La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

sábado, 7 de agosto de 2010

El viaje que no fue de la mula que no era.


Su rostro es tan parecido al de la muchacha que me atiende en el banco, y la expresión de su rostro denota tanta ingenuidad, que parece obvio que se halla cumpliendo una pena por un desliz que la vida le cobró con creces. A Fanny Paola Mercado nunca le faltó con qué comprar el homófono de su apellido. Era una persona normal, de una vida normal, con dificultades económicas normales, de una familia de clase media en una sociedad en que la miseria jala con fuerza.

Nació en un barrio popular al sur de la capital hace 26 años dentro de una familia convencional de papá, mamá y hermanos. Ella era la del medio, entre una hermana y un hermano. Siempre se caracterizó por su rebeldía y sus posiciones radicales, quizás alimentadas por el excesivo consentimiento de sus padres y su espíritu de líder. Recuerda que desde niña tenía un temperamento muy fuerte. Nunca dejó reto sin desafío ni oportunidad sin revancha. Recuerda también, mientras sonríe, que cuando estaba en décimo grado en el colegio Cafam, encabezó la resistencia estudiantil que a la postre frustraría la intención de las directivas de uniformar a los estudiantes. La suspendieron una semana, pero nunca usó un uniforme.

Décimo fue un año de rebeldía en la adolescencia: “yo era inteligente pero vaga” dice sin vergüenza, quizás porque siempre admiró su inteligencia. Por esa época se separan sus padres, sin traumatismos, como esas relaciones que se agotan con el tiempo.

Pudo seguir estudiando de día, pero en un gesto de independencia decidió trabajar de día y estudiar de noche. Se colgó un maletín de mensajería a las espaldas con el sello de “Helados Robin Hood”, que dejaba para coger el de libros y salir a estudiar de noche en el colegio Nicolás Esguerra. Allí se dio cuenta de que tenía que darle celeridad a su vida y decidió estudiar algo más ágil, que la sacara más rápido de esta etapa y optó validar en el Instituto San Miguel de Chapinero, y de esta manera mató dos pájaros de un solo tiro, terminó el bachillerato en 1.994 y obtuvo el puntaje de Icfes necesario para entrar a la Universidad.

Pero por esas coincidencias cósmicas de reencuentros del destino, el estudio tuvo que esperar. Un noviecito de colegio apareció con serias intenciones. Paola se hacía vulnerable entre el espacio de la rebeldía y las decisiones que definen la vida. Se decidió por el amor y en poco tiempo ya había creado ese castillo imaginario de los amantes que usualmente se queda en el cielo. Una semilla creció en el vientre de Paola, paradójicamente, cerca al mismo que años más tarde llevaría su desgracia.

Su hija crecía dentro de ella y ella pensaba en como conseguir el dinero que implica traer a alguien al mundo. Trabajaba en Robin Hood y se cuadraba unos pesitos en una casa de banquetes nocturna. Eso le dio para vivir sin apuros, pero Nelson, su novio, no despertaba del letargo de ser un joven y tener que asumir la responsabilidad tan grande como lo es un hijo. Ella asumió el peso de su hija, de la falta de compromiso de Nelson y de su propia vida que venia complicada. Nelson entró a estudiar y se acopló con facilidad al ambiente universitario de rumba, trago, mujeres y desorden. Paola, abnegada, centró su amor en quien le diría mamá, y poco a poco el amor por Nelson se fue extinguiendo por su desapego y vida loca.

El 11 de mayo de 1.996 nació Paula Alejandra, la brújula de su vida. Tomó la licencia de maternidad y esos tres meses fueron suficientes para darse cuenta que tenía que impulsar su independencia. La mamá presionaba la responsabilidad que ella sabía de antemano. La niña para la guardería y ella para el trabajo. Un hijo cambia la vida, pone los pies en la tierra, pero hace el bolsillo más estrecho. Esa es la verdad. Sin embargo, sigue adelante con su niña y viviendo en la casa, pero sin darle mayores trabajos a su madre. Nelson se iba, se diluía en su vida, primero en el corazón y luego físicamente, con su ausencia. Lo que podía ser un hogar sucumbió en los deseos de vivir sin responsabilidades cuando se intuye que otro las puede asumir por uno.

En el 96, las vacas flacas se dejaban ver venir. Sus hermanos y sus padres se quedaron sin trabajo, alguna reservita quedaba pero ya era necesario que Paola aportara lo poco que ganaba para todos y para su niña. Gracias a Dios pasó rápido y todo volvió a la modesta estabilidad, pero ya la casa estaba hipotecada, como el germen del desespero que desencadenaría lo posterior, lo que la tiene tras las rejas.

Cambió de trabajo en el trajín normal de quien no tiene estabilidad pero si talento para no dejarse colgar. De recepcionista, de asistente o de lo que saliera, pasó por tres o cuatro empresas.

Sin mayores sobresaltos, repartiendo el tiempo de la vida entre su trabajo, su vida y uno que otro capricho pasajero se encontró de frente con un ligero accidente. Primero insignificante, después indeleble en el alma, el cuerpo y en la vida. Su mamá enfermó y ella la llevó al médico como lo haría cualquier hijo con sentimientos. El enfermero era demasiado amable en un gremio caracterizado por su deshumanización y trato mercantil del cuerpo y el dolor humano. Pero el trato amable de este gentil enfermero llamado Juan Manuel iba más allá de su interés altruista de querer servir. La verdad es que Paola le gustó más que la enfermedad de su mamá y empezó a conquistarla con detalles simples pero encantadores, y así cautivó el amor de esta joven, lo que a la postre sería un fracaso de amor como muchos, y una experiencia de vida invaluable pero dolorosa.

Él era casado, y como todo hombre casado que quiere tener una aventura, le decía a Paola que estaba muy mal con su esposa, que eso iba a acabar, que vivía bajo el mismo techo pero no compartían la cama. Ella creyó, él mismo se creyó y la relación con su esposa colapsó definitivamente. Ella se enamoró y más allá de los prejuicios y problemas le apostó a esa relación, que a la larga no iba para ninguna parte, ni en tiempo ni en distancia.

Paola tenía una hermana mayor con la que no compartía las mejores relaciones. Por aquellas cosas de Corín Tellado o Mujer, casos de la vida real, Milena, la hermana de Paola, conoció a Juan Manuel. Más allá de su bata blanca, le gustó él y él, no se mostró indiferente, luego, todo queda entre familia y entablaron una relación paralela. Entonces, Paola ya no sabía si él engañaba a su mujer con ella o la hermana la engañaba a ella con su novio. El caso es que ese ídolo de barro blanco se cayó y se rompió y nunca más volvió a sentir amor por ese gentil enfermero. Sin embargo, como toda relación establecida, esta siguió por inercia, y ella siguió también su vida en muchos aspectos. Refugió su dolor en el licor, la rumba y todo aquello que le hiciera olvidar que su vida iba pasando y las metas propias de una líder se iban estancando en un lugar oscuro.

“El año 98 fue en año tenaz” dice entre una evocación poco melancólica. Lo último que faltaba era compartir su vida con su dolor, y ello ocurrió efectivamente. Un día cualquiera apareció Juan Manuel con una maleta para darle la “buena noticia” de que viviría con ella con el beneplácito de la madre. No había más remedio de aceptar, querer quererlo sin amor, pero esto es muy difícil. La cama se convierte en un martirio cuando se comparte con alguien que cree que sueña lo mismo en las noches. Cuando el amor muere no vuelve y él no lo aceptaba, sólo quería estar con ella a cualquier costo, hasta el de su propia dignidad y la tranquilidad de ella. El hombre que pone cachos con la hermana, ahora celaba a Paola en todo lugar y por toda razón, el ladrón juzga por su condición.

Era normal verlo en la puerta de la empresa donde trabajaba ella para ver con quién salía, que dirección tomaba, con quién hablaba, a quién besaba en la mejilla o un poco “esquiniado”, todo era un escándalo bochornoso que dio al traste con las aspiraciones laborales de Paola, por ello perdió un empleo y mucha paciencia, el trago era su consejero y la vida se le desordenó. Su mamá alzó su mano y la estrelló contra su cara cuando el trago ya le había hecho perder gran parte de su consciencia. En un gesto de amor propio acudió a Alcohólicos Anónimos, ya estaba cansada de ser una borracha conocida.

Juan Manuel, el enfermero, ahora sin empleo, se suicidaba cada vez que Paola llegaba tarde hasta que a ella dejó de importarle. La muerte no tiene sentido cuando ya ni el amor se valora. La situación se hizo insostenible y afortunadamente, por fin, Juan Manuel lo entendió. Él se fue a vivir a cuatro cuadras de donde vivía Paola. Muy lejos para dormir con ella pero muy cerca para olvidarla. Ella lo vio partir con dolor, pero sabía que era lo mejor, el amor ya no volvería jamás.

Su vida continuó otra vez entre su hija, su trabajo, lo que saliera, y su vida, otra vez su vida, Juan Manuel se enamoró de una azafata de Avianca y eso provocó alguna distensión del amor por Paola.

El 2.000 fue un año pasivo, tanto que Paola recuerda muy poco de ese tiempo, como si su vida hubiese llegado a la parte tranquila del mar donde se presagia una inevitable tormenta, y así fue.

En Enero del año 2.001 Paola presentó su hoja de vida a Colsubsidio para trabajar de cajera en la ciudadela. Como siempre, sin mucha dificultad, pasó y empezó a trabajar allí. Por esta misma época la novia de Juan Manuel lo sacó de su vida, y otra vez, así fuera virtualmente, se refugió en el amor inexistente de Paola. Esto marcaría el principio del fin de la libertad de Paola.

El trabajo honesto, la estabilidad y una vida humilde marcaban el rumbo de Paola, no se esperaban mayores sobresaltos en su vida.

Semana Santa de ese año marcó los contrastes de la vida de Paola, esos contrastes en los que se mezcla lo incompatible para hacer daños totales. Un amigo de colsubsidio invitaba a Paola de los actos litúrgicos de la semana de Pasión, y la pasión de Juan Manuel impulsada por sus celos enfermizos, llevaron al colapso la incertidumbre de una vida difícil.

Después de la conocida escena de celos, Juan Manuel descansaba sentado en un andén. Transcurría el mes de abril y Paola se sentó a su lado para escuchar una rara noticia. Juan Manuel se iba de viaje y quería que Paola le cuidara su perro de manchas. Paola accedió, pero ese viaje intempestivo de enfermero varado le causaba curiosidad.

Finalmente, se enteró de los motivos del viaje, y con los motivos vendría la propuesta. Juan Manuel se iría para España “cargado” como una mula, y necesitaba una coartada. Una pareja joven iba de “paseo” a España. Suena normal, pero en un modus operandi tan trajinado que finalmente esto los haría fracasar. Pero la ambición de éxito, y el sueño irreal de querer resolver todos los problemas de una, sobre todo económicos, pudo más que la cordura. Paola se vio atraída por la posibilidad de pagar la hipoteca de la casa que se iba perdiendo en esos absurdos créditos que le dan a uno para vivir y luego perder todo y vivir pobre y endeudado.

