La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

miércoles, 12 de febrero de 2014

El síndrome Leszli Kálli.



Sucedió en abril de 1999. Un avión de Avianca que cubría la ruta Bogotá – Bucaramanga fue secuestrado por guerrilleros del ELN. Allí iba una cándida niña de 19 años llamada Leszli Kálli. Su tragedia quedaría registrada para la posteridad en un libro que ella misma escribió llamado: “Secuestrada”. Hasta allí, nada muy distinto de la historia miserable que deben padecer tantos colombianos que han sufrido alguna tragedia por culpa de nuestro ridículo conflicto.

Como era de suponer, Leszli Kálli continuó con su vida, como la han tenido que seguir todos los que han salido vivos del cautiverio. En algún momento de la vida se encontró con Gustavo Petro. Congeniaron, por lo que cuenta ella, por el amor hacia los animales, y Kálli terminó trabajando para la administración del alcalde en un cargo no muy bien definido con unas funciones no muy claras. Allí empezó otra novela. Según su relato, los celos de la esposa de Petro desembocaron en su prematura renuncia, con ingredientes tan sórdidos como una amenaza de violación de un funcionario de la Alcaldía que fue denunciada ante la Fiscalía. Esta historia también está registrada en otro libro de su autoría recién editado que se llama “En las entrañas del poder. Acoso laboral en la Alcaldía de Bogotá”.

Sin duda, Leszli Kálli ha sido víctima de una sociedad enferma. Fue secuestrada, vivió en el exilio y ahora enfrenta los atropellos de una sociedad machista y de una institucionalidad opresiva. Pueda que tenga razón. Pero la forma como ha decidido vivir refleja el contagio que convierte súbitamente a una víctima en una fiera pendenciera.

Ocasionalmente reviso la cuenta de Twitter de Leszli Kálli para saber qué piensa. Y la verdad no piensa mucho. Reacciona, insulta, injuria, intriga, pelea, destila tanta hostilidad que no es agradable pasar de cuatro o cinco trinos para saber que es una persona tremendamente resentida, con un sentimiento tan rancio que la carcome por dentro, y con un deseo inmenso de venganza que no materializa pero que se trasluce con todo su odio.

Quizás ella no lo sepa con claridad, pero se convirtió en militante antisocialista. Detesta a Petro y por extensión a Nicolás Maduro. Habla del castro-chavismo con más propiedad que el propio Uribe a pesar de que Uribe jamás ha definido qué es el tal castro-chavismo.

Y vive en Twitter. Se ha convertido en su cuartel de aliados y trinchera de enemigos, que además los ve por toda parte. Allí, en 140 caracteres, dispara cada sentimiento como un proyectil con el que quiere volar una cabeza. Está encumbrada en el pedestal de los intocables, de los que no escuchan razones, de los que no pueden aceptar en lo más mínimo que podría estar errando el camino. Es una radical convencida de su superioridad sobre el resto de la humanidad y solo tienen razón los que compartan su pasión.

Sonará contradictorio, pero admiro a Leszli Kálli. Y la admiro porque soporta con gallardía una enfermedad que tenemos la mayoría de los colombianos: El odio. Ella odia sin tapujos y sin hipocresía. Odia incitando al odio y sumando odiadores a su causa, hostilidad a sus apreciaciones y como debe ser, sin la más mínima posibilidad de diálogo o reconciliación. Así se odia. Con el hígado y a matar o morir. Y así odiamos los colombianos. Así ha transcurrido nuestra historia desde Bolívar y Santander hasta Santos y Uribe.


Leszli Kálli es un ícono de la colombianidad. Ojalá se cure algún día.


martes, 21 de enero de 2014

Me voy de viaje con "V" de voluntad.


Me voy de viaje con "V" de voluntad. Me voy por unos meses, pocos, con la maleta llena de sueños y anhelos, con ganas de vencer a mis demonios, que con el tiempo y de tanto vernos se han vuelto mis amigos de insomnio, póker y cervezas. Me voy con mi esposa, mi amiga, mi cómplice y mi mentora. Me voy a su lado porque me ama y quiso llevarme. Me voy con ella porque la amo. Nos vamos porque al casarnos decidimos emprender todas nuestras aventuras juntos. 

Como si fuera una alegoría, me voy para la pequeña ciudad de Dayton en Ohio, Estados Unidos, en la que nacieron los hermanos Wright, Wilbur y Orville, por allá en la década de los 70 del siglo XIX. Ellos asumieron el reto de volar dándole motor a unas alas. Pero más allá del simple hecho de ponerse en el aire por unos segundos, su gran desafío era poder controlar el vuelo. El deseo con el que construyeron ese primer avión era poder hacer un viraje en el aire. Y por un instante lo lograron. Esto coincide con mi propio deseo. No sólo quiero volar. Quiero tener la fuerza suficiente para poder controlar mi vuelo y llevarlo hacia algún destino.

