Calma, quietud y tribulación, es una ventana a la que saco del anaquel lleno de telarañas lo que escribo para compatirlo con quienes se atrevan a leerlo. Es un espacio no invasivo que espera silencioso a que las personas se acerquen a dar un vistazo desprevenido.
La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...
jueves, 23 de agosto de 2018
La conversación que nunca tuve con mi padre
Hace cuatro años murió mi papá. Ese día lo recuerdo a retazos. Recuerdo cuando Patricia tocó a la puerta de mi casa a las 5:40 de la madrugada para darme la noticia. Ella no me dijo nada. Solo me miró y se le encharcaron los ojos. Ya sabía qué me iba a decir. Solo la abracé y le di las gracias por avisarme. Mi papá ya estaba muy enfermo. Yo vivía al lado de la casa de mis padres, en una finca en las afueras de Bogotá con mi esposa, Angelita, y mi hijo mayor, Nicolás.
Recuerdo cuando entré la casa y vi a mi mamá parada en la puerta de la cocina con una agüita de algo en la mano. Me dijo que ella creía que mi papá estaba dormido y que todavía no despertaba. Recuerdo a mi hermano, Luis, con un suspiro largo y un par de lágrimas bajándole por las mejillas, y recuerdo a mis tíos, Néstor y Cristina, reconfortando a mi mamá con caricias mudas.
Recuerdo que entré a la habitación de mi papá sin prisa, muy lento. Recuerdo que mi padre estaba en la posición en la que siempre dormía, de medio lado, pero ya había descolgado el brazo que sostenía la mano sobre la que siempre recostaba su cara. Esa era la señal inequívoca de que su alma ya había abandonado su cuerpo.
Recuerdo que le tomé esa mano y le acaricié la cara. Le pedí a mi hermano que me ayudara a ponerlo boca arriba, para que el rigor mortis no hiciera más difícil acomodar su cuerpo cuando lo fueran a mover.
Recuerdo que empezaron a llegar mis hermanos. Recuerdo que mi hermana, Mónica, llamó a la casa de mis padres y yo le contesté. Me preguntó que cómo se veía mi papá y yo le dije lo mismo que pensaba mi mamá, que parecía dormido, simplemente dormido. Pero yo ya había sentido su piel fría y ya había visto su brazo desgonzado.
Mi papá murió un sábado en la madrugada mientras dormía. El miércoles por la tarde se puso mal. Todas las mañanas, antes de salir para mi trabajo, yo paraba en la casa de mis padres a tomarme un café con ellos, que mi madre me preparaba sin falta. El jueves, mi papá estaba débil, pero estaba todavía lúcido. Lo último que me dijo antes de que yo saliera fue "llegue temprano y hablamos larguito". Ese día me fui temprano del trabajo, me avisaron que se había puesto peor y cuando llegué a verlo, ya no habló más. Estaba consciente y despierto, pero muy débil para hablar larguito. Estaba muy débil para hablar, hasta la mirada le pesaba.
Esa noche, cuando iba de salida para mi casa a descansar, le di un abrazo. Aún estaba despierto y nos miramos por última vez. Él se despidió con esa mirada que revolvía nostalgia, melancolía, alegría por todo lo vivido y tristeza por lo inevitable. Me miró con la certeza de que para mí sería su última mirada. Yo le repasé la cara, las arrugas, los lunares en sus manos y no pude detener una lágrima que cayó sobre su regazo. Él asintió con la cabeza y miró al piso. Yo sabía que ya era hora de irme. Él sabía que yo lo amaba.
Al día siguiente, el viernes, salí a trabajar y él aún dormía. Había pasado mala noche. Mi hermana Mónica, que estaba con él, me mantenía al tanto de su día. En la tarde lo llevaron a la clínica. Estaba muy mal. Los médicos le daban pocas esperanzas. Él solo les dijo, a mi hermana y a los médicos, que se quería morir en su hogar, rodeado de su gente, que no le hicieran nada más. Cuando llegué a la casa, lo estaban transportando en ambulancia desde la clínica. Pocos minutos después de que llegué, llegó él con Mónica y dos de mis sobrinos, Juanita y Sebastián, que lo acompañaron todo el día. Lo entraron al cuarto en la camilla. Con Luis y un enfermero lo acomodamos en la cama. Estaba dormido por los sedantes, con la respiración pesada, en un sueño profundo. Así se quedó, hasta que los latidos se le fueron esa madrugada, en tanta paz, que mi mamá a su lado creyó simplemente que la respiración le había mejorado porque no hizo más ruido. Se fue.