Lo estaba pensando, y cuando quiso entrar a definir, la situación ya estaba resuelta. Llego a la casa de Juan Manuel cuando los contactos estaban allí. Le preguntaron a Juan Manuel con quien iba a viajar, y el sin titubear cogió a Paola y dijo “con ella, ella es mi esposa”. Sin cura se celebro la boda que levaba de luna de miel a Paola y Juan Manuel, sin cura estaba ya la situación. Riesgo tomado, riesgo que mata, riesgo que quita la libertad. Un Kilo de droga en cada barriga y mil sueños. El de ella, pagar la hipoteca, y el de él vivir con ella dentro de su obsesión enfermiza de quien no entiende que el amor no vuelve y menos de una barriga llena de droga. En este caso no aplica el dicho de “barriga llena, corazón contento”.

Sus aspiraciones de estudiar sistemas el en SENA se vieron truncadas por la intransigencia de su madre. Estudiar con una hija es imposible y su mano no sería suplente de Paola cuando esta no tuviera. Por eso declinó esta posibilidad. Juan Manuel llamaba todos los días y esto no gustaba a la mamá de Paola. Por algo dicen que las madres siempre tienen una fuerte intuición cuando algo malo le puede pasar a un hijo.

Ahora lo único que faltaba era cuadrar lo del trabajo. Paola iba a pedir unos días, los suficientes para salir con unos pocos centavos y regresar con 15 millones de pesos que era la suma ofrecida. Eso se cuadro fácil. En la casa nadie sabía, sólo una carta portaba la noticia que Paola no podía sacar de su voz. Sabía que podría ser fatal, y la fatalidad es mejor dejarla registrada en un papel, como el suicida, el loco o el romántico.

Sólo se esperaba la orden, la indicación definitiva del viaje sin igual retorno. Era el viernes 8 de junio del año 2.001 y repicó el teléfono en colsubsidio de la ciudadela. Ya estaba la fecha y la hora. Las indicaciones eran claras. Ella debía estar a los dos de la tarde en Plaza de las Américas para comprar la ropa que sirve de fachada a los viajeros. Así lo hizo. Cumplida compró ropa que jamas usó, con plata que nunca disfrutó. Vuelve al trabajo a cuadrar el tiempo, a hablar con los jefes como una despedida corta, pero sería muy larga en su vida. Quizás nunca más la miren a los ojos.

Salió esa noche de trabajar a las 8 de la noche y fue a su casa. No le hablaba ni el radio. Su hija la esperaba para dormir como todas las noches. La miró a los ojos con amor profundo de madre, cargada de ilusiones vanas y con el estómago dispuesto a recibir cápsulas de gloria o fracaso. Esperó a que cerrara sus ojitos y la miró hasta que expiró en un sueño eterno de libertad. Empacó unas pocas cosas y se fue a reunir con su destino. Ese que empezó mal en una falsa amabilidad, que enamoró a su hermana y que enfermó de celos hasta que la acaparó en su locura frenética de tener mucho con muy poco esfuerzo. No tuvo valor de dejar la carta y la conservó para dejarla con alguno de estos mercaderes de la libertad.

Llegó y los buitres ya festejaban. Preparaban las cápsulas para que fueran ingeridas por las mulas. Ingenuas, llenas de planes que en el fondo sucumben tras las rejas. La carga es como un flete de camión. Lento, en orden. Pudo tomar toda la noche. No se puede masticar, con los dedos se mete hasta el fondo donde empieza la faringe, y en un esfuerzo gutural soberbio se pasa hasta que baja lento para descansar en el recipiente, el estómago. Cada cápsula pagaba una cuota de la hipoteca. Se justificaba.

La noche fue larga y a punta de relajantes quedaron dormidos un rato, un corto rato de noche de libertad. La trama es total, la peluquería no podía faltar para los actores del infortunio. La mañana del nueve de junio ese fue le plan, preparar a las bestias, con doce pastas de lomotil se cerró el flete.

El vuelo salía en la tarde y Paola aún apretaba la carta contra su pecho. La dejó con uno de los buitres quien prometió entregarla. La cita era en la bomba de la Boyacá con 53 para ser dirigidos de allí al aeropuerto. Por cosas de la vida, y como un aviso celestial llegaron cuando el vuelo ya se había cerrado. No pudieron viajar ese día como diciéndole a Paola que aún era tiempo de arrepentirse. No se arrepintió e insistió una noche más, otra noche igual, más larga y tediosa en la que su mente era colmada por las mil preguntas de su hija en su vaga inocencia.

Al otro día, todo estaba preparado. Preparadas las bestias y el flete, la ropa y la trama, todo menos la certeza del futuro y el infortunio. Esta vez no podía fallar el tiempo, por eso llegaron a la una de la tarde cuando todo estuviera holgado. En la fila de las maletas y el registro de vuelo cayó una de las personas que la noche anterior se había cargado con ellos. Un señor cuarentón como los fantasmas de Ghost fue aprendido para nunca volver a la libertad hasta que un fallo lo dijera. Otro aviso celestial que Paola no entendió, la terquedad propia de la mula ya la había transformado.

Sintió hambre, llevaba más de un día y medio sin comer y se embutió una hamburguesa. No le afectó. Pasó los filtros con su “esposo” ficticio hasta la sala de espera. Sólo esperaba la hora de abordar. La hora fatídica que parte la vida entra la libertad y el encierro. No sospechaba que sentiría si algo fallaba, se había convencido de que todo saldría bien. Llegó a la fila de abordaje, el avión era un remanso de paz hasta la otra orilla del charco. Eran los últimos de la fila como aquel grupo de rock español que ya nunca podría ver en un concierto. Un agente vestido de civil se le acercó. Sin preámbulos le dijo “usted es Fanny Paola Mercado, usted sabe que no puede viajar”. Cuando buscó refugio en su "esposo" él ya estaba por cuenta de un uniformado. Había caído pero los relajantes no dejaban que Paola cayera en cuenta que ese era su último instante fuera de unas rejas.

No viajo ni conoció a España ni los quince millones prometidos. De ahí, la subieron a una camioneta azul a Fontibón para pasarla por los rayos x. Esa fotografía imborrable de su interior fue nefasta. Un estómago con restos de hamburguesa alrededor de unas cápsulas que parecían pequeños cohetes. Era confirmado. La ley 30, tráfico ilegal de estupefacientes, proceso, la ley, la libertad.......adiós. El avión ya iba rumbo a España y ellos para la cana. Diez personas más con ellos.

Vuelta al aeropuerto para el D.A.S., la foto de rigor de la cara del capturado y una llamada. Llamó a una amiga, no a su mamá, le dejó razón con el esposo y empezó a ver como se cierran las luces del sol cuando uno está en cautiverio. De ahí esposada para el hospital de Puente Aranda para expulsar el sueño de 15 millones.

Al hospital llegó su amiga Sandra, una amiga del colegio, su mamá y sus hermanos. Lágrimas por doquier de dolor que desgarra. La cárcel y la muerte son dos experiencias muy duras. Su mamá había ya leído la carta, que entre sus apartes decía “Por favor pídale a Dios que me vaya bien”. Su madre, entre sollozos, oró por ella y de alguna manera logro que fuera retenida acá y no en España, en donde la soledad y la discriminación la hubiera marcado con huellas de marca de ganado.

Aquí todos tenían algo que ver, la presión de la mamá, la ambición de ella, la ligereza de su hermana, muchas cosas confluyeron en una receta maligna que lleva a una joven a jugarse la vida por un kilo de ilusiones efímeras. La mamá le pidió perdón y ofreció su mano para los momentos difíciles que se venían.

El 13 de Junio se la llevan para la aeroportuaria, un improvisado centro de detención de la aeronáutica, un cuarto de detenidos que más parece una oficina vacía. Dormía en el suelo, miserable, con el rigor para quien ha fallado y no merece piedad. Allí vio de lejos a la niña pero no pudo hablar con ella. El sólo hecho de no ver cerrar sus ojitos esa noche y muchas que vendrían, le hacía un nudo infranqueable en la garganta.

Ahí una semana, su “esposo” también. Él salió para la modelo y ella para la estación de Fontibón una semana después. Mezclada con “mecheras” o ladronzuelas, el clima era hostil. Le robaron el maquillaje que ya no utilizaría porque un buen tiempo no tendría para quien verse bella y un pequeño radio que era su única ventana a la libertad. Se hizo amiga de doña Conchis, quien se reía pues por su edad no podría ser recluída.

El 27 de Junio se la llevaron para el Buen Pastor, esposada como una fiera rabiosa, como muestra de la degradación humana en condiciones de cautiverio. Llegó dispuesta a no dejársela montar de nadie, ya venía envenenada. Le tomaron otra foto, con placa en pecho en frente y de perfil. Sus dedos pasaron por la tinta donde muchas delincuentes que habían halado de un gatillo los habían marcado. Esperaron un rato en el patio de recepción para pasar al patio, el mejor era el quinto. Allí fue ella pues se notaba que no era mala, sólo un poco ingenua e ilusa. Desde los otros patios le gritaban “carne fresca” y en realidad lo era, una bella mujer, joven, que serviría para satisfacer los instintos que se alborotan con tiempo de encierro. Pero nunca la maltrataron en ese aspecto. Su compañera de celda era neurótica pero respetuosa.

Pero la tragedia no sería eterna, el carisma de su esencia y su verraquera en momentos difíciles la perfilaron para salir del encierro del común. La Delegada de Derechos Humanos para el patio le pregunto si sabía sistemas. Ella sabía, y sabía que Dios existe, que un error lo comete cualquiera y que merecía estar mejor. Pasó a trabajar en la subdirección y a dormir en las celdas para las internas que trabajan extramuros. Quizás es una privilegiada, pero como ella dice “cana es cana”. Ahora su ventana a la libertad es una pantalla parecida a la que les lleva esta historia. Le puede quedar más de un año en la cárcel pero aun no pierde el resplandor de su sonrisa ni el brillo de sus ojos. Sabe que saldrá y buscará la felicidad en las cosas simples de la vida, las que de verdad valen la pena. Su mamá nunca le falla, no fueron muy amigas pero ahora es su mamá, lo más bello que uno tiene en la vida.

Su hija está con Nelson, quien en un gesto de soberbia ha impedido que ella la vea, como si el cautiverio o el castigo fuera también para Paula Alejandra. Su mamá cometió un error y lo está pagando, pero ella es una niña que pregunta por su mamá. Ella entenderá cuando crezca y las dificultades de la vida le muestren que hay momentos cruciales en la vida en los que apostamos todo por nada, sólo para superar esas mismas dificultades.

De vez en cuando, la visita uno que otro amigo, cada vez menos, y de Juan Manuel sólo sabe que esta en la casa, le dieron domiciliaria, quizás por ser más amigo de los delincuentes, del poder. Los buitres deben seguir cargando bestias, las que caen, caen, y las que pasan los hacen ricos. Ese es el negocio.

Para Paola esta es una experiencia, muy dura por cierto, pero sabe que saldrá y podrá retomar el rumbo de su vida, aquel que una aventura le trunco por unos años. Ahora valora todo lo poco que tenía pero que había logrado con dificultad, allí estuvo el mérito.

Yo salí de la cárcel y ella se quedó adentro. A la salida, su padre la esperaba con una sonrisa pero sin poder ocultar las lágrimas. Sólo le dijo: “hija, como me alegra verte”. No la había visto en los nueve meses que lleva encerrada, y ese abrazo la llevó a la libertad, a los suyos, a lo sencillo.