La razón es simple. Soy de esas personas que siempre ha encontrado más excusas que motivos. Como ya lo he dicho antes, soy justo ese tipo de persona que Coelho no recomienda: Tóxico, pesimista, negativo, procrastinador, amargado, rancio, hostil, hosco, aburrido y vengativo. Tan vengativo, que yo no recomiendo para nada a Paulo Coelho. Pero no me voy con la intención de cambiar nada de lo que soy. Eso soy. De todas maneras, si quiero conocerme mejor, saber para qué hago lo que hago, cuál es el sentido de mis acciones, hacia dónde va mi espiritualidad, cuál es mi talento y mi vocación, cómo puedo seguir esquivando al sistema sin que eso multiplique mis necesidades. Es decir, quiero comprender cuál es mi plan de ruta, en dónde están las tormentas y los vientos y por fin saber en dónde quiero aterrizar, porque necesito aterrizar.

Quiero irme para tener largas charlas con mis demonios. Para no dejarme emborrachar por ellos, ganarles en el póker y sacarlos de la casa a sombrerazos antes de irme a dormir. Y quiero dormir. Quiero dormir en la noche, levantarme temprano, hacer ejercicio, ir a aprender inglés para ampliar mis confines tan estrechos ahora por el idioma. Quiero además, conocer gente que me cuente cómo es el mundo allá, desde allá, desde muchos allás. Porque conozco lo poco que he recorrido y lo que me cuentan los de acá sobre cómo es allá. Pero quiero la descripción del allá viniendo de las personas que viven en esos lugares que quedan por fuera de mi imaginación y mis prejuicios.

Me voy con la ilusión de un niño a mis casi cuarenta años, suponiendo que aún me queda media vida, así no fuera cierto. Muchos viven con intensidad su juventud. Es lo que manda la lógica. Pero yo quiero vivir con intensidad mi madurez, mi vejez y por más contradictorio que suene, quiero vivir con intensidad mi muerte. No por vivir cada día como si fuera el último. No puede haber nada más desgraciado. Pretendo vivir con la consciencia de mi finitud y con la sensación de que el único recipiente que debo llenar en mi vida es el de los sentidos.

Me voy con el compromiso de aceptar que soy parte de un equipo: Mi esposa, mi hijo, mi familia, mis amigos y todas aquellas personas que me han deseado el bien de corazón. Y que como parte de ese equipo debo asumir la función que implica ser un engranaje dentro del proyecto de felicidad de las personas que me rodean. Por eso asumo el compromiso de afianzar mi responsabilidad y disciplina para cumplir con mi misión, que es simple y no está preestablecida por ningún dios. Mi misión es quedar grabado con alegría en el recuerdo de las personas que compartan cada pedacito de mi vida. Mi misión no tiene nada que ver con salvar a la humanidad, trascender o dejar un legado imborrable para la historia. Eso lo han hecho personajes nefastos. Mi misión está en que cuando alguien se acuerde de mí, sepa que siempre lo o la traté con la mejor de las intenciones y sin mayores pretensiones. 

Me voy con mis defectos tan míos, con los cuales quiero emprender un viaje interior para darles matices de virtudes en la adversidad. Porque cada defecto tiene un equivalente en una cualidad que se manifiesta en los momentos en los que hay que templar el carácter. Y quiero templar mi carácter. Dejar de buscar culpables en mi historia y reconocer que si voy a pilotear mi vuelo no puedo comportarme como un simple pasajero.

Me voy ansioso, con esa ansiedad buena con la que corre un cronómetro ante el que uno se reta. Con el propósito ineludible de llenar de contenido el discurso que le doy a mi hijo para que enfrente al mundo y a sus propios demonios. Para que él comprenda que a todas mis palabras de aliento les sumo mi ejemplo, la única autoridad que respalda los consejos de un padre. 

Me voy de viaje con "V" de voluntad. Para que mi padre pueda por fin estar tranquilo porque su oveja negra aprendió a comer pasto verde, a convivir y a crecer en comunidad. Para demostrarle que incluso a la vida díscola se le puede dar cauce en algún momento, justo en ese momento en donde sus enseñanzas actúan como el faro guía del camino venidero. Me voy para que el sacrificio de mi madre haya valido la pena y que en el regreso mi sosiego y el sosiego de ellos sean uno. Me voy para retornar algo de los que mis hermanos me han dado, para que sepan que también estoy a la altura de sus logros y méritos a pesar de que mi ruta es muy distinta de la ruta del éxito. Me voy para buscar el camino de la felicidad, ese tan transitado en los buenos deseos y las buenas intenciones pero tan esquivo en la realidad de las personas.

Me voy por un tiempo, no muy largo. Pero espero que sea el tiempo suficiente para poder virar mi vuelo en el aire, para disfrutar el roce del viento en la cara, viendo cómo he podido por fin sostenerme por un instante en la corriente. Ese instante elevado que necesito para verme en retrospectiva y en perspectiva. Para por fin, aterrizar. Aterrizar con firmeza, con seriedad, con serenidad y con la convicción de que ese tiempo fue valioso. Me voy con "V" de voluntad, de vida y de valentía. Porque necesito emprender el vuelo allí en donde un par de soñadores le dieron motor a unas alas. Ya tengo las alas. Voy por el motor. Hasta pronto.


lunes, 6 de enero de 2014

El alma libre y la confusión.





