La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

domingo, 18 de marzo de 2012

YO ME LLAMO : JESSY QUINTERO




“Mucho gusto, Jessy Quintero”, me dijo con un fuerte apretón de mano. Por alguna coincidencia de esas que hace que se mezclen la inmensidad del cosmos con la insignificancia de la vida, que es lo mismo que la insignificancia del cosmos mezclada con la inmensidad de la vida, Jessy y yo nos encontramos en el mismo lugar en la mañana del sábado 17 de marzo de 2012. El lugar, no podría ser distinto que su casa, que ahora es su cárcel. Desde el 6 de octubre de 2011, su mundo conocido cambió puentes por escaleras, avenidas por pasillos y centros comerciales por habitaciones.

Ahora es famosa. Su nombre aparece en los diarios y en los noticieros casi todos los días. No es una diva, tampoco es política y ni siquiera parece feminista. Es una mujer de 20 años con una cara de niña que hace suponer que Disney Channel aún es su canal favorito. Su fama no viene de un éxito farandulero. No descubrió un elemento químico extraño o una nueva vacuna. Tampoco se puso mal un tapabocas frente a una cámara del noticiero de la mañana. Su fama viene de un dolor enquistado en el alma. Uno de sus buenos amigos murió en extrañas circunstancias. Era joven, igual que ella, lleno de sueños, anhelos e ilusiones. Él se llamaba Luis Andrés Colmenares y comparte tristemente la fama de Jessy pero desde el más allá. A Jessy se le acusa de encubrimiento y falso testimonio en el proceso que se adelanta por el presunto homicidio de Luis Andrés. El caso es ampliamente conocido porque ha sido comidilla cotidiana de los medios de comunicación colombianos. Junto con Jessy, Laura Moreno, otra joven envuelta en esta macabra novela del siglo XXI criollo, afronta los mismos cargos además de su presunta participación en los hechos -de acuerdo con una definición jurídica exótica que sólo entienden los abogados-, que apagaron la luz de la vida de Colmenares una fatídica madrugada del 31 de octubre de 2010. Sobre este hecho ya hay suficiente prensa, conjeturas, especulaciones, misterios e hipótesis personales y colectivas cargadas de una imaginación absurda como para escribir un libro de Agatha Christie, Edgar Allan Poe y Alfred Hitchcock juntos.

Por eso no hablé con Jessy de ese hecho luctuoso en concreto, que ya me lo sé de memoria porque todos los días me lo encuentro en un medio distinto con una versión distinta. Llegué a la puerta de su casa en compañía de uno de sus ángeles de la guarda. La casa no tenía ninguna señal particular. Una casa cómoda sin ser lujosa, incrustada entre otras dos casas de un conjunto residencial de clase media en la Capital de la República. Su mamá abrió la puerta y me miró con una sonrisa agradable que contrastaba con una profunda tristeza que emanaba de sus ojos. Los saludos de rigor, en medio de un ambiente melancólico pero no lúgubre. La virgen de “la milagrosa” con un rosario en la mano, acompañaba la escena, muda, en un lugar privilegiado de la sala. La tristeza que se respira allí contrasta con un optimismo moderado y una absoluta esperanza en que todo saldrá bien.

Escaleras arriba, en un pequeño estudio, nos acomodamos para conversar solos Jessy y yo. Ella se sentó en una silla giratoria. Yo en un confortable sofá. Ella quedó sentada erguida, alta, imponente. Yo quedé desparramado, enano, hundido, sumergido entre cojines. Entre los dos, a un costado, otra virgencita de alguna cosa que no sé, trabajando juiciosamente en coordinación con “la milagrosa” que estaba en la sala. Lado a lado cada cual buscó su mejor posición para podernos ver frente a frente. Yo traté de explicarle por qué estaba allí con ella y por qué a última hora, en un impulso de sensatez, me quité la impostura de periodista para ser lo que realmente soy. Un curioso. Pero un curioso simpático. Yo, por ejemplo, soy de los curiosos que en el accidente no busca al muerto atrapado entre los hierros. A mi me encanta analizar la actitud de los policías. En fin, decidí hacerle caso a mi hermano mayor que me recomendó no ser tan “pantallero” en mis escritos.

Jessy tiene unos ojos negros gigantes que miran a los ojos de uno cuando habla. El negro de sus ojos es brillante y por ese brillo se alcanza a asomar su alma. Yo quedé embrujado. Su alma me resultó exótica, como un paisaje de serranía. Además, armoniza su mirada vivaz con una sonrisa sutil que le permite mantener elevadas las comisuras de los labios para dejar entrever una dentadura preciosa. Su cabello negro azabache liso y bien peinado, cierra un cuadro renacentista. Pensarán que me enamoré de Jessy. No. Yo ya estoy profundamente enamorado de mi esposa y no sólo estoy enamorado de ella. La amo, que es mucho más. Pero como un aficionado en una galería de arte, puedo decir con toda convicción que Jessy es hermosa. Y no sólo porque su imagen resulte atractiva, sino porque su ángel interno le da vuelo a su carisma.

Empezamos a hablar y le advertí de entrada que mi diálogo no iba a girar en torno al caso Colmenares. Yo, atendiendo la solicitud de quién me llevó hasta su lado, sólo quería conocerla, hacerme una imagen de ella, charlar de todo un poco sólo para saber si esa persona era la misma que veía asediada por la prensa en los estrados judiciales al lado de otra niña, igual pero diferente, entre una nube de cámaras, curiosos y abogados.

Le pregunté que en dónde había nacido. Me respondió rápido y sin pensar mucho: “en Bogotá”. Elucubró como un minuto contándome que la familia de la mamá era de Medellín y que a raíz de lo que le estaba pasando toda la familia se unió mucho, incluyendo a su media hermana, hija de su padre, con la que antes tenía una relación cordial pero distante. Bastó un minuto y medio para que sus 20 años de vida se convirtieran otra vez en una tragedia encerrada en esa casa, atenuada por la unión de su familia cercana y extensa. Le pregunté que cuál era su color favorito. Otra vez rápido, en su estilo ágil y locuaz, me dijo que el morado. No me dio ninguna razón en particular, sólo que le gustaba porque se le veía bien en la ropa. Le pregunté si usaba ese color ahora en su encierro. Me dijo que no, porque sólo la ropa abrigada que tenía era morada y que en el calor de su casa sencillamente no la necesitaba. Sin embargo, con un dejo de nostalgia, reconoció que le gustaría vestirse de ese color de nuevo, así fuera para verse con una blusa morada en el espejo. Sería una forma de sentirse libre otra vez.

Me contó que estaba estudiando ingeniería mecánica y que ya iba por su octavo semestre. Se había graduado a los 16 años de un colegio de monjitas y de inmediato inició su carrera profesional. En realidad quería ser diseñadora de modas, pero no encontraba ninguna institución en Colombia que le diera la talla a su ambición profesional. Por eso eligió ser Ingeniera de una de las mejores universidades del país y sin duda, la más cara. De esta manera, inició su carrera en la Universidad de Los Andes hace más de cuatro años. Era una estudiante del lote. No era la mejor pero tampoco la peor. En los primeros semestres armó un grupo de amigos de todas las ingenierías que ven un ciclo básico común. Se integró especialmente con los de Industrial, la carrera que estudiaba Luis Andrés. Con ellos se metió cándidamente en la burbujita que Los Andes nos tiene reservada a los uniandinos para que pasemos por la vida trepados en las mieles de la competencia y el éxito. Y lo digo porque yo soy graduado de la misma Universidad, en mi pregrado de Ciencia Política y mi especialización en Periodismo.

Siempre he dicho que a Los Andes sólo le debo mis cartones, que tampoco me salieron baratos. Y no porque odie a mi Alma Máter, pero como en esos romances malos, uno sólo espera que a la ex le vaya bien en la vida. Y bastante bien si le ha ido. El día anterior a mi entrevista con Jessy, tuve que asistir a una Asamblea de Ciencia Política en esa Universidad y quedé abrumado por la cantidad de construcciones imponentes y modernas que ahora la invaden. Hace más de siete años que no pasaba por allí. Mi amor por Los Andes se extinguió del todo cuando quise hacer mi Maestría en Psicología Social allá y ante mi solicitud sólo respondieron escuetamente, que mi promedio no cumplía “con los requisitos mínimos” para hacer siquiera la inscripción. Mi promedio de pregrado fue muy mediocre por dos razones: Una, la nota siempre me importó poco y dos, tenía que priorizar el hecho de ser padre a los 21 años que estudiar para los parciales. En esa Maestría nunca lo supieron y nunca me lo preguntaron. Para ellos, un número era suficiente indicativo para reflejar mi potencial académico y de entrada me hacía indigno de ser Magíster de allá. Sentí que tanto del pregrado como de la especialización me habían graduado por pesar. Sentí que se habían deshecho decorosamente de mí al darme unos cartones sin perjudicarme dentro de su cobertura de trabajo social y comunitario. Me sentí en cierta forma humillado, al ser rechazado de esa manera y por esa razón para hacer la Maestría que quería hacer, porque era la única de su clase en Colombia. Pero aún más indignación sentí cuando me escribieron para decirme que “no habían completado el cupo mínimo para iniciar el semestre” y que entonces iban a hacer una “excepción” conmigo, para admitirme en su dichosa Maestría. Sentí que su bondad infinita volvía a mí en un acto de misericordia de la Maestría en Psicología Social. Para ese momento, ya había sido admitido en la Maestría de Política Social de la Universidad Javeriana, en donde sí se tomaron el tiempo de preguntarme en una entrevista cuáles habían sido las circunstancias que habían rodeado ese número precario de mi promedio de pregrado. Lo comprendieron y me aceptaron sin mucho trámite. Comprendí tristemente y sin ánimo de generalizar, porque no será así en toda la Universidad de Los Andes ni en todos sus programas, que allí se es, por un momento, sólo un número que define qué tan bueno o qué tan malo es uno para el resto de la vida. Y que si eso no es suficiente, uno pasa a ser un número aún más atractivo, antecedido del símbolo “$”. Hasta allí duró mi ya débil romance con la Universidad de Los Andes. Es decir, para los que crean que mi sesgo en este escrito va por el lado de “la solidaridad uniandina”, sólo les digo que no se engañen. Yo fui un infiltrado en Los Andes que entró allí más por pragmatismo vital que por voluntad propia. Muchas veces me hizo sentir “mínimo” y pocas veces (nunca salvo los grados), me reconocieron algún logro. Ni siquiera cuando me gané una Mención Especial en un premio nacional de periodismo aparecieron para felicitarme. Entonces, por ahí no va la cosa, desde el punto de vista personal. Desde el punto de vista social tampoco, pero a eso me referiré más adelante.