El sábado en la mañana, mientras mis otros hermanos y algunos familiares se reunían en la sala a acompañar a mi mamá, el cuerpo de mi padre se quedó solo por un momento. Yo me senté a su lado y le empecé a hablar larguito. Inicié esa conversación que nunca tuvimos, a la que nunca llegué, porque el ocaso de ese jueves ya fue muy tarde. Me prometí no prometerle nada, porque siempre incumplí mis promesas. Él ya estaba acostumbrado. Sabía que yo vivía para donde me llevara el viento y él era quién sostenía la cometa de mis días errantes. Le agradecí por haberme dado la vida y por la vida que me dio, tan libre como pudo, alejado de los dogmas, recalcándome siempre que más importante que las creencias era el criterio, que nos permitía creer con fundamento lo que percibíamos como correcto. Le agradecí por ser mi soporte, por los libros de Victor Frankl que dejó debajo de mi almohada para que yo capoteara mis depresiones, por las conversaciones profundas y distendidas en su tiempo de pensión y mi tiempo de desempleo, sobre sus ideas y mis sentimientos, las ideas que yo no le comprendía, los sentimientos que él no me entendía. Pero nos hacíamos compañía. Solo le di gracias a mi papá, no le pedí nada, no lo quería angustiar más. Yo solo quería que descansara por fin. Recosté mi cabeza en su pecho sin látidos, sin respiración. Tomé fuerte sus manos y acaricié una vez más los surcos de sus arrugas, le consentí su pelo cano, le di un par de palmaditas en su mejilla y me despedí para siempre de su cuerpo, que ya no vi más, porque al rato llegaron de la funeraria para llevarse el cuerpo.
De ese día no recuerdo mucho más. Recuerdo que en la tarde, bien tarde, su cuerpo ya estaba en la sala de velación. Recuerdo que fueron muchas personas a darle el último adiós, muchos de mis amigos me acompañaron. Recuerdo sus rostros, sus palabras de aliento, sus abrazos, su inmenso cariño. Recuerdo que vi a muchas personas que no recordaba, pero que conocían a mi padre. Recuerdo sus palabras cargadas de cariño, de lindas vivencias, de mejores anécdotas, porque mi papá era una fábrica de anécdotas. Recuerdo mi mirada clavada en el piso, que solo subía para corresponder las miradas y volvía al piso. Entre rostro y rostro, siempre el piso. Buscaba en mi memoria la sonrisa de mi padre, sus carcajadas sonoras, sus chistes malos, su última mirada, su intención última para que habláramos larguito y la intriga con la que me quedé para siempre, porque nunca lo pude escuchar de nuevo. No supe qué me quería decir.
El domingo lo cremamos. Él no quería que lo enterraran, prefería que sus cenizas se usaran como abono para unos sauces llorones a la vera de un río. En la misa dije algunas palabras. Me sorprendió ver la iglesia llena, me emocionó mucho sentir el afecto que tantas personas le daban a mi padre y lo tristes que estaban de que se hubiera muerto, me conmovió ver personas que no veía hace mucho tiempo allí, acompañándonos, reconfortándonos en la tristeza, demostrándonos que en los momentos tristes los verdaderos sentimientos relucen no importa cuánto tiempo hubiese pasado en el anaquel de la ausencia.
En el cementerio, cuando metimos a nuestro padre al horno crematorio, los seis hermanos y las dos hermanas, toda su tribu, nos abrazamos con mi madre y espontáneamente empezamos a cantar la canción que siempre cantábamos con mi papá en los paseos:
"Vivo en un pueblo tan poco importante,
que nunca para el treeeeeen, que nunca para el tren.
Nadie se sube, nadie se baja, nadie ha viajado en éeeel,
nadie ha viajado en él..."
La portezuela del horno crematorio fue subiendo y el ataúd con el cuerpo de mi padre se fue desapareciendo mientras nosotros entonábamos la canción que surgió sin más, sin haberlo preparado, sin pensarlo, como el homenaje más lindo a quien siempre supo mantener su familia unida a pesar de las adversidades, a pesar de ser tantos y tan diferentes. Al final, estábamos todos, sus ocho hijos y mi mamá, fundidos en un solo abrazo. El viejo se nos había ido y allí estábamos nosotros, su legado vivo y diverso, sosteniendo al otro pilar de nuestra existencia en su infinita tristeza, nuestra mamá.
Mi papá hubiera cumplido 85 años el 15 de septiembre de 2014 y habría cumplido 60 años de matrimonio con mi mamá el 24 de septiembre. Le faltó un mes de vida para redondear los números de su existencia, que quedaron ahí en suspenso, como la charla que nunca tuvimos.
Hoy me cuesta recordar ese momento tan vivido, me tiemblan los dedos acá escribiendo y debo limpiarme los ojos cada tres renglones porque las lágrimas me están nublando la pantalla. Nunca había repasado esos instantes. Pero me debía ese recorrido por los últimos momentos que compartí con mi papá cuando ya estaba abandonando los linderos de su piel para entregarse a la eternidad.
Todavía me quedo noches enteras pensando qué me quiso decir mi papá cuando me pidió que habláramos larguito ese jueves en la mañana. A veces creo que todo me lo dijo con su mirada de despedida. Solo quería decirme que también me amaba. Eso es lo que siempre me imagino. Eso es lo que siempre me ilusiona mientras lo evoco y reviso sus incontables enseñanzas, su magnífico legado.
