La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

sábado, 17 de septiembre de 2011

Conversación con el Dios que me inventé


Hola Dios. Esta es una conversación más contigo. Como todas las anteriores. Yo te hablo y yo no sé si Tú me escuchas. La verdad, no sé ni siquiera si en realidad existes. Pero yo he decidido inventarte, hacerte a mi imagen y semejanza, que escucho atentamente aunque parezca ausente. Ya me persigné, que es como mi forma de marcar tu número. En un dial que va de mi cabeza a mi pecho. Y tu extensión es la 2046. Supongo que estás al otro lado de la linea. Atento.

Te llamé para decirte que opté por no dudar de tu existencia porque creo que Tú pusiste en duda mi existencia. Sí, casi me muero, y como buen católico, me acordé de Ti justo cuando es innecesario. Cuando ya no le podemos hacer bien a nadie. Comprendí muchas cosas en el lecho de enfermo. Comprendí que tienes métodos un poco crueles para recordarnos quién está al mando. Está bien, lo acepto, Tú estás al mando. Y te agradezco esta nueva oportunidad en la tierra. Pero creo que debemos establecer las condiciones de nuestra relación. Porque si bien Tú me puedes llevar cuando quieras, yo puedo desinventarte cuando yo quiera. Pero como no voy a dudar más de tu existencia, esta será la última vez que haga esta amenaza.

Para empezar, quiero que nuestra relación no se llame "religión". La religión es una congregación de idiotas que no se inventan un Dios. Se inventan un dogma para hacer en nombre de un dios cualquiera lo que se les da la gana. Lavan cerebros, extorsionan conciencias, piden dinero, reúnen incautos, gritan, oran, vociferan en masa atraídos como las mariposas por el fuego y la historia nos dice que matar es una costumbre natural en quien defiende su religión. Yo no quiero una religión. No quiero más idiotas al lado mío recitando oraciones escritas como planas de escuela. No quiero vecinas mojigatas envueltas en pañoletas discretas. Putas de noche, santas de día. No quiero procesiones de multitudes siguiendo misterios, ni ritos de domingo que me interrumpan el fútbol. Quiero un contrato exclusivo. Sólo Tú y yo. Tú eres mi Dios. Yo soy tu creyente. No hay iglesia ni templos, no hay ritos ni monjes, no hay biblia ni mandamientos. No hay comunidad ni religión. Sólo Tú y yo. Yo creo en ti. Sólo yo. Nadie más. Y como no hay religión no trataremos de convencer a nadie más. Porque no hay más cupo. En nuestra relación sólo cabemos los dos.

No hablaré contigo de rodillas ni agacharé la cabeza para buscarte. No seré sumiso. Pero seré humilde. Creeré en tu poder, pero no en mi debilidad. Seguiré cuestionando tu perfección y Tú seguirás insistiendo en ella. Tendrás todo el tiempo para escucharme y yo creeré que cada vez que te hablo me escuchas. Dejaremos de llamar a los errores pecados y no habrá confesión ni culpa. Habrá reflexión y cambio. Y por supuesto, nuevos errores. Pero no más pecados. Esa palabra no estará en nuestro diccionario.

Sobre la creación del Universo, del hombre y su destino entablaremos discusiones en las que tendrás que aceptar los argumentos científicos. El resto serán especulaciones. Tan válidas las tuyas como las mías. Pero dejemos ya el cuentico de Adán y Eva, de Caín y Abel, de la serpiente y la manzana... nadie te pudo haber ridiculizado más al inventar tanta babosada. Sobre Jesús diremos que fue un buen hombre, tan hijo tuyo como yo, con un contrato que sólo Tú y Él conocieron. Tan válido y fructífero como el nuestro. Pero su perdurabilidad en la historia y su influencia en la humanidad es su mérito. No tuyo.

Sobre tu eternidad, omnipresencia y poder, Tú tendrás el monopolio de las respuestas. A mí la verdad no me molesta. No me interesan las respuestas. Con la certeza de que existes el resto no me importa. Como no me importa si existen universos paralelos o que hay en el interior de los agujeros negros. Procuro no matarme pensando en lo que nunca voy a saber. Entonces no perdamos el tiempo en ello. No le hablaré de ti a mi hijo. Le insinuaré que trate de encontrarte pero si no te encuentra no lo desampares. Él es una buena persona. Creo que no te debe interesar nada más. Si andas pendiente de cuántos y por qué creen en ti, sumarás soberbia a tu arrogancia y te darás cierto tufillo de estrella que no sale con tu bondad.

Nuestra relación no se basará en la convicción irreflexiva llamada Fe. Se basará en la Fe que es la convicción reflexiva de tu existencia. Convicción cimentada sobre la experiencia, el diálogo, los mensajes claros y cifrados que nos hemos cruzado. Como los que sentí mientras moría y Tú no me dejabas morir. Esas experiencias nuestras, íntimas, son las que llamaremos Fe. Y esa Fe no tendrá manuales ni interpretes. Será el voto de confianza mutuo que perpetuará tu existencia en mí y mi existencia en Ti.

Por supuesto, no edificaré templos para adorarte. De hecho, no pienso adorarte. Pienso amarte, contar contigo, tenerte presente en mi vida y acudir a ti cada vez que te necesite. Pero no te voy a adorar. No voy a asistir a espacios fastuosos y casi ofensivos con las necesidades inmensas de la gente para demostrarte mi amor. Mi templo será el bolsillo en el que te cargue siempre. Cambiaré el altar por un árbol bonito, una roca extraña, un arrollo o una quebrada, el pastizal que queda detrás de mi casa o el escritorio desde el que te estoy conversando.

