La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

domingo, 10 de febrero de 2013

Así ha empezado la carrera de un escribidor con la ilusión de ser escritor.




Con estas letras he empezado a construir mi ilusión de convertirme en escritor. Siempre le huí a este anhelo por miedo al fracaso, ese en el que ando inmerso y del que me siento orgulloso. Ese fracaso que además me ha inspirado tanto de lo que he escrito. 

Ángelita, mi esposa, ha organizado el corpus de los textos que mi padre cuidadosamente seleccionó para que conocieran el resplandor del papel. Pero en realidad, todo se lo debo a este humilde blog que un día abrí para compartir "Historia de un asesinato anunciado: Never Ríos Carrascal", mi primera publicación que ya circulaba en papel, y que me dio tanta alegría como pichón de las letras. Paradójicamente, fue un texto en extremo triste, por la trama que desnudaba. Ahora, Ángelita ha escrito el prólogo de lo que será mi primer libro. Ese libro que nace acá, en este blog. Y yo he jugado con una palabra que siempre me llamó la atención, "prolegómenos", porque nunca entendí su significado, hasta ahora que los he traído para iniciar mi aventura. Bueno, vuelvo al papel. Pero quiero agradecer a todos los que se han acercado a este anaquel a buscar mis escritos. A esos, hasta hoy 10 de febrero de 2013, 141 seguidores que han dejado su huella en el nombre de quiénes siguen mis letras un tanto desquiciadas. Gracias a todos ustedes. Y mi forma de agradecer, es permitiendo que todo mi libro repose acá. Por eso tomo el riesgo de menguar las ventas y no importa. Ustedes vinieron desinteresadamente. De la misma manera, todo lo que volará en papel, está acá ante sus ojos. Gracias de corazón a todos y todas. 

El libro saldrá al mercado a finales de marzo de este año. Entre tanto, les comparto el amor de mi esposa hecho prosa y mi amor por las letras hecho papel. Espero que lo disfruten. Este espacio seguirá llevando historias, cuentos, anécdotas, alegrías y tristezas cada vez que necesite desahogar mi alma. Como siempre lo he pedido, si alguna vez sienten que he dejado de escribir, por favor muevanme para ver si aún respiro. Una vez más, GRACIAS.


PRÓLOGO


La primera vez que hablé con Felipe, fue una tarde de diciembre en una conversación muda y fortuita. Ese día llegué más temprano a casa que de costumbre y me conecté, sin nada más que hacer, al hoy ya desaparecido Messenger. Allí, estaba esperándome el que unos añitos después sería mi esposo, y transcurrieron más de seis horas de anécdotas, coqueteos y risas. Ese día me hizo llegar un escrito muy suyo, muy íntimo, y con esa advertencia pospuse más de 20 días su lectura. Tenía miedo de lo que encontraría: tal vez el tipo lindo que me estaba figurando se me desvanecería; tal vez no quería ver su alma desnuda tan pronto.

Pero el día que leí por primera vez a Felipe, después de estar postergando una lectura indeseada y tardía, me di cuenta que no iba a poder dejar de leerlo. Porque su escritura es muy sincera; porque no hay adornos innecesarios, sino ingenio para decir lo que siente, piensa, cree y sabe; porque en cada escrito hay una migaja de sabiduría para la vida: de la que realmente sirve.

Y así me hice, como yo me considero, la máxima fan de Felipe, la número uno. Cuando me dice que ha escrito algo, yo quiero ser la primera en leerlo, para saber en qué formato ha escrito, qué faceta ha explorado, qué ocurrencia ha tenido. Porque este escritor tiene la ventaja de poder escribir prosa de muchas maneras: reflexionando, contando historias y anécdotas, o simplemente escupiendo dolor o llorando alegrías.

Todo eso lo ofrece este libro, ordenado en cuatro grandes partes: una primera, “Crónicas rojas”, en la que está el Felipe periodista que, sin nunca haber trabajado como reportero, se encontró con estas siete historias en las que no se buscan noticias, ni verdades, sino la conexión con el otro, su reconocimiento, poner de relieve las injusticias de nuestra ignorancia (algo muy propio del Autor).

La segunda parte, “Pensando ando…” trata sus reflexiones políticas, con críticas cáusticas en un país y en un mundo en el que se sueña en silencio pero no se lucha en voz alta.

La tercera sección, “¿Por qué a mí?”, compila algunas vivencias, explorando temas familiares e íntimos. Allí donde no existen certezas, donde el error se permite, el dolor se perdona, y la vida nos patea y nos soba las heridas.

El libro cierra con su “Poesía barata”, prosa de dolor y tristeza cuando el Felipe depresivo sale a flote. Noches en nuestra Buenos Aires querida, en donde la oscuridad es el refugio de las letras.

Ese es el libro que se lee. Pero hay otro libro no escrito detrás de éste y es el de cómo se decidió que los escritos del blog de Felipe se convirtieran en páginas de papel. La idea fue de Don Jaime, su papá, que con su dulzura e infinito amor, decidió regalarle esta edición. Con un trabajo juicioso y meticuloso, ordenó los escritos y seleccionó los que a su parecer eran los que mostraban mejor el talento de su hijo. Detrás de este libro también están su mamá, Doña Ayda, que todos los días ha sostenido a Felipe de la mano, regalándole siempre inspiración. Sus chochomil hermanos, unos en demasía amorosos, otros alcahuetas, otros regañetas, pero que al fin y al cabo, son el ancla que lo mantienen unido con el mundo. Finalmente, Nicolás,  el motivo, el impulso, la sonrisa.

Con esta filigrana de amor, Felipe siempre ha caído parado. Porque así se vea así mismo como un fracasado, hoy le da la bienvenida a este proyecto de lo que siempre ha debido ser: un escritor, o, como el mismo se autodenomina, un escribidor.

Ángela Navarrete Cruz
Ibagué, Colombia. Febrero de 2013



PROLEGÓMENOS DE UN SUEÑO QUE SALTÓ AL VACÍO


Esta es por fin, la compilación de mi obra. Esa frase suena arrogante y yo sueno viejo. Pero para matizar esto un poco, diré que no es el final de mi obra y que además, esta compilación no es la culminación de una exitosa carrera. Todo lo contrario. Este es apenas un sueño en ciernes saltando al vacío. Y el éxito no es el fin. Es la felicidad. Esa ha sido mi débil filosofía.

Además porque puedo ser muy masoquista. No creo que la felicidad sea posible, pero creo que siempre debemos buscarla. Esa es la constante y cruel utopía de la vida. Como un perro que persigue su cola, yo persigo mi sueño de ser un escritor. Y con esta lógica doméstica y simple, el día que alcance mi cola de ser escritor tendré dos sensaciones: Dolor, al sentir que lo que perseguía era una parte inherente de mí que nunca reconocí de verdad; y dos, al menos alegría, porque ya no estaré mareado dando vueltas y vueltas detrás de un sueño inalcanzable. Entonces, este es mi primer mordisco, tratando de dar cacería a esa maldita cola.