Ya nos veremos de nuevo viejo querido en esa dimensión en la que ni tú ni yo creemos. Nos veremos en la nada, de donde vinimos, para donde vamos, la eternidad interrumpida solo por ese destello fugaz llamado vida. Una vez más gracias por darme la vida. Gracias por la vida que me diste. Te amo mi viejo. Le rindo tributo a tu memoria en el cuarto año de tu partida con lo único que sé hacer, con lo único que quiero hacer, escribir.
sábado, 11 de agosto de 2018
Lo que nunca termino
Mi vida es una secuencia de tareas inconclusas. Vivo arriado, a los empujones, casi que obligado, buscando el rumbo que no lleva a ninguna parte y cumpliendo con la apariencia de la cordura para gambetear al sufrimiento.
Mi espíritu es un ente errante agobiado por respuestas que no le satisfacen, por vacíos insalvables, misterios rellenados de fe y por la certeza absurda de que la razón fue puesta allí en alguna parte del cerebro por alguien que juega con nosotros. La religión es la resistencia en masa a ese juego, es la capacidad para mentir de una generación a otra creyendo que esos misterios se respondieron con mitos construidos sobre otros mitos en una espiral infinita de fábulas entrelazadas que se convierten en dogmas incontrovertibles, no por ciertos, sino por inverificables. A todos esos mitos se les ha construido una parafernalia invencible repleta de templos, fieles y jerarquías en la cual lo que no se puede explicar se convierte en milagro.
Mi escepticismo con respecto de la religión es inverso. Creo que todo lo que profesan las religiones podría ser verdad, pero de algo estoy seguro y es que nunca lo sabré. Dudo de la existencia de un Dios y estoy seguro de que muchos dioses han sido creados por el hombre con fines perversos. Y sé, además, que ese Dios sobre el que mantengo una duda vital, poco le importa si creo en él o no. No es un Dios que se detenga en la vanidad de ser reconocido. Bastante trabajo tendría con darle cierto orden al caos en todas las dimensiones existentes para preocuparse por el hecho simple de si una criatura minúscula e insignificante perdida en una partícula redonda del Cosmos porta o no su carné de creyente. El Dios (en el que creo que creo) es tan indescifrable como el Universo mismo, tan misterioso, sublime e inalcanzable, tan desprovisto de bien y de mal, conceptos inútiles en el todo, que me parece un desperdicio este párrafo tratando de explicármelo, como la mayoría de lo que escribo, como lo que nunca termino.
Recabar sobre este vacío espiritual no tiene otra intención que la de tratar de comprender porqué soy una secuencia de tareas inconclusas. Y la razón, después de mucho cavilar, parece simple, pero no lo es. La verdad, no le encuentro el carácter teleológico a mi existencia, no sé para qué vivo ni por qué, más allá de los afectos que son tan importantes, que llenan tanto, que nos mantienen atados al mundo sin más explicación que los sentimientos que no tienen explicación, jamás he encontrado mi misión y tampoco he querido inventarme una. Procuro enterarme a través de la historia, ese sofisma inventado por el humano para reforzar los mitos con narraciones heroicas, cómo han vivido aquellos "grandes" personajes que se creyeron predestinados para hacer de su trasegar por el mundo algo trascendental, inmortal y por supuesto, histórico. La mayoría de estos sujetos, salvo contadas excepciones, han dejado tras de sí una estela de sufrimiento, devastación y muerte incalculable. Entonces, eso de trascender o llegar al menos a ser "alguien en la vida" no está dentro de mis planes, ni siquiera entre los proyectos más mediocres. Mi único objetivo consciente, que algunas veces no logro y por lo cual pido perdón, es pasar por la vida de las personas sin hacerles daño, sin lastimar sus sentimientos, sin herir su susceptiblidad, sin hacer miserables los momentos que comparten conmigo. Y si puedo y me alcanzan las fuerzas, intentar hacer algo que le alegre el momento a esas personas, sin muchas pretensiones, sin querer tocar corazones, cambiar vidas o transformar el mundo. No me interesa y no lo pretendo. Mi intención consciente es pasar por la vida de las personas sin dejar marca ni huella, que sea fácil olvidarme y grato recordarme, así las imágenes que deje en esos recuerdos sean difusas y poco relevantes.
Sonará extraño que esta sea la razón aparente de todas mis tareas inconclusas. Y claramente no es una razón, es apenas una excusa. Las excusas son los mejores argumentos de quienes nunca terminamos nada. Y mi excusa es que no pretendo nada, no persigo nada, no quiero llegar a ninguna parte. Mis aspiraciones no pasan de ser ese acto elemental de esnifar aire.
Es difícil sobrevivir en un medio competitivo sin tener aspiraciones, en el sentido amplio de la palabra, cuando el bienestar está estrechamente ligado al éxito. Es aún más difícil aceptarlo cuando soy esencialmente hedonista y aborrezco el sufrimiento, le tengo pánico a la pobreza y si me da hambre me vuelvo mi propia pesadilla. Sobre esto debo decir que simplemente soy pragmático, me acomodo, finjo estar inmerso en estas dinámicas y si me tengo que cortar el pelo y ponerme una corbata para procurarme un techo y un plato de comida pues lo voy a hacer. Lo he hecho. Pero no es por voluntad, simplemente es parte de lo que nunca termino, la solución momentánea de los problemas, una intermitencia de mientras tantos entre un letargo y otro. Termino lo que estoy obligado a terminar y lo demás lo procrastino eternamente, como si la eternidad exisitiera. No haría la lista de las cosas que nunca he terminado porque, oh sorpresa, jamás terminaría. Por lo demás, en los intersticios de letargo, reflexión, meditación y lapsos en los que me he dedicado a pregonar mi miseria espiritual, he contado con suerte. El plato de comida llega de alguna manera a la mesa y el techo está siempre sobre mí en las noches. En esto me han soportado los afectos, personas que me quieren, me han mantenido. Así de simple.
