La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

lunes, 25 de abril de 2011

Breve anecdotario


La vida se hace más alegre cuando lo cotidiano nos da momentos jocosos. Sin pensarlos, sin planearlos, sin esperarlos. Así, espontáneamente. Esta noche recordé cuatro anécdotas que quiero compartir, porque me hacen más llevadera la distancia, porque me llenan de sonrisas por cosas que pasaron con personas que quiero mucho. Quizás no sean historias tan hilarantes, pero mantienen vivo el recuerdo de buenos momentos que compartidos saben a más. Aquí están:


* Hace un tiempo largo ya, mi padre asistió a un funeral de un amigo muy querido que había muerto en un trágico accidente automovilístico. En medio de la velación, entablaba conversación con los asistentes a este lúgubre escenario y manifestó algo que siempre sirve de pírrico consuelo en estos tristes momentos. Con voz solemne dijo: “Es una lástima que Pachito haya fallecido, pero siquiera no tuvo que soportar el dolor y el sufrimiento de permanecer parapléjico o tetrapléjico, tirado en una cama o en una…” súbitamente fue interrumpido por su interlocutor, quien desde una silla de ruedas, con la cabeza débilmente sostenida a su espaldar y modulando con cierta dificultad le interpeló: “Si Jaimito, esto es muy duro…”.

* Cuando yo despuntaba apenas los veinte, mi novia de aquella época, una pereirana muy “pispa”, se disponía a presentarme a la familia en su terruño. –Amor- me dijo –Esta noche vamos a ir a comer con mi familia. Mi tío nos invitó a un restaurante chino muy fino que se llama “El Naranjal”-. Me pareció un nombre curioso para un restaurante chino y le pedí que verificara el nombre. Con seguridad y un poco molesta ya por mi desconfianza me confirmó, sin consultar, que el restaurante chino se llamaba “El Naranjal”. Se acercaba la hora de la cena y de acuerdo con las indicaciones no encontrábamos el dichoso restaurante chino “El Naranjal” de Pereira. Le solicité tímidamente que pidiera la dirección exacta para tratar de llegar a tiempo. Con media hora de retrazo después de tanta vuelta, llegamos presurosos. Detrás de unos imponentes dragones de yeso y unas matas de bambú, unas luces rojas gigantes de neón que simulaban letras orientales, nos anunciaban que habíamos llegado por fin al restaurante chino “El Mandarín”.

* Hace más o menos ocho años mi padre, que ya está bastante entrado en años, sufrió un ataque cardiaco en Cartagena. Fue un período muy tenso y de mucha tristeza para todos nosotros. En ese paseo estaba casi toda la familia, pero por razones de trabajo en ese momento, yo no pude ir. Después de un tiempo y ya superada la emergencia gracias a Dios, le pedí a uno de mis sobrinos que me explicara bien qué era lo que le había pasado a mi viejo. Con todo desparpajo me contó: - Estábamos en la playa sentados con el abuelo y pasaron un par de viejas buenísimas con unas tangas chiquiticas, el abuelo se quedó siguiéndolas con la mirada mientras se acercaban y se alejaban. Entonces el organismo le ordenó que se la parara algo… y se le paró el corazón -.

* Cuando llegó mi hijo a Buenos Aires, hace unos meses ya, tuvimos que ir a la oficina de migraciones para sacar su certificado de residencia. Fueron tres horas de espera en las que tuvimos oportunidad de hablar de muchas cosas. Entre todos los temas que tocamos, aparecieron los “Emos”, por quienes mi hijo profesa especial aversión. Yo, evocando al gran humorista Hasan, le dije que los únicos “emos” que conocíamos en nuestra época, eran las “hemorroides”. Mi hijo se quedó callado pensando unos segundos tras los cuales me preguntó: - ¿Papi, las hemorroides se tragan o se inyectan? -

lunes, 11 de abril de 2011

Soy leyenda.


Soy leyenda, soy lo que alguien que no me conoció dijo de mí,
Soy la hazaña de otros en un lugar que el destino eligió para mí,
Soy el disparo contra el enemigo de una guerra que sobreviví,
Soy el legado para el orgullo de un pueblo que con tesón redimí.

