La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

viernes, 13 de marzo de 2015

Esa mierda opaca y gris de "estar bien".


No puedo ser más detestable que cuando estoy "bien". Ese bien entre comillas que indica que el entorno vive su monotonía sin novedad, sin alteración, sin vida... mono-tonía. En el espejo solo se refleja la perfección fingida de una rutina maravillosa. Qué contradicción más grande. La rutina no puede ser maravillosa; es la rutina, la manifestación más parca y sonsa de la existencia.

Ahora, en medio de todo este bienestar melifluo, recuerdo el por qué de mi apología a la depresión, de las odas a mi oscuridad, de tanta rabia, tristeza, mocos y lágrimas plasmadas en letras, palabras y frases sacadas del hígado sin filtro, sin matices y sin vergüenza. Cómo extraño esa maldita almohada untada con el caos de mis sentimientos.

Detesto ser esto que no soy. Detesto vivir aparentando un bienestar que aborrezco, no porque sea masoquista, sino porque no soy yo. Yo soy un tipo amargado que disfruta su amargura, que la explota, que la vive y lo inspira. Ahora soy un aletargado víctima de la inercia de la normalidad. Tengo un trabajo normal en una entidad pública normal con un horario normal y un salario normal. Normalidad de mierda que me asfixia, me ahoga, me provoca nauseas y un vomito permanente de sonrisas impostadas.

Y no soy malagradecido. No. Agradezco poder todavía discernir para aceptar que detesto ese mequetrefe conforme en el que me he convertido. Un pelele que rebosa las redes sociales de bienestar, de doctrina moral, del "know how" de la vida. Un payaso Garrick cotidiano encartado con una imagen falsa, distorsionada por un aquí y un ahora aceptable, prometedor y quizás merecido porque dejé que me creciera la cola del lagarto y la boca del sapo. Un imitador barato de Coelho que de por sí es bien barato.

Me he vuelto un ser tan políticamente correcto que me desborda el fastidio que siento cuando me veo desde esa nube llamada autocrítica. Esa pécora que saco a trabajar todos los días por la mañana a buscar la riqueza material me está empobreciendo el espíritu, lo está succionando, me lo está dejando como un maniquí inexpresivo como testimonio mudo de lo que algún día fui.

Ahora, duermo por la noche. Qué forma más inútil y cruel de desperdiciar el mejor momento de la rotación de la Tierra. La noche era la cómplice perfecta de mi desesperación. Era tan eterna en mis tristezas, tan despacio transcurría en mi desasosiego y tan nítidos eran los murmullos de los amantes escondidos bajo su manto frío, que no puedo tener una mejor descripción de lo que para mí era la felicidad. Y tengo que dormir en la noche porque si no lo hago no puedo madrugar para cumplirle a la corbata, al salario y al puesto. A lo normal. Eso soy ahora: Una corbata, un salario y un puesto. ¿Para qué? Para poder vivir ¿Vivir para qué? Como lo veo, para poder morir con dignidad, en una mecedora sin el mimbre roto. Porque esta vida así no es más que una suma de segundos, minutos, horas, días, meses y años que me lleven a ese momento sublime llamado muerte. Una sumatoria sin emoción. Una sumatoria de momentos inocuos mientras las canas me pintan la cabeza, los párpados se me vienen sobre los ojos y el pipí se me convierte en un triste artificio asexuado para mear sin presión y con dolor.

Ahora, me someto a jerarquías, me someto al poder, acepto órdenes, cumplo tareas, repito mecánicamente y recitada la misión y la visión de una entidad sobre la que no puedo opinar porque ahí está toda la estantería de lo que soy ahora, y si se me cae la estantería me quedo sin lo que soy. Es decir, me quedo sin este yerro espiritual metido en el cuerpo de un eficiente empleado público disfrazado de seriedad y compromiso al que le quiero patear el culo por lo zoquete una y otra vez hasta que me sangre el pie. Acepto sumisamente todo lo que no soy para poder sobrevivir en este ambiente que le quiebra a uno la voluntad y la rebeldía enfrentándose todos los días a la necesidad, a las deudas, a la angustia de los gastos, al frenesí de tener para ser porque si no tenemos nada no somos nada. Y ese nadie que deambulaba por la noche se ha muerto en mis días en este alguien parco y gris metido en sus días laborales.

Ahora, soy la sombra larga de José Asunción Silva o los días lúgubres de Porfirio Barba Jacob. Ahora, justo en este momento cuando la noche me sorprende junto al insomnio que por fin derrotó a Morfeo en un acto de rebeldía majestuoso, ahora, en esta noche soy tan solo los versos más tristes de Neruda pero sin estrellas titilantes, sin musa y sin dolor de poeta. Porque la poesía se ha perdido en palabras tontas que riman con rutina: camina, domina o ladina. Porque la locura se ha metido en su cuarto de confinamiento, se ha amarrado con su camisa de fuerza para no protestar porque está reprimida detrás de la corbata, de esa impostura falsa y forzada llamada responsabilidad, de una necesidad constante por sobrevivir porque vivir es un privilegio de pocos, de esos pocos a quienes llaman locos, que luchan por su locura y que no se dejan derrotar. Pero yo perdí, perdí víctima de mi propia ambición, perdí escalando por los riscos absurdos y aletargados de "ser alguien en la vida", de donde me voy rodando a golpes porque mi esencia es ser ese nadie. Ese nadie que adoro como el nadie que fui en Buenos Aires, en donde el tango y yo éramos uno, en donde el tango y yo éramos sufrimiento, en donde el tango y yo éramos inspiración.

De eso nada queda, solo recuerdos que añoro de noches eternas entregado a la depresión que amo. Solo recuerdos de la brisa enfurecida golpeando contra mi ventana con el viento helado para decirme con acento argentino: "Ey loco, ahí está el Río de la Plata esperando a que te ahogues en él". Y yo entendí mal. Entendí "ríos de plata" que ahora busco cada mañana enlatado en una ruta que me lleva para vivir esta vida que desprecio, que me quita esos buenos aires de antaño, que me marchita en cada jornada porque me está convirtiendo en algo que no soy.