Tu trascendencia en la historia será eso. Historia. No alabaré a los inquisidores que en tu nombre católico masacraron a los herejes. No alabaré a los musulmanes que en nombre de Alá masacraron a los católicos. No alabaré tu versión judía que en tu nombre masacran palestinos. No alabaré tu versión evangélica que en tu nombre vacían los bolsillos de los más desesperados. Ninguna versión tuya dada por la historia será tu versión autorizada. Sólo existe una versión tuya autorizada para mí. Esta. Esta que toma forma cada día entre Tú y yo. Esta exclusiva que no tiene historia ni religión, ni templos ni curas, ni espacio ni tiempo, más allá que el que ocupa mi insoportable levedad del ser.

Y sabes que estas condiciones son tan invariables como el clima en Bogotá. Sabes que Tú tienes el poder para cambiarlas cuando quieras y que yo tengo la soberbia para hacerlo también. Que seguramente Tú las cambiarás por mi bien y que yo las cambiaré por mi mal. Pero este contrato es vivo, dinámico, mutable... como Tú, como yo.

Tú dependes de mí, porque yo te inventé. Yo dependo de Ti, porque Tú me creaste. Vivimos en una simbiosis permanente de dependencia mutua. La diferencia es que Tú puedes vivir sin mí mientras yo sólo puedo aparentar que puedo vivir sin Ti. Pero bien sabes que no puedo, que no quiero, que eres la invención más preciada de todo cuanto pude haber imaginado. Estamos atados en este lazo exclusivo que nos une de punta a punta, el Uno al otro. Eres mi Dios y por lo tanto no te impongo. Pero tampoco te presto. Construimos nuestra relación cada día y la profundizamos en momentos límite como ese cuando la muerte me rozó. Eres parte de mi filosofía, de mi Fe, de mi ser, pero nunca de mi religión, porque sabes que lo sé, la religión es para idiotas. Y no me has hecho idiota y no te seguiré como si lo fuese.

Te he inventado para convencerme de tu existencia y me has creado para algo que sólo Tú sabes. Algún día me lo dejarás ver. O no. No importa. Me conformo con que estés y que estés al otro lado de la linea cuando te marque. Ha sido un placer conversar contigo. Como siempre.

lunes, 22 de agosto de 2011

¡¡¡Oyeeeee!!! Te hablo desde el Hospital...


¡¡¡Oyeeeee!!! Te hablo desde el Hospital... muchas veces nos creemos más preparados para la muerte que para la enfermedad. Sabemos con certeza que vamos a morir, pero no sabemos si algún día nos vamos a enfermar. Y este es el verdadero reto de la vida. Porque este templo que parece inexpugnable llamado cuerpo, a veces nos recuerda que somos unos seres débiles y vulnerables, flojos y temerosos. Y las enfermedades están ahí, para recordarnos que no somos superiores a la naturaleza, que en cualquier momento estaremos sentados en la taza del inodoro con los ojos encharcados rogando por un pedo que nos alivie, lo que en otro momento no nos llenaría sino de vergüenza, en esa presunción de orgullo que sólo le sirve a la soberbia.

Ahora, me ha tocado a mí. Nunca estuve más de un día en un hospital y siempre pensé que eso sólo era cosa de gente enfermiza y paliducha, hipocondriacos eternos, cobardes de los virus. Pero no, el hospital es un lugar para recordarnos cuán tenue es el hilo que nos une a la existencia.

Buenos Aires, mañana dominguera. Todo comenzó con un dolorcito, como empieza todo mal. Dolor de panza normal de domingo en la mañana, suficiente para resolver con una sal de frutas en agua para que la vida siga su rutina. Como todo dolorcito que va encendiendo alarmas, subió y subió y subió. En la noche ya era un manojo de temblores. Los retorcijones me volvieron a formar como un feto acurrucado en el vientre del mismo infierno. Como mal bombero en gran incendio, el instinto me llevó a llenarme de analgésicos, como si ocultar el dolor acabara con el mal. Atacar el dolor sólo logra que la enfermedad se expanda mientras llenas tu cuerpo de mentiras.

En la madrugada, ya estaba como un ente deambulando buscando un hospital. Llegué al Hospital Fernández, bien reputado pero mal atendido. Estuve sentado con cara de perro hambriento durante dos horas y nadie se asomó para ver si había algún enfermo. No tuve más remedio que irme, abrazado por el intenso frío porteño de madrugada entrada la mañana. Tomé un taxi y regresé a mi casa. Me tragué un par de laxantes para que la mierda fluyera como manantial de expiación de demonios internos y tomé más analgésicos para mantener drogados a esos malditos. Otra vez me acurruqué como un feto en mi soledad, rogando por una mano que me sobara la barriga, pero sólo hallé la mía porque la incertidumbre de saber quiénes son los verdaderos amigos pasmó mis dedos para marcar a cualquier parte.