Yo me fui, ella se quedó, pero me llevo su experiencia y un legado de vida. Ella nació cuando la mula no era más que el cruce de un burro y una yegua. Ahora ella es catalogada como tal, y no tiene nada de burra, pero si de yegua, las ansias de libertad y el deseo de cargar el peso de estar vivo y tener que ganar la vida a pulso.

viernes, 23 de julio de 2010

Por qué desactivé mi cuenta de Facebook

Sonará baladí que explique por qué hice algo que parece tan simple. Pero no lo es tanto. Debo reconocer el mérito de una red social que logró que me reencontrara con amigos y amigas de antaño que me alegraron el alma, renovar contactos distantes, generar afecto por y para personas con las que había tenido una relación más bien fría.

Tengo mucho, pero mucho que agradecer a Facebook. Gracias a esta página social pude enterarme de la vida de personas por las que realmente siento cariño. Cumpleaños, viajes, nacimientos, matrimonios… muchas noticias gratas. Conocí también personas virtualmente con las que entablé una relación deliberante, constructiva, cuyas opiniones enriquecieron mi visión del mundo y hasta compartí una gesta política con la que muchos nos ilusionamos en el mundo virtual.

Es decir, el Facebook no tiene nada de malo por sí sólo. Es un lugar que nos permite reencontrarnos y trasmitir vivencias, pensamientos, sentimientos, imágenes en fotografía y vídeo. La gente que me conoce puede saber de mí. Además, uno se entera de la vida de la gente que ha conocido. Cuando uno menos espera, tiene cientos de amigos que antes si quiera recordaba que existían o que sencillamente ni existían en la vida. Y no es descuido, dejadez o ingratitud. Creo que en la vida también existe un ciclo normal de conocerse y distanciarse hasta que la memoria difícilmente recuerda. Y creo que eso es sano además. Nuestra vida tiene una tripulación y muchos pasajeros.

El problema realmente no es del Facebook. Es mío. Recuerdo que hace unos años era un antiredes sociales radical. Me parecía que exponer la vida de uno como una mercancía no era conveniente. Vi algo de Hi5 y me parecía una versión interactiva de todo lo juvenil que detesto: RBD, el Reggaeton, los pantalones de tiro largo y los bóxers al aire, los emos y una cantidad de modernidad apelmazada que me hace sentir orgullosamente veterano. Los amigos, los amigos de los amigos, fotos, comentarios y una cantidad de datos inocuos y muy fashion para mi gusto.

Me recomendaron el Facebook varias veces. Me negué a usarlo, hasta que un día por curiosidad abrí una insípida cuenta sin foto siquiera. Para no hacerme más extenso y más aburrido, al final tenía 600 “amigos” y renovaba mi estado cada vez que se me ocurría algo sonoro para escribir que no sobrepasara los 420 caracteres. Subía fotos, canciones, enlaces y mil cosas. En la distancia se convirtió en una línea de vida con todo el mundo que dejé en Colombia. Y sigo pensando que nada de eso es malo por sí mismo.

De un momento a otro, descubrí que prendía el computador con ansiedad para ver qué pasaba en el Facebook como si de ello dependiera mi tranquilidad. De un momento a otro, no tenía más ventanas al mundo que el Facebook. Mis relaciones interpersonales estaban inmersas en la reacción que yo generaba por escribir estados polémicos que pretendían ser profundos. Me importaba emparejar las noticias recientes con las últimas que había visto para no perderme nada, como si un descuido me dejara por fuera de las últimas novedades que deberían ser imperdibles para mí.

Me convertí de a poco en un homo-facebook. Cree una atmósfera alrededor mío que me hacía sentir en una tribuna imaginaria. Me fabriqué un estrellato falaz del que dependía mi ánimo en un porcentaje absurdo. Me volví dependiente de los comentarios que hicieran de mis comentarios, como si eso de alguna manera me hiciera popular y querido. Sé que suena ridículo y es verdad. Era ridículo. Me volví en gran medida un ser ridículo. No digo que hubiera hecho de mi Facebook un espacio de autoculto o de tonterías por minuto. Pero sí, súbitamente estaba dirigiendo un foro virtual que yo moderaba y algunas veces dejaba salir toda mi arrogancia porque mi Facebook era un espacio en el que yo hacía lo que se me daba la gana, sólo porque era mío.

Creo que empecé a generar una distancia peligrosa entre lo que realmente era y lo que pretendía ser. El Facebook me envió a plazas inexistentes a dar peleas irreales, a exponer mis sentimientos en cascada, a perpetuar mis momentos en las fotos que podía escoger para verme bien, envidiablemente bien. El Facebook dejó traslucir una imagen errada de lo que soy. Pero siempre hay quién le pone a uno los pies sobre el asfalto. Las personas que me conocen, las que realmente me conocen más allá de esa imagen maquillada del Facebook, se dieron cuenta de cómo había convertido un lugar de información y conexión en la vitrina de mi prepotencia y de alguna manera me lo hicieron saber.

Y no sólo eso, súbitamente me encontraba horas y horas repasando fotografías de momentos que nada tenían que ver conmigo, que no me importaban realmente, pero como si fuese un imán la pantalla para mis ojos, mi dedo se la pasaba clickeando millares de fotografías de personas que nunca en mi vida habían existido y que quizás no existirán, y que si apareciesen, no las reconocería por las fotografías.

Además, el morbo del dolor encontró herramientas para torturarme. Repasé un millón y algo de veces la foto del perfil de más de una exnovia, escudriñé en los amigos de los amigos de los amigos alguna foto etiquetada para hacerme un hara kiri absurdo. Me enteré cuán felices eran en sus nuevas relaciones y no sé por qué me sentía mal si soy un tipo que esencialmente vive en relaciones terminadas. Sólo que antes no me mortificaba por voluntad propia. Suponía, imaginaba, pensaba y me dolía un poquito, pero se me pasaba rápido porque bueno, no veía nada. Ahora tenía todo un menú para azotarme contra las paredes. Fotos en la playa, en la fiesta, tomados de la mano, dándose un beso... entre más doliera más vértigo sentía el dedito clickeador para escarbar más y más hasta que uno sentía que el corazón se iba desgarrando de a pedacitos ¿Para qué? Para nada. Nada de eso importaba ya. La “virtud” del masoquismo es que encuentra estrategias para perpetuar dolores pasajeros. Y el Facebook si que ayuda a los masoquistas compulsivos. Y descubrí que soy un masoquista, tonto además, porque veía, sufría, y ya, nada podía hacer y nada debía hacer. Qué tontería.

El Facebook me hizo tonto y yo proyectaba que era un man interesante y hasta inteligente. Y me creí el cuento. Salvar a la humanidad desde la placidez de mi cama o el escritorio y creer que de verdad lo estaba haciendo se volvió una costumbre para mí. Y me anquilosé en la comodidad que da una pantalla y múltiples reacciones para creer que este mundo es suficiente para creer que tenemos un mundo. Y me alejé de los libros de papel y carátulas gastadas. Y empecé a vestir un ropaje mentiroso y agrandado de cosas que no soy sólo por sentirme popular y querido.

El Facebook se volvió una adicción para mi ego. Y me volví ególatra, de esos ególatras que tanto critico. Y el Facebook empezó a alimentar mi ego de una manera absurda y además falsa. Yo leía lo que quería leer y veía lo que quería ver. Estaba de repente en una vitrina más, expuesto como una mercancía que yo mismo maquillaba. Reclamaba atención como si la mereciera por el sólo hecho de invertirle tres minutos a un comentario que me resultara interesante. Horas y horas construyendo un mundo virtual con las ventanas de verdad, las que dan aire y luz, cerradas, con las persianas abajo y negándome el paisaje, el roce de la brisa, el canto real de la ciudad ruidosa. La pantalla se convirtió en el magneto de una verdad prefabricada que me creía cada mañana y cada noche. Mi misión en la vida estaba cumplida en 420 caracteres.

El Facebook no es malo por sí sólo, pero como cualquier vicio, empieza a degenerar los comportamientos y a falsear las realidades que se acomodan a los caprichos del vicioso. Y mis caprichos son demasiados para darles rienda suelta en esta autopista virtual de poses postizas. El Facebook hacía más fácil mi pereza y más evidente esa inevitable tentación de sentir ese pequeño mundillo de fama así sea una ridiculez. Pero es evidente. Lo que sea que se parezca a la fama gusta perversamente. Había que ver en el mundial de Sudáfrica como la gente se hacía feliz con la cámara. La eliminación del equipo del alma no importaba si la cámara los enfocaba. Si salían en la cámara todo era felicidad, sonrisas y ridículas gesticulaciones para hacerse evidente en el mundo entero. Pues bien, el Facebook se me convirtió en esa camarita farandulera que me sacaba sonrisitas ridículas para que mis “amigos” supusieran que yo era un rebacán que en realidad no soy. Por lo menos no las 24 horas de los 7 días de la semana que yo pretendía trasmitir en esa camarita permanente.

Y como cualquier vicio, lo único que debo hacer para volver, es querer hacerlo. Con que entre a mi cuenta como lo hacía todos los días, todo estará como si nada. Como si el mundo del Facebook me hubiera perdonado mi grave error de abandonarlos. Allí estarán mis estados, mis fotos y todo tal cuál lo había dejado. Como la casa a la que no le mueven una silla para que uno no extrañe nada cuando regresa. Ahí está. Y yo estoy creyendo que me espera. Y que me espera toda esa parafernalia que me hace sentir tan popular y querido. Y que no tiene nada de malo porque en el fondo es sólo algo virtual que no puede afectar mi mundo real. Pero cuando uno empieza a destinar más de 6 horas al día a ese mundo, la realidad va desapareciendo detrás de la pantalla y el mundo se va condensando todo ahí.

Sé que quizás esto no llegue a mis más de 600 amigos que tenía en el Facebook porque allí anunciaba con redoblantes lo que subía a mis blogs. Pero no importa. En estos días que llevo sin Facebook he notado que quién ha querido encontrarme ha encontrado el camino y he encontrado a quién he querido encontrar. Es increíble como la tecnología logra que cosas antes inexistentes con el tiempo se vuelvan imprescindibles.

Y quiero mantenerme en mi decisión de dejar el Facebook para retomar las luchas reales y auténticas. Gran lección tuvo el Partido Verde y yo mismo cuando creímos que por Facebook se elegía un Presidente. La realidad mostró otra cosa. Aún es mucha la gente que no anda con un portátil debajo del sobaco. Aún es mucha la gente que vive el mundo real, que los atropellan los carros, los cagan las palomas y los compran con un tamal que no es virtual. Aún es mucha la gente que vive de verdad. Y uno cree que metido en las fotos de los amigos de los amigos de los amigos está viviendo algo.

Le agradezco al Facebook todos los contactos que me renovó, las amistades que aceitó, los vínculos que creo. Le debo mucha gratitud pero yo soy un vicioso. Y los viciosos debemos ser conscientes del vicio para darle la vuelta y si es necesario abstenerse de consumir. Y yo ya no consumo más Facebook. Los y las que me quieran encontrar sabrán que tengo otros espacios virtuales y otros más reales de encuentro. A los y a las que quiera encontrar deberé esforzarme para encontrarlos porque la amistad bien merece los esfuerzos. Ofrezco disculpas porque el Facebook ya no me soplará los cumpleaños y muchos no los recordaré. Pero nada tiene de malo volver a lo romántico y lo clásico y anunciar las cosas buenas que nos pasan no en una vitrina, sino en una relación genuina de buscarse por la voluntad entrañable de quererse encontrar.