Creo que nunca les he hecho caso a mis hermanos mayores. En fin, volviendo a Jessy que es la protagonista (yo sólo soy el “pantallero”), ella integró un grupo de amigos unido y fuerte de más o menos 15 niños y niñas que recorrían la pradera de la vida entre parciales, rumba y trivialidades. En un episodio de esa vida que parece tan plácida y sencilla, Jessy encontró la desgracia, Laura la tragedia y Luis Andrés la muerte. Y desde entonces, desgracia, tragedia y muerte andan de la mano. Lo que parecía una pradera plácida y sencilla, se convirtió en un abismo crudo y cruel. El piso no aparece y en esta caída libre, al menos uno de ellos, ya no volverá a este mundo.

Entonces, para Jessy, el dolor no se quedó en el caño del Virrey con el cuerpo inerte de Luis Andrés, uno de sus buenos amigos. Allí sólo empezó una cadena de dolores que no termina y que no va a terminar pronto. Ella ahora es una presunta delincuente que lucha por demostrar su inocencia. Que lucha intensamente y todos los días de sol a sol para demostrar que lo obvio es obvio y que lo absurdo es absurdo. Esas son las luchas que hay que dar en mi Patria. Desde el punto de vista jurídico es inocente porque aún no se ha demostrado que es culpable. Eso lo sabe. Pero desde el punto de vista de la opinión pública, esa ficción inventada para endilgar las responsabilidades de nuestro pobre criterio, sobre la imagen que proyectan las demás personas, expuestas ante la sociedad, para bien o para mal, Jessy no sólo es culpable para una gran mayoría, sino que además es una “arpía”, “vividora”, “inmoral”, “perra” (muchas veces perra con todas sus variables y sinónimos) y por consenso “asesina” de acuerdo con muchos de los comentarios que “la gente” (esa masa de frustrados anónimos que liberan su odio en los medios), hace en internet sobre las noticias de prensa relacionadas con el caso Colmenares.

Jessy ha dado muchas veces su versión y pocos le creen. Desde que supe que iba a tener este encuentro con Jessy empecé a hacer un sondeo espontáneo y discreto sobre el caso. La conclusión mayoritaria es simple: Jessy es culpable. La razón, fuera de fábulas increíbles, no es clara. Pero es culpable, de eso no hay duda. Es normal que “la gente” piense que Jessy es Laura o que Laura es Jessy. Para la mayoría son la misma cosa. Las dos hicieron lo mismo, aunque no sepan qué fue lo que hicieron y mucho menos, lo que hizo cada una. El argumento, simple: Ayudaron a matar a un muchacho. No se sabe por qué. Lo cierto es que el muchacho está muerto y ellas están vivas. Su gran delito es estar vivas. Parece que sólo la muerte de ellas demostraría su inocencia. Y la sociedad las quiere linchar en un típico gesto inquisidor. Durante la Santa Inquisición de la Iglesia Católica, a los herejes se les torturaba y se les mataba por dos razones: Para castigarlos o para salvarlos. Parece que con Jessy y con Laura pasa lo mismo. Se les tortura y se les masacra socialmente para castigarlas y para salvarlas.

Luis Andrés está muerto. Es lo único cierto. El resto son especulaciones. La verdad no se sabe. Y alguien cree que Jessy y Laura la saben. Ellas dicen que no saben. El fiscal asegura que sí. Los padres de Luis Andrés también lo aseveran. Y la verdad es que sólo ellas saben si lo saben y aunque dicen que no lo saben a ellas no les creen.

Yo hablé con Jessy. Me senté en un sofá sumergido entre cojines para que me contara un poquito sobre ella. Hablamos casi tres horas. Pregunté de todo, me respondió de todo. Supe, por ejemplo, que nunca ha salido de Colombia. Conoce lo que conoce de su tierra un colombiano promedio. La costa, el llano, el eje cafetero, Medellín... conoce sólo su país, ese que ahora la condena sin piedad. Debo reconocer que antes de conocerla personalmente, yo me imaginaba a Jessy escalando las laderas del Himalaya o bronceándose en las playas de Mónaco. Yo compré esa idea porque pensé que Laura y Jessy eran la misma cosa también. Y con eso no quiero condenar a Laura por ser rica. Pero sí quiero dejar claro que Laura es Laura y que Jessy es Jessy. Aunque a Laura no la conozco y no creo que la vaya a conocer, sé que la maldad que le han inventado no pasa por los recursos económicos de su padre o sus posibles influencias, sino por la envidia tan profunda que existe en Colombia contra los ricos, sean honrados o no. Más envidia aún producen los ricos honrados, porque potencian aún mucho más la frustración de quienes no tienen nada, porque nunca han luchado por nada.

A Jessy y a Laura se les investiga judicialmente por un crimen: El homicidio de Luis Andrés Colmenares. Y se les condena por un crimen social: Ser ricas, ser de la universidad más cara del país y ser “niñas bien” que usan su poder para verse bonitas y torcer la justicia a su favor. El papá de Jessy no es un tipo rico. Es un tipo normal que trabaja todos los días en una fábrica modesta que ha construido poco a poco con mucho esfuerzo y trabajo. La mamá de Jessy me contó los matones que tenían que saltar para pagar el semestre de Jessy en Los Andes. Y ni hablar de los gastos que tiene que asumir ahora derivados de este episodio tan sórdido. Si a Jessy se le acusa de ser rica, es claro que esa acusación, que no tiene fundamento alguno en general, en particular para Jessy, resulta mentirosa.

Jessy ha tomado con naturalidad el escarnio público y la mofa que inspira en todas partes. Al principio de todo esto, me confiesa, le provocaba gritar y llorar de la rabia y el dolor por la injusticia que le estaba pasando. Ahora, me dice, lo ha aprendido a tomar con calma. Tiene apoyo psicológico porque la situación excede con creces lo que su espíritu podría soportar. Sin esto, dice, ya estaría al borde de enloquecerse. Ahora hasta se ríe con los chistes que ve de ella y de Laura en las redes sociales a las que entra por cuentas prestadas. Cerró todas sus cuentas. Era tanto el odio que quedaba registrado en ellas que prefirió cancelar todo lo que la unía a la sociedad ciberespacial.

Jessy pasa sus días encerrada, cumpliendo cabalmente la medida de aseguramiento que le dictó la fiscalía y que avaló un juez de garantías. No pone un pie fuera de casa porque aunque los del Inpec le dijeron que podía moverse por el conjunto que es cerrado, los abogados de su defensa le recomendaron que no lo hiciera. Ella obedece. Me contó que se acuesta tarde y se levanta tarde. Dormir es lo más cercano que tiene a la libertad. Los sueños no conocen muros eternos. Ha aprendido a leer. No porque antes no lo supiera. Sino porque ahora es uno de sus hábitos. Sólo se aprende a leer realmente cuando la lectura es un hábito. Estudia francés para no perder el tiempo. Pero la mayoría del tiempo transcurre pensando y pensando en qué irá a terminar todo esto. Ella no considera nunca, ni por equivocación, el peor escenario, que es terminar condenada en una cárcel. Sólo piensa en demostrar su inocencia y así, lograr su libertad. En eso se le pasan las horas. Llora mucho, se deprime al menos una vez al día, pero en general mantiene el ánimo arriba lo que se refleja en el garbo que muestra en cada movimiento.

Sus padres han sido su mayor apoyo en todo sentido. El último aporte material en su vida, fue comprarle una ciclorruta que empieza en su habitación y termina en su habitación. Es un aparato para que haga ejercicio en el único espacio en donde se puede mover: Su casa. El soporte moral es invaluable. A pesar de la dura situación, su papá saca fuerzas de donde no tiene para seguir dándole a Jessy un futuro que para ella resulta incierto. Le pregunté cómo se veía en cinco años. Su respuesta fue contundente: No sé.

Me dice que las audiencias son terribles. La exposición que sufre junto con Laura ante los medios es descarnada. Ahora se cuida de sonreír en las audiencias porque ya fue primera plana de varios periódicos que captaron con su lente el instante en que ella le respondía a la distancia a su mamá con una sonrisa sus palabras de aliento. Este gesto fue interpretado como el más vil descaro y cinismo frente al dolor de unos padres afligidos por la pérdida de un hijo en la flor de su vida. Ella, me dice, sólo estaba correspondiendo a las palabras de su madre para darle calma, esa que ya perdieron del todo desde el 6 de octubre de 2011. Los alegatos son terribles. Por lo que me cuenta, deduzco que el fiscal es implacable, cumple a cabalidad su papel acusador y las pinta como unas criminales solapadas, maquiavélicas y soterradas. El abogado que representa a los padres de Luis Andrés resulta histriónico en las audiencias. Repite una y otra vez la escena en la que presuntamente fue asesinado el joven. Parece como si en realidad él hubiese estado allí. Él, el abogado, ya tiene la verdad revelada. Sólo quiere que se haga justicia. Es seguro que no tiene ningún otro interés. Él ha demostrado durante la última década que todas sus actuaciones son desinteresadas, altruistas, sin ánimo alguno de protagonismo. Él sólo es una herramienta de dios en la tierra para administrar justicia desde el lado de los oprimidos. Gracias a dios y a su justicia divina existen abogados pulcros y marcadamente filantrópicos como él. Lástima que aún existen personas que dudan sobre su verdad revelada y ello hace que se extienda inútilmente en el tiempo, un fallo condenatorio que ahorraría esfuerzos y recursos innecesarios al Estado. Este Estado colombiano que es sin duda un ejemplo de la perfección de la democracia y la justicia en el mundo. Y para completar y como si fuera poco, al lado de Laura Moreno, otro adalid de la Justicia. Menos histriónico, más paquidérmico, pero igualmente altruista.