Mi padre, ese sujeto bajado de alguna nube rara al cual le cortaron sus alas de ángel para hacerlo humano, por lo bueno que es, decidió que no podía volver a su nube sin hacer algo por el menor y más pelotudo de sus hijos, es decir, yo. Por eso dedicó mañanas y tardes enteras a leer en soledad o pidiéndole a mi madre que le recitara lo que había en mi blog. Un blog, algo tan extraño para ellos y su época como que ahora uno se pueda acostar con la novia en la casa de los papás sin siquiera pedir permiso. Pero menos sacrílego.

Allí estuvo mi madre, preguntando día de por medio cómo era que se entraba a "ese tal block" porque Jaime "está como loco leyendo eso que usted escribe". Y allí estuvo mi padre, como una hormiga trabajando para sacar una edición de mis escritos. Seleccionó lo que más le gustó y en algunos casos, lo que menos le disgustó. De tajo sacó todo aquello que mostrara mi debilidad, mi depresión, mi falta de amor por la vida. E incluí esos textos de nuevo, explicándole que eso tan malo de mí, era lo mejor de mí. No entendió, pero comprendió. Y aceptó. Como siempre.

Publicar siempre me ha dado más miedo que emoción, lo debo confesar. Soy muy malo para soportar la crítica destructiva, la burla y la mala leche a la que uno se expone cuando expone lo que escribe. Y suelo reaccionar mal, con agresividad, a la defensiva, como si la cosa fuera conmigo y no con lo que escribo, porque no somos la misma cosa. Uno no es lo que expele, sino lo que retiene. Para eso es la piel.

Publicar pues, es un acto de desprendimiento, de algo que ya no es uno. Algo que toma vida, que se defiende sólo, que despliega pies y alas y que se vuelve tesoro o presa de la opinión. Eso no es uno. Eso es lo que uno produce. Hoy recuerdo a mi profesor de Teoría Política de la Maestría, un tipo buena gente de apellido Aguilar, quien contaba con una sonrisa disimulada cómo J.J. Rousseau vivía en el sentido exactamente contrario de como pensaba. Y sin embargo, el legado de Rousseau inspiró revoluciones, mientras sus hijos sufrían hambre por su abandono.

Por eso he tomado la decisión de apoyar el apoyo de mi padre. De dejar que mis escritos tomen su rumbo en papel, a donde no podré seguirlos ni controlarlos. Allí, a esa comarca en donde serán combustible para hogueras o adorno de bibliotecas. No lo sé. Nunca lo sabré. Y menos aún si no tomo el riesgo de que puedan volar.

Prometí hace algún tiempo publicar una novela y terminé publicando una oda tonta a la irresponsabilidad disfrazada de promesa rota. Ahora no tengo excusas. Ya tengo lo escrito, el patrocinador, la voluntad, el apoyo de un grupo de personas que confía en mí y el amor de una familia sin igual. No se diga más. Esta obra que ahora, si está leyendo esto, tiene en sus manos, es mi trabajo. Es la cola de perro que quiero alcanzar. Es la sensación de que estoy cumpliendo mi sueño. Un sueño que saltó al vacío, al que no se si le saldrán alas para volar o yunques para enterrarse en la tierra. Está en sus manos que sea lo que tenga que ser.

Gracias por leerme. Por haber creído en este tipo que se cree escritor. Y que no se ofenderá por lo que opine de lo que aquí está plasmado. Es su derecho, para eso pagó. Y mi deber es darle las gracias de corazón, con humildad, seguro de que lo que piense no es para mí, un ser humano limitado por su piel, sino para lo que he escrito. Este sueño publicado. Este sueño que saltó al vacío.

Andrés Felipe Giraldo López.
Ibagué, Colombia, febrero de 2013. 





miércoles, 16 de enero de 2013

El sol que moja.



Alargó el brazo izquierdo como siempre al caer la tarde, tirado en esa esquina plagada de peatones que salían del trabajo para la casa. Extendió los dedos sucios de uñas negras para que cayeran en su mano monedas de la caridad. Una gota gorda le pegó en la palma y sin dudar un segundo maldijo a la lluvia. Miró su mano salpicada y se quedó refunfuñando entre dientes, porque ahora le tocaría pararse a buscar refugio debajo del techo de un paradero de bus, en donde tendría que fajarse a muerte por un lugar con los demás indigentes de la zona, con los que ya tenía broncas.

Esperó un instante a que fuera sólo una gota de "lluvia aislada y pasajera", de esas que se inventan los meteorólogos cuando no saben en dónde ni a qué hora va a llover. Otra gota lo golpeó casi en el mismo lugar. Con la mano derecha limpió esa gota con rabia y ahora maldijo su vida. Miró al piso y lamentó su rebeldía alocada, las peleas con su madre, esa vez en la adolescencia, hace muchos años ya, en la que tiró la puerta con fuerza y juró no volver a casa, los días de vagancia, las noches de juerga, los mil vicios que se volvieron adicciones, su abandono, su dolor, el vacío que sentía cada despertar entre la contaminación, la dureza del piso y el ruido de la ciudad.

Una gota más en su mano abierta y sintió tristeza. Miro sus zapatos rotos y extrañó, sí. Extrañó a su madre, por supuesto, que luchó tanto por él y que le dio el cariño que pudo a pesar de que sonreía poco, porque la vida se le daba difícil. Extrañó su cama, que aunque dura, era más blanda que el suelo del andén. Extrañó su casa, que aunque humilde, al menos tenía techo que no debía pelear con nadie más. Extrañó su hogar, que eran su madre y él viendo una novela frente a un televisor viejo de mala señal.

Cayó la última gota antes de caminar presuroso para huir de la lluvia y pelear su refugio. Se preguntó, sin comprender, por qué nadie corría para resguardarse. Por qué nadie sacaba el paraguas ni se cubría la cabeza. Parecía que sólo le llovía a él. Pensó que su mala suerte, como en las caricaturas, incluía una nube propia posada en la cabeza. Levantó un poco la mirada para ver esa nube que mojaba su mano. Frente a sus ojos, el sol se escondía en el horizonte y dibujaba una silueta. Era la silueta de su madre llorando sobre él.

FIN.


lunes, 17 de diciembre de 2012

Apología de la mediocridad.





Cuando uno se ha metido en estos moldes de lo convencional, de lo correcto, de lo deseable y de lo esperado; cuando uno está transitando por esta cinta de producción de lo óptimo, pero siempre se ha sabido extraño, ajeno e incómodo, cuesta mucho erguir de nuevo la figura para reconocer que esto no es lo de uno, que uno está aburrido, que uno se quiere largar.