¿Qué voy a hacer? La respuesta es simple: No sé. Ahora solo sé que soy un cobarde sin respuestas. Que el lunes próximo voy a madrugar de nuevo después de haber dormido en la noche para cumplir juicioso y sumiso con esta vida en la que me enfrasqué. Que diré que sí muchas veces, que vomitaré sonrisas impostadas desde las 8:00 a.m. hasta las 5:00 p.m. para embutirme otra vez en esa ruta hasta mi casa para seguir igual cada día, cada noche, cada vida, cada maldita vida que tenga que vivir para poder sobrevivir.

En fin, estoy aburrido en general de vivir esta vida en particular.

Ahora me voy a dormir, porque mañana tengo que madrugar.

Hasta mañana.




sábado, 21 de febrero de 2015

La ciudad civilizada y Bogotá, la ciudad de la barbarie

(Fotografía: Vanessa Bedoya. Carrera Séptima Calle 19. Bogotá)

La ciudad es la manifestación más evidente de la civilización. Al menos en eso coinciden muchos sociólogos, antropólogos e incluso arquitectos e ingenieros que se aventuran a teorizar sobre lo sagrado y lo profano. Sin embargo, cuando camino por mi ciudad natal, Bogotá, percibo todo lo contrario: Bogotá es la manifestación más evidente de la barbarie.
Siguiendo con la teoría, ese aspecto vago de la presunción confirmada por la ciencia, la ciudad representa la cresta de la ola de la evolución humana en el aspecto social, político y económico. Debo decir, sin querer presumir, que he conocido varias ciudades que para mí responden a unos mínimos de bienestar urbano: Tel Aviv, Jerusalén, Barcelona, Madrid, Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile, Chicago, Cincinnati, Montreal y Nueva York. Otras un poco más caóticas como El Cairo, Ciudad de México o Lima. Y una absolutamente invivible, inviable, hostil y desordenada, que ha tenido la mayoría de mis momentos en la vida que se llama Bogotá.

Siempre he pensado que la ciudad, como sinónimo de civilización, se construye sobre dos pilares, uno espiritual y uno material. El espiritual es la cultura ciudadana, que es la certeza de que debemos compartir un espacio reducido con muchos humanos y sus formas, colores, olores, sabores y pensamientos. Y el material, que es la infraestructura, ese conjunto de obras que permiten que esos humanos en ese espacio reducido se puedan mover sin estrellarse unos con otros. Con tristeza debo reconocer que Bogotá no tiene en un nivel, al menos decente, ninguno de los dos.

Sobre cultura ciudadana no sabríamos ni siquiera el concepto en el siglo XXI si no hubiese sido por el visionario Antanas Mockus, un buen tipo de sangre lituana que fue alcalde de la ciudad dos veces (1995 – 1998 y 2001 – 2003). Mockus, con mucha paciencia, creatividad y dedicación, intentó arraigar una forma de ser y de actuar acorde con los principios de convivencia ciudadana como respeto, reconocimiento y tolerancia. Sin embargo, como la mayoría de acciones sociales que se basan más en la emotividad que en la política pública y la sanción estatal, el esfuerzo se diluyó con las subsecuentes administraciones. Ahora la cultura ciudadana en Bogotá es ciencia ficción. Por el contrario, en Bogotá se impone esa cultura fastidiosa de “el vivo”, un ser repugnante que saca ventaja de cualquier descuido del prójimo u omisión de la autoridad para sacar provecho.

Y de la infraestructura ni hablar, es un caos imposible de disfrazar detrás de transmilenios, vías de cinco carriles, edificios inteligentes o puentes peatonales. Para nadie es secreto (y los medios lo han hecho público) que la corrupción se ha devorado a Bogotá con cuchillo y tenedor. Samuel Moreno, alcalde de Bogotá 2008 – 2011, entregó la ciudad a su hermano Iván como caja menor de sus multimillonarias cuentas. Alegará presunción de inocencia, pero Iván ya está condenado. Así pues, el atraso de la ciudad es más que evidente. Bogotá es de las muy pocas ciudades en el mundo con más de tres millones de habitantes que no han podido consolidar un sistema de transporte público decente.

Bogotá no tiene metro. Eso lo dice todo. Un metro no es simplemente un medio de transporte efectivo en una ciudad de esta envergadura. Es un monumento al amor propio de cualquier ciudad. Nueva York, Montreal, Ciudad de México, Barcelona, Buenos Aires y Santiago mueven no solo millones de personas. Mueven la dignidad de toda una ciudad.

Entonces, Bogotá es una ciudad con profundas carencias, con pilares corroídos y muy poca voluntad política para un cambio profundo y real. El alcalde actual, Gustavo Petro, cambió sus buenas ideas, acciones e intenciones para convertir a Bogotá en una trinchera ideológica para defenderse de los ataques demagógicos del Procurador y su combo de oligarcas. Y si bien le ha dado un enfoque humano a su gestión, su ego ha sido más importante que la ciudad. La autocrítica no existe en esta administración y por lo tanto no corrige lo remediable y agrava lo complicado.

Es triste decirlo con tanta crudeza, pero Bogotá no es una ciudad civilizada. Es una mole de cemento sin formas ni dolientes clavada entre las montañas a 2600 metros sobre el nivel del mar. Es un lugar en donde impera la ley del más fuerte, en donde los políticos de turno ven más una oportunidad de fama y un peldaño para la Presidencia que un espacio de progreso, un tiempo de cambio y unas personas dignas de la grandeza del lugar privilegiado que le corresponde en el mapa.

Bogotá sin Bogotá es hermosa. Un paisaje de todos los tonos de verde plano rodeado por la cordillera oriental, ríos, cañadas, humedales, praderas y colinas. No por nada el fundador, Gonzalo Jímenez de Quesada, enfermó y murió después de que se fue de Bogotá. Algunos cronistas fantasiosos dicen que lo mató la nostalgia recorriendo el Magdalena y recordando a Bogotá. Lo entiendo. Yo también extraño a Bogotá. O mejor, extraño la idea de lo que creo que podría ser. Una ciudad organizada, limpia y amable en la que dé gusto vivir. De la que no nos estemos quejando todo el tiempo mientras la destruimos porque para quejarnos somos muy buenos pero para respetar somos muy malos.

