La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

lunes, 13 de febrero de 2012

El mundo de los egos


Intenté mil veces escribir una nueva historia, como muchas otras que ya he escrito, en la que YO sea el héroe. Algunas veces he disfrazado mi heroísmo de falsa modestia con algunas líneas que contextualizan sutilmente mi torpeza. Pero hasta mi torpeza resulta ser grandiosa al final. De antemano, sé que este escrito resultará odioso. Y es odioso porque a nosotros no nos gusta el heroísmo de los demás si es real. Nos encanta Superman, Batman, Acuaman, Flash, Linterna Verde y todos esos personajes que nunca podremos ser. Y que nadie más podrá ser. La promoción del heroísmo propio es tachado por los demás como falta de humildad. Así sea obtenido con sobrados méritos.

Aún me retumban en los oídos las palabras de Cristiano Ronaldo (el futbolista, porque habrá alguno más que no lo conozca nadie), que ante la pregunta de un periodista sobre lo que sentía después de un partido en el que fue ampliamente chiflado por el público, sólo atinó a responder en un agrandado español producto de un nativo y agrandado portugués: "Me chiflan porque soy guapo, rico y buen yugador" (sic). ¿Es mentiroso? No. ¿Es insoportablemente arrogante? Sí. Y quizás estas palabras tan poco consoladoras para nuestra pobre humanidad agobiada y doliente le hayan quitado algo de popularidad, hayan perjudicado su de por sí agotada imagen y hayan repercutido en el amor generalizado que se le tiene a Lionel Messi (el futbolista, porque habrá alguno más que no lo conozca nadie) que nunca diría eso. Porque Messi es rico y buen yugador, pero no es tan guapo. Ni tan arrogante. Porque en cuanto a egos lo que se odia de uno, se ama en otro que hace lo mismo.

Es el mundo de los egos. Y para definir el ego no me voy a remitir a los conceptos científicos de Freud o Piaget. Lo haré desde mi propia óptica, la mía, la única y quizás la mejor. Definiré el ego con mi ego. No podría ser más adecuado. El ego es el envase en donde nos cabe el alma. Si tenemos un ego grande, nuestra alma tendrá espacio suficiente para desperezarse, extenderse, brincar, hincarse... en fin, tendrá espacio para moverse. Si tenemos un ego pequeñito, nuestra alma se verá incómoda, estrecha, contorsionada y dolida.

Tener el ego grande no resulta odioso de por sí. Resulta odioso en cuanto se ostenta. Y resulta odioso como todo lo que se ostenta. Podemos tener una casa grande y bonita. Y no pasa nada. Pero si nuestra casa grande y bonita es el único tema de conversación que tenemos, atiborramos a conocidos y desconocidos con las fotografías de esa casa y todas las demás casas nos parecen un asco comparadas con la nuestra, entonces nuestra casa se convierte en una aburrida e insufrible mansión del terror. Además, siempre habrá alguien que tenga una casa más grande, más bonita y mejor. Pronto ese orgullo edificado como fortaleza alrededor de nuestra casa será una ruina y ya nada será suficiente. Esa casa es uno mismo.

Deambulamos en un mundo de egos que se encuentran y se estrellan, que oprimen y se dejan oprimir, que atacan y se defienden, que adulan y se dejan adular, que compiten, que combaten, que se disfrazan y engañan, que se desnudan y seducen. Algunos casan a su ego joven con ese sofisma bien vestido llamado éxito. Ese matrimonio casi siempre se vuelve insoportable y asfixiante. Para estas personas no hay lugar del mundo al que su ego vaya si el éxito no está esperándolos. Y si el éxito se fuese, el ego pronto saldrá con otra en su borrachera de despecho, andrajosa y mal vestida, llamada frustración.

El ego es además el caleidoscopio a través del cual vemos el universo. Según lo giremos, nos dará millones de formas: grandiosas, simples, bonitas, feas, curiosas, misteriosas, confusas o claras. Tan grandes o tan pequeñas como el tamaño de nuestro ego. Y a partir de esas formas pariremos interpretaciones de eso llamado cosmos. Abrazados a nuestro ego, nos sentiremos insignificantes o majestuosos debajo de las estrellas en la noche.

En la vida, los egos de los demás llevarán a nuestro ego como las lianas en la selva sobre eso etéreo llamado gente. El ego tiene esa facultad maravillosa de hablar de la "gente" como si uno no fuera gente. El ego nos despersonaliza, nos hace superiores, mete a todos los demás mortales en un costal lleno de "gente", unos bichos todos iguales que piensan poco y hacen las cosas mal. Así pues, uno puede juzgar a la "gente" de muchas cosas: gente sucia, gente pobre, gente inculta, gente aburrida, gente abusiva, gente vaga, gente mala, gentecita... Todo lo que uno no es porque su ego no se lo permitiría. El ego crecido puede lograr que ese envase gigante en donde cabe el alma se llene de prejuicios. De basura.

El ego es nuestra cuarta dimensión. Todo tiene algo de ancho, algo de largo, algo de profundo y algo de nuestro ego. Y todo será tan ancho, tan largo y tan profundo como nuestro ego quiera. Hasta que otro ego lo debata. Hasta que otro ego nos derrote. Hasta que otro ego nos imponga su ancho, su largo y su profundo. Es decir, hasta que otro ego nos la clave.

El ego nos hace únicos. Pero ante ese inmenso proyector de los humanos que sólo hace visible a los famosos, seremos poco, seremos nadie. Nuestro heroísmo en la calle está limitado por este mito farandulero al recorrido de nuestro nombre y nuestra imagen entre los otros egos. Pero la fama en sí misma esta vacía del ego propio. Es un ego falso invadido por imaginarios colectivos. Ese no es el ego propio.

Por eso mantener el ego crecido, limpio y ordenado es importante. Por eso verse en el espejo y sentirse un héroe no es arrogante. Es necesario. La medida del amor que nos pueden dar no es más grande que la medida del amor propio. Para enfrentar un mundo lleno de egos agrandados no se puede hacer nada distinto que peinar el de uno todos los días para salir a la calle. Pasearlo con orgullo, sin miedo, sin complejos, aunque siga habiendo egos que nos quieran someter. Estamos en un mundo en el que es nuestro deber sentirnos guapos, ricos y buenos yugadores. Sin decirlo. Sin ostentarlo. Pero sintiéndolo de corazón.

Por eso me refugio en estas letras silenciosas para susurrar al espejo que YO soy el héroe de mis historias, que me llamo Andrés Felipe Giraldo López, el que nadie conoce, porque el guapo, rico y buen yugador, es Andrés Felipe Giraldo Bueno. Y le dicen: "Pipe Bueno".

miércoles, 11 de enero de 2012

¿Qué es la muerte?



Soy un tipo más bien neurótico, en extremo irritable y no me puedo guardar con una mueca lo que no me gusta. Tengo la lengua demasiado larga para lo que puede soportar el cerebro y debo reconocer que hablo mucho más sin pensar de lo que pienso sin hablar. En uno de esos episodios de verborrea histérica por alguna ida de luz, de agua o de teléfono que suceden con frecuencia en la vereda en donde vivo, expresé mi inconformidad como si se hubiera apagado el sol, como si se hubieran secado los mares y los ríos y como si la única comunicación posible en el mundo fuera a los gritos. Mi mamá, que en estos episodios me mira con curiosidad científica, sólo atinó a decir: "La cercanía con la muerte no lo cambió". Yo, llevado por el impulso de la lengua que sólo seguía el compás de una mirada exorbitada de loco, sólo respondí: "Porque lo que me dio fue peritonitis y me hicieron una apendicectomía, no una lobotomía. Ahora todo el mundo cree que porque casi me muero ando como una güeva apreciando con gratitud todo lo malo que me pasa". Y con un azote de puerta terminé la discusión. Mi madre sólo refunfuñó algo que no recuerdo y remató con un típico "¡Grosero!".

Desde ese instante me he estado cuestionando sobre la importancia de la muerte para la vida. Ya me lo había cuestionado antes sin respuesta cuando en agosto de 2011 estuve a punto de morir por una peritonitis aguda. Y esa falta de respuesta me llevó inevitablemente a nada, a seguir con la misma vida que llevaba, a ser el mismo imprudente, impertinente y grosero ratón de laboratorio que le hace pensar a mi madresita que mi cercanía con la muerte fue todo un desperdicio.

Pero no he podido dejar de pensar cada tercer noche mientras me duermo, en qué es la muerte. Siempre he creído que los hombres como especie han sido creados para temer a la muerte ¿Por qué? No sé. La muerte es una pregunta sin respuesta. Y la razón, esa locura inventada por Dios para que administremos su obra como quien le da las llaves de su negocio al más borracho e irresponsable del pueblo para que le atienda el bar, nos reta permanentemente a cuestionarnos sobre ese particular, a buscar respuestas inútiles porque la muerte no tiene respuestas.

"Nacer es empezar a morir" dijo, según algunos, Gautier. Está bien. Ya sabemos qué es nacer. Ahora ¿Qué es morir? Porque, evidentemente, morir no es terminar de nacer. Es terminar de vivir. Y vivir es ese espacio limitado entre el nacimiento (o la concepción según la godarria) y la muerte. Un espacio en el que se sabe el principio, lo celebramos cada año con una fiesta o al menos un agasajo. Pero el final... el final nos atormenta. Es desconocido y de antemano triste. "Lo único que no tiene solución". Es decir, el único gran problema. El acertijo, el enigma, la incertidumbre, lo desconocido, lo irresoluto... en fin. La muerte no tiene respuesta.

