Calma, quietud y tribulación, es una ventana a la que saco del anaquel lleno de telarañas lo que escribo para compatirlo con quienes se atrevan a leerlo. Es un espacio no invasivo que espera silencioso a que las personas se acerquen a dar un vistazo desprevenido.
La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...
martes, 24 de julio de 2018
Un alcohólico en el reino del hubiera sido
Vivir en el reino del hubiera sido ya no me resulta tan fastidioso. El tiempo de ocio me ha llevado a repasar millones de posibilidades para imaginar qué sería de mi vida si no estuviese acá, ahora, escribiendo estas estupideces. Y bueno, creo que una de las grandes dudas que me han quedado en la exploración furtiva de esas vidas que no viví, es qué habría sido de mí si hubiera caído en alguna adicción distinta a las que ya me aquejan. Porque soy adicto, por ejemplo, a imaginar tonterías, repasar las formas de los techos, contar las baldosas de los pisos, seguir los vuelos errantes de las moscas, empezar a leer libros que nunca termino, terminar pocas veces lo que empiezo y por último, entre muchos vicios más que no recuerdo ahora, escribir sobre todo ello.
Hace un par de tardes, de esas tardes tardías de verano en el hemisferio norte que duran hasta bien entrada la noche, caminando hacia el supermercado para hacer unas compras, me crucé con un hombre cualquiera. Tendría unos cuarenta y algo de años, como yo, pero se veía un tanto más viejo. Estaba sentado en una banca y miraba hacia la nada con una botellita en la mano. Supuse que tenía vodka o algo así, porque el pedazo de botella que salía de la bolsa de papel contenía un líquido transparente. El hombre tenía las uñas descuidadas y los dedos morados por la fuerza que hacían sobre la botella, como si se le fuera a escapar. Lo miré solo unos segundos, hasta que se dio cuenta de que yo lo detallaba. Salió de su letargo y me miró con curiosidad, como preguntándose por qué carajos yo le miraba. Me sentí avergonzado, le sonreí una fracción de segundo, miré de nuevo al horizonte y se me quedó en la mente el reflejo de su mirada, con unas pupilas tan llenas de nostalgia, melancolía y tristeza, que no lo pude descifrar. Él me siguió mirando, vigilando mi recorrido, cerciorándose de que yo no le volviese a mirar.
Me quedé absorto en la imagen de ese hombre con su botella, en sus uñas descuidadas y sus dedos morados. Seguí reconstruyendo su imagen y desapareció su cara. En su lugar apareció la mía, con la barba descuidada y el pelo largo, ensortijado, desprolijo, como de futbolista intrascendente en uso del mal retiro. Seguí mi camino para hacer las compras pero dejé de recitar en mi cabeza la lista de lo que tenía que comprar para imaginar por un instante cómo sería mi vida si fuese alcohólico, si me hubiera abandonado, si apretara con toda ansiedad una botellita en las bancas al costado de los caminos.
Y allí estaba de nuevo, recurriendo a mi eterna adicción de imaginarme en el reino del hubiera sido, a ese vicio vital, ahora como un alcohólico andrajoso aferrado en una botella sentado en una banca. Asumí el personaje. La primera pregunta que me hice fue ¿Por qué estaba allí sentado, con la barba descuidada y el pelo ensortijado? Seguí con un cuestionario bizarro ¿Qué historia lo puede llevar a uno a su propio abandono? ¿Qué es primero? ¿El vicio que lo lleva a uno al fracaso o el fracaso que lo lleva a uno al vicio? ¿Es realmente un fracaso o es por fin un acto de indepedencia del mundo, de sus prejuicios, sus formas, sus requisitos y sus maneras? ¿Es el abandono de la estética el encuentro con el espíritu, con la inercia de la vida, la reconciliación con nuestros instintos básicos de supervivencia sin más aspiración que la de poder tener esa bendita botellita en la mano y la pretención inútil de que ningún estúpido se nos quede mirando? Ahora era una barba descuidada y un pelo ensortijado aferrado a una botella mirando hacia la nada, pero con muchas preguntas. Y allí estaba la explicación de esa mirada perdida del sujeto que era él, que ahora era yo, en el intento de respuesta a esas preguntas que quizás no tienen respuesta.
Recorrí mis pasos inventados para haber llegado hasta allí. El abandono propio implica el abandono de todo. Entonces, supongo que en un acto de cobardía, después de un momento difícil, una pelea fuerte, quizás, decidí escapar de mi casa, de mi esposa y de mis hijos para entregarme a la nada. En un acto de soberbia y orgullo habré decidido no pedir ayuda y junté todos los pesos que pude para aguantar unos días, quizás unas semanas, antes de que me atropellaran todas las carencias.
Soy un pésimo pobre, detesto la incomodidad, le tengo miedo al frío si no me puedo cubrir, me aterra tener de techo a las estrellas y solo disfruto la intemperie cuando sé que de todas maneras me esperan un plato de comida caliente y una cama mullida. No sé cómo podría sobrevivir sin techo y sin comida. No sé cómo podría buscarme el dinero para comprarme una botella de alcohol si me da vergüenza hasta cruzarme la mirada de los transeúntes y soy un imbécil para pedir hasta lo que es mío. Supongo que la necesidad logra que uno venza todos sus paradigmas, todo su pudor, todos sus límites, y empiece solo a sobrevivir. No sé. La verdad no sé. Soy cabarde hasta para imaginarme en la adversidad, como si le estuviera huyendo hasta en mis pensamientos, pero la reto con estas letras solo para ver qué pasa. El reino del hubiera sido no me permite imaginar cómo haría lo que nunca he estado dispuesto a hacer. Qué precario es este reino.
Entré al supermercado e hice las compras mecánicamente. Casi siempre compro lo mismo. Mientras, seguí recreando mi personaje alcohólico sentado en la banca. Sería tan yo aferrado a esa botellita, tan vacío, tan desesperado, tan perdido, tan desubicado, tan errante, tan confuso, tan... tan solo. Y sería tan distinto, tan ajeno, tan extraño, sufriendo lo que nunca he sufrido. Fui metiendo las cosas en el carrito de mercado y cada vez me pesaba más, como si lo llenara de angustias, como si fuera un costal. Pasé por el área de licores y miré de reojo. Pasé de largo, me volví sombrío por un instante y paré para respirar en un pasillo vacío, sin gente. Apoyé mis manos por encima de las rodillas y me incliné hacia adelante. Estaba exhausto. Ya no sé si pienso en pasado, si escribo en presente o si se me perdió el futuro... Mi corazón latía rápido e inhalé bocanadas profundas de aire. Sudé. Fui por fin hacia la caja registradora. La señora que atiende me miró con curiosidad, yo le sonreí una fracción de segundo y fijé mi mirada en los productos, evadiendo las preguntas, los metí de nuevo en el carrito con prisa, pagué y me fui.
Regresé a casa por el mismo camino con el temor inmenso de encontrarme a ese hombre de nuevo. No sé cómo iba a evitar mirarlo si acababa de verme en él. Lo quería repasar. Ya se había ido. Dejó la botella vacía tirada entre la bolsa de papel a un costado de la banca. Lo sé porque me acerqué lo suficiente. Olía a vodka. Me senté en la banca, saqué una Coca Cola y me la tomé muy lento. Apreté la botella con fuerza pero con cuidado de que no se saliera el líquido. Era de plástico. Seguí mis pasos con la botella en una mano mientras con la otra halaba el carrito de mercado.
