Calma, quietud y tribulación, es una ventana a la que saco del anaquel lleno de telarañas lo que escribo para compatirlo con quienes se atrevan a leerlo. Es un espacio no invasivo que espera silencioso a que las personas se acerquen a dar un vistazo desprevenido.
La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...
miércoles, 11 de septiembre de 2013
Atragantado.
Llevo un tiempo empezando varias veces un escrito que no pasa del segundo párrafo. Como lo reciente que cavilo y plasmo en letras, este texto que no avanza lo hago para drenar las aguas purulentas de mi psiquis que van contaminando todo mi ser. Pero hay algo en el medio que no me deja excretar toda esta maleficencia que llevo dentro desde hace un tiempo. Mucho tiempo.
En general, lo que se me atraviesa ahora cuando estoy escribiendo es todo lo que odio. Y lo que odio, siento, no está afuera. Lo llevo por dentro. Hasta mis globos oculares están llenos de eso, lo que sea, y todo lo veo picho. Soy justo ese tipo de persona que Paulo Coelho no recomienda: Tóxico, pesimista, negativo, procrastinador, amargado, rancio, hostil, hosco, aburrido y vengativo. Tan vengativo, que yo no recomiendo para nada a Paulo Coelho.
No es algo nuevo ni es la primera vez que me pasa. La diferencia es que ahora estoy atragantado. Antes, mi depresión fluía por entre los dedos y manchaba el teclado con tinta, lágrimas, sudor de fiebre, algún fluido proveniente de los pulmones y sangre de la nariz. Ahora, no. Ahora, todo queda atascado en un gesto agrio, de esos que impulsan las comisuras de los labios hacia abajo y juntan las muelas de arriba con las de abajo para hacer un ruido gutural parecido a un graznido. En eso han quedado mis letras. Casi que en una arcada profunda que no sirve para nada porque no sale nada.
Por fin he colapsado por dentro por acumular tanta oscuridad. He logrado tapar la alcantarilla de mi inspiración con la basura de mis odios y ahora me inundo. Me canso hasta sentado por andar engranando pensamientos corroídos por el óxido de la quietud y la apatía frente a todo, frente a todos. Tengo ya el gesto adusto antes de percibir el mundo y las fosas nasales infladas de escepticismo mientras escucho, mientras leo, mientras veo.
Quisiera matricularme en algún vicio para firmar de una vez por todas mi condena al fracaso. Pero recuerdo que el fracaso es mi vicio. Quizás ebrio no podría disfrutar del escrutinio riguroso que hago de mí mismo mientras me destrozo, porque el trago me duerme. La droga me da pereza. No me parece emocionante salirme de esta realidad que sin una pepa ya he vuelto surrealista. El cigarro sólo lograría hacer que todo eso que tengo amasado bajo mi garganta huela peor. Sólo los vicios modernos me abruman. Y me han cambiado las ventanas grandes por pantallas pequeñas.
Ando atorado, esperando ese abrazo furtivo por la espalda que me oprima fuerte y seco entre el esternón y el diafragma para que salga ese taco que no me deja expresar. Que ese golpe me saque de una vez por todas un par de lagrimitas y me devuelva el respirar pausado.
Mi espejo es cínico, por eso es indulgente y por eso es mi peor enemigo. He decidido una vez por sístole cambiar. Y una vez por diástole me he detenido, sin saber por qué. Las noches vuelven eternas, como aquellas noches frías de Buenos Aires de hace un par de años... quisiera aprovechar estas noches para escribir los versos más tristes como Neruda, pero mientras llega el alba, soy una sola sombra larga (ancha, mejor), como José Asunción.
Sigo sin poder avanzar más allá del segundo párrafo de mis odios. Sigo sin poder drenar mi bilis cuajada mientras me hincho. Sigo siendo el mismo idiota que patina intensamente en una sola baldosa. Sigo marchitando las hojas mientras las raíces se hunden muy profundo en un barro espeso.
Con el cursor titilando en ese punto inmóvil, creo, intuyo y supongo que es mejor así. Que quizás es oportuno dejar el párrafo allí, arrugar la hoja y empezar de nuevo. Creo, intuyo y supongo que debo sentir mis latidos en el sístole y seguir, avanzar, cambiar. Debo cambiar, decirlo tantas veces que se me olvide que lo estoy diciendo mientras cambio. Debo abrazarme, oprimir fuerte entre el esternón y el diafragma para expulsar eso, ese algo que me tiene lleno de nada. Debo pensar, creer y saber que mi alma podría. No que mi alma pudría.
martes, 23 de julio de 2013
Hoy amanecí cucaracha patas arriba.
Otra vez, hállome acá, perdido. Cada vez con más confusión y
menos excusas. Con esa sensación de vacío que de tanto sentirla se ha convertido
un cliché entre mis vísceras. Dejé quizás todo lo que creía que pretendía. Y lo
dejé porque en el camino descubrí que no era lo que pretendía. Es más, descubrí
que no pretendo nada. O que lo que pretendo, parece nada.
Robé por un tiempo la sensación de “ser alguien en la vida”,
de tener ese reconocimiento de palmadas en la espalda que le hacen sentir a uno
que está haciendo las cosas de maravilla, que alguien se siente orgulloso de
uno, que uno puede llegar lejos, alto, ser importante, reconocido y trascendente.
Sí, me paré en esa plataforma del éxito por unos instantes y me dio vértigo.