Aunque un católico nos hable del premio mayor de los idiotas, "El Reino de los Cielos", especialmente reservado para pobres y sumisos, y un Testigo de Jehová nos torture con la promesa de la vida eterna sin problemas, la paila infernal del aburrimiento perpetuo (¿Para qué diantres se levanta uno de la cama sin problemas?) la verdad es que nadie ha vuelto de esos maravillosos lugares para corroborar estas tentadoras ofertas. "Creer es un acto de fe", de acuerdo con la religión. La que sea. Pero uno le tiene que creer a uno que no ha visto en lo que cree. Es decir, la fe es una cadena de estupidez que se pasa de generación en generación. No hay tatarabuelo que haya visto nada de lo que el bisabuelo dice que el abuelo debe creer. Sin embargo, seguimos creyendo. Pero yo me debo rebelar para decir so pena de condenarme al infierno en el que tampoco creo, que la religión no tiene la más remota idea de lo que es la muerte. Sin embargo, aparentar que lo sabe le ha reportado jugosos dividendos derivados de quienes les creen sus pamplinas sobre qué es la muerte. Porque la muerte da miedo. Y saber qué es da la administración honorífica del miedo. Y uno por miedo da plata. Es una forma velada de sacar el cuchillo del atracador que no pide plata sino miedo. Miedo a la muerte y a todo lo que pueda venir después de ella. Por eso no me dejo atracar más. No me dejo atracar más de estos ladrones de sotana y biblia o disfrazados de pastorcitos mentirosos con ovejas que cantan y alaban su desgracia. Con todo respeto, prefiero que me atraque el del cuchillo. Por lo menos el tipo es honesto a la hora de atracar.

Después de toda esta disertación cargada de confusión, incredulidad y algo de rencor, todo dentro de un proceso de depuración después de haber sido formado en una fe católica recalcitrante de la que sólo me quedó la sensación de que Jesús fue un tipo buena onda engañado por este frenesí de tener que creer, que a pesar de todo lo que le pasó, sirvió para renovar el engaño, sigo sin comprender, saber ni entender qué es la muerte.

¿Por qué mi madre estaba tan esperanzada en que la cercanía con la muerte me iba a cambiar? ¿Qué tiene la muerte que lo puede cambiar a uno? Que yo sepa y por lo que he visto, la muerte sólo cambia carnita por huesitos y huesitos por polvito. Y el proceso de nacimiento funciona al revés: Polvito, huesitos y carnita. La muerte sólo cambia a los vivos. El que muere sólo se va. Y cambia su espacio por un vacío enorme que le duele a quienes lo habían querido. Es decir, la muerte automáticamente se convierte en dolor para unos, en alivio para otros. Y eso casi siempre tiene que ver con la bondad o maldad del finadito. Con el tiempo la muerte se convierte en historias. Modestas algunas, la mayoría, como aquellos que entierran en la fosa común como N.N., legendarias otras, la minoría, como Carlitos Gardel, al que aún le prenden el cigarrito en la mano a su estatua en el cementerio de Chacarita.

Pero la muerte no se resuelve en el simple acto en el que el cuerpo prescinde de la vida. Para Platón, por ejemplo, con la muerte el alma se liberaba del cuerpo. Esto sobre el supuesto de que el cuerpo era una cárcel para el alma. Es decir, para Platón la muerte era el magnífico vencimiento de la condena del alma para salir en libertad ¿Pero a dónde sale el alma libre? ¿Está el cosmos lleno de almas libres divagando por ahí entre estrella y estrella, saltando de galaxia en galaxia, jugando al tobogán en los agujeros negros? En otras palabras ¿Para dónde rayos se va el alma? Platón puede tener razón. La misma razón del cura, del pastor, del testigo o del agnóstico. Sobre la muerte todos tenemos teorías absurdas. O acertadas. No lo sabremos. Sólo hay una forma de saberlo. Y esa forma no habla, no respira, no gesticula, no se expresa, no retorna. Esa forma está muerta, es la muerte. Es la forma perfecta de conjugar el verbo ser y estar. Se está muerto o se es muerto. Da igual.

Pensar en esto, en qué es la muerte, es la forma más inútil de perder el tiempo. El tiempo, ese pabilo en extinción constante que quema la vida. Nadie se acerca a la muerte realmente si no es para morirse. Por más milagrosa que parezca la gambeta que se la haga a la parca para evadirla, algún día nos hará una tapia de la que no nos podremos levantar. Algunos contaremos que estuvimos cerca de morir, contaremos lo profundo que nos cambió esa experiencia hasta que nos dimos cuenta de que ya pasó. Y cuando creamos que ya pasó, vendrá de nuevo disfrazada de tragedia para cambiarnos por polvo. Al final de toda esta divagación, cual alma levitando en el firmamento, sólo puedo decir al mejor estilo socrático que sólo sé que nada sé. Que acabo de perder unas horas más en esta agonía eterna. Porque si Gautier tiene razón, la vida es un parto continuo o una agonía constante. Y la muerte... bueno... la muerte sólo es una permanente incógnita de la que nadie ha vuelto para contarnos. "Jesús resucitó" dirían los cristianos. Pero de ser así, vino sólo por algunas cosas que se le quedaron y prometió regresar. Como promete uno con una sonrisa hipócrita al conserje del hotel barato en el que mal nos atendieron. Y Jesús de la muerte no dijo nada. No dijo ni siquiera si de verdad había muerto. Sólo vino a regañar a Tomás por incrédulo, el único sensato, y se volvió a ir. Sin dejar rastro, teléfono o dirección. Lázaro, resucitado por Jesús, tampoco habló nada del asunto. Dio las gracias y se volvió a morir.

La muerte es la muerte. No es nada más. Puede ser la vida eterna. Pueda que no. Puede ser la liberación del alma. Pueda que no. Puede ser el fin de todo. Pueda que no. Puede ser la reencarnación. Pueda que no. Puede ser todo lo anterior. Puede ser nada de lo anterior. La muerte... qué es la muerte. La muerte es lo único cierto que encierra todo lo incierto. La muerte va más allá de los confines de la ciencia que por pretenciosa que sea tiene unos confines bastante estrechitos.

Madre: La cercanía con la muerte no me cambió porque no me dio respuestas. No me dijo qué era ni para qué servía. No me dijo nada mientras rondaba por los pasillos del hospital. Quizás le habló a un par de enfermos que no volvieron a hablar. Entonces no sé nada de la muerte, no sé por qué no me cambió, no sé por qué te respondí feo, no sé por qué sigo siendo este vago divagante que vive histérico arrastrando una lengua inmensa pegada de un cerebro chiquito. No sé nada madre. Sólo sé que lamento haberte ofendido. Porque lo único claro que tengo ahora es que a ti te debo la vida. La muerte... la muerte no se la debo a nadie todavía.

martes, 29 de noviembre de 2011

CARTA ABIERTA A TIMOCHENKO


Cota, Cundinamarca, noviembre 29 de 2011.

Señor

Timoleón Jímenez

Alias “Timochenko”.

Comandante de las autodenominadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC – EP).

Frontera Colombo – Venezolana.


Deplorado señor:

He leído con atención la carta que usted le ha enviado al señor Presidente de la República, Juan Manuel Santos. (Lea acá la carta) En primer lugar, quiero aclararle que yo no soy seguidor del señor Presidente y que, por el contrario, me siento como uno de sus muchos contradictores. Sin embargo, comprendo que él no responda a su carta, porque como sea, él representa la legitimidad de un Gobierno y de una democracia con todo y sus defectos. Él encarna el Gobierno que han elegido las mayorías y por lo tanto respeto su investidura, aunque yo también sienta repulsión por el establecimiento que representa. Y no creo que un Estado legítimamente constituido, con todo y sus vicios y males, deba rebajarse a responder una carta tan insulsa y cínica como la que usted se ha atrevido a escribir. Por eso le respondo yo, aunque no me lea. Aunque no tenga la autoridad ni la investidura para que me escuche. Aunque sólo soy un ciudadano más, como tantos otros, que no entiende su cinismo y su crueldad, su tozudez y su desparpajo.

Yo soy de las personas que siente que en Colombia es necesaria una revolución para modificar el statu quo. De los que cree que hay que mover todas las herramientas democráticas para lograr un país más justo y equitativo. De los que piensa que las utopías son posibles con base en la solidaridad y en la identidad de clase. De los que piensa, como pensaban los revolucionarios románticos de antaño, que es posible construir un país mejor, más incluyente, menos injusto.

¿Pero sabe cuál es el principal obstáculo que los idealistas como yo encontramos Timochenko? Fíjese que no es el establecimiento que nos oprime. Fíjese que no son las élites que nos explotan. Fíjese que no es la corrupción rampante de los políticos que nos toca elegir y reelegir en todas las elecciones. Fíjese que no es la Fuerza Pública y las armas coercitivas del Estado. Contra eso nos tenemos que enfrentar sí, pero eso lo sabemos, contra eso luchamos y para eso nos formamos y nos armamos intelectualmente.

El principal obstáculo son ustedes Timochenko. La guerrilla de las Farc que usted tan soberbiamente comanda. ¿Por qué? Porque ustedes deslegitimaron la lucha revolucionaria, tiñeron de sangre los ideales de libertad e igualdad, perdieron el norte ideológico y se dedicaron a secuestrar, a robar, a extorsionar, a asesinar y a traficar. Todo en nombre de una revolución que ya nadie les cree. Y además de eso, nos estigmatizaron a nosotros que sin asesinar y sin secuestrar queremos un país más equitativo y más justo.

Ustedes lograron que todo deseo de cambio sea criminalizado. Ustedes lograron que cualquier expresión de izquierda sea mirada con temor y desconfianza. Ustedes lograron que mansamente nos pleguemos a las élites que nos oprimen porque el enemigo común de la sociedad son ustedes. Ustedes pasaron de representar a un campesinado pobre y desamparado a ser los mayores y más despiadados criminales de la historia patria.

