oportunidades para amar. Es más… he pervertido el amor y lo he malgastado que ya no se qué me queda. Me he inventado cuentos de perfección desperdiciando lo bueno que tengo a mi lado. Y dejo ir lo bueno siendo malo y luego consigo algo bueno y sigo siendo malo y busco lo bueno que se me ha perdido y lo bueno ya se ha vuelto malo…y yo, sufriendo y haciendo sufrir, un hedonista estúpido que busca el dolor y no disfruta el placer. Porque el placer hunde sus raíces en la satisfacción y el disfrute de la vida. Y yo no disfruto este cuento ¿Cómo darle la vuelta a esta sensación? No voy a leer ni a Choprá ni a Cohelo ni a Rizo. No voy a buscar un pastor evangélico.

Voy a vomitar mi odio en estas teclas sucias y voy a maldecir cuanta porquería se me atraviese. Qué rico gritar con las ventanas arriba que todos los taxistas son unos malparidos. No oyen, como nadie me va a oír esta sarta de maledicencias… pero sigo pensando y siempre pensaré que los taxistas son unos malparidos. Quizás la vida me esté llevando a ser taxista. O por lo menos, ya me siento un malparido más. Me levanto, me miro al espejo y pienso qué me espera en el día. Me va a crecer la barba, miraré el techo unas nueve veces, daré unas cinco vueltas al patio… me deprimiré y esperaré a que llegue la noche para que la vida se me vaya una vez más. Con suerte prenderé el televisor en un partido europeo y podré brincarme a Jota Mario y su carita de yo no fui con esas ínfulas de altruismo reforzadas por el padre Chucho que canta con una voz tan desafinada como su alma. Pornomiseria. Lleva a pobres ovejitas al matadero del escrutinio público en un programita que se llama “Abre tu corazón”. Ese si es el más malparido de todos. Esa porquería se debería llamar “Abre mi morbo para subir el rating”. Ese es otro de los que se queda con los informes para Dios y los capitaliza en la caja maldita de la televisión. Ah vida de mierda. Ah malparidos todos que me rodean y que malparido me he vuelto. Por lo menos yo sé que soy un malparido y lo acepto. Pero a los otros malparidos el padre Chucho los convence de que son criaturas de Dios y que pueden seguir siendo unos malparidos… pero públicos, porque su miseria ya ha sido expuesta en nuestra tele. Yo seguiré siendo un malparido anónimo.

Y cuántas veces me han criticado por no ser sumiso, “práctico”. Libre albedrío… pues a mi se me da la puta gana de mandar a un jefe para la mierda si creo que sus actuaciones van en contra de mis principios. Ese es mi libre albedrío. Sí, estoy sin trabajo, pero todavía tengo mi “libre albedrío”.

Andrés Caicedo cedió en una de sus “torcis” ante la parca. Por acción o deseo dejó de existir. Yo me he llenado de tanto rencor patrio, de odio a la tierra y sus personas estúpidas y serviles, de camas imantadas y letargos profundos, que la vida para mí está por fuera de la cama. No le llamaré muerte sino exilio. No renunciaré a la vida pero sí a la tierra. No sufriré más por un país de mierda que no me merece, quizás como esta vida de mierda no merecía a un genio como Andrés Caicedo.


FIN.

viernes, 11 de junio de 2010

Neruda me perdonará...


No recuerdo quién me habló de Neruda por primera vez. No recuerdo bien si me dijo que su nombre era Pablo. Estoy seguro de que no me dijo que nació con el nombre de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. De él sólo sabía que era chileno, que murió días después del golpe de la dictadura militar y que era un gran poeta. No más.

En 2001, cuando me estaba separando de mi esposa (hoy ex esposa), en medio del dolor insalvable y profundo, desgarrador y constante de la ruptura y sus causas, en el asilo y el refugio de la depresión en el apartamento de mi hermano Luis en Montreal, Canadá, recordé un par de frases de dos de sus poemas más famosos, sacados de “20 poemas de amor y un canto desesperado”. Unos trocitos del poema 20 y del poema 15. No sabía que eran los poemas 20 y 15 y mucho menos que salían de ese libro. Sólo recordaba con una insistencia torturadora esas dos frases que me laceraban el alma: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” y “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”. De la primera frase me burlaba, no creía que él pudiera escribir versos más tristes que yo y menos esa noche, mi oscura noche. Y se lo hice saber. De la segunda, no entendía por qué le podría gustar que alguien calle, porque “está como ausente”, cuando la ausencia de alguien, de ese alguien, en ese momento, me estaba matando a mí. En este caso, se lo hice saber a ella.

Abusé de que Neruda estaba muerto y de que ella estaba ausente para escribir dos textos sacados de las vísceras rotas y hechas mazacote entre mi pecho y mi espalda. Asumí que los lectores, Neruda y ella, supondrían que yo conocía la extensa obra de Pablo y que podría abusar de ello para colgarme de sus versos y vomitar mi dolor. Y lo hice. Y ahora me confieso. Sólo conocía esas dos frases de Neruda, del que sólo sabía tres datos... y dos frases.

Hoy, junio de 2010, después de visitar sus tres casas en Chile, “La Chascona” de Santiago, “La Sebastiana” de Valparaíso e “Isla Negra” en el litoral central, de comprar y leer dos de sus libros, "20 poemas de amor y un Canto desesperado" y “Confieso que he vivido”, e incluso, atreverme a indagar sobre el enigma de Malva Marina, su hija, me animo a publicar esos dos textos que escupí de mis entrañas adoloridas en 2001, abusando de su existencia y burlándome de su inexistencia. Hoy le debo mi apología que hago letras. Neruda me perdonará. No era un santo tampoco.

Charla muda con Neruda.

Alguna vez leí un pequeño fragmento en el que Pablo Neruda rezaba melancólico “Puedo escribir los versos mas tristes esta noche....” Creo que si Pablo Neruda me hubiera conocido habría escrito: “Él puede escribir versos mas tristes que yo, esta noche…”.