Para terminar, se acercan las elecciones locales. Los buitres políticos de todos los colores rondan el firmamento de la blanca estrella que alumbra en los Andes. Las promesas vendrán en forma de discurso y una vez más los ciudadanos de la Capital nos dejaremos seducir por unos y otros. Ojalá la mano que va a la urna que deposita el voto esté guiada por la conciencia que concibe a la ciudad como un proyecto de vida y no como un botín político o económico de los poderosos. Bogotá será respetable y grande en la medida en que sus ciudadanos la hagan respetar. Es inútil seguir despotricando de la ciudad mientras nos quedamos cruzados de brazos. El voto es la representación de la democracia que logra cambios. O de la demagogia que los aniquila. Usted elige. Por su ciudad, hágalo bien. Vote bien.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Carta para mis amigos deprimidos. (Esto incluye a mi yo, mi ello y mi súperyo)






Cualquier lugar en cualquier tiempo, qué más da.



Queridos amigos y amigas deprimidos:


La depresión es un estado natural del ser humano. Es decir, soportar al mundo y sus demonios no es tarea fácil. Por eso al sentirnos abrumados por los avatares de la vida es normal que los sentimientos que se anidan en nuestra alma, corazón y mente no sean los más alegres. Por el contrario, son la tristeza, la confusión, el desasosiego, la rabia, la impotencia, la nostalgia y la melancolía huéspedes frecuentes de nuestros días.

Esta carta, tristemente, no es para sugerirles que abandonen todos estos sentimientos para que el optimismo los colme de repente y así, de ahora en adelante, sea la felicidad el único sentimiento que invada su ser. No puedo. No podría hacerlo. Estoy deprimido. Y cuando eso pasa, este tipo de recomendaciones no serían más que imposturas forzadas y mentirosas escondidas detrás de una sonrisa fingida.

De hecho, no me sirven los libros de autoayuda que me deprimen al ver lo fácil, práctico y divertido que es ser feliz y yo no puedo. Como quisiera ser Coelho, Choprá, Riso u Osho para incubar tanta felicidad con mis letras. Pero ese no es mi talento. Yo me he especializado en revolcarme en la tristeza como un marrano en un lodazal. Y como un marrano en un lodazal, confieso que esto me divierte.

He aprendido a vivir con la depresión. Lejos de huirle y pretender que la puedo aniquilar en vicios o huir de ella en escapes eternos, me he sentado largas horas a conversar con ella. Algunas veces disfrutamos discusiones distendidas, amenas y tranquilas. Otras veces nos tranzamos en peleas ríspidas, emotivas y dolorosas. Y después de estas charlas o agarrones, he aprendido que la depresión le permite a uno conocerse, comprenderse, valorarse, retarse y perdonarse. La depresión puede ser un huracán de autodestrucción o un impulso magnífico para enfrentar la vida.

Los depresivos tenemos esa tendencia a convertir a los sentidos en radares de dolor. Eso nos hace sensibles y por supuesto, perceptivos. Es allí cuando la depresión puede jugar a favor de la felicidad, así suene paradójico. La sensibilidad es creativa y cuando los poros de la percepción se abren, se pueden llenar de muchos grises y oscuros, pero también de colores.

Mi vocación es escribir. No sé si sea mi talento y no me preocupa averiguarlo. Debo reconocer que la depresión ha sido un motor magnífico para mi mente, mi alma y mis dedos. La tristeza tiene palabras variopintas, prosas desaforadas, cadencia, ritmo, locura, romanticismo y muchos matices. La tristeza tiene todo porque es profundamente humana. Y es en la depresión en donde he logrado canalizar esa mezcla de lágrimas, mocos y tinta para plasmar ideas, sentimientos y pensamientos que al final son mi obra. Y esa obra al final es el cemento de mi carácter, de mi historia y de mi vida. Cuando al final leo eso que escribí es cuando entonces reconstruyo mi carácter, mi historia y mi vida.

Por eso creo que la depresión no es mala per se. Mucho menos si la realidad que nos circunda es tan deprimente y no la podemos evadir montados en una nube. La depresión puede ser fantástica si hacemos de ella un motor de creatividad, de sensibilidad y de percepción. Y por lo tanto, sin darnos cuenta, se desvanece y se difumina en momentos de tristeza capitalizados en pequeños destellos de lucidez, de arte. Y ese arte al final será nuestra satisfacción, pequeños momentos de felicidad.

No podemos darle el gusto a la depresión para que sea nuestra ruina. Eso es lo que más desea. Por el contrario, la consciencia sobre esos sentimientos agobiantes debe motivar reflexiones y acciones que nos lleven a hacer de estos trances difíciles canales de expresión. No tenemos por qué trasegar por el mundo con la depresión como un costal como si fuésemos mendigos de cariño o aceptación. Pero es necesario sentir, sentir con intensidad y con valor, porque la depresión hay que enfrentarla en estos duelos magníficos en donde las espadas se cambian por vino tibio y pensamiento frío.

Hay que darle alas a la tristeza sin miedo, llevarla hasta una almohada y dejarla pintada en la funda con todo lo que sale del fondo del alma cuando lloramos con ganas. Pero no nos podemos ahogar en ese charco que parece el mar. La depresión nos reta y no podemos ser inferiores a sus desafíos porque no se nos puede llevar la vida. Porque la vida es lo único que tenemos realmente, ese instante cósmico fugaz, finito, tenue e imperceptible en la inmensidad del Universo. Y es todo lo que somos. Nuestra vida es valiosa porque nos pertenece, porque nos permite ser parte de un algo indefinido a lo que le vamos dando sentido atados a esta pelota verde, azul y gris llamada Tierra que viaja por el espacio mientras nos extinguimos.

Por eso la depresión no debe quitarle valor a la vida de ninguna manera, menos a la propia. Vivir es el desafío hermoso de saber cuántas batallas he ganado hoy, cuántas heridas me quedaron en el combate, a cuántos demonios derroté y cuánta inspiración dejé en el camino. Por eso la depresión no debe ser un estanque de amargura. Debe ser un río de cauce amplio, profundo, con muchas curvas, subidas y bajadas cuyo recorrido nos debe afianzar el carácter y fortalecer el criterio para poder enfrentar eso que a veces se nos torna insoportable.

Por eso mi llamado, queridos amigos y amigas deprimidos, es para que tengan el valor de enfrentar la depresión con las armas que les da su vocación. Que hagan de las lágrimas tinta para escribir o pintar, del dolor contenido dentro, fuerza de interpretación que lleven a las tablas de un teatro con todo el dramatismo que le puedan dar, que la rabia quede plasmada en tomas magníficas de una cámara fotográfica o de video que recoja las sensaciones por las que no se han dejado vencer.