Lunes de mierda. Literalmente. Mierda por los laxantes, mierda por el dolor, mierda por la soledad, mierda por no saber qué hacer con un cuerpo cada vez más inútil y postrado. Más buscapina para lograr dormir. Los sueños fueron crueles. Parecía como si engañara a la humanidad dentro de una incoherencia en la que fingía que estaba enfermo pero lo disimulaba tan bien que nadie me creía, nadie me atendía, a nadie le importaba. Despertaba revolcándome, buscando una posición cada vez más contorsionada que me permitiera amainar el padecimiento pero sólo lograba un nuevo giro insoportable de sufrimiento. Así pasé todo el día. En la noche, ya agobiado y casi inmovilizado por las terribles punzadas de dolor, otra vez me embarqué a buscar un lugar de atención, armado de la plata que tenía y de las tarjetas de crédito para que no pensaran que era la economía lo que me llevaba a evitar una atención digna. De todas maneras volví al Hospital Fernández, por si de pronto esa imagen de insensibilidad infinita era sólo un espejismo. Pero no. Esta vez si había alguien en la recepción. Una chica desagraciada, insípida y vulgar, me miró como si fuera un contribuyente pagando un impuesto atrasado. Si al caso me escuchó que le dije que estaba enfermo desde hace dos días y que necesitaba atención. Para mi cara de perro nada mejor que una cara de perra. Me miró de soslayo y sólo rebuznó: Hay que esperar al menos tres horas para ver si alguien lo puede mirar. Sin más, tomó unos papeles y fingió como que yo no estaba allí y entendí por qué el vidrio de atención de ese lugar es blindado. Sólo provocaba escupir a esa recepcionista fría y distante, funcionaria pública promedio de la mediocridad latina. Sin pensarlo y con mucha rabia me largué a un lugar en donde al menos mi tarjeta de crédito pudiera conmover.

De nuevo tomé un taxi hacia la única clínica privada que conocía, la Sacre Coeur (Sagrado Corazón) y descubrí que su nombre hacia referencia a que sólo atendían problemas cardiovasculares. De allí salí a la Clínica Palermo, en donde me dijeron que sólo me atendían con una obra social. No entendí ¿Qué era yo? ¿Una obra civil? En ese momento me sentía como una obra de alcantarillado en mal estado, pero igual, tuve que seguir buscando.Salí caminando, con el frío y el dolor más infame hasta la Clínica San José. La bienvenida fue: La consulta cuesta 100 pesos. Sin dudarlo saqué mi identificación en ese momento: Un billete de 100 pesos argentinos. Al cabo de un rato una doctora me atendió. Desde el primer momento me disuadió para no permanecer mucho tiempo en esa clínica. Parecía más angustiada por mi billetera que por mi salud. Y me reiteraba que cualquier tratamiento o atención en aquel lugar era venenosamente caro. Pero yo no quería dar más vueltas y le pedí que los exámenes que me tuviesen que hacer los hicieran allí. 236 pesos más por una ecografía, una radiografía y exámenes de laboratorio. Recorrí el recinto de extremo a extremo con ese dolor insoportable para que cada técnico hiciera lo que tenía que hacer. Sacar sangre, tomar la muestra de orina, tomar las placas de radiografía y por supuesto, la ecografía. Un residente joven, compatriota colombiano, pasó el sensor del ecógrafo por una media hora más o menos en la que conversamos largo y tendido. De entrada me dijo que el apéndice se veía bien, que creía que era un problema de alguna obstrucción intestinal que con líquidos se resolvía.

Esperé resultados y otra vez me senté retorcido del dolor a esperar la lectura de esos papeles y láminas. La doctora se demoró una hora y media más. Los 100 pesos ya estaban en las arcas de la clínica y la lectura de los resultados no incrementaría un mango más. Después de un tiempo apareció y me dijo que aparentemente tenía "un proceso infeccioso" pero que no era apendicitis. De nuevo se angustió por mi billetera, me dijo que una internación en San José era impagable y que lo mejor era que me fuera a un hospital público. Renegué con el hígado sobre el Hospital Fernández y me dijo que el Hospital de Rivadavia era mejor. Llamó a una doctora amiga que tenía a otra doctora amiga en la guardia del Hospital de Rivadavia y me dieron una notica de presentación y sus mejores deseos para que me atendieran. Cogí mis papelitos y me fui, otro taxi, otro trayecto, más dolor.

Llegué al Hospital de Rivadavia con la desesperanza adquirida en el Hospital Fernández. Pero me atendieron sin espera. Entregué la nota y fue como una orden para los doctores que allí se encontraban. Pasó la doctora amiga de la doctora de la Clínica San José, el cirujano y la Jefe de Residentes. Esta última me dijo que podría ser una gastroenteritis aguda, pero que como había pasmado mi organismo con analgésicos y antiespasmódicos, no podían hacer bien el diagnóstico. Me dijo también que me tenía que ir a casa a tomar muchos líquidos y esperar dos días para ver si mejoraba, de lo contrario, debería regresar. Me paré de la camilla. Otra vez salí a la gélida noche porteña con mi dolor a buscar un taxi que me llevara de vuelta a esa casa vacía. No soportaba ya el dolor, no soportaba ya la soledad.

Llegué al apartamento vacío y como un niño asustado llamé a mis padres en la madrugada. Cinco de la madrugada en Colombia, siete de la mañana en Buenos Aires: "Mamá, me duele mucho, por favor manden a Ángela para que me cuide, no aguanto más esto sólo, no puedo más, no puedo vivir más así, ayúdame mamá, ayúdame". Mi mamá se asustó, por primera vez perdió la compostura y el optimismo y llamó inmediatamente a Ángela, mi prometida, mi ángel, mi luz, para coordinar su viaje esa misma noche.

El dolor amainó a la espera de que llegara Ángelita. Esa noche dormí intermitentemente aguardando con ansia la llegada de mi futura esposa. A las 10 de la mañana en punto sonó el timbre y yo sentí que me llegó la vida. Comprendí que sólo el amor hace a las personas inseparables y que en ese instante estábamos ensamblando dos almas a la eternidad. Vi el resplandor de sus alas y el brillo de su sonrisa que iluminaba hasta las costas de África. La abracé, lloré, me entregué a su regazo y a sus cuidados. Inevitablemente me sentí mejor, pero no era mi cuerpo, era mi alma la que irradiaba ese bienestar. Mi cuerpo seguía decayendo sin que yo me diera cuenta.