Sólo sentía unas ganas inmensas de bajarme de allí para vomitar.
¿Y por qué? No sé. Tengo nociones. Sin duda, no soy bueno
para asumir responsabilidades. Puedo hacer muchas cosas con gusto, excepto, si
esa cosa es una responsabilidad. Estoy jodido. Para lo único que uno está en el
mundo es para ser responsable. Esa es la clave del éxito, de la felicidad, de
la estabilidad, de todo cuanto puede darnos un gramo de paz y tranquilidad en
esta pelota viva verde y azul. Ser responsable es lo único que te pide la
humanidad. Alguien te dice que tienes que responder por algo. Tú lo haces. Él o
ella están satisfechos, si lo hiciste bien. Tú has cumplido. Así funciona este
mundo. Para eso te contratan. Para eso naciste. Así eso de lo que tienes que
ser responsable sea infinitamente perverso. Lo único malo es no ser
responsable. Pragmatismo le llaman.
Acá nadie viene a hacer lo que se la da la gana. Eso es para
forajidos, vagabundos, insurrectos, anarquistas, locos, enfermos, bobos o
estúpidos. Cada cual viene a hacer lo que le toca. Todos nacemos con una
misión, dicen. Hay una misión para cada ser humano que debe cumplir con toda
atención, dedicación y sumisión. Así esa misión sea recogerle la caca a una
celebridad o a la mascota de ésta. Esa es una linda misión. Quizás no por la
mierda, pero sí por la celebridad. Esa misión está ligada a un destino y ese
destino es lo que te hace una bella criatura de Dios, Alá, Buda, Jesús, Mahoma,
Ra, Tor, Zeus o lo que sea.
Estoy condenado. Yo quiero hacer lo que se me dé la gana. No
duermo bien. Nunca he dormido bien. No importa si he conciliado el sueño a las
seis de la mañana, a las siete ya estoy increíblemente despierto asumiendo la
culpa, la angustia y la desazón por querer hacer lo que se me da la gana. Estoy
condenado. Nadie me va a contratar porque no asumo responsabilidades, porque no
entiendo instrucciones y porque no obedezco órdenes. Y no porque sea un
rebelde, no. Simplemente me da pereza. Me da pereza levantarme todos los días
porque debo hacer algo, porque tengo que cumplir, porque tengo que “ser alguien
en la vida”. Me da una mamera infinita ser alguien en la vida. No quiero ser
nadie. No quiero ser nada. No quiero tener un nombre y cargar una cédula que me
dice que soy de una nación a la que ni siquiera quiero porque la he aprendido a
odiar todos los días, tres veces al día, viendo las malditas noticias. Sin
embargo, me siento orgulloso de las personas que hacen bien las cosas por esa
Patria que compartimos. Me emociono con sus logros y me alegra porque casi
siempre triunfan lejos, en donde no tienen que sufrir la miseria que se vive
acá todos los días. Han logrado huir y al mismo tiempo son referentes de éxito
para otros más que quieren seguir sus pasos. Para ser alguien en la vida, lejos
de esta “mala madre” como diría Fernando Vallejo. Esto no tiene lógica. Pero
tampoco voy a asumir la responsabilidad de ser lógico.
No soy filósofo ni esta es una filosofía. Todo lo contrario.
Es la ausencia de todo deseo por comprender el mundo, descifrarlo y encajar en
él. Es justamente lo que lucho. Mi falta de interés por este mundo y su inercia
de giros y elipses. Mi falta de interés por el prójimo, por ser mejor, por “ser
alguien en la vida”. Soy un pábilo encendido en medio de una parafina que no se
quiere derretir, que me tiene atrapado en este instante cósmico como la luz más
oscura del universo.
Maldigo con toda mi fuerza la razón que me permite hacer
estas reflexiones y sufrirlas, porque además calan en la conciencia que desde
muy pequeño me enseñó a sentir culpa hasta por lo que no he hecho. “Pecado
original”. ¿Qué es el pecado original? Nunca lo supe y no lo quiero averiguar
ahora, pero si sé que la culpa es el soporte vivo de la responsabilidad. Ser
irresponsable te hace culpable para tu conciencia y despreciable para los demás.
¿Loco? No, no estoy loco. Me lo he preguntado muchas veces
frente al espejo casi siempre con lágrimas en los ojos y sólo puedo deducir que
soy un idiota desesperado, pero no un loco. Sólo un pobre idiota que no encaja
en este mundo de razones y motivos. Un lastimero que patea piedras y anda con
un costal al hombro de dolor autoinfligido. Un imbécil que soporta la vida
mirando el calendario todos los días para ver cuándo es que se acaba. Un
estorbo, sí. Un estorbo para quienes tienen que soportar mis diatribas sin
sentido quitando el tiempo que necesita cada uno para cumplir con sus
responsabilidades. Para cumplir con su misión. Que van tan bien en ese rumbo de
“ser alguien en la vida”.
Yo ya me he echado en el andén del indigente. No me mato las
neuronas con nada porque ellas se matan solas, consumidas por la angustia de no
saber cómo voy a vivir. Se matan solas contando los segundos de este reloj para
atrás.
¡Bah! Hoy desperté cucaracha, acostado sobre el caparazón de
las alas yertas que no me deja girar para levantarme.
jueves, 18 de julio de 2013
Un tipo extraño.
