La fuerza interna del cosmos en una pluma

La fuerza interna del cosmos en una pluma
Como la naturaleza, el alma bacilante...

domingo, 28 de noviembre de 2010

La crónica de la Crónica.


He ganado una “Mención Especial” de los Premios Nacionales de Periodismo Simón Bolívar en Colombia. El 12 de octubre de 2010, mi padre, con un rictus en el rostro que jamás olvidaré por la profunda emoción que evidencia, y que en realidad es mi premio, recibía el papel que me consagraba como el mejor segundo, es decir, después del primero. No gané, pero si gané. Los jurados decidieron que hubo una crónica mejor pero que la mía bien valía mencionarla porque tenía su gracia y ellos querían valorarlo. Gracias al jurado por tal reconocimiento.

Después, llegaron a mi domicilio de Bogotá cartas de felicitación exaltando mi gran carrera como “periodista” y mi “gran trayectoria”. Me di cuenta de que los modelos de carta no se detienen en pequeñeces y detalles como que no soy periodista y que esa crónica es la única que he publicado y que quizás sea la única que publique en mi “gran trayectoria”. Aún menos, esos modelos de carta se detienen en la historia que hay detrás de una publicación para un “outsider” de la escritura, que se coló por la ventanita de una revista y les arrancó una “Mención de Honor” de los premios más importantes del país. Sin embargo, ya pagué el precio por tal descortesía y esa revista a la que tanto agradecimiento profeso y profesaré, ya me negó una segunda publicación con el argumento de que ya “estamos cansados de tanta tragedia”. “La masacre de Bojayá contada por María Lepesqueur” no tendrá más difusión que este blog, cuando ya me habían hecho una oferta para publicarla antes de ganar el premio. Súbitamente, ya no será publicada, y súbitamente, nunca me dijeron por qué no lo harán, más allá de ese cansancio de tragedia. Como si yo escogiera los temas de los que escribo. Yo no escribo crónicas por escribir crónicas. Yo vivo, recuerdo y plasmo. No puedo escoger lo que me toca vivir. Es fácil cansarse de las tragedias si uno las puede evadir. Pero en un largo trecho de mi vida, esa no fue una elección para mí. En fin.

Ahora, ya con ese papel que certifica que a algunos “tesos y tesas” les gustó lo que conté, quiero compartir con este pequeño grupo de quijotes que aún se acercan a este rinconcito, la historia que le compartí a mi familia con base en la cual quise explicarles que a veces hay que tomar riesgos hasta vitales, para alcanzar pequeñas metas. Como los temerarios que suben a pulso la montaña sólo por saber qué se siente en la cúspide y luego se bajan con más emoción e igual anonimato. Esta es la historia detrás de la historia. Un “detrás de cámaras” de un “escribidor” cualquiera que quería darle tranquilidad a sus personas más cercanas para liberarlas de culpas en un camino que decidí asumir bajo mi cuenta y riesgo y del que no me arrepiento porque finalmente me sirvió para darle una sonrisa invaluable a mi padre y un regocijo inmenso a mi madre con lo que ya me puedo sentir más que premiado. Este es el premio de la vida. Los papeles, papeles son, las publicaciones van y vienen sin ton ni son y no es la calidad ni la justicia, como en la mayoría de las cosas, las que marcan el derrotero de lo que sale o no sale a la luz pública, pero esta historia se queda en mi alma. No sólo a la memoria de “Never Rios Carrascal”, que yace en el estado que un país pusilánime avaló con su indiferencia, sino a la mía misma, cuando me toque mi turno si es que llega allá o acá en el exilio. No importa. Yo seguiré contando historias, y si alguien algún día las quiere publicar, sólo que se lleve la historia y mi nombre para que yo responda por cada letra que plasmo. Es mi responsabilidad y mi dicha. Yo vivo para escribir. No escribo para vivir. Ahora sí, la carta con la que anuncio la publicación con la que me gané, mucho tiempo después, la mención. Una “hipermención” que me hace inevitablemente “Hipermenso”.


Bogotá, 21 de mayo de 2009.