Ya era miércoles. La dieta de Clight de manzana mejoró por cuenta de Ángela a punta de crema de calabaza, crema de espinaca, merluza al horno, pollo en caldito... cómo no me iba a mejorar... el amor estaba en mi comida y la sensación de bienestar regresaba. Pero en las noches las alarmas se encendían. Un dolor profundo y quedo me arrasaba las entrañas. Entraba al baño cada hora y no era más que una danza de nada. Un poquito de agua barrosa y nada más. Mi intestino se negaba a aliviarme y yo sentía como ese excremento me inundaba hasta la razón. Dolor, sólo dolor. Así pasó el jueves también, con leves intentos de mejoría pero nada, todo seguía atrofiado en mi interior. Yo sentía como si la mierda se estuviera estancando como si fuera llevada por mi intestino como un Transmilenio en hora pico. Un poquito salía y mucho más subía.

El viernes tomé la decisión de ir al Hospital de nuevo. La sensación de mejoría era sólo eso, una sensación, motivada más por la alegría de ver a mi amada que por una reacción real favorable del cuerpo. A punto de salir, desapareció mi DNI (Documento Nacional de Identificación) de Argentina. Traumatizado por la atención en Colombia, en donde si uno no aparece con la cédula, la declaración de renta y un fiador con finca raíz no lo atienden, decidí postergar nuevamente mi ida al Hospital. Esa noche me quedé en casa, resignado. El mismo viacrucis. Incursiones al baño para ver cómo mis intestinos no trabajaban. Pensando para dónde estaría yendo toda esa materia fecal dispersa en mi cuerpo. Me sentía literalmente como una mierda andante. El dolor era insufrible y llegó lo inevitable: El delirio. Ángela me contó que yo preguntaba en dónde estaba, que si tenía hijos, qué quién era ella y qué hacía en mi cama. Ella respondió todas mis preguntas con paciencia infinita, pero no pudo dejar de reír cuando le reproché por decirme que si me iba a casar con ella por qué no tenía anillo de compromiso. Fue un bumerán de idiotez porque he evadido ese obsequio convenientemente esperando la oportunidad económica de brindarle algo decoroso.

El sábado mejoré súbitamente. Otra vez la comida, amenizada con un poquito de arroz y pollo al horno me devolvieron la ilusión de bienestar. El fútbol de la selección sub -20 me hizo dispersar un poco. Pero con la noche llegó de nuevo el dolor, las lamentaciones, las peregrinaciones eternas a la taza para suplicar que una masita consistente abandonara mi cuerpo. Pero nada, más agua barrosa en porciones de copa aguardientera era todo lo que mi cuerpo podía excretar.

El domingo decidí regresar al Hospital, sin documento, sin nada, con mi cuerpo enfermo que creo era suficiente para llamar la atención de un Hospital. Y así fue. Al cabo de una hora de espera entré a la sala de consulta. Conté todo el cuento, casi fielmente como lo he relatado acá. El cirujano entró y me dijo algo que recordaré toda mi vida: "Te voy a hacer un tacto rectal". Mi virginidad anal desaparecería en un instante. Sacó una pomadita, me embadurnó el orto y ¡suácate! Tenía un dedo explorando mi recto y yo apenas lagrimeaba. No sabía si suplicarle un besito al doctor, que me diera su número telefónico para invitarlo a un café para hablar de este episodio con calma. Pero no, sólo me dijo que sentía que era apendicitis. Por primera vez me habían hecho el diagnóstico adecuado.

Inmediatamente me ordenaron nuevos exámenes: Laboratorio, radiografías y ecografía. Esta vez todo coincidió. El apéndice estaba como una pelota de ping pong y había que sacarlo ya. Me prepararon para el quirófano. Me empelotaron y me pusieron un gorrito ridículo, un batón que me dejaba las nalgas al aire y unos zapaticos de tela. Entré y el anestesiólogo me dijo: Te vas a dormir. Hasta ahí me acuerdo.

Cuando desperté, Ángela estaba llorando desconsolada a mi lado. Yo sólo atiné a preguntar medio dopado: "¿Todo salió bien?" Lloró aún más fuerte con lo que supe que no todo había salido bien. Entre sollozos me explicó que el apéndice se había perforado, que había hecho peritonitis y que todo estaba más complicado de lo que parecía. Que me pude haber muerto. El dolor empezó a emerger dentro de mí y pasé del letargo a la histeria. Tenía una sonda metida en mi nariz que llegaba hasta el estómago. Tres sondas gruesas salían de mi barriga cual trompas de elefante y llegaban a tres tarros que se llenaban de un líquido sanguinolento y aguado y varios catéteres entraban en mis venas. Una sonda más salía de mi uretra, un conducto del que jamás pensé que le pudiera entrar algo, cuando aveces me costaba que saliera ese fino hilo de orín. Pero allí estaba, tendido, más conectado que una consola de sonido en fiesta de 15. Supe entonces que estaba grave, que esto iba a ser largo y que todo lo que pensé iba a pasar en unos días a punta de jugos y sopas sería una larga y dolorosa convalecencia. Además, con pronóstico reservado porque mi interior estaba lleno de líquido necrótico que no sólo estaba muerto sino que me estaba matando.