Ya encontré mis pies debajo de la cama. Me los voy a poner. Hoy me pondré los dos izquierdos. Es simpático verme girar sobre mi propio eje sin poder ir a ninguna parte. Ayer lo hice con los dos derechos pero no me gustó tanto. No me podía ver bien en el espejo girando en ese sentido. De vez en cuando me pongo uno de cada uno y salgo a caminar por ahí, como cualquier persona. Pero eso sí que me gusta menos. Cuando me los pongo al revés, la gente me mira raro, porque camino cascorvo.
No sé si soy un tipo extraño. No me puedo comparar con otros porque no hablo con nadie. Sólo me siento por ahí a mirar gente. Gente. Qué cosa rara es la gente. Toda es tan igual pero tan distinta. En términos generales, todos tienen más o menos lo mismo. Un rostro y en él un par de ojos y de orejas, una nariz y una boca. La nariz con dos huecos que les dicen fosas. Un par de brazos con sus manos, un par de piernas con sus pies. Una de cada uno. No se ponen los pies repetidos, como yo, para girar en su propio eje. Ellos van con los pies bien acomodados, andando para adelante, así no sepan para dónde van. A no ser que hayan caído en desgracia y les falte uno o los dos pies, o los tengan pero no les sirvan.
Me cuesta trabajo comprender su rutina y su intención. La mayoría madrugan, corren, se enlatan en los medios de transporte. Se les ve angustiados yendo de un lado para otro casi siempre con algo en la mano. Algo a lo que se aferran como si allí llevaran su vida. Corren en la mañana, al medio día y en la tarde. Corren todo el día para llegar a un lugar y a otro. Corren toda la vida para ser pobres. Miserablemente pobres. Eternamente pobres.
Progresar es salir de las latas del transporte público para montarse en su propia lata espaciosa. Para mirar desde allí, mucho más lento, como otros están allí, enlatados con los demás. Y son pobres. Ahora son "ellos", los pobres. "Llegaré más tarde, pero en mi propia lata".
Y al bajarse de esas latas, todos vuelven a sus pies ubicados correctamente, siguiendo hacia adelante, así no sepan para donde van. Unos pies se posan sobre las cabezas de otros como si fueran peldaños de escalera para llegar alto. Un alto que es encima, porque de nada sirve estar alto si no es para estar encima. Habilidad, astucia e inteligencia, es lo que se necesita para llegar alto, para estar encima de los demás.
La gente es toda igual pero diferente. Las diferencias se luchan, se ganan, se reivindican y se mantienen durante siglos. A eso lo llaman cultura. Hasta que alguien abre los ojos y los demás le siguen. Hasta que ese alguien logra lo que quiere y oprime a los demás. Y a eso lo llaman civilización. Los de abajo sostienen a los de arriba y les rinden pleitesía. Se reverencia a quien lleva ropajes lujosos. Se desprecia al que escasamente puede vestir. Esa es la gente.
La riqueza se ostenta con soberbia y la pobreza se lleva con resentimiento. La gente ha creado un sistema para elegir a sus verdugos, a sus opresores, a sus amos. Le llaman democracia, dinastía, tradición. O simplemente gobernantes. La democracia, por ejemplo, vende sonrisas en carteles gigantes. Desde el cartel se ríen de la estupidez de la gente. Esa que saben manipular para pisotear cabezas para llegar alto, para estar encima. Esa gente que los elige cuando les ponen bien los pies para ir a las urnas a votar.
Lo que el mundo provee, ahora cuesta. La gente transforma el mundo y lo vende. A eso lo llaman mercado. No entiendo mucho de eso, porque no tengo con qué comprar el mundo que me venden. Sólo tengo mis pares de pies que yo mismo inventé.
Y la verdad prefiero ponerme mis pies repetidos, andar en círculos abriendo un hueco en la tierra con mis pasos. Los pies bien puestos sólo me sirven para salir a lugares para mirar esa miseria llamada gente. Los pies bien puestos me sacan de mi refugio, ese en el que ando en redondo para no cruzarme con la gente.
No sé si soy un tipo extraño. No hablo con nadie para saberlo. Sólo sé que cuando los veo me parezco a todos. Salvo cuando me pongo mis pies repetidos. No me gusta la gente. No la extraño ni me hace falta. Sólo la observo y me aflijo. Los veo en sus latas de ruedas o rieles apretujados para llegar a donde hay más gente. Para llegar a poner la cabeza de peldaño para que otro se suba. A mascullar el dolor, la rabia y la impotencia.
Gente, qué cosa rara. Viven bien unos, sobreviven apenas los otros. Todo está tan meticulosamente puesto en forma de pirámide. Todo está ubicado maravillosamente para que unos corran de madrugada apretujados en latas para llegar rápido a un lugar en donde servirán de peldaño para que otro llegue arriba en su lata espaciosa.
A la gente metida en una bolsa imaginaria le llaman sociedad. Y todos caminan con sus pies bien puestos para meterse allí, para respirar abriendo orificios en cualquier parte, codeándose entre la masa, con los ojos clavados en el piso, con el cuerpo esquivando pies.
¡Bah! Me quedaré acá con mis pies repetidos girando y girando. Marcando mi sendero, siendo un tipo extraño. Aunque no lo sé porque no he hablado con nadie. Pero no me gusta la gente y no me quiero meter en eso llamado sociedad. Entonces soy un tipo extraño ¿Y ahora en dónde puse mis pies repetidos?
jueves, 6 de junio de 2013
Un escrito aburrido.