Ahora le apuesto a la amistad de antaño. De preguntarle a fulanito por sutanito y lograr que sutanito sepa de uno con el cariño auténtico de la búsqueda con un poquito más de esfuerzo que teclear un nombre o un correo electrónico. Le apuesto al libro de papel y a que me moje la lluvia, me queme el sol y me cague la paloma. Le apuesto a venir acá a superar los 420 caracteres para dejar historias más elaboradas y que requieran un poco más de trabajo.

Gracias Facebook. No eres tú, soy yo… la más estúpida pero la mejor manera de decir adiós… o hasta luego, hasta que cambie de opinión o me gane de nuevo la curiosidad… como siempre.

Postcriptum.

Sólo pasó un mes manteniendo mi decisión. Sólo una semana entre esta entrada y mi regreso al facebook. No tengo razones de peso para haberlo hecho, pero sí disculpas... como me encantan las disculpas. Esto fue lo que escribí en el fb agradeciendo el apoyo que me brindaron por haber vuelto: "Gracias por ser tan indulgentes con mi debilidad evidente. Sigo pensando que todas las razones que dí para abandonar el fb son válidas. Pero soy un ser esencialmente vulnerable, curioso, masoquista, inquisidor y creo que todas esas cosas son geniales en el facebook. Entonces pues no hay nada qué hacer. Aceptar que quise ser racional por un momento pero me arrepentí por lo rico que es ser humano, así, normal, pasional y básico. Pueda que sea un golpe de opinión, pero no fue voluntario. Fué un autogolpe con el que debo reconocer que hay una gran brecha entre lo que soy y lo que quisiera ser... y me estoy resignando gratamente a ser lo que soy. Gracias a todos por los mensajes tan en buena onda, por los deditos arriba y por estar ahí, en este mundo que es un mundo. No todos los mundos, pero si uno quiere es un mundo chévere. Trataré de ajustarlo para que sea más útil y menos fútil. Abrazos."

sábado, 10 de julio de 2010

36.

36… 4 x 9… 36… he vivido 9 veces la edad de la que no quise nunca salir. Los primeros 4, que no los percibí muy bien. Quizás el último, un poco, algo, nada más. Si la consciencia me hubiera llegado con el nacimiento, quizás hubiese buscado presuroso el útero de mi madre de nuevo para no dejarme sacar jamás. Los periódicos me hubieran dicho que Alfonso López Michelsen nos gobernaría mis primeros 4 años, que Alemania 4 días antes era campeón del mundo de fútbol, derrotando a la naranja mecánica y con ella, al deslumbrante Johan Cruyff, que Nixon caminaba por la cornisa del desprestigio rumbo a su renuncia, que Chile llevaba poco menos de un año de una dictadura atroz y que con su anterior presidente, Salvador Allende, se había conjugado el verbo suicidar en tercera persona: “él suicida”.

Habría percibido que sería el último de ocho hermanos y que estaría condenado a jugar sólo porque mi hermano siguiente me llevaba 5 años y no querría jugar conmigo. Habría notado con preocupación mi pronunciada coloración amarillenta por el licuado positivo y negativo de mi sangre que debo al positivismo de mi padre y al negativismo de mi madre. Me habría aburrido ocho días en esa incubadora al lado de ese chiquillo entelerido con el que me confundían, mientras me metían esa sangre rara para que mi corazón dejara de pensar si respondía a latidos optimistas o pesimistas.

Ahora entiendo por qué uno llega al mundo sin consciencia. Los pesimistas contrariados llegaríamos de una haciendo reclamos estructurados, y para Dios, sería muy embarazoso dar respuestas mientras le daban a uno una palmada para llenar de aire los pulmones, al que uno no respondería con un llanto estrepitoso, sino quizás con una retahíla de Zaratustra.

No me quejo por el milagro de la vida. Creo que los más pesimistas debemos agradecer tener al mundo para poder criticarlo. Siendo almas vagantes por el cosmos, seguramente sería muy aburrido hablar de lo monótono del sol al que le pasan los siglos y los milenios y los millones de años y no se apaga como para poder acercarse a decir lo feo que se ve apagado.

El mundo es el paraíso de los pesimistas. Materia prima de maledicencias. Nietzsche fue paulatinamente pesimista hasta que perdió la razón. Yo creo que fue más de gozo que de depresión. Tenía tanto para suponer que todo era tan malo como lo suponía. Tanta maldad le rodeaba y tanta le poseía. Sifilítico e incomprendido ¿Qué más podría querer un pesimista?

Mi vida hasta los 4 fue al principio inconsciente y al final inocente. Los mejores estados de la ingenuidad. La inconsciencia sólo percibe lo instintivo que paulatinamente va dando paso a lo afectivo. Pero la razón no atacaba, no importaba, no procesaba. La estética no era un concepto y los conceptos no existían. Mi vida hasta los 4 fue un mar de sensaciones desprovistas de razón y por lo tanto de maldad y si había maldad sencillamente no la comprendía, y no sabía para qué me servía.

Recuerdo el día que razoné por primera vez. Un razonamiento ligado a la maldad, a esa maldad que no distinguía de nada más, que hasta ese momento vivía en mí como el hambre. Sólo la sentía y ya. Ví cómo una mosca se fue enjaulando en la esquina que conformaban dos paredes. Allí empezó un vuelo errante hasta el extremo inferior en dónde había algo sucio, grisáceo, enmadejado. Metió sus patas a ese capullo como yo metía mis botas “Machita” al fango y ya no pudo salir. Movía frenética sus alas como para arrancarse las patas y no lo lograba. Entonces fue ahí cuando salió su majestad, la araña. Saltó como un relámpago sobre la mosca y la rodeó con las ocho patas. Como si fuese un disparo, la mosca no chistó más. Y poco a poco la fue envolviendo en más de esa cosa grisácea, sucia y enmadejada y la dejó ahí, colgada, como yo veía a los perniles de las reses en las carnicerías. Fue horriblemente fascinante. Sentí maldad pura en mi ser al estar disfrutando ese cuadro. Porque había percibido el sufrimiento inmenso de la mosca y la implacabilidad de la araña y sin embargo, iba a favor de la araña ¿por qué? No sé. En el fondo admiraba todo el cinismo con el que había montado esa emboscada para que la tonta cayera ahí.

No contento con este episodio casual, me fui a un ventanal, en donde yo veía que las moscas luchaban contra el vidrio transparente como si fuese un campo de fuerza infranqueable para sus escasos poderes. Allí eran fáciles de apresar. Luchando con el vidrio no veían mi mano que se acercaba para rodearlas como las ocho patas de la araña. Sólo que yo no las mataba. Las metía en la cueva que formaba mi mano cerrada con cuidado de no estriparlas. No siempre lo logré. Algunas escaparon y otras fueron apachurradas por mi torpeza. Las llevaba hasta donde la araña de la esquina y las arrojaba contra esa madeja grisácea y sucia de dónde no saldrían más. La araña brincaba sobre ellas y yo sentía cómo me picaba sus ocho ojos en señal de perversa gratitud y yo le devolvía con mi pulgar hacia arriba esa maldad compartida que me hacía sentir tan asquerosamente bien.

No percibía qué tan malo podría ser, sentía que algo perverso hacía ebullición en mí. Me quedó claro cuando mi tía le hizo seguimiento a una de mis excursiones de moscas y arañas y sobresaltada, con los ojos bien abiertos, la mano en la boca y con el giro de la cabeza de izquierda a derecha de desaprobación, le dijo a la empleada del servicio de la casa: “Este niño es un sádico”. Yo sabía que ser sádico no era bueno, porque fue lo mismo que le habían dicho a mi hermano de nueve años cuando lo vieron ahorcando al gato.

Quise sentirme mal. Pero no pude. Ya tenía un negocio del mal con la araña y no podía renunciar así no más. Empecé a tratar de entender por qué no me sentía desdichado por ser un sádico y creo que fue el primer ejercicio consciente de razonamiento que hice. La araña tiene hambre, tiene derecho a comer. Las moscas trasmiten enfermedades. Entonces, estaba salvando a la humanidad y alimentando a una araña que me estaba ayudando a salvar a la humanidad. Aprendí que hasta el sadismo puede ser altruismo, sin saber qué era el altruismo. Con argumentos tan simples uno podía pasar de ser un “sádico” sin sentimientos a ser un benefactor de la raza humana. Pero en el fondo, sentía un tufillo de maldad que no me disgustaba del todo.

4 años fueron suficientes para comprender cómo se justifica la maldad. A mis 36, tratando de no justificarla con argumentos tan simples, logré entender que la maldad se justifica con nobles razones. Por ejemplo, Alfonso Cano cree que es necesario matar, robar, secuestrar, extorsionar y atormentar para que el sistema sea más justo. Para derrotar a un régimen corrupto y despiadado con el pueblo. Y para derrotar a ese régimen podrido se justifica todo el mal que hacemos ¿Por qué? No importa. Lo importante es que el objetivo último es justo y bueno, así los procedimientos sean aún mucho más sádicos que echarle moscas a las arañas. Carlos Castaño pensaba que era necesario, justo y bueno matar a todos los que pensaran como Cano, a los que ayudaban a los que pensaban como Cano, a los que escuchaban a los que pensaban como Cano, a los que vivían en dónde Cano pensaba que debía vivir el pueblo. Matar era un medio para alcanzar un fin noble y bueno. Desterrar a los que pensaban que estaban obrando bien por otro bien justo, noble y bueno.

En el transcurso de la vida entendí que la maldad sólo necesita una justificación que parezca justa. Al final todos los procedimientos encuentran una razón de ser anclada en ese fin noble y bueno. Razonar es el proceso intelectivo de actuar mal y sentirse bien.

En la reflexión de mi sadismo con las moscas, mi pesimismo germinó, creció y me invadió. El pesimismo es mi convicción profunda de que siempre habrá personas que hagan daño, que se sienten justificadas por un fin noble, justo y bueno. Mi pesimismo está en la convicción profunda de que todos tenemos esa carta bajo la manga para justificar una mala acción y que siempre la sacamos en algún momento cuando no tenemos la vergüenza para aceptar que nos equivocamos, que erramos, que actuamos mal.

Mis primeros cuatro años estuvieron desprovistos de esa convicción. Estuvieron desprovistos de consciencia y de razón. Fui un ser indefenso que con un regazo caliente y una teta llena era feliz. Mi primer razonamiento justificó mi primera maldad. Y de ahí en adelante entendí, que como yo, sin importar la edad, encontraría formas de volverlo a hacer. Y todos y todas las demás también.

Sin embargo, la vida misma me rodeó de personas que no lucharon por objetivos nobles, justos y buenos. Simplemente actuaron con nobleza, justicia y bondad. Siete hermanos mayores, mis padres y mis amigos más cercanos. Nunca me hablaron de un mundo más justo. Simplemente actuaron respetando al otro. Nunca se pusieron un uniforme camuflado para decirme cuán opresor era el sistema. Simplemente pagaron lo justo a quién bien les sirvió, reclamaron en voz alta sus derechos e hicieron en silencio sus deberes.

