La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

viernes, 19 de junio de 2015

Mi regalo del día del Padre. Para mi papá.



Este será un día del padre raro. Quizás triste. Seguro nostálgico. Por primera vez en mis cuarenta años no tendré a mi papá para abrazarlo. En el lugar que él llenaba corre un viento frío lleno de ausencia, de recuerdos, de consejos, de palabras llenas de sabiduría, de miradas que daban sosiego, de abrazos sinceros y entrañables, no como esos abrazos protocolarios que unen soledades por un segundo. Cuántas ganas tengo de abrazarlo. 

Aún puedo escuchar nítidas sus carcajadas y el ronroneo de su máquina de oxígeno. En los últimos años de su vida, no había nada más emocionante para mí que seguir la manguera que prolongaba sus días en el mundo porque al final del recorrido estaba él, comiendo mandarina, escupiendo con disimulo las pepas en la cáscara y poniendo con disimulo la cáscara en un platico que mi mamá le ponía al lado con disimulo para que no regara las pepas, la cáscara y las mandarinas. El deporte favorito de mi papá era regar todo y lo hacía con una gracia infantil, suponiendo que nadie se daba cuenta. Era un ritual mágico, como el de la pipa, el picado de tabaco, sus anteojos y sus libros cuando era joven. Ahora con mandarinas, oxígeno y el paisaje de la ventana del estudio, que era magnético para sus ojos.

Mi padre falleció hace casi diez meses. Se durmió y no volvió a despertar. Y yo siento que sigue durmiendo, no por ese sentimiento de negación al que tanto aluden los psicólogos tratando de explicar lo inexplicable, sino porque su ausencia de alguna manera reconfiguró su imagen que se eternizó en mi alma. Me han dicho que debo soltar para poder continuar, haciendo referencia a las constantes evocaciones que hago de mi papá en todos los escenarios posibles. ¿Soltar qué? me pregunto. Algunos hablan compulsivamente de fútbol, de autos, de mujeres como si fueran mercancías comestibles, de la farándula, de la política, de la economía... en fin. Y nadie les pide "soltar". Mi tema favorito es mi papá, porque además condensa tantas cosas buenas que no podría tener un tema mejor. Su vida fue apasionante, su legado es tremendamente valioso, su obra, aunque para mí aburrida porque soy un tipo superficial y él va a lo profundo, ha servido de guía estructural para que el Derecho deje de ser ese etéreo filosófico vacío de gente para llenarse de contenido social y cultural, y su huella en el mundo escribe. Su huella en el mundo soy yo. Su familia.

Si por soltar aluden al dolor, al dolor ya lo he soltado. O mejor, el dolor me ha soltado a mí. Y no hay que confundir dolor con tristeza. La tristeza permanecerá por siempre como su ausencia física. Hasta que yo me muera y compartamos ese lugar que no existe, que no es nada. Casi nueve meses antes de que mi papá se muriera, habiendo pasado por una crisis respiratoria que casi se lo lleva, le pregunté que qué esperaba de la muerte. No era una pregunta prudente en ese momento, pero a Jaime le encantaba mi imprudencia. Le parecía lo más divertido de mí cuando ya no le importaba nada. Entonces, sonriente por mi impertinencia, me respondió desde el corazón: "Creo que no hay nada. Uno se muere y ya, se acaba, es el fin.". Yo, que creía que mi padre era un tipo más bien metafísico, conservador y creyente, lo miré entre sorprendido y admirado. Sin dejarme replicar, continuó: "Es que sobre la muerte se tejen muchas teorías que no son más que teorías. Lo que pasa después de la muerte no es una verdad verificable, entonces yo prefiero pensar que no hay nada, para no tener que pensar". Y es que él más que un conservador creyente era un científico que vivía de la evidencia. Y puedo asegurar que se murió siendo mucho más científico y mucho menos conservador. Yo me quedé mirándolo sin decir nada. Él se levantó, caminó hasta su silla reclinable, se sentó casi acostado y, cómo no, descascaró una mandarina y se la comió casquito por casquito con un placer envidiable.

Mi papá fue un tipo maravilloso que nunca perdió la capacidad de asombro, pero, mejor aún, nunca perdió la capacidad de asombrar. Siento que soy un privilegiado por haber compartido tanto tiempo con él en el ocaso de su vida, cuando tenía tiempo para hablar, cuando quería hablar, cuando necesitaba hablar porque la soledad lo acompañaba mucho tiempo. Y a mí también. Entonces yo llegaba con mis depresiones para que él me hablara de metodología de la investigación sociojurídica. Yo no lo escuchaba y él lo sabía, pero no le importaba, solo necesitaba que yo estuviera ahí, como un perro, como un gato, como un perico chillón.  Y yo necesitaba que me hablara, como si él fuera un radio, que hace compañía así uno no le pare bolas. Entonces él me decía que Habermas alguna cosa y yo le respondía que Habermas era un careverga que partía de la base tácita de la bondad de la gente y que con eso ya se jodió toda su teoría. Y que por supuesto, la gente, toda, era una mierda. Entonces él me decía que eso lo matizaba mejor Dewey y yo le refutaba que Dewey era básicamente un profesor para mongólicos. Ahí se emputaba un poquito pero respiraba profundo y seguía hablándome de Sartre y su existencialismo. A Sartre sí lo amábamos los dos. Y sobre Sartre nos quedábamos hablando horas. Él de su obra y yo de sus aberraciones. Él admiraba sus obras y yo sus aberraciones. Y que estuviera a la orilla izquierda del río Sena escribiendo sus locuras, en donde algún día quiero estar yo escribiendo las mías.

En fin, para resumir, mi papá es mi tema favorito no solo porque sea mi papá sino porque es un tema apasionante. Y porque además era mi papá.

Viejo, tengo que contarte algo: Voy a ser papá otra vez. Después de diecinueve años de haber traído al mundo a Nicolás, mi energía vital encontró de nuevo un nido cálido y seguro en el vientre de Angelita. Tú me dijiste ese día mientras te rondaba la parca que después de la vida no hay nada. Que se fue. Que se acabó. Pues no te creo y sé que tú tampoco te creías cuando lo dijiste. Pero era tu forma de acabar las discusiones cuando no querías divagar. Y no te creo porque yo siento que mucho de ti está formando esos tejidos maravillosos y perfectos, que tu alma se está enganchando suavecita en nuestro bebé para regresar a este mundo a vivir otras cosas para que yo la guíe como tú me guiaste a mí, sin imposiciones, sin dogmas, sin prejuicios y con tanto amor que eras capaz de hablarme durante horas así yo no te escuchara.

Papá, feliz día del padre. Este es mi regalo. Decirte que vas a ser abuelo otra vez, y que aunque este sea el único nieto o nieta que no te conoció en vida, yo haré todo lo posible para que tu imagen, tu legado y tu ser entero pervivan en nuestro hijo o nuestra hija. Te contaré cuando lo sepa.

Te amo viejo. Me vas a hacer mucha falta para abrazarte. Pero me va a faltar vida para seguir recordándote. Nos vemos en diciembre padre querido. Cuando nazcas otra vez. Cuando por fin despiertes.



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