¿Qué pasaría si el alma pudiera liberarse? Si pudiéramos divagar más allá de esta cárcel viva envuelta por piel que llamamos cuerpo, si pudiéramos viajar más allá de esta nave esférica, verde, azul y gris anclada a su órbita que se llama Tierra.

Eso es lo que pienso echado en el pasto en la noche mientras cuento millones de punticos brillantes en el firmamento cuando las nubes me dejan y la luna se oculta. Sé que la religión y la ciencia ya se han preguntado esto muchas veces y que tienen sus propias respuestas. Pero he decidido desconfiar de la ciencia y no creer en la religión, para simplemente entregarme a mi imaginación, el único ente en el universo al que le rindo culto. La ciencia y la religión son la imaginación masificada de otros.

Se nos ha dado la razón para comprender el universo y un cuerpo que ni siquiera es capaz de vivir sin oxígeno. Aunque se nos exige gratitud para ese ser omnipotente inventado que llamamos Dios por permitirnos ser conscientes de nuestra insignificancia en el cosmos, yo siento que esta condición es cruel. Estamos girando dentro de un espacio inaccesible. Somos imperceptibles ante la infinitud. Y desde acá sólo podemos ver destellos titilantes como ilusiones lejanas.

Entonces cierro mis ojos e imagino. La única forma en la que puedo transportarme hacia los astros distantes. Imagino que mi alma es libre, que puede volar, flotar y desplazarse más allá de los confines de esta estrecha atmósfera para indagar. E imagino que mi alma está provista de los sentidos que tiene mi cuerpo y la capacidad que tiene mi mente, pero que soy inmune al dolor. Y sin dolor no tengo miedo. Y sin miedo no tengo límites.

Entonces viajo. Y mi viaje está lleno de todo y de nada. De todo lo que no sé, porque nada conozco. Desde afuera veo que este planeta, que para mí lo es todo, en realidad es poco, casi nada. Y lo dejo allí, girando, sabiendo que en su interior todo lo vivo envejece y muere vuelta a vuelta. Y me voy.

Me voy sin la curiosidad del científico. No quiero saber de qué está hecho el cosmos ni cómo funciona. Quiero saber de qué estoy hecho yo y para qué existo. Quiero saber qué es el espíritu, la razón, la trascendencia, los sentimientos, el amor, el sufrimiento, el dolor, la vida, esa vida propia que es tan fugaz en este espacio ilimitado. Por un instante recuerdo que las lucecitas que veo en la noche son reflejos de hace millones de años y que cuando mi alma imaginada llegue allí, quizás esa luz ya no exista.  Que esa luz es miles de milenios más antigua que mi cuerpo sin brillo. Que en la magnificencia todo es aparente.

En mi recorrido quisiera cruzarme con el asteroide B-612 y ofrecerle disculpas al Principito y a su Rosa por no haber leído nunca su libro completo. Quisiera preguntarle a él si ya encontró sus propias respuestas, porque yo no he podido encontrar las mías. Entre más distancia tomo del mundo, más lejos estoy de las respuestas y mucho más cerca de la incertidumbre. Porque las respuestas necesitan un contexto y mi alma viajera ya ha perdido las referencias. Ya no tiene al mundo.

Entonces libre soy como un fantasma errante, sin preocupaciones ni ocupaciones, sin responsabilidades y sin semejantes, sin horarios ni lugares, sin tiempo ni espacio. No tengo nada. No soy nada. Soy mi alma divagante entre astros habitados e inhabitados y prolongados vacíos, preguntándome cosas que ya no tienen sentido porque no tienen contexto. Y mi confusión se hace tan grande como el universo. Mis dudas son infinitas y por infinitas ninguna. 

Soy realmente libre. En el cosmos yo soy mi propio planeta, mi propio punto de referencia y mi contexto. En el infinito soy el centro de todo y todo gira a mi alrededor. No es egoísmo. A cada alma divagante le pasará lo mismo y hay mucho infinito para cada una. 

Entonces comprendo el calibre de mi grillete. Súbitamente siento el frío del pasto húmedo en mi espalda y dejo de volar, de imaginar. Comprendo que la fuerza de la gravedad no es un capricho, porque nadie estaría atado a los límites del tiempo y el espacio que nos brinda esta esfera viva verde, azul y gris por su propia voluntad. Y comprendo que esta esfera, perdida e insignificante en la inmensidad del cosmos, me ha permitido vivir. Y le ha permitido a mi cuerpo echarse en la hierba para imaginarse en las estrellas. Me ha permitido inventarme a un Dios que yo creo que me inventó a mí. Me ha permitido ser un recipiente de ilusiones que saco a pasear de vez en cuando para sentirme libre.

Como una paradoja, descubro que no podría ser libre sin lo que me aferra. Que de alguna manera la imaginación que me saca de este planeta reposa en mi cuerpo que siento como una cárcel. Que sin esto que me hace lo que soy, mi contexto y mis prejuicios, no podría imaginar las dimensiones inexistentes de mi libertad en el universo. Y que soy echado en el pasto de noche especulando lo que quiero, porque la imaginación me lo permite. Que ahora no entiendo bien lo que pienso y lo que escribo. Pero que pienso y escribo porque una fuerza motora me lo permite. Esa fuerza se llama vida. Vida que es posible por el oxígeno que respiro.