Entonces, puedo descubrir a través de estas palabras que mi espiritualidad no es más que un mar de dudas, montañas de escepticismo, valles de desolación y rios de incertidumbre, que vivo por inercia y que no saber qué me tiene acá tampoco me motiva para terminar nada porque nada tiene un propósito. Solo soy un hombre lleno de excusas que escribe. No soy más, pero acá estoy, escribiendo y de esto, al menos en este momento, está lleno mi espíritu. Con eso me basta. Mi espíritu es un vacío permanente que no pretende ser colmado, que lleno de nada me permite ser yo, que no sé qué soy ni para qué.
Después de algunos párrafos divagando en un escrito que claramente no va para ninguna parte, no sé cómo terminarlo. Entonces, sencillamente haré lo que hago casi siempre, esta vez sin excusas: no lo voy a terminar.
martes, 24 de julio de 2018
Un alcohólico en el reino del hubiera sido
Vivir en el reino del hubiera sido ya no me resulta tan fastidioso. El tiempo de ocio me ha llevado a repasar millones de posibilidades para imaginar qué sería de mi vida si no estuviese acá, ahora, escribiendo estas estupideces. Y bueno, creo que una de las grandes dudas que me han quedado en la exploración furtiva de esas vidas que no viví, es qué habría sido de mí si hubiera caído en alguna adicción distinta a las que ya me aquejan. Porque soy adicto, por ejemplo, a imaginar tonterías, repasar las formas de los techos, contar las baldosas de los pisos, seguir los vuelos errantes de las moscas, empezar a leer libros que nunca termino, terminar pocas veces lo que empiezo y por último, entre muchos vicios más que no recuerdo ahora, escribir sobre todo ello.
Hace un par de tardes, de esas tardes tardías de verano en el hemisferio norte que duran hasta bien entrada la noche, caminando hacia el supermercado para hacer unas compras, me crucé con un hombre cualquiera. Tendría unos cuarenta y algo de años, como yo, pero se veía un tanto más viejo. Estaba sentado en una banca y miraba hacia la nada con una botellita en la mano. Supuse que tenía vodka o algo así, porque el pedazo de botella que salía de la bolsa de papel contenía un líquido transparente. El hombre tenía las uñas descuidadas y los dedos morados por la fuerza que hacían sobre la botella, como si se le fuera a escapar. Lo miré solo unos segundos, hasta que se dio cuenta de que yo lo detallaba. Salió de su letargo y me miró con curiosidad, como preguntándose por qué carajos yo le miraba. Me sentí avergonzado, le sonreí una fracción de segundo, miré de nuevo al horizonte y se me quedó en la mente el reflejo de su mirada, con unas pupilas tan llenas de nostalgia, melancolía y tristeza, que no lo pude descifrar. Él me siguió mirando, vigilando mi recorrido, cerciorándose de que yo no le volviese a mirar.
Me quedé absorto en la imagen de ese hombre con su botella, en sus uñas descuidadas y sus dedos morados. Seguí reconstruyendo su imagen y desapareció su cara. En su lugar apareció la mía, con la barba descuidada y el pelo largo, ensortijado, desprolijo, como de futbolista intrascendente en uso del mal retiro. Seguí mi camino para hacer las compras pero dejé de recitar en mi cabeza la lista de lo que tenía que comprar para imaginar por un instante cómo sería mi vida si fuese alcohólico, si me hubiera abandonado, si apretara con toda ansiedad una botellita en las bancas al costado de los caminos.
Y allí estaba de nuevo, recurriendo a mi eterna adicción de imaginarme en el reino del hubiera sido, a ese vicio vital, ahora como un alcohólico andrajoso aferrado en una botella sentado en una banca. Asumí el personaje. La primera pregunta que me hice fue ¿Por qué estaba allí sentado, con la barba descuidada y el pelo ensortijado? Seguí con un cuestionario bizarro ¿Qué historia lo puede llevar a uno a su propio abandono? ¿Qué es primero? ¿El vicio que lo lleva a uno al fracaso o el fracaso que lo lleva a uno al vicio? ¿Es realmente un fracaso o es por fin un acto de indepedencia del mundo, de sus prejuicios, sus formas, sus requisitos y sus maneras? ¿Es el abandono de la estética el encuentro con el espíritu, con la inercia de la vida, la reconciliación con nuestros instintos básicos de supervivencia sin más aspiración que la de poder tener esa bendita botellita en la mano y la pretención inútil de que ningún estúpido se nos quede mirando? Ahora era una barba descuidada y un pelo ensortijado aferrado a una botella mirando hacia la nada, pero con muchas preguntas. Y allí estaba la explicación de esa mirada perdida del sujeto que era él, que ahora era yo, en el intento de respuesta a esas preguntas que quizás no tienen respuesta.
