La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

domingo, 31 de julio de 2016

Decadencia





Esto debe ser lo que llaman decadencia. Un hombre luchando por los últimos vestigios de sus ilusiones. Un sibarita buscando rezagos de talento en un juego de palabras que ya no dicen nada. Una botella de vino que se fue amargando con el tiempo y que ahora sabe igual que la saliva que lo toca. Un cúmulo de promesas incumplidas que ya a nadie le importan, porque ya nadie se siente defraudado.

Ahí se va yendo la vida muchacho, en donde el tiempo lo cura todo hasta que un día te mata. Ahí se va yendo la vida muchacho, en donde tu genialidad se va convirtiendo en locura y la locura en enfermedad. En donde marchitas sin más primaveras. En donde tus días y tus noches tienen un solo sentido: de ida.

Esto debe ser lo que llaman crecer. Cada vez que un niño mata un sueño a la cara le sale una arruga. Y así vamos quedándonos sin sueños y nos vamos llenando de arrugas. La vida pesa y apenas se sobrevive. Cada día me levanto para hacer algo que no me gusta, en lo que no creo, que me aburre profundamente. Pero me pagan y eso es suficiente, porque con ese dinero compro el alimento que me va a permitir levantarme un día más para seguir yendo a ese trabajo de mierda, para seguir muriéndome día tras día solo con el impulso de mis propios pies.

Odio los horarios y las responsabilidades. Odio el dedo acusador que desde la superioridad de su éxito me señala cómo se hacen las cosas bien, cómo se han hecho siempre y cómo se seguirán haciendo.

Vivimos en un mundo de jerarquías absurdas, de lealtades hacia arriba, en donde quién tiene el poder exige esa lealtad pero le pesa su puta soberbia para brindarla con sinceridad. Porque para esos majestuosos seres la lealtad es que el mundo perciba a su ego como ellos mismos lo perciben, como si el mundo les debiera algo, como si fueran lo más preciado del universo... y pues no. Esa gente miserable vive en el globo que otros les han construido lamiéndoles el culo sin más crítica que hacerles ver alguna mota que se les subió al hombro del vestido. Lameculos y agrandados, así funciona este mundo cabrón. Cuántos rostros están apareciendo ahora en mi mente. Cuántos personajes levitando en la burbuja de su propia arrogancia, esperando pleitesía gratis porque sí, porque son poderosos y pueden. Veo un calvo hijueputa, un niño grande con ínfulas de sabio, un par de gordas malditas, un atrabiliario corrupto que en lo más bajo de sus actos decidió volverse evangélico cristiano para hacer de su poder efímero una superioridad moral permanente. Sí, los veo y los recuerdo, escupo esta pantalla y sigo escribiendo.

Esto debe ser lo que llaman sufrir. Levantarse cada día con un vaho rancio en la boca, con una noche mal dormida, con la angustia de no haber cumplido con algo que no le sirve a nadie pero que igual te lo van a pedir porque hay que aparentar. Sufrir es meterse en un vehículo que te llevará ciento cincuenta cuadras en un trancón insufrible hacia la rutina que detestas para ver otras almas grises fingiendo que hacen mucho y peor aún, que lo que hacen es muy importante. Bah, o ja. No sé.

Estoy cansado de fingir. Estoy cansado de mirar a tanto hijueputa a la cara como si les admirara algo, como si de verdad le estuvieran aportando alguna cosa a mi vida. Estoy cansado de ser un cobarde, un hipócrita, un desadaptado que se esfuerza por encajar como una ficha de lego en un rompecabezas, y que sonríe con una máscara llena de arrugas y muerta de sueños.

Solo hay algo que me mantiene vivo: Escribir. Poder coger ese mazacote de venéreas que tengo en mi cabeza y convertirlo en palabras. En estas palabras. Y no escribo para agradar. Escribo para desahogarme, para hacer mis catarsis, para decir con mis dedos todo lo que no puedo o no quiero decir con mi lengua.

Esto debe ser lo que llaman escribir. Tomar los sentimientos por decadentes que sean y traducirlos en algo que sus ojos puedan interpretar. Perdón por robarle sus minutos, perdón si de alguna manera lo ofendí. La verdad no escribo para encontrar empatías. Ni para nada en especial. No escribo ni siquiera para vender. Escribo porque esto es mucho mejor y más constructivo que vomitar. O mejor, es una forma elegante y retórica de vomitar. Perdón si lo salpiqué con pedacitos de letras o flujos de oraciones. Solo pasé por acá a restregar mi decadencia, a raspar el piso, a esnifar mi rabia, a postrar mis ilusiones. Una vez más.




domingo, 24 de julio de 2016

Las bendiciones del fracaso


El fracaso es percibido como la decepción, la derrota, la claudicación ante un reto, el fin de un sueño, la vergüenza pública o la renuncia a un proyecto. Como premio de consolación, el fracaso será valorado, después de superarlo con mucho esfuerzo, reflexión y autoconvicción, como una experiencia, como un tip del manual de lo que no se debe hacer y la garantía de que no lo volveremos a repetir.

Pues bien, les contaré mi historia. El fracaso para mí tiene un solo significado: Es vivir haciendo algo que no nos llena, así ese algo nos dé éxito permanente. Y bueno, siendo así, yo vivo fracasado. Porque para vivir tengo que hacer cosas que definitivamente no me llenan. ¿Y qué hago? Trabajo. Trabajo ahora y trabajé antes en tareas que no me emocionan, que no me alegran, que no me ilusionan. Trabajo para sobrevivir, para ganar un salario y pagar mis cuentas, para cumplir un horario, llenar mi hoja de vida para poder buscar otro trabajo que igual, me va a volver otra vez un fracasado. ¿Y qué quiero hacer? Escribir. Escribir me llena. Justo lo que hago en este momento. Escribir es el motor de mi existencia. Desde que aprendí a escribir, no he parado de escribir.

Cuando era un niño escribía historias fantásticas, me inventaba mundos, personajes y situaciones llenas de imaginación. Recuerdo que escribí la historia de un soldado que ascendía y ascendía guerra tras guerra hasta ser Mariscal con tanta mística y convicción, que terminó siendo asesinado por un soldado de su propio ejército que quería ser como él, porque sentía que mientras él viviera, nadie podría ser como él. En fin, para ser un niño pensaba con mucha sordidez. Pero así viví, así crecí, así me formé, escribiendo historias.

Luego escribí crónicas, historias que viví o que me contaron. Escribí sobre atentados y muertos. Era el mundo que me rodeaba cuando era un adolescente. Las bombas estallaban en cualquier lugar, los atentados a personajes importantes eran la noticia de cada día, y siendo mi padre uno de estos personajes importantes, viví entre las amenazas, los sufragios y la zozobra de escoltas armados que al menos una vez a la semana me decían que me tirara al piso del carro en el que me movía.

Luego tuve que trabajar. No puedo negar que he tenido días buenos, emocionantes, que me llenan. Sobre esos días he escrito también. Escribí, por ejemplo, sobre el día en el que María Lepesqueur, la mujer más buena y dedicada que he conocido, me contó en una banca de la iglesia de Bojayá cómo fue esa masacre del 2 de mayo de 2002, cómo se la contaron, cómo se la confesaron de uno y otro bando y cómo vivió el renacimiento de ese pueblo desde las cenizas de su dolor.

Pero la mayoría de mis días han sido grises, parcos, destemplados y sonsos, sin mayor emoción que la de algún tropiezo en la calle, la cerrada de un taxista energúmeno o la cagada de una paloma desde un cable de la luz. Esos han sido la mayoría de mis días. Los días de un fracasado que se despierta cada día para hacer algo que no disfruta y se acuesta cada noche con la certeza de que no lo disfrutó.