La Coca Cola se acabó. Tiré la botella en una caneca.
Mis dedos están morados ahora, mientras escribo.
Siempre estamos persiguiendo nuestra genialidad que se esconde, la oportunidad que no aparece, la inspiración que huye... o añorando todo aquello que ya no somos, que nunca fuimos. Apretar fuerte, lo que sea, es la mejor manera de que no se nos vaya el hilo débil que nos une a la vida. Para ese sujeto era su botella. Para mí, estas letras que no importa cuánto daño me hagan. Me las seguiré bebiendo. Seguiré rompiendo mis falanges contra las teclas así no tenga nada que imaginar. Aunque lo que me imagine sea absurdo. No tengo nada más. A esto me aferro. Como ese hombre a su botella.
lunes, 18 de junio de 2018
Cartapacio de buenas intenciones y la procrastinación eterna.
"El reino del hubiera sido" está conformado por esos lugares y esos tiempos en los que jamás vivimos, pero en donde nuestra imaginación se la pasa elucubrando sobre una vida probable, que pudo ser y no fue, que se extravió en algún hecho puntual de algún momento específico que nos cambió el destino, como si el destino existiera. La vida nace en la más profunda inocencia y se va contaminando con propósitos, con metas, con logros, con un sinnúmero de retos que amargan la existencia, como si estar vivo no fuera suficiente, como si la vida no fuera un fin en sí misma. Entonces nos preguntamos "¿Qué hubiera sido si...?" y surgen un millón de condicionantes que habrían hecho de nuestra vida algo mejor. Porque en nuestro masoquismo existencial siempre pensamos que pudo ser mejor y no peor. Qué hubiera sido si le hubiese hablado a, si me hubiera graduado de, si me hubiera ido para, si me hubiera ganado tanto, si me hubiera negado a, si hubiera accedido... en fin. El reino del hubiera sido es el tiempo que perdemos pensando en la vida que no fue, que ya no es y que no será.
Muchas veces me pregunto cuál es el propósito de mi vida. Esa sola pregunta hace mi vida miserable porque la vida no debe tener propósito. Es una quimera. Estar vivos es todo, no importa cómo ni cuándo ni dónde. La razón nos ha vuelto esclavos de los propósitos porque sin esa maldición hecha mente, vivir como animales sería nuestro amable trasegar, preocupados solo por satisfacer nuestros instintos, necesidades y digna supervivencia sin ese lastre llamado "propósito" que no es más que un invento de la razón.
Y es allí en dónde he descubierto la explicación de mi amargura. En esa mierda opaca y gris llamada "propósito". Ese es el muro en donde muere la calle de mi felicidad. Porque es el propósito lo que nos da valía a los ojos de los demás y de alguna manera determina nuestras oportunidades para vivir mejor o peor. Y es que habiendo trasegado casi cuarenta y cuatro años de esta vida, aún no encuentro el tal propósito y sin embargo sigo vivo, yendo así, impulsado por la inercia de los días, de la rotación y la traslación del planeta, de mis látidos y respiraciones, sin remordimientos y sin vergüenza. Sin propósito.
Porque no le encuentro gracia a los objetivos, a eso de ser "alguien en la vida" como si ya no lo fuéramos al menos algo por el simple hecho de existir. La dignidad, esa etiqueta que nos obliga a guardar las formas, el pudor y el decoro, nos mantiene atados a lo que los demás han establecido como correcto y allí se anclan nuestros sueños, aspirando a lo que otros han logrado en una cadena infinita atada al éxito que es esa cumbre a la que muy pocos llegan sin importar qué cabezas deban pisar para llegar hasta la cima, que al final no es nada, porque la existencia misma es efímera e intrascendente en un Universo en el que somos sencillamente imperceptibles, una partícula cósmica pérdida en el infinito en donde la vida es apenas un destello fugaz.
Mi vida no tiene más propósito que escribir estas letras que a su vez son mi derrota, porque no tienen propósito alguno. Acá solo vengo a descargar mi alma atribulada, a confrontar mi soledad, a tratar de organizar esas ideas desparramadas en mi cabeza que se me van escurriendo por los dedos para terminar acá amontonadas en esta pantalla, mirándome como yo las miro, para decirme que nada he logrado y que sigo solo con ellas y que poco o nada me pueden decir.
Por eso no soy más que un manojo de buenas intenciones perdiéndose en una procrastinación eterna, un cartapacio vacío esperando los papeles que le den sentido a su existencia, como si mañana fuesen a aparecer las respuestas. Y siempre mañana. Cada puto día me siento a mirar hacia la nada en cualquier parte como si una epifanía me fuese a llegar vestida de ángel tocando una lira y recitando cuál es el propósito de mi vida. Y no aparece. Y lo vuelvo a dejar para mañana, y sé que llegaré una vez más a la cita pactada entre mi mirada con la nada, aletargado, después de otra noche de insomnio.
En fin, solo puedo concluir que mi vida no tiene más propósito que estar vivo y aceptar, mientras las canas invaden mi barba y los párpados se me empiezan a venir sobre los ojos, que no seré más que un espectador de los días que lentamente me llevan a ese lugar del que vine, ese lugar del que no sé nada pero que lo será todo, la eternidad de no ser nadie ni antes ni después y de haber pasado por acá, por este mundo, sin un propósito. Mi destino está vacío, mis dedos están cansados y sigo con esta sensación rancia y amarga en la garganta en donde se encuentran mis ideas y mis emociones para librar batallas a muerte en donde se masacran las dos.
¿Cuál es el propósito de la vida de alguien que ni siquiera sabe por qué esta viviendo? No sé. Yo solo escribo y mientras tanto mi cuerpo se dirige hacia aquel lugar a donde iremos todos, los que conocieron su propósito y los que no. ¿Qué sería de mi vida si conociera el propósito de mi existencia? No sé. Quizás, como lo hago ahora, vivir eternamente en el reino del hubiera sido.
martes, 5 de junio de 2018
Tribulación de un corto instante de eternidad
De a poco voy entrando en una logia secreta, tan secreta que ni ellos ni yo sabemos que existimos. No hay estatutos ni reglamentos. Mucho menos jerarquías. Una logia de anónimos intrascendentes, conscientes de su finitud, de su insignificancia, de su absoluta falta de poder en el Universo indescifrable y por lo tanto invencible. Me bautizo en mi ritual de iniciación de nada, de ninguno, de jamás. He decidido renunciar a la posteridad y a la memoria. He decidido no dejar huella, ni herida, ni rastro. He permitido sin resistencia que el tiempo me extinga como el pabilo encendido a la esperma. He elegido ser de la casta de los prescindibles, de los perecederos, de los que fueron sin ser.
Mi legado será el olvido y estas letras delirantes, un destello de sonrisa en algún recuerdo fugaz, una sombra doblando una esquina para perderse en la ciudad. He pasado algunos días repasando las figuras en las baldosas del piso y las vetas en las tablas en el techo. Depende de dónde tenga el desespero y de si la tristeza me bota boca arriba o boca abajo. Otros días me quedo pasmado contando las hojas de los árboles y cuando me entra un impulso de efusividad, respiro profundo y me miro en el espejo con miedo para ver el despunte tímido pero firme de las primeras canas en esta barba descuidada. Me pierdo en mis pupilas buscando una respuesta.