Y lloré. Lloré porque siempre me creí invencible frente a las enfermedades porque eso sólo le pasa a los enfermos. Lloré por haber sido tantas veces desagradecido al despreciar mi vida y todo lo que Dios había hecho para dármela. Lloré porque sentí cuánta falta me haría el mundo y sus encantos que en mi eterno pesimismo y negatividad había vuelto opacidad. Lloré por mis padres, mis hermanos, mi familia y mis amigos. Lloré por mi hijo, porque no sabría qué sería del mundo de él sin mí, de mi cielo sin él. No sería mundo, no sería cielo. Lloré por Ángela, por el matrimonio al que no iría, por los hijos que no tendríamos, porque no tendría vida para devolverle la vida que me había dado. Lloré porque la muerte me tocó el hombro y me habló y comprendí que no debo jugar más al existencialista protanatos si no quiero que Tanatos me esté recordando la severidad de su hoz.

Ángela se fue mientras yo recobraba mi consciencia. Luego llegó Leo, mi amigo chileno. Se sentó al lado mío sólo para decirme en su particular acento que todo iba a estar bien, que me recuperaría, que ya había pasado lo peor. Sentí que un amigo estaba al lado mío, que me abrigaba con su consuelo. Eso me dio una tranquilidad infinita. Se fue y me trasladaron de la sala de recuperación a una habitación. Es una habitación de cuatro camas, cada una con su mesita de luz y una gabetica. Todo lo que necesitaba para estar mejor. Cama 20, junto a las camas 17, 18 y 19. Cama 17, un operado de una hernia que no duró ni dos días. Cama 18, un tipo con un absceso en el ano, doloroso pero de rápida recuperación. También se fue. Y cama 19, un adulto mayor, con un palmarés impresionante de títulos y logros académicos que le exponía a cada enfermero y cada médico que quería descrestar. Mientras ellos trataban de descifrar por qué tenía sangre en sus deposiciones él argumentaba que él era dueño de su cuerpo, que sólo él podría saber qué le pasaba, que sólo él era digno de descubrir sus males. Que sólo él. Era un hombre tan aferrado a su ego de antiguas glorias que sólo se había quedado. Se fue peleando con los médicos, acusándolos de ignorantes e incapaces. Se fue sólo y nunca supo qué tenía. Ni los médicos. Ni yo. Sólo se llevó un ego enorme que lo estaba rompiendo por dentro. Así me quedé en una habitación de cuatro camas para mí solito.

Las enfermeras llegaron una a una a cuidarme. Cada una me llamaba por mi nombre, el que menos me dicen pero el que más estoy queriendo por cuenta de todo el cariño que me dan acá: "Andrés, cómo seguís, te vas a mejorar, te vamos a cuidar, vas a estar bien". Y todo lo han cumplido. Han estado conmigo todo el tiempo. Los médicos son sumamente profesionales, como se ven en las series serias de televisión, en donde el paciente no es un número sino un reto frente a la vida por la que ellos mismos dan su vida. Me hacen las curaciones, me miman, me animan. Poco a poco me han ido desconectando. Me quitaron la sonda que iba de la nariz al estómago y fui feliz. Me quitaron uno de los tarros que salían de mi barriga. Antes parecía un carro de recién casados, arrastrando los tarros para que hicieran ruido contra el piso de la calle. Ahora llevo sólo dos, dignamente, colgaditos pero silenciosos. Sólo tuve un leve incidente con esa detestable sonda que salía de mi uretra. Por alguna razón se tapó. Pero las enfermeras creyeron que era que yo no estaba haciendo chichí y decidieron darme diuréticos. Así pues, el líquido empezó a salir en cascada hacia una sonda obstruida. Se colapsó la sonda y mi glande empezó a inflarse cual globo de agua. Grité en medio del desespero de pensar que mi pene quedaría como una crispeta. Llegó la enfermera y movió un poco la sonda, el glande escupió con fuerza el último centímetro de esta maldita unión y una explosión acuosa, amarillenta y turbia mojó mi rostro, el uniforme de la enfermera, la cama, el piso... más allá de la vergüenza decidieron quitar la sonda porque al parecer yo ya podría controlar mi orina. La primera sonda que me quitaron. Un somero y bochornoso indicio de que todo estaría mejor.

Hoy ha pasado una semana exacta desde mi operación y 15 días desde que empezó este sufrimiento y gracias a la Salud Pública de la Argentina cada vez estoy mejor. No estoy pensando en la cuenta. Sólo en la mejoría. Los contribuyentes argentinos me están salvando la vida. Esto no pasaría en Colombia porque aún habría un médico de Saludcoop gambeteando mi operación para no deteriorar la fastuosidad de las obras de Villa Valeria de Carlos Palacino, porque la salud en Colombia es una mierda costosa e ineficiente, que a un muy alto precio se presta como caridad pública de la peor ralea. En dónde el éxito no se mide por el paciente que se salva sino por la cuenta que se le cobra al Fosyga, por los sobrecostos en los medicamentos, por el tratamiento que se niega al paciente para seguir robando las arcas del Estado. Acá la salud no es un privilegio, es un derecho y como derecho me lo han brindado sin reparos ni mezquindad. Nada me ha faltado, y lo más importante, la vida, me la están devolviendo.

He aprendido a valorar el amor verdadero. El de mi Ángelita. Tantas veces posé de galán seductor para atraerla y ahora está al lado mío sin miramientos. Con decir que me sostuvo la mano cuando al fin pude cagar. Ella me miraba mientras yo pujaba suavemente, rogando para que se me abriera primero el esfínter del ano que los puntos de la cirugía. Y me vio sudar, lloriquear hasta que esa masa bendita como dulce de leche pero con olor hediondo abandonó mi cuerpo para avisarme que mis intestinos habían revivido. Siempre pensé que la mejor forma de olvidar a alguien era imaginársela cagando. Ahora con Ángela nos reímos de ese cuadro, y ella nunca podrá utilizar esa imagen para olvidarme porque ya no puede ser un producto de la mente, ahora es un recuerdo.