Por eso puede resultar tan incoherente y vacío que les quiera hablar de las bendiciones del fracaso. Porque no les voy a decir nada de la experiencia, de cómo evitarlo o cómo superarlo para que sean exitosos. No. Yo solo les voy a prestar mi equipo de inmersión en el fracaso. Mis tanques, mis aletas, mi visera y mi esnórquel. Les digo que el fracaso ha impulsado cada día mis dedos hacia las letras para escribir y hacer mi catarsis. No he hecho de mi fracaso diario un drama permanente. Mi fracaso, al fin, es la ruta de mis palabras. He aprendido a escribir para vivir y he aprendido a vivir para escribir. Pero escribir no mantiene mis bolsillos. Eso lo hace mi trabajo. Escribir mantiene mi espíritu arriba, mis ganas de perseverar, mi mundo paralelo, mi imaginación, mi capacidad para seguir con una sonrisa porque yo no pienso. Yo escribo con la mente. Y esos trazos permanentes de letras, palabras y párrafos mientras trasego los días me han permitido soportarlos, enfrentarlos y derrotarlos. Cada día me levanto con una oración en mi tintero. Cada noche me acuesto con algunas frases escritas. Por eso el fracaso me ha hecho escritor. Porque yo ya no sé si estoy viviendo. Pero estoy seguro de que estoy escribiendo. Escribiendo como un fracasado que se acostumbró al fracaso, a quien el fracaso no le asusta y, por el contrario, se convirtió en un confidente de sus más oscuros pensamientos y sus más tiernas ilusiones. Escribo como un escritor fracasado, que siempre será mucho más escritor que persona.

martes, 2 de febrero de 2016

LA ETERNA RECAÍDA DE ALGUIEN QUE SE LA PASA MIRANDO AL PISO




Hoy volví a jugar. Sí. Lo digo con vergüenza absoluta, como el vicioso que recae, como al infiel que lo descubren, como quien se pisa la toalla saliendo del baño público y queda en bola, como quien se dio cuenta después de despedirse en la primera cita con la mujer de sus sueños que anduvo con un moco acróbata colgando de los pelos de su nariz. Me metí a un antro en el centro de Bogotá a jugar póker de máquina, como en los viejos tiempos. Llevo una semana de recaída y he perdido hasta la madre, como perdía cada semana hace más de diez años cuando juré que sería la última vez que entraría a un lugar de esos, que no volvería ni siquiera para comprobar que ya había superado mi adicción.

El martes pasado me atrapó el pico y placa en la oficina con poco trabajo y mucha pereza. Salí a la calle en el centro de la ciudad para dar una vuelta esperando encontrarme con alguien conocido por casualidad. Pero las casualidades no existen. Lo único que encontré fue mi pasado esperándome con minifalda debajo de un letrero luminoso de casino y una puerta de arco grecoromano pobre, tan pobre como yo cuando salí de allí.

Entré simulando curiosidad, revolviendo con los dedos un par de billetes que tenía en mi bolsillo que llegaban a sumar treinta mil pesos. Me dirigí a la caja para ver quién cambiaba los billetes por monedas, para sentir esa sensación alucinante que convierte un pedazo de papel en muchos pedacitos redondos de metal. Pero la tecnología no fue ajena a los casinos en todo este tiempo. Ya no hay ranuras para monedas. Ahora la máquina te arranca directamente el billete. Solo hay una ranura estrecha y delgada por donde se te va silenciosamente el dinero para siempre. Ya no existe ese sonido mágico de las monedas cayendo como aguacero de hierro en una bandeja. Ya no se ensucian los dedos con esa marca indeleble de la pobreza, de quién tranza con las vueltas del bus sus miserias. Ya no se siente el olor a moho y óxido de las rodajitas de metal apiñadas en un vaso plástico gigante. Las monedas son el bien universal de intercambio de  la pobreza.

Entonces, me acerqué a la máquina solitaria que me estaba esperando como el viejo amigo que te embriagaba a ratos y al que abandonaste cuando quisiste ser mejor persona; pero que igual, está allí siempre, en el mismo lugar, con esa sonrisa indulgente que lo perdona todo. La pantalla me mostró diamantes, picas, tréboles y corazones en hileras de a cinco para darme fortuna solo por organizarse en maravillosos pares,  tríos, escaleras, pintas y por qué no, en póker, el maravilloso póker.

Empecé a presionar el botón de juego y a marcar cartas esperando que mi intuición y mi suerte se juntaran en un instante para arrancarle unos centavos al destino y largarme de allí incólume, con la certeza de que el vicio era cosa del pasado y que ya lo puedo controlar, porque mi voluntad ha crecido y ahora soy un ser maduro que puede caminar sobre las aguas sin mojarse, sin querer nadar, sin ahogarme y sin sufrir. Pero los treinta mil se fueron sin mucha resistencia en veinte minutos y yo quedé rabón, con una mueca amarga que me invitaba a la revancha, a la venganza, a no dejarme arrancar míseros treinta mil pesos por esa máquina del demonio. Era poco lo que había perdido y era fácil recuperarlo.

Como antes, cuando solo verificaba en el cajero que no tenía plata, salí para uno a sacudir mi riqueza, para demostrarle a esa maquinita de mierda que treinta mil pesos no son nada ahora para mí, que por estos días no ando revolviendo monedas sino billetes en mis bolsillos y que ahora tengo con qué respaldar el duelo que me pinta. Que ya no soy el estudiante arrancado buscándose unos pesos para pagar el transporte sino que ahora llego a este casino por placer, porque me puedo dar el gusto de derrochar, porque ahora no vivo de mis papás sino de mi trabajo. Máquina malparida. Ha sabido sacar mi versión más arribista y detestable.

No saqué cien mil pesitos, no, saqué de una vez 600 mil, que es lo máximo que bota el cajero por transacción. Si esa máquina creía que me iba a pelar, al menos le iba  dar la pelea en serio, con la billetera llena para que no me fuera a despachar en diez minutos. Llegué de nuevo al casino, busqué la máquina como quién busca al deudor que se esconde para no pagar y me paré al frente. Le di un billete de 50 mil para que se lo tragara y así empezamos esa danza de luz y musiquita de carrito de helados que hipnotiza como la serpiente que tentó a Eva para que mordiera la puta manzana. Y yo mordí mi mezquindad y mi ambición, el deseo de conseguir dinero fácil, sin trabajar. Mordí la tentación y ya no hubo remedio.

Esta era una máquina en la que cada crédito vale cincuenta pesos. Es decir, de inicio marcó mil créditos. Ahí iba a estar un rato apretujándole las teclas y ella me iba a tapar y a destapar sus cartas. Eran ya las siete de la noche y estábamos solos, ella y yo, con otras máquinas alrededor abandonadas por personas que habían ganado o habían perdido pero que ya se habían ido. Seguramente muchos más los que habían perdido. No recordaba la función de las minifaldas en los casinos pero pronto me refrescaron la memoria. Una niña, la misma que había visto llegar parada en la puerta grecoromana pobre, llegó muy amable con un plato pequeño de comida simple, un trocito de carne con arroz y ensalada en un platico y un vaso de bebida “gratis”, como si uno no invirtiera el equivalente del costo de una langosta con vino blanco en un restaurante fino de Bogotá, un bien tan preciado y esquivo como los diamantes que se usan para decorar cuellos, dedos o gargantas, pero para regocijo del estómago capitalino que solo así puede llegar al mar.

Empecé ganando, maldita sea. Ganar es la forma más segura de enredarse en estas redes de perdición. Es el anzuelo que se clava en el paladar del ludópata y no hay movimiento que lo pueda zafar del encanto mágico del dinero fácil. Con pocas jugadas ya tenía mil quinientos créditos, es decir, ya casi había recuperado los 30 mil que me tenían ahí, luchando por mi venganza. Y así me mantuve un buen rato. Pero yo no quería ganar. Yo quería humillar a esa máquina, que me escupiera hasta su último centavo para dejarla allí postrada, derrotada, suplicándome perdón por haber osado arrancarme mis treinta mil pesitos. Pero no fue así, el efecto narcótico del triunfo se empezó a diluir cuando los créditos se empezaron a esfumar y yo metí billete tras billete en esa ranura con la esperanza de recuperar un poco o de ganarlo todo. El jugador pierde la noción entre ganar y recuperar. El jugador cree que gana cuando recupera un poco y recuerda cuánto perdió y quiere recuperar todo y recuperando pierde. Es masoquismo puro. El jugador, en lo más profundo de su alma, sabe que va a perder y lo sigue intentando, como quien se entrega a cualquier vicio sabiendo que es, será y seguirá siendo su eterna perdición.