Está bien. No son mejores los terratenientes que acaparan la tierra o los magnates empresariales que acaparan la riqueza, los monopolios y los oligopolios que tienen a más del 50% de los colombianos en la pobreza. No son mejores los malditos paramilitares que masacraron a los pocos campesinos que ustedes dejaron vivos. No son mejores las Fuerzas Militares cuando amparados en su poder atropellan al pueblo. No son mejores. Pero en ellos no teníamos ninguna esperanza. Pero en ustedes Timochenko, por allá en los años 60´s y 70´s, la sociedad entera vio una ventanita hacia la revolución, la equidad y la justicia social. Y ustedes se encargaron de ir matando esa esperanza poco a poco. Perdieron el arraigo en el pueblo y se dedicaron a delinquir como viles forajidos sólo para satisfacer sus propios intereses. Se les olvidó la gente, se les olvidaron los pobres, se les olvidó la ideología y se convirtieron en los más feroces victimarios de quienes decían defender.

¿Cuál igualdad Timochenko? Cuál igualdad si su estructura jerarquizada les da a ustedes los comandantes el vil derecho de oprimir a sus propios subalternos. Les da derecho a acostarse con las mujeres de los guerrilleros rasos como en el más odioso esquema feudal. Cuál igualdad si ustedes los comandantes duermen en camas cómodas pasando la frontera con Venezuela mientras los combatientes están echados sobre un plástico en un charco en la zona de guerra. Cuál igualdad si ustedes tienen todos los privilegios que les dan los narcodólares mientras los muchachitos que ustedes reclutan a la fuerza están con las botas rotas y comiendo lentejas todos los días. ¿Cuál igualdad Timochenko?

Y ahora ¿Qué libertad están defendiendo? ¿La de los miles de secuestrados que tienen en condiciones infrahumanas, la mayoría de ellos civiles inocentes que ni siquiera comprenden qué buscan ustedes como guerrilleros? ¿La libertad de los que ustedes llaman “prisioneros de guerra”, policías y soldados uniformados y oprimidos como ustedes a los que tratan como mercancía, que los tienen por años y años secuestrados sin la más mínima conmiseración y de los que se deshacen masacrándolos sin la más mínima consideración? ¿Esa es la libertad por la que ustedes luchan Timochenko? ¿Esos son los valores revolucionarios sobre los que se sostiene su ideología?

Qué poco tienen para ofrecerle a una sociedad como la nuestra Timochenko. Qué poco aportan y qué daño tan grande le hacen a esta sociedad de por sí jodida. Por qué no deja de escudarse detrás de un fusil y de sus cordones de seguridad para sentirse hombre, por qué no deja de esconderse entre los matorrales y viene a responderle a la sociedad como debe. Por qué no deja de mandar carticas pendejas evocando a Jesús, como si usted mismo lo fuera, cuando Jesús jamás empuñó un arma para convencer a nadie y jamás ordenó una matanza ciega para vengar su muerte como lo hace usted, y más bien afronta como un valiente, valiente de verdad, el daño que le ha hecho a esta sociedad que no lo quiere y no lo necesita.

Timochenko, por qué no comprende que los colombianos no lo apreciamos y que, por el contrario, hemos aprendido a odiarlo a usted y a todas las Farc, a pesar de que sabemos que muchos de sus miembros son muchachitos llevados a la fuerza sin saber por qué matan o por qué mueren. Por qué no deja de ser todo lo que odia y cito textualmente lo que usted dice para que se identifique: “pretender exhibirse como modelo de civilización”, “ostentar poder y mostrarse amenazante y brutal”, “sólo los ogros más malvados suelen actuar de ese modo”, “Matar salvajemente a un ser humano, con métodos notoriamente desproporcionados, para pararse sobre su cadáver y señalar a otros que les tiene reservado el mismo tratamiento”, “Sólo las mentes más enfermas y enajenadas pueden sentir alguna simpatía por Adolfo Hitler”.

Por qué no acepta Timochenko que usted es todo eso, todo lo que odia. Y si no lo cree, le tengo un dato: Nosotros los colombianos, o al menos yo, ciudadano del montón, sí lo creemos. Usted es un tipo cínico, despiadado, cruel y tremendamente loco si no se está dando cuenta de que usted es todo lo que odia.

Todos nos tenemos que morir Timochenko, todos. Y eso lo sabemos. Pero nosotros los colombianos nos queremos morir después de ver crecer a nuestros hijos y cargar a nuestros nietos. No amarrados a un palo en lo profundo de la selva secuestrados. No por una bomba miserable que no discrimina a quién asesina. No por no pagarle la extorsión para que usted mantenga sus vicios y sus bajezas más mundanas. No por atrevernos a decirle que su revolución es un asco y que usted como revolucionario es un fiasco. No queremos morir por eso Timochenko. Queremos morir como se muere en los lugares en donde hay justicia y paz. De viejos o de enfermos. O porque nos estrellamos en el carrito que con esfuerzo compramos sin que ustedes nos lo roben.

Así que, Timochenko, si sigue en su empeño de declararle la guerra a toda la sociedad, porque ya no está luchando contra un establecimiento opresivo y corrupto sino contra toda una Nación llamada Colombia, le sugiero que le cambie la sigla a su movimiento, lo que quiera que sea. Entienda que ya no son Fuerzas, porque las Fuerzas necesitan respaldo y ustedes no lo tienen. Por lo menos no de este lado de la frontera. No son Revolucionarias porque nadie más que usted y sus colegas comandantes, son los que más profundo e irreparable daño le han hecho a la revolución. La han deslegitimado. No son de Colombia porque en Colombia nadie los quiere y ocupan un espacio geográfico acá por terquedad y sometimiento, en contra del deseo de la población, de quienes en realidad merecemos llamarnos colombianos. Y muchísimo menos son el “Ejército del Pueblo”, porque el pueblo no tiene ejércitos y porque ustedes no han hecho sino maltratar a ese pueblo sometiéndolos a eternas zozobras y tristezas. Quédense sólo con la A de armadas, arrogantes, anacrónicas, altaneras, abigeas, anquilosadas, arpías y asesinas. Solo les queda la A de agonizantes. Y es mejor que deje morir a las Farc si usted quiere vivir Timochenko. Porque todos tenemos que morir Timochenko, pero nosotros no tenemos por qué aguantarnos que usted nos siga matando. No más Timochenko. Así no más. Suelte las armas y respóndale a la sociedad. O respóndame a mí si quiere. Pero le digo con convicción que yo ya no le tengo miedo. Ni respeto. Ni nada. Sólo desprecio y un inmenso pesar. Es lo que usted se ha ganado. Es lo que merece.

Entreguen las armas y devuélvanos la revolución Timochenko. Nosotros merecemos un país mejor y ese país no lo representan ustedes. Ustedes sólo representan lo que los colombianos odiamos: El cinismo de quién en nombre del pueblo nos llena de luto y tristeza. Ustedes son la misma muerte. Y si es verdad que todos tenemos que morir Timochenko, empiece matando a las Farc como organización. Porque ya no existen más que en el rechazo y la repulsión de todos los colombianos en general y el mío en particular.

Sentidamente,


Andrés Felipe Giraldo López.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El Talento de mi hijo.


Volver a escribir sobre mi hijo es recordar ese texto en el que relaté muy detalladamente toda esa sensación horrible que invadió mi ser cuando lo golpeé, estando él muy chiquito. Afortunadamente para mi impunidad él no se acuerda. Desafortunadamente para mí, no se me olvida. Pero bueno, ya ha pasado mucho más de una década y han pasado muchas otras cosas como para que ese fuera un recuerdo recurrente. Y en todo este tiempo nos hemos visto crecer.

En el proceso de crecimiento de un hijo, por lo menos en mi caso, existe una curiosidad persistente por saber qué talentos tiene. Algunos padres un poco más inquietos le están destrozando los tímpanos infradesarrollados a sus fetos con música de Mozart a todo volumen con la esperanza de que el bebé traiga consigo un Stradivarius. A esta tortura la llaman "estimulación temprana". Yo no estimulé a mi hijo. Ni temprano ni tarde. Mi estimulación temprana consistió en que no me pillara ebrio, que no me viera llorando mientras me separaba de su madre o de vez en cuando jugarle fútbol porque desde que nació yo ya me sentía viejo para andar arrastrando carritos. Tampoco le leí cuentos porque prefería hablarle sobre la vida y sus demonios en un tono tan lúgubre que le ayudaba a dormir. Sé que no fui un padre ejemplar. Aunque yo prefiero pensar que simplemente no fui un padre prototípico o convencional.

En este sentido, creo que los talentos que desarrolló mi hijo son su mérito. Los logró solito sin ninguna guía. Sin ninguna inspiración de mi parte. Mis aportes fueron materiales. Como esos padres poco sensibles que creen que lo material lo cubre todo. Así fui yo. Le heredé una organeta vieja a la que sólo le compré las pilas. Y por supuesto, un balón, ese regalo misterioso a los pies del arbolito de navidad al cuál se le puede dar patadas incluso sin quitarle el papel.

A partir de esos dos aportes, materiales y fríos, mi hijo empezó a desarrollar sus propios talentos: El fútbol y la música. Debo alegar en mi defensa que soporté estoicamente esos conciertos eternos de notas rechinantes y la musiquita de fondo de las organetas o "ritmos" que llaman, origen de la insulsa música electrónica. También colaboré con tardes de fútbol intenso enseñándole a mi muchachito la única jugada que sabía hacer bien: La chilena. Hasta que me disloqué el codo y decidí no seguir fanfarroneando con él. De resto, él siguió haciéndose sólo. Jugaba fútbol al rebote con las paredes y trataba de imitar las notas de las canciones que escuchaba en la radio en su pequeña organeta. Así fue madurando mientras yo seguía mi vida arrastrando los lastres de mi inmadurez.

Nunca fui consciente sobre sus avances. Y nunca hubo plata para meterlo en clases particulares de algún instrumento o algún deporte para hacer de su talento una carrera. Pero él seguía dándole a la organeta y al balón. Hasta que acabó con los dos. Entonces pidió una guitarra y un balón nuevo. Y yo seguí haciendo lo más fácil. Dándole lo material. Le compré una guitarra fina para así obligarlo a que la cuidara y un balón ahora sí de fútbol, porque lo otro era una pelota de cualquier cosa que servía para darle patadas.