Querida Familia mía y amigos del alma,

(*Mónica, Oswaldo y Luis son hermanos míos)

Antes de juicios apresurados, regaños prematuros, acusaciones de irresponsabilidad y todos los adjetivos que sé, tienen razón en adjudicarme, quiero exponer mis razones para haber tomado la decisión de publicar una crónica que sé, me va a traer problemas legales y de seguridad por la calidad y compromiso de las aseveraciones que en ella hago. Para quienes no la han visto, y para que entren en contexto, les envío la versión definitiva que será publicada en la Revista Número en su próxima edición. Por favor no avancen en la lectura de este correo sin antes leer la crónica para que me entiendan. (http://andrefelgiraldo.blogspot.com/2009/07/never-rios-carrascal.html)

Esta historia la viví en 2003. Desde el mismo momento en 2007, cuando aparecieron los restos del otro protagonista de la crónica, porque uno soy yo, decidí escribir las vivencias derivadas de este duro e infame episodio de mi vida. No las había escrito por miedo, pereza y la certeza de que nadie, de todas maneras, las iba a publicar. Pasó algo muy casual. Mi profesor de crónica en la especialización, para mí el mejor escritor de crónicas de este país, ganador de tres premios Simón Bolívar y un premio Príncipe de Asturias en España, Alberto Salcedo Ramos, me pidió que lo acompañara a una charla que tenía en un colegio. Cuando llegué a su casa me preguntó qué tenía escrito para que él me ayudara a publicar. Mentí. Le dije que tenía la crónica del testigo muerto. Yo ya le había manifestado mi intención de escribir esta crónica. Inmediatamente llamó a Guillermo González, Director de la Revista Número y no sólo me recomendó a mí, recomendó mi crónica como posible ganadora de un Simón Bolívar porque era realmente maravillosa. Él no había leído nada porque yo no había escrito nada y los dos fuimos en ese instante un par de mentirosos irresponsables. Sonrió y me dijo "listo, que se la mandes lo antes posible...". Le dije que tenía que corregir redacción, ortografía y estilo y que necesitaba el fin de semana para eso... que la mandaba el lunes. Algo captó, volvió a sonreír pero un poco más pícaro y me dijo que bueno.

Salimos para el Colegio Los Robles y allí él dio su charla. Yo iba de convidado de piedra, hasta que las profesoras me preguntaron que yo qué hacía ahí. Trataron de ser corteses pero se les notaba que me veían como lo que era. Un colado. Resumí mi hoja de vida y agrandé mis méritos al 500% para no sentirme como tan chandoso. Quedaron tan impactadas con mis logros, algunos inventados y otros exagerados, que me propusieron dar una charla en el día del idioma sobre "Conflicto Armado y Literatura en Colombia". Agradecí, acepté y Alberto conmovido les ofreció mi crónica del testigo muerto como insumo para charla que tenía que dar al miércoles siguiente. Era viernes. Ya tenía una doble responsabilidad por escribir algo sobre un testigo muerto que yo ya había enterrado en mi memoria.

El viernes no pude escribir una sola letra por ansiedad y sentimiento de culpa por mentiroso. El sábado me senté a las 7 de la noche y empecé a escribir. Mis dedos danzaban sobre las teclas y la memoria de los hechos me llegó como cascada de manantial. Puros y nítidos. Me paraba, pensaba, seguía, tomaba café, ponía música y cada recuerdo me llegaba en ráfaga absoluta de certezas represadas por más de seis años. Lloré, reí, medité y siempre recordé, recordé y recordé cada momento con la misma crudeza y dolor como cuando lo viví. A las 11 y 30 de la noche terminé el primer borrador. Estaba tan excitado y conmovido que ni siquiera la leí y la envié de inmediato a algunos de ustedes para que me ayudaran con la edición y para que me regalaran su opinión inmediata.

El primero que respondió, como siempre, fue mi editor y más asiduo lector de cabecera, Oswaldo. Lo primero que me dijo fue lo que todos ustedes están pensando. Estaba preocupado por mi seguridad y la de mi familia, incluido Nicolás porque la gente involucrada es mala y está viva. Además tienen el poder suficiente para hacer el daño que han hecho durante toda su vida. Desde ese momento supe que tenía razón y pensé simplemente en sacar una disculpa y no enviarla ni a la revista Número ni al colegio. Sin embargo, creí que por lo limitado del público en el colegio no tendría problema y decidí enviarla. El lunes en la mañana me llegó un correo de la revista Número que me llega regularmente como anuncio del lanzamiento de un nuevo ejemplar. Lo abrí. Me vi, vi mi artículo en mi imaginación. Me sentí circulando por el extraño mundo de los literatos que pueden llegar a ojos desconocidos. No lo pensé... y envié mi crónica a ese mismo correo. Reconozco que fue sólo mi ego quién me llevó a hacer esta estupidez. Un ego que ya había sido mancillado por la Revista el Malpensante tres años atrás cuando fui durante seis meses a publicar otra crónica y después de pedirme el concepto de qué fotos deberían acompañar mi crónica, sencillamente no me volvieron a llamar y ya. Obviamente tampoco me volvieron a contestar ni responder correos. Eso me dejó realmente rabón.