El reloj me recordó que el pico y placa ya no era excusa para matar el tiempo y que mi carro ya podía desplazarse libremente por la ciudad en el trancón que lo lleva a uno de un lugar a otro. Entonces pensé que lo mejor era dejar que el tráfico bajara para llegar rápido a mi casa. Eso simplemente era una excusa para darle largas a mi tiempo de pelea, de frustración, de intentos por recuperar lo irrecuperable. Ahora el humillado era yo, quién suplicaba era yo, quién quedaba vacío y postrado era yo. Y quería más tiempo para sufrirlo, en un acto, como no, de estupidez consciente.

Aún me quedaba un gramo de vergüenza y después de perder 400 mil con el tiempo vencido para regresar a mi casa, en donde me esperaban mi esposa y mi bebé recién nacido, decidí parar, como el borracho que sabe que con el siguiente trago va a empezar a cogerle el culo a las mujeres y a buscarle pleito a los hombres. Caminé al parqueadero sin despegar la mirada del piso, repasando cada baldosa, cada división en los andenes, cada bache en el asfalto hasta que llegué. Abrí mi billetera para pagar el día. Estaba casi vacía, con menos de la mitad de lo que llevaba y con unas ganas infinitas de regresar a ese casino. Pensaba que si había podido recuperar 30 mil por un instante no sería tan difícil recuperar 400 mil, solo era cuestión de estrategia. Al otro día regresaría en algún momento para enmendar mi falta, podría llegar a un acuerdo amistoso con esa máquina a la que solo le pediría devolverme mis 400 mil y ya, como si nada, como si esos diez años de abstinencia jamás se hubieran suspendido. Llegué a mi casa, besé a mi esposa, cargué a mi bebé y me acosté a dormir alucinando entre las luces y los sonidos del antro ese, esperando los primeros rayos del sol para ir a la oficina y luego a recuperar mi plata, como si fuera a hablar tranquilamente con una amante en decadencia solo para decirle que no nos veríamos más, que solo fue un error, que todo estaba olvidado. Pero que me devolviera mi cochina plata.

Al día siguiente, después de quitarme las lagañas, repasé el monto que tenía en la billetera. 200 mil que debería volver de nuevo 600 mil por obra y gracia del espíritu bendito de la suerte. Como si el cosmos confabulara para entregarme al regazo de la perdición, las reuniones de la tarde fueron canceladas. Entonces, después del almuerzo, ya tenía mi agenda disponible para este encuentro distendido con la máquina que me había secuestrado mi plata. Almorcé y salí presuroso para el casino. Puerta grecoromana pobre, letrero luminoso y minifalda en la puerta. Todo en su lugar, dispuesto para ese encuentro amigable en el que iba a disuadir a la máquina para llegar a un acuerdo amistoso. Ni ella ganaba ni yo perdía.

Llegué al lugar de las máquinas de póker. Contrario al primer día, casi todas las máquinas estaban ocupadas. Sin embargo, mi máquina, la que me debía mis 400 mil estaba allí, esperándome. Solo le faltaba brindarme un café, cosa que hizo la señorita de la minifalda antes de que yo metiera los primeros 50 mil.

Pensé que yo era el único que convertía en personas ficticias a estas máquinas embrujadas. Pensé que yo era el único que establecía estos diálogos imaginarios de encuentros y desencuentros, de duelos y reconciliación, de seducción y disuasión. Pero con mis colegas alrededor, jugando frenéticamente con sus propias perdiciones, descubrí que yo no hacía de estas relaciones algo tan evidente. Al menos esa discusión permanecía en mi imaginación y no la verbalizaba. Pero mis colegas, viejos zorros de los casinos, no podían disimular la euforia de su propia relación. El cuadro fue exasperante, continuo, decadente y patético. La persona apostada a mi lado izquierdo, le decía a su máquina “mamita”. Mamita es el término más grotesco para dirigirse a una mujer si ésta no es la mamá. Le decía “mamita, devuélvame la plata”, “mamita, deme juego”, “mamita, no sea malita” y por último, antes de que la máquina lo pelara una vez más y lo sacara de allí con una patada en el culo, dejó el “mamita” por “esta gonorrea me vació otra vez” exhaló un suspiro entrecortado, le pegó a la pantalla un puño suave pero con rabia y se fue. La “mamita” se quedó ahí con su plata. Pero yo sabía que él iba a volver a seguir rogándole a su “mamita” que le devolviera la plata, mucha, supongo.

La persona de mi lado derecho balbuceaba cosas incomprensibles, algunas veces como si susurrara, otras, con un pitido insoportable como generando suspenso. Este jugador iba ganando y con cada triunfo la daba una caricia al costado de la máquina, como si la consintiera. Como en el tráfico más hostil de la capital, lo mejor es no hacer contacto visual con nadie, pues se corre el riesgo de que el jugador con el que uno se cruce las miradas, lo haga a uno partícipe de su tormentosa relación. Como novato, me pasó. Miré al señor de la derecha, el que balbuceaba cosas incomprensibles, un anciano de unos sesenta y tantos años y con ese tono del alcohólico que está temporalmente sobrio, me sonrío y me dijo: “Hoy está suavecita, está dando bueno”. Yo correspondí la sonrisa y no pude disimular el pánico de verme allí reflejado, como si fuera mi espejo de la máquina del tiempo ubicado en el futuro. Rápido me deshice de esa imagen con una dosis espontánea de autoayuda, diciéndome a mí mismo que esa ya no era mi vida, que este era un trance temporal y que una vez terminara de conciliar con mi máquina la devolución de mi dinero, todo habría terminado.

Para evitar estos encuentros incómodos, decidí fijar mi mirada en la máquina que me correspondía y solo dejé que mis oídos estuvieran pendientes de las relaciones conflictivas de mis colegas por si alguno se deschavetaba. Y es que pasa mucho. En los casinos la gente enloquece y hay que estar alerta porque a veces hay que correr por la vida. Hace más de diez años, mi compañero ocasional y anónimo de infortunio después de varias horas de estar jugando, no aguantó la presión de perder eternamente y la emprendió contra la máquina. La cogió a puños y patadas con ira e intenso dolor y también a quiénes intentaron controlarlo, entre quienes por supuesto, no estaba yo. Yo corrí, cobardemente corrí y me hice detrás de un biombo para ver en qué terminaba la gesta del desgraciado. El tipo exigía que le devolvieran su plata porque las máquinas estaban arregladas y él perdía en jugadas absurdas, como que le plantaban un tres para doblar y miserablemente su carta de respuesta era un dos. Para él esto era imposible ¿Cómo era posible que le saliera la única carta con la que podía perder? Él tenía razón. Las máquinas están arregladas. Pero todos lo sabemos. Desde la niña con la minifalda a la entrada hasta el dueño del casino lo saben. Los jugadores lo saben. Ese es el negocio. Si las máquinas no estuvieran arregladas no serían negocio. Uno solo juega para ser el afortunado que se cruza con el juego en el preciso instante en el que lanza el anzuelo con algo para los zombies desventurados que van todos los días allí para dejar su sueldo, su producido, la utilidad o la pérdida de sus negocios, lo que tienen y hasta lo que no tienen. Uno va por las migajas de un banquete en donde los señores son los dueños de los casinos y uno es el perro que espera paciente a que se caiga un hueso de la mesa. Un hueso que casi nunca cae antes de las patadas que lo sacan a uno de allí con una mano adelante y otra atrás, con el rabo entre las patas.

