La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

miércoles, 23 de septiembre de 2015

LA PAZ, UNA CONSTRUCCIÓN CULTURAL.


La paz es una construcción cultural que tiene su pilar más sólido en la armonía y sosiego individual, cuando además, los atributos relacionados con la paz se asumen por la ciudadanía como una forma de vida. La paz, pues, no es la ausencia de conflicto, porque el conflicto es inherente a los humanos, como parte de la diversidad y de la pluralidad de pensamiento, de creencias, de opiniones, de hábitos y costumbres.

La paz, entonces, se da cuando finalmente la violencia se convierte al fin en un recurso excepcional en la resolución de los conflictos entre las personas y cuando existen mecanismos eficaces para resolverlos pacíficamente, de tal manera que las decisiones que se tomen con base en tales mecanismos sean respetadas por las partes involucradas en la disputa.

En este orden de ideas, las sociedades pacíficas se caracterizan por una alta capacidad de negociación de los asuntos cotidianos, en donde las personas están cooperando permanentemente en función de la armonía social con base en un alto grado de respeto, reconocimiento y tolerancia por la diferencia con el otro. Cuando las condiciones para favorecer dicha armonía son innegociables porque se transgreden principios o se atenta contra la libertad, integridad o vida de las personas, es allí cuando el Estado interviene con su poder coercitivo apelando a la Ley que establece formalmente esos principios básicos de convivencia. La Ley debe ser el resultado de una construcción común en donde se plasman los acuerdos entre los miembros de la sociedad para favorecer la paz, la armonía y la convivencia. Por eso autores como Hobbes o Weber otorgan al Estado el monopolio legítimo de la fuerza, entendiendo que éste es un mediador en las relaciones sociales para evitar que se imponga la ley del más fuerte, elemento fundamental para diferenciar el estado de naturaleza de la sociedad civil.

Por eso me resulta paradójico que se le atribuya una fuerza tan excepcional a los diálogos de La Habana entre el Gobierno y las FARC, como si este proceso fuera fundamental para la construcción de paz en Colombia. Si bien es claro que es necesario terminar con el conflicto armado en Colombia que lleva más de 60 años, que además es positivo que la guerrilla de las FARC deje las armas y que sus miembros se reincorporen a la vida civil, esto está lejos de configurarse como “la paz” del país, mientras la violencia siga tan arraigada en la cultura y mientras los conflictos cotidianos se resuelvan tan ligeramente con una puñalada o un balazo.

El análisis de la paz en Colombia debe ser más profundo y menos coyuntural. Reducir el tema de la paz a dos actores, que además no son representativos de la sociedad en su conjunto, teniendo en cuenta los bajos niveles de popularidad con los que cuentan las FARC por parte del pueblo que dicen defender y los altos niveles de abstención en las votaciones que eligen los gobiernos en nuestro país, simplifica demasiado un mal endémico que ataca a nuestra sociedad desde sus inicios republicanos. Considero que para hablar de paz, una paz real en Colombia, debemos concentrarnos más en esa violencia cotidiana que deja muertos y heridos por decenas todos los días, hogares destruidos y personas que se suicidan a granel como parte de la “solución” a sus problemas.

Y entonces, debemos verificar cómo se manifiestan en nuestra cultura aspectos como ciudadanía, convivencia, armonía, respeto, reconocimiento y solidaridad para encontrar la raíz de nuestro problema histórico y profundo de violencia, y a partir de allí empezar la reconstrucción del tejido social que nos permita vivir verdaderamente en paz, para no estar cambiando de actores de violencia cada 50 o 60 años como viene pasando hasta nuestros días. Porque debemos reconocer que en Colombia la violencia es como la energía: Ni se crea ni se destruye, solamente se transforma.

La forma más práctica y útil para construir este tejido social es desde el ámbito personal. La realidad en Colombia nos ha vuelto instintivos, de reacciones viscerales, de muy poca reflexión y nula autocrítica. Frente a la injusticia, que es la regla y no la excepción en nuestros días, gozamos celebrar el linchamiento de los landronzuelos cuando son capturados por las masas energúmenas que sienten que los golpes y vejaciones son lo que merecen estos sujetos desadaptados. Lo único que sugiere este cuadro dantesco es que es la sociedad entera la que está desadaptada, que no hay institucionalidad que haga respetar la autoridad del Estado y que un asesino se puede sentir justiciero porque le dio una lección a un malandro.

Abstenerse de reaccionar con violencia en un país en donde estamos acostumbrados a resolver los problemas así, no es fácil. Todo el tiempo estamos siendo tentados por el demonio del impulso violento, del insulto, de quién nos reta a pelear para demostrar que somos “machos” en una sociedad machista. Y entonces no acudimos a la autoridad porque partimos del supuesto de que la autoridad es corrupta, que la justicia no funciona, que las penas son laxas, que la justicia solo es para los de ruana. Así nos convertimos en justicieros todos los días, actuando peor que los victimarios y encontrando una excusa para cada acción.

Apelando a estos argumentos surgieron las guerrillas en los años 60´s, conformadas por personas que se sintieron desamparadas y atacadas por un Estado que ya estaba repartido entre los burgueses de los dos partidos tradicionales gracias a una paz mal hecha que se llamó “Frente Nacional”. Apelando también a estos argumentos surgieron a finales de los 80´s los grupos paramilitares que con el discurso de defenderse de la guerrilla incurrieron en toda clase de atropellos contra el pueblo inerme en zonas rurales de todo el país y contra todos los que pensaban que ese no era el camino correcto hacia la paz.

Por lo anterior, creo que los verdaderos gestores de paz no están en La Habana. Allí están negociantes de dos bandos logrando acuerdos para establecer nuevas formas de dominación en las que la guerrilla de las FARC tenga su pedazo del pastel de la burocracia estatal y los recursos públicos para poder mantener el statu quo de los últimos 200 años, que por supuesto, favorece al Gobierno y sus círculos políticos. El conflicto se desideologizó hace tiempo.