Poco a poco ese sonido agudo y disonante fue tomando rasgos de melodía y me demostró empírica y técnicamente que lo que yo creía que era una chilena sólo era caerse para atrás y por casualidad pegarle al balón. Poco a poco fui tomando consciencia sobre el desarrollo silencioso y vertiginoso que había tenido mi hijo.

Uno de los primeros gestos ególatras de un padre orgulloso es creer que su hijo le heredó algo relacionado con sus talentos. No fue mi caso. En mi caso fue una grata sorpresa y mayor desconcierto no saber cómo hizo mi hijo para desarrollar un talento musical y otro deportivo de los cuales carezco completamente. Pensé en los talentos de su mamá. Pero ni música ni deporte. Su madre es talentosa para el baile, la pintura y las manualidades. Pero la música o el deporte no están en el menú. Y mi talento musical no me da ni para tocar bien un timbre. El que mejor me sonaba era el del apartamento de un amigo que hacía parecer como si el edificio estuviera echando reversa al ritmo de "la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar". Y como futbolista me refugié en el arco. En ese cálido espacio debajo de los tres palos. Culpable de todos los males pero el que menos corre. Era a lo que estaba acostumbrado en mi vida.

Mi hijo iba creciendo mientras yo daba tumbos. Por cada caída mía el afinaba mejor una nota. Le llegó la adolescencia hace unos años y dejó a un ladito el balón para abrazar la guitarra con más fuerza. En ese proceso de crecer, que es ir desechando todos los sueños para aferrarse a uno, optó por la música. Y no se conformó con la guitarra sino que empezó a "darle a los tarros" como le dice a tocar batería. Y su ritmo y coordinación eran sencillamente impecables. Sus primos lo abrigaron con más melodía, con amor de hermanos y poco a poco la música se convirtió para ellos en una religión. En la mejor religión. Esa religión en la que se reza meneando la cabeza y moviendo las manos pero sin fanatismos ni falsos profetas. En la que el único mesías se llama Rock’n’ Roll que sólo pide que el devoto se ponga de rodillas para culminar el éxtasis de la interpretación. Esa religión que hace familia alrededor de una banda. En donde las estrellas no señalan ningún lugar sagrado sino que se apoderan de sus sueños, haciéndolos a ellos mismos estrellas.

La música se convirtió en el idioma de mi hijo. Su talento le ha dado un lugar privilegiado en el cosmos. Porque la tarima lo llama sin pretensiones. Sin ser el niño angustiado que se sube al escenario para someterse al escarnio de un público ávido de tragarse aspirantes. Él disfruta su música, la hace sin mirar el entorno, mientras hace temblar los tarros la melodía corre por sus venas y tiene explosiones fantásticas de adrenalina que lo vuelven sublime, majestuoso, grande.

Es una tendencia generalizada de los padres que creamos que nuestros hijos son los mejores. Y así debe ser. No sólo es nuestro derecho sino nuestra obligación. Y para mí Nicolás es el mejor. No porque no haya mejores tocando la batería o la guitarra. Sino porque elaboró sus talentos con paciencia y disciplina que no tiene para nada más. Porque encontró su vocación más allá de las tareas y los desafíos que impone el sistema. Porque ha descubierto un espacio de bondad que se traduce en notas, decibeles, armonía, coordinación, empalmes, banda y rock ‘n´roll.

No es un buen estudiante. Le cuesta trabajo concentrarse para entender qué dice la historia, en dónde quedan los lugares que señala la geografía, se enreda con las factorizaciones, la biología y la química se le complican y sus notas académicas no son tan buenas como las musicales. Pero qué importa. Para qué es la educación. Para formar eruditos o para formar seres humanos. De qué le sirve saber tanto si lo que le gusta saber, si lo que necesita saber, si lo que lo llena y lo hace feliz no lo resuelve la calculadora ni los libros sino sus "tarros" y su banda. Y mi objetivo como padre no es llenarlo de conocimientos insulsos. Mi objetivo es que sea feliz. Pero el sistema hace que la felicidad esté muy cerca del fracaso. Y mantiene al talento arrinconado por el conocimiento. Él me lo ha explicado desde su frustración y yo se lo he replicado desde el realismo que va de la puerta de la casa hacia afuera.

Ahora comprendo que él desprecie todo lo que no lo hace feliz. Porque el sistema lo está obligando sin motivarlo. Le tiran ecuaciones y millones de datos que él no sabe para qué le sirven. Que no hacen que Breaking the Law suene mejor. Y al final de cada período le tiran unas calificaciones horrorosas, para que él sienta que está haciendo las cosas mal. Sistema educativo de mierda. Está ceñido a un pensúm de fábrica fordista. De formación de seres humanos en serie. Homogéneos, grises y aburridos. Llenos de datos, fechas, fórmulas y conocimiento sin alma. La genialidad es vocacional, no académica. Y el talento es natural, no se enseña, sólo se perfecciona en la medida en la que el gusto lo vuelve disciplina y constancia.

Ahora entiendo a mi hijo. Comparto su aversión por el estudio y su vagancia. Porque entre un libro de matemáticas y una guitarra, él prefiere la guitarra. Y a mí también me suena mejor su guitarra que su libro. Pero él debe entender que si queremos derrotar el sistema tenemos que infiltrarlo. Succionar lo mejor de él y aprovecharlo para nuestro beneficio. La estrategia no es abandonarlo y luchar contra él desde la desolación del aislamiento. La estrategia es ser feliz a pesar del sistema. Aprovechar que ahí se encuentran más soñadores presos de la escuela con los que se puede volar. Y que finalmente esos reos son sus amigos de banda, sus bandoleros.

Al sistema hay que engañarlo. Hacerle creer que somos parte de él. Dejar nuestras huellas impregnadas en sus aulas que parecen jaulas y sacar de ahí los cartones que nos abren las puertas de nuevas cárceles que seguiremos infiltrando. Hacer menear las gafas, los lapiceros y las batas de laboratorio al ritmo del Rock ‘n´Roll como un grito de revolución que se va carcomiendo las bases de esta educación para abrirle paso a las alas del talento.

Entonces, hijo, no pienses que cuando vas al colegio vas a una tortura de ocho horas de aburrimiento. Piensa que es tu misión encubierta en la que estás dejando tu marca de resistencia, rebeldía, cambio y revolución. Tu música es tu arma y cada vez que le das a los tarros el sistema tiembla a tus pies. Comprende el por qué de las matemáticas. Pitágoras creó música con las matemáticas y dedujo, con base en fórmulas matemáticas, que la música es "la perfección del Universo". Que la historia te ha traído a este siglo, en el que la revolución más que un sueño es una forma de vida. Eres un privilegiado por eso. Que vale la pena saber que estás en Colombia, en un potrero de Cota haciendo sonar tus tarros. Para que cojas el mapamundi y te imagines en Papúa Nueva Guinea con tu banda, ese grupo de reos que conociste en colegio, esperando para salir al escenario. Ningún conocimiento sobra así no te haga falta.

Haz tu tarea de infiltración bien hecha. Deja tu legado en los cientos de personas que te rodean y te admiran. En los de primaria que te ven como el grande. En los mayores que te ven como lo que les hubiera gustado ser en el colegio. Aprovecha tu talento para derrotar el sistema. No dejes que el sistema derrote tu talento. Sé inteligente y date cuenta de que no es tan difícil. Y que si bien el sistema educativo es una mierda, ahora es el camino más expedito que tienes para llegar hasta donde quieras llegar. Tú eres el infiltrado, yo soy tu cómplice. Gana tu libertad entre los barrotes del sistema para demostrarle a esta fábrica de individuos que es el talento el que hace buenos seres humanos. Yo te ayudo. Pero dame la mano. Y ponte a estudiar.

domingo, 16 de octubre de 2011

La historia de la novela que no he escrito.


Siempre que considero que soy un escritor, me asalta la sensación de que miento. Y miento por una razón muy sencilla. Para ser escritor hay que escribir algo. Y yo he escrito muchas cosas, pero no he escrito nada. Porque no he escrito ninguna novela. Y un escritor sin novelas es como un árbol con flores pero sin frutos. Las novelas consagran a un escritor. Y como yo no tengo escrita una mísera novela, seré lo que siempre ha dicho mi padre de mí con mucho orgullo pero con una sinceridad que hiere: Soy un escribidor.

El primer intento que hice para escribir una novela me remonta al año de 1994. 20 años, soltero, apuesto y con un gran espíritu de escritor. Me senté al frente de un Apple con formato Macintosh. No existía aún, por lo menos para mis ojos, Microsoft y todos sus hermosos programas. Así pues, avancé 16 páginas de una historia maravillosa. Era imposible que mientras escribía no dejara de imaginarme el estrellato. Un escritor joven, soltero y apuesto publicando una novela magistral que relataba la historia de Colombia a mediados del siglo XX, la llamada “época de la violencia” a través de los ojos de un anciano que relataba su propia historia.

Era un viejo a quien los primeros brotes de violencia de los 20´s le habían arrebatado a su mamá siendo aún un niño, además, era un hijo natural, por lo tanto no tenía un padre conocido. Esto lo había obligado a crecer sin hogar, sin nombre y sin religión. Y esto lo había llevado a no tener padres sino patronos, a no tener educación pero sí formación, a no tener credo pero sí odios. Aprendió a hacer de todo en las fincas de los grandes hacendados desde muy joven. Trabajó tanto y tan duro que la gente decía de él que “trabajaba como un chucho”. Así obtuvo su primer nombre: Jesús, que fue complementado con una cédula fraudulentamente obtenida para votar en las elecciones de 1950 por Laureano Gómez, porque su patrón de turno era conservador. Así le llegó el apellido Echeverry, sin segundo apellido. Jesús Echeverry me contó su historia y yo la hice novela. Ya había relatado sus orígenes, cómo el capataz de la finca violó a su primera novia, una niña de 14 años a la que él cuidaba celosamente para que fuera su mujer toda la vida y cómo esto le generó un resentimiento perpetuo con sus superiores que desembocó en que se volviera guerrillero en 1951 uniéndose a las guerrillas liberales de la época. Y cómo en esta condición mató al patrón que lo obligó a votar por Laureano.