Ese día también perdí. No quiero decir cuánto porque me da vergüenza. Y me avergüenza decir que he ido todos los días durante una semana sacando minutos a las horas y segundos a los minutos como el drogadicto que se mete al baño para pegarse su plum en la oficina, el que necesita, el que le hace falta, el que lo hace ser más eufórico y productivo. Y es que el juego es la peor de las adicciones. Las sustancias psicoactivas tienen la bondad de sacarlo a una de la realidad. El trago embrutece y la droga enloquece. Pero el juego no. El juego solo implica una descarga de adrenalina y de desespero que no tienen la benevolencia de doparlo a uno, de aletargarlo, de matarlo. El dinero se va a chorros con ese sofisma estúpido de “recuperar”. En el juego nunca se recupera. Solo se gana un día un poco para perder al día siguiente el doble, el triple, el cuádruple y así. La espiral no tiene fin. Pero aún más grave que la espiral de pérdida de plata, el jugador pierde mucho más que eso.

Como dije, uno en el casino vive con las antenas bien puestas para poder escanear lo que pasa alrededor. No solo por la locura súbita de los perdedores fracasados y frustrados que es riesgosa. También los amigos de lo ajeno rondan esperando cualquier descuido para alzarse con todo lo que esté por ahí pagando. Y uno, concentrado en la máquina, deja pagando todo. Hasta la billetera que tiene en el bolsillo. Idiotizarse con el juego es muy fácil. Se pierden reflejos, concentración, agilidad y por supuesto, dignidad. Mucha dignidad. En todos los rincones del casino hay letreros que advierten que el establecimiento no responde por objetos robados. Empezando por lo que roban ellos con máquinas arregladas que abusan de incapaces mentales que sabiéndolo van (vamos) y juegan. Y en ese estar pendiente sin estar pendiente, yo logré ver en los demás jugadores, mis colegas, lo que detesto de mí.

El jugador por definición es cínico o mentiroso. El cínico, usualmente es el “comerciante” que considera que el juego es un negocio más. Y adquiere el juego como un hábito porque es otra manera de ganar dinero con ardides poco santos pero válidos, como se hacen los negocios. Esos son los expertos, los que hablan con la máquina alegándole como si fueran su empleada y las putean cuando pierden. Creen que conocen las dinámicas de ganancia del juego y creen además que pueden ganar sistemáticamente, enriquecerse y vivir de esa actividad. Por supuesto, estos son los más miserables y los que más pierden. Y son los que más pierden porque viven convencidos de que pueden ganar. Entonces, vuelven una y otra vez para comprobar su teoría. Cargan esmeralditas en el bolsillo que venden a un módico precio cuando están pelados. Su aspecto es tenebroso pero no más que su lenguaje. Se quedaron estancados en la época del narcoterrorismo de finales de los 80´s y actúan, visten y se comportan como pequeños traquetos con aspiraciones de capo. Con estos es completamente prohibido establecer contacto visual. Cuando era ludópata compulsivo, hace más de diez años, osé mirar a un personaje de estos a los ojos. Inmediatamente me culpó de haberle echado “mal de ojo” a su máquina y me exigió que le devolviera 100 mil pesos que había perdido. Cuando se acercaba energúmeno para encuellarme, la señorita de minifalda y el celador me salvaron de sus garras. Era usual que tuviera ese comportamiento y los celadores ya lo sabían. Obviamente, no pude volver a jugar en ese lugar.

El mentiroso es como yo, un tipo inseguro, avergonzado, lleno de demonios internos que va a purgar con el sonido sicodélico de las máquinas y las luces titilantes de las pantallas sus culpas y sus ambiciones, un masturbador compulsivo de sus propios miedos y un pornógrafo del espíritu, que va contando su intimidad en un texto que llegará a los ojos de quien lo quiera ver sin ningún otro propósito que el de exhibirse.

Y uno es mentiroso porque el juego es parte de la vida clandestina, esa que uno oculta porque no va con lo que uno aparenta: Ser un tipo serio, centrado en su trabajo y en su familia, que a pesar de algunos desvaríos naturales no parece ser un ente pegado a unas cartas virtuales, a un espacio sórdido de perdición, a un prostíbulo en donde se pierde la plata sin sexo. Y entonces, cuando entran las llamadas a los teléfonos de los jugadores, empiezan las mentiras. Unos corren al baño y cierran la puerta para que el sonido ambiente no los delate. Inventan reuniones importantes y susurran para no interrumpir esa reunión que no existe, que tan solo está en la imaginación de ese timador perdido en el bosque de sus propias frustraciones. Otros se quedan al frente de la máquina y sugieren caminar por la calle y dicen que el ruido es de la calle, que van de un lugar a otro para cumplir una cita o dejar un documento. La mente del mentiroso hace maravillas. Inventa las historias y las enriquece con todo lo que sea necesario. No hay una forma de tapar una mentira sin que sea necesaria otra mentira. La mentira es una cadena sin fin que lleva al mentiroso a vivir una vida falsa, creada en su propia mente, hasta que llega a creérsela, a justificarla, a convertirla en realidad por fuerza del desespero. El mentiroso es un tipo que sube a un edificio alto en un ascensor que no baja. La única manera en la que un mentiroso puede salir de la mentira es arrojándose dese el último piso al vacío de la verdad una sola vez y para siempre en un suicidio de esa vida que inventó. Las consecuencias son impredecibles, pero la verdad, por dura que sea, es la única manera de renacer. Pocos lo hacen, pocos lo intentan, casi siempre el mentiroso muere mentiroso, creyéndose sus propias mentiras y juzgando como injustas las desgracias que le pasan. El mentiroso casi nunca recuerda cuándo pasó la raya que ya no lo dejó regresar. El mentiroso vive en barrena permanente, entre la vergüenza de que lo descubran y la estratagema para volver a engañar. El triunfo del mentiroso es el engaño. Y el engaño en sí mismo es un fracaso permanente. Yo he suicidado al mentiroso más de una vez confesando verdades dolorosas, hiriendo a las personas que amo y que me aman, dejando esa estela de desconfianza que no se borra nunca. Pero de alguna manera encuentro de nuevo el camino de la mentira y asciendo de nuevo a ese edificio del que no se puede bajar. Y otra vez me lanzo, quizás esperando a que un día me salgan alas para poder pilotear esta miseria entre ser y no ser, entre la mentira y la verdad, entre lo que soy y lo que quiero ser, entre lo que detesto de mí cuando miro al espejo y lo que me imagino que puedo llegar a ser cuando dejo de mirarlo.

Sí, otra vez caí. Otra vez me dejé llevar por el frenesí del tiempo libre y mi falta de voluntad. Otra vez programé mis males a plazos prorrogables hasta la eternidad. Otra vez me dejé derrotar por mí mismo, por esa parte de mí que no me sirve de nada pero que me llena del más aberrante de los hedonismos. Nadie me creería si digo que esta semana en la que me he revuelto en mi propio estiércol ya pasó y que ahora estoy lanzándome de nuevo al vacío de la verdad. Ni yo mismo me lo creo.

Llevo unos días sin ir. Unos días recordando qué mentiras le dije a mi esposa para que no se me olviden y así poder decirle más mentiras concordantes de tal manera que esa sea la verdad para ella y para mí. Llevo días reflexionando sobre lo vacío que es ese mundo bizarro lleno de personas anónimas, de sombras lánguidas que se aferran a la esperanza de que una máquina les dé lo que su talento no puede.