Soy leyenda, soy la decisión desesperada en un último intento,
Soy la identidad de un pueblo que no encontraba un sentimiento,
Soy el panfleto de la revolución que venció al opresor violento,
Soy quien izó la bandera sobre los escombros de un monumento.

Soy leyenda, soy la portada de un libro de historia, mi historia,
Soy la primera estrofa de un himno lleno de mártires y gloria,
Soy la inspiración de luchas actuales cuando me llaman memoria,
Soy la razón del poder, el fondo del discurso de nación y victoria.

Soy leyenda, soy el estandarte de quien evoca con eco mi nombre,
Soy la cara de la verdad, un destello de esperanza, fuego y lumbre,
Soy peldaños de libertad, la trinidad de caballo, espada y hombre,
Soy gritos de lucha, fortaleza espiritual, soy el faro en la cumbre.

Soy leyenda, soy lo que soy y lo que fui, soy luchas que emprendí,
Soy errores y aciertos, soy mi anhelo, mi grandeza y mi porvenir,
Soy proezas épicas mezcladas con pueblo, deseo, locura y frenesí,
Soy leyenda devenida en poder, política y ambición… resumido así.


Santiago Dum.

viernes, 8 de abril de 2011

La historia de una familia (lo que quedo de ella) en el Programa de Protección de la Fiscalía.


* Este fue un reportaje escrito a finales de 2002, cuando era funcionario del Programa de Protección de la Fiscalía y además adelantaba mi especialización en periodismo.

Era de noche en una remota vereda de Risaralda. Los gritos de Lola Martínez* no conmovieron a los asesinos. Ni siquiera los inmutó que cubriera con sus manos la cabeza de su esposo para que no lo mataran. Mano y cabeza atravesaron de un disparo. También masacraron a dos de sus hijos. El trabajador de la finca cayó boca abajo al lado de los demás, sólo porque se asomó en la penumbra para ver qué estaba pasando.

Los paramilitares acusaban a Lola y su familia de ser auxiliadores de la guerrilla. Y sí, los auxiliaron: les lavaron unos uniformes y les prepararon unas gallinas tres días antes de que llegaran a masacrarlos. No tenían opción. Si no le hacían ese “favor” a los guerrilleros, igual habrían perecido, sólo que tres días antes. Eran los últimos días de mayo del 99.

Lola vio a “La huesuda” entre los asesinos. Hasta hace poco sólo era algo más que el loco del pueblo. Pero en ese momento tenía un arma y se sentía dios. De hecho decidió que la familia de Lola muriera. Pero tuvo alma, parece, porque respetó la vida de los dos hijos menores de 13 y 9 años. Tampoco mató a Lola, aunque ella le imploró que lo hiciera. Otro de los hijos se salvó porque estaba en el baño. Oyó el alboroto y saltó por una ventana. Regresó tres horas después para ver el cuadro dantesco que dejaron los visitantes. Antes de abandonar le escena del crimen, “La huesuda” advirtió a Lola que si abría la boca para implicarlo se moría.

Al amanecer, llegaron los agentes del C.T.I. para hacer los levantamientos. Lola abrió la boca. Poco le importó la advertencia y contó todo lo que había pasado. Elaboró un retrato hablado y mencionó el alias de “La huesuda”. Al resto de los homicidas, cinco en total, no los pudo identificar. El C.T.I. sabía que lo que quedaba de familia no podía permanecer en la finca. No sólo porque el dolor y el miedo no los dejaría vivir en paz allí, sino porque los “paras” volverían a rematarlos. Se los llevaron rápido para Pereira y desde allí llamaron al Programa de Protección de la Fiscalía General de la Nación para que se hiciera cargo de Lola y sus hijos.

Un investigador del Programa se desplazó desde la regional de Medellín para estudiar el caso de Lola. Esta es la regional más cercana a Pereira. También están las regionales de Barranquilla, Cúcuta y Cali.

El comisionado del Programa tenía que valorar si la colaboración de Lola haría avanzar la investigación para judicializar a los homicidas. En ese momento el C.T.I. ya andaba con un retrato hablado buscando a “La huesuda” en algún municipio del eje cafetero. Esto ya daba uno de los requisitos para que el Programa interviniera: que la colaboración fuera eficaz. El segundo requisito era incontrovertible. Lola corría un riesgo real. Dos hijos, el esposo y el trabajador de la finca muertos, más la amenaza para Lola si abría la boca, eran prueba suficiente. El tercer requisito era que Lola quisiera ingresar al Programa. Ella, una campesina no muy letrada de 43 años, aceptó. No tenía muchas opciones. El siguiente paso era sacar a Lola y su familia de la zona de riesgo y el lugar que ofrecía más garantías era Bogotá, donde queda el centro administrativo de la Oficina de Protección.