Los verdaderos gestores de paz están acá en Colombia, en las calles que se deben transitar todos los días atestadas de carros y de gente, en las servidumbres rurales sobre las cuales los vecinos se tienen que poner de acuerdo para su uso, en la negociación diaria entre las personas para resolver sus conflictos pacíficamente sin apelar a la violencia, en los funcionarios públicos que hacen bien su trabajo entendiendo la trascendencia de su labor para el bien común y no para su interés particular. Allí están los verdaderos gestores de paz. Héroes anónimos que prefieren morderse un labio antes que mandar un puñetazo así la situación lo amerite. Héroes que son víctimas que esperan pacientes la justicia así ésta nunca llegue y que luchan por ella con su protesta pacífica sin tomársela por mano propia, sin venganza.


El gestor de paz es usted cada vez que le quita gasolina a la violencia con su abnegada y valiente actitud de no actuar con violencia. Allí está la paz. En su ejemplo y en el legado que le deje a las futuras generaciones. En permitir que le sigan porque comprendieron que son más fuertes los argumentos que las balas para construir una sociedad en paz.


viernes, 19 de junio de 2015

Mi regalo del día del Padre. Para mi papá.



Este será un día del padre raro. Quizás triste. Seguro nostálgico. Por primera vez en mis cuarenta años no tendré a mi papá para abrazarlo. En el lugar que él llenaba corre un viento frío lleno de ausencia, de recuerdos, de consejos, de palabras llenas de sabiduría, de miradas que daban sosiego, de abrazos sinceros y entrañables, no como esos abrazos protocolarios que unen soledades por un segundo. Cuántas ganas tengo de abrazarlo. 

Aún puedo escuchar nítidas sus carcajadas y el ronroneo de su máquina de oxígeno. En los últimos años de su vida, no había nada más emocionante para mí que seguir la manguera que prolongaba sus días en el mundo porque al final del recorrido estaba él, comiendo mandarina, escupiendo con disimulo las pepas en la cáscara y poniendo con disimulo la cáscara en un platico que mi mamá le ponía al lado con disimulo para que no regara las pepas, la cáscara y las mandarinas. El deporte favorito de mi papá era regar todo y lo hacía con una gracia infantil, suponiendo que nadie se daba cuenta. Era un ritual mágico, como el de la pipa, el picado de tabaco, sus anteojos y sus libros cuando era joven. Ahora con mandarinas, oxígeno y el paisaje de la ventana del estudio, que era magnético para sus ojos.

Mi padre falleció hace casi diez meses. Se durmió y no volvió a despertar. Y yo siento que sigue durmiendo, no por ese sentimiento de negación al que tanto aluden los psicólogos tratando de explicar lo inexplicable, sino porque su ausencia de alguna manera reconfiguró su imagen que se eternizó en mi alma. Me han dicho que debo soltar para poder continuar, haciendo referencia a las constantes evocaciones que hago de mi papá en todos los escenarios posibles. ¿Soltar qué? me pregunto. Algunos hablan compulsivamente de fútbol, de autos, de mujeres como si fueran mercancías comestibles, de la farándula, de la política, de la economía... en fin. Y nadie les pide "soltar". Mi tema favorito es mi papá, porque además condensa tantas cosas buenas que no podría tener un tema mejor. Su vida fue apasionante, su legado es tremendamente valioso, su obra, aunque para mí aburrida porque soy un tipo superficial y él va a lo profundo, ha servido de guía estructural para que el Derecho deje de ser ese etéreo filosófico vacío de gente para llenarse de contenido social y cultural, y su huella en el mundo escribe. Su huella en el mundo soy yo. Su familia.

Si por soltar aluden al dolor, al dolor ya lo he soltado. O mejor, el dolor me ha soltado a mí. Y no hay que confundir dolor con tristeza. La tristeza permanecerá por siempre como su ausencia física. Hasta que yo me muera y compartamos ese lugar que no existe, que no es nada. Casi nueve meses antes de que mi papá se muriera, habiendo pasado por una crisis respiratoria que casi se lo lleva, le pregunté que qué esperaba de la muerte. No era una pregunta prudente en ese momento, pero a Jaime le encantaba mi imprudencia. Le parecía lo más divertido de mí cuando ya no le importaba nada. Entonces, sonriente por mi impertinencia, me respondió desde el corazón: "Creo que no hay nada. Uno se muere y ya, se acaba, es el fin.". Yo, que creía que mi padre era un tipo más bien metafísico, conservador y creyente, lo miré entre sorprendido y admirado. Sin dejarme replicar, continuó: "Es que sobre la muerte se tejen muchas teorías que no son más que teorías. Lo que pasa después de la muerte no es una verdad verificable, entonces yo prefiero pensar que no hay nada, para no tener que pensar". Y es que él más que un conservador creyente era un científico que vivía de la evidencia. Y puedo asegurar que se murió siendo mucho más científico y mucho menos conservador. Yo me quedé mirándolo sin decir nada. Él se levantó, caminó hasta su silla reclinable, se sentó casi acostado y, cómo no, descascaró una mandarina y se la comió casquito por casquito con un placer envidiable.