Que si el mundo te pide cartones, pues tú le das cartones. Que si de eso depende tu éxito, es decir, las condiciones de la dignidad de tu vida, pues tú posas de exitoso. Ese es el precio de tu sonrisa, de tu satisfacción, de eso que llaman "orgullo". Competente, competitivo y ganador. Para eso te forman ¡A la mierda! yo todo lo pierdo por W. No me esperen en esa cancha.

No quiero ser mejor que nadie, ni siquiera quiero ser bueno en algo. Ese despliegue suntuoso de conocimientos en donde unos se citan a otros dándose palmaditas de mutua admiración entre sonrisas y elogios, a mí no me interesa, no me gusta, no lo soporto. Esa reivindicación absurda por ser la autoridad en algo, así ese algo no tenga ninguna autoridad, exaspera. Yo me cito a mi mismo y cito algunos de mis recuerdos. De vez en cuando me acuerdo de quién me dijo lo que me dijo o en dónde leí lo que leí. Si quedó esa cita en mi memoria, es porque fue importante para mí. Si lo olvidé, no importa, cuando necesite esa idea la recordaré o la inventaré. O viviré sin ella, como se vive con lo que no se tiene.

Hemos acartonado el mundo. Lo hemos vuelto un lugar de ritos, solemnidad y ceremonias. La excelencia se ha convertido en el protocolo de lo aparente. El reconocimiento es la garantía de la supremacía. Y estamos en el constante frenesí por demostrar la tal excelencia. Y se crean organismos e instituciones sólo para que digan que lo que hacemos es maravilloso, hermoso, así no sea útil o incluso, si el efecto de lo que se hace es perverso. Y de eso depende nuestro prestigio, nuestra dignidad. Casi que ello determina las condiciones mínimas de nuestra existencia. La excelencia ha definido lo bueno y lo malo para el mundo. Esta es la nueva manzana de la tentación, de la serpiente electrónica, la Eva entaconada y el Adán de corbata, en un mundo que cada vez está peor, lejos, muy lejos del paraíso.

Los buenos modos, la buena educación, el prestigio, el reconocimiento, los logros, las metas, las aspiraciones, los triunfos, el desarrollo, el progreso, el éxito, el bendito éxito, todo esto nos pone en los rieles de la felicidad capitalista.

Sin duda, vivimos en un mundo más cómodo. Recorremos largas distancias en menos tiempo, dormimos con mayor confort, sabemos en tiempo real qué está pasando al otro lado del planeta, las comunicaciones fluyen de extremo a extremo de los continentes sin mayor problema, siempre tenemos una máquina cerca que nos suple alguna necesidad. Sí, y mucho de eso se lo debemos a muchos exitosos que en su carrera frenética en la búsqueda de la excelencia han dejado un gran legado de progreso, de desarrollo, de civilización.

Pero el desarrollo ha convertido a la sociedad en un colador. Esa comodidad obtenida cuesta y no es para todos. Los exitosos construyen un mundo para otros exitosos que pueden ganar para comprar lo que otros producen. Y así, entre los exitosos se tienden escaleras que son inaccesibles para los no exitosos. El éxito construye peldaños y trampas. Configura logias selectas de perfectos bendecidos y hordas dispersas de mutantes maldecidos, hordas a las que etéreamente se les denomina "pueblo", "masa", "vulgo", "plebe". El éxito y la excelencia son el matrimonio perfecto entre Mr. Right y Ms. Correct que engendran, crían y mantienen, hasta que pueda valerse por sí misma (siempre puede), a la desigualdad social.

Hay que trasegar la ruta del éxito para garantizar que por lo menos vamos a tener las herramientas necesarias para escapar de la miseria. O hay que tener un talento excepcional. Pero no basta con tenerlo. Habrá que saberlo vender para que no se pudra en los semáforos, los buses o el anonimato.

Este es pues el mundo en el que nos tenemos que formar, al que nos debemos acomodar para no ser excluidos. Esta es la vía obligada para escapar a la mediocridad, esa peste inventada por la modernización ¿Qué es ser mediocre? Siempre que mis maestros de infancia, los maestros de la doctrina del éxito, me hablaron de la mediocridad, invocaron con lúgubre franqueza a algo llamado "la ley del menor esfuerzo". Y con rictus severo comparaban la ley del menor esfuerzo con detalles como levantarse tarde, llegar tarde, moverse lento, tener la yema del huevo untada en la manga del saco, bostezar, no hacer la tarea, hacerla mal, elevarse siguiendo el vuelo de la mosca, distraerse de la operación matemática en el tablero, mostrar con descaro, o mejor, sin prejuicios, a esa morronga perniciosa: la pereza... Todo eso tan malo y despreciable estaba relacionado con la ley del menor esfuerzo. Todo eso que me gustaba tanto o que sencillamente era yo. Yo era el ejemplo vivo de la tal ley del menor esfuerzo. Yo era un mediocre, es decir, un lisiado de la ruta del éxito.

Pero ¿Por qué tanta prevención con la mediocridad? Reconozco que la excelencia es necesaria, que provee muchas ventajas y satisface necesidades, algunas básicas, otras no tanto y que es funcional en el mundo. Qué bueno ser atendido por un excelente médico, hablar con un excelente conversador, leer un excelente escritor, viajar en avión con un excelente piloto, navegar con un excelente marinero o seguir a un excelente equipo de fútbol... qué bueno. En fin, mi aversión por la excelencia no es por lo que da, sino por lo que quita: El derecho a ser mediocre. Muchos queremos vivir la vida lento, sin muchos sobresaltos, sin aspiraciones y sin ambiciones ¿Qué de malo tiene eso? ¿De dónde saldrían los ganadores si no fuera por nosotros, los mediocres? ¿Cómo podría destacarse el que se quiera destacar si no hubiésemos millones a los que destacarnos nos importa un bledo?

Alguna vez le pregunté a un panel de destacados académicos que qué era la excelencia.  No entendí muy bien las respuestas. Todos dijeron, palabras más palabras menos, que era algo así como el conjunto de atributos, esfuerzos, mecánicas, diseños, estrategias y retos para alcanzar lo mejor. Pero no me explicaron lo mejor de qué ni para qué ni por qué. Ser mejor, ser lo mejor, ser el mejor. Algunos, con aire de condescendencia, dijeron que el parámetro de ser mejor es uno mismo. Que uno siempre debe tratar de superarse, es decir, ser mejor que uno mismo. Pero la verdad, yo no le encuentro mucha gracia a ese reto. Yo me miro al espejo y veo a un tipo conforme, no muy contento y lejos, muy lejos de ser feliz, pero al menos conforme. Claro, quisiera tener más, ser mejor en algunas cosas, desarrollar mejor algún talento perdido, pero no es el esfuerzo la vía que me motiva. Trabajar duro, sacrificarse, esforzarse, ser el mejor... ¡Nah! La verdad no me interesa, no me atrae, no lo disfruto. Vivo conforme y aveces tranquilo. No me piden mucho porque poco se puede esperar de mí. Eso me gusta. Cuando me esfuerzo, lo hago sin percibirlo, por algo que me motiva o me interesa. Vivo, digamos, mediocremente, respondiendo fielmente a la ley del menor esfuerzo. Y no me arrepiento, ni me avergüenzo, ni siento que este sea un motivo de drama o de trauma. Cumplo con las responsabilidades justo al punto que me piden para poder sobrevivir, eso sí, porque la mediocridad es la cornisa por la que uno camina borracho desafiando al vacío de la pobreza. 