Recorrí mis pasos inventados para haber llegado hasta allí. El abandono propio implica el abandono de todo. Entonces, supongo que en un acto de cobardía, después de un momento difícil, una pelea fuerte, quizás, decidí escapar de mi casa, de mi esposa y de mis hijos para entregarme a la nada. En un acto de soberbia y orgullo habré decidido no pedir ayuda y junté todos los pesos que pude para aguantar unos días, quizás unas semanas, antes de que me atropellaran todas las carencias.
Soy un pésimo pobre, detesto la incomodidad, le tengo miedo al frío si no me puedo cubrir, me aterra tener de techo a las estrellas y solo disfruto la intemperie cuando sé que de todas maneras me esperan un plato de comida caliente y una cama mullida. No sé cómo podría sobrevivir sin techo y sin comida. No sé cómo podría buscarme el dinero para comprarme una botella de alcohol si me da vergüenza hasta cruzarme la mirada de los transeúntes y soy un imbécil para pedir hasta lo que es mío. Supongo que la necesidad logra que uno venza todos sus paradigmas, todo su pudor, todos sus límites, y empiece solo a sobrevivir. No sé. La verdad no sé. Soy cabarde hasta para imaginarme en la adversidad, como si le estuviera huyendo hasta en mis pensamientos, pero la reto con estas letras solo para ver qué pasa. El reino del hubiera sido no me permite imaginar cómo haría lo que nunca he estado dispuesto a hacer. Qué precario es este reino.
Entré al supermercado e hice las compras mecánicamente. Casi siempre compro lo mismo. Mientras, seguí recreando mi personaje alcohólico sentado en la banca. Sería tan yo aferrado a esa botellita, tan vacío, tan desesperado, tan perdido, tan desubicado, tan errante, tan confuso, tan... tan solo. Y sería tan distinto, tan ajeno, tan extraño, sufriendo lo que nunca he sufrido. Fui metiendo las cosas en el carrito de mercado y cada vez me pesaba más, como si lo llenara de angustias, como si fuera un costal. Pasé por el área de licores y miré de reojo. Pasé de largo, me volví sombrío por un instante y paré para respirar en un pasillo vacío, sin gente. Apoyé mis manos por encima de las rodillas y me incliné hacia adelante. Estaba exhausto. Ya no sé si pienso en pasado, si escribo en presente o si se me perdió el futuro... Mi corazón latía rápido e inhalé bocanadas profundas de aire. Sudé. Fui por fin hacia la caja registradora. La señora que atiende me miró con curiosidad, yo le sonreí una fracción de segundo y fijé mi mirada en los productos, evadiendo las preguntas, los metí de nuevo en el carrito con prisa, pagué y me fui.
Regresé a casa por el mismo camino con el temor inmenso de encontrarme a ese hombre de nuevo. No sé cómo iba a evitar mirarlo si acababa de verme en él. Lo quería repasar. Ya se había ido. Dejó la botella vacía tirada entre la bolsa de papel a un costado de la banca. Lo sé porque me acerqué lo suficiente. Olía a vodka. Me senté en la banca, saqué una Coca Cola y me la tomé muy lento. Apreté la botella con fuerza pero con cuidado de que no se saliera el líquido. Era de plástico. Seguí mis pasos con la botella en una mano mientras con la otra halaba el carrito de mercado.
La Coca Cola se acabó. Tiré la botella en una caneca.
Mis dedos están morados ahora, mientras escribo.
Siempre estamos persiguiendo nuestra genialidad que se esconde, la oportunidad que no aparece, la inspiración que huye... o añorando todo aquello que ya no somos, que nunca fuimos. Apretar fuerte, lo que sea, es la mejor manera de que no se nos vaya el hilo débil que nos une a la vida. Para ese sujeto era su botella. Para mí, estas letras que no importa cuánto daño me hagan. Me las seguiré bebiendo. Seguiré rompiendo mis falanges contra las teclas así no tenga nada que imaginar. Aunque lo que me imagine sea absurdo. No tengo nada más. A esto me aferro. Como ese hombre a su botella.
lunes, 18 de junio de 2018
Cartapacio de buenas intenciones y la procrastinación eterna.
"El reino del hubiera sido" está conformado por esos lugares y esos tiempos en los que jamás vivimos, pero en donde nuestra imaginación se la pasa elucubrando sobre una vida probable, que pudo ser y no fue, que se extravió en algún hecho puntual de algún momento específico que nos cambió el destino, como si el destino existiera. La vida nace en la más profunda inocencia y se va contaminando con propósitos, con metas, con logros, con un sinnúmero de retos que amargan la existencia, como si estar vivo no fuera suficiente, como si la vida no fuera un fin en sí misma. Entonces nos preguntamos "¿Qué hubiera sido si...?" y surgen un millón de condicionantes que habrían hecho de nuestra vida algo mejor. Porque en nuestro masoquismo existencial siempre pensamos que pudo ser mejor y no peor. Qué hubiera sido si le hubiese hablado a, si me hubiera graduado de, si me hubiera ido para, si me hubiera ganado tanto, si me hubiera negado a, si hubiera accedido... en fin. El reino del hubiera sido es el tiempo que perdemos pensando en la vida que no fue, que ya no es y que no será.