El arte, amigos y amigas, el arte es la respuesta. La historia sublime de la humanidad se ha construido sobre la tristeza que los héroes han superado. Allí están sus gestas plasmadas o escritas, quizás con otros personajes, pero gracias a la pluma o el pincel de quien lucha por remar contra la corriente. El espíritu se edifica con base en la interacción humana de sentimientos y sensaciones. Nuestra condición humana nos hace presas fáciles de la tristeza. Los sentidos nos sirven para comprender que al final no podemos entender al mundo y sus injusticias. Y eso nos deprime. Pero si somos capaces de cambiar todos esos sentimientos destructivos y autodestructivos por arte, tendremos un mundo más colorido, más diverso, más respetuoso que reconozca la diferencia como parte inherente de compartir este espacio y este tiempo del que no nos podemos salir, y así quizás, vayamos aniquilando las razones objetivas de la depresión. Porque ver esas luchas internas representadas en el arte son un bálsamo magnífico para cambiar lo que nos agobia en lo que nos hace sentir orgullosos. Y el arte no tiene límites porque es imaginación. Y la imaginación no tiene límites. Cuando la imaginación se expande en el arte, se contrae en la depresión.

Deprimida y creativamente,


ANDRÉS FELIPE GIRALDO L.



viernes, 12 de septiembre de 2014

A veces me abandono.





Algunas veces me dejo, me abandono, como si ya no me importara. En un estado catatónico puedo sentir hasta mis pulsaciones más débiles. Desvanezco ante el espejo al que solo le queda el vaho de mi aliento. Y ahí voy languideciendo entre pensamientos lúgubres y rimas forzadas con todas esas palabras que me encantan: Nostalgia, melancolía, anhelo y añoranza.

Aveces me tumbo en cualquier superficie horizontal, ojalá mullida, y me quedo tirado boca arriba solo para percibir la insignificancia de lo que soy comparado con todo lo que me rodea. No me menosprecio, no. Por el contrario, creo que los sentidos me hacen poderoso porque puedo notar todo lo que me falta. Me importa tan poco la trascendencia y me aferro tanto a la contemplación.

Mi espíritu se alimenta de imágenes y del collage que hago con ellas en mi mente. El sentido, la coherencia, la congruencia y todas esas cosas son solo caracoles aburridos. La lógica me provoca un tedio infinito. Divagar es la forma más fácil de volar, de dejarse llevar por el viento como quiera soplar. Y me abandono. Me abandono al aire, a la melodía, al aroma, a la textura, a las palabras y a las letras que quieren jugar como sea, como caigan, como se les dé la gana.

Ahí en cualquier parte, me echo y quedo babeando. Escribo estupideces solo para dejar un rastro de papel, para saber que me perdí en algún lugar, en algún recuerdo, en algún momento triste agazapado en una esquina. Solo mis dedos se mueven, lento y sin orden, plasmando cosas, regando tinta, botando torpes la copa de vino sobre el regazo. Y me quedo horas mirando esa mancha. Encontrándole una historia.

Me encanta la inercia del tiempo que saca al sol por el oriente y lo oculta por el occidente. Y más me gusta la inercia que pone a viajar a las estrellas por el firmamento hasta que las mete detrás de alguna montaña como quien esconde mugre debajo del tapete. Me encanta el vaivén de las olas, más cuando el mar embravece y me revuelca contra el mundo. Me encanta la fuerza del viento, más si el aire me congela las mejillas. Los olores le quitan a uno los ojos, porque no se necesitan.

Adoro ser un simple recipiente de sensaciones. Vivo apenas para abandonarme. Para que no me importe nada más. Y ya.






martes, 20 de mayo de 2014

El Fantasma de Antanas.

(Fotografía tomada de Internet)

Hace cuatro años por esta época, mi esperanza por un país mejor estaba renovada. Aunque estaba lejos, en Buenos Aires - Argentina, logré ubicar por vía de redes sociales a más entusiasmados como yo para sentir eso que se llama Patria y vivirlo, como si uno le hubiese arrancado un pedazo de tierra a su país para llevárselo en la maleta. Compré mi camiseta de la Ola Verde, muy estrechita para los 95 Kilos que me empezaban a pesar, y fui a un par de reuniones para escuchar sobre planes y propuestas. Las reuniones me aburrieron pronto. La política tiene una particularidad entre los anónimos y es que súbitamente los convierte en líderes espontáneos. Solo hay que darle un megáfono a un idiota con un par de ideas para que esta mezcla de popularidad haga explosión en su cabecita y se vista de héroe. Pues bien, la Ola Verde no fue la excepción en Buenos Aires y preferí volver a la comodidad de mi casa y las redes sociales.

Poco antes de la consulta del Partido Verde escribí un texto que se llamó ¿Por qué votaría por Mockus? que sin preverlo tomó una fuerza que recorrió el mundo. Pronto me llegaron respuestas a favor y en contra desde Estados Unidos, Suiza, Japón, Alemania, Argentina, Ecuador y cuatro o cinco países más que no recuerdo y por supuesto, de Colombia. Me entusiasmé, milité desde la virtualidad gratis, diciendo para mis adentros "yo apoyo porque quiero, a mí no me pagaron" y sin descanso me ubiqué en la cresta de la Ola Verde en el lugar en dónde siempre estuvo: El mundo virtual. La realidad era otra y el 30 de mayo me daría cuenta.

Recuerdo esa noche otoñal del 30 de mayo de 2010 saliendo de un espectáculo maravilloso. Era Quidam, del Circo del Sol, algo que nunca había visto y dudo volver a ver. Magia pura de humanos sobrehumanos. Acucioso busqué una conexión a internet para que el júbilo del triunfo se apoderara de mí. Suponía, como indicaban las encuestas, las malditas e imprecisas encuestas, que Mockus estaría un poco arriba o un poco por debajo de Santos para dar el zarpazo del triunfo en la segunda vuelta. Pues no. La esperanza murió de un disparo en la cabeza. Los porcentajes inclinados claramente a favor de Santos solo eran el preludio de una debacle en segunda vuelta que solo fue de trámite. La puerca realidad de la política colombiana había barrido las ilusiones virtuales. Era obvio, no se pueden repartir tamales por internet y el pragmatismo una vez más derrotó al idealismo. Pero el sabor de la ilusión quedó ahí, y el símbolo también. Mockus perdió, pero su barba color ceniza sin bigote, su peinado de meme y sus gafas clásicas se convirtieron en el faro de la esperanza.