Tendré poco, quizás. Mi vida será un estanque, también. Estaré rezagado y viviré en el anonimato, seguro ¿Y qué importa? ¿A quién le hago daño siendo así? No puedo aparentar lo que no soy. No muestro ni demuestro que puedo dar más de lo que doy. Ando lento, me muevo despacio, me cuesta entender textos densos y todavía no sé muy bien lo que es la palabra "melifluo", de lo que me han acusado algunas veces o "zafio", de lo que me han acusado algunas otras. Se me olvida todo al instante y lo recuerdo en los momentos más absurdos. Es posible que te esté mirando atento mientras hablamos y que súbitamente mi mente esté recordando la mosca de mi salón de primaria. Encuentro plácido divagar sin fundamento. Sin buscar al genio que piensa lo que yo dije o que dijo lo que yo pienso. Me gusta vivir así. La ley del menor esfuerzo es mi ley. Soy del montón y me da igual. Y esto tiene una ventaja: No puedo ser malo porque nunca he querido ser mejor.

Muchos se han esforzado, ellos sí, para que yo pueda ser un mediocre, dándome comodidades que me lo permiten y yo accedo a ellas cuando puedo. Y si no puedo, pues no puedo. Gracias a mi mediocridad y a la de una masa numerosa que se reproduce como espuma, muchos, con poco, se pueden destacar y ser exitosos. Nuestra relación éxito - mediocridad, es simbiótica.  

Sé feliz con tu excelencia. Haz de este mundo un lugar mejor con tus virtudes. Pero déjame a mí ser mediocre y déjame hacer de este mundo un lugar más tranquilo con mis defectos. Yo igual, tendré que seguir comprando lo que tu éxito me vende. Tú igual, seguirás admirándote todos los días frente al espejo, viendo que te ves mejor que ayer, qué guapo, que tienes más, qué rico, que has llegado más alto, qué exitoso. Bien por ti. La excelencia te muestra el dios que has hecho de ti. A mí el espejo me muestra lo que quiero ver, a mí mismo. Ni más ni menos. Lo que soy: Un mediocre orgulloso de serlo.





lunes, 26 de noviembre de 2012

Crueldad.




Somos crueles, sí. Los humanos somos crueles. En ninguna especie he percibido tal crueldad como en nosotros, los humanos. Y creo que eso es posible porque somos conscientes sobre la crueldad. Para eso sirve esa porquería llamada razón.

He visto a mi gato divertirse con algún ratón indefenso soltándolo y atrapándolo de nuevo varias veces antes de merendárselo. Pero no le veo los ojos desorbitados ni la mandíbula desencajada de placer en el ejercicio. Es algo así como un ritual en el que pone a prueba su agilidad para confirmar que andar sin pelotas no lo volvió fofo y lento. Le mandé a quitar las pelotas aconsejado por varias personas de que era mejor así, para que no se meara en las esquinas de la casa, para que no se volviera insoportable con el maullar desaforado del ritual de apareamiento con las gatas y para que no llegara todo rasguñado el pobre. Es cruel, sí. Quitarle las pelotas a un gato es cruel. Pero yo soy humano. Por mi comodidad le mandé a quitar las pelotas. Me gusta su pelaje, su ronroneo, el característico aseo gatuno de buscar la cajita de arena o el parque en el que no dejan la evidencia al aire porque saben tapar bien. La independencia que se les ve al buscar cariño cuando quieren y el "no me joda" cuando no quieren. No como los perros, que no tapan bien y nunca aprendieron a usar cajita de arena. Y que siempre están batiendo la cola implorando afecto. Me gusta mi gato. Pero sus pelotas pudieron ser molestas y se las mandé a quitar. Eso es cruel. Y yo soy humano. Mi gato no me ha reclamado, no me desprecia por lo que le hice, no tiene consciencia sobre al asunto y por eso se deja acariciar. Porque no tiene esa porquería llamada razón.

La crueldad pues, nos diferencia de los animales. National Geographic nos hace pensar que la naturaleza es cruel. Esa persecución frenética de las leonas al ciervo bebé nos parece un acto de sadismo. Pero no, es la cadena alimenticia. El depredador busca con sus dientes afilados justo el cuello de su presa para provocarle el menor sufrimiento. Nunca veremos a una manada de leones secuestrando al pequeño ciervo y mandándolo por pedazos a su rebaño cobrando un rescate o pidiendo que uno más grande se canjee por él. Eso sólo es posible en los seres humanos.

Los humanos somos crueles con todo lo que nos rodea. Al menos con lo que tenemos al alcance. Pobre Marte cuando caiga en manos de humanos. Ya le estamos lanzando guantes robóticos y tomándole fotografías a su intimidad dispuestos a invadirle. Somos crueles con la naturaleza, con los animales y con los otros humanos. No ser cruel en la especie humana es un acto de abstinencia. Todos hemos sentido ese placer morboso que se desprende de la crueldad. Alguna vez. Así sea en la inocencia de la infancia. Yo lo experimenté lanzando moscas vivas a las telarañas. Me emocionaba ver cómo la araña se le avalanzaba a la mosca enredada y desesperada. Y ahora que lo recuerdo, siento el mismo vértigo. Pero me abstengo, con algo de desespero, de volverlo a hacer. Porque es cruel. Pero como la droga fuerte que se ha probado, si no trabajamos la voluntad con ímpetu, podríamos recaer.

Muchos ya se han resignado a su crueldad y viven de ella. Además, la disfrutan y les resulta lucrativa. Les llaman delincuentes. O políticos. O religiosos. O militares. O paramilitares. O guerrilleros. Es decir, son todos aquellos que viven de la debilidad del otro. Y como tenemos razón, esa porquería, no basta la crueldad física, también existe la crueldad psicológica. Las estructuras de dominación humana están diseñadas para enaltecer la crueldad. Hasta el propio Maquiavelo la percibió divertida y útil. Sugiere al Príncipe ser cruel de vez en cuando para infundir miedo. Y como si fuera poco, recalca que es mejor la crueldad con los amigos para intimidar a los enemigos.  Con juicio y dedicación ejercieron la crueldad tantos líderes humanos que no hubo duda alguna sobre su liderazgo. Ni sobre su humanidad. Gengis Kan, Nerón, Calígula, Hernán Cortés, Napoleón, Hitler, Stalin, Mao,  Karadzic, todos ellos tan líderes, tan crueles y tan humanos. El matrimonio de la dominación son la crueldad y el miedo.