Miraron con la misma fascinación que yo, cómo la araña atrapaba a la mosca. Pero no interfirieron nunca en ese curso natural. Las personas que me rodearon nunca diferenciaron el medio del fin. La bondad no era un objetivo lejano que se debería alcanzar por cualquier medio. La bondad era un acto. Y me enseñaron, sin decirlo, que los objetivos finales que justificaron todas las atrocidades no fueron más que paliativos a consciencias y razones enfermas por el poder. Ahí estuvieron en los periódicos el 11 de julio de 1974 Nixon, Pinochet y Alfonso López con sus objetivos de mierda y un séquito de lacayos avivándoles esos nobles objetivos mientras posaban sus pies en la cabeza de las víctimas.

La historia me ha llenado de pesimismo y el afecto lo ha contrariado. Llevo 32 años luchando en esa contradicción, amando a mi familia y a mis amigos y detestando a mi país ¿Y cómo conciliarlo si a mi país pertenece mi familia? No lo sé y no lo sabré. Pero cuando hoy, 36 años después de ese 11 de julio, que habrá un nuevo campeón del mundo que seguramente derrotará a la fabulosa Holanda con su talentoso Robben, que un nuevo delfín de la anquilosada política colombiana será Presidente por mis próximos 4 años, y que aunque ya no hay un nuevo Pinochet ni un nuevo Nixon, y que tenemos un Chávez más cerca y un Irak más lejos, pienso que siempre la maldad encontrará sabias justificaciones para llevar a la historia sobre ese riel de la ignominia. Pero a mí me cuesta mucho trabajo seguir justificando mi sadismo con las moscas con el entorno con el que me ha privilegiado la vida. Personas que han hecho de mi pesimismo una cuerda tensa a punto de romperse.

Sigo creyendo que seguirán existiendo megalómanos que arrastren sangre detrás de sus argumentos que los mantengan en el poder. Sigo creyendo que habrá idiotas que idolatren a los megalómanos. Sigo creyendo que los sistemas opresivos seguirán imponiéndose para justificar la reacción de esos que luchan por la justicia y en nombre de esa justicia seguirán matando, robando, secuestrando y extorsionando. Sigo creyendo que en nombre de dios los que están en la cúspide justificarán sus cruzadas redentoras para arrasar a los impíos. Sigo siendo un pesimista contrariado por el beso tierno de una madre entregada que lo único que me pide a cambio es que me de la bendición. Sigo siendo un pesimista contrariado por la paciencia de un padre que me cura las depresiones con libros. Sigo siendo un pesimista contrariado por el cariño de siete hermanos mayores que tienen 14 manos para apoyarme, alentarme y sostenerme. Sigo siendo un pesimista contrariado por los amigos entrañables que han crecido conmigo burlándose de mi pesimismo con un brindis, un chiste, una palabra de aliento, un mundo construído para compartir sus mundos conmigo.

Sigo siendo un pesimista contrariado por un hijo. Un hijo que no nació ni pesimista ni contrariado. Que trae su propia fecha y su propia historia. Que no le vio gracia a las moscas atrapadas por las arañas y que más bien prefirió sacarle acordes a la guitarra y ritmos a los tambores. Que dominó el balón con gracia. Que es un ser que actúa con nobleza, bondad y justicia.

Soy un pesimista contrariado por un afecto tan cercano, tan genuino, tan rebosante de bondad, de nobleza, de justicia.

A mis 36, después de vivir mis primeros cuatro entre la inconsciencia y la inocencia y el resto entre el pesimismo y la contrariedad, creo que soy un pesimista demalas.

sábado, 26 de junio de 2010

Padre, pensé en un poema...


Pensé en un poema, una canción, un texto lírico sacado de las entrañas para poder describir lo que quiero decirle a mi padre, en este, su día, un día que es especial no sólo porque a alguien se le ocurrió decir que habría un día del padre para vender cosas para hombre, sino porque es uno de los pocos días del padre que se lo celebraré desde la distancia.

Pero decidí prescindir de la belleza para poder expresar simplemente cómo recuerdo a mi viejo, para poder describir la imagen que cargo de él conmigo en cada instante que su legado me da fuerzas para vivir mi vida.

De niño, puedo decir que lo recuerdo con una pipa en la boca y un libro en la mano, sentado en un sillón grande, con sus gafas que movía levemente hacia abajo para mirar un horizonte imaginario sólo para pensar. Lo recuerdo tomando notas y volviendo su mirada al libro y su pipa a la boca en un ciclo sólo interrumpido por la hora de comer o de dormir. Casi nunca notó mi presencia mientras yo trataba de descifrarlo. Si me miraba, sólo me sonreía tenuemente y seguía en su cuento, ese cuento que a mí me intrigaba tanto.

Yo, lo sentía distante, me costaba acercarme a él y pedirle un abrazo o una caricia, porque era tan sublime lo que hacía, que era como interrumpir un ritual mágico que sólo comprendían los dioses de la sabiduría y él. Y me acostumbré a admirarlo. Así, en silencio. Me gustaba ver su ritual de libro, pipa y horizonte imaginario, y mientras tanto yo, simulaba que escribía algo, como para no perderle el ritmo.

Su presencia me infundía un respeto profundo, y cuando pasaba y me sobaba la cabeza, para mí era una señal hermosa de que era parte de su tribu y que tenía derecho a ser parte de su mundo. Era una membresía a su logia encantada de sabios de pipa, gafas y horizontes imaginarios.

Recuerdo cómo mis hermanos mayores gozaban con sus chistes malos que por malos los hacían reír y de verlos reír me reía yo. Recuerdo cómo cada accidente casero provocado por su torpeza y su terquedad doméstica era una anécdota más con la que aún disfrutamos en cada reunión familiar. Recuerdo cómo esa sencillez rompía el protocolo de su sabiduría y lo convertía en un ser humano, tierno y accesible, abierto y espontáneo, logrando un equilibrio perfecto entre el respeto al padre y el amor al papá.

En la adolescencia decidí demostrarle, sin saber por qué ni para qué, que se podían romper los esquemas sin importar cómo, sólo para revelarle que su ortodoxa forma de vivir la vida, me resultaba insípida y apacible. Hice tantas estupideces y reaccionó con tanta paciencia. A los 16, me robé el carro de mi hermano Francisco, que se había ido a vivir a Costa Rica y necesitaba venderlo para vivir allá. Borracho y sin licencia, lo estrellé contra un árbol en una madrugada. Cuando se enteró, sólo me dijo: “Afortunadamente no le pasó nada malo a usted”. Y me quitó la excursión de último año de colegio para pagar el arreglo del carro. Sin un sólo golpe me enseñó que las grandes tonterías tienen graves consecuencias.

A los 20, confundido y abatido, le confesé que había embarazado a mi novia, que sólo tenía 17 y un papá que me podría levantar 10 mil veces a pata. Lejos de dramatizar el asunto, abonó el terreno para que mi hijo llegara a un mundo colmado de amor. Un mundo que funcionaba como un barco del que él era el capitán y que daba la bienvenida a todo el que tuviese carné de familia. Sólo se sentía feliz de ser abuelo y lo demás se podía resolver, con esa calma y ese amor que se veía detrás de sus párpados que ya se le venían sobre los ojos. Y siempre estuvo allí, feliz de verme padre, feliz de ser abuelo como tantas otras veces, pero con una vocación especial por Nicolás, mi hijo.

Cuando me divorcié, fue el primero que se quedó callado a mi lado sólo para verme llorar sin decir nada. Sólo para que supiera que él estaba allí, soportando conmigo el dolor, llevando la carga de una vida que me pesaba y que yo no podía cargar. Cuando las casas que acompañaron mi soledad se volvían refugios de frustración, él estaba allí para recordarme que dónde él y mi madre estaban, ese era mi hogar. Y cada vez que llegaba con maletas y dolor, había una habitación vacía esperándome, con algo que recordaba a ese niño que curioso miraba a un señor fumando pipa, acomodándose las gafas para leer. Algo que me recordaba con cariño que era miembro de su logia de sabios y pipas.

Él anduvo mucho tiempo perdido en asuntos “importantes”. En asuntos de Estado y de Academia. A medida que fue encontrando refugio en el hogar, la vida nos fue dando más espacio y más tiempo para conversar.

Me sentía orgulloso de sus logros. Por él descubrí que los méritos hacen a los grandes hombres más allá de su posición. Él hizo a sus cargos y nunca los cargos a él. A él no se le recuerda por los cargos que ocupó sino porque él estuvo allí, dándole dignidad al cargo. Siempre fue superior a su misión y cuando la misión era rebajada por los intereses políticos mezquinos, él renunciaba a la dignidad del cargo, porque el cargo ya no tenía dignidad. Su vida pública me importó poco. Sé que trataron de vapulearlo en su honor para salvar el pellejo de más de un hampón cobarde, es decir, de algún político. Y casi lo logran. Pero eso no me importa ya, porque su lucha lo sacó avante, y si me importara, guardaría rencores inútiles por seres que no merecen ningún tipo de sentimiento ni alusión.

Lo que me importa es que su círculo íntimo, los que hemos tenido el orgullo de tenerlo cerca, sabemos desde el fondo de la conciencia que él es un ícono de la rectitud pública y privada, y que a sus casi 81 años su vida no es un ejemplo para los discursos mañé de homenajes inventados, sino para la vida misma, esa que tiene principios y valores firmes e inamovibles, fincados en la bondad de un buen ser humano, esos que uno le puede trasmitir a sus hijos con toda tranquilidad para que sepan que pertenecen a una casta que desciende de un ser humano brillante, noble y bueno.

Hace poco más de tres años, a mí me sorprendió el desempleo y a mi padre, una vida reposada de pensión. Los dos nos encontramos bajo el mismo techo, en uno de mis 10 mil retornos de fracaso y maletas en la puerta. Su ocio y mi ocio se juntaron. Yo, para contarle qué desgraciado me sentía, y él, para hablarme de Metodología de la Investigación Sociojurídica. Yo lo quería matar mientras él no me quería dejar morir. Mientras yo quería recabar en mis depresiones, él insistía en hablarme con pasión profunda de John Dewey, Habermas, Wittgenstein y Weber. Mientras yo quería que llorara conmigo, él me sugería que leyera a Viktor Frankl, que había escrito toda su teoría sicológica después de sobrevivir a un campo de concentración Nazi durante la segunda guerra mundial.

Yo le huía decepcionado por su incomprensión. Cuando levantaba mi almohada para taparme la cara y llorar, ahí estaba, en mi cama, el libro de Viktor Frankl, “Ante el vacío existencial”, con el separador de hojas en el capítulo que él quería que yo leyera.

Todo mi duelo lo convirtió en una lección de vida sustentada en otras vidas que tomaron lo peor de lo que los rodeaba y lo convirtieron en lo mejor de su legado para la humanidad. Así, conocí a Frankl, Alfred Adler, Marcusse, Savater, Erich Fromm y otros cuantos que mi padre dejaba sistemáticamente cerca de mi almohada cuando sabía que yo le huía desesperado de sus terapias intelectuales, cuando yo quería simplemente que avalara que mi vida era una porquería sin salida. Yo tiraba el libro. Luego, en mi desespero, lo abría en la página señalada y me encarretaba con el cuento, hasta que salía de la habitación a buscar a mi padre para que me explicara lo que no entendía. Así, fuimos armando diálogos que oscilaban entre la mierda que era mi vida y la lucidez de los autores que mi padre dejaba en mi almohada.