Pero los peros llegaron. El siguiente reto electoral para Antanas vendría en 2011, en las elecciones a la Alcaldía de Bogotá. Los movimientos de Mockus fueron observados con expectativa por los rezagos de una Ola Verde que paulatinamente se fue retirando al tedio de su rutina y al baúl de la resignación. Peñalosa hizo lo previsible. Se alió con Álvaro Uribe, la antítesis de los seguidores de Mockus y la representación viva de todo lo que no se debe hacer en política. Se rindió con toda pleitesía y sin ninguna vergüenza a los pies del patrón creyendo que con su apoyo sería invencible y que por fin, después de una seguidilla de derrotas, sería otra vez Alcalde de Bogotá. Mockus, traicionado y decepcionado, empezó a dar bandazos de un lado a otro. Y aún no se detiene. Renunció al Partido Verde. Hasta ahí respondía a la lógica de un hombre íntegro y coherente. Muchos tuvimos la ilusión de que él alzaría sus propias banderas vestidas de Visionarios o simplemente de Mockusianos para alcanzar la Alcaldía, pero su viraje fue imprevisible, triste, lastimero, incomprensible y políticamente suicida. 

Mockus decidió sumarse, como un gregario más, a la campaña de Gina Parody. Sí, Gina Parody, una yupi con aires de hipster que tuvo la genial idea de descubrir que el uribismo estaba podrido cuando ya hacía parte del Partido de la U, cuando esa U era de Uribe. Renunció al Senado para, propio de su esnobismo natural, ir a estudiar Bogotá a Boston. Sí, es extraño pero ella misma lo dijo: "Me fui a Boston para estudiar a Bogotá". ¿Cómo? ¿No era más fácil estudiar a Bogotá en Bogotá? No, para ella se conoce mejor Bogotá desde Boston. Mockus le apostó a esa campaña inerte y logró reducir los más de 3 millones de la Ola Verde a un simple charquito lleno de sapos de apenas poco más de 300 mil. 300 mil votos recaudados en "Il Pomerigio", el Parque de la 93 y la comunidad de diseñadores que tiene Gina para sus gafas. Y bueno, Peñalosa y Parody fueron derrotados por Petro. Pero esa es otra historia.

Desde ese momento Antanas Mockus es un fantasma. Aparece de vez en cuando a decir alguna incoherencia y se vuelve a ocultar en las ruinas de su imagen. Todo lo ve con una candidez mágica. Ve bondad hasta en Santos, a pesar de que no cumplió la mayoría de sus promesas de campaña, las que le dijo en la carota a Mockus, como que no subiría los impuestos y que lo escribiría en mármol.  

Sus declaraciones son ambiguas, débiles de argumentos, con un lenguaje que se asemeja más al de un gurú de autoayuda de la India que al de un político activo. Siempre había sido enredado y había que digerirlo para entenderlo. Pero ahora viste sus palabras de sofismas como "apoyo desde la radical independencia". Será desde la radical soledad. La soledad del poeta, el loco o el romántico. Dice que va a trabajar por la paz, pero no desde el Senado, pero no desde la política, pero no desde los partidos, pero no desde ninguna parte. Pero lo va a hacer. Cómo y cuándo, no sabemos, pero él dice que lo va a hacer. Dice que Santos lo hizo mejor de lo que él lo hubiera hecho. ¿Que qué? Uno solo se coge la cabeza y piensa: "¿Cómo es posible que Antanas diga estos disparates? ¿Qué es lo tan bueno que ha hecho Santos como para pensar que lo hubiera hecho mejor que él? ¿Iniciar un proceso débil con unos manipuladores y mentirosos que en cualquier momento lo dejan viendo un chispero como a Pastrana? ¿Arrasar el campo con TLC´s contra los que los campesinos colombianos no pueden competir y que los tiene protestando mientras la Fuerza Pública los levanta a bolillo? ¿Olvidar que es Presidente y trenzarse en una nueva campaña politiquera plagada de polarización y odio dando la talla de la suciedad de sus oponentes que antes eran sus mentores y aliados?". Esos aliados que derrotaron a Mockus. 

No está mal que Mockus sea un mal político. Finalmente su mayor mérito como político es ser un mal político. Los buenos políticos en Colombia tienen sumido al país en el caos institucional, la corrupción administrativa y la polarización violenta. Pero entonces le queda a uno la duda ¿Será que Antanas tiene razón? ¿Hubiéramos elegido un Gobierno peor que este con él? Y, tristemente, termina uno sintiendo un alivio siniestro.

Hace cuatro años Mockus era la esperanza. Sí, la esperanza hecha candidato. Por esta época la ilusión corría por las venas como un torrente de futuro. Hace cuatro años había por quién votar y uno creía que más allá de unas elecciones el liderazgo podría reconstruir una política más depurada, más incluyente, menos electorera y más ideológica. Pero Mockus se diluyó, como el espectro de un fantasma. Ahora no es más que la sombra larga del poema de José Asunción Silva. Mockus sigue siendo su esencia: Un tipo honesto, crédulo y bueno. Pero delira si cree que Santos ha sido un buen Presidente. Y deliramos todos sus seguidores si de verdad él iba a hacer un peor gobierno que el de Santos. Que poca fe se tenía Mockus. Parece que la política en Colombia aniquila hasta la fe en uno mismo. Y eso pasó con Mockus. Antanas ya no cree en Mockus. Balbucea detrás de bambalinas apoyos intrascendentes. Se esconde en escenarios vacuos y sin peso en donde sus palabras ya no son fuerza moldeadora. Quizás sirvan para manuales de conducta de monjes sin aspiraciones.

Hoy, cuando las elecciones se disputan en medio de lo más puerco de la política, en donde un Uribe desesperado fuerza a su marioneta hasta los límites de la ley para atacar con su tradicional estilo criminal y el Presidente-Candidato tiene a todo vapor a sus locomotoras clientelistas y burocráticas para aferrarse al poder, extraño al buen Antanas. Ese que ya no existe. Ese que pasó a un retiro activo que roza con lo patético. Hoy la "esperanza" se disfraza de una izquierda dividida hasta casi su extinción política y de un Peñalosa experto en derrotas que ha armado un equipo para sumar una derrota más, lejos de Uribe y lejos de Santos, porque ninguno de los dos lo quiere, porque ninguno de los dos lo necesita. No porque él no quisiera unírseles.