El inventario de mi vida se está quedando vacío. El pasado se humedece y el futuro no aparece. El presente son solo respiros y latidos. Me cuesta trabajo hilar estas palabras como si quisera ser cuerdo. Y no quiero. Me abrazo a la locura que es la única que entiende.
He decidido dejar de luchar y entregarme al viento, que haga conmigo lo que quiera sea brisa, torbellino o huracán. No quiero luchar. Me resisto a mí mismo y me entrego de nuevo a las largas noches de insomnio, a los profundos remordimientos por lo que hice mal, por lo que no hice, por lo que no haré. Me rindo ante esta carga de amargura que es mi alma acurrucada en una esquina.
El vino se está avinagrando en mi lengua y las palabras se hacen aserrín en los dedos mientras escribo. Mejor paro acá.
¿Cuánto tiempo puede durar un nudo apretado en la garganta y una lágrima resistiendo con todas sus fuerzas en la corniza del párpado para no morir en las mejillas?
martes, 23 de mayo de 2017
El diario del pequeño Felipe.
Serán 128 días. 128 días con sus noches en las que nuestro pequeño hijo, Felipe, estará alejado de su madre. Y su madre de él. Y yo con él, cuidando sus noches, sus días y lidiando con la ausencia de su madre, mi esposa, que también me hará falta. La razón de este distanciamiento es muy importante y valiosa, un sacrificio necesario, el precio de un proyecto de vida familiar.
La razón del diario que voy a escribir en un nuevo blog, que se llamará como esta entrada, responde al miedo natural que me surge al asumir este tiempo a cargo del bebé, que es justo cuando más apego tiene con su mamá, lo que hace más difícil llevar la situación y por ello siento que viviremos experiencias de las que vale la pena tener memoria.
Felipe está empezando a decir sus primeras palabras pero hay una que sin duda prefiere a todas las demás: "Mamá". Él sabe que esa palabra le trae cariño, consuelo, confort, amor y una que otra galleta. Yo comprendo que Ángela es el ancla al mundo de Felipe en este momento y que ese vacío es imposible de llenar. Solo espero disimularlo lo mejor posible, de tal manera que él esté entretenido, distraído y ocupado hasta que llegue el cansancio de la noche, el sueño y el siguiente día, hasta que pasen esos 128 días que nos reunirán de nuevo. Además, este será el lapso justo para fortalecer nuestros lazos, para que Felipe sepa que la palabra papá también le será útil en la vida y que estaré tan presente como su mamá en sus días.
Esta historia por demás tiene un personaje que subyace, que está allí presente en el pasado y en lo que son hoy nuestras vidas. Es Nicolás, mi primer hijo, con quién cometí mil errores de un padre neófito y con quién compartí vivir y crecer en la paternidad atípica de un padre divorciado que se valió de mil bastones para poderlo criar. Ahora Nicolás tiene 21 años, que es la misma edad que yo tenía cuando él nació, es el hermano mayor de Felipe y es, para definirlo de manera simple, una buena persona. Son dos historias distintas, pero una me da el ánimo y la experiencia para asumir la otra. Por eso no quiero que pase desapercibido mi hijo Nicolás, que aunque ya está escribiendo su propia historia en la adultez, ha sido, es y seguirá siendo parte de mis entrañas.
En este diario pretendo contar día a día la evolución de mis días con Felipe, no solo para contarle de esta manera esta aventura a Ángela en la distancia, sino para generar diálogos y reflexiones para los lectores con quienes podremos tener una relación interactiva de comentarios y aportes que nos podrían ser útiles para compartir cada experiencia, cada anécdota y cada lucha en este mundo maravilloso de los hijos, la paternidad, la maternidad y la crianza sobre lo que ya hay mucho escrito para nada revelado como una verdad absoluta, porque la crianza es un aprendizaje diario en donde el maestro a veces solo conoce y repite unas pocas palabras. Esta es la situación con Felipe, que acaba de cumplir su mes número 17.
Bueno, sin decir más, el 30 de mayo empezaré con la primera entrada. Esta será nuestra primera noche solos. Espero poderlo dormir sin tantos sollozos y espero poder explicarle que el tiempo tiene la bondad de pasar indefectiblemente hasta que se cumplen los plazos y llegan los reencuentros.
Espero contar con su lectura. Procuraré al máximo escribir todos los días. Algunos días inspirado, otros no tanto, pero cada noche espero estar acá, resumiendo el día, dándome ánimo para el siguiente y así, hasta que llegue ese preciado día 128 en donde empezaremos a escribir otra historia.
A Felipe, todo mi compromiso y amor; a Nicolás, mi total admiración por ser quien es a pesar de mis errores como padre y a Ángela, toda la tranquilidad de que haré mi tarea con todo el amor que nos ha unido y que ahora tiene forma de bebé. A los lectores, mi gratitud por compartir lo que crean útil y necesario para sobrellevar mi reto y el que cada uno y cada una estén emprendiendo en sus propias vidas. Este será un espacio de diálogo y crecimiento que surge de una coyuntura compleja pero afortunada.
Bienvenidos y bienvenidas al diario del pequeño Felipe. Acá encontrarán el blog: http://eldiariodelpequenopipe.blogspot.com.co/ que por supuesto, está por escribirse. Al final todos habremos aprendido algo, quizás mucho, porque la vida es un eterno aprendizaje.
Gracias.
Andrés Felipe.
domingo, 31 de julio de 2016
Decadencia
Esto debe ser lo que llaman decadencia. Un hombre luchando por los últimos vestigios de sus ilusiones. Un sibarita buscando rezagos de talento en un juego de palabras que ya no dicen nada. Una botella de vino que se fue amargando con el tiempo y que ahora sabe igual que la saliva que lo toca. Un cúmulo de promesas incumplidas que ya a nadie le importan, porque ya nadie se siente defraudado.
Ahí se va yendo la vida muchacho, en donde el tiempo lo cura todo hasta que un día te mata. Ahí se va yendo la vida muchacho, en donde tu genialidad se va convirtiendo en locura y la locura en enfermedad. En donde marchitas sin más primaveras. En donde tus días y tus noches tienen un solo sentido: de ida.
Esto debe ser lo que llaman crecer. Cada vez que un niño mata un sueño a la cara le sale una arruga. Y así vamos quedándonos sin sueños y nos vamos llenando de arrugas. La vida pesa y apenas se sobrevive. Cada día me levanto para hacer algo que no me gusta, en lo que no creo, que me aburre profundamente. Pero me pagan y eso es suficiente, porque con ese dinero compro el alimento que me va a permitir levantarme un día más para seguir yendo a ese trabajo de mierda, para seguir muriéndome día tras día solo con el impulso de mis propios pies.
Odio los horarios y las responsabilidades. Odio el dedo acusador que desde la superioridad de su éxito me señala cómo se hacen las cosas bien, cómo se han hecho siempre y cómo se seguirán haciendo.