Entonces descubro que soy libre porque soy esclavo. Porque añorar me hace imaginar. Y porque imaginar me hace libre en el mejor de los espacios: Ese que no sabemos si existe, pero que lo hacemos existir, porque la imaginación existe. Existe atada un cuerpo y a una mente que la hace posible. Y la imaginación logra que todo sea posible. Entonces descubro que la imaginación y el universo son lo mismo. Son el infinito.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Me voy con tristeza porque me voy contento.




Una vez más estoy armando las maletas para irme de Colombia por un tiempo. Cuento con el privilegio maravilloso de poderme ir una vez más, esta vez por cuenta del mérito de mi esposa que se ha ganado un premio en esa maravillosa ruta del éxito. Y me lleva porque me he portado bien (carita feliz). Mientras enrollo medias y calzoncillos, pienso que de Colombia uno no se va. Uno huye. Uno huye de muchas cosas, pero sobre todo, huye del odio. Al menos yo.

Es muy jarto amanecer cada día y recoger el periódico como quien tiene que cambiar el pañal sucio de un hijo. Tratando de no ver y de no oler, pero amando al causante de la cagada. Así veo a Colombia. Así la siento. Sabe uno que la noticia del día generará una agria polémica de posiciones, argumentos y pontificados de unos y otros, incluido uno. Sabe uno que el país se va a polarizar con ferviente pasión a favor y en contra del tonto o la tonta del día, del que ese día le tocó figurar en primera plana por cuenta de la ruleta loca de las cosas extrañas que pasan acá. Somos fanáticos del odio y lo translucimos en cada oportunidad, generando empatías y antipatías con distintas personas todos los malditos días.

No puedo dejar de preguntarme ¿Por qué nací acá? Son esas dudas irresolutas que marcan el destino. Algunos ponen letreros un tanto ridículos en sus vehículos o en el muro del facebook que resaltan en amarillo, azul y rojo "yo no elegí nacer en Colombia, simplemente tuve suerte". ¿Suerte? ¿Cuál suerte? Mala suerte será.

Colombia es un país en el que apenas se sobrevive. Para criticarlo nunca sé por dónde empezar. Primero, porque hay mucho material de dónde agarrarse y las ideas van llegando en tropel y desordenadas, y segundo, porque además criticar es un ejercicio peligroso y deplorable en un país en el que emerge de vez en cuando un nacionalismo estúpido y nostálgico que se realza cada vez que un deportista logra algún triunfo, usualmente, lejos de esta Patria. O cuando juega la selección Colombia de fútbol, que es lo más cercano que tenemos a un vestigio de identidad nacional.

Colombia es un país hobessiano: "El hombre es lobo para el hombre". Aunque creo que es injusto darle ese calificativo a los lobos. En realidad, en Colombia el hombre es hombre para el hombre y para la mujer. Somos un país de machitos y machistas en el que constantemente nos estamos mostrando los dientes y retándonos para ver quién la tiene más grande. En el estadio, en el tráfico, en la fila, en la rumba, en el pupitre, en la oficina... en todas partes, hombres y mujeres.

Vivimos en un país en el que un Procurador General de la Nación, que debería proteger los derechos de la diversidad, el reconocimiento y la tolerancia en un país que constitucionalmente se reconoce como "pluricultural y multiétnico", es el adalid principal del catolicismo radical, recalcitrante, excluyente, discriminador y subyugante. Y es reelecto por un Senado corrupto, con el que previamente se ha intercambiado favores burocráticos, en el que algunos senadores sufren de amnesia temporal de su discurso diverso y liberal mientras lo reeligen y le pasan hojitas de vida de sus calanchines electorales. Pero esta es sólo una perla de un collar largo.

Colombia se precia de tener unos paisajes hermosos. Y es cierto, los tiene. Pero salir a ellos es tomar riesgos que pueden ser al menos lamentables. En Colombia lo público tiene dueños particulares, clandestinos y muy peligrosos. No es raro caminar por un sendero cualquiera para que algún matón uniformado, regular o irregular, salga de un matorral y le diga a uno que "no se puede caminar por ahí", que "es peligroso", que uno "se debe movilizar por su cuenta y riesgo". Esto, en el mejor de los casos. En el peor, los pueden dejar tendidos ahí mismo masacrados, como les pasó a Margarita Gómez y Mateo Matamala en Córdoba en enero de 2011 y a millares más que no son tan relevantes porque no estudiaban en la Universidad de los Andes. Tenemos unos paisajes hermosos sembrados de minas por todas partes. Ni siquiera los niños de las veredas pueden ir a estudiar tranquilos o ayudar a sus padres con las cosechas porque en cualquier momento su pie puede pisar uno de estos artefactos. Si tienen suerte, la suerte de ser colombianos, morirán en el acto. Si no, vivirán toda su vida lisiados, excluidos, relegados a la mendicidad y a la caridad pública en un país en donde el Estado tiene una política muy precaria para las personas con discapacidad, la infraestructura es absolutamente hostil y el ciudadano común no tiene ningún reato de conciencia al parquear su vehículo en los espacios destinados exclusivamente para ellos u ocupar sus sillas en los transportes públicos haciéndose los dormidos.