Ahora como cositas ligeras. La poteca de calabaza que tanto odié, es un manjar que se derrite en mi lengua. Las galletas sin sal son langosta de harina. Todo es una delicia, hasta la vida misma me sabe a más porque me ha hecho sentir su valor.

Mis hermanas vinieron. Sonrieron conmigo para llevarle sonrisas a mi padre que lloró cuando supo que estaba tan mal. Para llevarle vida a mi hijo que es mi vida. Para acompasar todas las llamadas de aliento que recibí de mi familia entera, todos los días, a cada instante, para recordarme cuánto me quieren. Hasta mi hermano mayor, con quien he tenido una relación cálida pero distante, me ha llamado todos los días para hacerme una broma y sacarme una sonrisa, para abrazarme con sus palabras, para hacerme saber que por encima de todo, es mi hermano. Luis desde Canadá, Alejo con su agenda a reventar, Oswaldo con su lucha eterna contra la tecnología, Pacho y su familia, todos han estado presentes. Mi madrecita, atenta y llena de espiritualidad para darme un poco de las bendiciones de su vocación y creencia. Mi tía, siempre atenta a mi vida, en las buenas y en las malas. Mis amigos, mi familia porteña, mis amigos de la Facultad que han venido todos los días a visitarme para recordarme que no estoy sólo. Y los mensajes de aliento, por lo menos 30 al día que son inyecciones de positivismo y aún más amor por la vida y por los humanos.

He aprendido más en estos 15 días que en toda mi vida. La cercanía a la muerte me ha hecho más humilde y más sumiso a Dios, a quién le entregué mi vida para que la repare. Ahora la vida no es un lastre inspirador de odas lúgubres. Ahora la vida para mí es una oportunidad para trascender y servir, para dejar una huella profunda de bondad en los corazones con los que me cruce, un llamado para ser un mejor ser humano sin presunciones ni resquemores. Un nuevo despertar que me lleva a gritar a todo pulmón, desde mis entrañas aporreadas ¡¡¡Oye!!! ¡¡¡Te hablo desde el Hospital!!! valora tu cuerpo y tu vida, dale aliento a tu salud y no te creas invulnerable porque las enfermedades te recordarán tu lugar en el cosmos. Sé humilde y ama. Cuando estés en una cama parecida a esta, sólo querrás estar mejor y darle las gracias a Dios y a todos los que te quieren por hacerte un ser humano, profundamente humano, devotamente humano, conmovedoramente humano... con todos los privilegios y carencias que ello tiene. Ama la vida, sólo así la vida será indulgente contigo... ¡¡¡Oye!!! ¡¡¡Escúchame!!! ¡¡¡te hablo desde el Hospital!!!

martes, 26 de julio de 2011

La nada


¿Y qué hago mientras la solución llega? Yo le llamo bloqueo y culpo a la angustia. Algunas veces. Otras veces le llamo angustia y culpo al bloqueo. No sé cuántas noches llevo divagando entre la angustia y el bloqueo. Y mientras me defino, sigo buscando culpables.

Quizás el insomnio que no es tal. Sólo que Morfeo llega borracho a la madrugada, casi en la mañana para decirme que se olvidó toda la noche de mí y que sólo viene a dormir la resaca conmigo. Quizás sea la soledad, la apatía, la insensatez, la pereza, la confusión, la tristeza, la incertidumbre, la locura... quizás el temor... quizás todo, quizás nada. Quizás sea el escepticismo que hace que no crea en nada sin pensar, o la fe, que me hace creer en todo sin pensar.

Llevo ya mucho tiempo en este estanque chico sin mucha gracia. Metiendo las patas para mojarme un poco. Para sentir que aún tengo pies y que quizás exista un camino. Conservo como un indicio de ser mis latidos y mientras los sienta y los escuche en este silencio melancólico, mantendré viva mi angustia y con ella mi bloqueo. Intento comprender el mundo para saber cuál es mi lugar en él. Y descubro tras las letras de otros que intentan explicarlo que no soy capaz ni siquiera de comprender mi existencia. Y que mi espacio está acá, reducido a estas paredes, con las persianas abajo, en donde no sea más perceptible que para mí mismo. Soy inerte así, pero inofensivo. La soledad no me permite saber si ya he enloquecido. Y eso es bueno, porque no me preocupa.

No recuerdo el momento en el que averié la brújula. En el que el norte empezó a moverse para todos lados y la aguja se quedó quieta. Sólo sé que desde ese momento la aguja y el norte nunca han coincidido. Y poco a poco la inercia de la vida me arrastra hacia el abandono. A sumergirme en las tinieblas. A fusionar la noche con esta oscuridad interna. A prescindir de ese hacer y patalear que sólo revuelve las cosas en el mismo sitio. Ah, quizás soy demasiado lúgubre. Pero entre esta niebla espesa no se nota. Ahora recuerdo aquel insecto de Kafka, patas arriba, incapaz de darse la vuelta atrapado por su caparazón. Así me siento. Pero menos lúcido.

He cambiado mis catarsis por drenajes permanentes y he hecho de la vida misma una tragedia. Y es una tragedia gestada en la mente, proyectada en el alma y enquistada en la voluntad, sin ningún soporte en lo exterior. Todo vive en mí y opaca hasta el sol. Soy alérgico a los días radiantes. Cuando alzo la mirada y no encuentro nubes, el azul del cielo me hace estornudar. Y no es una metáfora.