Vivimos en un mundo de jerarquías absurdas, de lealtades hacia arriba, en donde quién tiene el poder exige esa lealtad pero le pesa su puta soberbia para brindarla con sinceridad. Porque para esos majestuosos seres la lealtad es que el mundo perciba a su ego como ellos mismos lo perciben, como si el mundo les debiera algo, como si fueran lo más preciado del universo... y pues no. Esa gente miserable vive en el globo que otros les han construido lamiéndoles el culo sin más crítica que hacerles ver alguna mota que se les subió al hombro del vestido. Lameculos y agrandados, así funciona este mundo cabrón. Cuántos rostros están apareciendo ahora en mi mente. Cuántos personajes levitando en la burbuja de su propia arrogancia, esperando pleitesía gratis porque sí, porque son poderosos y pueden. Veo un calvo hijueputa, un niño grande con ínfulas de sabio, un par de gordas malditas, un atrabiliario corrupto que en lo más bajo de sus actos decidió volverse evangélico cristiano para hacer de su poder efímero una superioridad moral permanente. Sí, los veo y los recuerdo, escupo esta pantalla y sigo escribiendo.
Esto debe ser lo que llaman sufrir. Levantarse cada día con un vaho rancio en la boca, con una noche mal dormida, con la angustia de no haber cumplido con algo que no le sirve a nadie pero que igual te lo van a pedir porque hay que aparentar. Sufrir es meterse en un vehículo que te llevará ciento cincuenta cuadras en un trancón insufrible hacia la rutina que detestas para ver otras almas grises fingiendo que hacen mucho y peor aún, que lo que hacen es muy importante. Bah, o ja. No sé.
Estoy cansado de fingir. Estoy cansado de mirar a tanto hijueputa a la cara como si les admirara algo, como si de verdad le estuvieran aportando alguna cosa a mi vida. Estoy cansado de ser un cobarde, un hipócrita, un desadaptado que se esfuerza por encajar como una ficha de lego en un rompecabezas, y que sonríe con una máscara llena de arrugas y muerta de sueños.
Solo hay algo que me mantiene vivo: Escribir. Poder coger ese mazacote de venéreas que tengo en mi cabeza y convertirlo en palabras. En estas palabras. Y no escribo para agradar. Escribo para desahogarme, para hacer mis catarsis, para decir con mis dedos todo lo que no puedo o no quiero decir con mi lengua.
Esto debe ser lo que llaman escribir. Tomar los sentimientos por decadentes que sean y traducirlos en algo que sus ojos puedan interpretar. Perdón por robarle sus minutos, perdón si de alguna manera lo ofendí. La verdad no escribo para encontrar empatías. Ni para nada en especial. No escribo ni siquiera para vender. Escribo porque esto es mucho mejor y más constructivo que vomitar. O mejor, es una forma elegante y retórica de vomitar. Perdón si lo salpiqué con pedacitos de letras o flujos de oraciones. Solo pasé por acá a restregar mi decadencia, a raspar el piso, a esnifar mi rabia, a postrar mis ilusiones. Una vez más.
domingo, 24 de julio de 2016
Las bendiciones del fracaso
El fracaso es percibido como
la decepción, la derrota, la claudicación ante un reto, el fin de un sueño, la
vergüenza pública o la renuncia a un proyecto. Como premio de consolación, el fracaso
será valorado, después de superarlo con mucho esfuerzo, reflexión y
autoconvicción, como una experiencia, como un tip del manual de lo que no se
debe hacer y la garantía de que no lo volveremos a repetir.
Pues bien, les contaré mi
historia. El fracaso para mí tiene un solo significado: Es vivir haciendo algo
que no nos llena, así ese algo nos dé éxito permanente. Y bueno, siendo así, yo
vivo fracasado. Porque para vivir tengo que hacer cosas que definitivamente no
me llenan. ¿Y qué hago? Trabajo. Trabajo ahora y trabajé antes en tareas que no
me emocionan, que no me alegran, que no me ilusionan. Trabajo para sobrevivir,
para ganar un salario y pagar mis cuentas, para cumplir un horario, llenar mi
hoja de vida para poder buscar otro trabajo que igual, me va a volver otra vez
un fracasado. ¿Y qué quiero hacer? Escribir. Escribir me llena. Justo lo que
hago en este momento. Escribir es el motor de mi existencia. Desde que aprendí
a escribir, no he parado de escribir.
Cuando era un niño escribía
historias fantásticas, me inventaba mundos, personajes y situaciones llenas de
imaginación. Recuerdo que escribí la historia de un soldado que ascendía y
ascendía guerra tras guerra hasta ser Mariscal con tanta mística y convicción,
que terminó siendo asesinado por un soldado de su propio ejército que quería ser como él, porque
sentía que mientras él viviera, nadie podría ser como él. En fin, para ser un
niño pensaba con mucha sordidez. Pero así viví, así crecí, así me formé,
escribiendo historias.
Luego escribí crónicas,
historias que viví o que me contaron. Escribí sobre atentados y muertos. Era el
mundo que me rodeaba cuando era un adolescente. Las bombas estallaban en
cualquier lugar, los atentados a personajes importantes eran la noticia de cada
día, y siendo mi padre uno de estos personajes importantes, viví entre las
amenazas, los sufragios y la zozobra de escoltas armados que al menos una vez a
la semana me decían que me tirara al piso del carro en el que me movía.
Luego tuve que trabajar. No
puedo negar que he tenido días buenos, emocionantes, que me llenan. Sobre esos
días he escrito también. Escribí, por ejemplo, sobre el día en el que María Lepesqueur,
la mujer más buena y dedicada que he conocido, me contó en una banca de la
iglesia de Bojayá cómo fue esa masacre del 2 de mayo de 2002, cómo se la
contaron, cómo se la confesaron de uno y otro bando y cómo vivió el
renacimiento de ese pueblo desde las cenizas de su dolor.
Pero la mayoría de mis días
han sido grises, parcos, destemplados y sonsos, sin mayor emoción que la de
algún tropiezo en la calle, la cerrada de un taxista energúmeno o la cagada de
una paloma desde un cable de la luz. Esos han sido la mayoría de mis días. Los
días de un fracasado que se despierta cada día para hacer algo que no disfruta
y se acuesta cada noche con la certeza de que no lo disfrutó.
Por eso puede resultar tan
incoherente y vacío que les quiera hablar de las bendiciones del fracaso.