En Colombia ser "vivo" no es esa sensación de plenitud que nos permite disfrutar a rabiar el entorno. No es la complacencia por estar rodeado de aire, naturaleza, bienestar y congéneres que hacen de la vida algo más agradable. No. En Colombia ser "vivo" es esa mezquina capacidad que se tiene para engañar al otro, para burlar la ley, para regodearse en las mieles de la impunidad con todo cinismo. Eso es ser "vivo". Ser pícaro y astuto.

"Cultura ciudadana" es un término incómodo, contrario al "folclore" que nos permite hacer lo que se nos da la gana. Poner la música a todo volumen en la madrugada de un miércoles o hacer disparos al aire en estado de ebriedad, por ejemplo, es parte del folclore de nuestras regiones. El amargado es el que se indispone y reclama por eso, aludiendo términos tan extraños como respeto o convivencia. Ese es un rarito, un problemático, un insensato que se opone a la felicidad de la gente en un país en el que nos preciamos de ser felices, en donde la felicidad no es un asunto de condiciones de dignidad sino de "folclore". Ese folclore exacerbado hasta la saciedad por Dago García y Harold Trompetero en una saga de pésimas películas que desnudan lo más ramplón de la colombianidad y que pretenden que nos riamos de ello para ser más felices.

En mi país los valores se han invertido. La filosofía del trabajo duro y honesto para construir un patrimonio sólido y honrado es para los "bobos". Y los "bobos" son esos que trabajan de sol a sol, no roban, no matan y no humillan a nadie para lograr sus objetivos. Esos son los bobos de mi país. Es mejor ser vivo, conseguir mucho dinero en muy poco tiempo sin importar cuáles sean los medios para ello. Así toque robar, matar y humillar. Especialmente humillar. Los asesinos y ladrones son expertos en humillar a sus víctimas, pero, cuando por fin son capturados, salen ante las cámaras de los medios de comunicación como si fueran monaguillos consagrados que acabaran de recibir la primera comunión.

Y ni hablar de "la gente de bien", una caterva de fanáticos camanduleros pegados aún a la Biblia que ven con buenos ojos que las diferencias sean extirpadas a bala, por la fuerza implacable de ese Dios castigador y justiciero del antiguo testamento, que sonríen en las misas después de las masacres y se reúnen en clubes lujosos a puerta cerrada para instigar nuevas limpiezas de impíos, herejes y pobres, esos seres tan despreciables que invaden fincas en el campo y arruinan la vista en las ciudades.

Y el Estado, tan lleno culturalmente de "gente de bien", ha anquilosado un sistema feudal durante más de doscientos años de legado colonial, de castas y estirpes de propietarios y gobernantes, que dan a los pobres migajas, casitas miserables y subsidios que los hacen (a los pobres) dependientes e inútiles. Además, la educación en Colombia es una de las peores del mundo. Maleducados y felices, así se construyen los bobos y los sumisos. Y el Estado sabe fabricar bobos. Pero no esos bobos que son bobos por honestos. De los bobos que son bobos por conformes. De otra manera no los podría someter.

Ah, y los revolucionarios. Qué tristeza inmunda de revolucionarios. Marxistas de pacotilla ostentando Rólex, Harleys y yates mientras negocian en Cuba con el Gobierno su entrada al mundo de la política, el más podrido del sistema. No vale la pena hablar de los revolucionarios. No son revolucionarios. No son nada. Nada bueno.

Siento una profunda tristeza de irme contento. Me duele huir con una sonrisa tan amplia que las comisuras de mis labios limitan con mis orejas. Me duele irme feliz por huir una vez más de este espacio maldito impregnado de odio. Me duele sentirme apátrida y que no me importe. Me duele vivir mirando el mapamundi para imaginarme en lugares distintos del país que me vio nacer, por el que mi padre luchó tanto y en el que mi hijo está creciendo a pesar de todo. En Colombia tengo todos los lazos afectivos de las personas que me rodean. Familia y amigos. Pero no soporto el ambiente enrarecido que absorbe como un sifón la energía vital.

Cada mañana me levanto, me asomo a la ventana y este país de mierda sigue allí. Sigue allí como un espejo en el que me reflejo. Reflejo mis frustraciones, mis defectos, mi incapacidad y por supuesto, reflejo mi odio. No soy más que esto. Soy parte de esto. Un ser amargo, gruñón e inútil que sólo sabe criticar, que se vive mordiendo la lengua envenenada y maldiciendo cada día por estar acá. Pues bien, irme me hace bien. Cambiar la ventana quizás me cambie también el espejo. Sé que cada lugar tiene sus problemas, su gente idiota y sus gobernantes abusivos. Lo sé. La diferencia es que conocer no me duele. Que no tengo lazos afectivos que me generen tanto dolor y que mientras descubro cómo funciona el sistema mi ingenuidad me permitirá ser feliz por un tiempo.