Una mujer con el rostro demacrado por la tristeza y pálido por el miedo del vuelo, y una venda en la mano derecha, bajó del avión con un niño pelirrojo aferrado a su otra mano. Atrás de ellos, una niña adolescente y un joven con gorra descendieron. Una camioneta blindada los esperaba en la pista con un grupo de personas armadas. Llegaba al Programa uno de los 136 casos (testigos con sus familiares) protegidos en 1999, que constituyen 485 personas.

En el camino del aeropuerto al Búnker de la Fiscalía, donde funciona la Oficina, el agente a cargo de este caso le explicaba en qué consistía el Programa: "Deben permanecer en una sede del Programa. Si van a salir me deben informar y yo los autorizo. Cuando se vayan a desplazar en trayectos largos yo vengo por ustedes con escoltas. El Programa se encarga de su alimentación con mercados que les damos. No pueden tomar bebidas alcohólicas ni consumir alucinógenos mientras estén incorporados...". Lola oía pero no escuchaba. En su cabeza aún retumbaban los disparos. Necesitaba asistencia psicológica.

El Programa tiene tres niveles de seguridad dependiendo del riesgo que se le genere al testigo. Un esquema máximo intramural, para aquellas personas que declaran dentro de procesos de trascendencia a nivel nacional. Los protegidos permanecen en una sede del Programa con un agente de seguridad las 24 horas del día sin poder salir a ninguna parte. Un esquema mediano, en el que se ubicó a Lola, y un esquema supervisado, cuando la persona ya se encuentra reubicada fuera de la zona que le representa un riesgo inminente. Se le prestan rondas periódicas para constatar que su situación de seguridad ya se encuentra controlada.

Si bien han pasado casi tres mil personas protegidas por el Programa, el balance no se podría considerar malo. Pero asegura Jenny Fonseca, actual coordinadora operativa del Programa: "Este no es un Programa en el que haya porcentaje de éxito. Es 100% efectivo o es un fracaso, con un sólo testigo muerto toda la credibilidad se va al suelo como pasó una vez".

El escalonamiento del conflicto también se ve reflejado en el incremento de los casos protegidos. Mientras en 1992 se incorporó un sólo caso, se ha ido incrementando el número cada año. En el 2001 más de 500 personas (155 casos) fueron protegidas.

Los fiscales que instruyen los procesos lo han convertido en una herramienta útil para garantizar el buen desarrollo de sus procesos. "Muchas veces, a pesar de qué todo el mundo sabe quién cometió un delito, nadie habla por miedo y por eso se caen los procesos, pero cuando el testigo se siente respaldado, protegido, dice hasta misa", dice Mariela Santos, fiscal de la Unidad Nacional de Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario.

Lola y su familia llegaron a la Oficina con la ropa que alcanzaron a sacar de su casa. Una de las psicólogas adscritas al Programa los esperaba para tratar el trauma que provoca cambiar así la vida en cuestión de una noche. Además debían hablar en varias sesiones del plan de reubicación.

Este plan se diseña para una región que esté por fuera de la zona de riesgo. Una vez se tiene claridad en cuanto a la proyección de la actividad del testigo, se le implementa un proyecto productivo con la ayuda de una administradora de empresas. "El éxito del proyecto depende mucho de la voluntad del testigo. Por ejemplo, mientras en Barranquilla se montó una fotocopiadora cerca de una Universidad que ya es una papelería y deja casi tres millones de pesos en utilidades mensuales, ha habido negocios que no duran dos meses y ya están quebrados por la pereza de los reubicados o por problemas del negocio", dice Alina Goenaga, la encargada de esta área dentro de la Oficina.