Llevo mucho tiempo pensando en qué escribir. Este es el momento, prolongado por cierto, en el que no se me ocurre nada. Y ya he hecho ejercicios para escribir sobre nada, por lo tanto, ya no es original. Entonces, tendré que escribir por escribir para ver qué pasa.
En trances como este acuso a la musa de la inspiración, a la falta de tema, al tedio de mi vida. Y vuelvo a mi depresión, esa que enaltezco porque me inspira. Revuelvo con fuerza mi miseria para ver qué sale. Pero mi vida es de verdad tediosa en este instante. Sólo revuelvo el tedio. Qué aburrimiento.
Hacia afuera, veo la misma pared de oficina de hace mucho tiempo. Hacia dentro, me veo sentado en esa oficina sosteniéndome la cumbamba con las manos mirando esa puta pared. Siento que he convertido a la prudencia en la mordaza de mi creatividad. Pienso mucho, actúo poco, mido las consecuencias, pienso en el resultado... y me aburro. Me aburro insoportablemente, como se debe estar aburriendo usted leyendo esto.
Quisiera decirle que la cosa mejora. Pero no veo cómo. Quisiera decirle que no se vaya, que por favor me lea, que es la forma más bella de escuchar a alguien, pero no sé cómo retenerle. No puedo retenerme ni a mí mismo que sigo escribiendo por inercia viendo como brincan las teclas debajo de mis dedos.
Y escribo. Escribo este texto aburrido sólo por escribir. Para sentir que la pluma sigue caliente a pesar de que el alma está helada. Escribo para retarme, para sentir que aún puedo, que la inspiración no importa si uno ya se ha lanzado por el tobogán de las letras y que de alguna manera tendrá que llegar al final.
García Márquez hace unos años confesó un "paro de inspiración". Pero bueno, llevaba más de ochenta años con la musa trabajando a doble jornada. Merece el paro. Merece el descanso. Nos ha legado el realismo mágico que nos requiere ochenta años para disfrutarlo entero. Además es García Márquez. Yo confieso exceso de aburrimiento, ausencia de historias, taras mentales, miedo, confieso mi amada mediocridad que me echa horas a divagar entre la basura mientras me arrepiento simultáneamente de lo que estoy haciendo.
Acá es cuando recuerdo a Andrés Caicedo escribiendo sobre sus miedos y paranoias en sus "torcis", esperando a darle el pastorejo en la oreja a la vida para que se le fuera. Recuerdo en la lectura de "Qué viva la música" su genialidad prematura que lo atormentaba. El día en el que le publicaron su obra maestra la vida no le volvió más. Lo imagino frenético en las máquinas de escribir. Escribiendo por escribir, para ver qué le salía.
Quizás este sea uno de mis harakiris literarios. Una afrenta al lector para decirle con una malsana arrogancia que yo estoy acá para escribir y no para que me lea. Un intento por sacar la mano de naufrago para escribir cualquier cosa.
Perdón, perdón por aburrirlo si llegó hasta acá. Intentaré dejar de mirar esta pared, buscarme una historia, zafar el miedo y escribir algo por algo. Estaba desesperado porque llevo mucho tiempo sin escribir y escribí cualquier cosa. Este texto aburrido que no podría terminar mejor. Perdón.
domingo, 10 de febrero de 2013
Así ha empezado la carrera de un escribidor con la ilusión de ser escritor.
Con estas letras he empezado a construir mi ilusión de convertirme en escritor. Siempre le huí a este anhelo por miedo al fracaso, ese en el que ando inmerso y del que me siento orgulloso. Ese fracaso que además me ha inspirado tanto de lo que he escrito.
Ángelita, mi esposa, ha organizado el corpus de los textos que mi padre cuidadosamente seleccionó para que conocieran el resplandor del papel. Pero en realidad, todo se lo debo a este humilde blog que un día abrí para compartir "Historia de un asesinato anunciado: Never Ríos Carrascal", mi primera publicación que ya circulaba en papel, y que me dio tanta alegría como pichón de las letras. Paradójicamente, fue un texto en extremo triste, por la trama que desnudaba. Ahora, Ángelita ha escrito el prólogo de lo que será mi primer libro. Ese libro que nace acá, en este blog. Y yo he jugado con una palabra que siempre me llamó la atención, "prolegómenos", porque nunca entendí su significado, hasta ahora que los he traído para iniciar mi aventura. Bueno, vuelvo al papel. Pero quiero agradecer a todos los que se han acercado a este anaquel a buscar mis escritos. A esos, hasta hoy 10 de febrero de 2013, 141 seguidores que han dejado su huella en el nombre de quiénes siguen mis letras un tanto desquiciadas. Gracias a todos ustedes. Y mi forma de agradecer, es permitiendo que todo mi libro repose acá. Por eso tomo el riesgo de menguar las ventas y no importa. Ustedes vinieron desinteresadamente. De la misma manera, todo lo que volará en papel, está acá ante sus ojos. Gracias de corazón a todos y todas.
El libro saldrá al mercado a finales de marzo de este año. Entre tanto, les comparto el amor de mi esposa hecho prosa y mi amor por las letras hecho papel. Espero que lo disfruten. Este espacio seguirá llevando historias, cuentos, anécdotas, alegrías y tristezas cada vez que necesite desahogar mi alma. Como siempre lo he pedido, si alguna vez sienten que he dejado de escribir, por favor muevanme para ver si aún respiro. Una vez más, GRACIAS.