La crueldad es inherente al humano. Controlarla, minimizarla y someterla, nos hace más animales, es decir, menos propensos a ser crueles por diversión. Todas esas comparaciones que se usan para tratar peyorativamente a una persona para equipararlo con un animal, son injustas. Con los animales. Bestia, salvaje, animal, hiena, buitre, cerdo, sanguijuela, perro, perra, zorra, lagarto, sapo... en fin, todas estos apelativos que se usan para ofender a las personas, degradan a los animales a la condición más vil de la creación: La humanidad.

Quizás esté omitiendo toda la bondad humana que existe. Quizás Jesús, Gandhi, la madre Teresa, Luther King y Mandela no merezcan todo este desprecio. Es verdad. Quizás "seamos muchos más los buenos que los malos", eterno cliché que reluce cada vez que la crueldad agobia. Pero sólo hay que recordar la forma en que murieron, vivieron o para lo que vivieron estos sublimes personajes para refrendar la ineludible certeza de que la naturaleza humana es cruel. La bondad humana es perseguida, flagelada y condenada por la crueldad.

Es agotador escribir sobre la crueldad porque el tema deprime, aburre, constipa, angustia. Además, no tiene fin. Estresa ¡Bah! Mejor me voy a acariciar mi gato sin pelotas... y sin razón.


miércoles, 24 de octubre de 2012

Suicidio, tabú, respeto.





Hoy es uno de esos días en los que uno se siente estúpido. Profundamente estúpido. Uno de esos días en los que la vida pesa. Y pesa más al pensar, que como pesa, es más pesada.

Hace un mes más o menos, el periódico en la mañana terminó abriendo muy redondos mis ojos somnolientos con la noticia de que una niña de 14 años se había suicidado al frente de sus compañeritos de colegio. Se paró en la mitad de la cancha de fútbol en pleno recreo, hizo un disparo al aire y cuando captó la atención de todos, se disparó en el estómago. Esa imagen en mi mente desató como un dominó todos los suicidios de los que me he enterado. Y me recordó cuán fuerte es el tabú del tema, porque es doloroso, porque a cualquiera le puede pasar, porque como anda cual fantasma por ahí rondando entre las tristezas de la humanidad, es mejor no invocarlo. Porque cuando pasa, inmediatamente saltan las culpas como los tacos en un corto circuito. Porque las razones del suicidio son un misterio que sólo el suicida conoce, pero quedan por ahí flotando entre las justificaciones de las miserias de la vida de las que todos somos culpables.

Debo reconocer que el tema me ha obsesionado. Y me ha obsesionado porque me avergüenza. Y me avergüenza porque yo mismo he pensado en el suicidio, de una manera tan folclórica que me avergüenza ser tan estúpido.

No tengo conocimientos científicos sobre el suicidio. No conozco los criterios psiquiátricos que lo evalúan y no he leído los textos sociológicos que tratan el tema. Tengo una opinión sin fundamento, que es la más débil de las apreciaciones emitidas por un humano en la modernidad. Y creo que ese afán permanente de la modernidad en la que todo debe ser concebido sobre un orden racional, sobre el entendimiento y la comprensión, en la que la argumentación y la justificación son la única ancla al mundo, juega un rol fundamental en la dinámica del suicidio (que no es un juego). Es recurrente que el suicida deje una nota explicándole a esta modernidad las razones de su decisión. Hasta para lo incomprensible hay que dejar un rastro de explicación.

No sé qué impulsa a un suicida a tomar una decisión tan radical. Una decisión que no tendrá reversa ni segundas oportunidades. Una decisión de la que (quizás) no podrá ver sus consecuencias, por lo menos no desde esta dimensión. Supongo, como hay que suponer en estos casos en donde las preguntas se van con las respuestas, que el suicida es un ser atormentado que quiere acabar con su sufrimiento. E intensificar el sufrimiento de quiénes le rodean y le quieren. Quizás sea una forma de acabar con la culpa propia y transferir esa culpa a los demás. Pero creo que no es desde la racionalidad que se debe comprender un suicidio. Creo que es un acto emotivo, por más que esté impregnado de razones e intentos de explicación.

Lo complejo es definir qué es el sufrimiento para un suicida. No hay un prototipo de suicida. Podríamos decir irónicamente que el suicidio es democrático. No discrimina, no distingue clase social, raza, sexo, edad, nacionalidad, religión y no tiene buen discernimiento entre el éxito y el fracaso, porque hasta los que uno consideraría como "exitosos" se han suicidado. Por eso creo que ese sufrimiento es un tormento permanente que sólo interpreta quien lo siente, en la intimidad o en la publicidad, con silencio o con gritos, con tantas cosas dentro que no es más que atrevimiento e imprudencia querer saberlo.

Lo cierto, lo tremendamente cierto del suicidio es que es un drama incomensurable. En todo. Desde el prólogo hasta el epílogo no puede haber una nota alegre en el proceso. La atmósfera enrarecida que da la noticia es como neblina en el frío. Es un golpe seco de un meteorito que no se ve venir. No puedo decir qué tan grande es el dolor que puede provocar un suicidio porque no ha rondado entre mis afectos más cercanos. Pero es fácil suponer que no hay palabras para describirlo. Las circunstancias de modo, tiempo y lugar serán un enigma cruel que va de la última idea a la acción fatal.

Estoy obsesionado con el tema y con las especulaciones. Pero es que sólo puedo preguntarle a personas que especularán con mayor propiedad y muchos más insumos médicos o académicos. Porque creo de verdad que no hay una forma científica para comprender este impulso final.

Me siento irrespetuoso y abusivo al asumir el tema desde la ignorancia y transgredir el tabú exponiéndome al reclamo obvio de quién si ha padecido el dolor de soportar la abrupta despedida de una persona que se suicida.

Lo hago porque yo, estúpidamente, he pensado en el suicidio. Me tranquiliza saber que nunca he llegado al borde de la cornisa para tentarlo. Sólo lo he considerado con una insana curiosidad cuando estoy profundamente deprimido. De pronto estoy generando un estigma sobre mí mismo al confesarlo, porque pensar en el suicidio es propio de enfermos en su psiquis... o de sanos, que un día decidieron saltar al vacío y no se volvieron a enfermar. Quizás esta sea una forma tonta de empelotarme y hacerme vulnerable, porque no hay ser más frágil que un potencial suicida. Y quizás esto evidencie los mil complejos que tengo, según las personas desconocidas que me recriminan cuando escribo algo que no cae bien. Soy un pornógrafo del espíritu. Pero tomo el riesgo porque ahora que el tema me ha obsesionado, no lo puedo trivializar más. Me he declarado bipolar creyendo que es algo jocoso, sarcástico, cuando la verdad es que es una tragedia humana, una cuerda floja por la que caminan muchas personas que desafían a la química y a su alma en permanente conflicto. No sé si de verdad soy bipolar, no me han diagnosticado. Lo que si sé ahora, es que ya no es gracioso.