Su ocio y mi ocio se juntaron. Su ocio y mi ocio hablaron de temas trascendentales, filosofía contemporánea y clásica, debates eternos sobre las noticias hasta el borde de la discusión. Había temas intocables e irreconciliables. Pero luego, volvíamos a lo que podíamos tratar sin apasionamientos políticos de actualidad, en lo que nunca estuvimos de acuerdo.

Su ocio y mi ocio se hicieron amigos. Compartieron mañanas y tardes enteras de charlas amenas. Si bien, su sabiduría no me contagió, porque supe gambetear la estructura del conocimiento profundo, si me llenó de profunda curiosidad por mil temas que antes ni conocía.

En esos dos últimos años y algo que compartimos, mi padre y yo nos hicimos amigos. Cambió la pipa de tabaco por la pipa de oxígeno, pero nunca desapareció su horizonte imaginario para pensar ni sus gafas para leer.

En esos dos años, decidí acercármele sin tanta prevención ni reverencia para descubrir, después de 30 años, lo que guardaban sus ojos mientras miraban ese horizonte imaginario. Y como un dique se rompió a mi amistad y me regaló un trocito de su sabiduría con toda paciencia y dedicación.

En esos dos años fui amigo de mi padre. Tomé café con él bajo el sol y la lluvia de la sabana y de Villeta y conversé sobre mil cosas con él. Y él también, poco a poco, fue cayendo en la trivialidad de mi depresión, fue aprendiendo a decir madrazos sin remordimiento, fue bajando del universo de los dioses de la sabiduría para divertirse con mi forma ramplona y básica de ver las cosas y le di sal a su vida cuando la sal le estaba prohibida.

Mi padre es mi amigo. Le preocupan mis romances y se conmueve si me duele el corazón, quedándose en el sentimiento básico y dejando en paz a Frankl. Mi padre recordó que cuando era joven le interesó la literatura y escribió cuentos, y empezó a leer lo que yo escribía sólo para admirarme tanto como yo lo admiro a él. Mi padre me dio valor. Valor de valentía para enfrentar el mundo y valor porque me hizo sentir valioso.

Mi padre pacientemente me construyó las alas de Ícaro para que yo vuele hacia el sol. Y me pintó un sol y una bandera azul y blanca para que yo me elevara hacia el sur. Y hoy, desde ese lugar en donde ondea una bandera azul y blanca con un sol en el medio, yo lo recuerdo en su día, para decirle que todo lo que hizo por mí no fue en vano, que gracias a él me siento un mejor ser humano, que su legado está tatuado en mi alma con letras de oro y que si bien no soy como él, me permitió ser como yo, para que él, se sienta orgulloso de mí, así, como yo me siento orgulloso de él.

Feliz día padre. Estoy contigo y estás conmigo, en esa conexión eterna de los amigos inseparables y con el amor filial que crece cada día que tu enseñanza me fortalece para consolidarme en este nuevo mundo al que he llegado con las alas de Ícaro que me hiciste. Te quiero padre, y tú lo sabes, como sabes tantas cosas. No en vano García Márquez te definió como “un sabio distraído”.

domingo, 20 de junio de 2010

Dolor profundo, vómito de rabia, Patria maldita.


Ayer leí un libro que escribió Andrés Caicedo. Mejor dicho, no era un libro y tampoco lo escribió para publicar. Eran cartas y escritos que hacía para purgar su alma, como quizás lo hago yo en este momento. Después de 30 años de haber muerto, sus hermanas decidieron sacar a la luz estos rezagos de intimidad de Andrés.

No se por qué me llamó tanto la atención este personaje desde que oí su nombre, desde que oí datos de cómo vivió su vida, vertiginosa, aunque nunca leí nada de él. Siempre pensé que él había querido suicidarse como algo premeditado, como un deseo propio de su excentricidad. Ayer, leyendo sus cartas y sus disertaciones sobre sí mismo descubrí que no. Andrés Caicedo no quería morir, pero tampoco supo cómo vivir.

Me encanta el desparpajo con el que escribe, sentí que dialogaba con él y yo sólo asentía frente a esa angustia existencial que lo aquejaba tanto. Él mismo dice que no era bueno para hablar, pero sin duda escribía como le gustaría hablar. Tenía unas luchas internas soberbias entre lo que pretendía ser y lo que era. Odiaba sus demonios profundamente pero no podía desterrarlos de su vida, entonces vivía pendulando entre el remordimiento, el arrepentimiento y las ganas de cambiar su vida, de empezar de nuevo cada vez que salía de una de sus “torcis”, como le decía a sus trabas.

“Ahora no soy más un niño. Soy una cosa grande con la misma necesidad y peor debilidad”. Creo que en esta frase él resume todas sus angustias. Era un prodigioso ávido de reconocimiento y fama. Lo deja traslucir. Pero no sabía cómo administrar su vida. Le importaba mucho la percepción que el mundo pudiera tener de él y más lo atormentaba aún su prematura genialidad que poco a poco, con el transcurrir de los años, sentía disminuida.

Al leerlo, sentí que era una persona audaz para interpretar el mundo pero incapaz de interpretar su propio ser. Siempre miraba la muerte como una posibilidad en la derrota de la depresión, pero no como un deseo inefable. Se intentó suicidar varias veces pero sentía que no estaba bien hecho, que no era justo, que no podía angustiar así a sus padres. Esa lucha interna entre sus anhelos y sus frustraciones lo fueron menguando, debilitando… esa dependencia absoluta de su madre y del amor frente a la soledad, sus adicciones y sus ganas de afirmar una seguridad inexistente lo fueron llevando a las cuerdas de la vida… hasta que la vida misma lo noqueó.

Ahora, enfrento mis propias reflexiones, mis propias dependencias, mi propia vida. Lo hago como un simple ejercicio de análisis y catarsis. Es más, es simple catarsis. No me voy a preocupar mucho por la coherencia y el orden, sólo quiero escribir y más que escribir escupir mil sentimientos que tengo atravesados, que me hacen daño, que me disminuyen y también, que poco a poco me van llevando contra las cuerdas de la vida que es simplemente perder la emoción de vivir… que sin duda, debe ser peor que morir. Este no es el grito desesperado de un suicida, no está en mis planes rendirme y mucho menos así. Trataré simplemente de reflexionar sobre el por qué de este opacamiento paulatino de mi luz, esta resistencia frente al mundo y este escepticismo en cuanto al futuro.

La primera pregunta que me asalta es… qué siento. Acá, recostado escribiendo, siento un abandono total. Un abandono total de mí por mí mismo. Es un abandono mezclado con cinismo… como si fuera ya esa mi forma de vida y no me importara. La angustia se me volvió un motor de estupideces. El amanecer se volvió una tortura porque ya se exactamente cuántas líneas de tablas atraviesan el techo de mi cuarto y contarlas de nuevo sólo me recordaba cuánto tiempo tenía para perder el resto del día. El resto del día era un deambular por ahí escarbando en el pensamiento en qué lugar y momento fue que me perdí. Es más, pensaba si en realidad me perdí o me desaparecieron, si eran errores míos o injusticias de otros, si valía la pena sufrir o sólo era un paso necesario para algo ulterior que yo no conocía… Esa angustia fue llenando el espacio de mis pensamientos y poco a poco invadió mis sentimientos convirtiéndome en un perfecto idiota para trasmitir afecto. La confusión es inexpresiva, retraída, imbuida… y uno se vuelve todo eso.

He dado tantas vueltas tan inútiles en la vida. He luchado tanto por lo seguro y me he sentido tan vacío sin la zozobra de la inestabilidad. Podría ser feliz, si fuera más conforme. Sería más feliz, si no fuera tan insensato. Tengo mil excusas para gambetear a la vida y sus exigencias. Mis parámetros básicos llegan hasta donde empieza la curiosidad por experimentar nuevas emociones. Mil aberraciones, inofensivas, pero aberraciones. Los privilegios me aburren y cuando no los tengo me quejo de no tenerlos. Es tan raro ser tan raro...

Tengo ideales de gran líder y acciones de simple gregario. Pienso tanto en cómo debo hacer lo que debo hacer, que al final, no lo hago, y si lo hago, no lo hago del todo bien. Sin embargo, he contado con suerte. Tengo un buen discurso para argumentar por qué no hago lo que debo hacer y por qué hice lo que no debía. Nunca he cometido errores insalvables o de impacto nocivo e irreversible. Algo ha pasado, algo que me salva. Soy perezoso quizás, pero si tengo que madrugar madrugo. Trabajo bajo la presión del último minuto... y hago las cosas... No sé si soy un vago compulsivo, un “outsider” en el camino del éxito, un desadaptado en busca de la perfección de una labor no exigente, no exigida...

Un disperso total, como las gallinas, que miran fijo al pasto hasta que una mosca les llama la atención, y luego una mariposa, y luego una mota que vuela, y luego el pasto que se mueve otra vez... Tengo en mi mente grandes metas... pero aún no ubico la escalera.

Quizás criticarme me haga sentir mejor, o alimente mi ego... no se, pero alivia un poco el tedio que siento aquí sentado.

Me siento tan inútil, tan amarrado, tan poco lúcido e inspirado, produciendo tan al mínimo, que no se si vale la pena que esté acá. Se me nota el paquidermismo del accionar. Es un abandono cómodo y cínico, la sociedad tiene la culpa de todo y yo sólo soy el transeúnte que se deja atropellar.

No se qué estaría sintiendo Andrés Caicedo exactamente cuando se dejó morir… pero si era un autocrítico inclemente y un autocompasivo compulsivo su final no podría ser otro.

Igual me pasa a mí… y el final no puede ser otro, es decir, no porque me suicide, no quiero, pero el tedio igual me va matando. Me acostumbré a vivir por inercia y sin escrúpulos. El cinismo es mi guía y el sufrimiento mi bastón. Prefiero no darle rostros a los nombres ni nombres a los rostros. Me aterra el mundo pero más me aterra el espejo. Y miro al mundo para dejar de mirar al espejo… y me consuelo. Siento un latir que ahora me resulta extraño y que más que prolongar mi vida prolonga mi agonía. La contradicción me nutre cada día de dudas y las dudas de certezas efímeras que mañana serán nuevas dudas. La verdad es la verdad si me conviene. Todo lo demás es mentira. Pero cada día me conviene algo distinto o nada me conviene. Todo es mentira. La pasión me motiva pero me reta. Y ya no se asumir retos. Huyo. El letargo es una cama inmensa en la que muero cada día enfermo de mi mismo.

Toqué fondo… raspé la olla de la depresión… confundo aquí lágrimas, mocos y un pulsar defectuoso en las teclas que me hace devolver una y otra vez. Busco el dolor en los errores del pasado, en el sentimiento presente y la incertidumbre del futuro. Pienso en todo lo que pudo haber sido y no fue… aquí sólo, por voluntad, como si estuviera en una cuarentena autoimpuesta para no pegarle a nadie este sentimiento tan rancio que llevo dentro.

Quiero encontrar mi cordura. Siempre creí que la locura era la esencia de mi felicidad. Pero ya no la soporto. No se si porque los años ya empiezan a entrar a mi vida con fuerza o porque ya me he hecho el daño suficiente. O las dos.