En ese circo de medios y héroes, de justicieros y hampones, Jessy y Laura son las cristianas que se les echan a los leones. Herejes y cristianas al mismo tiempo, qué paradoja. Si lo merecen o no, no importa. Para mí es claro que no, pero la parafernalia que circunda el espectáculo es patética. Una vez más la sociedad colombiana se regocija con una desgracia ajena. Hasta hace muy poco, Ingrid Betancur pasó por el cadalso para que se ensañaran contra ella ¿Cuál fue su crimen? Buena pregunta, que más de uno me responderá con una grosería o un insulto. Pero seguro, muy pocos con un argumento sostenible. Ahora son Jessy y Laura las ganadoras de este baloto absurdo del odio colombiano. Se las devoran de a pedacitos por todos lados. Los abogados del caso, hacen un nuevo Frente Nacional jurídico para fajarse a muerte en público, mientras coctelean en privado. El fiscal, se preocupa más porque su nombre aparezca impecable en el proceso, mientras redacta el nombre de Jessy de más de cinco maneras distintas, llamándola incluso “Jessica”, creyendo que Jessy no es más que un apocope. Yo tampoco sé con certeza si su nombre termina en "y" o en "i", pero de mí no depende su libertad. Los medios de comunicación se ensañan, conjeturan, especulan y destrozan la vida de dos niñas que para el fiscal ya son unas mujeres delincuentes, mientras que argumenta con el ojo aguado que Luis Andrés sí era un niño. Cada uno lleva su verdad como un botín de guerra que sólo les favorece a ellos. Y la Verdad verdadera, está cada vez más lejana, junto con la Justicia justa.

La muerte de Luis Andrés Colmenares es un hecho más que triste por donde se le mire. Así, sólo porque murió, más allá de las circunstancias que hayan alrededor de su dolorosa muerte. Pero el espectáculo que ha rodeado su muerte es vergonzoso. Parece como si a Luis Andrés lo fuese a revivir el show que se ha montado alrededor de su supuesto crimen. Parece que, como siempre en Colombia, Justicia se equipara a venganza disfrazada de verdad. El dolor nubla la perspectiva. Si mi hijo muriera en esas circunstancias, buscaría culpables hasta debajo de las piedras, así fueran las piedras de la casa de Sor Teresa de Calcuta. Porque perder a un hijo debe ser lo peor que le puede pasar a cualquier ser humano. Pero yo me pregunto, ¿Dos niñas en la cárcel serán la paz que el alma está buscando? ¿Esa es per se la Justicia que se está exigiendo? Hay algo claro. A Jessy y a Laura no se les acusa de ser las responsables directas del crimen. Es decir, está claro que ellas no lo mataron directamente. Se les acusa de haber montado todo un escenario para que Luis Andrés muriera violentamente. Al menos Jessy no tenía ningún interés en que eso sucediera. No hay ningún elemento en la investigación, conocida a través de los medios, que sugiera que a ella le convenía Luis Andrés muerto. Ninguno. Su crimen fue hablar con Laura Moreno desde su teléfono celular al de Luis Andrés que tenía Laura.

Yo hablé con Jessy Quintero. Yo vi en el brillo de sus ojos, por el que se asomó su alma pidiendo a gritos libertad, que es inocente. Y yo le creí. Y le creí porque vi su inocencia en el desconcierto de su mamá, la confusión de su abuela, la solidaridad de sus amigas y la convicción de su ángel de la guarda que me llevó a hablar con ella.

A Jessy Quintero se le acusa socialmente de ser rica, de ser de Los Andes, de ser una “niña bien” que ayudó a matar a un “niño bien”. Y esa acusación se ha vuelto judicial porque ha caído en las manos equivocadas. Porque no cayó en las manos de la Verdad y la Justicia, sino en las manos del protagonismo y la sed de venganza. Y el juicio se ha vuelto social y no jurídico… y poco a poco se va volviendo político, la máxima degradación del quehacer humano contemporáneo.

Pero Jessy no es del todo inocente. Jessy es culpable de ser inocente. Es inocente porque no dimensionó el estigma que lleva la universidad en donde estudia. Porque no hizo caso al semáforo de advertencia que pasaba de verde a amarillo en enero de 2011, cuando asesinaron a dos estudiantes de esa misma universidad en Córdoba y fue todo un escándalo sólo porque eran de esa universidad. No atendió la señal de "pare", cuando ya se cocinaba a fuego lento su captura y la de Laura. Siguió… siguió andando por su pradera limpia, bonita y ordenada de parciales y rumbas y se consideró intocable, porque de alguna manera esa universidad le enseña a uno a sentirse intocable. Recuerdo mucho a un profesor que nos decía que nosotros sólo conocíamos de Bogotá lo que se veía desde la Circunvalar y desde los aviones despegando. Obviamente a ese profesor lo echaron cualquier día como un perro. Desde que a él lo echaron supe que sólo me podría graduar de allí calladito. Y lo logré. Ahora que lo logré, hablo, así no tenga más diplomas de allá nunca. Igual, no los iba ni los voy a buscar, por lo que ya conté. Quizás las consecuencias sean nefastas ahora para mí. De eso estoy casi seguro. Pero no importa. En cualquier caso, difícilmente por esto estaré peor que Jessy. Entonces tomo el riesgo por ella y por su verdad, que yo creo. Porque ella ya no tiene quien muestre sus banderas moradas de inocencia en la calle. Porque ella está encerrada en su casa esperando a que le abran las puertas de la libertad o las del Buen Pastor. Porque siento que es justo que yo alce mi voz anónima por su inocencia impopular. Tomo el riesgo y asumo las consecuencias.

Jessy me dio una lección de vida que paga con creces esta nota. Y vale la pena aclarar que para esta nota no me dio un sólo peso que yo no pedí y que ella no ofreció. Yo sólo le pedí una historia y le ofrecí un oído. Ella me pidió un instante de mi vida y me ofreció su historia. La lección de vida que me dio Jessy es que a pesar de todo, ella sigue siendo ella y nada más. La misma que era antes de este episodio, sólo que más fuerte y más madura. La han endurecido las críticas, burlas y señalamientos que con saña se le hacen con o sin fundamento. La ha madurado el encierro, la introspección y el amor de sus padres. Jessy sigue siendo la misma en un país en el que hay que llamarse distinto para ser alguien. En el que todas las noches alguien se esfuerza en horario triple A de la televisión nacional, en uno de los canales de mayor audiencia, por parecerse a otro que sí “vale la pena”. Y en el que los más exitosos no se les conoce por sus nombres reales sino que ahora les dicen “Rafael Orozco” o “Nino Bravo”.

Jessy sigue siendo ella en un país de imitadores, farsantes y “pantalleros”. Jessy evita ver la televisión nacional porque nada de ésta le llama la atención. Sigue siendo ella, a pesar de que es tan difícil y doloroso ser ella, sigue siendo ella porque se siente orgullosa de lo que es, de lo que la rodea, de lo que le da identidad. Sigue amando a su país Colombia, que la ha puesto en la palestra para burlarse de su desgracia. Sigue conservando la nobleza de los buenos amigos, que no importan cuántas cagadas nos hagan, siempre están ahí “pa´las que sea”.

Jessy Quintero me demostró su inocencia durante tres horas de charla sin mostrarme una sola prueba. Sin acudir a su abogado defensor o un testimonio elaborado. Jessy Quintero me demostró su inocencia cuando ante un mal chascarrillo mío, al final de la entrevista, en el que le pregunté estúpidamente “¿Cómo es tu nombre?”, ella me respondió sin una mueca, con firmeza y convicción profunda de lo que es y lo que tiene: “Yo me llamo: Jessy Quintero”.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Promesas, promesas...


Las promesas no son más que paliativos para la conciencia. Casi nunca vienen de la espontaneidad de un impulso de bondad sino motivadas por dos factores, principalmente: Un interés soterrado, como las promesas de los políticos o la reivindicación de una cagada, como las mías.

Siempre que cometo una embarrada, hago una promesa. Que me dura hasta que cometo el mismo error un tiempo (no mucho) después. Ese día hago una nueva promesa, con mayor ahínco, con mayor arrepentimiento, con mayor compromiso. Las promesas son como curitas que se van cayendo poco a poco mientras sana una herida infectada.

He prometido por ejemplo, no volver a jugar en un casino. Siempre hice esa promesa después de perder, nunca, después de ganar. Cuando entregaba el dinero en la mesa de Black Jack, la contrición acompañaba mis pasos, muchos pasos, del casino a mi casa, porque perdía hasta lo del bus. Prometí por ejemplo, no dejar todo para última hora. Siempre hice la promesa cuando la última hora era corta, inútil, vana. Prometí también controlar mi ira. Casi siempre lo hice secando lágrimas, propias o ajenas.

Prometer. Es algo así como un elemento favorable para meter uniendo un prefijo y un sufijo. Algo así como que para crear hay que procrear, para procrear hay que meter, para meter hay que prometer. Es decir, sin promesas no habría sexo. Triviales o profundas, trascendentales o superficiales, para meter, hay que prometer. Una vida o unos pesos. Un deseo o una necesidad. Un orgasmo o un frenesí.

Las promesas son tan funcionales a las mentiras... Parece que uno rogara por mentiras cuando ruega por promesas. “Prométeme que…” es como pedir “Miénteme para…”. Las promesas son un contrato falaz. Un acuerdo de voluntades en el que llegamos al consenso hermoso de aceptar que nos vamos a mentir y que esas mentiras serán aceptadas. La promesa es una firma con tinta indeleble sobre el agua.