Mi papá fue un tipo maravilloso que nunca perdió la capacidad de asombro, pero, mejor aún, nunca perdió la capacidad de asombrar. Siento que soy un privilegiado por haber compartido tanto tiempo con él en el ocaso de su vida, cuando tenía tiempo para hablar, cuando quería hablar, cuando necesitaba hablar porque la soledad lo acompañaba mucho tiempo. Y a mí también. Entonces yo llegaba con mis depresiones para que él me hablara de metodología de la investigación sociojurídica. Yo no lo escuchaba y él lo sabía, pero no le importaba, solo necesitaba que yo estuviera ahí, como un perro, como un gato, como un perico chillón.  Y yo necesitaba que me hablara, como si él fuera un radio, que hace compañía así uno no le pare bolas. Entonces él me decía que Habermas alguna cosa y yo le respondía que Habermas era un careverga que partía de la base tácita de la bondad de la gente y que con eso ya se jodió toda su teoría. Y que por supuesto, la gente, toda, era una mierda. Entonces él me decía que eso lo matizaba mejor Dewey y yo le refutaba que Dewey era básicamente un profesor para mongólicos. Ahí se emputaba un poquito pero respiraba profundo y seguía hablándome de Sartre y su existencialismo. A Sartre sí lo amábamos los dos. Y sobre Sartre nos quedábamos hablando horas. Él de su obra y yo de sus aberraciones. Él admiraba sus obras y yo sus aberraciones. Y que estuviera a la orilla izquierda del río Sena escribiendo sus locuras, en donde algún día quiero estar yo escribiendo las mías.

En fin, para resumir, mi papá es mi tema favorito no solo porque sea mi papá sino porque es un tema apasionante. Y porque además era mi papá.

Viejo, tengo que contarte algo: Voy a ser papá otra vez. Después de diecinueve años de haber traído al mundo a Nicolás, mi energía vital encontró de nuevo un nido cálido y seguro en el vientre de Angelita. Tú me dijiste ese día mientras te rondaba la parca que después de la vida no hay nada. Que se fue. Que se acabó. Pues no te creo y sé que tú tampoco te creías cuando lo dijiste. Pero era tu forma de acabar las discusiones cuando no querías divagar. Y no te creo porque yo siento que mucho de ti está formando esos tejidos maravillosos y perfectos, que tu alma se está enganchando suavecita en nuestro bebé para regresar a este mundo a vivir otras cosas para que yo la guíe como tú me guiaste a mí, sin imposiciones, sin dogmas, sin prejuicios y con tanto amor que eras capaz de hablarme durante horas así yo no te escuchara.

Papá, feliz día del padre. Este es mi regalo. Decirte que vas a ser abuelo otra vez, y que aunque este sea el único nieto o nieta que no te conoció en vida, yo haré todo lo posible para que tu imagen, tu legado y tu ser entero pervivan en nuestro hijo o nuestra hija. Te contaré cuando lo sepa.

Te amo viejo. Me vas a hacer mucha falta para abrazarte. Pero me va a faltar vida para seguir recordándote. Nos vemos en diciembre padre querido. Cuando nazcas otra vez. Cuando por fin despiertes.



viernes, 13 de marzo de 2015

Esa mierda opaca y gris de "estar bien".


No puedo ser más detestable que cuando estoy "bien". Ese bien entre comillas que indica que el entorno vive su monotonía sin novedad, sin alteración, sin vida... mono-tonía. En el espejo solo se refleja la perfección fingida de una rutina maravillosa. Qué contradicción más grande. La rutina no puede ser maravillosa; es la rutina, la manifestación más parca y sonsa de la existencia.

Ahora, en medio de todo este bienestar melifluo, recuerdo el por qué de mi apología a la depresión, de las odas a mi oscuridad, de tanta rabia, tristeza, mocos y lágrimas plasmadas en letras, palabras y frases sacadas del hígado sin filtro, sin matices y sin vergüenza. Cómo extraño esa maldita almohada untada con el caos de mis sentimientos.

Detesto ser esto que no soy. Detesto vivir aparentando un bienestar que aborrezco, no porque sea masoquista, sino porque no soy yo. Yo soy un tipo amargado que disfruta su amargura, que la explota, que la vive y lo inspira. Ahora soy un aletargado víctima de la inercia de la normalidad. Tengo un trabajo normal en una entidad pública normal con un horario normal y un salario normal. Normalidad de mierda que me asfixia, me ahoga, me provoca nauseas y un vomito permanente de sonrisas impostadas.

Y no soy malagradecido. No. Agradezco poder todavía discernir para aceptar que detesto ese mequetrefe conforme en el que me he convertido. Un pelele que rebosa las redes sociales de bienestar, de doctrina moral, del "know how" de la vida. Un payaso Garrick cotidiano encartado con una imagen falsa, distorsionada por un aquí y un ahora aceptable, prometedor y quizás merecido porque dejé que me creciera la cola del lagarto y la boca del sapo. Un imitador barato de Coelho que de por sí es bien barato.

Me he vuelto un ser tan políticamente correcto que me desborda el fastidio que siento cuando me veo desde esa nube llamada autocrítica. Esa pécora que saco a trabajar todos los días por la mañana a buscar la riqueza material me está empobreciendo el espíritu, lo está succionando, me lo está dejando como un maniquí inexpresivo como testimonio mudo de lo que algún día fui.

Ahora, duermo por la noche. Qué forma más inútil y cruel de desperdiciar el mejor momento de la rotación de la Tierra. La noche era la cómplice perfecta de mi desesperación. Era tan eterna en mis tristezas, tan despacio transcurría en mi desasosiego y tan nítidos eran los murmullos de los amantes escondidos bajo su manto frío, que no puedo tener una mejor descripción de lo que para mí era la felicidad. Y tengo que dormir en la noche porque si no lo hago no puedo madrugar para cumplirle a la corbata, al salario y al puesto. A lo normal. Eso soy ahora: Una corbata, un salario y un puesto. ¿Para qué? Para poder vivir ¿Vivir para qué? Como lo veo, para poder morir con dignidad, en una mecedora sin el mimbre roto. Porque esta vida así no es más que una suma de segundos, minutos, horas, días, meses y años que me lleven a ese momento sublime llamado muerte. Una sumatoria sin emoción. Una sumatoria de momentos inocuos mientras las canas me pintan la cabeza, los párpados se me vienen sobre los ojos y el pipí se me convierte en un triste artificio asexuado para mear sin presión y con dolor.