Un forajido resentido relataba una época vivida por millones de forajidos resentidos. A través de sus ojos yo contaba la historia. Jesús Echeverry nació en mi mente y yo le di vida, nombre y hechos. Y esto estaba siendo una novela maravillosa, mi lanzamiento al estrellato prematuro, el inicio de una carrera brillante de escritor consagrado.

¿A alguien le han formateado el puto disco duro? ¿A alguien le formatearon el puto disco duro en 1994? En 1994 la expresión “Back up” no era ampliamente difundida entre los ingenieros de sistemas. Los diskettes, esos discos de la prehistoria informática debían guardar la información celosamente. Pero el más mínimo toque con un imán, acercarlos al calor o que los cagara una paloma, los hacía inevitablemente inservibles para siempre y su información irrecuperable. Para no hacer largo el cuento de esta desgracia, la empresa en la que yo trabajaba mandó a ampliar la memoria de todas sus unidades de computador. Y entre esas unidades estaba mi pichón de novela. Una mañana prendí mi computador y el encendido era mucho más moderno. Pero no aparecía mi archivo por ninguna parte. “Jesús Echeverry” ya no existía más. Y nadie daba razón. Sólo unas palmadas en la espalda y el reproche sutil por no haber guardado el archivo el cual había guardado en un diskette. Pero ese maldito diskette lo puse encima de un bafle de un equipo de sonido y el maldito bafle tenía en su interior un enorme imán (lo supe ese día) y me había borrado toda la información. Lloré, sí… lloré… lloré y bebí aguardiente esa noche para olvidarme de Jesús Echeverry, de su patrón conservador y de su novia violada… lloré a Chucho hasta que me emborraché… ese día, entre tragos me prometí no volver a escribir una novela… perder esa novela, aunque no lo crean, fue peor que la terminada con mi primera novia que casi me mata… mi primer gran amor literario se había ido. Ese que me había prometido la fama y la consagración como escritor joven, soltero y apuesto. Maldito Chucho hijo bastardo… no dejó la menor huella. Te habría dado un funeral de lujo después de nuestra charla… pero me abandonaste… Chucho Echeverry… mi primera decepción literaria.

Sin embargo, como en el amor, las promesas eternas sólo duran hasta que llega un nuevo amor. Hice mi segundo intento para escribir una novela en el año 2004. Menos joven, menos soltero y menos apuesto, inicié mi segunda aventura literaria. Fue la historia de un jugador. Mi propia historia disfrazada en tercera persona. En realidad saqué de mí los pensamientos y sentimientos y los metí en situaciones que viví a medias o que no viví pero pude haber vivido. Una historia de un irresponsable que pasaba del remordimiento al cinismo en un ciclo eterno. Pero esa historia no creció. Se colgó a las 35 páginas cuando el final me sorprendió. O quizás lo precipité, porque no era una historia grata. Ese cínico irresponsable remordido era yo mismo. Y yo mismo no me soportaba. Por eso terminé la historia que quiso ser novela pero quedó en estado embrionario, abortó y nunca vio la luz. Pero por ahí anda publicada en este blogcito. Esporádicamente alguien se equivoca y la lee. Pero no es una novela. En el mejor de los casos es un cuento largo. Desde ahí las novelas se desaparecieron de mi mente.

Me dediqué a escribir crónicas, mi fuerte. Ese estilo en el que sólo hay que recordar hechos que llevaron a otros hechos de cosas que realmente pasaron. Y eso hice. Recordar y escribir. Por fin mis letras conocieron los ojos de esa masa etérea llamada público. La Revista Número, por recomendación de mi gran maestro Alberto Salcedo Ramos, me dio un voto de confianza y me publicó un par de crónicas. Con una de ellas gané un premio nacional de periodismo. Es decir, de letras estaba bien, pero una novela no asomaba en mi imaginación.

Y ahí ha estado ese reto inconcluso e incumplido en mi vida, en mi pretensión para ser escritor. Cada vez soy menos joven, menos soltero y menos apuesto. Y ese escritor brillante y precoz de los 20 se quedó pasmado, aún cumpliendo su promesa de no escribir una novela jamás. Y ahora no sé cómo salir de este letargo literario para lanzarme a escribir una novela de verdad. No ubico la historia, los personajes, la trama… me falta imaginación. La tragedia de cualquier artista. Un pintor que no imagina no sale del tedioso bodegón. El músico no sale de las mismas partituras que por más hermosas que sean, son de otros. Suenan lindo, pero suenan igual. Y así… y ahora quiero imaginar una historia.

He tratado de revivir a Jesús Echeverry pero no he podido. Ya no es lo mismo. Ya no me cuenta igual su historia y cada vez resulta menos interesante su vida. Preferí dejarlo ahí, perdido, quizás muerto. Jesús Echeverry murió definitivamente en un accidente informático. El jugador ya vivió lo que tenía que vivir. No se puede alargar la historia porque la historia nunca se alarga. La historia es. Así sean las historias inventadas.

Por eso mi reto ahora no es resucitar al bastardo Chucho o alargar las aventuras del jugador. Ahora el desafío es inventar una historia. Imaginar, tan sólo imaginar. Quizás, reconstruir la historia del tío Rafa de mi padre. Un zapatero esquizofrénico del que no tengo mayor dato. Sólo que iba a matar a mi abuelo y que no lo mató porque quién trató de disuadirlo terminó muerto antes. Que Rafa terminó en Sibaté, loco. Nada más. Quizás me invente un romance entre María Franco, mi bisabuela, de la que sólo sé que era una cantante soprano italiana que murió en un accidente de tránsito poco antes de una presentación en Roma, y Ramón Burro, una leyenda de Anserma, el pueblo de mis viejos, caracterizado por ser supremamente fuerte y supremamente tosco. Pero no queda el menor rastro de la historia de mi bisabuela italiana y aún menos de Ramón Burro… pero sólo sus nombres son suficientes para inventar una historia, un romance, una novela: “Ramón Burro y María Franco”.

No sé de dónde voy a sacar esta novela. A veces me detiene pensar que va a ser mala de entrada. Un fracaso de comienzo. Una historia sonsa y aburrida. Y me abstengo de empezar, derrotado de antemano. Tan poca fe me tengo…

Pero otras veces pienso que tengo que empezarla, que no importa si es sonsa y aburrida, que quizás para ser mi primera novela, un experimento, no importa cómo salga y que el sólo hecho de que salga ya sería suficiente logro. Y me entusiasmo…

Hoy estoy en ese punto. Siento que quiero hacerla y que no me importa el resultado. Si hay resultado, será bueno, así sea mala la novela. Y me lanzo a pensar de cara al paisaje de las montañas de Villeta que se ven desde la casa de mis padres. Y me imagino las mulas de Ramón Burro atravesando el páramo mientras María Franco lo extraña en Roma, sentada al lado del Río Tíber, añorando esos brazos de Ramón después de haber tenido una aventura con él en su breve paso por los pueblitos de Colombia, con su función carnavalesca, de los años 20. Otras veces me quedo explorando la mente dañada del tío Rafael enfurecido con mi abuelo Ramón, el único comprador de sus pésimos zapatos, pensando que lo ha robado toda la vida pagando su trabajo a un precio muy malo. Con el revólver en la mano buscándolo para matarlo cuando apareció el señor Grajales para disuadirlo y terminó muerto.

Imagino todo el día. Repaso lo que imaginé en la noche. Y ahora estoy decidido a escribir esa novela. Ya no me importa el éxito prematuro del prodigio de 20 años, de lo apuesto que me podría ver con mi novela en la mano o qué tan soltero o casado pueda estar. Ahora sólo me interesa lanzarme a esta aventura literaria de escribir una historia de largo aliento. De llevar una historia por los caminos de mi creatividad. Darle tiempos y lugares mágicos, acuñarle frases que me suenen inmortales y comprometerme a terminarla. Por eso me he comprometido conmigo mismo a darme ese regalo de cumpleaños. El 11 de julio de 2012, a mis 38, quiero tener en mis manos esa novela. No tengo plata para publicarla pero ya convencí a mis hermanos de que hagan una vaquita y me publiquen unos ejemplares, para vender entre conocidos y amigos que al menos de pena me la compren.

Le pedí a Angelita, mi esposa, que me haga el mercadeo entre sus amigos para que llegue un poquito más lejos. Y así. Así se quede en las bibliotecas de los libros que nunca se lean, voy a hacer mi novelita. Le daré vida a unos personajes que hasta ahora me estoy inventando en unos escenarios que aparecen en mi cabeza. En una época que no es esta época, en un lugar que no es este lugar. Voy a escribir mi novela con la extensión de una novela. Le haré tantos “Back ups” que su título podría terminar siendo “Back Up” y ninguna modernización informática me lo va a arruinar.

Seré cada vez menos joven, más casado y menos apuesto. Pero le apuesto a este proyecto y les pido su buena energía. Esa que todos los días me mueve los dedos para seguir escribiendo. Se viene la novela. Se viene la metamorfosis del “escribidor” al “escritor” así como el gusano se convierte en mariposa.

Estoy haciendo la promoción de una novela no escrita, prometiendo una fecha de lanzamiento en un típico arranque de irresponsabilidad. Pero acá voy. Voy a hacer mi novelita ¡Y carajo!, espero que cuando la saque me la compren.

sábado, 17 de septiembre de 2011

Conversación con el Dios que me inventé


Hola Dios. Esta es una conversación más contigo. Como todas las anteriores. Yo te hablo y yo no sé si Tú me escuchas. La verdad, no sé ni siquiera si en realidad existes. Pero yo he decidido inventarte, hacerte a mi imagen y semejanza, que escucho atentamente aunque parezca ausente. Ya me persigné, que es como mi forma de marcar tu número. En un dial que va de mi cabeza a mi pecho. Y tu extensión es la 2046. Supongo que estás al otro lado de la linea. Atento.