Las promesas me han llevado surfeando la vida sobre olas de apariencia. Soy creíble porque hasta yo mismo creo en mis promesas. Y mis promesas son creíbles, infalibles e incontrovertibles. Y lo son porque un día me prometí romper todas mis promesas.

lunes, 13 de febrero de 2012

El mundo de los egos


Intenté mil veces escribir una nueva historia, como muchas otras que ya he escrito, en la que YO sea el héroe. Algunas veces he disfrazado mi heroísmo de falsa modestia con algunas líneas que contextualizan sutilmente mi torpeza. Pero hasta mi torpeza resulta ser grandiosa al final. De antemano, sé que este escrito resultará odioso. Y es odioso porque a nosotros no nos gusta el heroísmo de los demás si es real. Nos encanta Superman, Batman, Acuaman, Flash, Linterna Verde y todos esos personajes que nunca podremos ser. Y que nadie más podrá ser. La promoción del heroísmo propio es tachado por los demás como falta de humildad. Así sea obtenido con sobrados méritos.

Aún me retumban en los oídos las palabras de Cristiano Ronaldo (el futbolista, porque habrá alguno más que no lo conozca nadie), que ante la pregunta de un periodista sobre lo que sentía después de un partido en el que fue ampliamente chiflado por el público, sólo atinó a responder en un agrandado español producto de un nativo y agrandado portugués: "Me chiflan porque soy guapo, rico y buen yugador" (sic). ¿Es mentiroso? No. ¿Es insoportablemente arrogante? Sí. Y quizás estas palabras tan poco consoladoras para nuestra pobre humanidad agobiada y doliente le hayan quitado algo de popularidad, hayan perjudicado su de por sí agotada imagen y hayan repercutido en el amor generalizado que se le tiene a Lionel Messi (el futbolista, porque habrá alguno más que no lo conozca nadie) que nunca diría eso. Porque Messi es rico y buen yugador, pero no es tan guapo. Ni tan arrogante. Porque en cuanto a egos lo que se odia de uno, se ama en otro que hace lo mismo.

Es el mundo de los egos. Y para definir el ego no me voy a remitir a los conceptos científicos de Freud o Piaget. Lo haré desde mi propia óptica, la mía, la única y quizás la mejor. Definiré el ego con mi ego. No podría ser más adecuado. El ego es el envase en donde nos cabe el alma. Si tenemos un ego grande, nuestra alma tendrá espacio suficiente para desperezarse, extenderse, brincar, hincarse... en fin, tendrá espacio para moverse. Si tenemos un ego pequeñito, nuestra alma se verá incómoda, estrecha, contorsionada y dolida.

Tener el ego grande no resulta odioso de por sí. Resulta odioso en cuanto se ostenta. Y resulta odioso como todo lo que se ostenta. Podemos tener una casa grande y bonita. Y no pasa nada. Pero si nuestra casa grande y bonita es el único tema de conversación que tenemos, atiborramos a conocidos y desconocidos con las fotografías de esa casa y todas las demás casas nos parecen un asco comparadas con la nuestra, entonces nuestra casa se convierte en una aburrida e insufrible mansión del terror. Además, siempre habrá alguien que tenga una casa más grande, más bonita y mejor. Pronto ese orgullo edificado como fortaleza alrededor de nuestra casa será una ruina y ya nada será suficiente. Esa casa es uno mismo.

Deambulamos en un mundo de egos que se encuentran y se estrellan, que oprimen y se dejan oprimir, que atacan y se defienden, que adulan y se dejan adular, que compiten, que combaten, que se disfrazan y engañan, que se desnudan y seducen. Algunos casan a su ego joven con ese sofisma bien vestido llamado éxito. Ese matrimonio casi siempre se vuelve insoportable y asfixiante. Para estas personas no hay lugar del mundo al que su ego vaya si el éxito no está esperándolos. Y si el éxito se fuese, el ego pronto saldrá con otra en su borrachera de despecho, andrajosa y mal vestida, llamada frustración.

El ego es además el caleidoscopio a través del cual vemos el universo. Según lo giremos, nos dará millones de formas: grandiosas, simples, bonitas, feas, curiosas, misteriosas, confusas o claras. Tan grandes o tan pequeñas como el tamaño de nuestro ego. Y a partir de esas formas pariremos interpretaciones de eso llamado cosmos. Abrazados a nuestro ego, nos sentiremos insignificantes o majestuosos debajo de las estrellas en la noche.

En la vida, los egos de los demás llevarán a nuestro ego como las lianas en la selva sobre eso etéreo llamado gente. El ego tiene esa facultad maravillosa de hablar de la "gente" como si uno no fuera gente. El ego nos despersonaliza, nos hace superiores, mete a todos los demás mortales en un costal lleno de "gente", unos bichos todos iguales que piensan poco y hacen las cosas mal. Así pues, uno puede juzgar a la "gente" de muchas cosas: gente sucia, gente pobre, gente inculta, gente aburrida, gente abusiva, gente vaga, gente mala, gentecita... Todo lo que uno no es porque su ego no se lo permitiría. El ego crecido puede lograr que ese envase gigante en donde cabe el alma se llene de prejuicios. De basura.

El ego es nuestra cuarta dimensión. Todo tiene algo de ancho, algo de largo, algo de profundo y algo de nuestro ego. Y todo será tan ancho, tan largo y tan profundo como nuestro ego quiera. Hasta que otro ego lo debata. Hasta que otro ego nos derrote. Hasta que otro ego nos imponga su ancho, su largo y su profundo. Es decir, hasta que otro ego nos la clave.

El ego nos hace únicos. Pero ante ese inmenso proyector de los humanos que sólo hace visible a los famosos, seremos poco, seremos nadie. Nuestro heroísmo en la calle está limitado por este mito farandulero al recorrido de nuestro nombre y nuestra imagen entre los otros egos. Pero la fama en sí misma esta vacía del ego propio. Es un ego falso invadido por imaginarios colectivos. Ese no es el ego propio.

Por eso mantener el ego crecido, limpio y ordenado es importante. Por eso verse en el espejo y sentirse un héroe no es arrogante. Es necesario. La medida del amor que nos pueden dar no es más grande que la medida del amor propio. Para enfrentar un mundo lleno de egos agrandados no se puede hacer nada distinto que peinar el de uno todos los días para salir a la calle. Pasearlo con orgullo, sin miedo, sin complejos, aunque siga habiendo egos que nos quieran someter. Estamos en un mundo en el que es nuestro deber sentirnos guapos, ricos y buenos yugadores. Sin decirlo. Sin ostentarlo. Pero sintiéndolo de corazón.

Por eso me refugio en estas letras silenciosas para susurrar al espejo que YO soy el héroe de mis historias, que me llamo Andrés Felipe Giraldo López, el que nadie conoce, porque el guapo, rico y buen yugador, es Andrés Felipe Giraldo Bueno. Y le dicen: "Pipe Bueno".

miércoles, 11 de enero de 2012

¿Qué es la muerte?



Soy un tipo más bien neurótico, en extremo irritable y no me puedo guardar con una mueca lo que no me gusta. Tengo la lengua demasiado larga para lo que puede soportar el cerebro y debo reconocer que hablo mucho más sin pensar de lo que pienso sin hablar. En uno de esos episodios de verborrea histérica por alguna ida de luz, de agua o de teléfono que suceden con frecuencia en la vereda en donde vivo, expresé mi inconformidad como si se hubiera apagado el sol, como si se hubieran secado los mares y los ríos y como si la única comunicación posible en el mundo fuera a los gritos. Mi mamá, que en estos episodios me mira con curiosidad científica, sólo atinó a decir: "La cercanía con la muerte no lo cambió". Yo, llevado por el impulso de la lengua que sólo seguía el compás de una mirada exorbitada de loco, sólo respondí: "Porque lo que me dio fue peritonitis y me hicieron una apendicectomía, no una lobotomía. Ahora todo el mundo cree que porque casi me muero ando como una güeva apreciando con gratitud todo lo malo que me pasa". Y con un azote de puerta terminé la discusión. Mi madre sólo refunfuñó algo que no recuerdo y remató con un típico "¡Grosero!".

Desde ese instante me he estado cuestionando sobre la importancia de la muerte para la vida. Ya me lo había cuestionado antes sin respuesta cuando en agosto de 2011 estuve a punto de morir por una peritonitis aguda. Y esa falta de respuesta me llevó inevitablemente a nada, a seguir con la misma vida que llevaba, a ser el mismo imprudente, impertinente y grosero ratón de laboratorio que le hace pensar a mi madresita que mi cercanía con la muerte fue todo un desperdicio.

Pero no he podido dejar de pensar cada tercer noche mientras me duermo, en qué es la muerte. Siempre he creído que los hombres como especie han sido creados para temer a la muerte ¿Por qué? No sé. La muerte es una pregunta sin respuesta. Y la razón, esa locura inventada por Dios para que administremos su obra como quien le da las llaves de su negocio al más borracho e irresponsable del pueblo para que le atienda el bar, nos reta permanentemente a cuestionarnos sobre ese particular, a buscar respuestas inútiles porque la muerte no tiene respuestas.

"Nacer es empezar a morir" dijo, según algunos, Gautier. Está bien. Ya sabemos qué es nacer. Ahora ¿Qué es morir? Porque, evidentemente, morir no es terminar de nacer. Es terminar de vivir. Y vivir es ese espacio limitado entre el nacimiento (o la concepción según la godarria) y la muerte. Un espacio en el que se sabe el principio, lo celebramos cada año con una fiesta o al menos un agasajo. Pero el final... el final nos atormenta. Es desconocido y de antemano triste. "Lo único que no tiene solución". Es decir, el único gran problema. El acertijo, el enigma, la incertidumbre, lo desconocido, lo irresoluto... en fin. La muerte no tiene respuesta.