Pero bueno, nunca conocí su tristeza y él tampoco la mía, luego, él con su tristeza y yo con la mía. Al final cada uno con sus versos.

Lo único que sé, es que para mí la noche es un puñal que me entierra el filo de las estrellas con cada destello. Para mí, las estrellas fugaces ya no son mensajeras de deseos románticos en las noches despejadas. Para mí, son un disparo de rabia directo al alma que trae los recuerdos de la noche más larga y oscura de mi vida…mi propia vida.

Pero bueno, no es culpa de las estrellas y de la noche el dolor que me embarga. No es culpa de las nubes que cubran su espectro titilante y se vayan sin siquiera despedirse. La verdad, no es culpa de nadie… y es culpa de todo. “Es sólo la vida” dirán Borges y Benedetti sonriendo con la ironía de quien ya habría soportado mil muertes desde la primera hasta la última. Para mí es sólo el comienzo….y más que tierra… me cayó mierda.

Pero bueno, no pasaré mis días maldiciendo a las nubes, la noche o las estrellas. Tampoco a tu silueta dibujada en la luna opacada por la lluvia. No voy a maldecir nada…sería maldecir mi vida y más maldita no puede estar. Por eso, tan solo sonreiré de delirio victorioso por haber soportado mi primera muerte.

Algún día recordaré los versos más tristes de esta noche y me daré cuenta de que Neruda se equivocó en la inocencia de ignorar que tan sólo iba por alguna de sus primeras muertes ¿¿¿Que habrá escrito en la noche más triste de su vida??? Habrá callado arrepentido de pensar que creyó haber escrito los versos mas tristes en una noche quizás feliz para el total de sus amargas noches…. Por lo menos le quedó algo de inspiración aquella triste noche… pero en su noche más triste, seguro su mano ya no pudo soportar el peso de la pluma.

Sólo espero ahora, que en la noche más triste de mi vida, aún mi mano pueda soportar una pluma para decir, “Puedo escribir los versos más tristes, ahora sí, esta noche”…esa será mi última muerte.

¿Me gusta cuando callas?

“Me gusta cuando callas por que estás como ausente…”
Escribía Neruda, quizás pensando en ese silencio
que da paso a la mirada de una mujer que vuela hacia el infinito,
hacia la nada, y que en su vuelo recorre el campo
de los recuerdos gratos y la melancolía de los
momentos indoloros, dando paso a una sonrisa furtiva
que se desvanece de tajo y de repente con la realidad
inmediata.

Quizás evoca esa mirada de la mujer amada mientras
divagaba en su papel y la nostalgia.

Pero por lo menos él pudo cortar el paisaje de esa
mirada con su presencia, y quizás, en un abrazo perpetuo,
se unió a sus alas para estar ausente de ese lugar,
pero en vuelo eterno.

Pero a mi no me gusta cuando callas… porque en realidad…
estás ausente….

domingo, 30 de mayo de 2010

Entrada de Bienvenida a mi nuevo blog: luchasjustas.blogspot.com

En mi blog Calma, quietud y tribulación, me permití añadir unas entradas de tintes políticos, clamores colectivos que yo hice míos para convocar una solidaridad que fue y ha sido evidente, grata, motivante.

Pensé que una vez ganáramos las elecciones presidenciales de 2010 con Antanas Mockus, lo que daba por descontado en mi infinita ingenuidad de creer que en Colombia hay más pueblo soberano que élite dominante, volvería a la imaginación literaria, a la crónica y quizás a una que otra obra de satisfacción, haciéndole seguimiento a un cambio en la sociedad que vería desde mi exilio voluntario en Buenos Aires.

Son las 2:33 de la madrugada en Buenos Aires y las 12:33 a.m. en Colombia. Acaba de culminar un día nefasto para la democracia, para la autodeterminación del pueblo colombiano, para la esperanza de un grupo creciente de personas que cree en una sociedad más justa, con unas élites más dirigentes, un pueblo menos oprimido y una estructura social más equitativa e incluyente. Pero no, no fue así. Ahora, yo, péndulo entre la rabia y la tristeza, arrastrando desconcierto y desolación.

En cualquier caso, a pesar de los fraudes evidentes ya denunciados por la Misión de Observadores Electorales que descubren la compra de votos desde las uestes oficialistas, esas mismas que representan en la política a ese grupúsculo que acapara la riqueza y el poder, siento que la mayor responsabilidad de esta derrota recae en el pueblo, en la sociedad, en ese grupo amplio de personas de la base que se someten y someten a toda una Nación por acción u omisión. Es incomprensible que alrededor de un 51% de votantes no hayan ejercido su legítimo derecho al voto. Yo mismo no lo hice pero porque median 5 países entre mi mesa de votación y yo, sin una tutela que me hubiese abierto la posibilidad de votar. Y fui activo, políticamente activo. La apatía es un cáncer que se traga la estructura de una sociedad justa. La democracia se ha convertido en una herramienta más de la clase dominante que además legitima todas sus acciones mientras los cómplices pasivos de su accionar se quedan en sus casas durmiendo, viendo fútbol, burlándose de “la gente que vota” o qué se yo.

Ahora percibo mi exilio como una necesidad, como una plataforma de acción política que debo explotar con un impacto desconocido pero cierto. Este nuevo blog no busca convocar sólo opinión, sino también acción. El bosque se ve más claro desde afuera y las guerras no se planean sobre el terreno sino sobre los mapas. Mi apuesta en este blog es sentar una posición política estructurada, formada con quienes quieran intervenir para ponerle seriedad al cambio, que me den su aporte desde mi país y desde otros puntos del planeta. Los resultados en los que confiábamos iban a ser más esperanzadores, pero no fue así. Ahora se tiñe de nuevo un panorama de gris plomizo, con una nueva mafia en un renovado poder.