¿Y qué? Sigo pensando en el mismo país de gobierno paraco y oposición guerrillera. Sigo sufriendo por una mujer a la que le quiero entregar mis mejores años cuando ni siquiera he tenido años buenos. Además se los he empeorado a ella y a otras más. Sigo aquí sentado buscando el sentido de mi vida cuando ni siquiera se si la vida tiene sentido. Sigo buscando mi identidad y la de un país sin identidad, sin amor propio, sumiso y tonto como este que le sigue comiendo a los de arriba las migajas asquerosas que dejan caer al piso.

Quise ser un guerrillero y la guerrilla se volvió narcotraficante. El narcotráfico siempre nos amargó la vida y nos buscó el quiebre como familia y odio el narcotráfico. Luego, no pude evolucionar con el “ideal” guerrillero. Quise ser líder y no me sigo ni a mi mismo encerrado en mi habitación porque el sol hiere mis ojos y la lluvia moja mis ideas. Detesto el hedor maluco de la cama que me acoge como refugio… y ahí voy, esperando a que este cuento se acabe y encuentre desenlaces en las contingencias que no manejo. No quiero manejar ¿Quién me botó a este sitio? Yo nunca lo pedí y lo peor es que nací “privilegiado”. Buena familia, buen estudio, buenas cosas… y soy “privilegiado”… pero es que yo no quiero estar acá. Porque es que acá se sufre y se hace sufrir. Soy mentiroso porque soy egoísta y quiero tener todo y no perder nada, sólo en la medida en que la pérdida no me haga sufrir. Soy egoísta por no querer sufrir pero no quiero sufrir porque yo no elegí estar acá. Y en esa huída voy dejando sufrimientos regados con mentiras descubiertas ¿Soy un mal tipo? Quizás, como el futbolista que es mal futbolista porque no le gusta y no sabe jugar. A mi no me gusta y no se vivir. Pero el futbolista puede dedicarse a otra cosa. En cambio el vivo no puede renunciar a la vida. O si puedo, como hizo Andrés, puedo, pero no podría soportar la culpa de ver sufrir desde dónde sea que vaya a los que querían verme vivo. Además he dado vida, eso me compromete.

Y entonces, en mis elucubraciones de días y noches de ocio, me imagino el destino de lo que le de sabor a mi vida. ¡Qué viva la lucha social! Pero… ¿Con cuál sociedad? ¿Una manada de idiotas útiles que no han entendido el sentido de la opresión y lo malo que es estar abajo? ¿Una horda de desadaptados buscándose el día a día cómo sea? Admiro la crudeza de Fernando Vallejo y detesto su escandalosa homosexualidad. Pero es un marica francote. Entiendo perfectamente por qué renunció a la nacionalidad colombiana y por qué ahora la quiere otra vez. Este país es una mierda. Pero es una mierda apasionante. Con todo lo que pasa yo no podría dejar de ser colombiano. Si la vida me da tedio tal cómo viene, qué haría yo en un país sin mayores sobresaltos. Acá hay tanta estupidez y sevicia juntas, incluidas las mías, que un noticiero es una ventana a lo macabro. Masoquismo lo llamó el marica Vallejo. Soy masoquista, pero le huyo al sufrimiento proveniente de otros. Paso la vida escupiendo palabras de odio contra la vida misma. Y es que no le encuentro el sabor a esto. Que hay que trabajar… bueno, bien… yo quiero trabajar, pero para eso, que en últimas es maluco porque encasilla la vida en una rutina mortificante, hay que lamber por lo menos un par de zapatos, ponerse rodilleras y agachar la cabeza para hacer algo “digno”. Y no es una elección complaciente. Hay que trabajar porque hay que producir, porque hay que vivir de algo… ¿Y por qué tengo que hacer todo eso si yo ni siquiera quiero vivir? ¿Por qué tengo que responderle a las fuerzas cósmicas que me pusieron acá sin mi consentimiento? Gracias a la vida que me ha dado tanto… es que yo no he pedido nada… y sin embargo, estoy acá, viviendo, buscándole un sentido a esto…

Al diablo Choprá, Rizo, Cohelo y todos esos enmielados de la vida bella. A mi la vida me parece una porquería por más que digan que todo puede estar mejor y que todo pasa por la mente. Pues mi mente está podrida y no veo nada que me haga cambiarla. Que el día soleado. A la mierda el día soleado cuándo nos estamos achicharrando por cuenta del calentamiento global. Que la reflexión que producen las gotas de lluvia. A la mierda las gotas de lluvia y qué reflexión ni qué nada cuando ve uno en las noticias la gente durmiendo en camas que flotan sobre las inundaciones que arrasaron sus cultivos y que los tiene aguantando hambre. La vida es una mierda y todo lo que contiene. Los que viven bien son pocos y viven sobre la miseria y la vida de asco de la gran mayoría. Que confiemos en Dios que estos son pruebas de Él. Qué confianza y qué pruebas. Si ese man existe debería dejar de ser tan sádico con sus criaturas. O es que uno se inventa una cosa para hacer sufrir a todo el mundo y no le da ni un poquito de remordimiento. “Hay no, que eso es el libre albedrío…” qué libre albedrío ni qué maricadas, cuando el pobre empleado público se tiene que aguantar las humillaciones de un jefe déspota para no perder el ingreso paupérrimo que recibe cada mes ¿Qué libre albedrío hay ahí?… Dejémonos de falsedades y vanas ilusiones. Los que viven bien lo hacen encima de la miseria de la mayoría. A los miserables no les alcanza para leer a Choprá, Cohelo o Rizo. Pero sí les alcanza para ir donde un pastor evangélico a que les diga que todo son pruebas de ese Dios mercantilista que enriquece a los vivos y empobrece a los bobos. Se cogen de las manos y gritan y hacen alabanzas en su más inocente ignorancia y todo está mejor porque Dios los escucha. No, Dios tiene secretarios que se quedan con la plata y le esconden los informes mientras a él le rozan los pies las olas en la playa del cosmos con un coctelito de piña celestial.

Que soy un resentido. Sí, lo soy. Me resiente estar en un sitio tan asqueroso como el mundo, en un país tan asqueroso como Colombia, rodeado de gente tan asquerosa como los colombianos y ser tan asqueroso como todo lo que me rodea. Ay, que soy un apátrida. A la mierda la patria cuando el gobernante es un paramilitar descarnado que tiene amigos paramilitares descarnados que hacen política paramilitar y están recluidos esperando a que les limpien todas sus culpas por cuenta de una ley paramilitar que expidió un congreso paramilitar. Y la gente, el pueblo, esa manada de idiotas útiles y horda de desadaptados escarba en la tierra para encontrar sus muertos y se desmayan cada vez que oyen lo evidente. Que un paramilitar torturó, mató y descuartizó a un familiar cercano y en poco tiempo va a estar tomando licor en la cantina de donde sacaron al finadito pocos minutos antes de que fuera finadito. Salvajes en el poder e idiotas en el pueblo. Oposición de cafres narcotraficantes que mancillaron las banderas de la revolución, mal llamados guerrilleros. Porque la guerrilla es otra cosa. Y donde aparezca alguna real, allá me voy. Pero estoy tranquilo porque esos no van a aparecer. Que los colombianos somos unos berracos. Algunos sí, pero pocos acá y muchos se van. ¿Por qué? Pues porque este país es una mierda. Porque no le da oportunidades reales a la gente buena a no ser que coincida la capacidad con la oportunidad. Yo trabajé en la “mejor” entidad del Estado. Qué porquería. Contratos sin prestaciones ni seguridad ni nada en una ficción laboral para ahorrarse lo legal. Y eso es el Estado y su “mejor” entidad. Farsantes mentirosos. Y un discursito cursi de que todo está bien y que trabajamos para superar la pobreza cuando no son capaces ni siquiera de corregir lo básico, la honestidad con los propios trabajadores. Y llevan a otra entidad, semiprivada y semiservil a que les diga que todos los papelitos están bonitos y que están “certificados”. Certifican lo malo para que parezca bueno y así se genera un manto de impunidad propio de las dinámicas estatales de este país de mierda regido por un gobierno de paramilitares disfrazados a medias de pueblo. Ese pueblo, esa manada de idiotas útiles y horda de desadaptados.

Y no digo todo esto porque me sienta superior, no. Me siento del montón, igual de idiota y desadaptado. Igual de colombiano. Y como ser humano… bueno, no puedo negar que me gustan las cosas buenas. Soy esencialmente hedonista. Busco el placer, evito el dolor. Pero he descubierto que el hedonismo es una paradoja. No alcanzaremos el placer sin dolor y viceversa. Por ejemplo. El sexo es placentero pero el amor es doloroso. Y en mi caso, el sexo sin amor es doloroso. Y el sexo con amor… no sé qué es. He desperdiciado tantas oportunidades para amar. Es más… he pervertido el amor y lo he malgastado que ya no se qué me queda. Me he inventado cuentos de perfección desperdiciando lo bueno que tengo a mi lado. Y dejo ir lo bueno siendo malo y luego consigo algo bueno y sigo siendo malo y busco lo bueno que se me ha perdido y lo bueno ya se ha vuelto malo…y yo, sufriendo y haciendo sufrir, un hedonista estúpido que busca el dolor y no disfruta el placer. Porque el placer hunde sus raíces en la satisfacción y el disfrute de la vida. Y yo no disfruto este cuento ¿Cómo darle la vuelta a esta sensación? No voy a leer ni a Choprá ni a Cohelo ni a Rizo. No voy a buscar un pastor evangélico.

Voy a vomitar mi odio en estas teclas sucias y voy a maldecir cuanta porquería se me atraviese. Qué rico gritar con las ventanas arriba que todos los taxistas son unos malparidos. No oyen, como nadie me va a oír esta sarta de maledicencias… pero sigo pensando y siempre pensaré que los taxistas son unos malparidos. Quizás la vida me esté llevando a ser taxista. O por lo menos, ya me siento un malparido más. Me levanto, me miro al espejo y pienso qué me espera en el día. Me va a crecer la barba, miraré el techo unas nueve veces, daré unas cinco vueltas al patio… me deprimiré y esperaré a que llegue la noche para que la vida se me vaya una vez más. Con suerte prenderé el televisor en un partido europeo y podré brincarme a Jota Mario y su carita de yo no fui con esas ínfulas de altruismo reforzadas por el padre Chucho que canta con una voz tan desafinada como su alma. Pornomiseria. Lleva a pobres ovejitas al matadero del escrutinio público en un programita que se llama “Abre tu corazón”. Ese si es el más malparido de todos. Esa porquería se debería llamar “Abre mi morbo para subir el rating”. Ese es otro de los que se queda con los informes para Dios y los capitaliza en la caja maldita de la televisión. Ah vida de mierda. Ah malparidos todos que me rodean y que malparido me he vuelto. Por lo menos yo sé que soy un malparido y lo acepto. Pero a los otros malparidos el padre Chucho los convence de que son criaturas de Dios y que pueden seguir siendo unos malparidos… pero públicos, porque su miseria ya ha sido expuesta en nuestra tele. Yo seguiré siendo un malparido anónimo.

Y cuántas veces me han criticado por no ser sumiso, “práctico”. Libre albedrío… pues a mi se me da la puta gana de mandar a un jefe para la mierda si creo que sus actuaciones van en contra de mis principios. Ese es mi libre albedrío. Sí, estoy sin trabajo, pero todavía tengo mi “libre albedrío”.