No estoy acá para dar cátedra de moral o para decir que este es mi balance. No. Porque no sé si vuelva a caer. Hace más de diez años pensé que era la última vez y heme aquí, de nuevo, diciendo lo duro, inútil y sórdido que es esto. Mi ánimo no es el de redimirles señores jugadores. Ustedes no me van a leer porque ustedes no leen. Y lo sé porque yo tampoco leo cuando juego. La mente se limita a ese deseo inmenso de que un golpe de suerte nos devuelva unos centavos para aniquilar los remordimientos acumulados de días, meses y años aferrados a esta ilusión absurda de lograr con suerte lo que no se ha luchado con trabajo.

No quiero volver, no solo por el dinero que perdí sino porque descubrí que aún soy todo lo que detesto de mí. No quiero volver porque la máquina es el referente máximo de mi debilidad y porque siempre me va a ganar. Porque soy yo mismo en mi zona de confort, la que no lucha, la que no piensa, la que no sabe enfrentar a la vida y sus demonios, la que se conforma con lo más pútrido de su mediocridad, la que se resigna a ser un despojo que es capaz de culpar a la suerte y al destino mientras le pega a las teclas de una máquina infernal. Espero no volver, pero no porque esté aferrado a una promesa de caballero medieval. No quiero volver porque anoche que abracé a mi hijo más pequeño para dormirlo, recordé todas las veces que empeñé el dinero que necesitaba para mantener a mi hijo más grande, cuando ese dinero nos hacía falta, mucha falta, de verdad. Recordé cuando él, mi hijo grande, era bebé, como mi pequeño hijo ahora, y yo llegaba a la casa sin mercado, sin leche y sin pañales, maquinando una nueva mentira que a él no le importaba porque a él no lo podía engañar.

Ahora puedo decir con mucho de arrogancia y poco de orgullo que los daños no tienen ese nivel del pasado, que la plata que perdí me hará falta para un lujo o para una comodidad pero no para los pañales, la leche o la tranquilidad de mi bebé. Pero viéndolo a los ojos mientras espero que se duerma, no quiero que él vea en mí lo que mi otro hijo, que ya roza los veinte años, vio en mí. No quiero que mi historia del día para él cuando tenga un mínimo de uso de razón sea contarle si me fue bien o mal en el casino, si gané o perdí, si la máquina estuvo generosa o tacaña. No quiero que eso sea lo que mi hijo reconozca de mí, un ser básico y atormentado buscando en un lugar bizarro y lúgubre el triunfo pírrico de arrancarle a un artefacto sicodélico unos billetes para sentirme feliz o triste. No quiero ser eso. No quiero ser lo que fui esta semana.

Ahora descubrí que no superé mi adicción ni ahora ni en estos más de diez años que pasaron. Descubrí que lo único que necesito para recaer es exceso de tiempo y falta de voluntad. Mi voluntad siempre ha sido débil y no lo considero un defecto en sí mismo. Mi ley siempre ha sido la ley del mínimo esfuerzo y no me avergüenzo por eso. Me avergüenza que mi mínimo esfuerzo sea para jugar habiendo tanto ocio en el mundo en el que puedo invertir ese mínimo esfuerzo sin arriesgar tanto y sin sentirme tan mal. Siempre he sido un sibarita irresponsable retando a los malevos. Pero el juego es un espacio tedioso, estático, sin gracia y cruel. Si he de desperdiciar mi tiempo que sea en escenarios más apasionantes, en donde mi mente se rete con mentes naturales y no esas estúpidas mentes artificiales que fueron capaces de dominarme antes y ahora.

Qué bueno mejor irme a cagar a patadas en el fulbito con los compañeros de la oficina, con los que nos miramos mal y con los que nos miramos bien. Qué bueno descubrir en la interpretación actoral los demonios que uno mismo carga mientras los actores y las actrices se deshacen en los tablados. Qué bueno conectarse con la guitarra del bohemio que le da por tirárselas de artista en un bar. Qué bueno por fin entregarme al placer de la lectura con el mismo ahínco que me entregué a esas cartas amañadas pintadas en una pantalla. No me arrepiento de perder el tiempo. No. Me arrepiento de perderlo jugando sabiendo que de verdad se pierde.

Y este no es un manifiesto de compromiso ni una carta de arrepentimiento. En cierto modo, es mi confesión, mi verdad, mi testimonio expuesto para quién se pueda y se quiera nutrir de él como todo lo que escribo. Un panfleto tirado en la calle para quien lo quiera levantar. Esta es mi catarsis, una nueva catarsis en la que cuento un cuento largo de algo tonto que hice. Mi vida es una secuencia de tonterías y ya. No estoy acá para darme látigo por eso. Pediré perdón a quien debo, quienes saben quiénes son. Y seguiré adelante pretendiendo, como siempre, que aprendí algo de esto.

Ya fue. Todo lo que fue, ya fue. Y solo me queda esta experiencia para escribirla, lo que más me gusta. Entonces si lo escribí valió la pena. Y ya.

Voy hacia mi casa caminando mirando el piso. Voy contando las baldosas, las divisiones en la acera y los baches en el asfalto. Voy caminando pensando con los dientes apretados que tiré más de diez años de mi vida a la caneca. Que recaí como si nunca hubiera salido del infierno. Me atormenta a cada paso suponer que voy a volver, que mirando al piso me encontraré de nuevo con esa minifalda, esa puerta grecoromana pobre y esa máquina que ha exprimido centavo a centavo lo mejor de mí. Espero no volver, cumplirle a mi hijo más pequeño lo que no le cumplí al más grande. Espero que así sea. Pero no sé. Solo sé que veo el piso y que voy para mi casa.












lunes, 7 de diciembre de 2015

La mirada de Belisario




Hace mucho tiempo que no veía una mirada conmovida tan genuina. Miradas así  las veía mucho en mi padre, que era un tipo de lágrima fácil y que además era tremendamente honesto entre lo que sentía y lo que transmitía. Por eso la mirada de Belisario me impactó tanto. Porque en sus ojos longevos pude percibir un alivio infinito, de décadas de arrepentimiento contenido. Se nota que necesitaba a gritos que le concedieran un perdón sincero, proveniente de una víctima real y emblemática. Y ese perdón llegó. Y él descansó.

El escenario fue la Universidad de Ibagué, un lugar que llevo en mis afectos más preciados porque allá estuve un año y medio como director de programa y docente, en donde la academia tiene un nicho regional auténtico y bienintencionado. Renuncié a esa Universidad porque uno cree que la tierra solo llama cuando se viene de un terruño calmo y se encuentra de repente con el caos de la gran ciudad. A mí me pasó al revés. El caos de la gran ciudad, pero sobretodo, el inefable derecho al frío, me reclamó a gritos mis cobijas y mi ropa abrigada. Por eso regresé a Bogotá y a su cálido frío. No es una contradicción. Lo más (y quizás lo único) acogedor de Bogotá, al menos para mí, es su frío.

Del evento no tengo mayor información. Fue hace pocos días. Pero la fotografía que vi condensa tan bien lo que pudo haber sucedido, que me quedo con esa sola imagen para hacer mis especulaciones. Yesid Reyes Alvarado, uno de los hijos de Alfonso Reyes Echandía, el Presidente de la Corte Suprema de Justicia que fue asesinado entre el 6 y el 7 de noviembre de 1985 en la cruenta y absurda toma del Palacio por parte del M-19, ahora Ministro de Justicia, se inclinó para tomar con su mano derecha el brazo izquierdo de Belisario Betancur. Betancur correspondió tocando con su mano derecha la mano de Yesid, como agradeciendo el gesto, como valorando el perdón, como soltando una cruz grande y maciza, un lastre de tres décadas que pesaba en su conciencia con cada tic tac del reloj. Y esa mirada, esa mirada de ojos cansinos profundamente emocionados, posada en la mirada indulgente de Reyes que detrás de sus gafas decía sin palabras que comprendía el arrepentimiento y brindaba el perdón. La mirada de Belisario estaba cargada de una dosis inmensa de alivio abriéndose paso entre las verdades que no ha dicho y que quizás nunca dirá.