Muchas veces me pregunto cuál es el propósito de mi vida. Esa sola pregunta hace mi vida miserable porque la vida no debe tener propósito. Es una quimera. Estar vivos es todo, no importa cómo ni cuándo ni dónde. La razón nos ha vuelto esclavos de los propósitos porque sin esa maldición hecha mente, vivir como animales sería nuestro amable trasegar, preocupados solo por satisfacer nuestros instintos, necesidades y digna supervivencia sin ese lastre llamado "propósito" que no es más que un invento de la razón.
Y es allí en dónde he descubierto la explicación de mi amargura. En esa mierda opaca y gris llamada "propósito". Ese es el muro en donde muere la calle de mi felicidad. Porque es el propósito lo que nos da valía a los ojos de los demás y de alguna manera determina nuestras oportunidades para vivir mejor o peor. Y es que habiendo trasegado casi cuarenta y cuatro años de esta vida, aún no encuentro el tal propósito y sin embargo sigo vivo, yendo así, impulsado por la inercia de los días, de la rotación y la traslación del planeta, de mis látidos y respiraciones, sin remordimientos y sin vergüenza. Sin propósito.
Porque no le encuentro gracia a los objetivos, a eso de ser "alguien en la vida" como si ya no lo fuéramos al menos algo por el simple hecho de existir. La dignidad, esa etiqueta que nos obliga a guardar las formas, el pudor y el decoro, nos mantiene atados a lo que los demás han establecido como correcto y allí se anclan nuestros sueños, aspirando a lo que otros han logrado en una cadena infinita atada al éxito que es esa cumbre a la que muy pocos llegan sin importar qué cabezas deban pisar para llegar hasta la cima, que al final no es nada, porque la existencia misma es efímera e intrascendente en un Universo en el que somos sencillamente imperceptibles, una partícula cósmica pérdida en el infinito en donde la vida es apenas un destello fugaz.
Mi vida no tiene más propósito que escribir estas letras que a su vez son mi derrota, porque no tienen propósito alguno. Acá solo vengo a descargar mi alma atribulada, a confrontar mi soledad, a tratar de organizar esas ideas desparramadas en mi cabeza que se me van escurriendo por los dedos para terminar acá amontonadas en esta pantalla, mirándome como yo las miro, para decirme que nada he logrado y que sigo solo con ellas y que poco o nada me pueden decir.
Por eso no soy más que un manojo de buenas intenciones perdiéndose en una procrastinación eterna, un cartapacio vacío esperando los papeles que le den sentido a su existencia, como si mañana fuesen a aparecer las respuestas. Y siempre mañana. Cada puto día me siento a mirar hacia la nada en cualquier parte como si una epifanía me fuese a llegar vestida de ángel tocando una lira y recitando cuál es el propósito de mi vida. Y no aparece. Y lo vuelvo a dejar para mañana, y sé que llegaré una vez más a la cita pactada entre mi mirada con la nada, aletargado, después de otra noche de insomnio.
En fin, solo puedo concluir que mi vida no tiene más propósito que estar vivo y aceptar, mientras las canas invaden mi barba y los párpados se me empiezan a venir sobre los ojos, que no seré más que un espectador de los días que lentamente me llevan a ese lugar del que vine, ese lugar del que no sé nada pero que lo será todo, la eternidad de no ser nadie ni antes ni después y de haber pasado por acá, por este mundo, sin un propósito. Mi destino está vacío, mis dedos están cansados y sigo con esta sensación rancia y amarga en la garganta en donde se encuentran mis ideas y mis emociones para librar batallas a muerte en donde se masacran las dos.
¿Cuál es el propósito de la vida de alguien que ni siquiera sabe por qué esta viviendo? No sé. Yo solo escribo y mientras tanto mi cuerpo se dirige hacia aquel lugar a donde iremos todos, los que conocieron su propósito y los que no. ¿Qué sería de mi vida si conociera el propósito de mi existencia? No sé. Quizás, como lo hago ahora, vivir eternamente en el reino del hubiera sido.
martes, 5 de junio de 2018
Tribulación de un corto instante de eternidad
De a poco voy entrando en una logia secreta, tan secreta que ni ellos ni yo sabemos que existimos. No hay estatutos ni reglamentos. Mucho menos jerarquías. Una logia de anónimos intrascendentes, conscientes de su finitud, de su insignificancia, de su absoluta falta de poder en el Universo indescifrable y por lo tanto invencible. Me bautizo en mi ritual de iniciación de nada, de ninguno, de jamás. He decidido renunciar a la posteridad y a la memoria. He decidido no dejar huella, ni herida, ni rastro. He permitido sin resistencia que el tiempo me extinga como el pabilo encendido a la esperma. He elegido ser de la casta de los prescindibles, de los perecederos, de los que fueron sin ser.