Fui a la charla el miércoles siguiente en el Colegio y los muchachos, señalados por ser indisciplinados y problemáticos, no me quitaron los ojos de encima en todo el tiempo que compartí con ellos. Leían apartes de la crónica con la mandíbula un poco desencajada y sin comprender cómo podían suceder cosas así tan cerca de sus cajitas de cristal. La charla fue un éxito total. Hasta ahí pensé que llegaría mi crónica. La verdad nunca confié que me llamaran de la Revista Número, quizás para que la decepción no me diera tan duro como con el Malpensante. Pero me llamaron. Me citaron para el lunes que acaba de pasar y en una mesa el Director y dos personas más me dijeron que me querían conocer porque habían quedado "impactados" con la crónica. No me dijeron que la publicarían más que como una posibilidad. Ayer me llegó el texto con la corrección de estilo. No editaron una coma más allá de algunos errores propios del estilo. Respetaron toda la estructura, redacción, palabras... todo. Eso es muy raro que pase en cualquier edición. Me preguntaron en el correo que manifestara qué me parecía para poder mandarlo a la imprenta. Es decir, para publicarlo.

Inmediatamente llegaron a mi mente las palabras de Luis que me llamó desde Canadá varias veces preocupado terriblemente por las implicaciones que esto podría tener y para decirme sin rodeos que no la publicara. Las palabras de Mónica que me resumió, trasmitido por Jaime, todas las faltas en las que incurría de acuerdo con el código penal y que también me podrían mandar a la cárcel. Además de que no valía la pena "arriesgar el pellejo" por esto y que mejor lo volviera una historia de ficción. Créanme todos que nada de esto me ha entrado por un oído y me ha salido por el otro. He llorado mis ojos descifrando qué hacer.

A pesar de todo, tomé una decisión: Voy a publicar. Estas son mis razones que espero entiendan, y si no me apoyan por favor, no vayan a interferir porque creo que esta oportunidad va a ser única y si no la capitalizo, última. No creo en las casualidades. Creo firmemente y sin duda alguna, en Dios. Creo que Dios me puso las circunstancias, las personas, los momentos y cada paso que me trae hasta este instante. Si revisan la historia que les acabo de contar, el hecho de llegar hasta acá no se puede explicar con mucha claridad si no se evoca la ayuda y guía de Dios. Además esta ayuda de Dios no se explica simplemente por un capricho de Dios. Mi crónica sobre Never Rios hay que leerla temprano en la mañana porque al medio día ya está coagulada. La muerte la atraviesa como una lanza infame desde la primera hasta la última letra. Muchas de estas personas fallecidas lucharon por un país mejor, fueron honestas, dedicadas, justas y valientes, sobre todo lo demás... valientes. Nadie ha enaltecido su memoria con perdurabilidad. Nadie ha hecho un reconocimiento público a su memoria. Nadie ha hecho valer su sangre como un paso útil para la paz y la justicia, pero la real, no la manipulada por cada actor del conflicto. Y así suene pretencioso y un rozando un poco con la locura, siento que Dios me dio el don de escribir esto por ellos. Y quiero hacerlo por ellos. Me dirán que eso no justifica también mi sangre que será, como la de ellos, también inútil. Y menos aún la sangre de mi hijo, o la de alguno de ustedes, que no creo que suceda y lo que sería a todas luces injusto. Se que sigo siendo loco al creer que Dios me va a proteger. Sin embargo, no lo creo. Estoy seguro.