En cuestión de tres meses el plan ya estaba en marcha y en cuestión de otros tres ya había fracasado. El negocio era producir arepas en un municipio de tierra caliente de Cundinamarca. Esto no prosperó y la situación económica se fue a pique. El Programa los ayudaba con algunas asistencias económicas pero no eran suficientes. Los zapatos de los niños ya se veían rotos. La niña dejó de estudiar para tratar de vender las arepas. La gente del pueblo prefería avena helada. Así pasaron un buen tiempo.

Las reubicaciones en el exterior no corren por cuenta del Programa. No se tienen convenios internacionales que permitan sacar testigos. Simplemente se presentan los casos ante las embajadas para que ellos estudien el caso. Dada la precaria situación de Lola y su familia el Programa decidió presentar el caso a la Embajada del Canadá, el único país que ha abierto sus puertas de manera generosa. Tramitaron los documentos y el primer secretario de la embajada los entrevistó. Al recibirlos lo hizo con una gran sonrisa. Al despedirse su cara de compungido lo decía todo. La historia le tocó las entrañas. Autorizó las visas de inmediato. Sólo en el 2000 Canadá recibió a más de 60 personas protegidas , entre ellos a Lola y su familia.

Durante los diez años de funcionamiento del Programa (1992 – 2002) sólo un testigo ha sido asesinado. Una noche de mayo del 2001, llamaron del C.T.I. por radio a la entonces directora del Programa. El cuerpo de uno de los testigos más importantes a cargo del Programa yacía sin vida con varios impactos de bala en el suelo de una cancha de básquet al sur de Bogotá. Quien fuera piloto de Carlos Castaño, y uno de las principales testigos que lo podría implicar con narcotráfico, ya no hablaría más. El resto pueden decir, como uno de los protegidos que afirmó: si pudiera poner el epitafio de mi tumba, pondría “me salve”.

Lola y sus hijos hablan ahora un francés apaisado. Nunca podrán borrar de su memoria la pesadilla que vivieron pero tienen una esperanza para seguir adelante. Por lo menos saben que donde están no hay guerrilleros o paramilitares. Los homicidas fueron capturados y judicializados. Su historia no fue fácil. Ella permanece con el dolor de haberla padecido pero con la tranquilidad de poder “vivir para contarla”.
* El nombre ha sido cambiado por razones de reserva legal.

jueves, 24 de marzo de 2011

Miradas asesinas


Las miradas de los asesinos no son iguales. Vi varias de ellas y todas eran distintas. Recuerdo con claridad al que no me miraba. También al que me miraba fijo e inmutable. Y recuerdo al que se reía jocoso mientras me miraba.

Yo hacía preguntas, ellos me respondían. Nunca supe si decían la verdad y creo que tampoco era relevante. Porque con su mirada decían algo más profundo. El que me evadía, pedía perdón, el que me miraba fijo, me amenazaba, y el que se reía, se reía también de mí. No con las palabras, las palabras sobraban. Con su mirada.

En lo más profundo de su ser, algo justificaba su crimen. Después de mirar al techo como implorando a Dios y al suelo, como buscando al muerto, el de la mirada nerviosa me dijo, después de muchas vueltas, que lo había hecho porque no tenía otra opción. El de mirada penetrante apretaba los dientes mientras me contaba cómo rajaban al medio los cuerpos para echarlos al río y que no flotaran. El que se reía contaba cada asesinato como una anécdota más, como si fuera un juego en el que había ganado con alguna picardía sin comprender muy bien que los perdedores no se volverían a levantar.

Y las manos… las manos parecían bailar perfectamente con los ojos. El que no me miraba juntaba sus manos atrás como llevando unas esposas que él mismo se había puesto para convencerme de su arrepentimiento. El frenesí del que no me quitaba la mirada de encima era evidente en sus manos. Cada vez que hablaba simulaba un dedo en el gatillo, el movimiento de un cuchillo clavándose en la carne o las unía con fuerza para que una mano matara a la otra. El otro sólo jugaba con sus manos. Movía un papel, un bolígrafo, se las frotaba y entre tanto, no paraba de sonreír.

Esas miradas y esas manos se quedaron indelebles en mi memoria. Algo, muy poco, me quedó de sus palabras, de sus historias, de sus razones.

Los vi porque nuestro tiempo y nuestro espacio coincidieron. Yo trabajaba para la Fiscalía General de la Nación de Colombia. Ellos para alguien más. Yo representaba a la justicia. Ellos también. Yo a esa justicia aparente que se trepa en la majestad de las instituciones y la pulcritud del Estado. Ellos a la justicia del la ley del talión, de la revolución, de la barriga o el falo.