PRÓLOGO
La primera vez que hablé con
Felipe, fue una tarde de diciembre en una conversación muda y fortuita. Ese día
llegué más temprano a casa que de costumbre y me conecté, sin nada más que
hacer, al hoy ya desaparecido Messenger. Allí, estaba esperándome el que unos
añitos después sería mi esposo, y transcurrieron más de seis horas de
anécdotas, coqueteos y risas. Ese día me hizo llegar un escrito muy suyo, muy
íntimo, y con esa advertencia pospuse más de 20 días su lectura. Tenía miedo de
lo que encontraría: tal vez el tipo lindo que me estaba figurando se me
desvanecería; tal vez no quería ver su alma desnuda tan pronto.
Pero el día que leí por primera
vez a Felipe, después de estar postergando una lectura indeseada y tardía, me
di cuenta que no iba a poder dejar de leerlo. Porque su escritura es muy
sincera; porque no hay adornos innecesarios, sino ingenio para decir lo que
siente, piensa, cree y sabe; porque en cada escrito hay una migaja de sabiduría
para la vida: de la que realmente sirve.
Y así me hice, como yo me
considero, la máxima fan de Felipe, la número uno. Cuando me dice que ha
escrito algo, yo quiero ser la primera en leerlo, para saber en qué formato ha
escrito, qué faceta ha explorado, qué ocurrencia ha tenido. Porque este
escritor tiene la ventaja de poder escribir prosa de muchas maneras:
reflexionando, contando historias y anécdotas, o simplemente escupiendo dolor o
llorando alegrías.
Todo eso lo ofrece este libro,
ordenado en cuatro grandes partes: una primera, “Crónicas rojas”, en la que
está el Felipe periodista que, sin nunca haber trabajado como reportero, se
encontró con estas siete historias en las que no se buscan noticias, ni
verdades, sino la conexión con el otro, su reconocimiento, poner de relieve las
injusticias de nuestra ignorancia (algo muy propio del Autor).
La segunda parte, “Pensando
ando…” trata sus reflexiones políticas, con críticas cáusticas en un país y en
un mundo en el que se sueña en silencio pero no se lucha en voz alta.
La tercera sección, “¿Por qué a
mí?”, compila algunas vivencias, explorando temas familiares e íntimos. Allí
donde no existen certezas, donde el error se permite, el dolor se perdona, y la
vida nos patea y nos soba las heridas.
El libro cierra con su “Poesía
barata”, prosa de dolor y tristeza cuando el Felipe depresivo sale a flote.
Noches en nuestra Buenos Aires querida, en donde la oscuridad es el refugio de
las letras.
Ese es el libro que se lee.
Pero hay otro libro no escrito detrás de éste y es el de cómo se decidió que
los escritos del blog de Felipe se convirtieran en páginas de papel. La idea
fue de Don Jaime, su papá, que con su dulzura e infinito amor, decidió
regalarle esta edición. Con un trabajo juicioso y meticuloso, ordenó los
escritos y seleccionó los que a su parecer eran los que mostraban mejor el
talento de su hijo. Detrás de este libro también están su mamá, Doña Ayda, que
todos los días ha sostenido a Felipe de la mano, regalándole siempre
inspiración. Sus chochomil hermanos, unos en demasía amorosos, otros alcahuetas,
otros regañetas, pero que al fin y al cabo, son el ancla que lo mantienen unido
con el mundo. Finalmente, Nicolás, el
motivo, el impulso, la sonrisa.
Con esta filigrana de amor,
Felipe siempre ha caído parado. Porque así se vea así mismo como un fracasado,
hoy le da la bienvenida a este proyecto de lo que siempre ha debido ser: un
escritor, o, como el mismo se autodenomina, un escribidor.
Ángela Navarrete Cruz
Ibagué, Colombia. Febrero de 2013
PROLEGÓMENOS DE UN SUEÑO QUE
SALTÓ AL VACÍO
Esta es por fin, la
compilación de mi obra. Esa frase suena arrogante y yo sueno viejo. Pero para
matizar esto un poco, diré que no es el final de mi obra y que además, esta
compilación no es la culminación de una exitosa carrera. Todo lo contrario.
Este es apenas un sueño en ciernes saltando al vacío. Y el éxito no es el fin.
Es la felicidad. Esa ha sido mi débil filosofía.
Además porque puedo ser
muy masoquista. No creo que la felicidad sea posible, pero creo que siempre
debemos buscarla. Esa es la constante y cruel utopía de la vida. Como un perro
que persigue su cola, yo persigo mi sueño de ser un escritor. Y con esta lógica
doméstica y simple, el día que alcance mi cola de ser escritor tendré dos
sensaciones: Dolor, al sentir que lo que perseguía era una parte inherente de
mí que nunca reconocí de verdad; y dos, al menos alegría, porque ya no
estaré mareado dando vueltas y vueltas detrás de un sueño inalcanzable.
Entonces, este es mi primer mordisco, tratando de dar cacería a esa maldita
cola.