Mi legado será el olvido y estas letras delirantes, un destello de sonrisa en algún recuerdo fugaz, una sombra doblando una esquina para perderse en la ciudad. He pasado algunos días repasando las figuras en las baldosas del piso y las vetas en las tablas en el techo. Depende de dónde tenga el desespero y de si la tristeza me bota boca arriba o boca abajo. Otros días me quedo pasmado contando las hojas de los árboles y cuando me entra un impulso de efusividad, respiro profundo y me miro en el espejo con miedo para ver el despunte tímido pero firme de las primeras canas en esta barba descuidada. Me pierdo en mis pupilas buscando una respuesta.
El inventario de mi vida se está quedando vacío. El pasado se humedece y el futuro no aparece. El presente son solo respiros y latidos. Me cuesta trabajo hilar estas palabras como si quisera ser cuerdo. Y no quiero. Me abrazo a la locura que es la única que entiende.
He decidido dejar de luchar y entregarme al viento, que haga conmigo lo que quiera sea brisa, torbellino o huracán. No quiero luchar. Me resisto a mí mismo y me entrego de nuevo a las largas noches de insomnio, a los profundos remordimientos por lo que hice mal, por lo que no hice, por lo que no haré. Me rindo ante esta carga de amargura que es mi alma acurrucada en una esquina.
El vino se está avinagrando en mi lengua y las palabras se hacen aserrín en los dedos mientras escribo. Mejor paro acá.
¿Cuánto tiempo puede durar un nudo apretado en la garganta y una lágrima resistiendo con todas sus fuerzas en la corniza del párpado para no morir en las mejillas?
martes, 23 de mayo de 2017
El diario del pequeño Felipe.
Serán 128 días. 128 días con sus noches en las que nuestro pequeño hijo, Felipe, estará alejado de su madre. Y su madre de él. Y yo con él, cuidando sus noches, sus días y lidiando con la ausencia de su madre, mi esposa, que también me hará falta. La razón de este distanciamiento es muy importante y valiosa, un sacrificio necesario, el precio de un proyecto de vida familiar.
La razón del diario que voy a escribir en un nuevo blog, que se llamará como esta entrada, responde al miedo natural que me surge al asumir este tiempo a cargo del bebé, que es justo cuando más apego tiene con su mamá, lo que hace más difícil llevar la situación y por ello siento que viviremos experiencias de las que vale la pena tener memoria.
Felipe está empezando a decir sus primeras palabras pero hay una que sin duda prefiere a todas las demás: "Mamá". Él sabe que esa palabra le trae cariño, consuelo, confort, amor y una que otra galleta. Yo comprendo que Ángela es el ancla al mundo de Felipe en este momento y que ese vacío es imposible de llenar. Solo espero disimularlo lo mejor posible, de tal manera que él esté entretenido, distraído y ocupado hasta que llegue el cansancio de la noche, el sueño y el siguiente día, hasta que pasen esos 128 días que nos reunirán de nuevo. Además, este será el lapso justo para fortalecer nuestros lazos, para que Felipe sepa que la palabra papá también le será útil en la vida y que estaré tan presente como su mamá en sus días.
Esta historia por demás tiene un personaje que subyace, que está allí presente en el pasado y en lo que son hoy nuestras vidas. Es Nicolás, mi primer hijo, con quién cometí mil errores de un padre neófito y con quién compartí vivir y crecer en la paternidad atípica de un padre divorciado que se valió de mil bastones para poderlo criar. Ahora Nicolás tiene 21 años, que es la misma edad que yo tenía cuando él nació, es el hermano mayor de Felipe y es, para definirlo de manera simple, una buena persona. Son dos historias distintas, pero una me da el ánimo y la experiencia para asumir la otra. Por eso no quiero que pase desapercibido mi hijo Nicolás, que aunque ya está escribiendo su propia historia en la adultez, ha sido, es y seguirá siendo parte de mis entrañas.
En este diario pretendo contar día a día la evolución de mis días con Felipe, no solo para contarle de esta manera esta aventura a Ángela en la distancia, sino para generar diálogos y reflexiones para los lectores con quienes podremos tener una relación interactiva de comentarios y aportes que nos podrían ser útiles para compartir cada experiencia, cada anécdota y cada lucha en este mundo maravilloso de los hijos, la paternidad, la maternidad y la crianza sobre lo que ya hay mucho escrito para nada revelado como una verdad absoluta, porque la crianza es un aprendizaje diario en donde el maestro a veces solo conoce y repite unas pocas palabras. Esta es la situación con Felipe, que acaba de cumplir su mes número 17.
Bueno, sin decir más, el 30 de mayo empezaré con la primera entrada. Esta será nuestra primera noche solos. Espero poderlo dormir sin tantos sollozos y espero poder explicarle que el tiempo tiene la bondad de pasar indefectiblemente hasta que se cumplen los plazos y llegan los reencuentros.
Espero contar con su lectura. Procuraré al máximo escribir todos los días. Algunos días inspirado, otros no tanto, pero cada noche espero estar acá, resumiendo el día, dándome ánimo para el siguiente y así, hasta que llegue ese preciado día 128 en donde empezaremos a escribir otra historia.
A Felipe, todo mi compromiso y amor; a Nicolás, mi total admiración por ser quien es a pesar de mis errores como padre y a Ángela, toda la tranquilidad de que haré mi tarea con todo el amor que nos ha unido y que ahora tiene forma de bebé. A los lectores, mi gratitud por compartir lo que crean útil y necesario para sobrellevar mi reto y el que cada uno y cada una estén emprendiendo en sus propias vidas. Este será un espacio de diálogo y crecimiento que surge de una coyuntura compleja pero afortunada.