Me voy triste de irme contento y con la angustia profunda de saber que tengo que volver, quizás porque deba, quizás porque quiera. Porque el amor que se siente por este país es irracional y atrae como un imán. Porque acá nunca se agota la sensación de que se puede hacer algo, porque todos los días se toca fondo y es difícil estar peor. Entonces vive uno así, como un péndulo que se va y vuelve, un péndulo que oscila como un niño, entre las lágrimas y las sonrisas, entre la lejanía y la cercanía, entre el odio y el amor.




jueves, 7 de noviembre de 2013

Nací para ser viejo.




Siento que nací para ser viejo. Para mí la juventud no ha sido el frenesí de vivir rápido e intenso, aprovechando cada instante para descubrir el mundo, sus tentaciones, sus encantos y sus excesos. No, mi juventud ha transcurrido en gran parte echado en una cama, en un prado, en un sillón o por ahí, caminando entre árboles y gente, imaginando mi vejez, que de a poco se acerca.

Es paradójico construir desde la imaginación algo tan incierto como la vejez. Porque antes de la vejez está el resto de la vida que es impredecible, cambiante, traumática, compleja y que en cualquier momento se acaba. Incluso y con muchas probabilidades, antes de la vejez.

Yo no me imagino una vejez responsable, sosegada y quieta. Tampoco me imagino esa vejez que se la pasa añorando la juventud, que intenta recuperarla a punta de bisturí, ejercicio, medicamentos y bálsamos de mentiras y fantasías que se compran con dinero. Que hace que lo demás envejezca para que uno parezca joven o que desnuda lo pueriles que podemos ser en el desespero por cambiar lo que ya no cambia.

Mi vejez la imagino como mi juventud, esperando algo más de algo posterior. Es decir, quizás imaginando mi muerte y lo que habrá después de esta. Y no porque crea necesariamente en la vida después de la muerte o en la reencarnación o en todos esos mitos creados por las religiones para mitigar el temor que provoca el más allá y hacer un negocio de ello. Pero sí me causa curiosidad pensar qué puede pasar con el alma cuando se le cae el edificio. También imagino mi vejez recordando. Recordando esa juventud cuando añoraba ser viejo. Recordando esas camas, prados, sillones, árboles y gente que me sirvieron de escenario para verme canoso y arrugado, proyectado en mi letargo de caminar cansino, de mi respiración forzada, de mi chasquear de quijada y crujir de articulaciones. Voy a recordar mi juventud imaginándome viejo.

Espero con mucho optimismo tener un lugar mío. O de mi esposa, quizás, en donde aún quepa yo. En ese lugar, en su corazón y también en muchos de sus recuerdos. Ojalá ese lugarcito sea una finca clavada en una montaña, con vista a otras montañas, lejos del ruido y de la gente, porque presiento que el tiempo y los hechos me van a acercar más a los árboles y me van a alejar de las personas. Ojalá pase cerca una quebradita que me arrulle el pensamiento.

Me veo sentado, mi posición favorita en el universo, en una silla mecedora cuyo vaivén acompase el ritmo de la enfermedad que a esa edad me haga temblar. Quisiera un perro grande que se eche a mis pies. Igual de viejo y gruñón que yo, que le dé pereza correr. Que se deje acariciar inmutable y que no demuestre mucho cariño. Quisiera también un bastón macizo, que me lleve de la silla a la baranda de un balcón que me permita mirar el mundo que se  muere a mis pies. Porque cuando uno muere, todo muere con uno. Y que me lleve de la baranda a mi cama, a dormir muchas veces al día, con el anhelo hermoso de no volver a despertar. Quiero unas encías fuertes para cuando me falten los dientes y una pipa antigua camuflada en una mata que me recuerde a mi padre. Fumaría tabaco picado a escondidas, de a cuatro o cinco chupones por tarde, hasta que la tos me delate.

Quiero la compañía de alguien que no sienta mi ausencia. Que no resienta mis horas metido en mí mismo, jugando con las gafas bifocales, variando entre el paisaje a lo lejos con un cristal y la mariposa posada en mi brazo con el otro. Que no se asuste cuando hable sólo y que sepa que mi locura y mi amargura sólo hacen parte de mí. Alguien que con el tiempo, mucho tiempo, se acostumbre a mis estupideces y se ría de mis torpezas. Que mis hijos y nietos vengan a visitarme de vez en cuando para que me cuenten cómo es el mundo que han tragado con sus ojos y que yo les cuente cómo es el mundo que he tragado con mis vísceras.

Cuando sea viejo, quiero masticar todos los días mis remordimientos, mis resentimientos, las sensaciones rancias que se quedaron en mi paladar eternamente, mis dolores perpetuos, el arrepentimiento por lo que hice y por lo que no hice y hacer con todo eso un mazacote para bajarlo despacio con vino en sorbos pequeños, al son de música vieja que, quizás, sea esa música que escucho ahora.

Nací para ser viejo. Transcurro mis días esperando a que el cuerpo me avise que el momento llegó. Que me diga que la codiciada juventud se ha acabado del todo, que ni rastro queda de ella. Y entregarme así a lo único a lo que hemos venido al mundo, a esperar ese instante mágico en el que volveremos a ser lo que siempre hemos sido: Nada.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

Atragantado.