De todas maneras ya he hablado con María Inés y Nicolás en caso de que la cosa se pueda poner fea acá para que Nicolás esté con la mamá mientras baja la marea. La coyuntura es favorable porque de todas maneras Nicolás sale pronto a vacaciones y de todas formas se va con María Inés casi que al mismo tiempo que sale la publicación que debe ser para comienzos de Junio. Yo, la verdad... no tengo miedo por mí. Puede ser mi infinita arrogancia o no se qué pero de verdad creo que Dios está conmigo. Por ustedes la verdad creo que tampoco esto es para que coja tanto vuelo. Con respecto de la cárcel no sé... siento que es allí en donde la pelea va a tomar forma. Siento que es el escenario para demostrar que Ley y Justicia son dos cosas, en Colombia, totalmente antagónicas. La Ley no es Justa y la Justicia no es Ley. Lo que yo escribo lo considero justo a pesar de ser en algunos apartes ilegal. Y creo que nunca había tenido la oportunidad de luchar por la justicia y contra la ley si de esto se derivan procesos jurídicos y judiciales. Este es el momento de jugármela por mis convicciones profundas. Este es el momento de ponerle el pecho a la brisa de la podredumbre social que puede ser un simple soplido o un huracán. No lo sé. Pero nunca lo sabré si no tomo el riesgo. Entonces familia amada, amigos del alma, la decisión está tomada y ya trasmitida. Mi crónica verá la luz en menos de un mes tal y como está aquí enviada.

Yo no tengo más que agradecimiento por lo que cada uno de ustedes ha aportado en mi vida que no lo voy a mencionar porque sería otra novela tipo Ulises. Espero que me comprendan y en la medida de sus posibilidades me apoyen y sobre todo me respalden con sus oraciones, que es en donde está toda la fuerza de nuestras vidas.

Un abrazo fuerte y sincero de su hermano, de su amigo y de su tío.

Los quiero con todo lo que Dios me da.


Felipe.

Postcriptum.

Finalmente, la crónica de "La masacre de Bojayá contada por María Lepesqueur" fue publicada por la Revista Número en su edición No. 68 (Marzo, abril y mayo de 2011). Le ofrezco una disculpa a todas las personas que me han colaborado en Número y reitero mi profundo agradecimiento a esta Revista que me ha dado toda su confianza y apoyo. Es cierto que en primera instancia me dijeron que no la publicarían por las razones que expuse al principio de este escrito, pero finalmente la publicaron, teniendo en cuenta que esta edición coincide con el noveno aniversario de la masacre de Bojayá (2 de mayo). Sin duda, los editores conocen mucho mejor que yo las razones para publicar o no publicar y los tiempos en qué se hace. Pero no me pareció honesto borrar algo que dije en un momento de desazón y que consideré justificado, como si no lo hubiese escrito, y prefiero mejor rectificar con contrición y con todo el agradecimiento que le tengo a la Revista Número.

lunes, 15 de noviembre de 2010

¡¡¡Ódiame como a Ingrid!!!


Sólo vi una vez a Ingrid Betancourt. Fue para las elecciones a Senado de 1998. Tenía una sede política al lado del Liceo Francés en Bogotá. Un amigo de la universidad me dijo que si lo acompañaba a una reunión con una vieja que estaba en la Cámara y quería aspirar al Senado. Esa vieja no era vieja y ya era famosa porque todo el gobierno de Samper fue una piedrita en el zapato para el bojote y sus secuaces.

Yo fui, de buena gana además, porque las intervenciones de esa política joven me parecieron valientes, bien estructuradas y consistentes en contra de Samper, a quién yo ya odiaba con todo mi sentimiento patrio. Sabía además, que sus límites entre lo ridículo y lo excéntrico eran casi imperceptibles. Hizo una huelga de hambre por algo que nadie recuerda, porque es evidente que lo que fuera no ameritaba tanto show. Aún así, me caía bien. Me parecía que el hecho de parársele a un Congreso corrupto a decirle que el Presidente era un corrupto era un tiro al aire, pero por eso no dejaba de ser valiente.

En esa reunión que no superó la hora, me quedé con la imagen de una niña bien que quería hacer las cosas al derecho. Percibí en ella iniciativa, proactividad y pujanza. Me pareció honesta y seria. Pero con un gran complejo de heroína que no me cerraba del todo. Sin embargo, me simpatizó.

Nunca más la vi. No trabajé en su campaña y todo mi compromiso con ella fue el de depositar humildemente mi voto a su favor, como lo hicieron muchas personas más. No recuerdo cuántos votos sacó, pero sí recuerdo que fue una de las votaciones más altas, sino la más alta para el Senado en esas elecciones.