Aunque un católico nos hable del premio mayor de los idiotas, "El Reino de los Cielos", especialmente reservado para pobres y sumisos, y un Testigo de Jehová nos torture con la promesa de la vida eterna sin problemas, la paila infernal del aburrimiento perpetuo (¿Para qué diantres se levanta uno de la cama sin problemas?) la verdad es que nadie ha vuelto de esos maravillosos lugares para corroborar estas tentadoras ofertas. "Creer es un acto de fe", de acuerdo con la religión. La que sea. Pero uno le tiene que creer a uno que no ha visto en lo que cree. Es decir, la fe es una cadena de estupidez que se pasa de generación en generación. No hay tatarabuelo que haya visto nada de lo que el bisabuelo dice que el abuelo debe creer. Sin embargo, seguimos creyendo. Pero yo me debo rebelar para decir so pena de condenarme al infierno en el que tampoco creo, que la religión no tiene la más remota idea de lo que es la muerte. Sin embargo, aparentar que lo sabe le ha reportado jugosos dividendos derivados de quienes les creen sus pamplinas sobre qué es la muerte. Porque la muerte da miedo. Y saber qué es da la administración honorífica del miedo. Y uno por miedo da plata. Es una forma velada de sacar el cuchillo del atracador que no pide plata sino miedo. Miedo a la muerte y a todo lo que pueda venir después de ella. Por eso no me dejo atracar más. No me dejo atracar más de estos ladrones de sotana y biblia o disfrazados de pastorcitos mentirosos con ovejas que cantan y alaban su desgracia. Con todo respeto, prefiero que me atraque el del cuchillo. Por lo menos el tipo es honesto a la hora de atracar.

Después de toda esta disertación cargada de confusión, incredulidad y algo de rencor, todo dentro de un proceso de depuración después de haber sido formado en una fe católica recalcitrante de la que sólo me quedó la sensación de que Jesús fue un tipo buena onda engañado por este frenesí de tener que creer, que a pesar de todo lo que le pasó, sirvió para renovar el engaño, sigo sin comprender, saber ni entender qué es la muerte.

¿Por qué mi madre estaba tan esperanzada en que la cercanía con la muerte me iba a cambiar? ¿Qué tiene la muerte que lo puede cambiar a uno? Que yo sepa y por lo que he visto, la muerte sólo cambia carnita por huesitos y huesitos por polvito. Y el proceso de nacimiento funciona al revés: Polvito, huesitos y carnita. La muerte sólo cambia a los vivos. El que muere sólo se va. Y cambia su espacio por un vacío enorme que le duele a quienes lo habían querido. Es decir, la muerte automáticamente se convierte en dolor para unos, en alivio para otros. Y eso casi siempre tiene que ver con la bondad o maldad del finadito. Con el tiempo la muerte se convierte en historias. Modestas algunas, la mayoría, como aquellos que entierran en la fosa común como N.N., legendarias otras, la minoría, como Carlitos Gardel, al que aún le prenden el cigarrito en la mano a su estatua en el cementerio de Chacarita.

Pero la muerte no se resuelve en el simple acto en el que el cuerpo prescinde de la vida. Para Platón, por ejemplo, con la muerte el alma se liberaba del cuerpo. Esto sobre el supuesto de que el cuerpo era una cárcel para el alma. Es decir, para Platón la muerte era el magnífico vencimiento de la condena del alma para salir en libertad ¿Pero a dónde sale el alma libre? ¿Está el cosmos lleno de almas libres divagando por ahí entre estrella y estrella, saltando de galaxia en galaxia, jugando al tobogán en los agujeros negros? En otras palabras ¿Para dónde rayos se va el alma? Platón puede tener razón. La misma razón del cura, del pastor, del testigo o del agnóstico. Sobre la muerte todos tenemos teorías absurdas. O acertadas. No lo sabremos. Sólo hay una forma de saberlo. Y esa forma no habla, no respira, no gesticula, no se expresa, no retorna. Esa forma está muerta, es la muerte. Es la forma perfecta de conjugar el verbo ser y estar. Se está muerto o se es muerto. Da igual.

Pensar en esto, en qué es la muerte, es la forma más inútil de perder el tiempo. El tiempo, ese pabilo en extinción constante que quema la vida. Nadie se acerca a la muerte realmente si no es para morirse. Por más milagrosa que parezca la gambeta que se la haga a la parca para evadirla, algún día nos hará una tapia de la que no nos podremos levantar. Algunos contaremos que estuvimos cerca de morir, contaremos lo profundo que nos cambió esa experiencia hasta que nos dimos cuenta de que ya pasó. Y cuando creamos que ya pasó, vendrá de nuevo disfrazada de tragedia para cambiarnos por polvo. Al final de toda esta divagación, cual alma levitando en el firmamento, sólo puedo decir al mejor estilo socrático que sólo sé que nada sé. Que acabo de perder unas horas más en esta agonía eterna. Porque si Gautier tiene razón, la vida es un parto continuo o una agonía constante. Y la muerte... bueno... la muerte sólo es una permanente incógnita de la que nadie ha vuelto para contarnos. "Jesús resucitó" dirían los cristianos. Pero de ser así, vino sólo por algunas cosas que se le quedaron y prometió regresar. Como promete uno con una sonrisa hipócrita al conserje del hotel barato en el que mal nos atendieron. Y Jesús de la muerte no dijo nada. No dijo ni siquiera si de verdad había muerto. Sólo vino a regañar a Tomás por incrédulo, el único sensato, y se volvió a ir. Sin dejar rastro, teléfono o dirección. Lázaro, resucitado por Jesús, tampoco habló nada del asunto. Dio las gracias y se volvió a morir.

La muerte es la muerte. No es nada más. Puede ser la vida eterna. Pueda que no. Puede ser la liberación del alma. Pueda que no. Puede ser el fin de todo. Pueda que no. Puede ser la reencarnación. Pueda que no. Puede ser todo lo anterior. Puede ser nada de lo anterior. La muerte... qué es la muerte. La muerte es lo único cierto que encierra todo lo incierto. La muerte va más allá de los confines de la ciencia que por pretenciosa que sea tiene unos confines bastante estrechitos.

Madre: La cercanía con la muerte no me cambió porque no me dio respuestas. No me dijo qué era ni para qué servía. No me dijo nada mientras rondaba por los pasillos del hospital. Quizás le habló a un par de enfermos que no volvieron a hablar. Entonces no sé nada de la muerte, no sé por qué no me cambió, no sé por qué te respondí feo, no sé por qué sigo siendo este vago divagante que vive histérico arrastrando una lengua inmensa pegada de un cerebro chiquito. No sé nada madre. Sólo sé que lamento haberte ofendido. Porque lo único claro que tengo ahora es que a ti te debo la vida. La muerte... la muerte no se la debo a nadie todavía.

martes, 29 de noviembre de 2011

CARTA ABIERTA A TIMOCHENKO


Cota, Cundinamarca, noviembre 29 de 2011.

Señor

Timoleón Jímenez

Alias “Timochenko”.

Comandante de las autodenominadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo (FARC – EP).

Frontera Colombo – Venezolana.


Deplorado señor:

He leído con atención la carta que usted le ha enviado al señor Presidente de la República, Juan Manuel Santos. (Lea acá la carta) En primer lugar, quiero aclararle que yo no soy seguidor del señor Presidente y que, por el contrario, me siento como uno de sus muchos contradictores. Sin embargo, comprendo que él no responda a su carta, porque como sea, él representa la legitimidad de un Gobierno y de una democracia con todo y sus defectos. Él encarna el Gobierno que han elegido las mayorías y por lo tanto respeto su investidura, aunque yo también sienta repulsión por el establecimiento que representa. Y no creo que un Estado legítimamente constituido, con todo y sus vicios y males, deba rebajarse a responder una carta tan insulsa y cínica como la que usted se ha atrevido a escribir. Por eso le respondo yo, aunque no me lea. Aunque no tenga la autoridad ni la investidura para que me escuche. Aunque sólo soy un ciudadano más, como tantos otros, que no entiende su cinismo y su crueldad, su tozudez y su desparpajo.

Yo soy de las personas que siente que en Colombia es necesaria una revolución para modificar el statu quo. De los que cree que hay que mover todas las herramientas democráticas para lograr un país más justo y equitativo. De los que piensa que las utopías son posibles con base en la solidaridad y en la identidad de clase. De los que piensa, como pensaban los revolucionarios románticos de antaño, que es posible construir un país mejor, más incluyente, menos injusto.

¿Pero sabe cuál es el principal obstáculo que los idealistas como yo encontramos Timochenko? Fíjese que no es el establecimiento que nos oprime. Fíjese que no son las élites que nos explotan. Fíjese que no es la corrupción rampante de los políticos que nos toca elegir y reelegir en todas las elecciones. Fíjese que no es la Fuerza Pública y las armas coercitivas del Estado. Contra eso nos tenemos que enfrentar sí, pero eso lo sabemos, contra eso luchamos y para eso nos formamos y nos armamos intelectualmente.

El principal obstáculo son ustedes Timochenko. La guerrilla de las Farc que usted tan soberbiamente comanda. ¿Por qué? Porque ustedes deslegitimaron la lucha revolucionaria, tiñeron de sangre los ideales de libertad e igualdad, perdieron el norte ideológico y se dedicaron a secuestrar, a robar, a extorsionar, a asesinar y a traficar. Todo en nombre de una revolución que ya nadie les cree. Y además de eso, nos estigmatizaron a nosotros que sin asesinar y sin secuestrar queremos un país más equitativo y más justo.

Ustedes lograron que todo deseo de cambio sea criminalizado. Ustedes lograron que cualquier expresión de izquierda sea mirada con temor y desconfianza. Ustedes lograron que mansamente nos pleguemos a las élites que nos oprimen porque el enemigo común de la sociedad son ustedes. Ustedes pasaron de representar a un campesinado pobre y desamparado a ser los mayores y más despiadados criminales de la historia patria.