Tengo esa imagen de la niña Brigite Lorena González tomándose el estómago mientras se desangraba. Tengo la imagen de Edwin, un compañero de la Fiscalía que no soportó la separación de su esposa y en una borrachera se disparó en la cabeza. Agonizó tres días antes de morir. Tengo la imagen de Andrés Caicedo en su última "torcis", dándole a las teclas de su máquina de escribir mientras se iba. O la imagen de Lina Marulanda, volando al cielo sin alas. Tengo mi imagen fumando un cigarro sin saber fumar, tirado boca abajo en un sofá o en un pastizal, empapado en lágrimas y escurriendo mocos pensando en el suicidio para acabar con mis tormentos cíclicos. Hoy es uno de esos días en los que uno se siente estúpido. Profundamente estúpido. Uno de esos días en los que la vida pesa. Y pesa más al pensar, que como pesa, es más pesada. Hoy es uno de esos días en los que debo decidir  dejar de echarle pesos a la vida pensando que es pesada.

El hecho de que haya pensado en el suicidio, no me hace un suicida. El suicida de verdad, se suicida una sola vez. Yo sólo soy un idiota que debe respetar el valor del suicida para la muerte y respetar su temor frente a la vida. Sin juzgar... y sin jugar.



domingo, 2 de septiembre de 2012

La historia de otra promesa incumplida.



Vivo impresionado con mi capacidad para inventar excusas y fabricar disculpas. Recuerdo que en mi pregrado en Ciencia Política, jamás pasé una noche en vela estudiando o haciendo trabajos. Pero sí me alcanzaba la madrugada despierto pensando qué inventaría para no estudiar, para no hacer trabajos y para justificar que todo era un acto de rebeldía contra el establecimiento y sus manifestaciones, a lo que yo respondía con una apatía consciente. Bah, no era más que pereza. Esta actitud me hizo un profesional mediocre, coherente con mi filosofía defensora a ultranza del menor esfuerzo. El mayor esfuerzo en una sociedad capitalista es la gran sonrisa socarrona con tufo a whisky de un empresario que sabe que tu gran talento lo enriquece. Recuerdo las excusas que inventé cuando me retiré de la carrera de Derecho en las postrimerías de mi adolescencia. Podría haber escrito un tratado prematuro sobre la inutilidad del Derecho para las sociedades sin identidad cultural y esa hubiese sido una tesis magistral, sin necesidad de cursar la carrera.

Recuerdo con algo de dolor y mucho de vergüenza el intríngulis amoroso de mi eterna inmadurez, que viví cuando ya debería dar visos de señorío sobre mí mismo. Cuando ya había sufrido un divorcio doloroso, cuando ya la inexperiencia no podría ser atenuante de la culpa, ya entre el tercer y el cuarto piso, subiendo en reversa por las escaleras de emergencia de la vida en pleno incendio. En ese episodio, el espejo era un alcahueta que me decía con un guiño de ojo que todo era culpa de un destino cruel que había confabulado contra mi hermosa y pura alma vacilante metiéndome sin piedad al mar de los dilemas. Pamplinas. Fui un canalla que jugó con la ilusión de dos personas hermosas. Gracias a ese Dios que me inventé, cada una halló su felicidad y yo encontré la mía. Dios es un bacán. Hoy recuerdo a la niña eterna que se libró de mí conociendo apenas el mar como toda una revelación. Ahora habla árabe, tiene apellido japonés y canta el Himno de los Estados Unidos mucho, muchísimo mejor de lo que canta Shakira el Himno de Colombia. Aunque eso no implique mayor esfuerzo, teniendo en cuenta cómo canta Shakira nuestro Himno Nacional. Se libró de mí para cumplir con sus verdaderos sueños. En buena hora, Alá también es un bacán. Hoy recuerdo a esa paisita encantadora que deslumbra con su tono coqueto. Aún mantenemos ese tenue contacto de las redes sociales que me permiten saber por una rendija de la vida que está como se lo merece: Bien, feliz, enamorada, creciendo para mantener intacta su sonrisa. Gracias a ese equilibrio cósmico del cual depende la Justicia real, yo puedo decir con total cinismo y mucho de irresponsable que en este caso mis promesas sin cumplir no ocasionaron daños permanentes y tuvieron final feliz.

Si tuviera que definir mi vida con algo de sarcasmo, diría que yo mismo soy una promesa sin cumplir. Soy el menor de ocho hermanos y el hermano que me sigue me lleva cinco años y éste a su vez está a cinco años del sexto. Es decir, soy la última promesa de amor eterno de mi padre a mi madre. Y digo que soy una promesa sin cumplir porque la eternidad entre mis padres no existe. Ellos se aman cada día, sin saber cuándo la eternidad los va a sorprender para que su amor se extinga, porque eso no les importa.

Y yo soy un engendro de promesas incumplidas. Por ejemplo, la promesa en la incubadora de que sería un rubio tipo germano: Alto y acuerpado. En realidad, crecí como un rubio enrazado con pigmeo: Bajito y rollizo. Y debo decir que siento un profundo orgullo de mi gen pigmeo. Me ha permitido caber en las busetas y colectivos diseñados para enanos en mi país en donde los "altos" de 1.75 m. para arriba tienen que montarse, cuando van sentados, con las rodillas en las orejas y cuando van parados, con la quijada en el ombligo. Mi desarrollo se adaptó a las condiciones ambientales, muy de acuerdo con la teoría de Lamarck.

Mi promesa de ser un genio prematuro de las letras también se fue diluyendo con el tiempo. En mi temprana infancia, mis manos volaron conectadas a mi mente creativa desde que aprendí a escribir las vocales. Como en el arte, el sentido era subjetivo, pero sonaba bonito. Después, llegaron las consonantes y me compliqué. Después llegó el diccionario y me olvidé del arte. Después, la crítica apareció, propia y ajena y me autodestruí. Ahora escribo por inercia, montado en el vértigo de las palabras sin pensar con juicio en el resultado. Como ese garufa en resaca que todos los días se mira al ventanal que proyecta su reflejo para ver cómo la barba le ha borrado los contornos del rostro y sonríe como un loco, porque ya no se reconoce.