Acá, prescindiré del estilo. Acá trataré de ser más claro y directo. La literatura se quedará en Calma, quietud y tribulación para permitirle a este espacio una interacción más clara en función política, en buscar alternativas de acción, de generar una revolución de ideas que se pueda materializar en una revolución real que nos permita recuperar al país de las garras de las élites que no lo quieren soltar.

Sí, este es un espacio subversivo y revolucionario, abierto a las ideas de cambio con un fin específico. Construir una estrategia de acción que nos permita recuperar el país de las mafias, los mafiosos, los pícaros y sus picardías. No se considera la violencia como una alternativa pero sí la radicalidad de las ideas y su ejecución.

Acá no son bienvenidas las FARC ni sus acciones. Acá no es bienvenido Chávez y su injerencia indebida sumada a su megalomanía demencial. Acá no es bienvenido quien acepte la muerte de otro colombiano como algo legítimo para alcanzar el poder. Acá espero ansioso a este grupo de compatriotas descubierto por todo el mundo y en mi propio país, dispuestos a lograr un cambio hacia la ciudadanía y la convivencia pacífica. Pero espero ideas innovadoras, agresivas, creativas para lograr recuperar lo que es nuestro. La justicia social y la equidad no sólo son derechos. Es obligatorio procurarlas. El compromiso, así fuere solitario entre mí y mis escritos, será el de recuperar la democracia para el pueblo. Esta es una ventanita subversiva porque va en contra de un régimen corrupto, pero a la vez constructiva porque le quiere devolver ese régimen más que a la legalidad, a la ética, porque es claro que muchas leyes son sólo herramientas del poder para afianzarse a sí mismo.

Esta es una entrada improvisada de tres de la madrugada que sirve de apertura a una lucha perenne, persistente, consistente, denodada y que no tiene fecha de vencimiento. Terminará cuando las élites corruptas dejen de utilizar las herramientas de la democracia para su propio beneficio, cuando el Estado represente los intereses de la sociedad y cuando el ciudadano cobre más valor social que el mafioso. Ese día, habremos cumplido. Entonces bienvenidos y bienvenidas. El camino será largo y tortuoso, pero los resultados seguramente irán marcando una ruta de satisfacción inmensa. Gracias por estar ahí… así este mensaje se quede para mí sólo. Todo bien. Acá está quien quiera estar y se puede ir quien disponga que es lo correcto. La libertad está en hacer. Y este es mi pequeño aporte.

jueves, 27 de mayo de 2010

Algunas veces...


Algunas veces, cuando creo desfallecer y el paisaje se me torna sombrío a pesar de los faros encendidos, trato de imaginar versos en mi mente que logren destilar un trocito de poesía. Quizás, porque de niño leí la poesía de Miguel Hernández y algunas melancolías de Benedetti, se me quedó clavada la sensación de que la poesía y la tristeza son dos hermanas siamesas unidas por el corazón, que a pesar de la adversidad, se mantienen vivas en su relación simbiótica, y sin quererlo, me dan vida a mí.

Imagino las palabras y las rimas y me doy cuenta de que no siempre las palabras que riman son las que queremos expresar. Entonces, prefiero divagar y prescindir de la rima, dejar que simplemente mis dedos bailen en el teclado haciendo piruetas incoherentes que le den sosiego a mi espíritu brioso. Dejo venir en cascada la añoranza, el anhelo, la nostalgia y todas esas imágenes que exacerban mis entrañas para recordarme que ser humano es la primera condición para que el sufrimiento se ensañe con uno.

Elaboro mi vida una y mil veces en mi mente, dejo fluir las culpas y los remordimientos como una bola que rebota contra las paredes internas de mi piel, asegurándome la atención de todos mis nervios sensibles. El corazón se cubre la cabeza ante tanto garrotazo y la mente mira para otro lado sin querer protegerlo. El alma baila embriagada mientras los recuerdos disparan en revolución sus arengas reclamando ese espacio que tantas veces les cohíbo para no sentirme así, desolado.

Entonces, me encuentro sólo, con este papel desafiante que me pregunta si por fin podré hacer rimar amor con dolor. Le respondo que esa rima ya me tiene aburrido, porque usualmente las alterno con otra rima disonante. Me pregunta por más rimas y versos y sólo le digo que para mí la poesía es prosa que me acosa en fuego efervescente de palabras que no me salen porque no terminan igual. Qué hago si no me riman el desespero, la distancia, la añoranza, el amor furtivo, el amor perdido, el error, la equivocación, el daño, el dolor, la soledad… nada de eso me rima con bohemia y vino.

El papel se burla y yo lo ignoro. El pasado huye y yo lo añoro. Dejo que la brisa fría del otoño juegue con mi pelo en el balcón de un quinto piso porteño. Entono con voz suavecita esa canción de Silvio Rodríguez: “imagínate, que desde muy niño, te llevaba flores, te daba mi abrigo, imagínate, que soy el amigo, de tu mismo grado, que lleva tus libros…” y recuerdo ese pantalón corto de la primaria, ese ariecito fresco de la mañana en Bogotá esperando el bus en la otra acera de la de esa niña a la que nunca le hablé.

Me es imposible evitar un suspiro profundo, profundísimo, mirar al cielo despejado pero sin las estrellas ya opacadas por las luces de Buenos Aires y exhalar al cosmos mi vaho humedecido por la escarcha de los años. Me siento tan trascendente para la sublimidad de mis cuitas y tan insignificante para las calles de esta ciudad porteña. Mis cuitas no pueden vivir sin mí. Pero estas calles… estas calles ni siquiera notan mi presencia en la ausencia o la multitud. Allí, soy un alma en pena vestida de ocre.

Cuando me doy un respiro sereno me ataca la melodía de Pablo Milanés: “Sábado al fin, terminé de estudiar te propongo un hermoso plan, que no dejes sin repasar, las canciones, el baile, comer algo en la calle y después por supuesto amar”… tarareo otra parte que no me sé, y continúo “Sacrifiqué la canción del final, con la idea de conseguir, que ella al salir disfrutara un lugar y una pizza para seguir”. Y sigo tarareando el resto que no me sé y descubro que de las canciones sólo guardo su melancolía.