Tengo claro que no soy feliz, pero tampoco infeliz. No sé para qué hago lo que hago. Y aún más claro tengo que no sé si me gusta lo que hago. Quizás porque no hago nada... y no sé nada de la nada. Sé que vivo en una eterna huida que no llega a ninguna parte. Algunas veces pienso que es mi lastre. Otras que es mi esencia. Y la mayoría de las veces pienso que mi esencia es un lastre. Algunas veces creo que estas reflexiones son sólo cinismo. Y otras que son autocompasión. Y todas las veces sé que la autocompasión es por naturaleza cínica. Hasta lo que tengo claro es oscuro.

Y mientras llega la solución, ¿qué hago? Quizás fuera conveniente empezar a buscar el problema... por ahora sólo sé que llegó Morfeo, borracho otra vez, a dormir conmigo su resaca.

martes, 28 de junio de 2011

Apología de la depresión



Creo que nunca he sido más feliz que cuando he estado deprimido. Y no es masoquismo. Es simple sensibilidad. No es que disfrute ahogado en ese engrudo de lágrimas y mocos que se endurece en la almohada de los desesperados. Pero sí en el sosiego del resollar postrero. La inspiración fluye en cascada en la reflexión de la melancolía y la nostalgia. Los sentimientos galopan desbocados mientras la razón divaga en el diván de un psiquiatra desquiciado.

La depresión da la libertad del abandono. El espejo es indulgente. La locura encuentra sus formas más sublimes. Se puede llamar ansiedad o frenesí, letargo o parsimonia... siempre la depresión estará disfrazando nuestros verdaderos demonios de un sobrio luto y un toque de misterio.

Poco se puede perder ya en la tristeza. Hasta dormir es un logro. Y los sueños son hermosos porque superan de lejos la agonía de la realidad. Poco importa el aspecto, la barba de tres días, el cabello ensortijado, las ojeras profundas, la camisa mal abotonada... todo es tan armónico con el alma agobiada que no podría desentonar con el gris de la ciudad.

Las metas son chicas e imperceptibles y cualquier sonrisa es una apoteosis. Soportar el sol en los ojos ya es un signo de esperanza y siempre habrá una ostra atenta a cerrarse a nuestro paso para ser nuestro oscuro refugio. Los pensamientos logran desnudar lo más vulnerable de nuestra humanidad y nunca somos más conscientes sobre esta pírrica existencia.

El vino sabe mejor. Su aroma trae los buenos momentos de eso que ahora nos duele. Cada sorbo expía un dolor y da paso a otro que se debe calmar con un nuevo sorbo. El fuego es mágico. Nos podemos quedar siglos mirando el baile de las llamas y las formas que inventamos en recuerdos y añoranzas. La pluma escupe tinta sin miedo ni censura, en rima y en prosa, lírica o desastroza. No importa.

He sido feliz tendido en el pasto mirando las estrellas, entregándome a la gélida noche esperando que así se congele toda mi tristeza. Finalmente, derrotado, me he abrazado a una ruana mullida y he caminado a buscar el calor del techo para luchar contra el insomnio.

He sido infinitamente feliz cuando he estado infinitamente triste. He sentido el desafío de estar vivo, el reto diario por no dejarme vencer, ese encanto del olvido que no avisa cuando llega... todas las letras que le debo a esa eterna amiga llamada depresión... todo el vino que he brindado con fantasmas, todas las fotografías y cartas que al arder me han calentado...

La depresión es un colage de retazos de muerte para recordarnos que ahí está, al final del horizonte, tras un precipicio que no vemos.

lunes, 30 de mayo de 2011

Cuando la inspiración se va


Cuando la inspiración se va se borra más de lo que se escribe. Los inicios son fatales y los finales nunca llegan. Las historias no producen tristeza sino lástima. Nos volvemos lerdos, desabridos, lo sublime se vuelve ridículo y lo romántico cursi.

Cuando la inspiración se va los dedos se vuelven torpes y las ideas se tornan confusas. Sólo se sienten brillantes las palabras de un pasado que cada vez se añora con más nostalgia. Se repiten una y otra vez en la mente esas frases de antaño para recordar que ahora no serían más que el plagio de un buen momento.

Esa mítica musa que cuando ilumina parece que volara como un hada encantada zumbando misteriosa por los confines de las letras, se quita las alas y se pone las bragas. Se le ve ebria y angustiada, sentada en un rincón mientras aspira con ansia el humo de un cigarro acabado.

La inspiración se marchita cuando el alma se opaca. Se le corre el maquillaje, se le rompe el corsé. Se puede rimar cualquier cosa a lo Arjona, como patético con frenético. Se puede creer, por ejemplo, que el reggaeton es música y que su letra es poesía.

Cuando la inspiración se va la tragedia llega. Los pensamientos se agolpan en formas caóticas que no se pueden describir… porque no hay inspiración. El nudo en la garganta se enquista y las mariposas en el estómago no son más que larvas revolcándose.

Cuando la inspiración se va es mejor no buscarla, no intentar presionarla, no evocar cuando estaba… ni creer que llegó porque dos palabras hicieron el milagro. La inspiración es como el aire, perder la consciencia de la falta que nos hace, mejor nos deja respirar.

Hay que vivir en este riesgo constante de encontrarnos sin palabras, sin historias, sin pasión. Llegar a la hoja en blanco para que el desasosiego del vacío nos diga que no hay nada. Intentarlo otra vez, darle la vuelta al papel, sacudir la pluma para ver qué cae, para darle forma a esa mancha, para volver a empezar.