Por fin, después de treinta años de tan lamentables hechos, se encontraban cara a cara el Presidente de la República que dio (o no dio) las órdenes de la retoma del Palacio de Justicia que culminó en una carnicería infame de sangre y fuego que acabó con la vida de casi cien personas entre magistrados, empleados del Palacio, agentes de seguridad del Estado, transeúntes de malas y por supuesto, guerrilleros del M-19 sin quienes no se hubiera armado todo el zaperoco; y los hijos de la víctima más insigne de la toma, hijos del Presidente de la Corte Suprema de Justicia ese nefasto día, Alfonso, Yesid y Emiro Reyes. Además, estaba Navarro Wolf, líder de esa guerrilla que para los días de los hechos se recuperaba en Cuba de las heridas de un atentado que le hicieron cerca de Corinto, Cauca, en un fallido proceso de paz que terminó de enterrarse con esa toma.

Como lo advertí, no estuve en el evento y no sé qué pasó. Me quedo con la información de prensa y más que nada, con esa imagen de Belisario Betancur y Yesid Reyes que me impactó tanto. Y me quedo también con mis recuerdos de esos 6 y 7 de noviembre de 1985, cuando apenas tenía once años y un papá que vivió muy de cerca el dolor de esos momentos.

Mi padre, Jaime Giraldo Ángel, era profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes y conjuez de la Corte Suprema de Justicia. Alfonso Reyes Echandía era uno de sus mejores amigos. Compartieron aulas como alumnos y profesores de la Universidad Externado de Colombia. Además, sostenían debates ideológicos desde orillas opuestas, pero por eso nunca dejaron de ser amigos. Mi padre, el día anterior a la toma, es decir, el martes 5 de noviembre, estuvo en la Corte dirimiendo un empate de una votación en la Sala Penal, que es la función de los conjueces. Esa fue la última vez que vio a su amigo Alfonso y a varios de sus exalumnos del Externado, como Manuel Gaona Cruz y Carlos Medellín Forero, también magistrados de la Sala Penal de la Corte.

Mis recuerdos de esos días son difusos. Yo estaba en quinto de primaria en el colegio de San Bartolomé la Merced que queda en la Carrera quinta con calle 34 de Bogotá. Tengo dos imágenes tatuadas en mi mente. En la cena del miércoles 6 de noviembre, mi padre estaba escuchando noticias. Se le encharcaron los ojos, se tapó la cara con las dos manos y dijo “mataron a todos mis amigos”. Aún no se sabía el resultado fatal de la retoma. La segunda imagen es la vista desde mi salón de matemáticas el 7 de noviembre en la mañana. Mi colegio queda contra la montaña y se veía a lo lejos la Plaza de Bolívar. Desde el Palacio de Justicia salía una humareda agonizante. Toda la clase me quedé mirando las formas de ese humo mientras se desvanecía. En todas las clases de matemáticas me distraía con algo. Ese día me distraje con la agonía del Palacio de Justicia. Sabía que debajo de ese humo la muerte yacía, por lo que había dicho mi papá la noche anterior. Me dio tristeza. Y pensé en mis amigos.

En la noche de ese jueves vi el discurso televisado de Belisario, que era el mejor somnífero de la época. Pero ese día era distinto. Ese día era importante. Mi padre escuchaba y disentía con la cabeza, le crujían los dientes y reprobaba cada palabra. Yo me quedé dormido.

En estos treinta años la verdad ha ido apareciendo y desapareciendo por pedacitos, por fragmentos, por impulsos de voluntad que rodean cada aniversario de la toma y que se van diluyendo con el trasegar de los días y con la conmemoración de otras tragedias nacionales que también se perpetúan en la impunidad. En estos treinta años los que salieron como héroes desfilando en tanques de guerra dejando atrás las cenizas del Palacio, con el tiempo dejaron de ser héroes y pasaron a ser culpables de crímenes de lesa humanidad. En estos treinta años los líderes sobrevivientes del M-19 han tenido que cargar con el estigma de los brutos, ilusos o claramente malintencionados y cooptados por el narcotráfico (no se sabe ni se sabrá) guerrilleros que decidieron tomarse el Palacio de Justicia, la única rama del poder público que gozaba de algún respeto y credibilidad en esos tiempos aciagos para la Patria, dizque para hacerle un juicio político al Presidente. Su condena fue sentenciada y ejecutoriada ahí mismo. Solo una guerrillera salió viva de esa toma.

En estos treinta años Belisario ha fungido como un convidado de piedra fatal en esta tragedia, a quien se le vio y se le ve aún como un Presidente timorato y sometido por los sables de los militares que decidieron resolver la situación a su manera. Y su manera fue la peor manera. Nadie le cree que con su tono poético y apaciguado haya podido dar las órdenes enérgicas que requería semejante salvajada.

En estos treinta años se ha develado que lo peor que pasó en esos dos terribles días, es que todos los actores de la toma y la retoma actuaron creyendo que tenían la razón, que defendían la democracia y la justicia, mientras la justicia misma terminaba incinerada entre los escombros de su Palacio, implorando que cesara el traqueteo de las armas para que imperara el diálogo. Pero nadie la escuchó, nadie dialogó, nadie dijo nada hasta que pararon las balas para contar los muertos.

Ya nada puede reparar el daño. La cicatriz profunda que quedó en la institucionalidad y en la sociedad no será borrada ni por la verdad ni por las mentiras que han rondado todo este episodio. Pero al menos se siente un destello de paz en esa imagen y en ese perdón. Saber que una persona nonagenaria va a poder bajar al sepulcro con algo de tranquilidad y paz en el corazón después de recibir el perdón de los hijos de Alfonso Reyes Echandía, después de treinta años de reflexión y arrepentimiento, es tremendamente valioso. El perdón sana, tanto a quien lo pide con arrepentimiento como a quien lo otorga con sinceridad. Solo hay que observar con detenimiento la mirada conmovida de Belisario para notar que así es.


domingo, 27 de septiembre de 2015

Soy pasado.




Los recuerdos de mi infancia no son consistentes. Son destellos de momentos muy precisos que recuerdo nítidos pero sin mucho contexto. Mi historia de niño siempre la recreo, la intuyo y la supongo, uniendo puntos imaginarios para darle algún sentido a mi pasado.

Recuerdo, por ejemplo, una vez que me descalabré. Me imagino de unos cinco años yéndome de bruces contra el piso del garaje de mi casa. Recuerdo perfectamente la baldosa ocre, pequeña e intrincada, acercándose a toda velocidad hacia mis ojos antes de ver un fogonazo inmenso en mi cabeza vacía de cerebro estrellado contra esa superficie dura. Después, recuerdo abrir los ojos y no sentir dolor ni sonidos ni olores ni nada. Recuerdo también sentir mi frente y mis cejas mojadas y una gota roja inundándome las pestañas. "La sangre es escandalosa" me había dicho muchas veces mi mamá cuando le contaba sobre los accidentes de mis amiguitos o cuando me raspaba las rodillas. Y ese día lo comprobé. Sentir la muerte es sentir la sangre, al menos para un niño. Sangre en el piso, sangre en mi cara, sangre en mis manos. Ríos de sangre.

Soy pasado. Solo pasado. Nada más. Como todo el mundo, como todas las personas. Aborrezco a los profetas de la felicidad futura. La única manera en la que recibiría libros de Coelho, Riso, Choprá u Osho, sería escritos en largas y no muy anchas tiras de papel toilette. Para los optimistas, el futuro lo es todo, y creer que va a ser maravilloso es su consigna. Soy alérgico a los pensamientos positivos, me enferman los discursos cargados de esperanza. Solo soy recuerdos deshilvanados y unos dedos escribiéndolos de vez en cuando.