Ahora, me someto a jerarquías, me someto al poder, acepto órdenes, cumplo tareas, repito mecánicamente y recitada la misión y la visión de una entidad sobre la que no puedo opinar porque ahí está toda la estantería de lo que soy ahora, y si se me cae la estantería me quedo sin lo que soy. Es decir, me quedo sin este yerro espiritual metido en el cuerpo de un eficiente empleado público disfrazado de seriedad y compromiso al que le quiero patear el culo por lo zoquete una y otra vez hasta que me sangre el pie. Acepto sumisamente todo lo que no soy para poder sobrevivir en este ambiente que le quiebra a uno la voluntad y la rebeldía enfrentándose todos los días a la necesidad, a las deudas, a la angustia de los gastos, al frenesí de tener para ser porque si no tenemos nada no somos nada. Y ese nadie que deambulaba por la noche se ha muerto en mis días en este alguien parco y gris metido en sus días laborales.

Ahora, soy la sombra larga de José Asunción Silva o los días lúgubres de Porfirio Barba Jacob. Ahora, justo en este momento cuando la noche me sorprende junto al insomnio que por fin derrotó a Morfeo en un acto de rebeldía majestuoso, ahora, en esta noche soy tan solo los versos más tristes de Neruda pero sin estrellas titilantes, sin musa y sin dolor de poeta. Porque la poesía se ha perdido en palabras tontas que riman con rutina: camina, domina o ladina. Porque la locura se ha metido en su cuarto de confinamiento, se ha amarrado con su camisa de fuerza para no protestar porque está reprimida detrás de la corbata, de esa impostura falsa y forzada llamada responsabilidad, de una necesidad constante por sobrevivir porque vivir es un privilegio de pocos, de esos pocos a quienes llaman locos, que luchan por su locura y que no se dejan derrotar. Pero yo perdí, perdí víctima de mi propia ambición, perdí escalando por los riscos absurdos y aletargados de "ser alguien en la vida", de donde me voy rodando a golpes porque mi esencia es ser ese nadie. Ese nadie que adoro como el nadie que fui en Buenos Aires, en donde el tango y yo éramos uno, en donde el tango y yo éramos sufrimiento, en donde el tango y yo éramos inspiración.

De eso nada queda, solo recuerdos que añoro de noches eternas entregado a la depresión que amo. Solo recuerdos de la brisa enfurecida golpeando contra mi ventana con el viento helado para decirme con acento argentino: "Ey loco, ahí está el Río de la Plata esperando a que te ahogues en él". Y yo entendí mal. Entendí "ríos de plata" que ahora busco cada mañana enlatado en una ruta que me lleva para vivir esta vida que desprecio, que me quita esos buenos aires de antaño, que me marchita en cada jornada porque me está convirtiendo en algo que no soy.

¿Qué voy a hacer? La respuesta es simple: No sé. Ahora solo sé que soy un cobarde sin respuestas. Que el lunes próximo voy a madrugar de nuevo después de haber dormido en la noche para cumplir juicioso y sumiso con esta vida en la que me enfrasqué. Que diré que sí muchas veces, que vomitaré sonrisas impostadas desde las 8:00 a.m. hasta las 5:00 p.m. para embutirme otra vez en esa ruta hasta mi casa para seguir igual cada día, cada noche, cada vida, cada maldita vida que tenga que vivir para poder sobrevivir.

En fin, estoy aburrido en general de vivir esta vida en particular.

Ahora me voy a dormir, porque mañana tengo que madrugar.

Hasta mañana.




sábado, 21 de febrero de 2015

La ciudad civilizada y Bogotá, la ciudad de la barbarie

(Fotografía: Vanessa Bedoya. Carrera Séptima Calle 19. Bogotá)

La ciudad es la manifestación más evidente de la civilización. Al menos en eso coinciden muchos sociólogos, antropólogos e incluso arquitectos e ingenieros que se aventuran a teorizar sobre lo sagrado y lo profano. Sin embargo, cuando camino por mi ciudad natal, Bogotá, percibo todo lo contrario: Bogotá es la manifestación más evidente de la barbarie.
Siguiendo con la teoría, ese aspecto vago de la presunción confirmada por la ciencia, la ciudad representa la cresta de la ola de la evolución humana en el aspecto social, político y económico. Debo decir, sin querer presumir, que he conocido varias ciudades que para mí responden a unos mínimos de bienestar urbano: Tel Aviv, Jerusalén, Barcelona, Madrid, Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile, Chicago, Cincinnati, Montreal y Nueva York. Otras un poco más caóticas como El Cairo, Ciudad de México o Lima. Y una absolutamente invivible, inviable, hostil y desordenada, que ha tenido la mayoría de mis momentos en la vida que se llama Bogotá.

Siempre he pensado que la ciudad, como sinónimo de civilización, se construye sobre dos pilares, uno espiritual y uno material. El espiritual es la cultura ciudadana, que es la certeza de que debemos compartir un espacio reducido con muchos humanos y sus formas, colores, olores, sabores y pensamientos. Y el material, que es la infraestructura, ese conjunto de obras que permiten que esos humanos en ese espacio reducido se puedan mover sin estrellarse unos con otros. Con tristeza debo reconocer que Bogotá no tiene en un nivel, al menos decente, ninguno de los dos.

Sobre cultura ciudadana no sabríamos ni siquiera el concepto en el siglo XXI si no hubiese sido por el visionario Antanas Mockus, un buen tipo de sangre lituana que fue alcalde de la ciudad dos veces (1995 – 1998 y 2001 – 2003). Mockus, con mucha paciencia, creatividad y dedicación, intentó arraigar una forma de ser y de actuar acorde con los principios de convivencia ciudadana como respeto, reconocimiento y tolerancia. Sin embargo, como la mayoría de acciones sociales que se basan más en la emotividad que en la política pública y la sanción estatal, el esfuerzo se diluyó con las subsecuentes administraciones. Ahora la cultura ciudadana en Bogotá es ciencia ficción. Por el contrario, en Bogotá se impone esa cultura fastidiosa de “el vivo”, un ser repugnante que saca ventaja de cualquier descuido del prójimo u omisión de la autoridad para sacar provecho.