Cuando la inspiración se va el silencio es el mejor amigo, la contemplación la mejor terapia y la paciencia la única opción. Y ahora que no me inspiro, mejor expiro. Cualquier cosa. Como Arjona.

lunes, 25 de abril de 2011

Breve anecdotario


La vida se hace más alegre cuando lo cotidiano nos da momentos jocosos. Sin pensarlos, sin planearlos, sin esperarlos. Así, espontáneamente. Esta noche recordé cuatro anécdotas que quiero compartir, porque me hacen más llevadera la distancia, porque me llenan de sonrisas por cosas que pasaron con personas que quiero mucho. Quizás no sean historias tan hilarantes, pero mantienen vivo el recuerdo de buenos momentos que compartidos saben a más. Aquí están:


* Hace un tiempo largo ya, mi padre asistió a un funeral de un amigo muy querido que había muerto en un trágico accidente automovilístico. En medio de la velación, entablaba conversación con los asistentes a este lúgubre escenario y manifestó algo que siempre sirve de pírrico consuelo en estos tristes momentos. Con voz solemne dijo: “Es una lástima que Pachito haya fallecido, pero siquiera no tuvo que soportar el dolor y el sufrimiento de permanecer parapléjico o tetrapléjico, tirado en una cama o en una…” súbitamente fue interrumpido por su interlocutor, quien desde una silla de ruedas, con la cabeza débilmente sostenida a su espaldar y modulando con cierta dificultad le interpeló: “Si Jaimito, esto es muy duro…”.

* Cuando yo despuntaba apenas los veinte, mi novia de aquella época, una pereirana muy “pispa”, se disponía a presentarme a la familia en su terruño. –Amor- me dijo –Esta noche vamos a ir a comer con mi familia. Mi tío nos invitó a un restaurante chino muy fino que se llama “El Naranjal”-. Me pareció un nombre curioso para un restaurante chino y le pedí que verificara el nombre. Con seguridad y un poco molesta ya por mi desconfianza me confirmó, sin consultar, que el restaurante chino se llamaba “El Naranjal”. Se acercaba la hora de la cena y de acuerdo con las indicaciones no encontrábamos el dichoso restaurante chino “El Naranjal” de Pereira. Le solicité tímidamente que pidiera la dirección exacta para tratar de llegar a tiempo. Con media hora de retrazo después de tanta vuelta, llegamos presurosos. Detrás de unos imponentes dragones de yeso y unas matas de bambú, unas luces rojas gigantes de neón que simulaban letras orientales, nos anunciaban que habíamos llegado por fin al restaurante chino “El Mandarín”.

* Hace más o menos ocho años mi padre, que ya está bastante entrado en años, sufrió un ataque cardiaco en Cartagena. Fue un período muy tenso y de mucha tristeza para todos nosotros. En ese paseo estaba casi toda la familia, pero por razones de trabajo en ese momento, yo no pude ir. Después de un tiempo y ya superada la emergencia gracias a Dios, le pedí a uno de mis sobrinos que me explicara bien qué era lo que le había pasado a mi viejo. Con todo desparpajo me contó: - Estábamos en la playa sentados con el abuelo y pasaron un par de viejas buenísimas con unas tangas chiquiticas, el abuelo se quedó siguiéndolas con la mirada mientras se acercaban y se alejaban. Entonces el organismo le ordenó que se la parara algo… y se le paró el corazón -.

* Cuando llegó mi hijo a Buenos Aires, hace unos meses ya, tuvimos que ir a la oficina de migraciones para sacar su certificado de residencia. Fueron tres horas de espera en las que tuvimos oportunidad de hablar de muchas cosas. Entre todos los temas que tocamos, aparecieron los “Emos”, por quienes mi hijo profesa especial aversión. Yo, evocando al gran humorista Hasan, le dije que los únicos “emos” que conocíamos en nuestra época, eran las “hemorroides”. Mi hijo se quedó callado pensando unos segundos tras los cuales me preguntó: - ¿Papi, las hemorroides se tragan o se inyectan? -

lunes, 11 de abril de 2011

Soy leyenda.


Soy leyenda, soy lo que alguien que no me conoció dijo de mí,
Soy la hazaña de otros en un lugar que el destino eligió para mí,
Soy el disparo contra el enemigo de una guerra que sobreviví,
Soy el legado para el orgullo de un pueblo que con tesón redimí.

Soy leyenda, soy la decisión desesperada en un último intento,
Soy la identidad de un pueblo que no encontraba un sentimiento,
Soy el panfleto de la revolución que venció al opresor violento,
Soy quien izó la bandera sobre los escombros de un monumento.

Soy leyenda, soy la portada de un libro de historia, mi historia,
Soy la primera estrofa de un himno lleno de mártires y gloria,
Soy la inspiración de luchas actuales cuando me llaman memoria,
Soy la razón del poder, el fondo del discurso de nación y victoria.

Soy leyenda, soy el estandarte de quien evoca con eco mi nombre,
Soy la cara de la verdad, un destello de esperanza, fuego y lumbre,
Soy peldaños de libertad, la trinidad de caballo, espada y hombre,
Soy gritos de lucha, fortaleza espiritual, soy el faro en la cumbre.

Soy leyenda, soy lo que soy y lo que fui, soy luchas que emprendí,
Soy errores y aciertos, soy mi anhelo, mi grandeza y mi porvenir,
Soy proezas épicas mezcladas con pueblo, deseo, locura y frenesí,
Soy leyenda devenida en poder, política y ambición… resumido así.


Santiago Dum.