Está bien. No son mejores los terratenientes que acaparan la tierra o los magnates empresariales que acaparan la riqueza, los monopolios y los oligopolios que tienen a más del 50% de los colombianos en la pobreza. No son mejores los malditos paramilitares que masacraron a los pocos campesinos que ustedes dejaron vivos. No son mejores las Fuerzas Militares cuando amparados en su poder atropellan al pueblo. No son mejores. Pero en ellos no teníamos ninguna esperanza. Pero en ustedes Timochenko, por allá en los años 60´s y 70´s, la sociedad entera vio una ventanita hacia la revolución, la equidad y la justicia social. Y ustedes se encargaron de ir matando esa esperanza poco a poco. Perdieron el arraigo en el pueblo y se dedicaron a delinquir como viles forajidos sólo para satisfacer sus propios intereses. Se les olvidó la gente, se les olvidaron los pobres, se les olvidó la ideología y se convirtieron en los más feroces victimarios de quienes decían defender.

¿Cuál igualdad Timochenko? Cuál igualdad si su estructura jerarquizada les da a ustedes los comandantes el vil derecho de oprimir a sus propios subalternos. Les da derecho a acostarse con las mujeres de los guerrilleros rasos como en el más odioso esquema feudal. Cuál igualdad si ustedes los comandantes duermen en camas cómodas pasando la frontera con Venezuela mientras los combatientes están echados sobre un plástico en un charco en la zona de guerra. Cuál igualdad si ustedes tienen todos los privilegios que les dan los narcodólares mientras los muchachitos que ustedes reclutan a la fuerza están con las botas rotas y comiendo lentejas todos los días. ¿Cuál igualdad Timochenko?

Y ahora ¿Qué libertad están defendiendo? ¿La de los miles de secuestrados que tienen en condiciones infrahumanas, la mayoría de ellos civiles inocentes que ni siquiera comprenden qué buscan ustedes como guerrilleros? ¿La libertad de los que ustedes llaman “prisioneros de guerra”, policías y soldados uniformados y oprimidos como ustedes a los que tratan como mercancía, que los tienen por años y años secuestrados sin la más mínima conmiseración y de los que se deshacen masacrándolos sin la más mínima consideración? ¿Esa es la libertad por la que ustedes luchan Timochenko? ¿Esos son los valores revolucionarios sobre los que se sostiene su ideología?

Qué poco tienen para ofrecerle a una sociedad como la nuestra Timochenko. Qué poco aportan y qué daño tan grande le hacen a esta sociedad de por sí jodida. Por qué no deja de escudarse detrás de un fusil y de sus cordones de seguridad para sentirse hombre, por qué no deja de esconderse entre los matorrales y viene a responderle a la sociedad como debe. Por qué no deja de mandar carticas pendejas evocando a Jesús, como si usted mismo lo fuera, cuando Jesús jamás empuñó un arma para convencer a nadie y jamás ordenó una matanza ciega para vengar su muerte como lo hace usted, y más bien afronta como un valiente, valiente de verdad, el daño que le ha hecho a esta sociedad que no lo quiere y no lo necesita.

Timochenko, por qué no comprende que los colombianos no lo apreciamos y que, por el contrario, hemos aprendido a odiarlo a usted y a todas las Farc, a pesar de que sabemos que muchos de sus miembros son muchachitos llevados a la fuerza sin saber por qué matan o por qué mueren. Por qué no deja de ser todo lo que odia y cito textualmente lo que usted dice para que se identifique: “pretender exhibirse como modelo de civilización”, “ostentar poder y mostrarse amenazante y brutal”, “sólo los ogros más malvados suelen actuar de ese modo”, “Matar salvajemente a un ser humano, con métodos notoriamente desproporcionados, para pararse sobre su cadáver y señalar a otros que les tiene reservado el mismo tratamiento”, “Sólo las mentes más enfermas y enajenadas pueden sentir alguna simpatía por Adolfo Hitler”.

Por qué no acepta Timochenko que usted es todo eso, todo lo que odia. Y si no lo cree, le tengo un dato: Nosotros los colombianos, o al menos yo, ciudadano del montón, sí lo creemos. Usted es un tipo cínico, despiadado, cruel y tremendamente loco si no se está dando cuenta de que usted es todo lo que odia.

Todos nos tenemos que morir Timochenko, todos. Y eso lo sabemos. Pero nosotros los colombianos nos queremos morir después de ver crecer a nuestros hijos y cargar a nuestros nietos. No amarrados a un palo en lo profundo de la selva secuestrados. No por una bomba miserable que no discrimina a quién asesina. No por no pagarle la extorsión para que usted mantenga sus vicios y sus bajezas más mundanas. No por atrevernos a decirle que su revolución es un asco y que usted como revolucionario es un fiasco. No queremos morir por eso Timochenko. Queremos morir como se muere en los lugares en donde hay justicia y paz. De viejos o de enfermos. O porque nos estrellamos en el carrito que con esfuerzo compramos sin que ustedes nos lo roben.

Así que, Timochenko, si sigue en su empeño de declararle la guerra a toda la sociedad, porque ya no está luchando contra un establecimiento opresivo y corrupto sino contra toda una Nación llamada Colombia, le sugiero que le cambie la sigla a su movimiento, lo que quiera que sea. Entienda que ya no son Fuerzas, porque las Fuerzas necesitan respaldo y ustedes no lo tienen. Por lo menos no de este lado de la frontera. No son Revolucionarias porque nadie más que usted y sus colegas comandantes, son los que más profundo e irreparable daño le han hecho a la revolución. La han deslegitimado. No son de Colombia porque en Colombia nadie los quiere y ocupan un espacio geográfico acá por terquedad y sometimiento, en contra del deseo de la población, de quienes en realidad merecemos llamarnos colombianos. Y muchísimo menos son el “Ejército del Pueblo”, porque el pueblo no tiene ejércitos y porque ustedes no han hecho sino maltratar a ese pueblo sometiéndolos a eternas zozobras y tristezas. Quédense sólo con la A de armadas, arrogantes, anacrónicas, altaneras, abigeas, anquilosadas, arpías y asesinas. Solo les queda la A de agonizantes. Y es mejor que deje morir a las Farc si usted quiere vivir Timochenko. Porque todos tenemos que morir Timochenko, pero nosotros no tenemos por qué aguantarnos que usted nos siga matando. No más Timochenko. Así no más. Suelte las armas y respóndale a la sociedad. O respóndame a mí si quiere. Pero le digo con convicción que yo ya no le tengo miedo. Ni respeto. Ni nada. Sólo desprecio y un inmenso pesar. Es lo que usted se ha ganado. Es lo que merece.

Entreguen las armas y devuélvanos la revolución Timochenko. Nosotros merecemos un país mejor y ese país no lo representan ustedes. Ustedes sólo representan lo que los colombianos odiamos: El cinismo de quién en nombre del pueblo nos llena de luto y tristeza. Ustedes son la misma muerte. Y si es verdad que todos tenemos que morir Timochenko, empiece matando a las Farc como organización. Porque ya no existen más que en el rechazo y la repulsión de todos los colombianos en general y el mío en particular.

Sentidamente,


Andrés Felipe Giraldo López.

jueves, 10 de noviembre de 2011

El Talento de mi hijo.


Volver a escribir sobre mi hijo es recordar ese texto en el que relaté muy detalladamente toda esa sensación horrible que invadió mi ser cuando lo golpeé, estando él muy chiquito. Afortunadamente para mi impunidad él no se acuerda. Desafortunadamente para mí, no se me olvida. Pero bueno, ya ha pasado mucho más de una década y han pasado muchas otras cosas como para que ese fuera un recuerdo recurrente. Y en todo este tiempo nos hemos visto crecer.

En el proceso de crecimiento de un hijo, por lo menos en mi caso, existe una curiosidad persistente por saber qué talentos tiene. Algunos padres un poco más inquietos le están destrozando los tímpanos infradesarrollados a sus fetos con música de Mozart a todo volumen con la esperanza de que el bebé traiga consigo un Stradivarius. A esta tortura la llaman "estimulación temprana". Yo no estimulé a mi hijo. Ni temprano ni tarde. Mi estimulación temprana consistió en que no me pillara ebrio, que no me viera llorando mientras me separaba de su madre o de vez en cuando jugarle fútbol porque desde que nació yo ya me sentía viejo para andar arrastrando carritos. Tampoco le leí cuentos porque prefería hablarle sobre la vida y sus demonios en un tono tan lúgubre que le ayudaba a dormir. Sé que no fui un padre ejemplar. Aunque yo prefiero pensar que simplemente no fui un padre prototípico o convencional.

En este sentido, creo que los talentos que desarrolló mi hijo son su mérito. Los logró solito sin ninguna guía. Sin ninguna inspiración de mi parte. Mis aportes fueron materiales. Como esos padres poco sensibles que creen que lo material lo cubre todo. Así fui yo. Le heredé una organeta vieja a la que sólo le compré las pilas. Y por supuesto, un balón, ese regalo misterioso a los pies del arbolito de navidad al cuál se le puede dar patadas incluso sin quitarle el papel.

A partir de esos dos aportes, materiales y fríos, mi hijo empezó a desarrollar sus propios talentos: El fútbol y la música. Debo alegar en mi defensa que soporté estoicamente esos conciertos eternos de notas rechinantes y la musiquita de fondo de las organetas o "ritmos" que llaman, origen de la insulsa música electrónica. También colaboré con tardes de fútbol intenso enseñándole a mi muchachito la única jugada que sabía hacer bien: La chilena. Hasta que me disloqué el codo y decidí no seguir fanfarroneando con él. De resto, él siguió haciéndose sólo. Jugaba fútbol al rebote con las paredes y trataba de imitar las notas de las canciones que escuchaba en la radio en su pequeña organeta. Así fue madurando mientras yo seguía mi vida arrastrando los lastres de mi inmadurez.