Te llamé para decirte que opté por no dudar de tu existencia porque creo que Tú pusiste en duda mi existencia. Sí, casi me muero, y como buen católico, me acordé de Ti justo cuando es innecesario. Cuando ya no le podemos hacer bien a nadie. Comprendí muchas cosas en el lecho de enfermo. Comprendí que tienes métodos un poco crueles para recordarnos quién está al mando. Está bien, lo acepto, Tú estás al mando. Y te agradezco esta nueva oportunidad en la tierra. Pero creo que debemos establecer las condiciones de nuestra relación. Porque si bien Tú me puedes llevar cuando quieras, yo puedo desinventarte cuando yo quiera. Pero como no voy a dudar más de tu existencia, esta será la última vez que haga esta amenaza.

Para empezar, quiero que nuestra relación no se llame "religión". La religión es una congregación de idiotas que no se inventan un Dios. Se inventan un dogma para hacer en nombre de un dios cualquiera lo que se les da la gana. Lavan cerebros, extorsionan conciencias, piden dinero, reúnen incautos, gritan, oran, vociferan en masa atraídos como las mariposas por el fuego y la historia nos dice que matar es una costumbre natural en quien defiende su religión. Yo no quiero una religión. No quiero más idiotas al lado mío recitando oraciones escritas como planas de escuela. No quiero vecinas mojigatas envueltas en pañoletas discretas. Putas de noche, santas de día. No quiero procesiones de multitudes siguiendo misterios, ni ritos de domingo que me interrumpan el fútbol. Quiero un contrato exclusivo. Sólo Tú y yo. Tú eres mi Dios. Yo soy tu creyente. No hay iglesia ni templos, no hay ritos ni monjes, no hay biblia ni mandamientos. No hay comunidad ni religión. Sólo Tú y yo. Yo creo en ti. Sólo yo. Nadie más. Y como no hay religión no trataremos de convencer a nadie más. Porque no hay más cupo. En nuestra relación sólo cabemos los dos.

No hablaré contigo de rodillas ni agacharé la cabeza para buscarte. No seré sumiso. Pero seré humilde. Creeré en tu poder, pero no en mi debilidad. Seguiré cuestionando tu perfección y Tú seguirás insistiendo en ella. Tendrás todo el tiempo para escucharme y yo creeré que cada vez que te hablo me escuchas. Dejaremos de llamar a los errores pecados y no habrá confesión ni culpa. Habrá reflexión y cambio. Y por supuesto, nuevos errores. Pero no más pecados. Esa palabra no estará en nuestro diccionario.

Sobre la creación del Universo, del hombre y su destino entablaremos discusiones en las que tendrás que aceptar los argumentos científicos. El resto serán especulaciones. Tan válidas las tuyas como las mías. Pero dejemos ya el cuentico de Adán y Eva, de Caín y Abel, de la serpiente y la manzana... nadie te pudo haber ridiculizado más al inventar tanta babosada. Sobre Jesús diremos que fue un buen hombre, tan hijo tuyo como yo, con un contrato que sólo Tú y Él conocieron. Tan válido y fructífero como el nuestro. Pero su perdurabilidad en la historia y su influencia en la humanidad es su mérito. No tuyo.

Sobre tu eternidad, omnipresencia y poder, Tú tendrás el monopolio de las respuestas. A mí la verdad no me molesta. No me interesan las respuestas. Con la certeza de que existes el resto no me importa. Como no me importa si existen universos paralelos o que hay en el interior de los agujeros negros. Procuro no matarme pensando en lo que nunca voy a saber. Entonces no perdamos el tiempo en ello. No le hablaré de ti a mi hijo. Le insinuaré que trate de encontrarte pero si no te encuentra no lo desampares. Él es una buena persona. Creo que no te debe interesar nada más. Si andas pendiente de cuántos y por qué creen en ti, sumarás soberbia a tu arrogancia y te darás cierto tufillo de estrella que no sale con tu bondad.

Nuestra relación no se basará en la convicción irreflexiva llamada Fe. Se basará en la Fe que es la convicción reflexiva de tu existencia. Convicción cimentada sobre la experiencia, el diálogo, los mensajes claros y cifrados que nos hemos cruzado. Como los que sentí mientras moría y Tú no me dejabas morir. Esas experiencias nuestras, íntimas, son las que llamaremos Fe. Y esa Fe no tendrá manuales ni interpretes. Será el voto de confianza mutuo que perpetuará tu existencia en mí y mi existencia en Ti.

Por supuesto, no edificaré templos para adorarte. De hecho, no pienso adorarte. Pienso amarte, contar contigo, tenerte presente en mi vida y acudir a ti cada vez que te necesite. Pero no te voy a adorar. No voy a asistir a espacios fastuosos y casi ofensivos con las necesidades inmensas de la gente para demostrarte mi amor. Mi templo será el bolsillo en el que te cargue siempre. Cambiaré el altar por un árbol bonito, una roca extraña, un arrollo o una quebrada, el pastizal que queda detrás de mi casa o el escritorio desde el que te estoy conversando.

Tu trascendencia en la historia será eso. Historia. No alabaré a los inquisidores que en tu nombre católico masacraron a los herejes. No alabaré a los musulmanes que en nombre de Alá masacraron a los católicos. No alabaré tu versión judía que en tu nombre masacran palestinos. No alabaré tu versión evangélica que en tu nombre vacían los bolsillos de los más desesperados. Ninguna versión tuya dada por la historia será tu versión autorizada. Sólo existe una versión tuya autorizada para mí. Esta. Esta que toma forma cada día entre Tú y yo. Esta exclusiva que no tiene historia ni religión, ni templos ni curas, ni espacio ni tiempo, más allá que el que ocupa mi insoportable levedad del ser.

Y sabes que estas condiciones son tan invariables como el clima en Bogotá. Sabes que Tú tienes el poder para cambiarlas cuando quieras y que yo tengo la soberbia para hacerlo también. Que seguramente Tú las cambiarás por mi bien y que yo las cambiaré por mi mal. Pero este contrato es vivo, dinámico, mutable... como Tú, como yo.

Tú dependes de mí, porque yo te inventé. Yo dependo de Ti, porque Tú me creaste. Vivimos en una simbiosis permanente de dependencia mutua. La diferencia es que Tú puedes vivir sin mí mientras yo sólo puedo aparentar que puedo vivir sin Ti. Pero bien sabes que no puedo, que no quiero, que eres la invención más preciada de todo cuanto pude haber imaginado. Estamos atados en este lazo exclusivo que nos une de punta a punta, el Uno al otro. Eres mi Dios y por lo tanto no te impongo. Pero tampoco te presto. Construimos nuestra relación cada día y la profundizamos en momentos límite como ese cuando la muerte me rozó. Eres parte de mi filosofía, de mi Fe, de mi ser, pero nunca de mi religión, porque sabes que lo sé, la religión es para idiotas. Y no me has hecho idiota y no te seguiré como si lo fuese.

Te he inventado para convencerme de tu existencia y me has creado para algo que sólo Tú sabes. Algún día me lo dejarás ver. O no. No importa. Me conformo con que estés y que estés al otro lado de la linea cuando te marque. Ha sido un placer conversar contigo. Como siempre.

lunes, 22 de agosto de 2011

¡¡¡Oyeeeee!!! Te hablo desde el Hospital...


¡¡¡Oyeeeee!!! Te hablo desde el Hospital... muchas veces nos creemos más preparados para la muerte que para la enfermedad. Sabemos con certeza que vamos a morir, pero no sabemos si algún día nos vamos a enfermar. Y este es el verdadero reto de la vida. Porque este templo que parece inexpugnable llamado cuerpo, a veces nos recuerda que somos unos seres débiles y vulnerables, flojos y temerosos. Y las enfermedades están ahí, para recordarnos que no somos superiores a la naturaleza, que en cualquier momento estaremos sentados en la taza del inodoro con los ojos encharcados rogando por un pedo que nos alivie, lo que en otro momento no nos llenaría sino de vergüenza, en esa presunción de orgullo que sólo le sirve a la soberbia.

Ahora, me ha tocado a mí. Nunca estuve más de un día en un hospital y siempre pensé que eso sólo era cosa de gente enfermiza y paliducha, hipocondriacos eternos, cobardes de los virus. Pero no, el hospital es un lugar para recordarnos cuán tenue es el hilo que nos une a la existencia.

Buenos Aires, mañana dominguera. Todo comenzó con un dolorcito, como empieza todo mal. Dolor de panza normal de domingo en la mañana, suficiente para resolver con una sal de frutas en agua para que la vida siga su rutina. Como todo dolorcito que va encendiendo alarmas, subió y subió y subió. En la noche ya era un manojo de temblores. Los retorcijones me volvieron a formar como un feto acurrucado en el vientre del mismo infierno. Como mal bombero en gran incendio, el instinto me llevó a llenarme de analgésicos, como si ocultar el dolor acabara con el mal. Atacar el dolor sólo logra que la enfermedad se expanda mientras llenas tu cuerpo de mentiras.

En la madrugada, ya estaba como un ente deambulando buscando un hospital. Llegué al Hospital Fernández, bien reputado pero mal atendido. Estuve sentado con cara de perro hambriento durante dos horas y nadie se asomó para ver si había algún enfermo. No tuve más remedio que irme, abrazado por el intenso frío porteño de madrugada entrada la mañana. Tomé un taxi y regresé a mi casa. Me tragué un par de laxantes para que la mierda fluyera como manantial de expiación de demonios internos y tomé más analgésicos para mantener drogados a esos malditos. Otra vez me acurruqué como un feto en mi soledad, rogando por una mano que me sobara la barriga, pero sólo hallé la mía porque la incertidumbre de saber quiénes son los verdaderos amigos pasmó mis dedos para marcar a cualquier parte.