Algunas veces, cuando creo desfallecer, cuando la piel se me pone al revés y hasta la brisa me duele, algunas veces, cuando no procuro parar el mal del sufrimiento y lo dejo atacar sin piedad ni consideración, algunas veces, cuando salgo al balcón para recordar que la amargura me ha sorprendido a las tres de la madrugada congestionado por las lágrimas, los mocos y el sudor, recuerdo que está este maldito papel en blanco que me reta y se burla. Pero siempre, al final, deja que lágrimas, mocos y sudor, reposen en su regazo… para siempre.


FIN.

lunes, 24 de mayo de 2010

Por qué no voto por Juan Manuel Santos

Aunque parezca producto de la mente de un JJ Rendón verde, que no lo soy, y que no tengo el poder para serlo como párvulo refugiado en un blogcito de difusión gratuita y restringida, si voy a decir abiertamente por qué no me gusta la figura de Juan Manuel Santos para que sea presidente de Colombia. Trataré de hacerlo de una forma objetiva y desapasionada, aunque sé que no lo voy a lograr porque es que de verdad el tipo me cae mal. Evitaré apelativos como “Chuky”, “Grinch”, “Santo Positivo” o cualquiera que ataque la desagradable apariencia física de este ser… do.

Voy a empezar por el final: A mi no me gusta la gente que se alegra con la muerte de otro ser humano. No voy a negar que sentí alivio cuando dieron de baja a Raúl Reyes. Porque ese era otro que se alegraba con la muerte. Y aplaudí al Gobierno por el operativo, porque sé que consultándole a Correa todavía andaríamos detrás de él para pedirle el favor de que por lo menos le sacara la lengua en territorio ecuatoriano. Y él no lo hubiese hecho. Me molesta es toda la política generada alrededor de los estímulos para dar caramelos por muertos y el desprecio tan grande por la vida que este estúpido experimento suscitó.

Los grandes demócratas de la historia, han visto a la muerte del enemigo como un mal necesario en la procura de fines superiores de la sociedad. Pero un mal. Y el grueso de los muertos en nuestra guerra no son como Raúl Reyes. Son unos muchachitos sacados de sus casas a la fuerza cuando no han dejado de ser niños, bajo presión y en contra de su voluntad que les dan un fusil a las malas y les ordenan matar so pena de su propia muerte o la de sus familias. Creo que el merito real de un demócrata está en sacar a estos jóvenes de la guerra vivos, no muertos. No mostrando cómo aparecen sus botas ensangrentadas saliendo de unas bolsas negras horribles mientras todos los que están vivos se abrazan jubilosos como si esto fuera una cacería de bestias. No, ese país no me gusta, y el estratega que lo pinta así, tampoco.

No comparto el ideal guerrillero, o mejor, su falta de ideales. Mucho menos comparto su forma de proceder y de torturar a todo un país secuestrando, matando, extorsionando, y todas las porquerías que hacen. Son despreciables como se les mire. Pero la brutalidad no se puede atacar con brutalidad. La brutalidad se ataca con inteligencia, y a todas luces, Santos no es un tipo inteligente. Es instruido, educado y tiene más cartones que la casa de Lupe, una desplazada que vive en “el paraíso” arriba de lucero alto. Pero no es inteligente. Un tipo inteligente daría incentivos por pacificar, no por matar.

Matar es fácil, más si se tiene un fusil para hacerlo. Pacificar requiere de más sesos. Qué tal si a un comandante de división se le dan estímulos por reducir los combates en su zona, por cartas de gratitud de la comunidad que protege, por actividades que le procuren cariño y no miedo. Qué tal si se incentivara al Coronel que sea capaz de disuadir a un grupo de muchachos guerrilleros para que se desmovilicen y sean productivos en el bando de la legalidad. Qué tal si los muertos fueran la última opción y no la primera. Sencillo, habría menos muertos y más vivos. Pero si a un general le dan caramelos, medallas, vacaciones, viajes y prestigio a cambio de muertos, muertos se tienen. Porque si uno corrompe la cabeza de ahí para abajo todo se corrompe. El General premia al Coronel, el Coronel al Capitán, el Capitán al Sargento, el Sargento al Cabo, el Cabo al soldado y ya… muertos elevados a la potencia “n” tenemos.

¿Y si no podemos matar guerrilleros? Fácil, nos inventamos guerrilleros. Cogemos al hijo de la señora Lupe que es medio tránsfuga, le ofrecemos un puesto en Ocaña, lo emborrachamos y lo matamos. Vamos a donde mi General, él nos da un fin de semana de permiso y una platica y mi General queda bien con mi Ministro de Defensa ¿Y doña Lupe? Doña Lupe no importa, para eso tiene hartos hijos y le damos platica de “Familias en Acción” por seguir preñándose irresponsablemente ¿Y el Ministro que diseñó todo esto? El Ministro ahora es candidato presidencial con grandes posibilidades de ganar y no le ha dado nunca la cara a doña Lupe así doña Lupe lo busque para que le de una explicación. Aparte de que no le da la cara, le manda a decir con su señora esposa, que si no vota por él, le quita el subsidio de Familias en Acción.

Y doña Lupe sólo piensa: “me tocará votar por el Santos porque o si no me quedo sin el “suicidio” de Familias en Acción”. Y ya, Santos tiene hasta el voto de doña Lupe a pesar de que él diseñó la estrategia que terminó con la vida de su hijito tránsfuga, el que más quería, porque o si no, no podría mantener a sus otros 5 hijos que le dan platica con los “suicidios” de Familias en Acción. Esto si es ganar por punta y punta, pero no me vengan con que es inteligencia. Esto es astucia, hasta “picardía” es.