Después no seguí ni su carrera ni su gestión, tenía ya muchos rollos en mi vida como para seguirle la pista a ella. Cuando la vi en los medios para las elecciones presidenciales de 2002 como candidata, me pareció pintoresca. No era una candidata que me inspirara respeto para esas instancias la verdad. Había madurado políticamente, sin duda, biche, y su complejo de heroína le subía como espuma.

Cuando la secuestraron las Farc en ese fatídico viaje que se le ocurrió hacer a San Vicente del Caguán, sentí un profundo dolor porque yo sí intuí que no iba a ser cuestión de días. Las Farc replegadas y con las negociaciones recién rotas no eran más que un perro rabioso echando babaza por el hocico sin ninguna sensatez y con toda la disposición de hacer todo el daño posible. Y hacer todo el daño posible no era devolver a una secuestrada de quilates a los días.

Pasaban los años e Ingrid seguía secuestrada. En el 2004, en mi apartamento sólo y profundamente despechado por alguna decepción amorosa, me encontré en mi biblioteca un libro que un amigo había puesto allí por equivocación. Se llamaba “La rabia en el corazón” y su autora era Ingrid Betancourt. El título coincidía exactamente con lo que yo estaba sintiendo, pero por razones completamente distintas. Decidí empezar a leerlo para dejar de torturarme con los pensamientos que me pasaban en ese momento. Lo terminé esa misma noche, bien entrada la madrugada, casi despuntando el alba.

Sentí una simpatía renovada por Ingrid Betancourt y una profunda lástima por su cautiverio, que si bien había sido producto de una imprudencia suya, yo sentía que no lo merecía. Me preguntaba para mis adentros, si una persona cruza una calle sin mirar hacia los lados ¿merece ser atropellada? Quizás le cabe responsabilidad y culpa, pero merecerlo como quién merece una pena o un castigo por haber cometido un delito, lo dudo. Más si se comprometen derechos tan preciados como la libertad o la vida. Así que la palabra “merecimiento” no me cuadraba para comprender su situación y no sentía más que solidaridad con su penosa situación.

Cuando vi su última prueba de supervivencia antes de ser liberada, con la piel forrándole los huesos, ese vídeo que parecía una foto por la inexpresividad en todo su ser, yo pensé que se moría. Es más, sentí que se quería morir y llegué a suponer que si ese era su deseo, ojala se le concediera. Era un sufrimiento tan profundo y evidente que para mí no era más que una eutanasia social.

Y su rescate con el de los otros secuestrados en 2008 para mí fue presenciar uno de los momentos más gloriosos que haya vivido en la historia del país. Su emoción me emocionó, sus gritos me hicieron gritar, sus lágrimas me hicieron llorar.

Yo ese mismo día pensé: “Si yo fuera esa vieja, me iba para Francia mañana mismo”. Lo hice en un acto reflejo de pensar que lo mejor frente a una realidad horrible que acaba de pasar es huirle lo más lejos posible. Quizás porque yo sigo siendo de los idiotas que prefieren no volver por un tiempo a los sitios en dónde se la pasaba con la exnovia que aún le tiene a uno hecho mierda el corazón. Creí que era su derecho legítimo de hacer con su vida lo que se le diera la gana después de tener cadenas durante casi siete años en el cuello y que no podía hacer con su vida nada más de lo que la obligaban a hacer de muy mala manera y contra su voluntad. Creo, que como yo, pensamos muy pocos.

Recién se fue para Francia, me empezaron a llegar “Cartas abiertas a Ingrid Betancourt” en esos reenvíos masivos que detesto, de colombianos indignados porque la nena se había ido. Me llegaron tres cartas, pero sólo leí la primera. Las otras dos las borré sin siquiera abrirlas. No recuerdo muy bien qué decía esa carta, pero alcanzo a acordarme de un “colombiano de a pie” que le decía a Ingrid Betancourt que con esa actitud sólo estaba demostrando “desprecio” por la Patria que la había hecho quién era y que estaba demostrando que no era más que una “oligarquita acomodada” a la que no le importaba Colombia porque ya había obtenido lo que quería en su verdadero país que era Francia y que los soldados que habían arriesgado su vida por ella eran colombianos y no franceses y bla, bla, bla, bla, bla… antes del último bla le recordaban con vehemencia que su mamasita era 10 mil veces peor que ella. Obviamente las palabras exactas no las recuerdo y son retazos que vienen a mi memoria no por el contenido, sino por el odio que yo percibía en cada una de sus líneas.