Mi padre, ese sujeto
bajado de alguna nube rara al cual le cortaron sus alas de ángel para hacerlo
humano, por lo bueno que es, decidió que no podía volver a su nube sin hacer
algo por el menor y más pelotudo de sus hijos, es decir, yo. Por eso dedicó
mañanas y tardes enteras a leer en soledad o pidiéndole a mi madre que le
recitara lo que había en mi blog. Un blog, algo tan extraño para ellos y su
época como que ahora uno se pueda acostar con la novia en la casa de los papás
sin siquiera pedir permiso. Pero menos sacrílego.
Allí estuvo mi madre,
preguntando día de por medio cómo era que se entraba a "ese tal
block" porque Jaime "está como loco leyendo eso que usted
escribe". Y allí estuvo mi padre, como una hormiga trabajando para sacar
una edición de mis escritos. Seleccionó lo que más le gustó y en algunos casos,
lo que menos le disgustó. De tajo sacó todo aquello que mostrara mi debilidad,
mi depresión, mi falta de amor por la vida. E incluí esos textos de nuevo,
explicándole que eso tan malo de mí, era lo mejor de mí. No entendió, pero
comprendió. Y aceptó. Como siempre.
Publicar siempre me ha
dado más miedo que emoción, lo debo confesar. Soy muy malo para soportar la
crítica destructiva, la burla y la mala leche a la que uno se expone cuando
expone lo que escribe. Y suelo reaccionar mal, con agresividad, a la defensiva,
como si la cosa fuera conmigo y no con lo que escribo, porque no somos la misma
cosa. Uno no es lo que expele, sino lo que retiene. Para eso es la piel.
Publicar pues, es un
acto de desprendimiento, de algo que ya no es uno. Algo que toma vida, que se
defiende sólo, que despliega pies y alas y que se vuelve tesoro o presa de la
opinión. Eso no es uno. Eso es lo que uno produce. Hoy recuerdo a mi profesor
de Teoría Política de la Maestría, un tipo buena gente de apellido Aguilar,
quien contaba con una sonrisa disimulada cómo J.J. Rousseau vivía en el sentido
exactamente contrario de como pensaba. Y sin embargo, el legado de Rousseau
inspiró revoluciones, mientras sus hijos sufrían hambre por su abandono.
Por eso he tomado la
decisión de apoyar el apoyo de mi padre. De dejar que mis escritos tomen su
rumbo en papel, a donde no podré seguirlos ni controlarlos. Allí, a esa comarca
en donde serán combustible para hogueras o adorno de bibliotecas. No lo sé.
Nunca lo sabré. Y menos aún si no tomo el riesgo de que puedan volar.
Prometí hace algún
tiempo publicar una novela y terminé publicando una oda tonta a la
irresponsabilidad disfrazada de promesa rota. Ahora no tengo excusas. Ya tengo
lo escrito, el patrocinador, la voluntad, el apoyo de un grupo de personas que
confía en mí y el amor de una familia sin igual. No se diga más. Esta obra que
ahora, si está leyendo esto, tiene en sus manos, es mi trabajo. Es la cola de
perro que quiero alcanzar. Es la sensación de que estoy cumpliendo mi sueño. Un
sueño que saltó al vacío, al que no se si le saldrán alas para volar o yunques
para enterrarse en la tierra. Está en sus manos que sea lo que tenga que ser.
Gracias por leerme. Por
haber creído en este tipo que se cree escritor. Y que no se ofenderá por lo que
opine de lo que aquí está plasmado. Es su derecho, para eso pagó. Y mi deber es
darle las gracias de corazón, con humildad, seguro de que lo que piense no es
para mí, un ser humano limitado por su piel, sino para lo que he escrito. Este
sueño publicado. Este sueño que saltó al vacío.
Andrés Felipe Giraldo López.
Ibagué, Colombia, febrero de 2013.
miércoles, 16 de enero de 2013
El sol que moja.
Alargó el brazo izquierdo como siempre al caer la tarde, tirado en esa esquina plagada de peatones que salían del trabajo para la casa. Extendió los dedos sucios de uñas negras para que cayeran en su mano monedas de la caridad. Una gota gorda le pegó en la palma y sin dudar un segundo maldijo a la lluvia. Miró su mano salpicada y se quedó refunfuñando entre dientes, porque ahora le tocaría pararse a buscar refugio debajo del techo de un paradero de bus, en donde tendría que fajarse a muerte por un lugar con los demás indigentes de la zona, con los que ya tenía broncas.
Esperó un instante a que fuera sólo una gota de "lluvia aislada y pasajera", de esas que se inventan los meteorólogos cuando no saben en dónde ni a qué hora va a llover. Otra gota lo golpeó casi en el mismo lugar. Con la mano derecha limpió esa gota con rabia y ahora maldijo su vida. Miró al piso y lamentó su rebeldía alocada, las peleas con su madre, esa vez en la adolescencia, hace muchos años ya, en la que tiró la puerta con fuerza y juró no volver a casa, los días de vagancia, las noches de juerga, los mil vicios que se volvieron adicciones, su abandono, su dolor, el vacío que sentía cada despertar entre la contaminación, la dureza del piso y el ruido de la ciudad.
Una gota más en su mano abierta y sintió tristeza. Miro sus zapatos rotos y extrañó, sí. Extrañó a su madre, por supuesto, que luchó tanto por él y que le dio el cariño que pudo a pesar de que sonreía poco, porque la vida se le daba difícil. Extrañó su cama, que aunque dura, era más blanda que el suelo del andén. Extrañó su casa, que aunque humilde, al menos tenía techo que no debía pelear con nadie más. Extrañó su hogar, que eran su madre y él viendo una novela frente a un televisor viejo de mala señal.