Porque no les voy a decir nada de la experiencia, de cómo evitarlo o cómo
superarlo para que sean exitosos. No. Yo solo les voy a prestar mi equipo de
inmersión en el fracaso. Mis tanques, mis aletas, mi visera y mi esnórquel. Les
digo que el fracaso ha impulsado cada día mis dedos hacia las letras para
escribir y hacer mi catarsis. No he hecho de mi fracaso diario un drama
permanente. Mi fracaso, al fin, es la ruta de mis palabras. He aprendido a
escribir para vivir y he aprendido a vivir para escribir. Pero escribir no
mantiene mis bolsillos. Eso lo hace mi trabajo. Escribir mantiene mi espíritu
arriba, mis ganas de perseverar, mi mundo paralelo, mi imaginación, mi
capacidad para seguir con una sonrisa porque yo no pienso. Yo escribo con la
mente. Y esos trazos permanentes de letras, palabras y párrafos mientras
trasego los días me han permitido soportarlos, enfrentarlos y derrotarlos. Cada
día me levanto con una oración en mi tintero. Cada noche me acuesto con algunas
frases escritas. Por eso el fracaso me ha hecho escritor. Porque yo ya no sé si
estoy viviendo. Pero estoy seguro de que estoy escribiendo. Escribiendo como un
fracasado que se acostumbró al fracaso, a quien el fracaso no le asusta y, por
el contrario, se convirtió en un confidente de sus más oscuros pensamientos y
sus más tiernas ilusiones. Escribo como un escritor fracasado, que siempre será
mucho más escritor que persona.
martes, 2 de febrero de 2016
LA ETERNA RECAÍDA DE ALGUIEN QUE SE LA PASA MIRANDO AL PISO
Hoy volví a jugar. Sí. Lo digo
con vergüenza absoluta, como el vicioso que recae, como al infiel que lo
descubren, como quien se pisa la toalla saliendo del baño público y queda en
bola, como quien se dio cuenta después de despedirse en la primera cita con la
mujer de sus sueños que anduvo con un moco acróbata colgando de los pelos de su
nariz. Me metí a un antro en el centro de Bogotá a jugar póker de máquina, como
en los viejos tiempos. Llevo una semana de recaída y he perdido hasta la madre,
como perdía cada semana hace más de diez años cuando juré que sería la última
vez que entraría a un lugar de esos, que no volvería ni siquiera para comprobar
que ya había superado mi adicción.
El martes pasado me atrapó el
pico y placa en la oficina con poco trabajo y mucha pereza. Salí a la calle en
el centro de la ciudad para dar una vuelta esperando encontrarme con alguien conocido
por casualidad. Pero las casualidades no existen. Lo único que encontré fue mi
pasado esperándome con minifalda debajo de un letrero luminoso de casino y una
puerta de arco grecoromano pobre, tan pobre como yo cuando salí de allí.
Entré simulando curiosidad,
revolviendo con los dedos un par de billetes que tenía en mi bolsillo que
llegaban a sumar treinta mil pesos. Me dirigí a la caja para ver quién cambiaba
los billetes por monedas, para sentir esa sensación alucinante que convierte un
pedazo de papel en muchos pedacitos redondos de metal. Pero la tecnología no fue
ajena a los casinos en todo este tiempo. Ya no hay ranuras para monedas. Ahora
la máquina te arranca directamente el billete. Solo hay una ranura estrecha y delgada por
donde se te va silenciosamente el dinero para siempre. Ya no existe ese sonido
mágico de las monedas cayendo como aguacero de hierro en una bandeja. Ya no se
ensucian los dedos con esa marca indeleble de la pobreza, de quién tranza con las
vueltas del bus sus miserias. Ya no se siente el olor a moho y óxido de las
rodajitas de metal apiñadas en un vaso plástico gigante. Las monedas son el
bien universal de intercambio de la
pobreza.
Entonces, me acerqué a la
máquina solitaria que me estaba esperando como el viejo amigo que te embriagaba
a ratos y al que abandonaste cuando quisiste ser mejor persona; pero que igual, está allí siempre, en el mismo lugar, con esa sonrisa indulgente que lo perdona
todo. La pantalla me mostró diamantes, picas, tréboles y corazones en hileras
de a cinco para darme fortuna solo por organizarse en maravillosos pares, tríos, escaleras, pintas y por qué no, en póker,
el maravilloso póker.
Empecé a presionar el botón de
juego y a marcar cartas esperando que mi intuición y mi suerte se juntaran en
un instante para arrancarle unos centavos al destino y largarme de allí
incólume, con la certeza de que el vicio era cosa del pasado y que ya lo puedo
controlar, porque mi voluntad ha crecido y ahora soy un ser maduro que puede
caminar sobre las aguas sin mojarse, sin querer nadar, sin ahogarme y sin
sufrir. Pero los treinta mil se fueron sin mucha resistencia en veinte minutos
y yo quedé rabón, con una mueca amarga que me invitaba a la revancha, a la
venganza, a no dejarme arrancar míseros treinta mil pesos por esa máquina del
demonio. Era poco lo que había perdido y era fácil recuperarlo.
Como antes, cuando solo
verificaba en el cajero que no tenía plata, salí para uno a sacudir mi riqueza,
para demostrarle a esa maquinita de mierda que treinta mil pesos no son nada ahora para mí, que por estos días no
ando revolviendo monedas sino billetes en mis bolsillos y que ahora tengo con
qué respaldar el duelo que me pinta. Que ya no soy el estudiante arrancado
buscándose unos pesos para pagar el transporte sino que ahora llego a este
casino por placer, porque me puedo dar el gusto de derrochar, porque ahora no
vivo de mis papás sino de mi trabajo. Máquina malparida. Ha sabido sacar mi
versión más arribista y detestable.
No saqué cien mil pesitos, no,
saqué de una vez 600 mil, que es lo máximo que bota el cajero por transacción.
Si esa máquina creía que me iba a pelar, al menos le iba dar la pelea en serio, con la billetera llena
para que no me fuera a despachar en diez minutos. Llegué de nuevo al casino,
busqué la máquina como quién busca al deudor que se esconde para no pagar y me
paré al frente. Le di un billete de 50 mil para que se lo tragara y así
empezamos esa danza de luz y musiquita de carrito de helados que hipnotiza como
la serpiente que tentó a Eva para que mordiera la puta manzana. Y yo mordí mi
mezquindad y mi ambición, el deseo de conseguir dinero fácil, sin trabajar.
Mordí la tentación y ya no hubo remedio.
Esta era una máquina en la que
cada crédito vale cincuenta pesos. Es decir, de inicio marcó mil créditos. Ahí iba a
estar un rato apretujándole las teclas y ella me iba a tapar y a destapar sus
cartas. Eran ya las siete de la noche y estábamos solos, ella y yo, con otras máquinas
alrededor abandonadas por personas que habían ganado o habían perdido pero que ya
se habían ido. Seguramente muchos más los que habían perdido. No recordaba la
función de las minifaldas en los casinos pero pronto me refrescaron la memoria.
Una niña, la misma que había visto llegar parada en la puerta grecoromana
pobre, llegó muy amable con un plato pequeño de comida simple, un trocito de carne con arroz y ensalada en un platico y un vaso de bebida “gratis”,
como si uno no invirtiera el equivalente del costo de una langosta con vino
blanco en un restaurante fino de Bogotá, un bien tan preciado y esquivo como
los diamantes que se usan para decorar cuellos, dedos o gargantas, pero para
regocijo del estómago capitalino que solo así puede llegar al mar.
Empecé ganando, maldita sea.
Ganar es la forma más segura de enredarse en estas redes de perdición. Es el anzuelo
que se clava en el paladar del ludópata y no hay movimiento que lo pueda zafar
del encanto mágico del dinero fácil. Con pocas jugadas ya tenía mil quinientos
créditos, es decir, ya casi había recuperado los 30 mil que me tenían ahí,
luchando por mi venganza. Y así me mantuve un buen rato. Pero yo no quería
ganar. Yo quería humillar a esa máquina, que me escupiera hasta su último
centavo para dejarla allí postrada, derrotada, suplicándome perdón por haber
osado arrancarme mis treinta mil pesitos. Pero no fue así, el efecto narcótico del
triunfo se empezó a diluir cuando los créditos se empezaron a esfumar y yo metí
billete tras billete en esa ranura con la esperanza de recuperar un poco o de
ganarlo todo. El jugador pierde la noción entre ganar y recuperar. El jugador
cree que gana cuando recupera un poco y recuerda cuánto perdió y quiere
recuperar todo y recuperando pierde. Es masoquismo puro. El jugador, en lo más
profundo de su alma, sabe que va a perder y lo sigue intentando, como quien se
entrega a cualquier vicio sabiendo que es, será y seguirá siendo su eterna perdición.