En cualquier país maduro esto tendría una responsabilidad política que debería asumir un personaje político. El endiosamiento de Uribe lo inhibe a él de asumir cualquier responsabilidad. Así sea evidente su responsabilidad directa, como con las interceptaciones ilegales del DAS. Pero uno por lo menos esperaría, como ciudadano, que el Ministro de la cara. No sólo no dio la cara sino que quemó a más de 10 generales y un sinnúmero de oficiales sin el debido proceso, algunos de ellos sin responsabilidad alguna y se los tiró a los leones de la opinión pública y la justicia como cualquier emperador romano en problemas. Y aún hay quien piensa que las Fuerzas Militares “lo adoran”. No, no es cierto. El resentimiento que genera Santos en los soldados honestos de la Patria detrás de bambalinas le haría casi que ingobernable el país. Un mito más desvirtuado. Esto sin contar a todos los generales de la policía que quemó injustamente para poder subir a Naranjo, escudado en otra evasiva de su responsabilidad cuando se empezaban a destapar las “chuzadas”.

Otra cosa que no me gusta de Juan Manuel Santos es su “camaleonismo político”. A simple vista se nota que no es un tipo de estructura y principios. Es un político ávido de poder. Ha servido a dios y al diablo con tal de no perder vigencia.

Made in USA, privilegiado de los pocos que podían estudiar fuera en los 60´s, no regresó de Harvard a Colombia. Mejor se fue para Londres a representar a los cafeteros colombianos cuando en la vida había visto un palo de café. Quizás acá esté aflorando mi resentimiento social de lumpen. Entonces no diré más al respecto.

En todo caso llegó a Colombia a principios de los 80’s para hacer una carrera periodística corta en la que admiró profundamente a Antanas Mockus, para luego meterse de cabeza en la política desde la que despreció y ha despreciado a Antanas Mockus por no ser un político tradicional y que más bien le parecía un payaso simpático.

Fue Ministro de Gaviria, de un Ministerio sospechosamente creado para él. Fue el primer Ministro de Comercio Exterior. La apertura económica de Gaviria dejó a mi tío que fabricaba camisas en Pereira en la absoluta quiebra y sin ningún respaldo del Estado. Quizás acá también esté brincando mi resentido de lumpen. Después, Santos pasó al partido liberal de codirector, esperando para dar el zarpazo durante el Gobierno de Samper. Ante la ingobernabilidad de éste, que se vendió a los narcos para ser Presidente, dicen, no me consta, que le quería hacer el cajón al bojote junto con unos militares y otros paramilitares para tumbarlo. Qué lindo. El mismo Samper lo dice y las mentiras entre mentirosos resultan creíbles.

Como no pudo dar el zarpazo por la resistencia del serpazo, prefirió ser precandidato. Pero como tenía más fuerza un Topolino modelo 70 sin reparar, prefirió desistir para seguir viendo a qué árbol se arrimaba. Ganó Pastrana la presidencia en el 98 y lambió y lambió y lambió y lagartió y lagartió y lagartió hasta que por presión política Pastrana lo nombró Ministro de Hacienda en el 2000. De él sólo recuerdo el impuesto del 2 por mil en las transacciones bancarias que ahora es 4 por mil para superar una crisis de los bancos. Ahora, que los bancos están bien, yo no veo que me devuelvan esa platica por las utilidades monstruosas que presentan. Y el impuesto sigue.

Después, Uribe… y me da pereza contar qué pasó. Además todos lo vimos en vivo y en directo. La carrera política de Santos se resume así: Con Gaviria se volvió gavirista, con Samper se volvió oportunista, con Pastrana se volvió pastranista y con Uribe se volvió uribista. Ahora sólo es Santos y como no es nada de lo anterior, sólo es un político vacío de contenido y lleno de soberbia acumulada en estos 20 años.

Juan Manuel Santos es el típico camaleón político que se para encima de la cabeza de sus amigos y enemigos para obtener el poder. Es producto de unos medios que él controla o que controla su papi o su primis o su tío. Es el típico representante de una élite recalcitrante que nos ha tenido del cuello durante los últimos 200 años. Es el típico representante del maquiavelismo que avala que el fin justifica los medios. Y el fin es su poder al que ama con absoluta pasión, pero por el poder mismo, por nadie más. Por el gusto de sentirse poderoso. Y el poder lo siente dirigiendo tropas al combate, que le lleven en canastos la cabeza de sus enemigos y jugando al Mariscal mientras gana guerras que se inventa.

No me gusta Santos porque es la representación de la continuidad, lo que asume con cinismo. Del Úberrimo a El Tiempo todas son granjas y todos somos peones. Son capataces que nos dicen cuáles son los principios que debemos respetar así ellos mismos se los pasen por la faja cada vez que se les da la gana. Son patrones, pero no son líderes. Son mandoncitos, pero no saben mandar. Son arrogantes y les gusta sentirse así. Me refiero a Santos y a su estirpe de guerreros fabricados en Harvard, Oxford e intermedias.

Y por último, lo que no me gusta de Santos son los santistas. Pero no los que votan coaccionados porque les van a quitar el “suicidio” de “familias en acción”, esos me dan pesar. Me refiero a los santistas de pura sepa.

Vi un letrero en el Facebook de una compañera de la universidad que encaja dentro del perfil santista o como yo me imagino el estereotipo así: “ESTAMOS ELIGIENDO PRESIDENTE COMO SI FUERA LA MUCHACHA DEL SERVICIO: no sabe hablar, no sabe cocinar, no sabe lavar, no sabe planchar, pero es honrada!!!” con el consabido “ja,ja,ja,ja” subsecuente.

Me imagino a las señora de Urrea, de Urrutia, de Heinz, de Pombo, de Santamaría, de Ladrón de Guevara, de Santos y todos aquellas “de” que evitan mezclarse con el genoma chibchoide, muertas de la risa de esta “ocurrencia, ala”, mientras la pobre Lupe escuchaba lavando platos en la cocina, rezando para que no le fueran a quitar el “suicidio” de Familias en Acción. El juego de bridge en la que a la más “pila” de todas se le ocurrió eso, debió ser inolvidable.