Nunca fui consciente sobre sus avances. Y nunca hubo plata para meterlo en clases particulares de algún instrumento o algún deporte para hacer de su talento una carrera. Pero él seguía dándole a la organeta y al balón. Hasta que acabó con los dos. Entonces pidió una guitarra y un balón nuevo. Y yo seguí haciendo lo más fácil. Dándole lo material. Le compré una guitarra fina para así obligarlo a que la cuidara y un balón ahora sí de fútbol, porque lo otro era una pelota de cualquier cosa que servía para darle patadas.

Poco a poco ese sonido agudo y disonante fue tomando rasgos de melodía y me demostró empírica y técnicamente que lo que yo creía que era una chilena sólo era caerse para atrás y por casualidad pegarle al balón. Poco a poco fui tomando consciencia sobre el desarrollo silencioso y vertiginoso que había tenido mi hijo.

Uno de los primeros gestos ególatras de un padre orgulloso es creer que su hijo le heredó algo relacionado con sus talentos. No fue mi caso. En mi caso fue una grata sorpresa y mayor desconcierto no saber cómo hizo mi hijo para desarrollar un talento musical y otro deportivo de los cuales carezco completamente. Pensé en los talentos de su mamá. Pero ni música ni deporte. Su madre es talentosa para el baile, la pintura y las manualidades. Pero la música o el deporte no están en el menú. Y mi talento musical no me da ni para tocar bien un timbre. El que mejor me sonaba era el del apartamento de un amigo que hacía parecer como si el edificio estuviera echando reversa al ritmo de "la cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar". Y como futbolista me refugié en el arco. En ese cálido espacio debajo de los tres palos. Culpable de todos los males pero el que menos corre. Era a lo que estaba acostumbrado en mi vida.

Mi hijo iba creciendo mientras yo daba tumbos. Por cada caída mía el afinaba mejor una nota. Le llegó la adolescencia hace unos años y dejó a un ladito el balón para abrazar la guitarra con más fuerza. En ese proceso de crecer, que es ir desechando todos los sueños para aferrarse a uno, optó por la música. Y no se conformó con la guitarra sino que empezó a "darle a los tarros" como le dice a tocar batería. Y su ritmo y coordinación eran sencillamente impecables. Sus primos lo abrigaron con más melodía, con amor de hermanos y poco a poco la música se convirtió para ellos en una religión. En la mejor religión. Esa religión en la que se reza meneando la cabeza y moviendo las manos pero sin fanatismos ni falsos profetas. En la que el único mesías se llama Rock’n’ Roll que sólo pide que el devoto se ponga de rodillas para culminar el éxtasis de la interpretación. Esa religión que hace familia alrededor de una banda. En donde las estrellas no señalan ningún lugar sagrado sino que se apoderan de sus sueños, haciéndolos a ellos mismos estrellas.

La música se convirtió en el idioma de mi hijo. Su talento le ha dado un lugar privilegiado en el cosmos. Porque la tarima lo llama sin pretensiones. Sin ser el niño angustiado que se sube al escenario para someterse al escarnio de un público ávido de tragarse aspirantes. Él disfruta su música, la hace sin mirar el entorno, mientras hace temblar los tarros la melodía corre por sus venas y tiene explosiones fantásticas de adrenalina que lo vuelven sublime, majestuoso, grande.

Es una tendencia generalizada de los padres que creamos que nuestros hijos son los mejores. Y así debe ser. No sólo es nuestro derecho sino nuestra obligación. Y para mí Nicolás es el mejor. No porque no haya mejores tocando la batería o la guitarra. Sino porque elaboró sus talentos con paciencia y disciplina que no tiene para nada más. Porque encontró su vocación más allá de las tareas y los desafíos que impone el sistema. Porque ha descubierto un espacio de bondad que se traduce en notas, decibeles, armonía, coordinación, empalmes, banda y rock ‘n´roll.

No es un buen estudiante. Le cuesta trabajo concentrarse para entender qué dice la historia, en dónde quedan los lugares que señala la geografía, se enreda con las factorizaciones, la biología y la química se le complican y sus notas académicas no son tan buenas como las musicales. Pero qué importa. Para qué es la educación. Para formar eruditos o para formar seres humanos. De qué le sirve saber tanto si lo que le gusta saber, si lo que necesita saber, si lo que lo llena y lo hace feliz no lo resuelve la calculadora ni los libros sino sus "tarros" y su banda. Y mi objetivo como padre no es llenarlo de conocimientos insulsos. Mi objetivo es que sea feliz. Pero el sistema hace que la felicidad esté muy cerca del fracaso. Y mantiene al talento arrinconado por el conocimiento. Él me lo ha explicado desde su frustración y yo se lo he replicado desde el realismo que va de la puerta de la casa hacia afuera.

Ahora comprendo que él desprecie todo lo que no lo hace feliz. Porque el sistema lo está obligando sin motivarlo. Le tiran ecuaciones y millones de datos que él no sabe para qué le sirven. Que no hacen que Breaking the Law suene mejor. Y al final de cada período le tiran unas calificaciones horrorosas, para que él sienta que está haciendo las cosas mal. Sistema educativo de mierda. Está ceñido a un pensúm de fábrica fordista. De formación de seres humanos en serie. Homogéneos, grises y aburridos. Llenos de datos, fechas, fórmulas y conocimiento sin alma. La genialidad es vocacional, no académica. Y el talento es natural, no se enseña, sólo se perfecciona en la medida en la que el gusto lo vuelve disciplina y constancia.

Ahora entiendo a mi hijo. Comparto su aversión por el estudio y su vagancia. Porque entre un libro de matemáticas y una guitarra, él prefiere la guitarra. Y a mí también me suena mejor su guitarra que su libro. Pero él debe entender que si queremos derrotar el sistema tenemos que infiltrarlo. Succionar lo mejor de él y aprovecharlo para nuestro beneficio. La estrategia no es abandonarlo y luchar contra él desde la desolación del aislamiento. La estrategia es ser feliz a pesar del sistema. Aprovechar que ahí se encuentran más soñadores presos de la escuela con los que se puede volar. Y que finalmente esos reos son sus amigos de banda, sus bandoleros.

Al sistema hay que engañarlo. Hacerle creer que somos parte de él. Dejar nuestras huellas impregnadas en sus aulas que parecen jaulas y sacar de ahí los cartones que nos abren las puertas de nuevas cárceles que seguiremos infiltrando. Hacer menear las gafas, los lapiceros y las batas de laboratorio al ritmo del Rock ‘n´Roll como un grito de revolución que se va carcomiendo las bases de esta educación para abrirle paso a las alas del talento.

Entonces, hijo, no pienses que cuando vas al colegio vas a una tortura de ocho horas de aburrimiento. Piensa que es tu misión encubierta en la que estás dejando tu marca de resistencia, rebeldía, cambio y revolución. Tu música es tu arma y cada vez que le das a los tarros el sistema tiembla a tus pies. Comprende el por qué de las matemáticas. Pitágoras creó música con las matemáticas y dedujo, con base en fórmulas matemáticas, que la música es "la perfección del Universo". Que la historia te ha traído a este siglo, en el que la revolución más que un sueño es una forma de vida. Eres un privilegiado por eso. Que vale la pena saber que estás en Colombia, en un potrero de Cota haciendo sonar tus tarros. Para que cojas el mapamundi y te imagines en Papúa Nueva Guinea con tu banda, ese grupo de reos que conociste en colegio, esperando para salir al escenario. Ningún conocimiento sobra así no te haga falta.

Haz tu tarea de infiltración bien hecha. Deja tu legado en los cientos de personas que te rodean y te admiran. En los de primaria que te ven como el grande. En los mayores que te ven como lo que les hubiera gustado ser en el colegio. Aprovecha tu talento para derrotar el sistema. No dejes que el sistema derrote tu talento. Sé inteligente y date cuenta de que no es tan difícil. Y que si bien el sistema educativo es una mierda, ahora es el camino más expedito que tienes para llegar hasta donde quieras llegar. Tú eres el infiltrado, yo soy tu cómplice. Gana tu libertad entre los barrotes del sistema para demostrarle a esta fábrica de individuos que es el talento el que hace buenos seres humanos. Yo te ayudo. Pero dame la mano. Y ponte a estudiar.

domingo, 16 de octubre de 2011

La historia de la novela que no he escrito.


Siempre que considero que soy un escritor, me asalta la sensación de que miento. Y miento por una razón muy sencilla. Para ser escritor hay que escribir algo. Y yo he escrito muchas cosas, pero no he escrito nada. Porque no he escrito ninguna novela. Y un escritor sin novelas es como un árbol con flores pero sin frutos. Las novelas consagran a un escritor. Y como yo no tengo escrita una mísera novela, seré lo que siempre ha dicho mi padre de mí con mucho orgullo pero con una sinceridad que hiere: Soy un escribidor.

El primer intento que hice para escribir una novela me remonta al año de 1994. 20 años, soltero, apuesto y con un gran espíritu de escritor. Me senté al frente de un Apple con formato Macintosh. No existía aún, por lo menos para mis ojos, Microsoft y todos sus hermosos programas. Así pues, avancé 16 páginas de una historia maravillosa. Era imposible que mientras escribía no dejara de imaginarme el estrellato. Un escritor joven, soltero y apuesto publicando una novela magistral que relataba la historia de Colombia a mediados del siglo XX, la llamada “época de la violencia” a través de los ojos de un anciano que relataba su propia historia.