El reloj me recordó que el
pico y placa ya no era excusa para matar el tiempo y que mi carro ya podía
desplazarse libremente por la ciudad en el trancón que lo lleva a uno de un
lugar a otro. Entonces pensé que lo mejor era dejar que el tráfico bajara para
llegar rápido a mi casa. Eso simplemente era una excusa para darle largas a mi
tiempo de pelea, de frustración, de intentos por recuperar lo irrecuperable.
Ahora el humillado era yo, quién suplicaba era yo, quién quedaba vacío y
postrado era yo. Y quería más tiempo para sufrirlo, en un acto, como no, de estupidez
consciente.
Aún me quedaba un gramo de
vergüenza y después de perder 400 mil con el tiempo vencido para regresar a mi
casa, en donde me esperaban mi esposa y mi bebé recién nacido, decidí parar,
como el borracho que sabe que con el siguiente trago va a empezar a cogerle el
culo a las mujeres y a buscarle pleito a los hombres. Caminé al parqueadero sin despegar la mirada del piso, repasando cada baldosa, cada división en los andenes, cada bache en el asfalto hasta que llegué. Abrí mi billetera para pagar el día. Estaba casi vacía, con menos de la mitad
de lo que llevaba y con unas ganas infinitas de regresar a ese casino. Pensaba
que si había podido recuperar 30 mil por un instante no sería tan difícil
recuperar 400 mil, solo era cuestión de estrategia. Al otro día regresaría en
algún momento para enmendar mi falta, podría llegar a un acuerdo amistoso con
esa máquina a la que solo le pediría devolverme mis 400 mil y ya, como si nada,
como si esos diez años de abstinencia jamás se hubieran suspendido. Llegué a mi
casa, besé a mi esposa, cargué a mi bebé y me acosté a dormir alucinando entre
las luces y los sonidos del antro ese, esperando los primeros rayos del sol
para ir a la oficina y luego a recuperar mi plata, como si fuera a hablar tranquilamente
con una amante en decadencia solo para decirle que no nos veríamos más, que
solo fue un error, que todo estaba olvidado. Pero que me devolviera mi cochina
plata.
Al día siguiente, después de
quitarme las lagañas, repasé el monto que tenía en la billetera. 200 mil que
debería volver de nuevo 600 mil por obra y gracia del espíritu bendito de la
suerte. Como si el cosmos confabulara para entregarme al regazo de la
perdición, las reuniones de la tarde fueron canceladas. Entonces, después del
almuerzo, ya tenía mi agenda disponible para este encuentro distendido con la
máquina que me había secuestrado mi plata. Almorcé y salí presuroso para el
casino. Puerta grecoromana pobre, letrero luminoso y minifalda en la puerta.
Todo en su lugar, dispuesto para ese encuentro amigable en el que iba a
disuadir a la máquina para llegar a un acuerdo amistoso. Ni ella ganaba ni yo
perdía.
Llegué al lugar de las
máquinas de póker. Contrario al primer día, casi todas las máquinas estaban
ocupadas. Sin embargo, mi máquina, la que me debía mis 400 mil estaba allí,
esperándome. Solo le faltaba brindarme un café, cosa que hizo la señorita de la
minifalda antes de que yo metiera los primeros 50 mil.
Pensé que yo era el único que
convertía en personas ficticias a estas máquinas embrujadas. Pensé que yo era
el único que establecía estos diálogos imaginarios de encuentros y
desencuentros, de duelos y reconciliación, de seducción y disuasión. Pero con
mis colegas alrededor, jugando frenéticamente con sus propias perdiciones,
descubrí que yo no hacía de estas relaciones algo tan evidente. Al menos esa discusión
permanecía en mi imaginación y no la verbalizaba. Pero mis colegas, viejos
zorros de los casinos, no podían disimular la euforia de su propia relación. El
cuadro fue exasperante, continuo, decadente y patético. La persona apostada a
mi lado izquierdo, le decía a su máquina “mamita”. Mamita es el término más
grotesco para dirigirse a una mujer si ésta no es la mamá. Le decía “mamita,
devuélvame la plata”, “mamita, deme juego”, “mamita, no sea malita” y por
último, antes de que la máquina lo pelara una vez más y lo sacara de allí con
una patada en el culo, dejó el “mamita” por “esta gonorrea me vació otra vez”
exhaló un suspiro entrecortado, le pegó a la pantalla un puño suave pero con
rabia y se fue. La “mamita” se quedó ahí con su plata. Pero yo sabía que él iba
a volver a seguir rogándole a su “mamita” que le devolviera la plata, mucha,
supongo.
La persona de mi lado derecho
balbuceaba cosas incomprensibles, algunas veces como si susurrara, otras, con
un pitido insoportable como generando suspenso. Este jugador iba ganando y con
cada triunfo la daba una caricia al costado de la máquina, como si la
consintiera. Como en el tráfico más hostil de la capital, lo mejor es no hacer
contacto visual con nadie, pues se corre el riesgo de que el jugador con el que
uno se cruce las miradas, lo haga a uno partícipe de su tormentosa relación. Como
novato, me pasó. Miré al señor de la derecha, el que balbuceaba cosas
incomprensibles, un anciano de unos sesenta y tantos años y con ese tono del
alcohólico que está temporalmente sobrio, me sonrío y me dijo: “Hoy está
suavecita, está dando bueno”. Yo correspondí la sonrisa y no pude disimular el
pánico de verme allí reflejado, como si fuera mi espejo de la máquina del
tiempo ubicado en el futuro. Rápido me deshice de esa imagen con una dosis
espontánea de autoayuda, diciéndome a mí mismo que esa ya no era mi vida, que
este era un trance temporal y que una vez terminara de conciliar con mi máquina
la devolución de mi dinero, todo habría terminado.