Podría hacer una lista interminable de promesas sin cumplir, pero en esta oportunidad me voy a referir sólo a una, que se gestó en tan sólo 9 meses. Y como una casualidad macabra, podríamos hablar de un proceso de gestación que no produjo nada. Un embarazo psicológico literario.

A mediados de octubre del año pasado, en una entrada de este blog, escribí: "La historia de la novela que no he escrito". Allí, muy alegremente, como en todas mis promesas, prometí tener una novela escrita para el día de mi cumpleaños número 38 ¿A qué no adivinan? No la escribí. Y ahora escribo para justificarme, para excusarme y para disculparme, y no porque exista una razón lo suficientemente poderosa para no haberlo hecho. No la hay. Pero tengo mil razones para inventarme.

Puedo decir que tenía la esperanza de que en ese tiempo no iba a tener mucho qué hacer. Esperaba la prolongación de mi plácido desempleo gestado por temporadas desde el 2007, exportado sopretexto de una maestría a la Argentina en 2010 y soportado por la manutención paterna y materna, para empezar a escribir una historia sórdida basada en mi desgracia. Quizás describiendo ese odioso viacrucis repartiendo hojas de vida, presentando entrevistas, diciéndole doctor a cualquiera que pudiese darle una mano a uno... en fin, una historia tan común y cotidiana en un país en donde el desempleo nunca baja a un dígito, que quizás podría resultar aburrida.

Súbitamente, me aparecieron cosas qué hacer. Una expectativa de trabajo bajando una cordillera y subiendo un poco de otra, en Ibagué. Empecé las tareas para alcanzarlo, la competencia para ganar, la maldita competencia que lo alegre lo vuelve angustia, el triunfo soberbia y la derrota tristeza. Y gané. Gané un concurso para ser profesor y por esos azares que confabulan entre sí terminé siendo el director del programa. Un programa de eso para lo que me formé mediocremente, consciente de mi mediocridad. Ahora debo aparentar que soy bueno, que me gusta, que soy "competitivo" y que puedo ganar. Esas competencias de las carreras del mundo redondo.

Me casé. Sí. Viví una aventura que sí me gusta, de sostenidos y bemoles, para la que si me he esforzado con todos los fracasos precedentes, los errores de una relación y la incertidumbre del futuro que se resuelve día a día. Me casé pocos días antes de mi cumpleaños 38, ese en el que debí haber cumplido la promesa del libro. Escribí una historia de momentos con esa persona que amo. Esa que sostuvo mi mano mientras mi alma decidía si abandonaba o no mi cuerpo en un hospital de Buenos Aires hace poco más de un año. A su lado construí esta historia que me ha traído a la tierra caliente, esa tierra que en la vida del rolo sólo aparece en los festivos o en las vacaciones para experimentar cómo se siente la arena de playa en las chanclas con medias. Esos entes humanos que deambulan bajo el sol con gorritos ridículos y la cara blanca cundida de protector solar. Ahora vivo en esa tierra caliente, me reinvento, me defino, me paro en el balcón a pensar y a recibir bocanadas de brisa que baja de la montaña, para darme el aire que disfruta mis pulmones. El aire frío de la altura.

Siento que volví a caer en este torbellino de los días y su rutina que nublan la imaginación. La parquedad de los horarios y el peso de la responsabilidad. El sinsabor de cumplir, de acomodarse, de "ser alguien en la vida". Mi libro se volvió un libro de contabilidad, el periódico de todos los días, la biblia del destino. Y no es que no lo disfrute. Es parte del camino. Mi padre me ha manifestado, después de algo que escribí y que le gustó: "Felipe, creo que tú sabes que naciste para escribir, pues ves las cosas y los seres humanos con los ojos del alma. De ello nos enorgullecemos, pero como bien lo dices, muchas veces has sido el plato roto que tu mamá pega con amor. Pero ten en cuenta que para poder darte el lujo de escribir necesitas dos cosas: comer como soporte material,  y eso requiere constancia, sacrificio, y esfuerzo; y pensar, pues tu dices no únicamente cosas bellas, sino cosas impregnadas de la realidad concreta. Abrazos. Jaime." Pues bien, la realidad concreta es que hay que vivir para comer y el pensamiento se dedica a descifrar esa vida. Lo de escribir es un lujo costoso que ahora no me puedo dar. Por eso, quizás como una excusa más, mi libro tendrá que seguir esperando mientras sobrevivo esta vida que necesito para poder vivir.

Entonces, seguiré justificándome. Diré que no supe qué escribir. Que ando embotado, que no me fluye. Que han pasado tantas cosas que no sé cómo organizar mi mente. Seguiré buscando excusas. Argüiré falta de interés en la literatura ahora que ando jugando al académico, creyendo que sé, que puedo tomar los textos de Bobbio, Sartori o Touraine y entenderlos. Que eso me ha quitado tiempo para escribir. No sé qué más decir. Sólo que no cumplí, pero que lo había advertido. En algún lugar escribí que mi única promesa en serio era la de romper todas mis promesas. Fallé de nuevo. He cumplido una vez más. Alguna vez cumpliré con escribir mi libro. Lo prometo.


miércoles, 15 de agosto de 2012

El sacrificio de mi madre.



La relación que tengo con mi madre es similar a la relación que tengo con mi Dios. Se basa en un desafío mutuo por demostrarnos continuamente quién tiene la razón. Tanto mi Dios como mi madre, siempre tienen la razón, pero yo me obstino para demostrarles que no. Así he crecido durante los últimos 38 años. De hecho, nacer para mí fue algo conflictivo. Yo ya venía mal acomodado en el vientre materno. Me negaba a nacer, consciente sobre el mundo que me esperaba. Para mí la placenta como entorno estaba perfecta. Incluso creo que de allí viene la palabra "placer".

Movimientos suaves en la oscuridad, ninguna preocupación, ningún pensamiento y ningún recuerdo. Musiquita tenue levemente distorsionada por el líquido amniótico y caricias suaves tras el celofán de la panza de mamá. Así ¿Para qué nacer? Además, yo soy de esas generaciones en las que el médico creía que una palmada en el culo era lo mejor para expandir los pulmones. Pendejos. Con eso sólo se expandía el llanto herido que era el símbolo inequívoco de que esta fiesta de la vida iba a ser complicada.