Llevo un tiempo empezando varias veces un escrito que no pasa del segundo párrafo. Como lo reciente que cavilo y plasmo en letras, este texto que no avanza lo hago para drenar las aguas purulentas de mi psiquis que van contaminando todo mi ser. Pero hay algo en el medio que no me deja excretar toda esta maleficencia que llevo dentro desde hace un tiempo. Mucho tiempo.

En general, lo que se me atraviesa ahora cuando estoy escribiendo es todo lo que odio. Y lo que odio, siento, no está afuera. Lo llevo por dentro. Hasta mis globos oculares están llenos de eso, lo que sea, y todo lo veo picho. Soy justo ese tipo de persona que Paulo Coelho no recomienda: Tóxico, pesimista, negativo, procrastinador, amargado, rancio, hostil, hosco, aburrido y vengativo. Tan vengativo, que yo no recomiendo para nada a Paulo Coelho.

No es algo nuevo ni es la primera vez que me pasa. La diferencia es que ahora estoy atragantado. Antes, mi depresión fluía por entre los dedos y manchaba el teclado con tinta, lágrimas, sudor de fiebre, algún fluido proveniente de los pulmones y sangre de la nariz. Ahora, no. Ahora, todo queda atascado en un gesto agrio, de esos que impulsan las comisuras de los labios hacia abajo y juntan las muelas de arriba con las de abajo para hacer un ruido gutural parecido a un graznido. En eso han quedado mis letras. Casi que en una arcada profunda que no sirve para nada porque no sale nada.

Por fin he colapsado por dentro por acumular tanta oscuridad. He logrado tapar la alcantarilla de mi inspiración con la basura de mis odios y ahora me inundo. Me canso hasta sentado por andar engranando pensamientos corroídos por el óxido de la quietud y la apatía frente a todo, frente a todos. Tengo ya el gesto adusto antes de percibir el mundo y las fosas nasales infladas de escepticismo mientras escucho, mientras leo, mientras veo.

Quisiera matricularme en algún vicio para firmar de una vez por todas mi condena al fracaso. Pero recuerdo que el fracaso es mi vicio. Quizás ebrio no podría disfrutar del escrutinio riguroso que hago de mí mismo mientras me destrozo, porque el trago me duerme. La droga me da pereza. No me parece emocionante salirme de esta realidad que sin una pepa ya he vuelto surrealista. El cigarro sólo lograría hacer que todo eso que tengo amasado bajo mi garganta huela peor. Sólo los vicios modernos me abruman. Y me han cambiado las ventanas grandes por pantallas pequeñas.

Ando atorado, esperando ese abrazo furtivo por la espalda que me oprima fuerte y seco entre el esternón y el diafragma para que salga ese taco que no me deja expresar. Que ese golpe me saque de una vez por todas un par de lagrimitas y me devuelva el respirar pausado.

Mi espejo es cínico, por eso es indulgente y por eso es mi peor enemigo. He decidido una vez por sístole cambiar. Y una vez por diástole me he detenido, sin saber por qué. Las noches vuelven eternas, como aquellas noches frías de Buenos Aires de hace un par de años... quisiera aprovechar estas noches para escribir los versos más tristes como Neruda, pero mientras llega el alba, soy una sola sombra larga (ancha, mejor), como José Asunción.

Sigo sin poder avanzar más allá del segundo párrafo de mis odios. Sigo sin poder drenar mi bilis cuajada mientras me hincho. Sigo siendo el mismo idiota que patina intensamente en una sola baldosa. Sigo marchitando las hojas mientras las raíces se hunden muy profundo en un barro espeso.

Con el cursor titilando en ese punto inmóvil, creo, intuyo y supongo que es mejor así. Que quizás es oportuno dejar el párrafo allí, arrugar la hoja y empezar de nuevo. Creo, intuyo y supongo que debo sentir mis latidos en el sístole y seguir, avanzar, cambiar. Debo cambiar, decirlo tantas veces que se me olvide que lo estoy diciendo mientras cambio. Debo abrazarme, oprimir fuerte entre el esternón y el diafragma para expulsar eso, ese algo que me tiene lleno de nada. Debo pensar, creer y saber que mi alma podría. No que mi alma pudría.







martes, 23 de julio de 2013

Hoy amanecí cucaracha patas arriba.




Otra vez, hállome acá, perdido. Cada vez con más confusión y menos excusas. Con esa sensación de vacío que de tanto sentirla se ha convertido un cliché entre mis vísceras. Dejé quizás todo lo que creía que pretendía. Y lo dejé porque en el camino descubrí que no era lo que pretendía. Es más, descubrí que no pretendo nada. O que lo que pretendo, parece nada.

Robé por un tiempo la sensación de “ser alguien en la vida”, de tener ese reconocimiento de palmadas en la espalda que le hacen sentir a uno que está haciendo las cosas de maravilla, que alguien se siente orgulloso de uno, que uno puede llegar lejos, alto, ser importante, reconocido y trascendente. Sí, me paré en esa plataforma del éxito por unos instantes y me dio vértigo. Sólo sentía unas ganas inmensas de bajarme de allí para vomitar.