Y de la infraestructura ni hablar, es un caos imposible de disfrazar detrás de transmilenios, vías de cinco carriles, edificios inteligentes o puentes peatonales. Para nadie es secreto (y los medios lo han hecho público) que la corrupción se ha devorado a Bogotá con cuchillo y tenedor. Samuel Moreno, alcalde de Bogotá 2008 – 2011, entregó la ciudad a su hermano Iván como caja menor de sus multimillonarias cuentas. Alegará presunción de inocencia, pero Iván ya está condenado. Así pues, el atraso de la ciudad es más que evidente. Bogotá es de las muy pocas ciudades en el mundo con más de tres millones de habitantes que no han podido consolidar un sistema de transporte público decente.

Bogotá no tiene metro. Eso lo dice todo. Un metro no es simplemente un medio de transporte efectivo en una ciudad de esta envergadura. Es un monumento al amor propio de cualquier ciudad. Nueva York, Montreal, Ciudad de México, Barcelona, Buenos Aires y Santiago mueven no solo millones de personas. Mueven la dignidad de toda una ciudad.

Entonces, Bogotá es una ciudad con profundas carencias, con pilares corroídos y muy poca voluntad política para un cambio profundo y real. El alcalde actual, Gustavo Petro, cambió sus buenas ideas, acciones e intenciones para convertir a Bogotá en una trinchera ideológica para defenderse de los ataques demagógicos del Procurador y su combo de oligarcas. Y si bien le ha dado un enfoque humano a su gestión, su ego ha sido más importante que la ciudad. La autocrítica no existe en esta administración y por lo tanto no corrige lo remediable y agrava lo complicado.

Es triste decirlo con tanta crudeza, pero Bogotá no es una ciudad civilizada. Es una mole de cemento sin formas ni dolientes clavada entre las montañas a 2600 metros sobre el nivel del mar. Es un lugar en donde impera la ley del más fuerte, en donde los políticos de turno ven más una oportunidad de fama y un peldaño para la Presidencia que un espacio de progreso, un tiempo de cambio y unas personas dignas de la grandeza del lugar privilegiado que le corresponde en el mapa.

Bogotá sin Bogotá es hermosa. Un paisaje de todos los tonos de verde plano rodeado por la cordillera oriental, ríos, cañadas, humedales, praderas y colinas. No por nada el fundador, Gonzalo Jímenez de Quesada, enfermó y murió después de que se fue de Bogotá. Algunos cronistas fantasiosos dicen que lo mató la nostalgia recorriendo el Magdalena y recordando a Bogotá. Lo entiendo. Yo también extraño a Bogotá. O mejor, extraño la idea de lo que creo que podría ser. Una ciudad organizada, limpia y amable en la que dé gusto vivir. De la que no nos estemos quejando todo el tiempo mientras la destruimos porque para quejarnos somos muy buenos pero para respetar somos muy malos.

Para terminar, se acercan las elecciones locales. Los buitres políticos de todos los colores rondan el firmamento de la blanca estrella que alumbra en los Andes. Las promesas vendrán en forma de discurso y una vez más los ciudadanos de la Capital nos dejaremos seducir por unos y otros. Ojalá la mano que va a la urna que deposita el voto esté guiada por la conciencia que concibe a la ciudad como un proyecto de vida y no como un botín político o económico de los poderosos. Bogotá será respetable y grande en la medida en que sus ciudadanos la hagan respetar. Es inútil seguir despotricando de la ciudad mientras nos quedamos cruzados de brazos. El voto es la representación de la democracia que logra cambios. O de la demagogia que los aniquila. Usted elige. Por su ciudad, hágalo bien. Vote bien.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Carta para mis amigos deprimidos. (Esto incluye a mi yo, mi ello y mi súperyo)






Cualquier lugar en cualquier tiempo, qué más da.



Queridos amigos y amigas deprimidos:


La depresión es un estado natural del ser humano. Es decir, soportar al mundo y sus demonios no es tarea fácil. Por eso al sentirnos abrumados por los avatares de la vida es normal que los sentimientos que se anidan en nuestra alma, corazón y mente no sean los más alegres. Por el contrario, son la tristeza, la confusión, el desasosiego, la rabia, la impotencia, la nostalgia y la melancolía huéspedes frecuentes de nuestros días.

Esta carta, tristemente, no es para sugerirles que abandonen todos estos sentimientos para que el optimismo los colme de repente y así, de ahora en adelante, sea la felicidad el único sentimiento que invada su ser. No puedo. No podría hacerlo. Estoy deprimido. Y cuando eso pasa, este tipo de recomendaciones no serían más que imposturas forzadas y mentirosas escondidas detrás de una sonrisa fingida.

De hecho, no me sirven los libros de autoayuda que me deprimen al ver lo fácil, práctico y divertido que es ser feliz y yo no puedo. Como quisiera ser Coelho, Choprá, Riso u Osho para incubar tanta felicidad con mis letras. Pero ese no es mi talento. Yo me he especializado en revolcarme en la tristeza como un marrano en un lodazal. Y como un marrano en un lodazal, confieso que esto me divierte.

He aprendido a vivir con la depresión. Lejos de huirle y pretender que la puedo aniquilar en vicios o huir de ella en escapes eternos, me he sentado largas horas a conversar con ella. Algunas veces disfrutamos discusiones distendidas, amenas y tranquilas. Otras veces nos tranzamos en peleas ríspidas, emotivas y dolorosas. Y después de estas charlas o agarrones, he aprendido que la depresión le permite a uno conocerse, comprenderse, valorarse, retarse y perdonarse. La depresión puede ser un huracán de autodestrucción o un impulso magnífico para enfrentar la vida.