Percibí que para ellos la muerte era una forma de vida. Porque les abrumaba la misma muerte, se les venía encima y sólo se la podían quitar del hombro matando. Porque si no mataban no comían. Porque si no mataban no tendrían más poder que su miserable vida. La muerte se les convirtió en una razón para vivir. No comprendían muy bien de ideologías, más allá de que pudiesen recitar unos panfletos mal escritos. Pero tenían claro qué era plata y madre y, por las dos, sin duda matarían y morirían.

También noté que para ellos matar no había sido una elección, si no más bien una necesidad, una imposición, una cuestión de vida o muerte. El de la mirada esquiva mataba por miedo. Le daba miedo de que lo mataran por no matar. Le daba miedo ser tachado de cobarde. Le daba miedo de que lo mataran por matar y seguía matando. El de la mirada fija mataba por poder. El único poder que tenía era el que le daba su arma. La única forma de sentirse superior a otro ser humano era poder someterlo y sentirse dueño de su vida, vida de la que se apropiaba extinguiéndola. Así saciaba su deseo de poder. Así aplacaba la miseria de no encontrar otro medio para ser respetado o temido. El risueño mataba por ignorancia. No sabía por qué mataba. Para él un “porque sí” era una respuesta. Y se reía después de decirla, movía sus manos y me miraba. Y se reía otra vez. Le parecía divertido. Además, matar le daba plata y la plata, todo lo demás.

No estaban enfermos ni eran sicóticos, las pruebas de las sicólogas lo corroboraban. Eran personas normales para los cuales matar era tan normal como su normalidad. Tampoco enarbolaban una causa mística detrás de sus acciones, un trauma social o una turbia historia personal. Eran normales.

Los tres trabajaban para alguien más. Para la guerrilla, para los paramilitares o para algún cartel de la droga. Ya no recuerdo cada quién para cuál. Pero no era extraño que hubiesen pasado por todas. No eran militantes, eran mercenarios.

A pesar de que esas miradas eran diferentes entre sí, no eran distintas de la de cualquier mirada que uno viera por la calle. Y no eran miradas distintas porque con otras similares me había encontrado y me seguí encontrando después miles de veces caminando por la acera, en el supermercado, en los salones, en cualquier parte de mi país. Miradas nerviosas e inseguras, fijas y desafiantes o risueñas y desprevenidas. Miradas normales.

Comprendí entonces, que entre una mirada normal y la mirada de un asesino la única diferencia es el desprecio por la vida y el culto a la muerte, que esto no es evidente en sí mismo, que se va construyendo en la sociedad, mientras la sociedad se va destruyendo. Que las miradas van mutando y se van confundiendo con la indiferencia, con la incapacidad para diferenciar la mirada de un asesino de la mirada de un ciudadano. Porque en cualquier momento un ciudadano se convierte en un asesino y un asesino posa de ciudadano. Que entre uno y otro sólo basta un arma para hacer la diferencia. Que mientras haya miedo, poder, diversión y dinero, y que éstos sean medio y fin para infundir miedo, ostentar poder, gozar de diversión y tener dinero, a pesar de que haya mil ropajes para disfrazar la ambición, siempre habrá razones para matar y personas que maten por miedo, poder, diversión o dinero. Que mientras la sociedad siga enferma, la normalidad será extraña y lo extraño será normal.

La mirada de los asesinos no es igual. Pero el llanto que rodea la muerte es homogéneo, quedo, profundo, doloroso y lúgubre. Las lágrimas son espesas, el resentimiento profundo, el deseo de justicia clamoroso. La Justicia, la de verdad, esa que no era ni la de ellos ni la mía, inexistente. Así, las miradas asesinas, se renuevan.

lunes, 28 de febrero de 2011

Escribir...

Acto reflejo del alma. No importa si lo escrito suena mal, si no es agradable, si los ojos que ven las palabras plasmadas se abren al límite de las órbitas por el terror, se cierran con fuerza de compasión o se tuercen en giros de confusión.

Las palabras son danzarinas incontrolables. Traducen sentimientos, moderan pensamientos, catalizan impulsos, dicen bien o mal algo que atraviesa los confines del cuerpo para hacerse tropel en la garganta. Sí, la escritura habla en todos los tonos.