Y así son la mayoría de santistas o por lo menos sus argumentos. Flojitos, agresivos, clasistas, peyorativos, pero sin fondo o consistencia. Que hay que acabar a esa “plaga”, pero uno no sabe si se refieren a la guerrilla o a los pobres. Que Mockus es como Chávez porque, porque, porque… no sé por qué… nunca lo explican. Que porque Mockus admira a Chávez. Prefiero a alguien que sepa tramar y amansar al mandril ese, que alguien que lo rete a pelear como varones o que le de en la cara marica. Que Santos representa la continuidad de Uribe, pero va uno a ver y los uribistas con ideales claros están o con Vargas Lleras o con Mockus. Los seguidores de Santos son esas elites genuinas o de levantados o “clase emergente” que llaman, que para entrar al club les piden el carnet del Partido de la U. Y a mi eso tampoco me gusta.

Si, lo confieso, no pude ser objetivo y mucho menos imparcial. Me cae mal Santos y lo que representa. Asumo los insultos, improperios, amenazas y hasta que me den en la cara maricas por pensar como pienso. Pero no me lo puedo guardar y menos aguantar. Menos ahora que el diario de mayor difusión en el país, El Tiempo, le está haciendo campaña en contra de cualquier criterio periodístico o informativo. Como yo no soy periodista, pienso y estoy en mi blog, gratuito y restringido, lo digo con claridad. No voto por Santos por nada, ni por los 40 mil que me dan si me agarro a escribir en la red ni porque venga hasta acá a ofrecerme Familias en Acción. No, gracias pero no. Comprendo a doña Lupe y que le toque hacerlo, pero sé que somos más los que no “tenemos” que hacerlo, entonces, YO, no voto por Santos. Me mamé de las picardías, los pícaros y los picarones y tengo resentimiento de lumpen. No y no. No voto por Santos.

lunes, 10 de mayo de 2010

No le pegues a tu hijo


Esto pasó en agosto de 1998. Y esta catarsis sólo la puedo procesar hoy, casi 12 años después. Quizás sea un drama menor. Pero en mi alma se ha enquistado como una tragedia mayor. Un padre primerizo actuando como una madre primeriza.

Inexperiencia total. Múltiples ocasiones de poner un pañal mal puesto, lo que se hacía evidente en la carita de un bebé incómodo, un hedor fatal y una masa acuosa y marrón escurriéndole por la pantorrilla. Decidí enseñarle a “controlar los esfínteres” a mi hijo que apenas sobrepasaba los dos años ¿Y cómo se enseña eso? No lo sé… nunca aprendí a enseñarlo.

Pacientemente le expliqué que si tenía “pipí o popó” me debería avisar diciendo sólo esas palabras mágicas. De esa manera, yo lo llevaría presuroso a la bacinilla que habría llegado al baño después de algún “baby shower” y no necesitaríamos más pañales. Ahorraríamos en dinero y él ya iría aprendiendo a ser un “individuo”. Él sólo repetía divertido las palabras “pipí y popó” y sonreía, pero sólo era porque le parecía gracioso, no porque hubiese aprendido la lección. Seguía en su juego y su mundo con el carrito, el muñeco o cualquier cosa que hubiese por ahí. Un niño disfruta con la misma avidez un robot de última generación, el más costoso, que un pedazo de trapo. Usualmente siempre disfrutan más el pedazo de trapo. Hacen de él todo lo que quieren que sea: Una capa, una cobija, un avioncito, un mantel, un gusano… mientras que el robot nunca deja de ser un aburrido robot. Lo dejé jugando y me fui a lavar algunos platos. Mientras escuchaba el agua correr, desde la habitación Nicolás me gritaba “¡Popóoooooooooooooooooo!” corrí para comprobar la genialidad de mi hijo. Todos creemos que nuestros hijos son geniales, o por lo menos, más inteligentes que nosotros. Cuando llegué para verlo, efectivamente, popó. Se escurría entre el pañal y su entrepierna. Lo tomé con el asco del caso y lo limpié. Lo dejé en pelota un rato y le expliqué pacientemente que las palabras “pipí o popó” las debería pronunciar antes y no después del reguero. Me miraba atento. Cuando yo decía pipí o popó, él se reía.

Seguí haciendo algunas cosas domésticas y él se quedó dormido en nuestra cama, la que compartía con mi esposa que ya no es mi esposa desde hace nueve años. Oí que se despertó porque siempre hacía un sonido gutural particular. Como si se rascara la garganta por dentro. Lo dejé que se desperezara y gritó ahora “pipíiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii” corrí a su lado, como estaba enpelotica, pensé que había mojado la cama. Tragedia. No, misteriosamente no se había hecho pipí. Corrí con él a la bacinilla y lo puse en frente. Orinó la pared, el piso y luego dejó caer una mínima parte en la bacinilla. Lo abracé, lo levanté y sentí una gloria inmarcesible y un júbilo inmortal. Mi hijo era un genio que había asimilado las instrucciones a la perfección. No más pañales y quizás estaba descubriendo un futuro icono de la cultura latinoamericana que aprendió a controlar sus esfínteres con poco más de dos años.

Ya creía que las instrucciones estaban bien asimiladas y que el pañal sobraba.

Mi esposa (ex esposa hoy), llegó a eso de las siete de la noche del trabajo. Con orgullo le conté lo que había logrado en nuestro futuro Bolívar, San Martín, García Márquez o que se yo, tanto genio latino. Ella sonrío, se sirvió alguna cosa maluca que yo había preparado tratando de mezclar arroz con huevo y alguna verdura para no ser tan básico en la cocina que sólo probó. Me preguntó si yo había pagado el recibo de alguna cosa que se me olvidó y discutimos. Siempre se me olvidó todo. Mi memoria es como la memoria de las calculadoras viejas. Si la reseteaste, cagaste, nunca más te vuelve la operación. Y yo vivía reseteado. Como diría el gran filósofo de la cultura grecochibcha, Andrés López, los hombres sólo podemos hacer una cosa a la vez. Y si yo cambiaba pañales, no pagaba recibos.

