La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

martes, 28 de enero de 2020

Perdón pluma, perdón papel.



Perdón pluma, perdón papel. Perdón por usarlos con el mismo pragmatismo desconsiderado con el que uso a un tal dios, sabiendo que jamás me van a reclamar, ni ustedes ni él. Perdón por aferrarme a sus texturas solo en momentos de zozobra como quien se hunde resignado buscando aire entre el agua. Perdón por no retribuirles todo lo que me han dado, por las veces que han seguido escribiendo por mí cuando las lágrimas ya me habían enceguecido, por intentar explicarme lo que no entendía, lo que aún no entiendo, por ordenar de vez en cuando la cabaña destrozada de mis sentimientos que con poco, al menos me da refugio y calor.

Perdón pluma, perdón papel. Perdón por pretender que les soy leal si solo los busco cuando no me queda más, por hacerles creer que son prioridad cuando llego a ustedes agonizante, con los restos de mi existencia derrotada para buscar consuelo de todo lo que me ha engañado, del propio mundo. Perdón por disfrazarme de escritor cuando no soy más que un prófugo de sus demonios que escribe conjuros deshilvanados para exorcizarse de sí mismo.

La hipocresía me rueda por los dedos cada vez que los sostengo para llenar de letras la superficie de lo tangible. Me ilusiono con este idilio que es tan pasajero, tan fútil, tan irreal como mis ganas de ser algo, de ser alguien en la vida, llenando de apariencias una lista de chequeo camino a un éxito que no quiero, que no me importa, que dejo esperando por mí una y otra vez, plantado, huyendo entre excusas que por más falsas que parezcan, en el fondo son reales, porque aunque lo quisiera, jamás lo alcanzaría, porque no lo reconozco.

La pluma y el papel han hecho mucho más por mí que yo por ellos. Han servido de canales para drenar mi alma constipada de pasado, han sido mi voz cuando la vergüenza, el dolor o la incertidumbre me han dejado mudo, han sido mi calmante cuando quiero destruir todo, empezando por mí mismo, han sido el paliativo de mi sufrimiento vital, ese que siento solo por estar vivo, como si la vida fuera una deuda que se paga con pedacitos de piel hasta que la arrugamos de tanto estirarla para que cubra toda nuestra miseria.

Perdón pluma, perdón papel. Perdón porque desde hace décadas solo son una metáfora para significar que aún escribo. Pero ni siquiera lo hago con ustedes. Lo hago con un teclado y una pantalla que me muestran la perfección de lo artificial, mientras que cuando intento regresar a sus contornos rústicos creyéndome el romántico de antaño, no hay más que rayones indescifrables disfrazados de poesía que nadie podría leer.

Después de pedirles perdón con la devoción de un feligrés a su dios, a ese dios en el que genuinamente creen, yo les digo, queridos pluma y papel, que seguiré abusando de su misericordia infinita para anclarme con sus filos al hielo de los días en los que tanto me resbalo para no zafarme de esta esfera verde, azul y blanca que tanto me cuesta comprender, que me pesa como si girara sobre mí, que me duele como si la estuviera cargando, que me aburre como si fuera un libro malo, que me repele como yo a ella. Ustedes, pluma y papel, han logrado que escribir sobre mí y sobre el mundo cambie toda la perspectiva, como si ese mundo que me acongoja estuviera acá dentro y pudiese interpretarlo como yo quisiera. Imaginar eso me hace más liviano el equipaje y me permite sobrellevar esta vida que ya no me pertenece. Le pertenece a mis hijos que me ven acá sentado creyendo que hago algo por la humanidad, por ellos, por mis semejantes. Pero no es así, hago algo por mí, gracias a ustedes, para permanecer en el mundo por ellos. Sé que ustedes me entienden así nadie más pudiera. Siempre lo han hecho. Y siempre lo harán. Perdón y gracias.