Escribir es un desahogo furtivo de sensaciones y emociones en donde la sangre, las lágrimas y el sudor se confunden en una hermosa mezcla llamada tinta. Tomar el riesgo de volver letras el contorno y el interior, bien merece la pena por el arrojo de escribir, más allá de lo que quede en el papel.

La imaginación encuentra su mejor carruaje cuando se conectan sueños y pluma. Esos unicornios se desbocan hacia planetas que van más allá de los límites del infinito y súbitamente recorren torrentes de magia en donde la belleza no tiene más parámetro que la locura.

Qué importa la coherencia si se ha logrado un verso sonoro. Qué importa si se entiende o no cuando el corazón que lee es caprichoso y acomoda cada palabra a sus anhelos. Qué importa la hortografia si después de soltar una frase extasiada en la hoja se decide también soltar la carga de amargura.

Escribir es un tránsito entre el alma y el puño que hace una aduana espuria en la cabeza para que la mente diga con una sonrisa cómplice que todo puede seguir. La palabra que queda impresa asume con hidalguía sus logros y sus estragos a perpetuidad.

Escribir puede hacer que el grito de ira se convierta en elocuencia, que el insulto se vuelva sarcasmo, que la incertidumbre se vuelva ironía, que el odio se convierta en silencio. Benditos esos garabatos inventados para que los mensajes viajen, perduren, interpreten, imaginen, cuenten… vivan.

Cuando se sostiene la pluma, la mano no sirve para nada más. No se puede jalar del gatillo ni cerrar el puño. No se puede apuntar para acusar, no se puede abrir la palma para rechazar. La pluma atrapada en la mano es el cosmos que se concentra en la palabra que viene.

martes, 15 de febrero de 2011

Última cita.


Hola, sí, soy yo… Estoy sentado en la banca a la que nunca llegaste, mirando una copa en la cual el vino se sigue añejando esperando tus labios, tu paladar, tu lengua ¿Sabes? Me preguntaba qué sería de mi vida a tu lado. Nos hubiéramos casado, ya tendría hijos contigo o no, ya nos hubiésemos separado de todas maneras… o no. No lo sé. Vine a este banquito en el parque que frecuentábamos para hacerme preguntas sobre tu ausencia. Qué hice mal, qué hiciste mal. Valió la pena dejarnos o al menos valió la pena habernos conocido. No sé. Eres pasado y recuerdos… ahora eres preguntas sin respuesta.

Vine a este banquito a recordar de qué hablábamos acá sentados y ya no lo recuerdo. Recuerdo tu cara, tus ojos, tus labios moviéndose, tus manos en mis manos… pero no recuerdo qué me decías, ni qué te decía. Ahora recuerdo que no me escuchabas, que yo no te escuchaba. Recuerdo que quien decía la última palabra sonreía, a veces con cariño, a veces con cinismo.

Traje un Rutini. A ti te gustaba otro, pero yo insistía en que este te tenía que gustar. Serví tu copa de todas maneras para evocarte. Pero te veo en imágenes tan difusas… se nota que hoy he tomado más que tú. Por lo menos aquí. Sí, sí… tu imagen se diluye y ya veo que traje más de una botella… pero tu copa sigue allí, servida.

Te cité a este parque y a esta banca en un sueño. La verdad era una pesadilla. La verdad empezó como un sueño y terminó como una pesadilla. Ya no sé en dónde terminó el sueño y en dónde comenzó la pesadilla. Pero sí sé que todo terminó. Desperté. Desperté y me vine a esta banca a cumplir la cita. Acá estamos: Yo, el vino y tu copa de vino. Ahora alcanzo a recordar que me decías que era egoísta porque siempre me ponía Yo por delante. Ahora estoy sólo y no me quiero poner detrás de tu copa sin ti. El vino lo llevo dentro.

Estoy sentado en esta banca… casi acostado… el vino me está derrotando y tu copa sigue allí tan erguida, tan inmutable, tan soberbia como tú. Me mira con desprecio como lo harías tú porque ella sabe que contiene el vino que no te gusta. Copa arrogante. Pero por lo menos vino.