El pasado se ve con desdeño y se considera un avance superarlo, sobre todo cuando ha sido triste, conflictivo, traumático, doloroso o cruel. "Pasado pisado" dicen los profetas de la felicidad futura. Pendejos. El pasado no se puede pisar porque es lo único que somos. El futuro no existe y el presente está condenado a ser pasado justo ahora. Ya fue. Por eso me declaro pasado. Soy pasado y amo serlo. Es lo único que me motiva. Seguir siendo pasado. Si quisiera ser futuro me sentaba acá indefinidamente a comerme los mocos mientras llega eso que nunca será. Porque el futuro nunca será hasta que sea pasado.

No tengo ningún pasado por superar, ningún trauma por curar y ningún recuerdo por olvidar. Porque soy pasado, traumas y recuerdos. Ellos me han hecho. Bien, regular o mal, son lo que soy. Me encanta recordar y fantasear con los recuerdos. Amo vivir en el reino del hubiera sido, como si hubiese hecho distinto algo que hice mal o algo que simplemente no hice. Entonces fantaseo con lo que hubiera sido de mi vida si hubiese tomado una decisión distinta. O me imagino muerto ya, por haber tomado una decisión distinta a la que tomé.

Solo creo en el destino cuando no quiero hacer nada por mi vida. Entonces me dejo llevar por la inercia de los segundos entre dormido y despierto, entre sentado, acostado, parado o caminando... como sea. Vivo y escribo estos disparates como dejando una señal del momento que viví, para imaginarme qué era ese pasado cuando la memoria me falla.

Soy pasado escribiendo o imaginando qué voy a escribir. Soy pasado metido entre letras, palabras, frases, párrafos e historias incompresibles. Soy pasado recordando una gota de sangre bajando por mi frente que yo vi como un río de terror frente a mis ojos. Soy pasado, un niño feliz pisándose los cordones de unas botas de caucho sin cordones. Soy pasado. Eso soy. Y no sé que seré. Porque ya fui.



miércoles, 23 de septiembre de 2015

LA PAZ, UNA CONSTRUCCIÓN CULTURAL.


La paz es una construcción cultural que tiene su pilar más sólido en la armonía y sosiego individual, cuando además, los atributos relacionados con la paz se asumen por la ciudadanía como una forma de vida. La paz, pues, no es la ausencia de conflicto, porque el conflicto es inherente a los humanos, como parte de la diversidad y de la pluralidad de pensamiento, de creencias, de opiniones, de hábitos y costumbres.

La paz, entonces, se da cuando finalmente la violencia se convierte al fin en un recurso excepcional en la resolución de los conflictos entre las personas y cuando existen mecanismos eficaces para resolverlos pacíficamente, de tal manera que las decisiones que se tomen con base en tales mecanismos sean respetadas por las partes involucradas en la disputa.

En este orden de ideas, las sociedades pacíficas se caracterizan por una alta capacidad de negociación de los asuntos cotidianos, en donde las personas están cooperando permanentemente en función de la armonía social con base en un alto grado de respeto, reconocimiento y tolerancia por la diferencia con el otro. Cuando las condiciones para favorecer dicha armonía son innegociables porque se transgreden principios o se atenta contra la libertad, integridad o vida de las personas, es allí cuando el Estado interviene con su poder coercitivo apelando a la Ley que establece formalmente esos principios básicos de convivencia. La Ley debe ser el resultado de una construcción común en donde se plasman los acuerdos entre los miembros de la sociedad para favorecer la paz, la armonía y la convivencia. Por eso autores como Hobbes o Weber otorgan al Estado el monopolio legítimo de la fuerza, entendiendo que éste es un mediador en las relaciones sociales para evitar que se imponga la ley del más fuerte, elemento fundamental para diferenciar el estado de naturaleza de la sociedad civil.

Por eso me resulta paradójico que se le atribuya una fuerza tan excepcional a los diálogos de La Habana entre el Gobierno y las FARC, como si este proceso fuera fundamental para la construcción de paz en Colombia. Si bien es claro que es necesario terminar con el conflicto armado en Colombia que lleva más de 60 años, que además es positivo que la guerrilla de las FARC deje las armas y que sus miembros se reincorporen a la vida civil, esto está lejos de configurarse como “la paz” del país, mientras la violencia siga tan arraigada en la cultura y mientras los conflictos cotidianos se resuelvan tan ligeramente con una puñalada o un balazo.

El análisis de la paz en Colombia debe ser más profundo y menos coyuntural. Reducir el tema de la paz a dos actores, que además no son representativos de la sociedad en su conjunto, teniendo en cuenta los bajos niveles de popularidad con los que cuentan las FARC por parte del pueblo que dicen defender y los altos niveles de abstención en las votaciones que eligen los gobiernos en nuestro país, simplifica demasiado un mal endémico que ataca a nuestra sociedad desde sus inicios republicanos. Considero que para hablar de paz, una paz real en Colombia, debemos concentrarnos más en esa violencia cotidiana que deja muertos y heridos por decenas todos los días, hogares destruidos y personas que se suicidan a granel como parte de la “solución” a sus problemas.

Y entonces, debemos verificar cómo se manifiestan en nuestra cultura aspectos como ciudadanía, convivencia, armonía, respeto, reconocimiento y solidaridad para encontrar la raíz de nuestro problema histórico y profundo de violencia, y a partir de allí empezar la reconstrucción del tejido social que nos permita vivir verdaderamente en paz, para no estar cambiando de actores de violencia cada 50 o 60 años como viene pasando hasta nuestros días. Porque debemos reconocer que en Colombia la violencia es como la energía: Ni se crea ni se destruye, solamente se transforma.

La forma más práctica y útil para construir este tejido social es desde el ámbito personal. La realidad en Colombia nos ha vuelto instintivos, de reacciones viscerales, de muy poca reflexión y nula autocrítica. Frente a la injusticia, que es la regla y no la excepción en nuestros días, gozamos celebrar el linchamiento de los landronzuelos cuando son capturados por las masas energúmenas que sienten que los golpes y vejaciones son lo que merecen estos sujetos desadaptados. Lo único que sugiere este cuadro dantesco es que es la sociedad entera la que está desadaptada, que no hay institucionalidad que haga respetar la autoridad del Estado y que un asesino se puede sentir justiciero porque le dio una lección a un malandro.

Abstenerse de reaccionar con violencia en un país en donde estamos acostumbrados a resolver los problemas así, no es fácil. Todo el tiempo estamos siendo tentados por el demonio del impulso violento, del insulto, de quién nos reta a pelear para demostrar que somos “machos” en una sociedad machista. Y entonces no acudimos a la autoridad porque partimos del supuesto de que la autoridad es corrupta, que la justicia no funciona, que las penas son laxas, que la justicia solo es para los de ruana. Así nos convertimos en justicieros todos los días, actuando peor que los victimarios y encontrando una excusa para cada acción.

Apelando a estos argumentos surgieron las guerrillas en los años 60´s, conformadas por personas que se sintieron desamparadas y atacadas por un Estado que ya estaba repartido entre los burgueses de los dos partidos tradicionales gracias a una paz mal hecha que se llamó “Frente Nacional”. Apelando también a estos argumentos surgieron a finales de los 80´s los grupos paramilitares que con el discurso de defenderse de la guerrilla incurrieron en toda clase de atropellos contra el pueblo inerme en zonas rurales de todo el país y contra todos los que pensaban que ese no era el camino correcto hacia la paz.

Por lo anterior, creo que los verdaderos gestores de paz no están en La Habana. Allí están negociantes de dos bandos logrando acuerdos para establecer nuevas formas de dominación en las que la guerrilla de las FARC tenga su pedazo del pastel de la burocracia estatal y los recursos públicos para poder mantener el statu quo de los últimos 200 años, que por supuesto, favorece al Gobierno y sus círculos políticos. El conflicto se desideologizó hace tiempo.