Era un viejo a quien los primeros brotes de violencia de los 20´s le habían arrebatado a su mamá siendo aún un niño, además, era un hijo natural, por lo tanto no tenía un padre conocido. Esto lo había obligado a crecer sin hogar, sin nombre y sin religión. Y esto lo había llevado a no tener padres sino patronos, a no tener educación pero sí formación, a no tener credo pero sí odios. Aprendió a hacer de todo en las fincas de los grandes hacendados desde muy joven. Trabajó tanto y tan duro que la gente decía de él que “trabajaba como un chucho”. Así obtuvo su primer nombre: Jesús, que fue complementado con una cédula fraudulentamente obtenida para votar en las elecciones de 1950 por Laureano Gómez, porque su patrón de turno era conservador. Así le llegó el apellido Echeverry, sin segundo apellido. Jesús Echeverry me contó su historia y yo la hice novela. Ya había relatado sus orígenes, cómo el capataz de la finca violó a su primera novia, una niña de 14 años a la que él cuidaba celosamente para que fuera su mujer toda la vida y cómo esto le generó un resentimiento perpetuo con sus superiores que desembocó en que se volviera guerrillero en 1951 uniéndose a las guerrillas liberales de la época. Y cómo en esta condición mató al patrón que lo obligó a votar por Laureano.

Un forajido resentido relataba una época vivida por millones de forajidos resentidos. A través de sus ojos yo contaba la historia. Jesús Echeverry nació en mi mente y yo le di vida, nombre y hechos. Y esto estaba siendo una novela maravillosa, mi lanzamiento al estrellato prematuro, el inicio de una carrera brillante de escritor consagrado.

¿A alguien le han formateado el puto disco duro? ¿A alguien le formatearon el puto disco duro en 1994? En 1994 la expresión “Back up” no era ampliamente difundida entre los ingenieros de sistemas. Los diskettes, esos discos de la prehistoria informática debían guardar la información celosamente. Pero el más mínimo toque con un imán, acercarlos al calor o que los cagara una paloma, los hacía inevitablemente inservibles para siempre y su información irrecuperable. Para no hacer largo el cuento de esta desgracia, la empresa en la que yo trabajaba mandó a ampliar la memoria de todas sus unidades de computador. Y entre esas unidades estaba mi pichón de novela. Una mañana prendí mi computador y el encendido era mucho más moderno. Pero no aparecía mi archivo por ninguna parte. “Jesús Echeverry” ya no existía más. Y nadie daba razón. Sólo unas palmadas en la espalda y el reproche sutil por no haber guardado el archivo el cual había guardado en un diskette. Pero ese maldito diskette lo puse encima de un bafle de un equipo de sonido y el maldito bafle tenía en su interior un enorme imán (lo supe ese día) y me había borrado toda la información. Lloré, sí… lloré… lloré y bebí aguardiente esa noche para olvidarme de Jesús Echeverry, de su patrón conservador y de su novia violada… lloré a Chucho hasta que me emborraché… ese día, entre tragos me prometí no volver a escribir una novela… perder esa novela, aunque no lo crean, fue peor que la terminada con mi primera novia que casi me mata… mi primer gran amor literario se había ido. Ese que me había prometido la fama y la consagración como escritor joven, soltero y apuesto. Maldito Chucho hijo bastardo… no dejó la menor huella. Te habría dado un funeral de lujo después de nuestra charla… pero me abandonaste… Chucho Echeverry… mi primera decepción literaria.

Sin embargo, como en el amor, las promesas eternas sólo duran hasta que llega un nuevo amor. Hice mi segundo intento para escribir una novela en el año 2004. Menos joven, menos soltero y menos apuesto, inicié mi segunda aventura literaria. Fue la historia de un jugador. Mi propia historia disfrazada en tercera persona. En realidad saqué de mí los pensamientos y sentimientos y los metí en situaciones que viví a medias o que no viví pero pude haber vivido. Una historia de un irresponsable que pasaba del remordimiento al cinismo en un ciclo eterno. Pero esa historia no creció. Se colgó a las 35 páginas cuando el final me sorprendió. O quizás lo precipité, porque no era una historia grata. Ese cínico irresponsable remordido era yo mismo. Y yo mismo no me soportaba. Por eso terminé la historia que quiso ser novela pero quedó en estado embrionario, abortó y nunca vio la luz. Pero por ahí anda publicada en este blogcito. Esporádicamente alguien se equivoca y la lee. Pero no es una novela. En el mejor de los casos es un cuento largo. Desde ahí las novelas se desaparecieron de mi mente.

Me dediqué a escribir crónicas, mi fuerte. Ese estilo en el que sólo hay que recordar hechos que llevaron a otros hechos de cosas que realmente pasaron. Y eso hice. Recordar y escribir. Por fin mis letras conocieron los ojos de esa masa etérea llamada público. La Revista Número, por recomendación de mi gran maestro Alberto Salcedo Ramos, me dio un voto de confianza y me publicó un par de crónicas. Con una de ellas gané un premio nacional de periodismo. Es decir, de letras estaba bien, pero una novela no asomaba en mi imaginación.

Y ahí ha estado ese reto inconcluso e incumplido en mi vida, en mi pretensión para ser escritor. Cada vez soy menos joven, menos soltero y menos apuesto. Y ese escritor brillante y precoz de los 20 se quedó pasmado, aún cumpliendo su promesa de no escribir una novela jamás. Y ahora no sé cómo salir de este letargo literario para lanzarme a escribir una novela de verdad. No ubico la historia, los personajes, la trama… me falta imaginación. La tragedia de cualquier artista. Un pintor que no imagina no sale del tedioso bodegón. El músico no sale de las mismas partituras que por más hermosas que sean, son de otros. Suenan lindo, pero suenan igual. Y así… y ahora quiero imaginar una historia.

He tratado de revivir a Jesús Echeverry pero no he podido. Ya no es lo mismo. Ya no me cuenta igual su historia y cada vez resulta menos interesante su vida. Preferí dejarlo ahí, perdido, quizás muerto. Jesús Echeverry murió definitivamente en un accidente informático. El jugador ya vivió lo que tenía que vivir. No se puede alargar la historia porque la historia nunca se alarga. La historia es. Así sean las historias inventadas.

Por eso mi reto ahora no es resucitar al bastardo Chucho o alargar las aventuras del jugador. Ahora el desafío es inventar una historia. Imaginar, tan sólo imaginar. Quizás, reconstruir la historia del tío Rafa de mi padre. Un zapatero esquizofrénico del que no tengo mayor dato. Sólo que iba a matar a mi abuelo y que no lo mató porque quién trató de disuadirlo terminó muerto antes. Que Rafa terminó en Sibaté, loco. Nada más. Quizás me invente un romance entre María Franco, mi bisabuela, de la que sólo sé que era una cantante soprano italiana que murió en un accidente de tránsito poco antes de una presentación en Roma, y Ramón Burro, una leyenda de Anserma, el pueblo de mis viejos, caracterizado por ser supremamente fuerte y supremamente tosco. Pero no queda el menor rastro de la historia de mi bisabuela italiana y aún menos de Ramón Burro… pero sólo sus nombres son suficientes para inventar una historia, un romance, una novela: “Ramón Burro y María Franco”.

No sé de dónde voy a sacar esta novela. A veces me detiene pensar que va a ser mala de entrada. Un fracaso de comienzo. Una historia sonsa y aburrida. Y me abstengo de empezar, derrotado de antemano. Tan poca fe me tengo…

Pero otras veces pienso que tengo que empezarla, que no importa si es sonsa y aburrida, que quizás para ser mi primera novela, un experimento, no importa cómo salga y que el sólo hecho de que salga ya sería suficiente logro. Y me entusiasmo…

Hoy estoy en ese punto. Siento que quiero hacerla y que no me importa el resultado. Si hay resultado, será bueno, así sea mala la novela. Y me lanzo a pensar de cara al paisaje de las montañas de Villeta que se ven desde la casa de mis padres. Y me imagino las mulas de Ramón Burro atravesando el páramo mientras María Franco lo extraña en Roma, sentada al lado del Río Tíber, añorando esos brazos de Ramón después de haber tenido una aventura con él en su breve paso por los pueblitos de Colombia, con su función carnavalesca, de los años 20. Otras veces me quedo explorando la mente dañada del tío Rafael enfurecido con mi abuelo Ramón, el único comprador de sus pésimos zapatos, pensando que lo ha robado toda la vida pagando su trabajo a un precio muy malo. Con el revólver en la mano buscándolo para matarlo cuando apareció el señor Grajales para disuadirlo y terminó muerto.

Imagino todo el día. Repaso lo que imaginé en la noche. Y ahora estoy decidido a escribir esa novela. Ya no me importa el éxito prematuro del prodigio de 20 años, de lo apuesto que me podría ver con mi novela en la mano o qué tan soltero o casado pueda estar. Ahora sólo me interesa lanzarme a esta aventura literaria de escribir una historia de largo aliento. De llevar una historia por los caminos de mi creatividad. Darle tiempos y lugares mágicos, acuñarle frases que me suenen inmortales y comprometerme a terminarla. Por eso me he comprometido conmigo mismo a darme ese regalo de cumpleaños. El 11 de julio de 2012, a mis 38, quiero tener en mis manos esa novela. No tengo plata para publicarla pero ya convencí a mis hermanos de que hagan una vaquita y me publiquen unos ejemplares, para vender entre conocidos y amigos que al menos de pena me la compren.

Le pedí a Angelita, mi esposa, que me haga el mercadeo entre sus amigos para que llegue un poquito más lejos. Y así. Así se quede en las bibliotecas de los libros que nunca se lean, voy a hacer mi novelita. Le daré vida a unos personajes que hasta ahora me estoy inventando en unos escenarios que aparecen en mi cabeza. En una época que no es esta época, en un lugar que no es este lugar. Voy a escribir mi novela con la extensión de una novela. Le haré tantos “Back ups” que su título podría terminar siendo “Back Up” y ninguna modernización informática me lo va a arruinar.

Seré cada vez menos joven, más casado y menos apuesto. Pero le apuesto a este proyecto y les pido su buena energía. Esa que todos los días me mueve los dedos para seguir escribiendo. Se viene la novela. Se viene la metamorfosis del “escribidor” al “escritor” así como el gusano se convierte en mariposa.

Estoy haciendo la promoción de una novela no escrita, prometiendo una fecha de lanzamiento en un típico arranque de irresponsabilidad. Pero acá voy. Voy a hacer mi novelita ¡Y carajo!, espero que cuando la saque me la compren.