Los depresivos tenemos esa tendencia a convertir a los sentidos en radares de dolor. Eso nos hace sensibles y por supuesto, perceptivos. Es allí cuando la depresión puede jugar a favor de la felicidad, así suene paradójico. La sensibilidad es creativa y cuando los poros de la percepción se abren, se pueden llenar de muchos grises y oscuros, pero también de colores.

Mi vocación es escribir. No sé si sea mi talento y no me preocupa averiguarlo. Debo reconocer que la depresión ha sido un motor magnífico para mi mente, mi alma y mis dedos. La tristeza tiene palabras variopintas, prosas desaforadas, cadencia, ritmo, locura, romanticismo y muchos matices. La tristeza tiene todo porque es profundamente humana. Y es en la depresión en donde he logrado canalizar esa mezcla de lágrimas, mocos y tinta para plasmar ideas, sentimientos y pensamientos que al final son mi obra. Y esa obra al final es el cemento de mi carácter, de mi historia y de mi vida. Cuando al final leo eso que escribí es cuando entonces reconstruyo mi carácter, mi historia y mi vida.

Por eso creo que la depresión no es mala per se. Mucho menos si la realidad que nos circunda es tan deprimente y no la podemos evadir montados en una nube. La depresión puede ser fantástica si hacemos de ella un motor de creatividad, de sensibilidad y de percepción. Y por lo tanto, sin darnos cuenta, se desvanece y se difumina en momentos de tristeza capitalizados en pequeños destellos de lucidez, de arte. Y ese arte al final será nuestra satisfacción, pequeños momentos de felicidad.

No podemos darle el gusto a la depresión para que sea nuestra ruina. Eso es lo que más desea. Por el contrario, la consciencia sobre esos sentimientos agobiantes debe motivar reflexiones y acciones que nos lleven a hacer de estos trances difíciles canales de expresión. No tenemos por qué trasegar por el mundo con la depresión como un costal como si fuésemos mendigos de cariño o aceptación. Pero es necesario sentir, sentir con intensidad y con valor, porque la depresión hay que enfrentarla en estos duelos magníficos en donde las espadas se cambian por vino tibio y pensamiento frío.

Hay que darle alas a la tristeza sin miedo, llevarla hasta una almohada y dejarla pintada en la funda con todo lo que sale del fondo del alma cuando lloramos con ganas. Pero no nos podemos ahogar en ese charco que parece el mar. La depresión nos reta y no podemos ser inferiores a sus desafíos porque no se nos puede llevar la vida. Porque la vida es lo único que tenemos realmente, ese instante cósmico fugaz, finito, tenue e imperceptible en la inmensidad del Universo. Y es todo lo que somos. Nuestra vida es valiosa porque nos pertenece, porque nos permite ser parte de un algo indefinido a lo que le vamos dando sentido atados a esta pelota verde, azul y gris llamada Tierra que viaja por el espacio mientras nos extinguimos.

Por eso la depresión no debe quitarle valor a la vida de ninguna manera, menos a la propia. Vivir es el desafío hermoso de saber cuántas batallas he ganado hoy, cuántas heridas me quedaron en el combate, a cuántos demonios derroté y cuánta inspiración dejé en el camino. Por eso la depresión no debe ser un estanque de amargura. Debe ser un río de cauce amplio, profundo, con muchas curvas, subidas y bajadas cuyo recorrido nos debe afianzar el carácter y fortalecer el criterio para poder enfrentar eso que a veces se nos torna insoportable.

Por eso mi llamado, queridos amigos y amigas deprimidos, es para que tengan el valor de enfrentar la depresión con las armas que les da su vocación. Que hagan de las lágrimas tinta para escribir o pintar, del dolor contenido dentro, fuerza de interpretación que lleven a las tablas de un teatro con todo el dramatismo que le puedan dar, que la rabia quede plasmada en tomas magníficas de una cámara fotográfica o de video que recoja las sensaciones por las que no se han dejado vencer.

El arte, amigos y amigas, el arte es la respuesta. La historia sublime de la humanidad se ha construido sobre la tristeza que los héroes han superado. Allí están sus gestas plasmadas o escritas, quizás con otros personajes, pero gracias a la pluma o el pincel de quien lucha por remar contra la corriente. El espíritu se edifica con base en la interacción humana de sentimientos y sensaciones. Nuestra condición humana nos hace presas fáciles de la tristeza. Los sentidos nos sirven para comprender que al final no podemos entender al mundo y sus injusticias. Y eso nos deprime. Pero si somos capaces de cambiar todos esos sentimientos destructivos y autodestructivos por arte, tendremos un mundo más colorido, más diverso, más respetuoso que reconozca la diferencia como parte inherente de compartir este espacio y este tiempo del que no nos podemos salir, y así quizás, vayamos aniquilando las razones objetivas de la depresión. Porque ver esas luchas internas representadas en el arte son un bálsamo magnífico para cambiar lo que nos agobia en lo que nos hace sentir orgullosos. Y el arte no tiene límites porque es imaginación. Y la imaginación no tiene límites. Cuando la imaginación se expande en el arte, se contrae en la depresión.

Deprimida y creativamente,


ANDRÉS FELIPE GIRALDO L.



viernes, 12 de septiembre de 2014

A veces me abandono.





Algunas veces me dejo, me abandono, como si ya no me importara. En un estado catatónico puedo sentir hasta mis pulsaciones más débiles. Desvanezco ante el espejo al que solo le queda el vaho de mi aliento. Y ahí voy languideciendo entre pensamientos lúgubres y rimas forzadas con todas esas palabras que me encantan: Nostalgia, melancolía, anhelo y añoranza.