Lunes de mierda. Literalmente. Mierda por los laxantes, mierda por el dolor, mierda por la soledad, mierda por no saber qué hacer con un cuerpo cada vez más inútil y postrado. Más buscapina para lograr dormir. Los sueños fueron crueles. Parecía como si engañara a la humanidad dentro de una incoherencia en la que fingía que estaba enfermo pero lo disimulaba tan bien que nadie me creía, nadie me atendía, a nadie le importaba. Despertaba revolcándome, buscando una posición cada vez más contorsionada que me permitiera amainar el padecimiento pero sólo lograba un nuevo giro insoportable de sufrimiento. Así pasé todo el día. En la noche, ya agobiado y casi inmovilizado por las terribles punzadas de dolor, otra vez me embarqué a buscar un lugar de atención, armado de la plata que tenía y de las tarjetas de crédito para que no pensaran que era la economía lo que me llevaba a evitar una atención digna. De todas maneras volví al Hospital Fernández, por si de pronto esa imagen de insensibilidad infinita era sólo un espejismo. Pero no. Esta vez si había alguien en la recepción. Una chica desagraciada, insípida y vulgar, me miró como si fuera un contribuyente pagando un impuesto atrasado. Si al caso me escuchó que le dije que estaba enfermo desde hace dos días y que necesitaba atención. Para mi cara de perro nada mejor que una cara de perra. Me miró de soslayo y sólo rebuznó: Hay que esperar al menos tres horas para ver si alguien lo puede mirar. Sin más, tomó unos papeles y fingió como que yo no estaba allí y entendí por qué el vidrio de atención de ese lugar es blindado. Sólo provocaba escupir a esa recepcionista fría y distante, funcionaria pública promedio de la mediocridad latina. Sin pensarlo y con mucha rabia me largué a un lugar en donde al menos mi tarjeta de crédito pudiera conmover.

De nuevo tomé un taxi hacia la única clínica privada que conocía, la Sacre Coeur (Sagrado Corazón) y descubrí que su nombre hacia referencia a que sólo atendían problemas cardiovasculares. De allí salí a la Clínica Palermo, en donde me dijeron que sólo me atendían con una obra social. No entendí ¿Qué era yo? ¿Una obra civil? En ese momento me sentía como una obra de alcantarillado en mal estado, pero igual, tuve que seguir buscando.Salí caminando, con el frío y el dolor más infame hasta la Clínica San José. La bienvenida fue: La consulta cuesta 100 pesos. Sin dudarlo saqué mi identificación en ese momento: Un billete de 100 pesos argentinos. Al cabo de un rato una doctora me atendió. Desde el primer momento me disuadió para no permanecer mucho tiempo en esa clínica. Parecía más angustiada por mi billetera que por mi salud. Y me reiteraba que cualquier tratamiento o atención en aquel lugar era venenosamente caro. Pero yo no quería dar más vueltas y le pedí que los exámenes que me tuviesen que hacer los hicieran allí. 236 pesos más por una ecografía, una radiografía y exámenes de laboratorio. Recorrí el recinto de extremo a extremo con ese dolor insoportable para que cada técnico hiciera lo que tenía que hacer. Sacar sangre, tomar la muestra de orina, tomar las placas de radiografía y por supuesto, la ecografía. Un residente joven, compatriota colombiano, pasó el sensor del ecógrafo por una media hora más o menos en la que conversamos largo y tendido. De entrada me dijo que el apéndice se veía bien, que creía que era un problema de alguna obstrucción intestinal que con líquidos se resolvía.

Esperé resultados y otra vez me senté retorcido del dolor a esperar la lectura de esos papeles y láminas. La doctora se demoró una hora y media más. Los 100 pesos ya estaban en las arcas de la clínica y la lectura de los resultados no incrementaría un mango más. Después de un tiempo apareció y me dijo que aparentemente tenía "un proceso infeccioso" pero que no era apendicitis. De nuevo se angustió por mi billetera, me dijo que una internación en San José era impagable y que lo mejor era que me fuera a un hospital público. Renegué con el hígado sobre el Hospital Fernández y me dijo que el Hospital de Rivadavia era mejor. Llamó a una doctora amiga que tenía a otra doctora amiga en la guardia del Hospital de Rivadavia y me dieron una notica de presentación y sus mejores deseos para que me atendieran. Cogí mis papelitos y me fui, otro taxi, otro trayecto, más dolor.

Llegué al Hospital de Rivadavia con la desesperanza adquirida en el Hospital Fernández. Pero me atendieron sin espera. Entregué la nota y fue como una orden para los doctores que allí se encontraban. Pasó la doctora amiga de la doctora de la Clínica San José, el cirujano y la Jefe de Residentes. Esta última me dijo que podría ser una gastroenteritis aguda, pero que como había pasmado mi organismo con analgésicos y antiespasmódicos, no podían hacer bien el diagnóstico. Me dijo también que me tenía que ir a casa a tomar muchos líquidos y esperar dos días para ver si mejoraba, de lo contrario, debería regresar. Me paré de la camilla. Otra vez salí a la gélida noche porteña con mi dolor a buscar un taxi que me llevara de vuelta a esa casa vacía. No soportaba ya el dolor, no soportaba ya la soledad.

Llegué al apartamento vacío y como un niño asustado llamé a mis padres en la madrugada. Cinco de la madrugada en Colombia, siete de la mañana en Buenos Aires: "Mamá, me duele mucho, por favor manden a Ángela para que me cuide, no aguanto más esto sólo, no puedo más, no puedo vivir más así, ayúdame mamá, ayúdame". Mi mamá se asustó, por primera vez perdió la compostura y el optimismo y llamó inmediatamente a Ángela, mi prometida, mi ángel, mi luz, para coordinar su viaje esa misma noche.

El dolor amainó a la espera de que llegara Ángelita. Esa noche dormí intermitentemente aguardando con ansia la llegada de mi futura esposa. A las 10 de la mañana en punto sonó el timbre y yo sentí que me llegó la vida. Comprendí que sólo el amor hace a las personas inseparables y que en ese instante estábamos ensamblando dos almas a la eternidad. Vi el resplandor de sus alas y el brillo de su sonrisa que iluminaba hasta las costas de África. La abracé, lloré, me entregué a su regazo y a sus cuidados. Inevitablemente me sentí mejor, pero no era mi cuerpo, era mi alma la que irradiaba ese bienestar. Mi cuerpo seguía decayendo sin que yo me diera cuenta.

Ya era miércoles. La dieta de Clight de manzana mejoró por cuenta de Ángela a punta de crema de calabaza, crema de espinaca, merluza al horno, pollo en caldito... cómo no me iba a mejorar... el amor estaba en mi comida y la sensación de bienestar regresaba. Pero en las noches las alarmas se encendían. Un dolor profundo y quedo me arrasaba las entrañas. Entraba al baño cada hora y no era más que una danza de nada. Un poquito de agua barrosa y nada más. Mi intestino se negaba a aliviarme y yo sentía como ese excremento me inundaba hasta la razón. Dolor, sólo dolor. Así pasó el jueves también, con leves intentos de mejoría pero nada, todo seguía atrofiado en mi interior. Yo sentía como si la mierda se estuviera estancando como si fuera llevada por mi intestino como un Transmilenio en hora pico. Un poquito salía y mucho más subía.

El viernes tomé la decisión de ir al Hospital de nuevo. La sensación de mejoría era sólo eso, una sensación, motivada más por la alegría de ver a mi amada que por una reacción real favorable del cuerpo. A punto de salir, desapareció mi DNI (Documento Nacional de Identificación) de Argentina. Traumatizado por la atención en Colombia, en donde si uno no aparece con la cédula, la declaración de renta y un fiador con finca raíz no lo atienden, decidí postergar nuevamente mi ida al Hospital. Esa noche me quedé en casa, resignado. El mismo viacrucis. Incursiones al baño para ver cómo mis intestinos no trabajaban. Pensando para dónde estaría yendo toda esa materia fecal dispersa en mi cuerpo. Me sentía literalmente como una mierda andante. El dolor era insufrible y llegó lo inevitable: El delirio. Ángela me contó que yo preguntaba en dónde estaba, que si tenía hijos, qué quién era ella y qué hacía en mi cama. Ella respondió todas mis preguntas con paciencia infinita, pero no pudo dejar de reír cuando le reproché por decirme que si me iba a casar con ella por qué no tenía anillo de compromiso. Fue un bumerán de idiotez porque he evadido ese obsequio convenientemente esperando la oportunidad económica de brindarle algo decoroso.

El sábado mejoré súbitamente. Otra vez la comida, amenizada con un poquito de arroz y pollo al horno me devolvieron la ilusión de bienestar. El fútbol de la selección sub -20 me hizo dispersar un poco. Pero con la noche llegó de nuevo el dolor, las lamentaciones, las peregrinaciones eternas a la taza para suplicar que una masita consistente abandonara mi cuerpo. Pero nada, más agua barrosa en porciones de copa aguardientera era todo lo que mi cuerpo podía excretar.

El domingo decidí regresar al Hospital, sin documento, sin nada, con mi cuerpo enfermo que creo era suficiente para llamar la atención de un Hospital. Y así fue. Al cabo de una hora de espera entré a la sala de consulta. Conté todo el cuento, casi fielmente como lo he relatado acá. El cirujano entró y me dijo algo que recordaré toda mi vida: "Te voy a hacer un tacto rectal". Mi virginidad anal desaparecería en un instante. Sacó una pomadita, me embadurnó el orto y ¡suácate! Tenía un dedo explorando mi recto y yo apenas lagrimeaba. No sabía si suplicarle un besito al doctor, que me diera su número telefónico para invitarlo a un café para hablar de este episodio con calma. Pero no, sólo me dijo que sentía que era apendicitis. Por primera vez me habían hecho el diagnóstico adecuado.

Inmediatamente me ordenaron nuevos exámenes: Laboratorio, radiografías y ecografía. Esta vez todo coincidió. El apéndice estaba como una pelota de ping pong y había que sacarlo ya. Me prepararon para el quirófano. Me empelotaron y me pusieron un gorrito ridículo, un batón que me dejaba las nalgas al aire y unos zapaticos de tela. Entré y el anestesiólogo me dijo: Te vas a dormir. Hasta ahí me acuerdo.