¿Y por qué? No sé. Tengo nociones. Sin duda, no soy bueno para asumir responsabilidades. Puedo hacer muchas cosas con gusto, excepto, si esa cosa es una responsabilidad. Estoy jodido. Para lo único que uno está en el mundo es para ser responsable. Esa es la clave del éxito, de la felicidad, de la estabilidad, de todo cuanto puede darnos un gramo de paz y tranquilidad en esta pelota viva verde y azul. Ser responsable es lo único que te pide la humanidad. Alguien te dice que tienes que responder por algo. Tú lo haces. Él o ella están satisfechos, si lo hiciste bien. Tú has cumplido. Así funciona este mundo. Para eso te contratan. Para eso naciste. Así eso de lo que tienes que ser responsable sea infinitamente perverso. Lo único malo es no ser responsable. Pragmatismo le llaman.

Acá nadie viene a hacer lo que se la da la gana. Eso es para forajidos, vagabundos, insurrectos, anarquistas, locos, enfermos, bobos o estúpidos. Cada cual viene a hacer lo que le toca. Todos nacemos con una misión, dicen. Hay una misión para cada ser humano que debe cumplir con toda atención, dedicación y sumisión. Así esa misión sea recogerle la caca a una celebridad o a la mascota de ésta. Esa es una linda misión. Quizás no por la mierda, pero sí por la celebridad. Esa misión está ligada a un destino y ese destino es lo que te hace una bella criatura de Dios, Alá, Buda, Jesús, Mahoma, Ra, Tor, Zeus o lo que sea.

Estoy condenado. Yo quiero hacer lo que se me dé la gana. No duermo bien. Nunca he dormido bien. No importa si he conciliado el sueño a las seis de la mañana, a las siete ya estoy increíblemente despierto asumiendo la culpa, la angustia y la desazón por querer hacer lo que se me da la gana. Estoy condenado. Nadie me va a contratar porque no asumo responsabilidades, porque no entiendo instrucciones y porque no obedezco órdenes. Y no porque sea un rebelde, no. Simplemente me da pereza. Me da pereza levantarme todos los días porque debo hacer algo, porque tengo que cumplir, porque tengo que “ser alguien en la vida”. Me da una mamera infinita ser alguien en la vida. No quiero ser nadie. No quiero ser nada. No quiero tener un nombre y cargar una cédula que me dice que soy de una nación a la que ni siquiera quiero porque la he aprendido a odiar todos los días, tres veces al día, viendo las malditas noticias. Sin embargo, me siento orgulloso de las personas que hacen bien las cosas por esa Patria que compartimos. Me emociono con sus logros y me alegra porque casi siempre triunfan lejos, en donde no tienen que sufrir la miseria que se vive acá todos los días. Han logrado huir y al mismo tiempo son referentes de éxito para otros más que quieren seguir sus pasos. Para ser alguien en la vida, lejos de esta “mala madre” como diría Fernando Vallejo. Esto no tiene lógica. Pero tampoco voy a asumir la responsabilidad de ser lógico.

No soy filósofo ni esta es una filosofía. Todo lo contrario. Es la ausencia de todo deseo por comprender el mundo, descifrarlo y encajar en él. Es justamente lo que lucho. Mi falta de interés por este mundo y su inercia de giros y elipses. Mi falta de interés por el prójimo, por ser mejor, por “ser alguien en la vida”. Soy un pábilo encendido en medio de una parafina que no se quiere derretir, que me tiene atrapado en este instante cósmico como la luz más oscura del universo.

Maldigo con toda mi fuerza la razón que me permite hacer estas reflexiones y sufrirlas, porque además calan en la conciencia que desde muy pequeño me enseñó a sentir culpa hasta por lo que no he hecho. “Pecado original”. ¿Qué es el pecado original? Nunca lo supe y no lo quiero averiguar ahora, pero si sé que la culpa es el soporte vivo de la responsabilidad. Ser irresponsable te hace culpable para tu conciencia y despreciable para los demás.

¿Loco? No, no estoy loco. Me lo he preguntado muchas veces frente al espejo casi siempre con lágrimas en los ojos y sólo puedo deducir que soy un idiota desesperado, pero no un loco. Sólo un pobre idiota que no encaja en este mundo de razones y motivos. Un lastimero que patea piedras y anda con un costal al hombro de dolor autoinfligido. Un imbécil que soporta la vida mirando el calendario todos los días para ver cuándo es que se acaba. Un estorbo, sí. Un estorbo para quienes tienen que soportar mis diatribas sin sentido quitando el tiempo que necesita cada uno para cumplir con sus responsabilidades. Para cumplir con su misión. Que van tan bien en ese rumbo de “ser alguien en la vida”.

Yo ya me he echado en el andén del indigente. No me mato las neuronas con nada porque ellas se matan solas, consumidas por la angustia de no saber cómo voy a vivir. Se matan solas contando los segundos de este reloj para atrás.

¡Bah! Hoy desperté cucaracha, acostado sobre el caparazón de las alas yertas que no me deja girar para levantarme.