Ella sabía que entonces le correspondería ahora ir a un Cade y hacer una fila infernal para enmendar mi tonto error. De la discusión pasamos a la pelea. Nicolás jugaba y paró para mirar la gritería. Ella lo notó, bajó la voz, lo alzó, le dio un beso y todo volvió a la normalidad. Relativa. Pero con el rabillo del ojo me disparaba con esa desaprobación femenina con la que uno prefiere de verdad mejor un pellizco en las pelotas. Mejor ese dolor intenso sin atenuantes pero sin ese girito socarrón de cabeza, mirada china tipo Kill Bill y posición de boca que dice sin decir: Eres taaaaaan inútil.

Yo quedé herido en mi ego de macho no sólo por ser la dama de la relación, sino porque además lo estaba haciendo mal. Sentí devaluado mi gran logro del día de haber conseguido que un bebé controlara los esfínteres cuando sabía que muchos habían desfallecido en el intento. Ella se fue a donde los vecinos para distensionar el ambiente y para conversar algunas cosas con ellos. Apenas salió, Nicolás sentado en el suelo dijo “Pipí”. Corrí con él a la bacinilla, le bajé los pantaloncitos y otra vez, mojó todo menos la bacinilla pero igual, lo había hecho de nuevo. No había sido una casualidad, era un hecho, había logrado que Nicolás en menos de un día controlara sus esfínteres como todo un individuo. Y ella no estaba para verlo. Me frustré. Pensé que quizás si lo hubiese visto mi merito podría haber hecho menos tonta mi omisión del recibo. Pero no, no estaba ya.

Acosté a Nicolás y se quedó profundo. Lo contemplé y admiré su precoz capacidad. Me extrañé porque nunca le fomenté la estimulación temprana. Sólo lo dejaba ser. La estimulación temprana que tiene a los fetos escuchando a Mozart sin saber siquiera si les gusta. Cuando es el parto ya nacen a lo Phelps, en el agua, salen nadando con gorrito y gafas y batiendo el record mundial. Yo siempre me negué a someter a mi hijo a ese suplicio de tener que ganar todo sin saber para qué se gana. Es la era de los bebés triunfadores que ya no dicen “gugú, tata” sino “down jones y wall street”. Por eso, por su crianza campirana, admiré su valioso avance al controlar los esfínteres sin que Mozart hubiese intervenido en el proceso.

Me recosté y me quedé dormido al rato de Nicolás a eso de las nueve de la noche. A las once me desperté y me di cuenta de que mi esposa (ex hoy) no estaba a mi lado. Di una vuelta por la casa y tampoco estaba. Me exasperé. Me senté y vi una caja de cigarrillos. Yo no fumaba (ni fumo) pero decidí prender un cigarrillo mientras tarareaba “fumando espero, al hombre que yo quiero…” y me reí con esa risa lacónica que ama y odia. Yo era la dama de la relación y me imaginaba buscando el molinillo en la cocina para hacer el reclamo cuando llegara él, es decir, ella, en fin. Entró a la casa sin hacer ruido y sólo me delataba el cigarro encendido. Me dijo “¿Qué haces despierto?”. Respiré profundo, profundísimo y respondí “esperándote”. Algo me dijo, no recuerdo qué y siguió a la habitación. Yo seguí fumando intrigado por qué ella no me había preguntado qué hacía yo fumando si yo no fumaba. No me lo preguntó nunca. Entré a la habitación y ella ya estaba bajo las cobijas, empijamada y durmiendo. Quise despertarla para… para… para… no sé para qué… para nada, porque nada había ya qué decir.

Nicolás durmió casi toda la noche, a las 5 de la mañana se despertó y yo le di el tetero. Se lo tomó y durmió otro ratico. Mi esposa (ex hoy) se levantó a las 6, se baño a mil, se tomó un jugo, besó a Nicolás y lo consintió un rato y me dio un pico en la boca de afán… y se fue. Quedé maluco. No sé, quería decirle algo que no le dije, no sé si bueno o malo. En la salida recogió el recibo de la mesa, giró su cabeza como diciendo “no” y se fue. Yo quedé sentado, rayado, viendo a Nicolás entre dormido y despierto con el chupo entre los dientes. Ese día tenía que llevarlo al jardín nuevo que le habíamos conseguido para que yo pudiera ir sin tanto contratiempo a la Universidad. Le preparé el desayuno, lo bañé y se hizo pipí en la ducha. Siempre lo hacía y no pasaba nada… le parecía divertido como el agua de él se mezclaba con el agua de la ducha. Lo vestí, y convencido de que no era necesario, no le puse el pañal. Saqué unos calzoncillitos de otro “baby shower” y se los puse. Encima, la mejor pinta. Pantalón nuevo, zapatos lindos, camisita de grande. Todo un dandy.