Cayó la última gota antes de caminar presuroso para huir de la lluvia y pelear su refugio. Se preguntó, sin comprender, por qué nadie corría para resguardarse. Por qué nadie sacaba el paraguas ni se cubría la cabeza. Parecía que sólo le llovía a él. Pensó que su mala suerte, como en las caricaturas, incluía una nube propia posada en la cabeza. Levantó un poco la mirada para ver esa nube que mojaba su mano. Frente a sus ojos, el sol se escondía en el horizonte y dibujaba una silueta. Era la silueta de su madre llorando sobre él.
FIN.
lunes, 17 de diciembre de 2012
Apología de la mediocridad.
Cuando uno se ha metido en estos moldes de lo convencional, de lo correcto, de lo deseable y de lo esperado; cuando uno está transitando por esta cinta de producción de lo óptimo, pero siempre se ha sabido extraño, ajeno e incómodo, cuesta mucho erguir de nuevo la figura para reconocer que esto no es lo de uno, que uno está aburrido, que uno se quiere largar.
Que si el mundo te pide cartones, pues tú le das cartones. Que si de eso depende tu éxito, es decir, las condiciones de la dignidad de tu vida, pues tú posas de exitoso. Ese es el precio de tu sonrisa, de tu satisfacción, de eso que llaman "orgullo". Competente, competitivo y ganador. Para eso te forman ¡A la mierda! yo todo lo pierdo por W. No me esperen en esa cancha.
No quiero ser mejor que nadie, ni siquiera quiero ser bueno en algo. Ese despliegue suntuoso de conocimientos en donde unos se citan a otros dándose palmaditas de mutua admiración entre sonrisas y elogios, a mí no me interesa, no me gusta, no lo soporto. Esa reivindicación absurda por ser la autoridad en algo, así ese algo no tenga ninguna autoridad, exaspera. Yo me cito a mi mismo y cito algunos de mis recuerdos. De vez en cuando me acuerdo de quién me dijo lo que me dijo o en dónde leí lo que leí. Si quedó esa cita en mi memoria, es porque fue importante para mí. Si lo olvidé, no importa, cuando necesite esa idea la recordaré o la inventaré. O viviré sin ella, como se vive con lo que no se tiene.
Hemos acartonado el mundo. Lo hemos vuelto un lugar de ritos, solemnidad y ceremonias. La excelencia se ha convertido en el protocolo de lo aparente. El reconocimiento es la garantía de la supremacía. Y estamos en el constante frenesí por demostrar la tal excelencia. Y se crean organismos e instituciones sólo para que digan que lo que hacemos es maravilloso, hermoso, así no sea útil o incluso, si el efecto de lo que se hace es perverso. Y de eso depende nuestro prestigio, nuestra dignidad. Casi que ello determina las condiciones mínimas de nuestra existencia. La excelencia ha definido lo bueno y lo malo para el mundo. Esta es la nueva manzana de la tentación, de la serpiente electrónica, la Eva entaconada y el Adán de corbata, en un mundo que cada vez está peor, lejos, muy lejos del paraíso.
Los buenos modos, la buena educación, el prestigio, el reconocimiento, los logros, las metas, las aspiraciones, los triunfos, el desarrollo, el progreso, el éxito, el bendito éxito, todo esto nos pone en los rieles de la felicidad capitalista.
Sin duda, vivimos en un mundo más cómodo. Recorremos largas distancias en menos tiempo, dormimos con mayor confort, sabemos en tiempo real qué está pasando al otro lado del planeta, las comunicaciones fluyen de extremo a extremo de los continentes sin mayor problema, siempre tenemos una máquina cerca que nos suple alguna necesidad. Sí, y mucho de eso se lo debemos a muchos exitosos que en su carrera frenética en la búsqueda de la excelencia han dejado un gran legado de progreso, de desarrollo, de civilización.
Pero el desarrollo ha convertido a la sociedad en un colador. Esa comodidad obtenida cuesta y no es para todos. Los exitosos construyen un mundo para otros exitosos que pueden ganar para comprar lo que otros producen. Y así, entre los exitosos se tienden escaleras que son inaccesibles para los no exitosos. El éxito construye peldaños y trampas. Configura logias selectas de perfectos bendecidos y hordas dispersas de mutantes maldecidos, hordas a las que etéreamente se les denomina "pueblo", "masa", "vulgo", "plebe". El éxito y la excelencia son el matrimonio perfecto entre Mr. Right y Ms. Correct que engendran, crían y mantienen, hasta que pueda valerse por sí misma (siempre puede), a la desigualdad social.
Hay que trasegar la ruta del éxito para garantizar que por lo menos vamos a tener las herramientas necesarias para escapar de la miseria. O hay que tener un talento excepcional. Pero no basta con tenerlo. Habrá que saberlo vender para que no se pudra en los semáforos, los buses o el anonimato.