Hace cuatro años milité en la Ola Verde desde el exilio. Hoy milito en la absoluta desesperanza desde el exilio. Antes al sur, ahora al norte. Miro desde la distancia la realidad planeando mi nueva huida y marcando los días en el calendario que me devolverán a Colombia en poco tiempo. Para volver al mismo país iluso que se murió ese 30 de mayo de 2010 y que anheló seguir el sendero de un hombre bueno. Hoy ese hombre bueno es un fantasma en el exilio de su propia casa, de sus propios miedos, de su propia esperanza que ahora es delirio. Antanas Mockus hoy es un espectro que se diluye en el lodazal de la política colombiana. Antanas es el nuevo Gasparín, un fantasmita amistoso, inofensivo y tierno que vive en las ruinas de la democracia.

domingo, 23 de marzo de 2014

¿Cuánto mide la tristeza?


(Foto tomada de internet)

No podría empezar mejor algo que no puede ser peor. Estoy llorando, sí. Y no lo hago para producir lástima. Odio la lástima. Lloro porque estoy triste. Así de simple. La tristeza es el estado líquido del alma y por eso se escurre por los ojos.

¿Razones? Muchas o pocas, claras u oscuras. No lo sé. Solo estoy triste porque estoy triste y ya. Así como aveces estoy alegre porque estoy alegre y ya. Sin razones. Estoy triste porque la tristeza no solo me arranca lágrimas. También me arranca letras. Y no quiero hacer ahora un inventario cargado de historias con un final desafortunado. No. Porque esas historias me inspiran otras cosas. Me inspiran historias.

Tengo tristeza por las historias que aún no concluyen, que van y vienen, que me arrancan suspiros profundos de incertidumbre, frustraciones y fracasos enredados en laberintos a los cuales no les encuentro la salida. Y yo no soy de esos luchadores que ante los obstáculos busca una garrocha para saltarlo. No. Yo me quedo mirándolo, casi que lo admiro, lo palpo, lo disfruto y si el tiempo no me afana, me tomo un café con él. Yo soy de esos que ante las adversidades se desespera y llora. No soy de esos osados que andan por la vida sorteando el día a día con una entereza envidiable ni de los que superan todo por más difícil que sea. No, yo no soy así. Yo me pongo triste y lloro. Y espero que vengan a buscarme mientras me quedo sentado secretando mocos y lágrimas para que me saquen de ese laberinto con un abrazo o con una patada en el culo. No importa. Yo lloro y espero mientras desespero. Así soy.

Ya no estoy llorando más. Pero sigo triste. Creo que las lágrimas paran porque escribir llorando es muy cansón. La letra se distorsiona, el moco fluye y si es profuso cae sobre el teclado. Por eso no lloro más. Pero sigo triste. Y es que la tristeza me regala unas palabras hermosas. Por ejemplo, nostalgia, melancolía, vacío, desasosiego, desazón, frenesí, cabizbajo, ausencia, dolor, recuerdo... en fin, la tristeza trae su propio diccionario que es sublime. Un triste que no escriba está desaprovechando una oportunidad maravillosa para hacer poesía en rima y prosa. Entonces, si es para escribir, la tristeza me pone contento.

La tristeza vive en todos los tiempos. En el pasado le llamamos nostalgia. En el pasado que no fue, le llamamos melancolía. En el presente se llama tristeza, a secas, sin adornos. Y en el futuro puede ser anhelo o añoranza, depende si viene de la nostalgia o de la melancolía. La tristeza es inherente a la vida. Nacemos con dolor, vivimos con dolor y morimos con dolor. Eso es triste. No es lo único, es verdad, pero para mí la tristeza es lo más importante. Me inspira, pone mis sentidos al servicio de los sentimientos y castiga a la razón sin misericordia. La tristeza es un sentimiento puro, sin ambigüedades. El sufrimiento es un continuum interrumpido eventualmente por una alegría. No en todas las vidas, pero al menos en la mía, que es la única que conozco al menos cuando estoy despierto.

La tristeza es la certeza de la muerte. La certeza del abandono sobre todo esto conocido. El abandono de nuestro cuerpo, nuestros afectos, la materia que nos rodea. Y la muerte es una constante en mi pensamiento. Creo que la muerte es la tristeza más grande, la que no se puede medir, la que no tiene tamaño. Y no la propia. La propia es el descanso de la tristeza. Hablo de la muerte de esas personas que nos generan tanto afecto, tanto cariño, tanta alegría. 

Hace un año exactamente, leí la que para mí es la mejor y más humana obra de Piedad Bonnett. Se llama, "Lo que no tiene nombre", y narra con desespero hecho literatura el suicidio de su hijo. El libro que leí quedó inservible. Ilegible para quien lo quiera retomar. Mientras leía, el llanto mío era profuso, inclemente, salvaje, arrollador. Destrocé las páginas no solo con mis fluidos, sino con mi ira e impotencia, que dejó huellas irreparables en la obra impresa. Ella en su libro logra no solo transmitir su dolor. Logra contagiarlo. Porque es imposible que un cuerpo presente pueda soportar con tanta gallardía a un cuerpo ausente. Mucho menos si ese cuerpo ha venido desde las entrañas. Porque ese ser que se fue, se formó en el vientre de Piedad Bonnett.

En fin, este es solo un ejemplo de la tristeza que no se puede medir. Hay miles, millones, trillones de ejemplos más. Solo hay que revisar la prensa de los últimos 200 años para empezar. Y luego piense en el mañana, en qué será de su vida si esos a los que tanto quiere se van, porque sí, porque la vida se acaba, en cualquier momento, solo porque estamos vivos.