Se me acabó el vino. Como soldados aplicados tres botellas vacías forman en línea. “¡Atención! ¡¡¡Fir!!!, a discreción…jajajajaja…”. Me río como un loco recostado en esta banca y alcanzo a recordar una cosa más: A veces te divertían mis estupideces. Al final, no te reías, sólo te parecían estupideces. Me bebí tu copa. No te va a hacer falta. Yo tampoco. A mi tampoco me van a hacer falta tus labios, tu paladar, tu lengua… “¡Hip!”.

miércoles, 2 de febrero de 2011

El acordeón imaginario


-¿E ecuchan? ¡Tenshión…! ¿Me cuchan? ¡A-t-e-n-c-i-ó-n! ¿Mescushan?- Argentina. Provincia de Buenos Aires. Tren que de Tigre conduce a Capital Federal. Recorrido de la Estación de Tigre a la Estación de Retiro. Un domingo cualquiera, en la tarde, casi la noche.

Un anciano de no menos de 80 años se sube al tren en alguna estación intermedia. Sus palabras son incomprensibles. Se quiere hacer oír pero nadie le presta atención. Lo viste una camisa blanca de botones abierta hasta el ombligo que está metido profundo, muy profundo, en el medio de las falsas costillas. Un pantalón andrajoso deshilachado hasta la pantorrilla, a la que la marcan unas cicatrices. Unos zapatos que parecen alpargatas. Se le asoman las uñas entre la suela y el cuero. Se sostiene con dificultad de los espaldares de los asientos. Súbitamente, parado en medio del corredor del vagón, separa un poco sus pies para ganar algo de estabilidad. Reclina su cuerpo hacia atrás. Empieza a gritar con la voz más fuerte que puede. Pero nadie le escucha. La ausencia de dientes no le permite pronunciar con claridad: “¿E ecuchan?...”. Sin más preámbulo, saca una oxidada armónica del bolsillo y la limpia con la manga de la camisa. Toma aire. Se pone la armónica en la boca. Se la quita. Mira alrededor para ver quién lo está mirando. Toma aire de nuevo. Vuelve a ubicar la armónica entre sus labios. En ese instante parece imposible que la pueda soplar y mucho menos, hacerla sonar. Mira de nuevo a la gente que mira a todos lados… menos a él. Cierra los ojos y espira con fuerza.

La armónica empieza a sonar, pero a él no lo convence su instrumento. Sostiene con la derecha su armónica en la boca y con izquierda simula un acordeón. Saca notas de música celta mientras danzan tenuemente sus rodillas en un ritual de guerra que sólo él comprende. La gente se va callando para darle eco al artista. Poco a poco ese fantasma que se subió al tren toma forma de gaitero imperial. Él sigue con los ojos cerrados, sigue danzando, sigue simulando su acordeón imaginario. Su pelo canoso ondula al vaivén de las notas. Ahora sólo suena su armónica, ahora sólo se le ve danzar. Todo el mundo sigue el compás de su acordeón imaginario. Las palmas uniformes del público espontáneo dan fondo de percusión a su melodía, hasta el ruido del tren sobre los rieles parece acompasar. Él es el centro de atención, todos lo escuchan, ahora su voz es clara aunque no hable, ahora su presencia es todo lo que invade ese vagón.

Se le ve sublime, hasta yergue su cuerpo, sigue su tonada con toda intensidad. Su acordeón imaginario abre y cierra, abre y cierra, abre y cierra. Él sigue con los ojos cerrados, con su boca sonriente y soplando. De vez en cuando alza un pie. Lo apoya pronto para no caer. El frenesí de la danza le llega la cadera y una mueca de dolor le hace recular.

Termina su tonada. Se apaga la música. Saca su armónica de la boca. Desnuda otra vez sus encías. Pide una colaboración, una moneda… Otra vez su voz se hace incomprensible. Todos vuelven a conversar, a mirar al paisaje, a ignorarlo otra vez. Otra vez se ve andrajoso, otra vez se inclina, otra vez camina con dificultad hacia la puerta de salida. Baja del vagón, en otra estación cualquiera. Se desvanece entre la multitud, con su caminar cansino se va, y ya a lo lejos, cuando él se pierde a pie, y yo me pierdo en ese tren, alcanzo a ver, colgándole del hombro, su acordeón imaginario... pesándole un montón.

FIN.