Para evitar estos encuentros
incómodos, decidí fijar mi mirada en la máquina que me correspondía y solo dejé
que mis oídos estuvieran pendientes de las relaciones conflictivas de mis
colegas por si alguno se deschavetaba. Y es que pasa mucho. En los casinos la
gente enloquece y hay que estar alerta porque a veces hay que correr por la
vida. Hace más de diez años, mi compañero ocasional y anónimo de infortunio después
de varias horas de estar jugando, no aguantó la presión de perder eternamente y
la emprendió contra la máquina. La cogió a puños y patadas con ira e intenso
dolor y también a quiénes intentaron controlarlo, entre quienes por supuesto,
no estaba yo. Yo corrí, cobardemente corrí y me hice detrás de un biombo para
ver en qué terminaba la gesta del desgraciado. El tipo exigía que le
devolvieran su plata porque las máquinas estaban arregladas y él perdía en
jugadas absurdas, como que le plantaban un tres para doblar y miserablemente su
carta de respuesta era un dos. Para él esto era imposible ¿Cómo era posible que
le saliera la única carta con la que podía perder? Él tenía razón. Las máquinas
están arregladas. Pero todos lo sabemos. Desde la niña con la minifalda a la
entrada hasta el dueño del casino lo saben. Los jugadores lo saben. Ese es el
negocio. Si las máquinas no estuvieran arregladas no serían negocio. Uno solo
juega para ser el afortunado que se cruza con el juego en el preciso instante
en el que lanza el anzuelo con algo para los zombies desventurados que van
todos los días allí para dejar su sueldo, su producido, la utilidad o la
pérdida de sus negocios, lo que tienen y hasta lo que no tienen. Uno va por las
migajas de un banquete en donde los señores son los dueños de los casinos y uno
es el perro que espera paciente a que se caiga un hueso de la mesa. Un hueso
que casi nunca cae antes de las patadas que lo sacan a uno de allí con una mano
adelante y otra atrás, con el rabo entre las patas.
Ese día también perdí. No
quiero decir cuánto porque me da vergüenza. Y me avergüenza decir que he ido
todos los días durante una semana sacando minutos a las horas y segundos a los
minutos como el drogadicto que se mete al baño para pegarse su plum en la
oficina, el que necesita, el que le hace falta, el que lo hace ser más eufórico
y productivo. Y es que el juego es la peor de las adicciones. Las sustancias
psicoactivas tienen la bondad de sacarlo a una de la realidad. El trago embrutece
y la droga enloquece. Pero el juego no. El juego solo implica una descarga de
adrenalina y de desespero que no tienen la benevolencia de doparlo a uno, de
aletargarlo, de matarlo. El dinero se va a chorros con ese sofisma estúpido de
“recuperar”. En el juego nunca se recupera. Solo se gana un día un poco para
perder al día siguiente el doble, el triple, el cuádruple y así. La espiral no
tiene fin. Pero aún más grave que la espiral de pérdida de plata, el jugador
pierde mucho más que eso.
Como dije, uno en el casino
vive con las antenas bien puestas para poder escanear lo que pasa alrededor. No
solo por la locura súbita de los perdedores fracasados y frustrados que es
riesgosa. También los amigos de lo ajeno rondan esperando cualquier descuido
para alzarse con todo lo que esté por ahí pagando. Y uno, concentrado en la
máquina, deja pagando todo. Hasta la billetera que tiene en el bolsillo. Idiotizarse
con el juego es muy fácil. Se pierden reflejos, concentración, agilidad y por
supuesto, dignidad. Mucha dignidad. En todos los rincones del casino hay
letreros que advierten que el establecimiento no responde por objetos robados.
Empezando por lo que roban ellos con máquinas arregladas que abusan de
incapaces mentales que sabiéndolo van (vamos) y juegan. Y en ese estar
pendiente sin estar pendiente, yo logré ver en los demás jugadores, mis
colegas, lo que detesto de mí.
El jugador por definición es
cínico o mentiroso. El cínico, usualmente es el “comerciante” que considera que
el juego es un negocio más. Y adquiere el juego como un hábito porque es otra
manera de ganar dinero con ardides poco santos pero válidos, como se hacen los
negocios. Esos son los expertos, los que hablan con la máquina alegándole como
si fueran su empleada y las putean cuando pierden. Creen que conocen las
dinámicas de ganancia del juego y creen además que pueden ganar
sistemáticamente, enriquecerse y vivir de esa actividad. Por supuesto, estos
son los más miserables y los que más pierden. Y son los que más pierden porque
viven convencidos de que pueden ganar. Entonces, vuelven una y otra vez para
comprobar su teoría. Cargan esmeralditas en el bolsillo que venden a un módico
precio cuando están pelados. Su aspecto es tenebroso pero no más que su
lenguaje. Se quedaron estancados en la época del narcoterrorismo de finales de
los 80´s y actúan, visten y se comportan como pequeños traquetos con
aspiraciones de capo. Con estos es completamente prohibido establecer contacto
visual. Cuando era ludópata compulsivo, hace más de diez años, osé mirar a un
personaje de estos a los ojos. Inmediatamente me culpó de haberle echado “mal
de ojo” a su máquina y me exigió que le devolviera 100 mil pesos que había
perdido. Cuando se acercaba energúmeno para encuellarme, la señorita de minifalda y el
celador me salvaron de sus garras. Era usual que tuviera ese comportamiento y
los celadores ya lo sabían. Obviamente, no pude volver a jugar en ese lugar.
El mentiroso es como yo, un
tipo inseguro, avergonzado, lleno de demonios internos que va a purgar con el
sonido sicodélico de las máquinas y las luces titilantes de las pantallas sus
culpas y sus ambiciones, un masturbador compulsivo de sus propios miedos y un
pornógrafo del espíritu, que va contando su intimidad en un texto que llegará a
los ojos de quien lo quiera ver sin ningún otro propósito que el de exhibirse.
Y uno es mentiroso porque el
juego es parte de la vida clandestina, esa que uno oculta porque no va con lo
que uno aparenta: Ser un tipo serio, centrado en su trabajo y en su familia,
que a pesar de algunos desvaríos naturales no parece ser un ente pegado a unas
cartas virtuales, a un espacio sórdido de perdición, a un prostíbulo en donde
se pierde la plata sin sexo. Y entonces, cuando entran las llamadas a los
teléfonos de los jugadores, empiezan las mentiras. Unos corren al baño y
cierran la puerta para que el sonido ambiente no los delate. Inventan reuniones
importantes y susurran para no interrumpir esa reunión que no existe, que tan
solo está en la imaginación de ese timador perdido en el bosque de sus propias
frustraciones. Otros se quedan al frente de la máquina y sugieren caminar por
la calle y dicen que el ruido es de la calle, que van de un lugar a otro para
cumplir una cita o dejar un documento. La mente del mentiroso hace maravillas.
Inventa las historias y las enriquece con todo lo que sea necesario. No hay una
forma de tapar una mentira sin que sea necesaria otra mentira. La mentira es
una cadena sin fin que lleva al mentiroso a vivir una vida falsa, creada en su
propia mente, hasta que llega a creérsela, a justificarla, a convertirla en
realidad por fuerza del desespero. El mentiroso es un tipo que sube a un
edificio alto en un ascensor que no baja. La única manera en la que un
mentiroso puede salir de la mentira es arrojándose dese el último piso al vacío
de la verdad una sola vez y para siempre en un suicidio de esa vida que
inventó. Las consecuencias son impredecibles, pero la verdad, por dura que sea,
es la única manera de renacer. Pocos lo hacen, pocos lo intentan, casi siempre
el mentiroso muere mentiroso, creyéndose sus propias mentiras y juzgando como
injustas las desgracias que le pasan. El mentiroso casi nunca recuerda cuándo
pasó la raya que ya no lo dejó regresar. El mentiroso vive en barrena
permanente, entre la vergüenza de que lo descubran y la estratagema para volver
a engañar. El triunfo del mentiroso es el engaño. Y el engaño en sí mismo es un
fracaso permanente. Yo he suicidado al mentiroso más de una vez confesando
verdades dolorosas, hiriendo a las personas que amo y que me aman, dejando esa
estela de desconfianza que no se borra nunca. Pero de alguna manera encuentro
de nuevo el camino de la mentira y asciendo de nuevo a ese edificio del que no
se puede bajar. Y otra vez me lanzo, quizás esperando a que un día me salgan
alas para poder pilotear esta miseria entre ser y no ser, entre la mentira y la
verdad, entre lo que soy y lo que quiero ser, entre lo que detesto de mí cuando
miro al espejo y lo que me imagino que puedo llegar a ser cuando dejo de
mirarlo.