Aveces me tumbo en cualquier superficie horizontal, ojalá mullida, y me quedo tirado boca arriba solo para percibir la insignificancia de lo que soy comparado con todo lo que me rodea. No me menosprecio, no. Por el contrario, creo que los sentidos me hacen poderoso porque puedo notar todo lo que me falta. Me importa tan poco la trascendencia y me aferro tanto a la contemplación.

Mi espíritu se alimenta de imágenes y del collage que hago con ellas en mi mente. El sentido, la coherencia, la congruencia y todas esas cosas son solo caracoles aburridos. La lógica me provoca un tedio infinito. Divagar es la forma más fácil de volar, de dejarse llevar por el viento como quiera soplar. Y me abandono. Me abandono al aire, a la melodía, al aroma, a la textura, a las palabras y a las letras que quieren jugar como sea, como caigan, como se les dé la gana.

Ahí en cualquier parte, me echo y quedo babeando. Escribo estupideces solo para dejar un rastro de papel, para saber que me perdí en algún lugar, en algún recuerdo, en algún momento triste agazapado en una esquina. Solo mis dedos se mueven, lento y sin orden, plasmando cosas, regando tinta, botando torpes la copa de vino sobre el regazo. Y me quedo horas mirando esa mancha. Encontrándole una historia.

Me encanta la inercia del tiempo que saca al sol por el oriente y lo oculta por el occidente. Y más me gusta la inercia que pone a viajar a las estrellas por el firmamento hasta que las mete detrás de alguna montaña como quien esconde mugre debajo del tapete. Me encanta el vaivén de las olas, más cuando el mar embravece y me revuelca contra el mundo. Me encanta la fuerza del viento, más si el aire me congela las mejillas. Los olores le quitan a uno los ojos, porque no se necesitan.

Adoro ser un simple recipiente de sensaciones. Vivo apenas para abandonarme. Para que no me importe nada más. Y ya.






martes, 20 de mayo de 2014

El Fantasma de Antanas.

(Fotografía tomada de Internet)

Hace cuatro años por esta época, mi esperanza por un país mejor estaba renovada. Aunque estaba lejos, en Buenos Aires - Argentina, logré ubicar por vía de redes sociales a más entusiasmados como yo para sentir eso que se llama Patria y vivirlo, como si uno le hubiese arrancado un pedazo de tierra a su país para llevárselo en la maleta. Compré mi camiseta de la Ola Verde, muy estrechita para los 95 Kilos que me empezaban a pesar, y fui a un par de reuniones para escuchar sobre planes y propuestas. Las reuniones me aburrieron pronto. La política tiene una particularidad entre los anónimos y es que súbitamente los convierte en líderes espontáneos. Solo hay que darle un megáfono a un idiota con un par de ideas para que esta mezcla de popularidad haga explosión en su cabecita y se vista de héroe. Pues bien, la Ola Verde no fue la excepción en Buenos Aires y preferí volver a la comodidad de mi casa y las redes sociales.

Poco antes de la consulta del Partido Verde escribí un texto que se llamó ¿Por qué votaría por Mockus? que sin preverlo tomó una fuerza que recorrió el mundo. Pronto me llegaron respuestas a favor y en contra desde Estados Unidos, Suiza, Japón, Alemania, Argentina, Ecuador y cuatro o cinco países más que no recuerdo y por supuesto, de Colombia. Me entusiasmé, milité desde la virtualidad gratis, diciendo para mis adentros "yo apoyo porque quiero, a mí no me pagaron" y sin descanso me ubiqué en la cresta de la Ola Verde en el lugar en dónde siempre estuvo: El mundo virtual. La realidad era otra y el 30 de mayo me daría cuenta.

Recuerdo esa noche otoñal del 30 de mayo de 2010 saliendo de un espectáculo maravilloso. Era Quidam, del Circo del Sol, algo que nunca había visto y dudo volver a ver. Magia pura de humanos sobrehumanos. Acucioso busqué una conexión a internet para que el júbilo del triunfo se apoderara de mí. Suponía, como indicaban las encuestas, las malditas e imprecisas encuestas, que Mockus estaría un poco arriba o un poco por debajo de Santos para dar el zarpazo del triunfo en la segunda vuelta. Pues no. La esperanza murió de un disparo en la cabeza. Los porcentajes inclinados claramente a favor de Santos solo eran el preludio de una debacle en segunda vuelta que solo fue de trámite. La puerca realidad de la política colombiana había barrido las ilusiones virtuales. Era obvio, no se pueden repartir tamales por internet y el pragmatismo una vez más derrotó al idealismo. Pero el sabor de la ilusión quedó ahí, y el símbolo también. Mockus perdió, pero su barba color ceniza sin bigote, su peinado de meme y sus gafas clásicas se convirtieron en el faro de la esperanza.

Pero los peros llegaron. El siguiente reto electoral para Antanas vendría en 2011, en las elecciones a la Alcaldía de Bogotá. Los movimientos de Mockus fueron observados con expectativa por los rezagos de una Ola Verde que paulatinamente se fue retirando al tedio de su rutina y al baúl de la resignación. Peñalosa hizo lo previsible. Se alió con Álvaro Uribe, la antítesis de los seguidores de Mockus y la representación viva de todo lo que no se debe hacer en política. Se rindió con toda pleitesía y sin ninguna vergüenza a los pies del patrón creyendo que con su apoyo sería invencible y que por fin, después de una seguidilla de derrotas, sería otra vez Alcalde de Bogotá. Mockus, traicionado y decepcionado, empezó a dar bandazos de un lado a otro. Y aún no se detiene. Renunció al Partido Verde. Hasta ahí respondía a la lógica de un hombre íntegro y coherente. Muchos tuvimos la ilusión de que él alzaría sus propias banderas vestidas de Visionarios o simplemente de Mockusianos para alcanzar la Alcaldía, pero su viraje fue imprevisible, triste, lastimero, incomprensible y políticamente suicida. 