Finalmente, me trajeron al mundo a las malas. A mi madre le tuvieron que rajar la panza para que yo saliera. Es decir, le hicieron la cesárea. Mi mamá, a pesar de que ya había tenido siete partos más, que ahora se llaman Carlos, Mónica, Oswaldo, Francisco, Clara, Luis y Alejandro, no sabía que no podía desayunar el día de la operación. Yo debería nacer el 10 de julio. Pero como era el desayuno o yo ese día, mejor nací el 11 de julio. En esa misma fecha, 10 años antes, había nacido Luis. Ahora Luis y yo nos felicitamos el mismo día de cumpleaños y con ese ritual nos acostumbramos a avisar a los demás. Desde que nací mi madre me cuidó con un amor encendido. Lo primero que se encendió fue la incubadora en la que estuve siete días porque en esa época a uno le tenían que hacer transfusión de sangre por ese problema del RH. Mi padre es RH positivo y mi madre es negativo. Esas dos cosas no son compatibles, como en la vida misma. Y yo nací bipolar entre lo positivo y lo negativo. Bipolaridad que mantengo y que los psiquiatras se niegan a reconocer como si eso me hiciera un favor. En fin. En esa incubadora crecí una semana mientras mi madre se recuperaba de la chamba que le dejé en la panza.

Aún convaleciente, mi madre hizo las vueltas para entrar a estudiar Derecho en la Universidad. Después de ocho hijos y una cicatriz en la barriga, mi madre se iba a hacer profesional. Yo me gradué a los 28 años de la Universidad habiendo empezado a los 19 en este mundo. Por una sola razón: Por vago. Aunque siempre le echo la culpa a mi hijo que lo tuve cuando yo tenía 21. Mi madre empezó a estudiar a los 35, justo el año en que yo nací, y se gradúo a los 40, edad que ya casi cumplo y en una vida que con sólo un hijo, que amo con toda mi alma, siento que no podría tener más hasta que madure. Y eso se demora.

Con todo este cuento no quiero significar que me parezca extraordinario que mi madre haya estudiado una carrera. Eso era de esperarse. Lo que es extraordinario es que se graduó sin excusarse (como lo hice yo) en el tiempo convencional de abogada. Y fue una abogada ejemplar, algo exótico en un país en donde la mayoría de los abogados se caracterizan por graduarse de garajes tomando cerveza y ejercer en los prostíbulos tomando whisky. En su carrera profesional, mi madre fue juez. Lo recuerdo bien. A mis 12 años, mi padre era magistrado y mi mamá juez. Mi papá estaba en la Corte Suprema de Justicia y mi mamá en un juzgado penal municipal. Recuerdo que dentro de la rutina del recorrido del carro que nos transportaba, la ruta iba de mi colegio, a la oficina de mi mamá y a la oficina de mi papá. Mi mamá me ponía a esperar horas antes de salir y yo para evitar el desespero subía hasta su despacho para ver qué hacía. El cuadro era abrumador. Expedientes que debajo tenían más expedientes y para variar, encima, tenían más expedientes. Papel, papel y más papel. En esa época aún se trabajaba con máquinas de escribir. Los cumputadores eran sólo un anhelo que vivía en los Estados Unidos. Costosos, aparatosos e imposibles de alcanzar. Mi madre en el juzgado mantenía el rictus adusto que usaba en casa cuando algo tenía que hacerse bien, so pena de que contrariar u omitir sus órdenes fuera enfrentar su mal genio, temido en tres departamentos de Colombia desde la década del 40.

Ella siempre ha sido estricta. Le gusta que las cosas salgan como ella se las imagina. La ventaja de esto, es que mi madre tiene una imaginación hermosa. Si yo hubiese vivido la vida que mi madre imaginó para mí, me habría ahorrado mucho dolor. Sin embargo, no me arrepiento, porque ese dolor ha hecho que cada día valore más a mi madre.

Así crecí, viendo el sacrificio de mi madre. Una malabarista de la vida. Mientras sostenía ocho platos girando sobre frágiles palitos para que no se le cayeran, estudió, trabajó y nunca, nunca dejó de ser una gran esposa. Algunos platos tuvo que recogerlos (recogernos) del suelo en pedacitos. Porque, al menos yo como plato, me esforcé (no me esforcé) por girar lento, desequilibrado, tambaleante. Mi madre me levantó en sus manos, me pegó con el mejor pegamento y sin mucho preámbulo me puso a girar de nuevo. Secó mis lágrimas, sanó mis heridas y me obligó sin obligarme a subirme al palito para seguir girando, con más fuerza, con más decisión, sin tanta excusa.

No es perfecta. Sería un gran defecto que fuera perfecta. Como ya lo dije, su genio tiene fama. Además se lo heredó a unos cuantos y (cuantas) de sus hijos. Pero, sorprendentemente, su genio es espuma. Así como sube, baja. Uno nunca sabe por qué se pone brava y mucho menos sabe por qué se contenta. Es un misterio maravilloso. También tiene esas cosas de las mamás que a los hijos no nos gustan: Se preocupa mucho por uno, tanto, que uno siente que llega a los linderos de la intimidad. Pero con el tiempo comprendí que su preocupación no es infundada. Tiene un olfato increíble. Su instinto animal que predice los desastres es casi infalible.

La he visto siempre al lado de mi padre. Algunas veces se toman de la mano y miran el horizonte juntos que parece un televisor. Otras veces mi madre lo mira con reprobación por algo, algo que él no sabe y que con el tiempo se nota, ya no le importa. Le importa que ella esté allí, mírelo lindo o feo, como desde hace 58 años ininterrumpidos. Ha estado con él en las buenas, en las malas y en las peores. Ha sido el carácter de la casa cuando el viento ha soplado en contra. Ha hecho los sacrificios que ha debido por el hogar cuando mi padre ha tenido que sacrificarse por el país.

Ahora, que mi padre necesita la tranquilidad del sosiego, del paso lento y el hablar pausado, ella está allí para velar por su sueño y sostener su mano. Para decirle después de una explicación larga o de un chiste malo de él: "No me importa qué me dijo porque no le entiendo". Y se ríen los dos, su mejor lenguaje. Algunas veces con paciencia, a veces no tanta, pero siempre con un amor profundo construido desde su adolescencia en donde el idilio nunca murió.

Seré un hijo de mami, un mamito o cualquier apelativo de esos peyorativos que se nos da a quienes vivimos pegados de las naguas de la mamá. Pero así es. Mi madre reúne todos los clichés de redención en los momentos de desespero: Es la tabla de salvación, el oasis en el desierto, el segundo aire, la mano amiga o Dios cuando todo está perdido.

Siempre ha estado ahí para recordarme cuán vulnerable es el humano y qué tan sumisos debemos ser a Dios. Su Dios y mi Dios no es el mismo Dios. O quizás sí, no lo sé. Sólo Él lo sabe. Pero tengo claro que cuando mi mamá me dice que me dé la bendición, yo me doy en la bendición. Porque creo en su fe que ha creído en mí.

Mi mamá es mucho más que retórica bonita en poemas de escuela. Mi mamá es una tormenta en la playa más desolada y más bonita, porque aunque lo sacude a uno con violencia emocional, los daños no son daños y el paisaje es más hermoso. Porque mi madre me ha criado a punta de palabras y silencios. Palabras de todos los tonos. Silencios aún más elocuentes.