Yo me pregunté otra vez (me la paso preguntándome cosas como si yo fuera otro yo, sí, podría ser bipolar, lo sé) si ese “ciudadano de a pie” habría metido esos pies siete años secuestrado en el monte, y si así hubiere sido, si pensaría lo mismo. Mi otro yo respondió que nunca, nunca ese “colombiano de a pie” había sabido en la vida que era estar un solo día sin libertad, con el pantano a la rodilla, con el fusil en la espalda, con la cadena en el cuello y rogando para que el suplicio terminase así fuera con la muerte. Y sabía que no tenía ninguna autoridad moral para juzgar con tanta ligereza a una vieja que sí estuvo casi siete años no como una “colombiana de a pie” sino como una colombiana secuestrada, maltratada, cautiva y humillada al que este ilustre ciudadano le estaba dando cátedra de patriotismo con una soberbia y una prepotencia dignas del mísmisimo Mourinho. Con la diferencia de que Mourinho pontifica sobre lo que conoce y se ha ganado el sitial con todos los méritos y resultados futbolísticos, mientras que este “ciudadano de a pie” no tenía la menor idea de lo que había padecido Ingrid Betancourt durante esos siete años.

Yo ya sentía una atmósfera caldeada en contra de Ingrid Betancourt. Su radicación en Francia y en Nueva York generaba escozor porque no estaba acá en Colombia. Otra vez felipito preguntón brincó: ¿Qué podría hacer ella en Colombia que no pueda hacer desde dónde está? Mis respuestas, de ese otro yo, eran hasta jocosas. Me la imaginaba sentada en el sofá con Jota Mario y Laurita Acuña hablando con la nena esta sexóloga de “Muy buenos días” sobre su relación con el petardo de Lecompte, o sirviéndole de caso al Padre Chucha en “Abre tu corazón” en un tema como algo así: “Estuve secuestrada y me enamoré de un compañero” con una peluca y unas gafas oscuras mal puestas. O de pronto participando de “El desafío 2010, la lucha de las regiones” representando a los antiguos territorios nacionales, el cual habría ganado sobrada porque habría barrido en las pruebas de supervivencia con una cadena al cuello a todos los demás competidores.

Siendo menos sórdidos, la gente esperaba que Ingrid hiciera política, lucha social, que asumiera la bandera de la liberación de todos los demás secuestrados y que hasta ella misma se volviera a meter al monte a buscarlos. Claro, fácil exigirle eso. Fácil exigírselo como “ciudadano de a pie” sentado en un sofá cambiando de canales y criticando desde la comodidad que da estar al frente del televisor y que mueve más el dedo sobre el control remoto que por el país. Fácil exigir así. Ingrid Betancourt al momento de su liberación tenía el derecho legítimo después de casi siete años de cautiverio de decidir qué banderas tomaba y cuáles no, qué actividades tomaba y cuáles no, en qué país se radicaba y en cuál no. Ese era su derecho, más allá de que el “colombiano de a pie” le exija que la quiere ver en RCN y Caracol todos los días porque ajá.

Sin embargo, ella no abandonó las luchas a pesar de la distancia. Con sus escasas energías patrióticas menguadas por siete años de sufrimiento intenso, ha hecho lo que ha podido y cómo ha podido.