Mockus decidió sumarse, como un gregario más, a la campaña de Gina Parody. Sí, Gina Parody, una yupi con aires de hipster que tuvo la genial idea de descubrir que el uribismo estaba podrido cuando ya hacía parte del Partido de la U, cuando esa U era de Uribe. Renunció al Senado para, propio de su esnobismo natural, ir a estudiar Bogotá a Boston. Sí, es extraño pero ella misma lo dijo: "Me fui a Boston para estudiar a Bogotá". ¿Cómo? ¿No era más fácil estudiar a Bogotá en Bogotá? No, para ella se conoce mejor Bogotá desde Boston. Mockus le apostó a esa campaña inerte y logró reducir los más de 3 millones de la Ola Verde a un simple charquito lleno de sapos de apenas poco más de 300 mil. 300 mil votos recaudados en "Il Pomerigio", el Parque de la 93 y la comunidad de diseñadores que tiene Gina para sus gafas. Y bueno, Peñalosa y Parody fueron derrotados por Petro. Pero esa es otra historia.

Desde ese momento Antanas Mockus es un fantasma. Aparece de vez en cuando a decir alguna incoherencia y se vuelve a ocultar en las ruinas de su imagen. Todo lo ve con una candidez mágica. Ve bondad hasta en Santos, a pesar de que no cumplió la mayoría de sus promesas de campaña, las que le dijo en la carota a Mockus, como que no subiría los impuestos y que lo escribiría en mármol.  

Sus declaraciones son ambiguas, débiles de argumentos, con un lenguaje que se asemeja más al de un gurú de autoayuda de la India que al de un político activo. Siempre había sido enredado y había que digerirlo para entenderlo. Pero ahora viste sus palabras de sofismas como "apoyo desde la radical independencia". Será desde la radical soledad. La soledad del poeta, el loco o el romántico. Dice que va a trabajar por la paz, pero no desde el Senado, pero no desde la política, pero no desde los partidos, pero no desde ninguna parte. Pero lo va a hacer. Cómo y cuándo, no sabemos, pero él dice que lo va a hacer. Dice que Santos lo hizo mejor de lo que él lo hubiera hecho. ¿Que qué? Uno solo se coge la cabeza y piensa: "¿Cómo es posible que Antanas diga estos disparates? ¿Qué es lo tan bueno que ha hecho Santos como para pensar que lo hubiera hecho mejor que él? ¿Iniciar un proceso débil con unos manipuladores y mentirosos que en cualquier momento lo dejan viendo un chispero como a Pastrana? ¿Arrasar el campo con TLC´s contra los que los campesinos colombianos no pueden competir y que los tiene protestando mientras la Fuerza Pública los levanta a bolillo? ¿Olvidar que es Presidente y trenzarse en una nueva campaña politiquera plagada de polarización y odio dando la talla de la suciedad de sus oponentes que antes eran sus mentores y aliados?". Esos aliados que derrotaron a Mockus. 

No está mal que Mockus sea un mal político. Finalmente su mayor mérito como político es ser un mal político. Los buenos políticos en Colombia tienen sumido al país en el caos institucional, la corrupción administrativa y la polarización violenta. Pero entonces le queda a uno la duda ¿Será que Antanas tiene razón? ¿Hubiéramos elegido un Gobierno peor que este con él? Y, tristemente, termina uno sintiendo un alivio siniestro.

Hace cuatro años Mockus era la esperanza. Sí, la esperanza hecha candidato. Por esta época la ilusión corría por las venas como un torrente de futuro. Hace cuatro años había por quién votar y uno creía que más allá de unas elecciones el liderazgo podría reconstruir una política más depurada, más incluyente, menos electorera y más ideológica. Pero Mockus se diluyó, como el espectro de un fantasma. Ahora no es más que la sombra larga del poema de José Asunción Silva. Mockus sigue siendo su esencia: Un tipo honesto, crédulo y bueno. Pero delira si cree que Santos ha sido un buen Presidente. Y deliramos todos sus seguidores si de verdad él iba a hacer un peor gobierno que el de Santos. Que poca fe se tenía Mockus. Parece que la política en Colombia aniquila hasta la fe en uno mismo. Y eso pasó con Mockus. Antanas ya no cree en Mockus. Balbucea detrás de bambalinas apoyos intrascendentes. Se esconde en escenarios vacuos y sin peso en donde sus palabras ya no son fuerza moldeadora. Quizás sirvan para manuales de conducta de monjes sin aspiraciones.

Hoy, cuando las elecciones se disputan en medio de lo más puerco de la política, en donde un Uribe desesperado fuerza a su marioneta hasta los límites de la ley para atacar con su tradicional estilo criminal y el Presidente-Candidato tiene a todo vapor a sus locomotoras clientelistas y burocráticas para aferrarse al poder, extraño al buen Antanas. Ese que ya no existe. Ese que pasó a un retiro activo que roza con lo patético. Hoy la "esperanza" se disfraza de una izquierda dividida hasta casi su extinción política y de un Peñalosa experto en derrotas que ha armado un equipo para sumar una derrota más, lejos de Uribe y lejos de Santos, porque ninguno de los dos lo quiere, porque ninguno de los dos lo necesita. No porque él no quisiera unírseles.

Hace cuatro años milité en la Ola Verde desde el exilio. Hoy milito en la absoluta desesperanza desde el exilio. Antes al sur, ahora al norte. Miro desde la distancia la realidad planeando mi nueva huida y marcando los días en el calendario que me devolverán a Colombia en poco tiempo. Para volver al mismo país iluso que se murió ese 30 de mayo de 2010 y que anheló seguir el sendero de un hombre bueno. Hoy ese hombre bueno es un fantasma en el exilio de su propia casa, de sus propios miedos, de su propia esperanza que ahora es delirio. Antanas Mockus hoy es un espectro que se diluye en el lodazal de la política colombiana. Antanas es el nuevo Gasparín, un fantasmita amistoso, inofensivo y tierno que vive en las ruinas de la democracia.