Sí, otra vez caí. Otra vez me
dejé llevar por el frenesí del tiempo libre y mi falta de voluntad. Otra vez
programé mis males a plazos prorrogables hasta la eternidad. Otra vez me dejé
derrotar por mí mismo, por esa parte de mí que no me sirve de nada pero que me
llena del más aberrante de los hedonismos. Nadie me creería si digo que esta
semana en la que me he revuelto en mi propio estiércol ya pasó y que ahora
estoy lanzándome de nuevo al vacío de la verdad. Ni yo mismo me lo creo.
Llevo unos días sin ir. Unos
días recordando qué mentiras le dije a mi esposa para que no se me olviden y
así poder decirle más mentiras concordantes de tal manera que esa sea la verdad
para ella y para mí. Llevo días reflexionando sobre lo vacío que es ese mundo
bizarro lleno de personas anónimas, de sombras lánguidas que se aferran a la
esperanza de que una máquina les dé lo que su talento no puede.
No estoy acá para dar cátedra
de moral o para decir que este es mi balance. No. Porque no sé si vuelva a
caer. Hace más de diez años pensé que era la última vez y heme aquí, de nuevo,
diciendo lo duro, inútil y sórdido que es esto. Mi ánimo no es el de redimirles
señores jugadores. Ustedes no me van a leer porque ustedes no leen. Y lo sé
porque yo tampoco leo cuando juego. La mente se limita a ese deseo inmenso de
que un golpe de suerte nos devuelva unos centavos para aniquilar los
remordimientos acumulados de días, meses y años aferrados a esta ilusión
absurda de lograr con suerte lo que no se ha luchado con trabajo.
No quiero volver, no solo por
el dinero que perdí sino porque descubrí que aún soy todo lo que detesto de mí.
No quiero volver porque la máquina es el referente máximo de mi debilidad y
porque siempre me va a ganar. Porque soy yo mismo en mi zona de confort, la que
no lucha, la que no piensa, la que no sabe enfrentar a la vida y sus demonios,
la que se conforma con lo más pútrido de su mediocridad, la que se resigna a
ser un despojo que es capaz de culpar a la suerte y al destino mientras le pega
a las teclas de una máquina infernal. Espero no volver, pero no porque esté
aferrado a una promesa de caballero medieval. No quiero volver porque anoche
que abracé a mi hijo más pequeño para dormirlo, recordé todas las veces que
empeñé el dinero que necesitaba para mantener a mi hijo más grande, cuando ese
dinero nos hacía falta, mucha falta, de verdad. Recordé cuando él, mi hijo
grande, era bebé, como mi pequeño hijo ahora, y yo llegaba a la casa sin
mercado, sin leche y sin pañales, maquinando una nueva mentira que a él no le
importaba porque a él no lo podía engañar.
Ahora puedo decir con mucho de arrogancia y poco de orgullo que los daños no tienen ese nivel del
pasado, que la plata que perdí me hará falta para un lujo o para una comodidad
pero no para los pañales, la leche o la tranquilidad de mi bebé. Pero viéndolo
a los ojos mientras espero que se duerma, no quiero que él vea en mí lo que mi
otro hijo, que ya roza los veinte años, vio en mí. No quiero que mi historia
del día para él cuando tenga un mínimo de uso de razón sea contarle si me fue
bien o mal en el casino, si gané o perdí, si la máquina estuvo generosa o
tacaña. No quiero que eso sea lo que mi hijo reconozca de mí, un ser básico y
atormentado buscando en un lugar bizarro y lúgubre el triunfo pírrico de
arrancarle a un artefacto sicodélico unos billetes para sentirme feliz o
triste. No quiero ser eso. No quiero ser lo que fui esta semana.
Ahora descubrí que no superé
mi adicción ni ahora ni en estos más de diez años que pasaron. Descubrí que lo
único que necesito para recaer es exceso de tiempo y falta de voluntad. Mi
voluntad siempre ha sido débil y no lo considero un defecto en sí mismo. Mi ley
siempre ha sido la ley del mínimo esfuerzo y no me avergüenzo por eso. Me
avergüenza que mi mínimo esfuerzo sea para jugar habiendo tanto ocio en el
mundo en el que puedo invertir ese mínimo esfuerzo sin arriesgar tanto y sin
sentirme tan mal. Siempre he sido un sibarita irresponsable retando a los
malevos. Pero el juego es un espacio tedioso, estático, sin gracia y cruel. Si
he de desperdiciar mi tiempo que sea en escenarios más apasionantes, en donde
mi mente se rete con mentes naturales y no esas estúpidas mentes artificiales
que fueron capaces de dominarme antes y ahora.
Qué bueno mejor irme a cagar a
patadas en el fulbito con los compañeros de la oficina, con los que nos miramos
mal y con los que nos miramos bien. Qué bueno descubrir en la interpretación
actoral los demonios que uno mismo carga mientras los actores y las actrices se
deshacen en los tablados. Qué bueno conectarse con la guitarra del bohemio que
le da por tirárselas de artista en un bar. Qué bueno por fin entregarme al
placer de la lectura con el mismo ahínco que me entregué a esas cartas amañadas
pintadas en una pantalla. No me arrepiento de perder el tiempo. No. Me arrepiento
de perderlo jugando sabiendo que de verdad se pierde.
Y este no es un manifiesto de
compromiso ni una carta de arrepentimiento. En cierto modo, es mi confesión, mi
verdad, mi testimonio expuesto para quién se pueda y se quiera nutrir de él como
todo lo que escribo. Un panfleto tirado en la calle para quien lo quiera
levantar. Esta es mi catarsis, una nueva catarsis en la que cuento un cuento largo
de algo tonto que hice. Mi vida es una secuencia de tonterías y ya. No estoy
acá para darme látigo por eso. Pediré perdón a quien debo, quienes saben
quiénes son. Y seguiré adelante pretendiendo, como siempre, que aprendí algo de
esto.
Ya fue. Todo lo que fue, ya
fue. Y solo me queda esta experiencia para escribirla, lo que más me gusta. Entonces
si lo escribí valió la pena. Y ya.
Voy hacia mi casa caminando mirando el piso. Voy contando las baldosas, las divisiones en la acera y los baches en el asfalto. Voy caminando pensando con los dientes apretados que tiré más de diez años de mi vida a la caneca. Que recaí como si nunca hubiera salido del infierno. Me atormenta a cada paso suponer que voy a volver, que mirando al piso me encontraré de nuevo con esa minifalda, esa puerta grecoromana pobre y esa máquina que ha exprimido centavo a centavo lo mejor de mí. Espero no volver, cumplirle a mi hijo más pequeño lo que no le cumplí al más grande. Espero que así sea. Pero no sé. Solo sé que veo el piso y que voy para mi casa.
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