Andrés Caicedo cedió en una de sus “torcis” ante la parca. Por acción o deseo dejó de existir. Yo me he llenado de tanto rencor patrio, de odio a la tierra y sus personas estúpidas y serviles, de camas imantadas y letargos profundos, que la vida para mí está por fuera de la cama. No le llamaré muerte sino exilio. No renunciaré a la vida pero sí a la tierra. No sufriré más por un país de mierda que no me merece, quizás como esta vida de mierda no merecía a un genio como Andrés Caicedo.


FIN.

viernes, 11 de junio de 2010

Neruda me perdonará...


No recuerdo quién me habló de Neruda por primera vez. No recuerdo bien si me dijo que su nombre era Pablo. Estoy seguro de que no me dijo que nació con el nombre de Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto. De él sólo sabía que era chileno, que murió días después del golpe de la dictadura militar y que era un gran poeta. No más.

En 2001, cuando me estaba separando de mi esposa (hoy ex esposa), en medio del dolor insalvable y profundo, desgarrador y constante de la ruptura y sus causas, en el asilo y el refugio de la depresión en el apartamento de mi hermano Luis en Montreal, Canadá, recordé un par de frases de dos de sus poemas más famosos, sacados de “20 poemas de amor y un canto desesperado”. Unos trocitos del poema 20 y del poema 15. No sabía que eran los poemas 20 y 15 y mucho menos que salían de ese libro. Sólo recordaba con una insistencia torturadora esas dos frases que me laceraban el alma: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche” y “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”. De la primera frase me burlaba, no creía que él pudiera escribir versos más tristes que yo y menos esa noche, mi oscura noche. Y se lo hice saber. De la segunda, no entendía por qué le podría gustar que alguien calle, porque “está como ausente”, cuando la ausencia de alguien, de ese alguien, en ese momento, me estaba matando a mí. En este caso, se lo hice saber a ella.

Abusé de que Neruda estaba muerto y de que ella estaba ausente para escribir dos textos sacados de las vísceras rotas y hechas mazacote entre mi pecho y mi espalda. Asumí que los lectores, Neruda y ella, supondrían que yo conocía la extensa obra de Pablo y que podría abusar de ello para colgarme de sus versos y vomitar mi dolor. Y lo hice. Y ahora me confieso. Sólo conocía esas dos frases de Neruda, del que sólo sabía tres datos... y dos frases.

Hoy, junio de 2010, después de visitar sus tres casas en Chile, “La Chascona” de Santiago, “La Sebastiana” de Valparaíso e “Isla Negra” en el litoral central, de comprar y leer dos de sus libros, "20 poemas de amor y un Canto desesperado" y “Confieso que he vivido”, e incluso, atreverme a indagar sobre el enigma de Malva Marina, su hija, me animo a publicar esos dos textos que escupí de mis entrañas adoloridas en 2001, abusando de su existencia y burlándome de su inexistencia. Hoy le debo mi apología que hago letras. Neruda me perdonará. No era un santo tampoco.

Charla muda con Neruda.

Alguna vez leí un pequeño fragmento en el que Pablo Neruda rezaba melancólico “Puedo escribir los versos mas tristes esta noche....” Creo que si Pablo Neruda me hubiera conocido habría escrito: “Él puede escribir versos mas tristes que yo, esta noche…”.

Pero bueno, nunca conocí su tristeza y él tampoco la mía, luego, él con su tristeza y yo con la mía. Al final cada uno con sus versos.

Lo único que sé, es que para mí la noche es un puñal que me entierra el filo de las estrellas con cada destello. Para mí, las estrellas fugaces ya no son mensajeras de deseos románticos en las noches despejadas. Para mí, son un disparo de rabia directo al alma que trae los recuerdos de la noche más larga y oscura de mi vida…mi propia vida.

Pero bueno, no es culpa de las estrellas y de la noche el dolor que me embarga. No es culpa de las nubes que cubran su espectro titilante y se vayan sin siquiera despedirse. La verdad, no es culpa de nadie… y es culpa de todo. “Es sólo la vida” dirán Borges y Benedetti sonriendo con la ironía de quien ya habría soportado mil muertes desde la primera hasta la última. Para mí es sólo el comienzo….y más que tierra… me cayó mierda.

Pero bueno, no pasaré mis días maldiciendo a las nubes, la noche o las estrellas. Tampoco a tu silueta dibujada en la luna opacada por la lluvia. No voy a maldecir nada…sería maldecir mi vida y más maldita no puede estar. Por eso, tan solo sonreiré de delirio victorioso por haber soportado mi primera muerte.

Algún día recordaré los versos más tristes de esta noche y me daré cuenta de que Neruda se equivocó en la inocencia de ignorar que tan sólo iba por alguna de sus primeras muertes ¿¿¿Que habrá escrito en la noche más triste de su vida??? Habrá callado arrepentido de pensar que creyó haber escrito los versos mas tristes en una noche quizás feliz para el total de sus amargas noches…. Por lo menos le quedó algo de inspiración aquella triste noche… pero en su noche más triste, seguro su mano ya no pudo soportar el peso de la pluma.

Sólo espero ahora, que en la noche más triste de mi vida, aún mi mano pueda soportar una pluma para decir, “Puedo escribir los versos más tristes, ahora sí, esta noche”…esa será mi última muerte.

¿Me gusta cuando callas?

“Me gusta cuando callas por que estás como ausente…”
Escribía Neruda, quizás pensando en ese silencio
que da paso a la mirada de una mujer que vuela hacia el infinito,
hacia la nada, y que en su vuelo recorre el campo
de los recuerdos gratos y la melancolía de los
momentos indoloros, dando paso a una sonrisa furtiva
que se desvanece de tajo y de repente con la realidad
inmediata.

Quizás evoca esa mirada de la mujer amada mientras
divagaba en su papel y la nostalgia.

Pero por lo menos él pudo cortar el paisaje de esa
mirada con su presencia, y quizás, en un abrazo perpetuo,
se unió a sus alas para estar ausente de ese lugar,
pero en vuelo eterno.

Pero a mi no me gusta cuando callas… porque en realidad…
estás ausente….

domingo, 30 de mayo de 2010

Entrada de Bienvenida a mi nuevo blog: luchasjustas.blogspot.com

En mi blog Calma, quietud y tribulación, me permití añadir unas entradas de tintes políticos, clamores colectivos que yo hice míos para convocar una solidaridad que fue y ha sido evidente, grata, motivante.

Pensé que una vez ganáramos las elecciones presidenciales de 2010 con Antanas Mockus, lo que daba por descontado en mi infinita ingenuidad de creer que en Colombia hay más pueblo soberano que élite dominante, volvería a la imaginación literaria, a la crónica y quizás a una que otra obra de satisfacción, haciéndole seguimiento a un cambio en la sociedad que vería desde mi exilio voluntario en Buenos Aires.

Son las 2:33 de la madrugada en Buenos Aires y las 12:33 a.m. en Colombia. Acaba de culminar un día nefasto para la democracia, para la autodeterminación del pueblo colombiano, para la esperanza de un grupo creciente de personas que cree en una sociedad más justa, con unas élites más dirigentes, un pueblo menos oprimido y una estructura social más equitativa e incluyente. Pero no, no fue así. Ahora, yo, péndulo entre la rabia y la tristeza, arrastrando desconcierto y desolación.

En cualquier caso, a pesar de los fraudes evidentes ya denunciados por la Misión de Observadores Electorales que descubren la compra de votos desde las uestes oficialistas, esas mismas que representan en la política a ese grupúsculo que acapara la riqueza y el poder, siento que la mayor responsabilidad de esta derrota recae en el pueblo, en la sociedad, en ese grupo amplio de personas de la base que se someten y someten a toda una Nación por acción u omisión. Es incomprensible que alrededor de un 51% de votantes no hayan ejercido su legítimo derecho al voto. Yo mismo no lo hice pero porque median 5 países entre mi mesa de votación y yo, sin una tutela que me hubiese abierto la posibilidad de votar. Y fui activo, políticamente activo. La apatía es un cáncer que se traga la estructura de una sociedad justa. La democracia se ha convertido en una herramienta más de la clase dominante que además legitima todas sus acciones mientras los cómplices pasivos de su accionar se quedan en sus casas durmiendo, viendo fútbol, burlándose de “la gente que vota” o qué se yo.

Ahora percibo mi exilio como una necesidad, como una plataforma de acción política que debo explotar con un impacto desconocido pero cierto. Este nuevo blog no busca convocar sólo opinión, sino también acción. El bosque se ve más claro desde afuera y las guerras no se planean sobre el terreno sino sobre los mapas. Mi apuesta en este blog es sentar una posición política estructurada, formada con quienes quieran intervenir para ponerle seriedad al cambio, que me den su aporte desde mi país y desde otros puntos del planeta. Los resultados en los que confiábamos iban a ser más esperanzadores, pero no fue así. Ahora se tiñe de nuevo un panorama de gris plomizo, con una nueva mafia en un renovado poder.

Acá, prescindiré del estilo. Acá trataré de ser más claro y directo. La literatura se quedará en Calma, quietud y tribulación para permitirle a este espacio una interacción más clara en función política, en buscar alternativas de acción, de generar una revolución de ideas que se pueda materializar en una revolución real que nos permita recuperar al país de las garras de las élites que no lo quieren soltar.

Sí, este es un espacio subversivo y revolucionario, abierto a las ideas de cambio con un fin específico. Construir una estrategia de acción que nos permita recuperar el país de las mafias, los mafiosos, los pícaros y sus picardías. No se considera la violencia como una alternativa pero sí la radicalidad de las ideas y su ejecución.

Acá no son bienvenidas las FARC ni sus acciones. Acá no es bienvenido Chávez y su injerencia indebida sumada a su megalomanía demencial. Acá no es bienvenido quien acepte la muerte de otro colombiano como algo legítimo para alcanzar el poder. Acá espero ansioso a este grupo de compatriotas descubierto por todo el mundo y en mi propio país, dispuestos a lograr un cambio hacia la ciudadanía y la convivencia pacífica. Pero espero ideas innovadoras, agresivas, creativas para lograr recuperar lo que es nuestro. La justicia social y la equidad no sólo son derechos. Es obligatorio procurarlas. El compromiso, así fuere solitario entre mí y mis escritos, será el de recuperar la democracia para el pueblo. Esta es una ventanita subversiva porque va en contra de un régimen corrupto, pero a la vez constructiva porque le quiere devolver ese régimen más que a la legalidad, a la ética, porque es claro que muchas leyes son sólo herramientas del poder para afianzarse a sí mismo.

Esta es una entrada improvisada de tres de la madrugada que sirve de apertura a una lucha perenne, persistente, consistente, denodada y que no tiene fecha de vencimiento. Terminará cuando las élites corruptas dejen de utilizar las herramientas de la democracia para su propio beneficio, cuando el Estado represente los intereses de la sociedad y cuando el ciudadano cobre más valor social que el mafioso. Ese día, habremos cumplido. Entonces bienvenidos y bienvenidas. El camino será largo y tortuoso, pero los resultados seguramente irán marcando una ruta de satisfacción inmensa. Gracias por estar ahí… así este mensaje se quede para mí sólo. Todo bien. Acá está quien quiera estar y se puede ir quien disponga que es lo correcto. La libertad está en hacer. Y este es mi pequeño aporte.