Y ni hablar de cuándo interpuso la demanda contra el Estado para que la indemnizaran por sus años de secuestro. Lo más bajito que oí que le dijeron fue: “ingrata”. Lo más bajito del más bajito, Pachito Santos. Y eso porque era el vicepresidente de la República. De ahí para arriba no encontré techo, y otra vez mil correos electrónicos que por supuesto no leí y un grupo que vi en el Facebook de “Declaremos persona no grata a Ingrid Betancourt” y supe que existía porque me llegaron al menos 50 invitaciones durante más de un mes. (Acabo de revisar por curiosidad y tiene 185.432 miembros y subiendo). Además, los medios de comunicación se ensañaron con toda vehemencia. En Semana y El Espectador, (El Tiempo no sé porque no lo leo hace mucho tiempo) todo lo que los periodistas escribieron carecía de objetividad y parecían más indignados que los propios entrevistados. Claro, yo también pensé que se había equivocado, pero no porque no tuviera derecho a que se le indemnizara, sino porque no había calculado en qué país estaba haciendo su reclamo. No me indignó su petición sino su brutalidad. De nuevo primó el argumento que me sigue pareciendo absurdo, de que a ella la secuestraron porque “se lo merecía” por imprudente y terca. Porque no hizo caso de las advertencias de las autoridades. “Porque se le dijo, se le advirtió y no hizo caso y vea… ¿si vé?” como diría el gran filósofo grecoquimbaya Andrés López. Y porque el Estado era el que la había rescatado que cómo era de “desagradecida esa india oiga” le oí a una compatriota acá en Buenos Aires. Me causó curiosidad esa expresión porque si de algo se le ha acusado es justamente de huirle a su genoma chibchoide. Que se le metió mucha plata a su rescate a un costo humano muy alto como para que ahora “nos salga con esas”. Ingrid Betancourt fue muy bruta. O ya no es colombiana. Un colombiano puede prever fácilmente estas reacciones. Esto me permite intuir a mí dos cosas: 1. La asesoraron abogados franceses. 2. Su mamita le dijo que eso era lo que había que hacer. Porque es que la mamita de Ingrid, la chirriadísima Yolandita Prepucio, si es realmente detestable y arribista. Ella sí, Ingrid no. Porque para un abogado francés puede ser claro que un Estado, independientemente de advertencias y precauciones, tiene la obligación de preservar los derechos de los ciudadanos más si son fundamentales como la libertad y la libre locomoción por el territorio nacional que además están consagrados en la Constitución. Entonces no sólo estoy seguro de que la asesoraron abogados franceses sino que además esos piscos jamás han puesto un pie en Colombia. Y Yolandita Prepucio no tuvo la delicadeza de decirles, caray, que es que en Colombia la cosa no es como allá.

Cuando Ingrid Betancourt fue conciente del mierdero que armó por bruta y por confiar en el pool que armaron esos abogados galos con su mamasita, ya tenía más enemigos que las mismas Farc. Y se le trató de la peor manera. De Ingrid Betancourt se ha dicho de todo y entre más abre la boca más enemigos recauda. La semana pasada estuvo acá en Buenos Aires. Yo no la vi. Sólo supe que estuvo porque en la prensa salió que había dicho que “Colombia la había tratado peor que a Pablo Escobar”. Y es verdad. Pablo Escobar en vida era odiado pero era temido. Y era odiado por unos, la mayoría, pero paradójicamente, admirado y amado por otros. Pero esas palabras reanimaron el odio que inspira su figura en Colombia y los comentarios en su contra son cada vez más encarnizados y sañosos.

Yo no tengo información de que Ingrid Betancourt haya matado a nadie y la verdad no creo que lo haya hecho. No me consta que se haya robado un peso en corrupción y tampoco sé que curse alguna investigación por ese motivo. Sé, que para haber participado en política, su desempeño fue bastante superior al de sus colegas. Y sé, que estuvo casi siete años de su vida pagando una pena por un delito que no cometió en peores circunstancias que un recluso promedio.

Sin embargo, despotricar de Ingrid Betancourt se volvió deporte nacional en Colombia. Ya vi otra “carta abierta” de otra “ciudadana de a pie” a Ingrid Betancourt en la revista Semana en la que seguramente le seguirá dando cátedra de patriotismo. Obviamente no la voy a leer. Decir que Ingrid Betancourt es una “apátrida desagradecida” está a punto de volverse un significado en los diccionarios de Colombia. Y creo que esa actitud del patrioterismo es un síntoma claro de la dosis de odio con la que andamos los colombianos todos los días.

Los colombianos vivimos buscando razones para odiar. Odiamos a las Farc con razón. De acuerdo. Le han hecho mucho daño al país. Pero odiar pasó de ser un sentimiento a convertirse en un gusto. Nos gusta odiar, y no medimos las justificaciones de ese odio, y el odio es un dominó armado de tal manera que la primera ficha que cae la tiran los medios de comunicación. En Semana se escribe con odio, en el Espectador se escribe con odio (en El Tiempo no sé porque no lo leo hace mucho tiempo), en RCN y Caracol se dan las noticias con odio por radio y televisión y los periodistas ya no son periodistas sino agitadores de odio. No digo que no tengan razón, pero esa razón no les sirve para aplacar el odio. Y no digo que todos, pero sí la gran mayoría.

Y la verdad yo no creo que Ingrid Betancourt merezca todo el odio que se ha fabricado en su contra. Y no porque la quiera, la estime, me parezca simpática como hace 12 años o tenga alguna razón personal para hacerlo. Reitero, no la conozco y sólo la vi una vez.