Fui a hacer el desayuno mío y gritó: “Popóooooooooooo”. Corrí para llevarlo a la bacinilla. La prueba del popó aún faltaba. El popó asomaba por la pantorrilla. Súbitamente, yo, me convertí en la persona que más he odiado en mi vida. Lo miré y lo levanté con asco e ira y le di la vuelta ¡Pam! Una palmada en la cola que sólo aplastó más lo que ya era una desgracia. No lloró, sólo me miró sorprendido ¡Pam! Otra palmada más dura. Abrió sus ojitos y sólo sollozó. ¡Pam! Más duro, cerró sus ojitos y dos lágrimitas escurrieron. Aún no dejaba escapar el llanto. Lo tiré en la cama y le quité el pantalón de un solo jalón. La camisa, los zapaticos, todo sin misericordia y con una agresividad corrosiva. Él me miraba sin comprender qué estaba pasando. Lo llevé a la ducha para bañarlo. Por equivocación abrí el agua fría y no la caliente. Pero mi perversidad sin límites convirtió una equivocación en una tortura miserable. Lo dejé bajo el chorro de agua fría y él instintivamente trató de correr. Lo impedí y me cercioré de que el chorro le diera en la cola para que lo limpiara, pero en un acto que ni Lucifer hubiera disfrutado. Él empezó a llorar profusamente y el llanto era interrumpido por el suspiro entrecortado que provoca el agua fría, más si es en tierra fría. Estamos hablando de las parcelas de Cota, plena sábana de Bogotá a 2600 metros de altura de trópico a las siete de la mañana. El frío es simplemente recalcitrante. Lloraba más duro y ¡Pam! Otra palmada acompañada de un regaño: “¡Eso es para que aprenda que el popó se hace en la bacinilla!” mientras mis dientes de arriba chasqueaban contra los dientes de abajo y me hacía tan belfo y monstruoso que sólo mi cara le daba más terror que mis palmadas.

Otra ¡Pam! ¡Pam! ¡Pam!... no sé cuántas palmadas le dí, hasta que una voz, casi divina, casi celestial, me gritó con ofuscación: “Felipe, ya, ya, ya no más salvaje, lo quiere matar o qué imbécil”. Era mi hermana, que por alguna razón, que sólo Dios hoy sabe y yo agradezco, entró en mi casa a pedirme algo que nunca supe qué era. La miré y le dije: “¿Usted quién es para cuestionar lo que yo hago con mi hijo, acaso yo le digo qué hacer con sus hijos?”. Pensé que la iba a disuadir. Vi que se creció 20 centímetros, se robusteció como un luchador y me reviró: “No es sólo es su hijo, es un bebé y antes de que usted le de otra palmada yo me hago matar”, mientras cerraba la llave del agua fría, la única que estaba abierta. Tomó a Nicolás que aún sollozaba con esos sollozos profundos que uno siente que rompen el alma y lo envolvió en una toalla. Se lo llevó a la cama, lo metió en una cobija y lo abrazó. Yo los miraba y sentía como si mi alma estuviese volviendo al cuerpo. Mi alma que me había abandonado mientras el diablo que me invadió golpeaba a lo que yo más amaba.

Me senté en el suelo y me tomé la boca, luego la cabeza y enredé mis dedos en el pelo. Empecé a llorar sin poderme contener y gritaba como un loco: “perdón, perdón, perdón, hijo, perdón…”. Mi hermana me dijo: “Quédese acá ahora vuelvo”, y salió con Nicolás y con la ropa que le iba a poner. Me quedé allí, en el suelo, miré el techo, llamé a Dios y le pregunté qué me había pasado.

Mi hermana volvió como a la hora. Cargaba a Nicolás que se había dormido. Me lo dejó en los brazos, me miró, me hizo un gesto de desaprobación, y se fue. Yo lo llevé a la cuna y lo dejé ahí, tendidito. Me quedé contemplándolo y vi cómo tenía un bultico en la cola. Mi hermana le había puesto un pañal. No era capaz de tocarlo ni para acariciarlo. Al rato se despertó y me miró. Su mirada no era la misma. Seguía extrañado, sorprendido, decepcionado. Traté de alzarlo pero no me estiró los brazos como siempre. Sólo se dejó levantar sin quitarme la mirada de los ojos como si quisiera comprobar si era yo o el diablo que me había poseído. Lo abracé y él seguía con sus bracitos inertes, inexpresivos, yertos. Lo dejé en el tapete y le busqué los juguetes. Él tomaba todo con temor con desconfianza, con extrañeza, como si nada fuera lo mismo.

Traté de hablarle. Mientras estaba sentado en el suelo me senté a su lado y le pedí perdón. No sabía si entendía mis palabras, pero hablé pausado, calmado y traté de explicarle lo inexplicable. Él me seguía mirando aterrado pero ya no aterrorizado. Cuando terminé de hablarle él se quedó mirando un carrito y trató de simular que jugaba. Le di el tetero y me lo recibió en la mano, como nunca lo hacía, siempre esperaba que yo se lo pusiera en la boquita. Se lo tomó lento y me seguía mirando.

Yo, me recosté a ver la televisión y me quedé dormido en la cama. Él, estaba en el tapete, en el suelo, jugando con un carrito que casi no movía. Profundo, soñé con él, con su sonrisa, con la cara divertida que ponía cuando le decía “pipí y popó”, en su carita emocionada cuando lo levanté la primera vez que hizo pipí en la bacinilla. Soñé con él todo el tiempo. Desperté y sentí una presión en mi pecho, en mi brazo izquierdo. Pensé que era el remordimiento, la culpa. Pero no. Gracias a Dios no era eso. Era él, Nicolás, que se me había recostado en el pecho mientras yo dormía y se había quedado dormido encima. Lo miré impávido. Lo acomodé mejor en la cuna de mi hombro. Lo abracé con el otro brazo. Y sin hacer ruido, lloré… lloré… lloré y lloré… no sé cuánto tiempo lloré mientras le sobaba la cabecita y le daba gracias a Dios y a mi hermana por haberme detenido. Abrió sus ojitos y sequé los míos. Sonrió y le sonreí. Entendí que en su infinita ternura me había perdonado aunque siguiera sin comprender por qué hice lo que hice.

Se bajó de la cama y me miró con miedo de nuevo. Su pañal estaba inflado. Con calma le cambié el pañal, con tanta suavidad que no sintiera que mi infamia se pudiese repetir. Le cambié el pañal esa vez y todas las demás que fue necesario. Nunca más le parecieron divertidas las palabras “pipí o popó”. Nunca más las volvió a decir y con el tiempo él mismo fue sólo hasta la bacinilla a hacer pipí o popó.

No recuerdo la edad exacta en la que mi hijo aprendió a controlar los esfínteres, pero si recuerdo con claridad el instante en el que cometí la peor cagada de mi vida.