Este es pues el mundo en el que nos tenemos que formar, al que nos debemos acomodar para no ser excluidos. Esta es la vía obligada para escapar a la mediocridad, esa peste inventada por la modernización ¿Qué es ser mediocre? Siempre que mis maestros de infancia, los maestros de la doctrina del éxito, me hablaron de la mediocridad, invocaron con lúgubre franqueza a algo llamado "la ley del menor esfuerzo". Y con rictus severo comparaban la ley del menor esfuerzo con detalles como levantarse tarde, llegar tarde, moverse lento, tener la yema del huevo untada en la manga del saco, bostezar, no hacer la tarea, hacerla mal, elevarse siguiendo el vuelo de la mosca, distraerse de la operación matemática en el tablero, mostrar con descaro, o mejor, sin prejuicios, a esa morronga perniciosa: la pereza... Todo eso tan malo y despreciable estaba relacionado con la ley del menor esfuerzo. Todo eso que me gustaba tanto o que sencillamente era yo. Yo era el ejemplo vivo de la tal ley del menor esfuerzo. Yo era un mediocre, es decir, un lisiado de la ruta del éxito.
Pero ¿Por qué tanta prevención con la mediocridad? Reconozco que la excelencia es necesaria, que provee muchas ventajas y satisface necesidades, algunas básicas, otras no tanto y que es funcional en el mundo. Qué bueno ser atendido por un excelente médico, hablar con un excelente conversador, leer un excelente escritor, viajar en avión con un excelente piloto, navegar con un excelente marinero o seguir a un excelente equipo de fútbol... qué bueno. En fin, mi aversión por la excelencia no es por lo que da, sino por lo que quita: El derecho a ser mediocre. Muchos queremos vivir la vida lento, sin muchos sobresaltos, sin aspiraciones y sin ambiciones ¿Qué de malo tiene eso? ¿De dónde saldrían los ganadores si no fuera por nosotros, los mediocres? ¿Cómo podría destacarse el que se quiera destacar si no hubiésemos millones a los que destacarnos nos importa un bledo?
Alguna vez le pregunté a un panel de destacados académicos que qué era la excelencia. No entendí muy bien las respuestas. Todos dijeron, palabras más palabras menos, que era algo así como el conjunto de atributos, esfuerzos, mecánicas, diseños, estrategias y retos para alcanzar lo mejor. Pero no me explicaron lo mejor de qué ni para qué ni por qué. Ser mejor, ser lo mejor, ser el mejor. Algunos, con aire de condescendencia, dijeron que el parámetro de ser mejor es uno mismo. Que uno siempre debe tratar de superarse, es decir, ser mejor que uno mismo. Pero la verdad, yo no le encuentro mucha gracia a ese reto. Yo me miro al espejo y veo a un tipo conforme, no muy contento y lejos, muy lejos de ser feliz, pero al menos conforme. Claro, quisiera tener más, ser mejor en algunas cosas, desarrollar mejor algún talento perdido, pero no es el esfuerzo la vía que me motiva. Trabajar duro, sacrificarse, esforzarse, ser el mejor... ¡Nah! La verdad no me interesa, no me atrae, no lo disfruto. Vivo conforme y aveces tranquilo. No me piden mucho porque poco se puede esperar de mí. Eso me gusta. Cuando me esfuerzo, lo hago sin percibirlo, por algo que me motiva o me interesa. Vivo, digamos, mediocremente, respondiendo fielmente a la ley del menor esfuerzo. Y no me arrepiento, ni me avergüenzo, ni siento que este sea un motivo de drama o de trauma. Cumplo con las responsabilidades justo al punto que me piden para poder sobrevivir, eso sí, porque la mediocridad es la cornisa por la que uno camina borracho desafiando al vacío de la pobreza.
Tendré poco, quizás. Mi vida será un estanque, también. Estaré rezagado y viviré en el anonimato, seguro ¿Y qué importa? ¿A quién le hago daño siendo así? No puedo aparentar lo que no soy. No muestro ni demuestro que puedo dar más de lo que doy. Ando lento, me muevo despacio, me cuesta entender textos densos y todavía no sé muy bien lo que es la palabra "melifluo", de lo que me han acusado algunas veces o "zafio", de lo que me han acusado algunas otras. Se me olvida todo al instante y lo recuerdo en los momentos más absurdos. Es posible que te esté mirando atento mientras hablamos y que súbitamente mi mente esté recordando la mosca de mi salón de primaria. Encuentro plácido divagar sin fundamento. Sin buscar al genio que piensa lo que yo dije o que dijo lo que yo pienso. Me gusta vivir así. La ley del menor esfuerzo es mi ley. Soy del montón y me da igual. Y esto tiene una ventaja: No puedo ser malo porque nunca he querido ser mejor.
Muchos se han esforzado, ellos sí, para que yo pueda ser un mediocre, dándome comodidades que me lo permiten y yo accedo a ellas cuando puedo. Y si no puedo, pues no puedo. Gracias a mi mediocridad y a la de una masa numerosa que se reproduce como espuma, muchos, con poco, se pueden destacar y ser exitosos. Nuestra relación éxito - mediocridad, es simbiótica.
Sé feliz con tu excelencia. Haz de este mundo un lugar mejor con tus virtudes. Pero déjame a mí ser mediocre y déjame hacer de este mundo un lugar más tranquilo con mis defectos. Yo igual, tendré que seguir comprando lo que tu éxito me vende. Tú igual, seguirás admirándote todos los días frente al espejo, viendo que te ves mejor que ayer, qué guapo, que tienes más, qué rico, que has llegado más alto, qué exitoso. Bien por ti. La excelencia te muestra el dios que has hecho de ti. A mí el espejo me muestra lo que quiero ver, a mí mismo. Ni más ni menos. Lo que soy: Un mediocre orgulloso de serlo.
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