Si el odio que se inspira fuera directamente proporcional al daño que se genera, no entiendo cómo a Ingrid Betancourt se le odia tanto ¿Qué mal le ha hecho ella al país? Sí, muchos brincaran diciendo que está dejando la imagen del país por el piso en el exterior. Ja ¿Ella? Colombia no necesita que nadie se tire su imagen en el exterior. Colombia tiene una imagen que se proyecta sola, sin Ingrid Betancourt, en la que el pan de cada día es que cae gente muerta por cuenta de un conflicto armado interno que ni el mismo Estado reconoce, por cuenta de la corrupción en la que incurren a diario sus gobernantes, por cuenta de la violencia común que llena las páginas de los diarios sensacionalistas. Eso no lo hace Ingrid Betancourt, eso lo hacen las noticias comunes y corrientes que le dan la vuelta al mundo por los medios de comunicación. Me dirán que Ingrid es “apátrida” y “desagradecida” ¿Apátrida por irse lejos de un país que le quitó siete años de vida y convirtió esa vida en un infierno? ¿Acaso tiene que agradecer toda esta mierda que comió durante estos siete años? Ella todos los días le agradece a las Fuerzas Militares que la rescataron, al expresidente Uribe, a Santos y a muchos otros cada vez que puede. Me van a decir que se quería enriquecer con esos qué sé yo, 15 mil millones de pesos que estaba reclamando. Para Ingrid Betancourt en este momento esos 15 mil millones de pesos son moneditas les digo. Muchas moneditas sí, pero falta no le hacen. Reitero que lo de la demanda fue una brutalidad y ya la retiró. La retiró de inmediato porque ella no necesita plata, necesitaba una reivindicación y equivocó el camino para lograrla.

¿Alguien que tenga hijos (yo tengo uno que es mi vida) puede imaginar lo que sintió ella cada día lejos de los suyos, imaginándose cómo crecían sin ella y cómo siendo un par de niños tenían que soportar todo lo que su situación implicaba? Como ha dicho la persona de la que he percibido mayor sensatez con respecto a Ingrid Betancourt: "Fácil hablar".

Yo no estoy defendiendo a Ingrid Betancourt. La nena me tiene sin cuidado. Me parece que los elogios que hace de Chávez tienen más el tono de la estupidez de una reinita de provincia venezolana chavista que de una líder política de Colombia o de Francia o de dónde sea. Yo estoy evidenciando que en Colombia odiar se volvió una forma de vida. Y para mí Ingrid Betancourt es un buen ejemplo de cómo se odia desproporcionadamente y sin sentido ¿Por qué lloran tanto por esos 15 mil millones de pesos que nunca se perdieron y no lloran por los 4 billones de pesos que se fueron en Foncolpuertos, los 120 mil millones de Caprecom, los 2 billones de la Caja Nacional de Previsión o lo que se están robando ahora en el Distrito con la misma vehemencia, el mismo escándalo y el mismo odio? Y eso que esa platica sí se perdió, y no como producto de una demanda contra el Estado, sino como producto de una rampante corrupción que desangra las arcas del Estado todos, absolutamente todos los días ¿Por qué Uribe sigue gozando de más de un 70% de favorabilidad cuando se le están destapando todas las ollas podridas de escándalos absurdos, dignos de cualquier Fujimori? Y eso que el Gobierno de Santos es aliado ¿Se imaginan lo que se estaría descubriendo con un Gobierno que no fuera aliado? Por dios mijito…

Así que en lo que a mí concierne, solicito respetuosamente que los pocos que algún día de estos lean estas líneas y tengan el coraje y la tolerancia para no haberme mandado al carajo al llegar a este punto, que se arme un grupito de 10 colombianos que tengan la misma valentía para llegar a leer hasta acá y que por favor, por lo menos 7 de ellos me odien como odian a Ingrid Betancourt y que armen por lo menos un grupito de facebook que tenga 7 miembros que me declaren “persona no grata”. Pueden ser esos 7 que me odien. Tengo los dos requisitos básicos para que me odien con toda confianza: Vivo en el exterior y me fui de Colombia aburrido.

Ese odio recibido me dará la certeza de que soy un pésimo colombiano pero que me estoy esforzando por ser un mejor ser humano. Y mientras me dejo odiar, me voy a leer "No hay silencio que no termine".