Estoy triste sí, aún con los ojos empañados y con el pañuelo cerca de la nariz por si algo. Estoy triste porque a un sobrino lo arrolló un carro y le partió el brazo, la pierna y unas costillas. En un instante, cuando todo estaba bien y él estaba alegre. Porque sí, porque la tristeza nos sorprende en cualquier momento. Estoy triste porque la democracia muere en mi país y la oligarquía se afianza al poder como una sanguijuela a la piel mojada. Estoy triste porque ahora recuerdo como otro sobrino, hace mucho tiempo, cuando él era un niño que apenas percibía cómo su hogar se desintegraba, en su inocente infancia que no pasaba de los cuatro años, miraba al horizonte, al vacío, y se le escurrían las lágrimas. Mi hermano (que no era su padre) le preguntó ¿Qué te pasa? Él solo respondió, con un tímido dejo de sollozo "Estoy triste". Eso lo explicó todo. No había que indagar en hechos ni razones. Él estaba triste y tenía esa tristeza... que no se puede medir.








jueves, 6 de marzo de 2014

La tragedia soslayada de "los falsos positivos".



(Fotografía tomada de ElTiempo.com)

En Colombia gobernó un Presidente durante ocho años cuya única consigna visible era derrotar a la guerrilla. Llegó al poder en 2002, en medio del desespero nacional ante los engaños reiterados del grupo guerrillero de las FARC, que había embaucado a la sociedad con un proceso de paz fallido del que solo esperaba salir fortalecida para tomarse el poder por la vía de las armas. Y casi lo logra. Ante la mirada impávida de otro Presidente inútil, Andrés Pastrana, la guerrilla logró montar sus campamentos en las goteras de la Capital del país mientras fingía que quería la paz en una región desmilitarizada que el Gobierno de turno les cedió a cambio de nada.

Álvaro Uribe Vélez llegó a la Presidencia con los dientes afilados, listo para lanzarse al cuello de una guerrilla envalentonada, para acabar con este mal para siempre. Y disfrazó su discurso guerrerista con un sofisma impactante al que bautizó como "la seguridad democrática". La consigna era clara: Recuperar cada centímetro de territorio nacional y expulsar de allí la guerrilla para establecer a las Fuerzas Militares como garantes de la soberanía nacional y el orden público.

La estrategia de Uribe era tan clara como perversa: Daría a toda una jauría de militares ávidos de venganza y gloria negada durante cuatro años, una serie de estímulos por cada baja que lograran en esa guerra contra la guerrilla. Es decir, recompensaría cada guerrillero muerto con dinero, ascensos, vacaciones, traslados, viajes y toda una serie de caramelos como premio. Así de simple. Habría que llevar muertos para obtener prebendas. La fórmula era sencilla. Y muertos hubo. Pero no precisamente guerrilleros. 

Matar guerrilleros nunca ha sido tarea fácil para las Fuerzas Militares. Por eso la guerrilla lleva sesenta años campante por el territorio nacional, cada vez con mayor fuerza, organización y respaldo nacional e internacional. Pero los militares no iban a dejar pasar esta oportunidad de obtener privilegios. Y si el Gobierno quería muertos, pues ellos iban a llevar muertos. Entonces sistemáticamente se multiplicaron los operativos, las bajas y los éxitos tácticos y estratégicos, con unas cifras impresionantes de derrotas en las filas de la guerrilla. Era una bonanza de la muerte, que no se reflejaba en el debilitamiento real de la guerrilla. Algo raro estaba pasando. Solo había que jalar un delgado hilo para saber qué era.

A finales de 2008, cuando Uribe ya se había hecho reelegir comprando congresistas para cambiar un "articulito" de la Constitución Nacional, fueron apareciendo jóvenes muertos en Ocaña, Norte de Santander, reportados como guerrilleros muertos en combate. Fueron diecinueve muchachos en total. Al principio no parecía nada raro. Diecinueve guerrilleros dados de baja era el pan de cada día en los reportes oficiales del Ministerio de Defensa Nacional. Pero resulta que en Ciudad Bolívar y en Soacha, unas madres acongojadas y confundidas aún se preguntaban por la suerte de sus hijos, que se habían marchado de la casa con promesas de trabajo justo por esa región. Tristeza, decepción, desconsuelo y profunda amargura sintieron aquellas madres cuando descubrieron que esos guerrilleros dados de baja en Ocaña eran sus hijos. Quizás hasta ellas mismas dudaron de la integridad de sus muchachos cuando el Presidente Uribe se refirió a ellos aún con la sangre saliendo de sus cuerpos diciendo que "esos muchachos no estarían recogiendo café", insinuando que, así no fueran guerrilleros, eran buenos muertos. Para Uribe todos los muertos son un placer. Ama la sangre.

Pero bastarían unas pesquisas sencillas para descubrir que esos diecinueve jóvenes habían sido vilmente masacrados, sin oportunidad de huir ni defenderse y que luego los habían disfrazado de guerrilleros para simular que habían sido dados de baja en combate. Detalles tan ridículos como montarles armas inservibles. O en la mano derecha a alguno que solo sabía manejar con habilidad su mano izquierda. O con dos botas derechas cubriendo los dos pies. Casi todos con tiros en la espalda y tiros de gracia. Una obra macabra de mentes perversas, estimuladas por una mente aún más ruin, capaz de cambiar muertos por premios como si fuera una competencia de cacería humana.

Fue esta la punta del hilo para que empezaran a aparecer muchos más casos en todo el territorio nacional de jóvenes, indigentes y campesinos masacrados, disfrazados y reportados como guerrilleros muertos en combate. Casi todas las bases del Ejército en el territorio nacional estuvieron implicadas en este aniquilamiento sistemático de personas para inflar las cifras de los éxitos operacionales y salir del Ministerio de Defensa con un botín de premios nunca antes visto. A esta tragedia se le conoció como "los falsos positivos".

El término es odioso. Porque cosifica a las víctimas. Pero no es impreciso en cuanto responde a una política. El "positivo" es el éxito operacional de las Fuerzas Militares en el contexto de la guerra. Luego, una baja de la guerrilla, es un éxito militar. Pero una baja falsa es entonces "un falso positivo". 

Las víctimas se multiplicaron y se elevaron a la "n" potencia. La dinámica perversa de las muertes de personas pasadas por guerrilleros muertos en combate se convirtió en práctica habitual en el Ejército. Desde los altos mandos se patrocinaba esta práctica como "normal" y "conveniente" para la moral de la tropa. No solo por los incentivos dados por el Gobierno, sino por la sensación de que de verdad estaban matando guerrilleros. Esos inocentes asesinados a mansalva servirían para el permiso del soldado, el ascenso del suboficial, la comisión en el exterior del oficial y dinero para todos. Además las cifras para el Ministro de Defensa, hoy Presidente, no podrían ser más halagadoras.