Cuando desperté, Ángela estaba llorando desconsolada a mi lado. Yo sólo atiné a preguntar medio dopado: "¿Todo salió bien?" Lloró aún más fuerte con lo que supe que no todo había salido bien. Entre sollozos me explicó que el apéndice se había perforado, que había hecho peritonitis y que todo estaba más complicado de lo que parecía. Que me pude haber muerto. El dolor empezó a emerger dentro de mí y pasé del letargo a la histeria. Tenía una sonda metida en mi nariz que llegaba hasta el estómago. Tres sondas gruesas salían de mi barriga cual trompas de elefante y llegaban a tres tarros que se llenaban de un líquido sanguinolento y aguado y varios catéteres entraban en mis venas. Una sonda más salía de mi uretra, un conducto del que jamás pensé que le pudiera entrar algo, cuando aveces me costaba que saliera ese fino hilo de orín. Pero allí estaba, tendido, más conectado que una consola de sonido en fiesta de 15. Supe entonces que estaba grave, que esto iba a ser largo y que todo lo que pensé iba a pasar en unos días a punta de jugos y sopas sería una larga y dolorosa convalecencia. Además, con pronóstico reservado porque mi interior estaba lleno de líquido necrótico que no sólo estaba muerto sino que me estaba matando.

Y lloré. Lloré porque siempre me creí invencible frente a las enfermedades porque eso sólo le pasa a los enfermos. Lloré por haber sido tantas veces desagradecido al despreciar mi vida y todo lo que Dios había hecho para dármela. Lloré porque sentí cuánta falta me haría el mundo y sus encantos que en mi eterno pesimismo y negatividad había vuelto opacidad. Lloré por mis padres, mis hermanos, mi familia y mis amigos. Lloré por mi hijo, porque no sabría qué sería del mundo de él sin mí, de mi cielo sin él. No sería mundo, no sería cielo. Lloré por Ángela, por el matrimonio al que no iría, por los hijos que no tendríamos, porque no tendría vida para devolverle la vida que me había dado. Lloré porque la muerte me tocó el hombro y me habló y comprendí que no debo jugar más al existencialista protanatos si no quiero que Tanatos me esté recordando la severidad de su hoz.

Ángela se fue mientras yo recobraba mi consciencia. Luego llegó Leo, mi amigo chileno. Se sentó al lado mío sólo para decirme en su particular acento que todo iba a estar bien, que me recuperaría, que ya había pasado lo peor. Sentí que un amigo estaba al lado mío, que me abrigaba con su consuelo. Eso me dio una tranquilidad infinita. Se fue y me trasladaron de la sala de recuperación a una habitación. Es una habitación de cuatro camas, cada una con su mesita de luz y una gabetica. Todo lo que necesitaba para estar mejor. Cama 20, junto a las camas 17, 18 y 19. Cama 17, un operado de una hernia que no duró ni dos días. Cama 18, un tipo con un absceso en el ano, doloroso pero de rápida recuperación. También se fue. Y cama 19, un adulto mayor, con un palmarés impresionante de títulos y logros académicos que le exponía a cada enfermero y cada médico que quería descrestar. Mientras ellos trataban de descifrar por qué tenía sangre en sus deposiciones él argumentaba que él era dueño de su cuerpo, que sólo él podría saber qué le pasaba, que sólo él era digno de descubrir sus males. Que sólo él. Era un hombre tan aferrado a su ego de antiguas glorias que sólo se había quedado. Se fue peleando con los médicos, acusándolos de ignorantes e incapaces. Se fue sólo y nunca supo qué tenía. Ni los médicos. Ni yo. Sólo se llevó un ego enorme que lo estaba rompiendo por dentro. Así me quedé en una habitación de cuatro camas para mí solito.

Las enfermeras llegaron una a una a cuidarme. Cada una me llamaba por mi nombre, el que menos me dicen pero el que más estoy queriendo por cuenta de todo el cariño que me dan acá: "Andrés, cómo seguís, te vas a mejorar, te vamos a cuidar, vas a estar bien". Y todo lo han cumplido. Han estado conmigo todo el tiempo. Los médicos son sumamente profesionales, como se ven en las series serias de televisión, en donde el paciente no es un número sino un reto frente a la vida por la que ellos mismos dan su vida. Me hacen las curaciones, me miman, me animan. Poco a poco me han ido desconectando. Me quitaron la sonda que iba de la nariz al estómago y fui feliz. Me quitaron uno de los tarros que salían de mi barriga. Antes parecía un carro de recién casados, arrastrando los tarros para que hicieran ruido contra el piso de la calle. Ahora llevo sólo dos, dignamente, colgaditos pero silenciosos. Sólo tuve un leve incidente con esa detestable sonda que salía de mi uretra. Por alguna razón se tapó. Pero las enfermeras creyeron que era que yo no estaba haciendo chichí y decidieron darme diuréticos. Así pues, el líquido empezó a salir en cascada hacia una sonda obstruida. Se colapsó la sonda y mi glande empezó a inflarse cual globo de agua. Grité en medio del desespero de pensar que mi pene quedaría como una crispeta. Llegó la enfermera y movió un poco la sonda, el glande escupió con fuerza el último centímetro de esta maldita unión y una explosión acuosa, amarillenta y turbia mojó mi rostro, el uniforme de la enfermera, la cama, el piso... más allá de la vergüenza decidieron quitar la sonda porque al parecer yo ya podría controlar mi orina. La primera sonda que me quitaron. Un somero y bochornoso indicio de que todo estaría mejor.

Hoy ha pasado una semana exacta desde mi operación y 15 días desde que empezó este sufrimiento y gracias a la Salud Pública de la Argentina cada vez estoy mejor. No estoy pensando en la cuenta. Sólo en la mejoría. Los contribuyentes argentinos me están salvando la vida. Esto no pasaría en Colombia porque aún habría un médico de Saludcoop gambeteando mi operación para no deteriorar la fastuosidad de las obras de Villa Valeria de Carlos Palacino, porque la salud en Colombia es una mierda costosa e ineficiente, que a un muy alto precio se presta como caridad pública de la peor ralea. En dónde el éxito no se mide por el paciente que se salva sino por la cuenta que se le cobra al Fosyga, por los sobrecostos en los medicamentos, por el tratamiento que se niega al paciente para seguir robando las arcas del Estado. Acá la salud no es un privilegio, es un derecho y como derecho me lo han brindado sin reparos ni mezquindad. Nada me ha faltado, y lo más importante, la vida, me la están devolviendo.

He aprendido a valorar el amor verdadero. El de mi Ángelita. Tantas veces posé de galán seductor para atraerla y ahora está al lado mío sin miramientos. Con decir que me sostuvo la mano cuando al fin pude cagar. Ella me miraba mientras yo pujaba suavemente, rogando para que se me abriera primero el esfínter del ano que los puntos de la cirugía. Y me vio sudar, lloriquear hasta que esa masa bendita como dulce de leche pero con olor hediondo abandonó mi cuerpo para avisarme que mis intestinos habían revivido. Siempre pensé que la mejor forma de olvidar a alguien era imaginársela cagando. Ahora con Ángela nos reímos de ese cuadro, y ella nunca podrá utilizar esa imagen para olvidarme porque ya no puede ser un producto de la mente, ahora es un recuerdo.

Ahora como cositas ligeras. La poteca de calabaza que tanto odié, es un manjar que se derrite en mi lengua. Las galletas sin sal son langosta de harina. Todo es una delicia, hasta la vida misma me sabe a más porque me ha hecho sentir su valor.

Mis hermanas vinieron. Sonrieron conmigo para llevarle sonrisas a mi padre que lloró cuando supo que estaba tan mal. Para llevarle vida a mi hijo que es mi vida. Para acompasar todas las llamadas de aliento que recibí de mi familia entera, todos los días, a cada instante, para recordarme cuánto me quieren. Hasta mi hermano mayor, con quien he tenido una relación cálida pero distante, me ha llamado todos los días para hacerme una broma y sacarme una sonrisa, para abrazarme con sus palabras, para hacerme saber que por encima de todo, es mi hermano. Luis desde Canadá, Alejo con su agenda a reventar, Oswaldo con su lucha eterna contra la tecnología, Pacho y su familia, todos han estado presentes. Mi madrecita, atenta y llena de espiritualidad para darme un poco de las bendiciones de su vocación y creencia. Mi tía, siempre atenta a mi vida, en las buenas y en las malas. Mis amigos, mi familia porteña, mis amigos de la Facultad que han venido todos los días a visitarme para recordarme que no estoy sólo. Y los mensajes de aliento, por lo menos 30 al día que son inyecciones de positivismo y aún más amor por la vida y por los humanos.

He aprendido más en estos 15 días que en toda mi vida. La cercanía a la muerte me ha hecho más humilde y más sumiso a Dios, a quién le entregué mi vida para que la repare. Ahora la vida no es un lastre inspirador de odas lúgubres. Ahora la vida para mí es una oportunidad para trascender y servir, para dejar una huella profunda de bondad en los corazones con los que me cruce, un llamado para ser un mejor ser humano sin presunciones ni resquemores. Un nuevo despertar que me lleva a gritar a todo pulmón, desde mis entrañas aporreadas ¡¡¡Oye!!! ¡¡¡Te hablo desde el Hospital!!! valora tu cuerpo y tu vida, dale aliento a tu salud y no te creas invulnerable porque las enfermedades te recordarán tu lugar en el cosmos. Sé humilde y ama. Cuando estés en una cama parecida a esta, sólo querrás estar mejor y darle las gracias a Dios y a todos los que te quieren por hacerte un ser humano, profundamente humano, devotamente humano, conmovedoramente humano... con todos los privilegios y carencias que ello tiene. Ama la vida, sólo así la vida será indulgente contigo... ¡¡¡Oye!!! ¡¡¡Escúchame!!! ¡¡¡te hablo desde el Hospital!!!