Bienvenidos y bienvenidas al diario del pequeño Felipe. Acá encontrarán el blog: http://eldiariodelpequenopipe.blogspot.com.co/ que por supuesto, está por escribirse. Al final todos habremos aprendido algo, quizás mucho, porque la vida es un eterno aprendizaje.
Gracias.
Andrés Felipe.
domingo, 31 de julio de 2016
Decadencia
Esto debe ser lo que llaman decadencia. Un hombre luchando por los últimos vestigios de sus ilusiones. Un sibarita buscando rezagos de talento en un juego de palabras que ya no dicen nada. Una botella de vino que se fue amargando con el tiempo y que ahora sabe igual que la saliva que lo toca. Un cúmulo de promesas incumplidas que ya a nadie le importan, porque ya nadie se siente defraudado.
Ahí se va yendo la vida muchacho, en donde el tiempo lo cura todo hasta que un día te mata. Ahí se va yendo la vida muchacho, en donde tu genialidad se va convirtiendo en locura y la locura en enfermedad. En donde marchitas sin más primaveras. En donde tus días y tus noches tienen un solo sentido: de ida.
Esto debe ser lo que llaman crecer. Cada vez que un niño mata un sueño a la cara le sale una arruga. Y así vamos quedándonos sin sueños y nos vamos llenando de arrugas. La vida pesa y apenas se sobrevive. Cada día me levanto para hacer algo que no me gusta, en lo que no creo, que me aburre profundamente. Pero me pagan y eso es suficiente, porque con ese dinero compro el alimento que me va a permitir levantarme un día más para seguir yendo a ese trabajo de mierda, para seguir muriéndome día tras día solo con el impulso de mis propios pies.
Odio los horarios y las responsabilidades. Odio el dedo acusador que desde la superioridad de su éxito me señala cómo se hacen las cosas bien, cómo se han hecho siempre y cómo se seguirán haciendo.
Vivimos en un mundo de jerarquías absurdas, de lealtades hacia arriba, en donde quién tiene el poder exige esa lealtad pero le pesa su puta soberbia para brindarla con sinceridad. Porque para esos majestuosos seres la lealtad es que el mundo perciba a su ego como ellos mismos lo perciben, como si el mundo les debiera algo, como si fueran lo más preciado del universo... y pues no. Esa gente miserable vive en el globo que otros les han construido lamiéndoles el culo sin más crítica que hacerles ver alguna mota que se les subió al hombro del vestido. Lameculos y agrandados, así funciona este mundo cabrón. Cuántos rostros están apareciendo ahora en mi mente. Cuántos personajes levitando en la burbuja de su propia arrogancia, esperando pleitesía gratis porque sí, porque son poderosos y pueden. Veo un calvo hijueputa, un niño grande con ínfulas de sabio, un par de gordas malditas, un atrabiliario corrupto que en lo más bajo de sus actos decidió volverse evangélico cristiano para hacer de su poder efímero una superioridad moral permanente. Sí, los veo y los recuerdo, escupo esta pantalla y sigo escribiendo.
Esto debe ser lo que llaman sufrir. Levantarse cada día con un vaho rancio en la boca, con una noche mal dormida, con la angustia de no haber cumplido con algo que no le sirve a nadie pero que igual te lo van a pedir porque hay que aparentar. Sufrir es meterse en un vehículo que te llevará ciento cincuenta cuadras en un trancón insufrible hacia la rutina que detestas para ver otras almas grises fingiendo que hacen mucho y peor aún, que lo que hacen es muy importante. Bah, o ja. No sé.
Estoy cansado de fingir. Estoy cansado de mirar a tanto hijueputa a la cara como si les admirara algo, como si de verdad le estuvieran aportando alguna cosa a mi vida. Estoy cansado de ser un cobarde, un hipócrita, un desadaptado que se esfuerza por encajar como una ficha de lego en un rompecabezas, y que sonríe con una máscara llena de arrugas y muerta de sueños.
Solo hay algo que me mantiene vivo: Escribir. Poder coger ese mazacote de venéreas que tengo en mi cabeza y convertirlo en palabras. En estas palabras. Y no escribo para agradar. Escribo para desahogarme, para hacer mis catarsis, para decir con mis dedos todo lo que no puedo o no quiero decir con mi lengua.
Esto debe ser lo que llaman escribir. Tomar los sentimientos por decadentes que sean y traducirlos en algo que sus ojos puedan interpretar. Perdón por robarle sus minutos, perdón si de alguna manera lo ofendí. La verdad no escribo para encontrar empatías. Ni para nada en especial. No escribo ni siquiera para vender. Escribo porque esto es mucho mejor y más constructivo que vomitar. O mejor, es una forma elegante y retórica de vomitar. Perdón si lo salpiqué con pedacitos de letras o flujos de oraciones. Solo pasé por acá a restregar mi decadencia, a raspar el piso, a esnifar mi rabia, a postrar mis ilusiones. Una vez más.
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