Los verdaderos gestores de paz están acá en Colombia, en las calles que se deben transitar todos los días atestadas de carros y de gente, en las servidumbres rurales sobre las cuales los vecinos se tienen que poner de acuerdo para su uso, en la negociación diaria entre las personas para resolver sus conflictos pacíficamente sin apelar a la violencia, en los funcionarios públicos que hacen bien su trabajo entendiendo la trascendencia de su labor para el bien común y no para su interés particular. Allí están los verdaderos gestores de paz. Héroes anónimos que prefieren morderse un labio antes que mandar un puñetazo así la situación lo amerite. Héroes que son víctimas que esperan pacientes la justicia así ésta nunca llegue y que luchan por ella con su protesta pacífica sin tomársela por mano propia, sin venganza.


El gestor de paz es usted cada vez que le quita gasolina a la violencia con su abnegada y valiente actitud de no actuar con violencia. Allí está la paz. En su ejemplo y en el legado que le deje a las futuras generaciones. En permitir que le sigan porque comprendieron que son más fuertes los argumentos que las balas para construir una sociedad en paz.


viernes, 19 de junio de 2015

Mi regalo del día del Padre. Para mi papá.



Este será un día del padre raro. Quizás triste. Seguro nostálgico. Por primera vez en mis cuarenta años no tendré a mi papá para abrazarlo. En el lugar que él llenaba corre un viento frío lleno de ausencia, de recuerdos, de consejos, de palabras llenas de sabiduría, de miradas que daban sosiego, de abrazos sinceros y entrañables, no como esos abrazos protocolarios que unen soledades por un segundo. Cuántas ganas tengo de abrazarlo. 

Aún puedo escuchar nítidas sus carcajadas y el ronroneo de su máquina de oxígeno. En los últimos años de su vida, no había nada más emocionante para mí que seguir la manguera que prolongaba sus días en el mundo porque al final del recorrido estaba él, comiendo mandarina, escupiendo con disimulo las pepas en la cáscara y poniendo con disimulo la cáscara en un platico que mi mamá le ponía al lado con disimulo para que no regara las pepas, la cáscara y las mandarinas. El deporte favorito de mi papá era regar todo y lo hacía con una gracia infantil, suponiendo que nadie se daba cuenta. Era un ritual mágico, como el de la pipa, el picado de tabaco, sus anteojos y sus libros cuando era joven. Ahora con mandarinas, oxígeno y el paisaje de la ventana del estudio, que era magnético para sus ojos.

Mi padre falleció hace casi diez meses. Se durmió y no volvió a despertar. Y yo siento que sigue durmiendo, no por ese sentimiento de negación al que tanto aluden los psicólogos tratando de explicar lo inexplicable, sino porque su ausencia de alguna manera reconfiguró su imagen que se eternizó en mi alma. Me han dicho que debo soltar para poder continuar, haciendo referencia a las constantes evocaciones que hago de mi papá en todos los escenarios posibles. ¿Soltar qué? me pregunto. Algunos hablan compulsivamente de fútbol, de autos, de mujeres como si fueran mercancías comestibles, de la farándula, de la política, de la economía... en fin. Y nadie les pide "soltar". Mi tema favorito es mi papá, porque además condensa tantas cosas buenas que no podría tener un tema mejor. Su vida fue apasionante, su legado es tremendamente valioso, su obra, aunque para mí aburrida porque soy un tipo superficial y él va a lo profundo, ha servido de guía estructural para que el Derecho deje de ser ese etéreo filosófico vacío de gente para llenarse de contenido social y cultural, y su huella en el mundo escribe. Su huella en el mundo soy yo. Su familia.

Si por soltar aluden al dolor, al dolor ya lo he soltado. O mejor, el dolor me ha soltado a mí. Y no hay que confundir dolor con tristeza. La tristeza permanecerá por siempre como su ausencia física. Hasta que yo me muera y compartamos ese lugar que no existe, que no es nada. Casi nueve meses antes de que mi papá se muriera, habiendo pasado por una crisis respiratoria que casi se lo lleva, le pregunté que qué esperaba de la muerte. No era una pregunta prudente en ese momento, pero a Jaime le encantaba mi imprudencia. Le parecía lo más divertido de mí cuando ya no le importaba nada. Entonces, sonriente por mi impertinencia, me respondió desde el corazón: "Creo que no hay nada. Uno se muere y ya, se acaba, es el fin.". Yo, que creía que mi padre era un tipo más bien metafísico, conservador y creyente, lo miré entre sorprendido y admirado. Sin dejarme replicar, continuó: "Es que sobre la muerte se tejen muchas teorías que no son más que teorías. Lo que pasa después de la muerte no es una verdad verificable, entonces yo prefiero pensar que no hay nada, para no tener que pensar". Y es que él más que un conservador creyente era un científico que vivía de la evidencia. Y puedo asegurar que se murió siendo mucho más científico y mucho menos conservador. Yo me quedé mirándolo sin decir nada. Él se levantó, caminó hasta su silla reclinable, se sentó casi acostado y, cómo no, descascaró una mandarina y se la comió casquito por casquito con un placer envidiable.

Mi papá fue un tipo maravilloso que nunca perdió la capacidad de asombro, pero, mejor aún, nunca perdió la capacidad de asombrar. Siento que soy un privilegiado por haber compartido tanto tiempo con él en el ocaso de su vida, cuando tenía tiempo para hablar, cuando quería hablar, cuando necesitaba hablar porque la soledad lo acompañaba mucho tiempo. Y a mí también. Entonces yo llegaba con mis depresiones para que él me hablara de metodología de la investigación sociojurídica. Yo no lo escuchaba y él lo sabía, pero no le importaba, solo necesitaba que yo estuviera ahí, como un perro, como un gato, como un perico chillón.  Y yo necesitaba que me hablara, como si él fuera un radio, que hace compañía así uno no le pare bolas. Entonces él me decía que Habermas alguna cosa y yo le respondía que Habermas era un careverga que partía de la base tácita de la bondad de la gente y que con eso ya se jodió toda su teoría. Y que por supuesto, la gente, toda, era una mierda. Entonces él me decía que eso lo matizaba mejor Dewey y yo le refutaba que Dewey era básicamente un profesor para mongólicos. Ahí se emputaba un poquito pero respiraba profundo y seguía hablándome de Sartre y su existencialismo. A Sartre sí lo amábamos los dos. Y sobre Sartre nos quedábamos hablando horas. Él de su obra y yo de sus aberraciones. Él admiraba sus obras y yo sus aberraciones. Y que estuviera a la orilla izquierda del río Sena escribiendo sus locuras, en donde algún día quiero estar yo escribiendo las mías.

En fin, para resumir, mi papá es mi tema favorito no solo porque sea mi papá sino porque es un tema apasionante. Y porque además era mi papá.

Viejo, tengo que contarte algo: Voy a ser papá otra vez. Después de diecinueve años de haber traído al mundo a Nicolás, mi energía vital encontró de nuevo un nido cálido y seguro en el vientre de Angelita. Tú me dijiste ese día mientras te rondaba la parca que después de la vida no hay nada. Que se fue. Que se acabó. Pues no te creo y sé que tú tampoco te creías cuando lo dijiste. Pero era tu forma de acabar las discusiones cuando no querías divagar. Y no te creo porque yo siento que mucho de ti está formando esos tejidos maravillosos y perfectos, que tu alma se está enganchando suavecita en nuestro bebé para regresar a este mundo a vivir otras cosas para que yo la guíe como tú me guiaste a mí, sin imposiciones, sin dogmas, sin prejuicios y con tanto amor que eras capaz de hablarme durante horas así yo no te escuchara.

Papá, feliz día del padre. Este es mi regalo. Decirte que vas a ser abuelo otra vez, y que aunque este sea el único nieto o nieta que no te conoció en vida, yo haré todo lo posible para que tu imagen, tu legado y tu ser entero pervivan en nuestro hijo o nuestra hija. Te contaré cuando lo sepa.

Te amo viejo. Me vas a hacer mucha falta para abrazarte. Pero me va a faltar vida para seguir recordándote. Nos vemos en diciembre padre querido. Cuando nazcas otra vez. Cuando por fin despiertes.