Por eso me atrevo a decir que los llamados "Falsos Positivos" fueron una política de Estado. La ambición desmedida del Gobierno por demostrar que estaban ganando la guerra, y esa política de estímulos para cambiar prebendas por muertos, degeneraron en una masacre sistemática de inocentes e indefensos que fueron presentados como éxitos operacionales y bajas en combate. Un estudio de la Universidad de la Sabana y de la Universidad Externado señala que este tipo de ejecuciones se incrementó en un 154% mientras "El Gran Colombiano" fue Presidente de la república. La Fiscalía habla de alrededor de 2800 muertes y la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos habla de más de 3 mil. Sin duda alguna, es el exterminio de gran parte de una generación de colombianos.

Los "Falsos positivos" arrancaron de tajo la vida de más de tres mil personas, la mayoría de ellos jóvenes pobres, con el único argumento de cumplir con los deseos desenfrenados del Gobierno por matar guerrilleros. El estudio de La Sabana y el Externado menciona que los controles sobre estas prácticas fueron mínimos y que no hubo auditoría para comprobar la procedencia de los muertos. Luego, cualquier muerto era bueno para reclamar "el premio".

He hablado con uribistas sobre este tema y las respuestas que me dan no son solo sorprendentes. Son irritantes: Alguno me dijo "los falsos positivos contribuyeron a la sensación de triunfo en la guerra. Eso mantuvo alta la moral de la tropa y permitió que no se desfalleciera en el combate real". Si era para mantener alta la moral de la tropa ¿No era más fácil llevarles a Marbelle o a Lady Noriega?, digo yo. Esas pechugonas causan delirio entre los soldaditos sin necesidad de matar a 3 mil personas. (Mis disculpas de antemano a las divas). Otro me dijo "Esos son daños colaterales propios de cualquier conflicto bélico, lamentable, pero inevitable". No es verdad. Un daño colateral es que le mande una bomba a una base militar y por error pegue en un hospital. Ese es un daño "colateral". Lo que pasó con los falsos positivos fue una masacre indiscriminada de civiles vulnerables, desarmados e indefensos. Los mataron con sevicia y premeditación con la única intención de ganar los premios que el Gobierno entregaba como en una piñata.

Para no hacerme más extenso y teniendo en cuenta que falta poco para las elecciones y quiero poner a circular este escrito lo antes posible, solo voy a decir que más de tres mil personas fueron asesinadas por el deseo estúpido de un Gobierno por mostrar resultados con muertos. La política de estímulos a los militares en este sentido exacerbó su lado más perverso y oscuro, sus tácticas más ruines y lo peor de su desgastado y maltrecho "honor militar". Millares de jóvenes murieron víctimas del frenesí de un Calígula montañero contemporáneo, fanático de la sangre y de la guerra, irritable como el que más y líder de una secta de desquiciados peores que él.

El país no ha dimensionado realmente el daño que los "Falsos positivos" le causaron a ese concepto tan devaluado que se llama Patria: El prestigio del Ejército se fue para el piso. Muchos dicen que solo fueron unas "manzanitas podridas que no comprometen a la institucionalidad". Pues esas manzanitas son más de 4 mil militares implicados en los falsos positivos. Esos son muchos para una sola institución. 

Aún la justicia no avanza como debería en los fallos condenatorios. Y el Gobierno actual, presidido por el Ministro de Defensa del Gobierno anterior, (que ahora son opositores pero compartieron las ideas geniales de cambiar premios por muertos), no puede contener el que aún se siga delinquiendo por parte de estos perpetradores, como el caso del Coronel Robinson González del Río. Él fue acusado de un par de muertes de "Falsos positivos", sigue delinquiendo desde su cómodo centro de reclusión y está influyendo en todos los estamentos de la institucionalidad. Hablaba con Henry Villaraga cuando era Magistrado del Consejo Superior de la Judicatura como si fuese más que un amigo, un cómplice, y con la Jueza Carmen Johana Rodríguez, encargada de sus garantías procesales, como si fueran los mejores amigos y compinches. Vale la pena recordar que Robinson es sobrino de Rito Alejo del Río, general condenado por apoyo a los grupos paramilitares y para quien Álvaro Uribe hizo una ceremonia de desagravio cuando aún su situación jurídica no se había resuelto. Todos con todos.

Además, el Gobierno sigue abogando por "el fuero militar", que dejaría a los falsos positivos en un limbo jurídico que seguramente favorecería a los implicados generando aún más impunidad. Lamentable.

Los "Falsos positivos" no pueden seguir siendo soslayados. No pueden seguir siendo vistos como un mal menor en una sociedad corroída por todas partes. No. Los "Falsos positivos" son la cresta de la ola de la degradación social. Es una institucionalidad completa puesta al servicio de la mentira y la ambición. Es el menosprecio absoluto por la vida y el derecho a crecer libres en un país que se declara democrático. Es la falacia de Álvaro Uribe Vélez que vendió la idea de seguridad que solo fue tal para los ricos, mientras los pobres morían por las balas del Ejército inermes, sin saber por qué, con el dolor de haber nacido en una tierra maldita en donde los premios se reclaman con muertos.

Ahora les pido que hagan un experimento. Que le cuenten esta historia a un extranjero. Que le digan que este personaje, Álvaro Uribe Vélez, será Senador por la votación popular del próximo 9 de marzo. Y que le digan que él no ha respondido ni política ni penalmente por esos más de 3 mil muertos. Dígale, como hice yo, que no sé por qué no responde, si él era el Comandante General de las Fuerzas Militares. Y que eso no es lo peor, sino que a muchos no les importa y muchos más le siguen. Cuéntele a ese extranjero y mire cómo se coge la cara, cómo masculla los dientes con rabia y cómo se pasa los dedos por el pelo absolutamente incrédulo, porque esto es propio del salvajismo de una sociedad precaria, sin principios, sin valores y sin futuro.

En honor a esos más de 3 mil muertos le pido, le suplico y le ruego, que tenga el corazón grande y que no use su mano firme para votar por Álvaro Uribe Vélez. Que ya que no respondió de ninguna manera, al menos tengamos la dignidad mínima de castigarlo en las urnas este 9 de marzo. Por favor: NO VOTE POR EL CENTRO DEMOCRÁTICO ¡No vote a favor de la muerte de más de 3 mil colombianos inocentes!

¡GRACIAS!

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